19. Cárcel de cristal.
Las primeras horas de encierro, Candy se sintió desesperada, aquello le recordaba a esos días de confinamiento que había pasado en Europa, ni siquiera había querido probar el almuerzo que le había subido una de las mucamas de la familia Andley, fue hasta que el estómago le empezó a rugir de hambre que comió lo que le había llevado.
Candy lamentaba haber ido a la mansión, ahora veía que habría podido presentarse en el hospital y eso hubiera dañado el plan que tenía la tía de que nadie la viera, pero ahora estaba allí encerrada, y no sólo ella, sabía que Neal estaba en alguna otra de las numerosas habitaciones del edificio.
–Candy estás loca –exclamó la joven después de pensar en Neal.
¿Por qué pensaba en Neal? Había quedado claro que el heredero de los Leegan no deseaba casarse con ella, la había llamado sucia huérfana, en sus adentros no quería volver a pensar en él, pero allí estaba en lugar de pensar en sí misma, en una situación de la que difícilmente podría escaparse.
Al paso de las horas comenzó a sentirse desesperada, más, si eso era posible, las ventanas seguía tapiadas, la puerta con seguro, y la habitación que inicialmente se le había hecho amplia comenzaba a parecerle pequeña. Caminaba de un lado para otro, peor que animal de zoológico. Aquello estaba llegando a su límite, este estado la llevó a querer encontrar un punto débil en las paredes, planeando formas de escape que rayaban en la estupidez.
Pero el tener una ocupación, por tonta que pareciera, era mejor que estar pensando, que estar desatando su loca imaginación en cosas sin sentido. Dos horas después de golpear las paredes encontró un panel detrás de una mesa que sonaba sorpresivamente hueco, le tomó cerca de media hora encontrar el mecanismo que lo abrió, era un pasadizo secreto, en alguna ocasión había escuchado a Archie hablar sobre que la mansión Andley estaba llena de ese tipo de pasadizos que conectaban las habitaciones. Durante mucho tiempo Candy ni siquiera le había dado importancia, pero en ese momento sentía esa emoción que le recorría el cuerpo, después de todo no estaba encerrada allí.
Entró al pasillo oscuro, estaba lleno de polvo y telarañas, como si nadie hubiera estado allí en años, lo que debía ser lo más probable, Candy se llevó una mano hacía la boca para cubrirse del polvo y con cuidado poniendo un pie delante del otro comenzó a avanzar por el estrecho lugar, dobló varias veces, en un momento llegó a una intersección, escogió irse por la derecha, bajó unas escaleras que crujían más que los leños en una chimenea encendida.
El conjunto de pasillos formaban un laberinto, dos veces llegó a lo que Candy pensó eran salidas tapadas, tal vez como lo había estado en su habitación por algún mueble o a lo mejor alguna puerta tapada por los antiguos Andley. Después de perderse por más de dos horas, logró encontrar un pasillo que ella supuso estaba en la planta baja, al menos había dejado de subir y bajar escaleras, tenía un poco de miedo no poder regresar a su habitación, aunque su idea inicial era poder salir de allí no quedarse encerrada.
Caminó hasta que de nueva cuenta se topó con una pared la cual no pudo abrir, estaba por regresar cuando escuchó voces detrás del panel de madera que le impedía la salida del pasadizo.
–¿Dónde está el chico? –la voz de la tía Elroy sonaba clara.
Candy se paralizó como si pudieran verla, y aguantó la respiración para evitar que cualquier sonido interrumpiera el de afuera.
–¿El chico? –quien estaba allí era Albert.
–Sí –la tía confirmó.
–¿No puede llamarlo por su nombre? –la voz de Albert sonaba enojada.
–No entiendo a qué te refieres –señaló la tía Elroy.
–Diga Anthony, ese es su nombre ¿o lo ha olvidado?
–No sé a qué vienen tus reproches…
–Sí, ya se lo que va a decir, es lo que ha venido repitiendo desde que llegamos, que lo hizo por el bien de la familia. Pero estoy harto de escuchar eso una y otra vez, sabía que era capaz de muchas cosas, me mantuvo oculto por años, pero haber hecho pasar por muerto a uno de los sobrinos…
–No despertó, pensé que nunca iba a hacerlo.
–¿Por qué mandarlo a Francia?
–No podía dejar que nadie supiera de su estado… ¿sabes cómo habría afectado una noticia así a los negocios de la familia?
–¿Dinero? ¿La mentira fue por dinero? ¡Por Dios! –la voz de Albert estaba cargada de incredulidad.
–Eres cabeza de la familia, deberías saber la manera en cómo el concejo familia toma las decisiones.
–¿Todos en el concejo sabían?
–Así es, no fue una decisión fácil, fueron muchas cosas, tu necedad de traer a esa chiquilla huérfana a la familia complicó la vida de los muchachos, Stear y Archie habían dejado a un lado sus deberes, y él en especial… él se estaba rebelando mucho antes del accidente.
–Anthony…
–Fue mejor para todos, apartarlo de la visión.
–Ellos sufrieron mucho… yo también cuando me enteré… el hijo de mi única hermana, la única que en algún momento me mostró algún tipo de bondad.
–Hablas de la familia como si fuéramos la peor pesadilla de alguien.
–¿Y no es así? –Albert alzó la voz más aún –mire a su alrededor tía, Archie ha sufrido la pérdida no sólo de su primo sino de su hermano también, Candy sufrió tanto que…
–Se ha comenzado a portar como una mujerzuela, ese el tipo de peligros que se toma al aceptar irse con un hombre por medio mundo.
Candy sintió que el estómago se le retorcía al escuchar a la anciana, quería defenderse, gritarle que su honorabilidad era más grande que la de esa familia con semejantes mentiras.
–No se exprese de ella de esa forma.
–¿Por qué he de hacerlo? Sé que tienes sentimientos por ella.
–Claro, ella es mi protegida.
–William, no me hagas decir algo que te pondrá en evidencia.
El silencio entre los dos puso algo nerviosa a Candy, ella también quería mucho a Albert, pero ¿qué quería decir la tía Elroy?
–No puedo permitir el matrimonio entre Neal y ella.
–No tienes opción, no puedes pedirlo todo, ya sabes que sí quieres que se le devuelva a tu sobrino su estatus dentro de la familia tienes que acceder.
–¿Y si lo no lo hago?
–Ya sabes que no tengo reparo en volverlo a mandar lejos –la voz de la tía sonaba vehemente –él sólo vendrá a complicar la vida de los Andley, ¿cómo voy a explicar su regreso? ¿Cómo? La gente fue a su funeral, ¿cómo voy a hacerlo?
–Tiene que hacerlo.
–La familia no puede aguantar más de un escándalo a la vez, eso lo sabes bien, tienes que escoger, tu sobrino o tu protegida. No puedes tenerlo todo.
"Anthony, escoge a Anthony" pensó con desesperación Candy, ella conocía todo el dolor del muchacho, ella, ella siempre podría escapar de cualquier situación… y Anthony, necesitaba ahora de su familia, de la gente que lo quería.
–Me coloca en una situación difícil.
–Escoge –la voz imperativa de la tía resonó a través del panel de madera.
–Anthony, se lo debó, se lo debó por mi hermana.
–Has hecho tu elección, no puedes volver a hacer reclamos sobre la decisión que el concejo ha tomado para tu protegida.
–Está bien –la voz de Albert no sonó con seguridad, incluso un poco temblorosa.
Candy no lo culpaba, desde el fondo de su corazón le agradecía, era como un sacrificio en favor de alguien que había sido todo para ella unos años atrás, el sentimiento quemó dentro de ella y de repente tuvo ganas de ir a ver a Anthony, si tan sólo pudiera salir de allí.
–Hay reunión con el concejo sobre cómo se manejará la situación de… del muchacho.
La joven rubia supo entonces que aquella decisión de ocultar a Anthony le había dolido mucho a la anciana, era su sobrino favorito, mantenerlo en silencio debió ser una gran pena, podía sentirlo en ese segundo en que dudaba en si pronunciar su nombre o no. Pero a pesar del dolor también sabía que lo que había hecho estaba mal.
Después de una larga pausa, Candy comprendió que la discusión entre la tía y Albert había terminado, la chica no supo que más hacer que regresar sobre sus pasos, no sabía con exactitud qué hora era, todo estaba oscuro, lamentaba no haber llevado con ella alguna lámpara o vela. El polvo se le había introducido en la garganta y comenzaba a sentir un cosquilleo que le provocaba una tos casi constante. Tenía que salir de allí, pero se había perdido varias veces así que no sabía cómo lo haría.
Caminó atrás, a la derecha, a la izquierda, hacía adelante, subió escaleras, lo volvió a hacer otro par de ocasiones, cuando la tos no la dejaba tranquila se topó con un panel que se abrió.
Entró a una habitación también con mucho polvo, pero no tanto como en los túneles, lo único que vio es la luz que entraba por una ventana, Candy se apresuró a abrirla para poder respirar aire que no estuviera viciado.
Sus manos, y seguramente su cara estarían llenas de mugre, pero eso no le importaba, había encontrado una salida, estaba a punto de salir por la ventana cuando escuchó a alguien que habló detrás de ella.
–¿Qué haces?
Candy dio un sobresalto y después giró su cabeza para encontrarse con Anthony quien estaba sentado en una esquina de la habitación.
–Me asustaste –mencionó la chica.
–Y tú a mí.
–No pensé que habría alguien aquí –dijo la muchacha, aunque si lo pensaba realmente no había pensado mucho en nada mientras andaba por aquellos pasillos excepto salir de allí.
–Sólo quería estar solo un rato –dijo Anthony.
–Lo entiendo.
–Aún no me respondes que es lo que querías hacer.
–¡Ah! Eso… –Candy se sentía un poco abrumada, Anthony no le había querido hablar mucho en Francia, pero allí parecía un poco más conversador.
–Sí, eso.
–Quería salir a tomar un poco de aire.
–Estamos en el último piso –dijo él.
Hasta ese momento Candy se percató de que estaban en una especie de buhardilla, debían de estar en el ático de la mansión Andley. Ciertamente ella quería escapar pero era una tontería tratar de hacerlo desde allí.
–Sí, sólo quería respirar aire, no iba a saltar, ni que estuviera loca.
El muchacho comenzó a reír, esa risa que hacía estremecer a Candy, que le traía a la memoria momentos más felices, momentos más agradables, momentos más inocentes…
–¿Cómo te sientes? –preguntó la chica finalmente.
–De la misma forma en que me he sentido desde el viaje hacia acá, con deseos de regresar a casa.
–Ésta es tu casa –respondió Candy.
–No lo siento así –dijo él.
–Lamento que te sientas de esa manera.
–Tú y todos lo demás aquí… quieren que recuerde, que sea quien ellos creen que soy.
–Es quien eres, no quien crees que eres, ya lo han confirmado los del concejo familiar.
–¿Concejo familiar? ¿Quién rayos tiene algo así en su familia?
–La tuya, los Andley tienen eso.
–No me siento parte de los Andley, y ese nombre Anthony… no sé, siento que es otra persona, no que soy yo.
–Tienes amnesia, debes tener paciencia, y lo mejor es estar con aquellos que te quieren.
–En París también hay gente que me quiere.
Candy tuvo un destelló de celos por esa muchacha que evocaba su Anthony, por esa mujer que era una perfecta desconocida para los Andley.
–Puede ser –mencionó Candy.
–Pero…
–No, no voy a darte excusas, no es fácil lidiar con los Andley yo misma estoy tratando de ver la manera de hacerlo. Pero te puedo asegurar que hay gente capaz de sacrificar lo que más atesoran con tal de protegerte, –al decir esas palabras la muchacha pensó en que si no conseguía salir de allí, ella misma estaría sacrificándose por él.
–Yo no he pedido eso.
–No lo digo para que creas que les debes algo, simplemente lo digo para que estés enterado de lo mucho que te quieren tus familiares.
–¿Y qué hay de ti? Me dijiste que me conocías bien cuando estábamos en París.
–Sí, te conocí bien…
–Por favor no te pongas a platicarme todos esos recuerdos –le interrumpió Anthony –es lo único que han estado haciendo los que me han visto.
–¿A quién has visto?
–Además del tío William, a alguien llamado Archie y a una chica llamada Eliza que llegó diciendo que era mi prometida.
Candy quiso reír al escuchar sobre Eliza, era justo el tipo de cosas que diría ella, jamás desaprovechaba una ocasión.
–No sé ya a quien creerle, y prefiero no escuchar historias que no se si son verdad o mentira.
Aquello que Anthony mencionaba era una realidad, ¿qué haría ella si de repente se encontrara en esa situación? ¿Cómo sabría discernir que era cierto y que no? Un escalofrío le recorrió el cuerpo.
–Entiendo –dijo después de un rato –no te diré más.
–Gracias –contestó Anthony –¿te puedo pedir otro favor?
–Sí, dime qué quieres.
–¿Podrías dejarme un rato solo?
–Sí, claro, lo siento te interrumpí.
Candy se sintió un poco mal por la petición, pero trató de ser comprensiva con lo que le pasaba al muchacho, abrió la puerta y bajó unas escaleras, dio vuelta en al final de la misma, caminó por el pasillo, pensando en la discusión que había escuchado de Albert y la tía Elroy, y del encuentro con Anthony… ¿qué pasaría si se escapaba? ¿Lo tomarían como un escándalo? ¿Si eso llegaba a pasar que sucedería con Anthony? ¿Cómo lo tomaría Albert? Sus pensamientos y las preguntas se acumulaban en su cabeza, iba tan ensimismada que ni tiempo tuvo de gritar cuando sintió que alguien la jaló del brazo y la obligó a entrar a una habitación.
