22. Una nueva vida.

Candy había viajado por varios días, todavía recordaba la sorpresa al ver el interior del carruaje, no sabía con exactitud cómo le había hecho Albert, pero todas las cosas de su departamento estaban allí, además había encontrado un maletín lleno de dinero. Había decidido irse para no sentir el peso de la deuda con los Andley, pero Albert agregó más a la cuenta.

La nieve estaba alta y duró más de lo que creía en llegar a un poblado, cuando lo hizo apenas y se detuvo unas horas para dormir y dejar descansar a los dos caballos que arrastraban el carruaje, no podía quedarse mucho tiempo, allí podría haber gente que conociera a los Andley.

Cuando llevaba una semana viajando, se detuvo en una posada y por primera vez desde que salió de Chicago se puso a pensar en qué haría con su vida.

Iba huyendo, de la familia Andley, de sus recuerdos, de ella misma… de Neal. Ella que siempre se había jurado nunca huiría cobardemente, era lo que hacía, huía de todo, de todos… ¿Qué iba a hacer ahora?.

Miró como el cielo seguía nublado, como la nieve que había caído el día anterior seguía en el suelo, sintió frío, pero venía de su propio interior, durante años había dicho que se sentía asfixiada por los Andley, pero en ese instante que estaba lejos del amparo de la acaudalada familia, se sentía como una verdadera huérfana.

El día se terminó y ella seguía sin saber qué haría. ¿A dónde iría? ¿a dónde podía ir para que no la reconocieran? ¿qué podría hacer para vivir? ¿podría seguir siendo enfermera? ¿Acaso no le había dicho la tía en alguna ocasión que todos los hospitales del país estaban ligados con los Andley? Comenzaba a sentirse estúpida, había tomado una decisión tan grande en un momento de enojo, había tomado una decisión sin pensar en las consecuencias, había tomado una decisión como una niña berrinchuda.

En los días pasados había utilizado el nombre de Candice White, pero sabía la promesa hecha a la tía abuela le prohibía ahora usar ese nombre, tendría que reflexionar, y tenía que hacerlo pronto, no podía seguir sin rumbo. Mientras pensaba en eso estaba por quedarse dormida cuando las palabras de Patty le llegaron a su memoria "aquí hace sol todo el año".

Patty se refería a Florida, y eso lo lamentaba Candy ya que en esa ciudad los Andley tenían muchos negocios, además de que los Leegan habían vivido allí un tiempo, pero eso no sólo pasaba en Florida, una buena temperatura era parte de gran parte del sur del país. La idea de un invierno corto y un buen clima le atrajeron. Además si quería separarse de su vida previa, correr al lado contrario era lo más adecuado. Vio el reloj, era ya tarde, pero al día siguiente iría a pedir los informes que necesitaba.

A la mañana siguiente, Candy se arregló lo más rápido que pudo y fue a las oficinas del pueblo para comprar un mapa.

–¿Ciudades de la costa oeste? –el viejo que atendía las oficinas había abierto los ojos al escuchar a la joven.

–Sí, quisiera saber si tiene mapas y que me diera más información al respecto.

–¿No desea tomar el tren? –dijo el hombre –si se va por carreteras durara casi dos semanas en llegar.

–Traigo mucho equipaje –mencionó Candy.

–Si va tan lejos debería deshacerse de todo lo que pueda, tome el tren directo y llegará allá en dos días, tres a más tardar, si toma el que va por todos los poblados podría durar hasta 5 días.

–¿Dónde puedo tomar el tren directo?

–El tren llega a mediodía y sale media hora después.

–¿Sabe de alguien que compre caballos y carruajes?

Candy salió de las oficinas con la información requerida, atravesar el país con un carruaje no era algo que le apetecía, además temía que el mismo Albert la fuera siguiendo como había hecho en alguna otra ocasión, tenía que deshacerse de todo lo que pudiera.

Fue con el contacto que le había dado el viejo de las oficinas del pueblo, el hombre que era un granjero le compró a muy buen precio los caballos, después fue con un anticuario y le vendió algunas de las cosas que no necesitaría para su nueva vida, y redujo su equipaje a cinco baúles y dos maletas, en un momento estuvo tentada a vender todo, pero ya había tomado suficientes decisiones apresuradas como para agregarle más. Un mozo de la posada, le ayudó a transportar su pesado equipaje hasta la estación del tren, donde pagó una fuerte suma para contratar un compartimento privado de lujo. Esto lo hizo pensando en todo lo que llevaba y en que tenía que evitar encontrarse con quien fuera, si estaba sola nadie la interrumpiría, además tenía más dinero del que nunca había gastado, viajar a un lugar tan lejano ameritaba un gasto así.

Cuando se deshizo de las cosas encontró los papeles que Neal le había conseguido, el nombre de Bonnie Sanders apareció ante sus ojos, y de repente tuvo la corazonada de que debía usar ese nombre, ya tenía los papeles, los Andley no sabían de ese pseudónimo, el único que podría saberlo era Neal, pero la muchacha dudaba que él fuera a buscarla, así que los trámites para el tren los hizo con esa identidad.

Candy pocas veces había viajado en tren, y cuando lo había hecho nunca había tomado un boleto de primera clase, cuando entró a su compartimento entendió porque los ricos viajaban de ese modo, era una mini réplica de la mansión Andley, adornos ostentosos, sillones y cama tan cómodos que no parecía que fuera en un tren sino más bien en una pequeña habitación de hotel.

El viaje transcurrió sin muchas complicaciones, una vez que estuvo en el tren sólo le restaba esperar, ver por la ventanilla como iba cambiando el paisaje, como los campos nevados pasaban a ser campos lluviosos, hasta que llegó a una parte que era desértica. Cuando vio el amplio terreno, sin plantas con el adorno de las montañas al fondo, tuvo algo de miedo, ya había estado en un terreno similar cuando había estado trabajando en las minas, y no era un recuerdo agradable.

A los tres días llegó a California, a la flamante y nueva ciudad de Los Ángeles, el clima era fresco pero no tanto como para el abrigo que llevaba Candy, del cual tuvo que despojarse casi de inmediato, consiguió un mozuelo que le ayudara con su equipaje, pero una vez que el muchacho le preguntó hacia dónde se dirigiría, se quedó en blanco.

Candy no tenía idea a donde ir, llevaba mucho dinero encima, pero hacer uso del mismo no estaba en sus planes tampoco, si comenzaba a gastarlo, tarde o temprano se terminaría, y aún desconocía si la iban a contratar de enfermera, ¿podría tan siquiera trabajar de enfermera? Era la pregunta que le rodaba la cabeza.

–¿Sabes de algún lugar donde renten casas o habitaciones? –la joven le preguntó al muchachillo que cargaba su equipaje.

–¿No va a quedarse en un hotel? –el mozalbete era moreno y tenía un acento raro que no había escuchado antes.

¿Un hotel? Pensó, aquello estaba fuera de sus límites, en los hoteles caros podría encontrarse con conocidos de los Andley, si lo hacía en un lugar barato, siendo una mujer viajando sola corría peligro de que la consideraran otra cosa menos decente de lo que esperaba para su nueva vida. ¿Qué podría hacer?

–Señora –le interrumpió el muchachillo –sé de un lugar…

¿Señora? La palabra le pegó, era aún joven, ¿por qué ese muchacho le hablaba así? Entonces un pequeño brillo proveniente de su dedo anular le llamó la atención, era el anillo de la familia Leegan, hacía ya tantos meses que lo llevaba puesto que ni cuenta se dio en que momento dejó de molestarle, ¿en qué instante había dejado de pesar?, era un anillo de bodas, y ella lo lucía como si fuera propio. Tal vez podría utilizar eso de manera beneficiosa. Si decía que estaba casada la gente la trataría mejor, tal vez tomarían más en cuenta sus opiniones y le sería más fácil la transición de vivir en un lugar en cual nunca había estado antes. Sin embargo, si decía que era esposa de alguien, la gente comenzaría a hacer preguntas por su marido, si no lo veían nunca, la tomarían por mentirosa.

–Tomaré un carro de sitio, ¿gustas acompañarme hasta ese lugar? –preguntó Candy al muchachillo

–Seguro –contestó.

No, no podía decir que estaba casada, no sin un esposo a quien presentar, pero… y si decía que era viuda, no habría necesidad de un hombre, era ella, una mujer que había perdido a su marido y por lo cual había decidido viajar a través del país para recuperarse del dolor. Al idear eso, por primera vez desde que llegó a la soleada ciudad sonrió.

El muchacho la llevó a un paraje a las orillas de la ciudad, donde se veían muchas construcciones nuevas, en una colina a lo lejos, o quizá no tanto se alcanzaba a leer un letrero donde se leía "Hollywoodland".

–¿Qué es este lugar? –quiso saber Candy.

–Son nuevos vecindarios que están construyendo, por lo que puedo ver usted es apropiada para quedarse por aquí. Dicen que gente rica está construyendo grandes casas, algunos me han comentado son personas que trabajan en el cine. ¿Sabe lo que dicen? Que las películas ya no serán mudas, ¿usted lo cree? ¿le gustan las películas?

–No he visto muchas –contestó Candy con sinceridad.

Archie era quien era muy afecto a ver películas y en un par de ocasiones la había arrastrado a verlas. No era que ella no las disfrutara, pero no entendía como el público podía preferirlas a las actuaciones en carne y hueso. Sí, en persona, tal como lo hacía Terry, en un escenario, hablando articuladamente para al final recibir los vítores de quienes asistían a la función.

–Bueno, aquí es muy fácil conseguir entradas, yo puedo comprar algunas, hay muchos lugares donde pasan las películas.

Candy sonrió, el mozalbete no era mucho más chico que ella, pero se dirigía como si ella fuera una vieja, y eso le causaba gracia.

–Aquí es –dijo cuándo el carruaje detuvo su camino –ese edificio y a su alrededor, son departamentos, a pocas cuadras están esas casas grandes que le digo.

La joven observó a través de la ventana la construcción que no debía tener más de un par de años de haberse terminado. Bajó del carruaje y se dirigió con la casera. Todo había sido mucho más rápido de lo que había pensado, definitivamente el dinero abría muchas puertas, de forma eficaz y sencilla.

El departamento número cuatro, en el segundo piso, era un piso mucho más grande del que había tenido en Chicago, sin embargo el lugar estaba vacío, tendría que comprar muebles, en especial una cama.

–Muchacho, ¿cómo te llamas? –preguntó Candy.

–Todos me llaman José, señora –respondió el mozalbete.

Candy comprendió lo del acento al hablar, en aquel territorio había descendientes de españoles, lugar que durante mucho tiempo fue parte del país vecino.

–José, podrías ser mi ayudante en los próximos días.

–¿Me pagaría?

–Por supuesto –Candy río ante el comentario,

–Entonces aquí me tendrá.

–Necesito muebles, ¿sabes dónde puedo conseguirlos?

–Hay una tienda en el centro señora, la llevaré, no tienen muchos muebles, y probablemente tendrá que mandar a hacer algunos, pero son los mejores.

–¿Cómo es que sabes tanto José?

–Soy un hombre de mundo, señora.

La idea era risible, no pasaba de los 15 años, y hablaba como si en verdad fuera dueño del mundo entero. Candy lo acompañó al centro, a la tienda de un viejo amable que le había vendido la recámara, y a quien le había mandado a hacer el resto de los muebles, cada vez que pagaba algo, se sorprendía de la gran cantidad de dinero que Albert le había dado, nunca había poseído tanto, ahora entendía porque la gente rica vivía más contenta, sin preocuparse cómo comería al día siguiente.

–¿Así que su nombre es Señora Sanders?

–Así es –la pregunta de José la había sacado de sus pensamientos.

–¿Dónde está el señor?

–Él murió –dijo Candy –fue en la guerra.

–¿Su esposo fue militar?

–No, él fue doctor.

–¡Qué interesante!

Ante el asombro de José, Candy se sorprendía a sí misma mintiendo con tal descaro, ni siquiera había pensado demasiado en lo que diría, y allí estaba dando toda una historia sobre un pasado ficticio.

Candy no tardó sino un poco más de dos semanas para establecerse por completo, el departamento con los muebles, una incipiente amistad con la señorita Elton, una mujer anciana quien nunca se había casado pero que poseía una gran fortuna con la que había construido muchos edificios y ahora se mantenía de las rentas.

José por su parte, con su aspecto vivaracho y curioso, se había convertido en una buena compañía para Candy, y a quien comenzaba a tomarle cariño; la madre del chico era una mujer viuda desde diez años atrás, y quien trabajaba en una granja cercana a la ciudad, el muchacho había vivido solo gran parte del tiempo porque únicamente la veía los fines de semana. Y durante el tiempo que había pasado en California, el mozalbete había estado al pendiente de la que él creía era la joven señora Sanders.

–Debería comprar un automóvil –dijo José esa tarde de Marzo, en que ya se sentía el calor primaveral entrando por la ventana.

–No se conducir –mencionó Candy pensando en lo divertido de la idea.

–Aquí hay algunas mujeres que lo hacen –comentó el muchacho –muchas actrices tienen uno y van por el centro de la ciudad manejando.

Conducir un carro era algo que jamás se hubiera imaginado, pero tan sólo hacerlo se sentía libre, algo que había ido buscando desde Chicago, ¿podría hacerlo con un dinero que en realidad no le pertenecía? Aunque si lo pensaba bien todo aquello no era suyo, era de Bonnie Sanders, alguien que en realidad no existía.

Si voy a vivir una mentira, pensaba Candy, ¿estaría bien hacerlo con dinero que no era propio?

Durante las dos siguientes semanas, seguía sin saber que haría con su vida, se levantaba, leía un poco, tomaba el desayuno, a veces subía al tranvía que la llevaba al centro caminaba por las calles concurridas, iba a la calle donde estaban los cinemas, regresaba, cocinaba la comida, por la tarde se iba hacia la playa, daba un paseo por la arena, viendo como las olas se rompían al llegar a la orilla, luego ya otra vez en casa preparaba la cena y después de leer un rato se iba a dormir. ¿Cuántos días como ese pasarían? No estaba segura, pero no podía transcurrir así el resto de su vida.

En sus salidas había averiguado que realmente los Andley tenían conexiones en todos los hospitales, y además su título de enfermera estaba a nombre de Candy, no de Bonnie, así que aunque quisiera no podría trabajar, lamentaba esa estúpida decisión de irse sin pensar en eso, sin pensar en que no podría hacer nada de lo que conocía, estaba por otra parte volver a estudiar o pedir que le volvieran a dejar tomar el examen con su nuevo nombre, pero ¿cuánto tiempo le llevaría eso?

–Señora Sanders, ¿sabe que conseguí?

–No tengo idea José –los mejores momentos de su día era cuando el muchacho iba a visitarla para ver en que podía asistirla.

–He visto que está muy sola, y pues será bueno para que comience a salir.

–Pero sí salgo –replicó Candy.

–No ha ido a los clubes.

–¿Clubes?

–Sí, hay unos donde tocan música negra, le dicen hit-hat. Tengo un amigo que trabaja en uno, dice que se llena de actores y músicos.

–¿Y a ti te permiten entrar? Tenía pensado que en las cantinas no pueden entrar menores de edad –Candy lo dijo pensando que ella misma aún no cumplía los 21 años.

–Mi amigo me permite pasar.

Todo allí parecía tan diferente, pensó la joven enfermera, era como si le hablaran de un mundo distinto, en Chicago, si había cantinas, pero no dónde las mujeres pudieran entrar sin llamar demasiado la atención, además la tía Abuela jamás le habría permitido ir a un lugar así, tal vez eso era lo que le hacía falta, vivir cosas nuevas y diferentes. Teniendo eso en cuenta, tomó la decisión de comprar el automóvil, como le había sugerido días atrás José.

–Bien, me has convencido, me daré una vuelta por allí. Pero ahora me debes acompañar a ver lo del automóvil, ¿sabes manejar?

–No realmente, sólo una vez conduje el carro del jefe de mi madre.

–Bueno eso es mejor que nada –dijo Candy riendo.

Subieron al tranvía, que los llevó rápidamente al centro y bajaron en una agencia de carros, para la joven, aquello le recordaba a los Andley, al mismo auto de Neal, aquel, que había vendido para comprar los pasajes para ir a Europa, después suspiró, no podía pasarse la vida pensando en ellos.

El hombre de la agencia miró con cierta desconfianza a Candy, pero aun así la atendió con cortesía, el mismo lució muy avergonzado cuando la joven a diferencia de la mayoría que iba a admirar los vehículos le dijo que le pagaría de inmediato. Mientras hacía los trámites, José se había subido al modelo escogido y acariciaba la piel de los asientos y el panel de madera donde estaban los controles. Ella se sentó en la oficina del hombre.

No llevaba ni media hora esperando allí, cuando escuchó una voz familiar a su espalda.

–¿Candy?

Instintivamente, sin vacilar siquiera, sin acordarse de que ahora llevaba una nueva identidad, giró la cabeza al escuchar su nombre. Dio un respingo, allí, frente a sus ojos estaba Terry.