18. El frío regreso a Chicago.

Candy no pudo dormir esa noche, sentía el peso de las palabras de Neal como una fuerte roca sobre su cabeza, seguía sin poder creer que el muchacho se hubiera referido a ella como "una sucia huérfana", había sonado como el Neal que había conocido de niña, aquel que poco a poco durante ese viaje borró con sus atenciones y sus detalles. En ese momento la incertidumbre se pegó a su cuerpo como se pega el caramelo a los dedos… ya no podía asegurar nada acerca de él. ¿Había estado jugando con ella? ¿La había besado sólo por las apuestas que había realizado? ¿La había abrazado porque no tenía a ninguna otra de sus "amiguitas" cerca para poder abrazar? ¿Se había convertido en un juguete para el joven Leegan?

A la mañana siguiente, madrugó, o mejor dicho al no conseguir conciliar el sueño, decidió levantarse de la cama, tenía que hablar con Albert. Se vistió con algo abrigador y caminó hasta la biblioteca de la casa, sabía que él estaría allí, "los viejos hábitos no cambian nunca" pensó, una vez que entró y lo vio leyendo un libro, su silueta a contraluz de la luz blanquecina que daba la nieve se dibujaba contra la ventana.

−¡Buenos días! –saludó Candy al ver a su amigo.

−¡Candy! –la sonrisa en cara de Albert le dio un pequeño descanso para su dolorido corazón

−Sabía que te encontraría aquí –dijo la chica.

−Eso está bien, temía que no quisieras hablar conmigo.

−No era un temor mal infundado –respondió ella.

−¿Por qué lo hiciste? Casi morí de preocupación al no encontrarte, fui al viejo departamento y no estabas, el señor Thomas no sabía nada y luego en el hospital, tenías a una suplente, por un momento pensé que algo grave te había pasado.

−Lo siento –la voz de Candy carecía de fuerza.

−Te busqué y luego cuando supe que Neal también había desaparecido, no lo podía creer, Eliza aseguraba que habían huido juntos, no paraba de decir que la desgracia había caído sobre la familia Leegan, la tía Elroy se unió a ella con sus ademanes y sus exclamaciones.

−¿Y tú?

−Yo no, yo esperaba que te comunicaras conmigo, pero no lo hiciste, y entonces pensé… pensé mucho, ¿qué había hecho por ti últimamente? ¿por qué pensabas que tenías que ocultarme las cosas? Y comprendí, te había descuidado tanto, que no podía exigirte ni siquiera eso…

−No eso no es así –Candy dijo con vehemencia.

−Lo siento Candy, te he defraudado ¿no?

−No, yo… quiero disculparme, jamás debí embarcarme en este viaje sin avisarte primero, te impedí el que pudieras ayudarme.

−¿Quieres saber algo?

−¿Qué? –preguntó Candy.

−No te habría dejado ir.

Candy suspiró, en cierta manera sabía que eso era lo que hubiera pasado, y era una de las razones por las que le había ocultado todo al joven heredero.

−Pero… ¿Neal? –agregó el muchacho.

−Necesitaba a alguien que no le importara romper las reglas.

−¿sabes en que predicamento me has metido por ello?

−No estoy segura –mintió Candy, esperando que Albert no se animara a decirle los planes de la tía Elroy.

−La tía Elroy me ha pedido que te comprometa con Neal en matrimonio.

−Y supongo que no accediste ¿verdad? –Candy sabía en sus adentros que sí la noche anterior se lo había propuesto a Neal era porque había aceptados las exigencias de la anciana.

Albert suspiró, y después de una larga pausa trató de sonreír.

−Si quiero que sigas viviendo una vida normal tengo que aceptarlo.

−¿Una vida normal? –un dejo de sarcasmo salió de la voz de la muchacha.

−Candy, tienes que ver que si digo que no, la tía volverá a ponerte trabas para que trabajes en los hospitales de Chicago.

−Prefiero mudarme de estado.

−Esa no es la solución, los Andley tienen contactos por todo el país.

−¿Entonces que deseas? ¿Qué me case con Neal?

−No, yo quiero buscar otra solución, algo que no sea tan drástico.

−No puedo aceptarlo, no puedo casarme con alguien… que me odia –Candy hubiera querido decir, con alguien a quien no amo… pero las palabras se quedaron atascadas en su garganta, y entonces supo porque su corazón le dolía tanto, porque aunque no quisiera aceptarlo Neal… era ahora su Neal, aquel muchacho que le había enseñado esa parte noble que llevaba escondida, a ese que era capaz de vender sus pertenencias para alimentar a un par de huérfanos, a ese que fue capaz de ayudar a una damisela en apuros, a ese que la besó y con quien compartió la cama sin temor a que hiciera movimientos deshonestos… ese era su Neal, alguien que quizá nadie más conocía y entonces sus ojos se anegaron en lágrimas.

Albert la abrazó al ver la reacción de Candy, ella no supo si él había confundido esas lágrimas de dolor por perder a ese ser que había comenzado a amar, con lágrimas de desesperación por una boda a la que él creía que Candy rechazaba.

−Pequeña pecosa, no llores –le dijo Albert –veré si puedo hablar con la tía, tal vez que te envíe al campo, lejos de la ciudad, ¿estaría bien para ti?

La muchacha reanimó su llanto, ir lejos significaba no volver a ver a Neal, ni a ninguno de sus amigos, dejar el hospital y dejar todo lo que alguna vez amó, pero a la vez ir al campo podía ser la única escapatoria que tenía de obligar a Neal a hacer algo que odiaba… a casarse con una "sucia huérfana".

El viaje de regreso Candy lo utilizó para reponer energías, no quiso salir de su camarote y aunque lo deseaba, Neal no fue a verla en ningún momento, la mucama que le había colocado Albert hacía todo por ella, haciendo que el tiempo se alargara aún más. Leer un libro, pensar, hacer un poco de bordado, pensar, escribirle a Fiona, pensar, escribir en su diario, pensar… y con cada pensamiento iba acompañada una punzada de dolor, porque sus pensamientos giraban en torno al joven Leegan.

Sabía que Anthony iba en uno de los camarotes también, la mucama le había informado que Albert pasaba horas platicando con el muchacho, que se había propuesto que aprendiera todo aquello que pensaba le serviría.

Cuando Candy sintió fuerzas suficientes para salir a dar una vuelta por cubierta ya estaban llegando a New York.

El viaje a Chicago fue más rápido aún, por primera vez en poco más de un mes Candy volvió a ver a Anthony, iba aseado y finamente vestido, se parecía más a la imagen que había soñado antes de irse a Europa, se veía tan Anthony que quiso recibir un abrazo de él, pero el muchacho la miró con frialdad y siguió adelante.

−No ha recordado nada –fue lo que dijo Neal acercándose a ella.

−Así pasa con los pacientes de amnesia –señaló Candy sin voltear a verlo aunque su corazón latía rápidamente.

−¿Te encuentras mejor? –preguntó entonces el joven Leegan.

−Sí –se limitó a contestar la muchacha.

−No quise importunarte, me pareció bien que quisieras descansar, no lo habías hecho en mucho tiempo, es increíble la cantidad de energía que tienes. Y lo tontamente que la desgastas.

Candy sintió que la ofendía, quería decírselo, como muchas veces se lo había dicho, reaccionar antes las palabras de Neal, pero algo dentro de ella había cambiado, ella lo sabía, le dolía mirarlo a la cara, no podía estar cerca de él sin desear que él volviera a bromear con ella, sin desear que él la abrazará y le dijera que todo estaría bien, sin desear que él se pusiera en su plan prepotente para decirle que él era el mejor partido de Chicago, que era joven y guapo, que tenía dinero y un buen apellido… pero al desearlo sabía que ahora sus palabras eran de odio y de desprecio, que lo que ella se había imaginado que era amor estaba lejos de serlo.

−¿Qué te has quedado muda de repente? –preguntó Neal con su típica sorna.

−Estoy cansada –fue lo único que se atrevió a decir Candy.

−Está bien, ya podrás descansar en una cómoda cama en la mansión.

−No pienso ir a la mansión –contestó la muchacha.

−¿Vas a regresar a ese intento de casa que tienes?

−Tengo que ir allá.

−¿quieres que te acompañe?

−No.

−Pero has dicho que estás cansada, déjame conseguirte un carruaje.

−Ya dije que no.

−Candy, hace apenas unos quince días estabas hecha polvo, necesitas recuperarte, no es momento de ponerte necia. Voy a llevarte.

−He dicho que no –soltó Candy elevando la voz que hizo voltear la cara de algunas personas que estaban en la estación del tren.

−¿Estás enojada?

−No, simplemente quiero estar sola ¿no puedes entenderlo?

−Va, te dejaré ir sola pero con un carruaje.

Neal fue hasta donde estaban los carros de sitio y le pidió un carruaje que no tardó ni un minuto en estar delante de Candy. Ella no quería subirse, pero luego advirtió que no llevaba un centavo encima así que decidió tomarlo. Albert se adelantó y le dijo que no se fuera que tenía que ir a la mansión a reponerse, pero sus palabras no la convencieron, Albert la dejó ir, y la muchacha no volteó más mientras se alejaba de la estación.

Candy entró a su departamento, estaba realmente sucio, tenía la fortuna que la renta que había pagado antes de irse aún no se hubiera vencido, unos días más y habría perdido el lugar. Sin ganas, sin fuerzas limpió todo, y después se fue a dormir.

Cuando despertó, se sintió desubicada, tuvo que repetirse varias veces que no estaba en Europa, que Francia había quedado atrás, que la caja de música realmente la había llevado hasta Anthony y que ella, seguía tan sola como siempre.

Después de ver que no tenía nada que comer, y que no tenía dinero, comenzó a pensar en regresar al hospital, pero era algo que no podría hacer hasta que hablara con la tía Elroy. Se vistió con el mejor vestido que tenía, vio con desagrado que le quedaba grande, ahora sabía porque tanta preocupación de Albert y del mismo Neal, aún no recuperaba su peso, tomó una aguja e hilo para ajustar algunas partes para que le quedara bien.

No se le veía tan bien como antes, pero al menos disimulaba la escases de carnes que su cuerpo presentaba en ese momento. Al no tener dinero para el taxi caminó hasta la mansión Andley.

Antes de entrar al recibidor ya le había dicho el mayordomo principal que la tía Elroy la estaba esperando en el salón de costura, la muchacha ingresó a la opulenta mansión, se veían a los sirvientes que pasaban de aquí para allá, pero ella no les prestó atención y siguió derecho hasta llegar al pasillo que la conduciría al salón de costura.

Tocó a la puerta y un "adelante" afectado le dio permiso de entrar.

−Candice White Andley –la voz cargada de rabia sonó en el cuarto.

−Buenos días tía Elroy –saludó Candy.

−El día que William se empeñó en adoptarte sabía que era una locura –comenzó la tía con su perorata –lo sabía desde ese momento, pero acepté, y aquí estoy sufriendo las consecuencias de su capricho.

Candy guardaba silencio, no quería contradecirla más, sólo quería su venía para poder seguir desempeñando su labor de enfermera, quería ganarse la vida honradamente, aunque eso significara despedirse de los Andley.

−Pero ya me lo ha hecho notar mi querida Eliza, que esto no es el fin del mundo, que puede ser conveniente para los Andley, que no has dejado de ser parte de la familia y heredera de la familia.

La muchacha volvió a tragarse sus palabras, ella jamás se había considerado nada de eso y le importaba muy poco el dinero que ellos poseían.

−Así, que he hablado con mi sobrina y está dispuesta a aceptarte, las condiciones son mejor de lo que cualquiera hubiera podido imaginar.

En ese momento Candy no tenía ni idea de lo que estaba hablando la anciana.

−Ayer que vi que no llegaste con los demás, casi morí de un infarto, temía que hubieras escapado, pero William me aseguró que sólo estabas cansada, y si puedo ver que estás muy decaída, no te ves bien, y pues ahora entiendo que tengo que aplazar todo, pero no hay problema, en quince días todo se solucionará.

La muchacha seguía parada frente a la tía quien hablaba y no paraba, no entendía de que iba su sermón, sólo esperaba el momento en que ella pudiera hablar.

−¿Entiendes? Mientras tanto tendremos que guardar discreción, nadie puede saber que ya han regresado, me alegro que ayer hubieran tenido fiesta en casa de los Taylor, nuestras amistades estaban ocupadas.

La tía Elroy se levantó un momento y mandó llamar a la mucama.

−¿Ha llegado lo que se pidió de New York? –preguntó la anciana

−No señora aún no.

−Está bien, en cuanto llegue me lo hace saber.

−Sí señora, enseguida le avisaré.

La mucama se fue y la anciana regresó a su sillón.

−Bien Candice, hasta dentro de quince días estarás confinada a tu habitación, alimentándote como es debido.

−Perdón –la cara de Candy no pudo ocultar su sorpresa.

−Sí muchacha, sube a tu habitación y allí esperarás, no te asomes a la ventana y no te comuniques con nadie, tenemos que resolver este problema antes de que los demás se den cuenta.

−Lo siento tía, no entiendo de que habla –dijo finalmente Candy.

−Candice, no me hagas perder la paciencia, estoy hablando de ti, por supuesto, ve lo mal que te ves, no has cuidado de ti, la gente pensará lo peor…

−¿Qué gente?

−Por Dios, ¿cómo que gente? Pues las amistades de la familia, esto no puede saberse, por eso es que irás directo a tu habitación, nada te faltará, allí te subirán la comida, te proporcionarán todo lo que necesites.

−Tía no ha entendido, yo no puedo quedarme sólo he venido a pedirle que no vuelva a poner un veto sobre mí…

−Candice White Andley, ¿es que no entiendes?

−Por lo visto no –dijo Candy explotando –ha hablado sin parar desde que llegué, hablando de amigos y de que me veo mal, de lo mucho que la preocupé… y lo lamento, realmente lamento haberla preocupado, pero aquí estoy lista para seguir con mi vida normal.

−Muchacha parece que no entiendes… se viene un gran escándalo para la familia, y lo último que necesito es de tus rebeldías, William ya debió haberte comunicado que te vas a casar con Neal, he permitido que eso suceda y la familia Leegan está de acuerdo.

−Pero yo no lo he aceptado.

−Aquí tus palabras sobran Candice, por tú culpa la familia ha estado durante meses siendo blanco de murmullos, así que tome riendas del asunto, hace dos meses que informé oficialmente que tú y Neal están casados y que se fueron de luna de miel.

−¿Cómo?

−Sí, ¿creías que iba a manchar la reputación de mi pobre Neal? Además con eso callé sus suposiciones sobre esa muchacha Crone, ella huyó y se hundió sola.

−Está equivocada, entre Neal y yo no ha sucedido nada.

−Eso me tiene sin cuidado, la reputación es lo más importante, actuaste peor que una cualquiera yéndote así, y has ensuciado el nombre de la familia y la dignidad de otro más como es la de Neal Leegan.

¿Dignidad? ¿Es que acaso Neal tenía algo así? Según lo que sabía Candy, Neal tenía la reputación de ser un parrandero, de malgastar dinero y en de tener mujerzuelas a todo momento.

−Así que pensaba en llevar a cabo la ceremonia de matrimonio el día de hoy, pero las fotos no pueden salir contigo viéndote como una mujer que acaba de salir de una larga enfermedad, aguardaré dos semanas más, te alimentarás como es debido y te recuperarás para que el día de la ceremonia te veas como la señora Leegan que serás, no puedes verte así.

−No lo aceptaré.

−Eso no está a discusión.

−Albert me dijo.

−Háblale con respeto –la tía Elroy parecía realmente enojada –William no puede hacer más, me dijo su idea absurda de mandarte al campo, eso no sucederá, te casarás con Neal y vivirás como la señora Leegan, manteniendo la compostura de una mujer de sociedad. Así que olvídate de esas ideas de volver a trabajar y a seguir poniéndonos en ridículo.

−Neal jamás accederá.

−Él tampoco tiene opción, ambos se metieron en esto juntos y ambos tendrán que sufrir las consecuencias –la voz de la tía Elroy sonaba más acusante y gélida que nunca –él también está confinado a su habitación.

−¿Él está aquí?

−Sí Candice, tu prometido también está aquí, y ya no quiero discutir más que me está empezando a doler la cabeza. Vete a tu habitación, toma un buen almuerzo y descansa.

La tía Elroy se levantó, abrió la puerta del cuarto de costura y Candy estaba por seguirla cuando dos hombres la sujetaron de los brazos y prácticamente la arrastraron por la mansión hasta llegar a la que alguna vez había sido su habitación en la mansión. Después de entrar cerraron las puertas con llave.

Candy tuvo una primera intención de escapar por la ventana, pero entonces vio que habían mandado sellarlas con tablones. Estaba atrapada, si no conseguía salir de allí la casarían con Neal en dos semanas, y ella no lo podía soportar, no podía soportar ver la mirada de repulsión que él le dirigiría, no podía soportar saber que estaría casándose con alguien que la odiaba. No podía casarse con alguien que no correspondía sus sentimientos.