20. El beso del escorpión.
Una mano segura había tapado la boca de Candy, era alguien fuerte porque ella había tratado de zafarse pero no lo había conseguido. Después de resistirse por varios minutos fue cediendo, se sentía débil, no había comido nada desde la mañana y el viaje por los pasillos secretos le habían acabado sus energías. Una vez que se calmó, la persona que la sostenía, retiró la mano de su boca y con la otra mano la sujetó de la cintura.
–Una fierecilla, antes, ahora y por siempre ¿no?
–¿Neal?
–¿A quién esperabas? ¿El príncipe de Inglaterra? No pierdas esperanzas, ya conquistaste una vez al hijo bastardo del duque, si el príncipe llegara a conocerte de la misma manera lo seducirías ¿no?
–¿Seducir? ¿De qué demonios hablas?
–Ese vocabulario de boca de una dama –la sonrisa socarrona en la cara de Neal parecía renovada.
–¿Qué quieres? –preguntó Candy quien comenzaba a sentirse insegura al lado del joven Leegan.
–¿Qué? ¿tienes prisa por regresar a tu habitación?
–Tengo otras cosas que hacer…
–Sí, se ve por tu pinta que ibas de salida ¿no?
Candy volteó a ver su vestido, estaba lleno de mugre de los pasadizos secretos y si sus deducciones eran acertadas su cara y cabello estarían cubiertos en polvo de igual manera.
–Estuve… ya sabes…
–Revolcándote en el lodo como un marrano.
–¿Disculpa?
–Si te disculpo… –Neal se veía divertido, tal como lo había parecido en Francia.
Ver esa sonrisa le comenzó a doler, escuchaba la manera grosera en cómo se había rehusado a casarse con ella. Así que guardó silencio y quiso salir de allí.
–¿A dónde crees que vas?
–Lejos de este lugar –fue lo único que dijo Candy.
Neal se adelantó y obstaculizó la salida de la chica.
–¿Realmente crees que podrás salir de la mansión?
–Sí, lo haré así muera en el intento.
–¿Tan importante es para ti irte?
–¿Es que no sabes lo que sucederá si no logró salir?
–¿Qué? ¿esos planes de la tía Elroy?
–Así es.
–Eres una tonta sin remedio –fue lo único que pudo decir Neal.
–¿Podrías dejar de decirme así?
–El día que te comportes como un ser pensante, lo haré.
Candy sintió que la sangre le hervía.
–Estás muy sensible el día de hoy, quería hablar contigo pero si estás en este estado no creo que podamos tener una conversación sensata. Te dejaré ir, pero espera un poco.
Neal caminó por la habitación hasta llegar a un escritorio que estaba cerca de la ventana. Candy se preguntó por un momento si esa era la habitación del joven Leegan, las ventanas no estaban tapiadas como en la suya. Después de unos minutos Neal regresó a su lado.
–Toma, deja de usar los pasadizos secretos, la tía Elroy mandó tapar la mayoría, lo hizo cuando estábamos chicos –le informó Neal –los demás encontraron los pasillos secretos, me tomó cerca de un año averiguar que hacían, lo logré y también los comencé a usar, pero la tía estaba harta de que nos perdíamos dentro y que no le obedecíamos, así que mandó tapar casi todas las salidas, quedaron algunas abiertas, el desván, una que da al cuarto de música y un panel de la biblioteca si mal no estoy, las de las habitaciones las volvimos a habilitar, con el tiempo, pero para entonces la novedad se había acabado, o creo que porque yo sabía de ellas los demás no quisieron volver a usarlos.
Candy suspiró, odiaba que Neal supiera todo sobre ella, ¿acaso era tan evidente donde había estado?, era como si él pudiera leerla, como si pudiera adentrarse a lo más profundo de su cabeza.
–En serio, toma esto.
Neal le pasó una llave.
–¿qué es?
–Una llave.
–Eso es obvio, quiero saber de dónde es.
–Es una llave maestra, los pasadizos no es lo único que teníamos cuando éramos chicos, esta es algo que el trío caballeroso nunca pudo obtener, sólo había dos, la llave de Eliza y la mía.
–¿Eliza?
–¡Dios! No quiero decirte tonta de nuevo, parece que no sabes nada de la familia, Eliza y yo vivimos mucho tiempo con Archie y los otros, la tía Elroy al ver lo apegada que estaba mi hermana a los muchachos fue que le recomendó a mi mamá que le buscara compañía femenina… ¿por qué crees que entraste a la casa en Sunville?
Candy se quedó callada, realmente poco se había interesado en la vida de Eliza o del mismo Neal, sólo los recordaba como los muchachos engreídos y prepotentes que le habían hecho mucho daño cuando era niña.
–En fin, yo tengo la mía, llévate esa, y trata de salir cuando nadie te vea, pero créeme aunque logres salir de la mansión, ¿cuánto tiempo crees que podrás estar afuera antes de que te traigan de regreso?
–No lo sé, no sé nada, pero… por el momento sólo quiero salir de aquí.
–Tranquilízate, y ten cuidado de que nadie te vea de regreso a tu habitación.
Para Candy aquel consejo le causó cierto disgusto, ¿por qué tanta preocupación? ¿De verdad era preocupación? No quiso seguir preguntándoselo, prefirió ir hasta su habitación, abrió la puerta con la llave, y comprobó que Neal no le había mentido, realmente abría todas las cerraduras, la del baño también, pero se sentía cansada, quería dormir un poco, tal vez pensar mejor lo que haría.
Cuando se despertó prácticamente se zampó lo que le subieron de la cocina, después se fue a tomar un baño, cuando se miró al espejo, estuvo de acuerdo con lo que le había dicho la tía Elroy, se veía demacrada, aún tenía ese aspecto de convaleciente, ella lo había visto muchas veces en el hospital, cualquiera que la viera pensaría que había estado con alguna terrible enfermedad.
Candy se metió a la tina, se lamentó por haberse metido a la cama sin lavarse, tenía el cabello áspero, y se veía mal. "Así me vio Neal", pensaba una y otra vez, "¿y así es como quieres que deje esa imagen de huérfana?". Mientras más pasaba el tiempo más se convencía que no parecía una mujer elegante, no se veía como Eliza con sus ademanes afectados, o como la misma Annie que no se parecía a ella, siempre caminaba con la cabeza levantada y sus pies como que se deslizaban, sus manos estaban suaves y se las cuidaba mucho… ella, ella las tenía llena de cicatrices, y nada bonitas. Se preguntaba si Neal se fijaría en ese tipo de cosas, en si era ese tipo de detalles las que lo hacían recordar que no era más que una huérfana. Candy hundió su cabeza en el agua y allí estuvo casi un minuto hasta que no pudo aguantar más la respiración.
–Tengo que mejorar –dijo.
Nunca había tratado tanto de ser una "dama" desde que era una niña, pero quería lograr parecer alguien elegante, alguien refinada, aunque era una batalla interna, una parte de ella le decía que no debía importarle ese tipo de cosas que ella era fuerte y después de mucho esfuerzo había logrado ser una enfermera, ¿por qué entonces se preocupaba por algo tan tonto como eso? Respiró, ni ella misma se entendía.
Durante horas estuvo pensando y luchando consigo misma en si salir con la llave que le había dado Neal, pero también pensaba en las palabras que le había dicho sobre cuánto tiempo podría ser libre antes de que la localizaran. Candy finalmente se decidió a salir de su habitación, caminó por los pasillos escondiéndose de los sirvientes, pero una vez allí no sabía con exactitud a dónde ir. ¿Con Neal? ¿Para qué? ¿para qué se burlara de ella de nuevo? ¿con Anthony? ¿Quién le había dicho que no quería hablar con ella?... como si fuera imán fue caminando hasta el despacho de Albert, tocó ligeramente y un "adelante" se escuchó a través de la puerta.
–¡Candy! ¿Qué haces aquí? Pensé…
–Sí, se supone que estoy encerrada –dijo ella.
Albert sonrió, pero casi inmediatamente perdió la sonrisa.
–No deberías estar aquí.
–¿Te molesta mi presencia?
–Siento que no puedo verte, que no tengo derecho.
La cara de Albert se veía desencajada, sus ojos se veían vidriosos, y su expresión era de tristeza.
–¿Por qué lo dices?
–Porque no pude… porque a pesar de querer, no pude hacer nada.
Aquella confesión parecía que le dolía al muchacho, como si al decírselo a ella estuviera rompiendo alguna promesa que nunca le había hecho, esa promesa tácita de que siempre la iba a proteger. Ella lo sabía, era su hija adoptiva, ella no lo había pedido, él no lo sabía, no sabía lo mucho que la había hecho feliz, le había regalado aquella época junto a Anthony, a Archie y a Stear… ella no podría jamás pedirle más, lo quería mucho por haber tomado la decisión de protegerla, pero ella ahora era una adulta, alguien que tenía que cuidarse sola, no quería verlo sufrir por su culpa.
–No digas eso, no eres responsable.
–Es mi tía.
–Y fui yo quien se fue sin avisarte.
–Si no te hubiera descuidado.
–Hablas como si fuera una niña, yo sabía que no estaba del todo bien, pero por lo mismo, tienes esa manía de querer protegerme, no me hubieras dejado ir nunca.
–Probablemente tienes razón –dijo Albert con un dejo de tristeza.
Candy quería ahora aliviar el dolor del muchacho, pero no estaba segura de cómo conseguirlo.
–Sabes, no me arrepiento.
–¿Cómo puedes decir eso? Me habías dicho que no deseabas…
–¿Casarme?... bueno, no estaba en mis planes hacerlo tan pronto.
–Pero tú me dijiste.
–Lo sé, pero tampoco soy una chiquilla, y si ese es el pago para tener de vuelta con nosotros a Anthony, es un precio bajo.
–¿Cómo puedes decir eso? Yo debería.
–Albert… –dijo Candy mirándolo a los ojos –él estaba lejos y perdido, jamás lo habríamos encontrado sino hubiera hecho semejante viaje, sino hubiera roto las reglas, sino te lo hubiera ocultado…
–Candy…
–No digas más, él te necesita, sólo alguien que ha pasado por algo similar puede entender su desesperación, recuerdo como te ponías, y él está en una situación parecida.
–¿Lo has visto?
–Debería decir que no ¿verdad?
–Candy –en está ocasión la voz el muchacho sonó más tranquilizadora.
–Lo siento, ayer, así como que me topé con él.
–¿Cómo lo viste?
–¿Buscas mi opinión profesional o mi opinión personal?
–¿Qué te parece ambas?
–Profesionalmente creo que tal vez dure mucho más tiempo que tú en ese estado, se ve más confundido que tú, pero como bien sabes la memoria puede volver en un momento o no regresar nunca, no soy experta en cuestiones de la mente, pero por lo que he estudiado, se sigue sin saber mucho sobre cómo funciona el cerebro. Y en mi opinión personal, creo que está sufriendo mucho, no reconoce a nadie, todo le es extraño, no recuerda a su familia ni a los que lo quieren, necesita de su tío más que nunca.
–¿Y qué hay de ti? –preguntó Albert.
–¿De mí? ¿qué hay conmigo?
–Sí, no hagas esto más largo, dime ¿no quieres ayudarlo?
–No creo que él quiera mi ayuda –contestó Candy.
–No parece fascinado tampoco conmigo.
–Pero es tu familia.
–En teoría también la tuya.
–Sí, pero se ve incómodo con mi presencia… últimamente causo ese efecto en la gente.
–No lo creo. Anthony siempre te estimó mucho.
–Sí, pero ahora no recuerda quien soy y pues, si tengo que cumplir lo que la tía Elroy…
–¿De verdad piensas hacer lo que ella quiere que hagas?
–El problema aquí será Neal –Candy lo dijo lo más normal que pudo, nombrar al joven Leegan le causaba cierto dolor.
–¿De qué hablas?
–Pues…
–¿No recuerdas que no es la primera vez que trata de casarse contigo? Si no fuera porque me dices que fue idea tuya la de escaparte con él, habría asegurado que Neal planeó todo para orillarte a una matrimonio.
–Neal no es así –Candy se sorprendió a sí misma defendiendo con tanta vehemencia al joven Leegan.
–¿Tú? ¿Tú me dices eso?
–Neal no es tan malo como crees.
–¡Vaya! Eres algo sorprendente. Sólo alguien como tú podría encontrar el lado bueno en Neal
¿Era eso? ¿Era ella quien se había imaginado cosas? Realmente Neal no era tan bueno como ella creía. Inmediatamente rechazo la idea, él se había comportado como un hombre amable, la había protegido, no estaba en su cabeza, lo que pasaba era que nadie lo conocía de verdad.
–Así que me dices que estás dispuesta a casarte con él.
–Es un miembro de la familia Andley, no es como si fuera un extraño, podría ser peor.
–¡Dios! Me sorprendo de escucharte, me hace pensar que has perdido la cabeza, eres demasiado buena, quieres sacrificarte porque crees que se lo debes a Anthony.
–Albert, no eres responsable, ayuda a Anthony, yo veré como resuelvo mis propios problemas, no vas a estar siempre allí para sacarme de líos y mira que soy experta para caer en ellos.
–No te comprendo, hace unos días parecías tan molesta y ahora…
–Tengo otra percepción, eso es todo.
–Pero trataré…
–No, de verdad, déjame a mí, tal vez la tía se arrepienta al último segundo, o algo, o no sé, las cosas pueden salir bien, no te preocupes.
Candy sonrió, se sentía un poco nerviosa, temía que Albert se diera cuenta de que había desarrollado sentimientos por Neal, que se fuera a burlar de ella, que le prohibiera sentir lo que sentía. Se dio la media vuelta y salió casi corriendo del despacho dejando a Albert con una mirada rara en su cara.
Cuando iba camino a su habitación y por pocos segundos entró antes de que la mucama entrara a servirle más comida. Cuatro días pasaron, en que el número de veces en que le subían comidas aumentaba. Candy se comía todo, a veces sin mucha hambre, ella quería recuperar un poco las formas de su cuerpo, en no verse tan demacrada.
Al verse al espejo casi una semana después podía ver que el dormir bien había eliminado por completo las ojeras de su rostro, había ganado algo de peso, no se veían tan pronunciadas las curvas de su cadera, pero al menos su cara no se veía tan delgada.
Se miraba al espejo cuando alguien entró a la habitación, dos mucamas llegaron con un baúl lleno de vestidos.
–¿Qué sucede?
–La vamos a arreglar, por órdenes de la tía Elroy.
Candy contó los días, según lo que había dicho la tía todavía faltaban unos días para la supuesta boda, así que no sabía que pasaba. Una de las mucamas comenzó a arreglar su cabello, la otra sacó polvos y maquillajes, sabía que había mujeres que los usaban, pero se sorprendió que la tía lo hubiera mandado para ella.
La vistieron, peinaron y maquillaron, después la llevaron al salón del baile donde había mucho movimiento, tardó varios minutos en comprender que habían colocado una especie de escenario y frente al mismo un fotógrafo preparaba su cámara.
–¿Qué es todo esto? –preguntó Candy.
–Pasa –la voz de la tía resonó en el salón de baile.
Candy ingresó con un poco de miedo, la tía la intimidaba, pero aun así entró.
–No se ve lo bien que yo quisiera, pero el maquillaje ayudará mucho ¿verdad?
–Así es –el fotógrafo contestó.
–Ven muchacha –le ordenó la tía.
La joven rubia miró hacía el escenario, se le hizo conocido el lugar, era…
–¿París, tía abuela?
Neal había entrado vestido elegantemente, su cara se veía con un gesto de desagrado.
–Neal, colócate donde te lo indiquen.
–¿Qué es lo que trata de hacer?
Candy miró el escenario, era realidad, era una de las calles de París. Por esa razón se le hacía familiar.
–Son sus fotos de luna de miel.
La risa de Neal se escuchó por todo el lugar.
–Así que va a tomar las fotos de la luna de miel, inventadas, y antes de la boda. Eso es hilarante.
–Neal, es lo que hay que hacer, quieres que vuelva a hablar sobre el testamento.
–Ya lo sé tía, no se preocupe, haré lo que desea.
El joven Leegan fue y se puso en una silla delante de la fachada de un café. Una de las mucamas la hizo sentarse en la silla frente a la de Neal.
–Por favor, tómense de las manos –la indicación del fotógrafo fue clara, y antes de que lo repitiera dos veces Neal tenía sujetadas las manos de Candy.
Candy alcanzó a escuchar que una de las personas que ayudaban a sostener las luces decir que se veían muy enamorados. Ella no pudo evitar sonreír al oír eso, se preguntaba si Neal había escuchado también.
La sesión fotográfica duró toda la tarde, para cada escenario habían cambiado también de ropa, había algo en aquello que le divertía, aunque también le asustaba a que grado era capaz la tía abuela de llegar con tal de engañar a la gente, pensaba que después enseñaría las fotos a todo el mundo hablándole de la luna de miel de fantasía.
–Nadie iría a Francia para un viaje de bodas –no paraba de decir Neal –sí, claro buena elección, poner el escenario de un edificio que ya no existe debido a las bombas.
–La gente no ha ido, no sabe eso –le respondía la tía Elroy quien estaba al pendiente de cada cosa que sucedía.
–Gente ignorante y superficial –seguía Neal con sus quejas.
Candy, se preguntaba porque se sentía tan feliz esa tarde, debía estar cansada, enojada tal vez, pero para cada fotografía les habían pedido que se abrazaran, que se sostuvieran las manos, que se miraran a los ojos… y en ese momento comprendió, ella deseaba que esas miradas y caricias fueran realidad, lo estaba disfrutando porque no estaba segura que el joven Leegan por sí solo hubiera hecho ese tipo de cosas con ella.
–Bien gente, última fotografía –dijo el hombre que estaba al cargo de todo –quiero algo especial para esta ocasión.
–¿Qué? –preguntó Neal.
Candy vio que el escenario mostraba un atardecer desde algún punto donde a lo lejos se veía la torre Eiffel.
–Un beso de la pareja.
–¡Dios Santo! –la exclamación de la tía Elroy espantó a más de uno.
–¿Qué sucede señora Andley?
–¿Cómo puede sugerir algo semejante? ¿Aún no están casados?
–Señora, se supone que son fotografías de un viaje de bodas.
–No están haciendo un catálogo de figurines –soltó la anciana.
–Es lo que está de moda –replicó el fotógrafo –ese tipo de fotografías me las han pedido mucho las nuevas parejas.
La tía parecía conmocionada, Candy también se sentía algo tímida ante esa propuesta, ¿cómo iba a besar a Neal? Ya lo había hecho antes, pero no frente a tanta gente, y además, sabiendo que el muchacho estaba siendo forzado.
–Suena interesante –dijo Neal.
–Neal, ¿pero…?
–¿Quiere que las fotografías que va a mostrar sean anticuadas? –Neal interrumpió a la tía Elroy –¿quiere que los Andley se queden atrás? Pero bueno, si es lo que quiere…
–No, claro que no, los Andley siempre son ejemplo.
–Ven esposita –le dijo Neal a Candy.
Ella caminó sin mucha seguridad.
–Tía, ¿de verdad? –Candy mencionó con un nudo en la garganta.
–Vamos muchacha, no te quedes parada allí, hay que terminar con esto, tienes que descansar que en dos días es la boda, y temo que tanto ajetreo me hagan volver a pedir maquillaje para ese día, no es bueno acostumbrarse a usar eso, la gente lo notara, y sólo esas mujeres de la noche lo usan, ¿entiendes?
–Sí –Candy vio que la tía Elroy vivía continuamente preocupada por la opinión de la gente. Sintió algo de pena por ella.
–Bien, colóquense aquí al frente, y entonces se besan, no miren a la cámara, ustedes se besan y yo les aviso cuando esté lista.
–Adelante –dijo Neal quien se veía con la seguridad que le hacía falta a Candy.
Neal abrazó a Candy, ella supo que aún sin maquillaje las mejillas habrían estado sonrojadas, el muchacho la sostenía con fuerza pero con esa calidez, con la misma que había sentido ya anteriormente, con esa que ella jamás habría creído volver a sentir. Se acercó con lentitud, Candy sintió que su cuerpo temblaba, que las fuerzas se le iban, que si no se caía era porque Neal la sujetaba. Entonces sintió los labios de él posarse en los de ella. Su cabeza se sentía embriagada del olor del joven, de su calidez, de aquello que cualquiera podría confundir con amor.
El momento podría haber sido eterno, Candy alcanzó a escuchar como si alguien hablara muy a lo lejos, "ya ha terminado la sesión", pero Neal no la había soltado, la seguía besando, y ella se estaba quedando sin aliento, se desmayaría en sus brazos, pero no le importaba, no quería que terminara, porque no sabía cuándo podría volver a besarlo.
–Suficiente –gritó la tía Elroy –guarden la compostura, aún no están casados.
Neal se retiró, Candy abrió los ojos, y vio la cara del muchacho que dirigía su mirada hacia ella. No, no podía estar equivocada, él debía sentir algo por ella, nadie besa así a alguien a quien no quiere, nadie… se repitió Candy.
