23. Sombras del pasado.
Candy sintió un fuerte retortijón, ¿qué estaba haciendo allí Terry? Eso no podía estar pasando, había recorrido kilómetros para separarse de su antigua vida, ¿por qué tenía que aparecerse justo en ese momento?
–Lo siento –la joven dijo –no sé quién es usted.
–Por favor Candy, ¿qué es esto? ¿Cómo que no sabes quién soy?
–Creo que usted me confunde –dijo la muchacha –mi nombre no es Candy.
–Candy, ¿crees que vas a engañarme? Soy yo, Terry, no podrías hacerlo ni en un millón de años.
La joven apretó la boca, siempre le habían dicho que era muy transparente, y alguien como Terry quien en el pasado con una sonrisa la desarmaba con mucha facilidad se volvía un peligro inminente.
–Señora Sanders, han verificado que sí tienen el modelo para que se lo lleve de una vez –le informó el dependiente de la agencia de vehículos. Iré a hacer los preparativos.
El hombre entró y salió.
–¿Señora Sanders? ¿Es esto alguna clase de broma? ¿no te habías casado con el estúpido de Neal Leegan?
–Ya le he dicho que me confunde.
Candy pensó unos segundos, si se salía de la oficina, probablemente parecería sospechosa, si se enfocaba en mentir podría salir al menos dejando confundido a joven actor, si tan sólo pudiera dejarle la duda de que era otra persona podría vivir con eso.
–No, te conozco, eres Candy.
–Ya le he dicho que ese no es mi nombre, ¿podría dejar de hablarme con tanta familiaridad?
–Deja de bromear, eres tú.
En ese momento José entró a la oficina.
–Señora Sanders, ya está afuera el vehículo, una de las personas me ha indicado el funcionamiento, sería bueno que también usted estuviera allí para que entienda.
–Ya voy –mencionó Candy.
Se levantó del asiento y dio unos pasos hacía la puerta, al pasar delante de Terry la tomó del brazo.
–No me gustan los juegos, ¿no sé qué te traes? Sé que eres Candy, lo podría saber aún con los ojos cerrados, jamás me podrás engañar.
–Suélteme –espetó Candy –ya le he dicho dos veces que ese no es mi nombre, soy la señora Sanders, mi esposo se llamaba Peter. No le he permitido que me hable con familiaridad ni tampoco que me toque, así que es mejor que quite sus manos de mi brazo si no quiere que llame a un policía.
Las mejillas de la muchacha estaban encendidas, Terry abrió los ojos sorprendido, y soltó su brazo.
–Espero no volverme a encontrar con usted, pero si es así, por favor diríjase a mí como una señora y mantenga su distancia.
Candy, salió de la oficina sintiendo que las piernas no la sostendrían, no se imaginaba de dónde había salido su temple, o esa forma de mentir, por un momento visualizó a Neal que le decía que había mentido bien, ¿estaría satisfecho de ella? En su fuero interno, la muchacha sabía que sí lo estaría. Hasta ese momento no se había percatado de cuánta era la influencia que el joven Leegan había dejado en ella. Antes le habría resultado imposible faltar a la verdad, ahora lo hacía incluso con cierto descaro.
Afuera, un empleado de la agencia le indicaba a José lo principal que debía conocer para manejar el automóvil. Candy llegó a tiempo para escuchar, desde la manivela que llevaba al frente, como debía surtirle agua y gasolina.
–No hay muchas gasolineras, pero en la ciudad hay una –le informó el hombre –también aquí tenemos una bomba, para cuando quiera surtir.
Todos los datos que le daba, le hacían recordar a Stear y su empeño en que ella siempre probara los inventos que fabricaba. Sonrió, él estaría orgulloso de saber que estaba comprando un vehículo, casi podía escucharlo decir "es la mejor manera de invertir el dinero que te dio el tío". Pensar eso le hizo sentirse tranquila de la fuerte cantidad que acababa de pagar por el carro.
Después de casi una hora de explicaciones, Candy decidió subirse al carro y observar como José manejaba, el mozalbete no era un experto, pero no había echado encima de nadie la máquina, ni se había impactado con otro auto o algo más.
–¿A dónde quiere ir? –preguntó José.
–Quiero ir a esas tiendas de ropa de mujeres.
–Sí, aquí las damas se visten a la última moda –señaló, hay una mujer que trae ropa de Europa, la llevaré allí.
Candy pensó que aunque aprendiera a manejar contrataría a José como su chofer permanente. Se veía que el muchacho disfrutaba estar detrás del volante.
La ahora señora Sanders bajó del automóvil en la calle donde estaban ubicadas las boutiques y mercerías, entró a una que mostraba en un maniquí, un vestido largo de holanes nada a lo que ella había visto hasta ese momento.
–Pase, pase, ¿qué es lo que quiere probarse? –la dueña de la tienda le dijo de forma zalamera.
–Estoy buscando renovar mi guardarropa –dijo la joven enfermera, decidida a no verse nada como la antigua Candy, necesitaba separarse lo más que pudiera de su verdadero yo para que le resultara más fácil mentir.
La mujer sonrió de oreja a oreja, en seguida le comenzó a llevar un sinfín de prendas.
–¿Corsé? No señora, ya están dejando de usarse, vea, esto es lo último que ha salido, directo de París.
Candy se sintió un poco agobiada ¿qué no acababa de estar ella en París? No se había detenido a ver ninguna de las tiendas, de hecho todo el lugar estaba desolado por la guerra, pero no hizo más que asentir con la cabeza, tal vez no había estado en el sitio correcto para ver ese tipo de cosas.
–Vea esto, estos sombreros, son divinos –mencionó la mujer que no dejaba de mostrarle ropa.
–Es muy distinto a lo que llevo puesto –dijo Candy sintiéndose un poco mal. ¿Acaso siempre se vestía tan pasada de moda? La verdad era que jamás le había dado importancia a eso. Annie, ella era la que se vestía a la moda y sabía lo último en tendencias.
–No se preocupe, nadie la verá mal, ya se dará cuenta que aquí las jóvenes actrices visten así, todo el mundo trata de estar bien vestido en las noches de cocteles y los centros nocturnos.
Una sonrisa nerviosa se apoderó de Candy, ¿por qué todos hablaban de la vida nocturna como si fuera lo más común del mundo? Podía imaginarse a la tía Elroy al tiempo que se llevaba una mano a la cabeza exclamando, "¿a dónde iremos a parar?".
–Le puedo aconsejar también un estilista, ella arregla a las actrices de las películas, sabe todo acerca de maquillaje.
–¿Maquillaje?
Le pareció oír a la tía Elroy "Sólo las mujerzuelas utilizan maquillaje", no que Candy no lo hubiera usado antes, durante la travesía a Europa, lo había hecho. Pero no era algo que pensara usar en el día a día.
–Todos lo usan, aquí todas las mujeres quieren verse igual de bien que las actrices, es normal.
Candy salió del lugar con un montón de paquetes de ropa nueva, la dependienta le había hecho usar una falda a media pierna con una blusa, para espanto de la joven enfermera, sin mangas, y que a pesar de llevar una chaqueta encima le hacía sentirse un poco incómoda.
–Nadie usa mangas ya, eso me dijo –iba diciendo en voz alta mientras José conducía al lugar donde le había recomendado la dependienta.
–Eso es cierto –dijo el muchachillo –eso se iba a comentar, se vestía con ropa anticuada.
–No era anticuada –refutó pensando en que el vestido que llevaba lo acababa de comprar la tía Elroy, pero claro la tía no le iba a comprar algo que pensara era indecente no importando que fuera el último grito de la moda.
–Nadie se viste así por aquí, a menos que sean ancianas –mencionó José.
Candy apretó los labios, sabía que la tía Elroy no era fan de comprar ropa tan extravagante, de hecho usaba vestidos similares desde que la había conocido hacía casi diez años.
–Aquí es –le informó el chico cuando llegaron al lugar de la estilista.
Con miedo, la muchacha bajó del carro, no sabía que harían con ella allí, tuvo que recordarse más de una vez que Terry había estado a punto de reconocerla, así que con el paso un poco más firme entró al lugar, uno como el que no había visto antes.
–Bienvenida –una mujer pelirroja la saludó –¿qué podemos hacer por usted?
–Vengo, de parte...
–Ah, ya sé quién es usted, me acaban de telefonear para indicarme que vendría, venga tome asiento, puedo ver lo que me dijeron.
–¿Qué?
La pelirroja sacó un estuche de maquillaje y comenzó a aplicar abundantemente.
–A nadie le gustan las pecas –dijo muy risueña.
"A mí sí", pensó Candy, mientras veían que éstas desaparecían bajo la base líquida y espesa que aplicaba la mujer.
–Y ese cabello, demasiado largo, ya nadie lo utiliza así, corto, muy corto, pero tus rizos ¡vaya! Son geniales, quedaran a la perfección con el nuevo corte que haré.
La muchacha se asustó al pensar en ello, la pelirroja trabajó en ella por más de dos horas, cuando terminó, Candy no podía reconocerse a sí misma. El espejo le devolvía la imagen de una mujer distinta, cabello muy corto y rizado casi en forma de casco, unos ojos grandes resaltados por líneas negras y maquillaje que cubrían cualquier aspecto pueril que aún le quedara en el rostro.
–Es usted muy bella señora Sanders –terminó diciendo la mujer pelirroja.
Candy no estaba segura si "bella", era el adjetivo que usaría, pero aun así agradeció el cumplido.
Salió siendo una mujer diferente, cargando una set completo de maquillaje, ahora sí podría llamarse a sí misma Bonnie Sanders, nadie sería capaz de reconocerla.
–Se ve muy bien –le dijo José cuando subió al automóvil.
La joven enfermera seguía sin poder creer que con tantas cosas en la cara pudiera verse bien, pero en el trayecto a su casa, podía sentir las miradas de caballeros que volteaban a verla con o sin disimulo, ya que había unos que incluso detenían su camino para observarla. Tanta atención la incomodaba.
Llegaron a la casa, la muchacha colocó toda la ropa en los closets, y el set de maquillaje en su tocador. Se volvió a ver en el espejo y no se reconoció, sólo quizá la mirada, era lo único que no había desaparecido por completo.
–Está bien –dijo en voz alta –ahora sí eres Bonnie Sanders.
Escogió uno de los vestidos de noche, también sin mangas cuya falda terminaba en muchos holanes, unos zapatos de terciopelo y un abrigo no tan grueso, en vez de aquellos que solía usar en Chicago. Un collar largo y unas cuentas para su cabello ahora corto.
–Supongo que no está tan mal –suspiró por su larga cabellera.
Salió de su habitación y vio que José la esperaba en el pórtico.
–¿Está lista para ir al club?
–Sí –contestó Candy sintiéndose mejor por el cambio de imagen que había tenido esa tarde, ahora si se encontraba con Terry no sería capaz de decir que era la misma mujer.
El sol se había ocultado y ahora las luces inundaban el centro, con grandes marquesinas parecidas a las que alguna vez vio en Broadway, pero en vez de obras de teatro, anunciaban películas de cine, muchas filas de hombres y mujeres aguardaban afuera de esos lugares, pasando otras calles, anunciaba presentaciones en vivo de distinta gente a la que Candy no conocía. Aquello era algo totalmente nuevo para ella.
–Aquí es –dijo el muchachillo.
El lugar se veía muy elegante, nada como ella se imaginaría un club nocturno. Ella se imaginaba un lugar parecido al que había visitado una vez buscando a Neal.
En la entrada un hombre de raza negra, daba la bienvenida a la gente que iba entrando, iban en parejas, o varias mujeres en grupo, también entraban hombres… todos vestidos para la ocasión, y tal como le habían dicho por la tarde, la mayoría de las mujeres iban con prendas similares a la que ella llevaba puesta, con mucho maquillaje en el rostro y cabello corto. Ella suspiró. Temía haber permitido cortar su cabello cuando no era necesario.
Caminó por la alfombra que daba hasta la puerta, el hombre le sonrió y la dejó pasar sin preguntar nada. Candy se sintió un poco cohibida, adentro, había mesas tenuemente alumbradas y un escenario al frente donde un grupo tocaba música alegre.
Un mesero le indicó una mesa vacía donde sentarse. Ella lo hizo y vio a su alrededor, un montón de personas charlaban, algunos hombres fumaban, y otras mujeres también aunque lo hacían de cigarrillos mucho más largos, las risas de las mesas lejanas se dejaban escuchar hasta donde estaba sentada.
De repente comenzó a sentirse un poco tonta por haber ido a un lugar así sin compañía, José esperaba en el carro a que su amigo lo dejara pasar, y ella estaba allí sentada sin saber exactamente qué hacer.
–Señorita le mandan esto –dijo el mesero unos minutos después de que Candy hubiera llegado al lugar.
Le habían llevado una copa con una bebida.
–Pero yo no he pedido nada aún.
–Es cortesía de aquel caballero –le informó el mesero.
La muchacha volteó y vio a un hombre muy guapo que la miraba. Aquel gesto le desconcertó, Candy nunca se sintió una mujer hermosa, y acababa de darse cuenta de que varios hombres la miraban fijamente, entre ellos ese que le había mandado la copa.
Estaba por dar un trago cuando escuchó muchos murmullos.
–Es muy guapo –escuchó decir a una mujer de la mesa de al lado.
–He escuchado que era muy famoso en Broadway –dijo otra de las mujeres que iban con la primera que había hablado.
–Supe que se iba a casar, pero al final lo hizo.
–¿Entonces es soltero?
Candy no necesitaba saber más, ver el perfil del joven más lo que acababa de escuchar era suficiente, quien acababa de entrar era Terry. ¿Cuáles eran las posibilidades? Si bien Los Ángeles no era una ciudad tan grande como New York, si era lo bastante para no tener que encontrarse con él dos veces en un mismo día. ¿Qué haría? ¿Estaría bien irse? Pensó en que quizá debería aceptar ir a platicar con ese hombre que la miraba, al menos no estaría sola y tal vez Terry aunque la reconociera no se acercaría.
¡Dios! Se dijo para sí, le hacía falta Neal, él sabría qué hacer, él siempre le ayudaba en momentos como ese. Luego suspiró. El día completo se la había pasado recordando a los Andley, para alguien que decía que no quería tener nada que ver con ellos, era demasiado tiempo invertido en pensamientos dedicados a esa familia. De nada servía una mudanza al otro lado del país, o haberse cambiado la imagen, los Andley eran como un ancla que la sostenían y no la dejaban ir, los extrañaba, pero no podía regresar. Una sensación de tristeza la llenó por completo. No podía hacer eso.
No, no podía y menos en ese momento, Terry acababa de entrar a la zona de mesas donde estaba ella, quería ocultarse, pero no podía hacerlo muy evidente. Sabía que iba con maquillaje y nuevo peinado, pero era ese Terry quien en la mañana la había enfrentado, quien había estado a punto de tirar su fachada delante de la gente, ¿podría acaso engañarlo nuevamente? Bueno, si lo pensaba bien, ni siquiera lo había engañado en la mañana, había huído, pero si se quedaba allí y la volvía a ver, lo más probable es que la reconocería y entonces... no sabía que haría, todo se habría acabado, ¿a dónde iría?
"Comienza el baile" gritó el presentador de la banda en el micrófono.
Candy apretó los puños, no quería que Terry la viera, giró la cabeza hacía donde estaba el hombre que le había mandado la bebida, pero en ese momento platicaba con una mujer alta de cabello oscuro. Había perdido la oportunidad con él, ¿y ahora? Pensó. Con sus ojos peinó el no tan iluminado lugar, rezando o mejor dicho rogándole a Dios que la sacara del aprieto en que ella misma se había metido.
Todavía puedo correr al baño o a la salida, ¿podré hacerlo? Se preguntó, mientras veía la salida que estaba más cerca de Terry que de ella misma. ¿Dónde estaban los baños? Ni siquiera había preguntado. ¿Por qué le había hecho caso a José? Era sólo un muchachito, ¿Qué rayos iba a conocer él? Se daba aires de mundo, pero no era más que un chico de 15 años. Y ella, ella estaba igual de tonta, pensaba la joven enfermera. No se sentía con fuerza para enfrentarse a Terry quien parecía caminar a paso de tortuga. La gente lo detenía a cada paso, le saludaba o le pedía un autógrafo. Tal vez tardaría unos diez minutos en acercarse pero si ella no se movía, la encontraría allí, toda nerviosa y haciéndose la del delito.
Dio otro trago y con esto se acabó la copa, ¿por qué le daba tanta sed cuando estaba nerviosa? había escuchado que no debía tomar alcohol de forma tan rápida pero en ese momento ya no importaba, movía el pie frenéticamente como queriendo avisarle que si corría todavía tenía una oportunidad. Giró levemente la cabeza, y vio a Terry a unos cuantos metros. Sentía retortijones en el estómago, si no se levantaba probablemente se pondría mala en ese mismo instante y devolvería lo poco que había comido antes de llegar al centro nocturno.
Terry caminó dos pasos más cuando una mujer se interpuso, Candy no sabía dónde se sentaría, quedaban tres o cuatro mesas vacías, una que estaba frente a la de ella y dos más cerca de la pista, no era experta en conocer al joven actor, pero podía asegurar que no le gustaba ser el centro de atención, así que habría jurado que se sentaría en la mesa frente a ella. Las manos le comenzaron a sudar. Tendría que salir corriendo de allí y confirmaría todas las sospechas de Terry, y no la volvería a dejar tranquila.
"Por favor, Dios, por favor" repetía a sus adentros una y otra vez.
Terry estaba tras ella, podía incluso oler su perfume, era el mismo que había usado desde que lo conocía, iba a desmayarse allí enfrente de gente desconocida, se sentía muy débil, en ese momento las palabras de la tía Elroy le pegaron "te ves muy desmejorada", había pasado por tanto en los últimos meses, que no logró llegar a su peso aún. Incluso esa tarde cuando la maquillaban había sido una de las cosas que la mujer le criticó, el "estás muy delgada", se convirtió en un estigma para ella desde su regreso de Europa. Debía comer más, pero no lo había hecho. Su cuerpo no la resistía, iba a derrumbarse allí mismo.
Una mano la sostuvo fuerte, Candy no alcanzó a ver quién era, en medio de la debilidad escuchó un "vamos a bailar", parecía la voz de Neal. Estaba muy mal, estaba tan débil que ya alucinaba, Neal estaba en Chicago, él jamás habría ido a buscarla.
Se sintió llevar de la mano de esa persona, llegó a la pista de baile y entonces le susurró al oído.
–No te vayas a desmayar, sujétate bien.
La voz de Neal, era su voz, realmente estaba mal, se aferró a los brazos que le habían ofrecido, era un hombre de eso estaba ahora segura, la mano de este hombre rodeaba su cintura con tanta fuerza que la sostenía de pie. Por su parte ella se detenía del cuello, no le veía la cara, no quería hacerlo. No quería romper su imaginación de que estaba junto a Neal, que había ido a rescatarla en el momento que más necesitaba.
Bailó, o mejor dicho se sostuvo del caballero que la sacó a bailar. Después de unos minutos de hacerlo la llevó a una mesa, pero no la suya sino otra, la sentó en una de las sillas y le pidió al mesero un vaso de agua. Entonces se sentó delante de ella. A pesar de que la luz era tenue no podía equivocarse, no podía estar tan mal como para estar teniendo visiones, sentado frente a ella estaba Neal.
