24. Los rastros de la paloma.
El ambiente en la mansión era de caos total, Neal se paseaba de un lado para otro, había quebrado ya una botella y un adorno que le pareció estúpido, él sabía que si no se calmaba terminaría rompiendo cada cosa dentro de su habitación.
–¿No te vas a despedir de Candy? –Archie se había asomado por la puerta.
–No, no voy a ir –espetó Neal.
–Vas a lamentarlo después.
–¿Tú qué demonios sabes? –el joven Leegan se sentía muy enojado, en particular con el entrometido de su primo que sólo había ido a arruinar todo.
–Yo sólo quería…
–¿Qué? ¿Qué rayos querías? Se supone que sólo deberías estar viendo por ti y tu "mujercita" ¿no?
–Neal… no lo tomes a mal.
–¿Cómo quieres que lo tome? Dijiste que era poca cosa, así que no vengas ahora a tratar de mostrarte compasivo, vete de aquí, corre y despídete de ella, no quieras que yo me comporte como un caballero, aquí por lo visto, el único caballero eres tú, y así lo dejaste muy claro hace rato.
–Estás peor que nunca –dijo Archie dando la media vuelta.
Es un inútil, pensó Neal, necesitaba hablar con el tío William. Bajó las escaleras y buscó en su despacho, pero no estaba allí, luego en la biblioteca y tampoco, finalmente fue al invernadero, en un rincón se encontraba mirando hacía el paisaje nevado nada comparado a lo templado del ambiente donde estaban en ese momento.
–Tío.
–Neal... ¿ya te despediste?
–¿Despedirme? Dígame, dígame por qué lo permitió.
–No puedo hacer nada –dijo Albert.
–Es el jefe de la familia, ¿por qué…?
–Sí, soy el jefe de la familia, pero bien sabes que la tía es quien maneja todo, sería ingenuo de mi parte pensar distinto.
–Pensé que Candy le importaba.
–Y me importa –aseveró el rubio –por lo mismo no puedo ir en contra de sus deseos, no puedo cortarle las alas que me han cortado a mí.
–No necesito saber de sus necesidades –dijo Neal –sólo necesito saber si piensa hacer algo al respecto.
–Es difícil luchar todas las peleas al mismo tiempo, estoy tratando ayudar…
–Pues no ayuda lo suficiente –repeló Neal.
–Basta, deja de decirme que soy tan inútil como todo el mundo piensa –Albert se veía realmente enojado –Soy muy joven para ser cabeza de la familia, no fue algo que yo elegí, tengo ideas distintas a la generación que ahora está en el concejo familiar. Muchos me dicen que no hago lo que se necesita, que debo de hacer más, de ser más… ¿sabes? En estos días he estado luchando, el concejo quiere cerrar una fábrica en la que trabajan más de 300 obreros, no sólo son esos 300 hombres y mujeres, mucha otra gente depende de ellos, lo que ellos ganan es el único sustento de su familia, entonces no hablo de proteger a esos 300 trabajadores, sino de proteger a más de mil personas que se alimentan de ese trabajo. La semana pasada fue el de pelear porque no les bajaran el sueldo a otros mineros, cada día, cada semana, cada mes, nuevas batallas surgen. Y no tengo la pericia suficiente para poder ayudarlos a todos, ¿sabes lo que se siente que por una decisión propia puedan arruinarse tantas gentes?
Neal se quedó en silencio, nunca se había puesto a pensar en lo que significaba estar en los zapatos de su tío.
–Entonces –continuó Albert –cuando ves eso, gente que se queda sin comer, miseria humana, día tras día, llegar a casa y ver los problemas familiares, estos me parecen nimios. Pero aun así tengo que estar al pendiente de todos, porque la tía en lugar de ayudar se pone a complicar más las situaciones. No, no puedo estar al cargo de todos, se supone que ustedes son adultos, que iban a hacer las cosas distintas, pero todos llegan queriendo que les resuelva sus vidas…
–Lo siento –dijo Neal, aunque en realidad no creía que una disculpa fuera arreglar la situación.
–Desde finales del año pasado, simplemente desapareciste, cuando voy a buscar a Candy no está, la tía me volvía loco diciéndome que ustedes eran mi responsabilidad, que la hija de los Crone también había desaparecido que todos te señalaban como culpable, luego llega Archie diciéndome que quiere abrir una fundación en memoria de Stear, pero que quiere que se abra antes de que nazca su hijo en menos de tres meses, y que antes quiere ir a ver a sus padres… los cuales ni siquiera sé si están bien o no…
–Están en perfecta salud y muy bien –señaló Neal.
–¿Cómo lo sabes? La correspondencia a la India va muy mal debido a la guerra.
–Estuve en la India hace cerca de un mes –le informó el joven Leegan.
–¿Estuviste allí?
–Sí, y por cierto la señorita Crone también está allá, se quedó en casa de los Cornwell.
–¿Qué quieres decir?
–No podía dejarla en Europa viendo la situación, así que me fui a la India y ella se quedó con los padres de Archie.
–¿Entonces, qué le diré a su familia?
–Nada, no es su responsabilidad, ella quería irse y yo le proporcioné un medio para irse, así de simple, es responsabilidad de ella y de nadie más, al final se quedó allá, probablemente en unos meses esté casándose con un Maharajá o un jeque árabe, ¿quién sabe?
–Ves, ¿qué voy a decirle a su familia?
–Nada, ya se lo dije, y como ha dicho, tiene de sobra con los problemas propios, no trate de arreglar el mundo, es demasiado para una sola persona.
–No puedo creerlo.
–¿Qué?
–Que seas tú quien me diga eso, siempre creí.
–Que soy un bueno para nada, dígalo, no me ofende.
–Nunca lo diría.
–Ese es otro de tus problemas, quiere arreglar los problemas de todos de forma en que sea un caballero, sacando la espada con honor. No quiere ofender a otros y aun así proteger a los más débiles. Pero no se puede todo.
–Eso lo sé –replicó Albert.
–Está bien, me ha quedado claro, no voy a hacer más reproches, tiene razón, los problemas familiares parecen nada comparado con lo que tiene que lidiar todos los días. Ya nos arreglaremos nosotros.
–No quise decir que no me importen.
–Eso me queda claro… somos importantes, no pienso distinto, pero tal como dice, nadie morirá por lo que estamos pasando ni pasará hambres, arreglaré esta situación a mi manera.
–Eso también me preocupa… ¿cuándo podrán llevarse bien entre ustedes?
–Tío, tampoco espere demasiado, no le pida peras al olmo, las viejas rencillas no se arreglan con un apretón de manos. No puedo cambiar la forma en que pienso de Archie así como él no puede cambiar la forma en que piensa de mí. Creo que tiene cosas más importantes que resolver antes de enfrascarse en viejas peleas familiares.
–Yo, mandé a George para que preparara todo para Candy, tampoco la quiero dejar sin algo.
–No se preocupe por ella, yo veré como resuelvo esto. Debería hablar con mi padre, es mejor hombre que yo, seguro que lo apoya con eso de los obreros.
Neal salió del invernadero, no había cambiado por completo lo que pensaba del tío William, pero al menos le tenía un poco más de respeto, le quedaba claro que no era un muñeco de la tía Elroy y eso era ya una ventaja.
Vaciló un momento, estuvo tentado a ir hasta donde estaba Candy y rogarle que no se fuera, pero no podía hacerlo, ¡era una tonta!, plantear toda esa situación de irse lejos, de renunciar a la familia, ¿quién demonios le ponía esas ideas en la cabeza? Definitivamente no él, por un momento, por un breve instante el día anterior pudo sentir que ella le quería, que podían estar juntos, pero luego esa mañana. Maldito Archie, ¿por qué siempre estaban allí para interponerse en lo que quería? No era la primera vez, ya se lo pagaría más adelante. Sí estaba bien, sabía que no podía ponerse vengativo y menos después de hablar con el tío William.
Neal volvía a estar en el mismo estado que hacía un rato, deambular por el cuarto no le estaba haciendo ningún provecho. Quería ir hasta la habitación de Candy, abrazarla fuertemente e impedirle que se fuera. Pero no lo haría, no después del desprecio que le había hecho. ¿Pero hasta qué punto le importaba eso? ¿Qué acaso no lo había despreciado siempre?
–No seas iluso Neal Leegan –se dijo para sí.
Todavía pensaba, cuando escuchó el auto de los Andley ponerse en movimiento, se asomó por la ventana pero no alcanzó a ver la entrada desde allí, quiso salir, ella estaba por irse, la perdería para siempre si no la detenía. Pero no se movió se quedó estático en donde estaba.
Dos semanas pasaron y Neal se la pasaba dentro de la habitación, esperando, a que Candy diera señales de vida, ¿por qué no llamaba? ¿qué estaría haciendo? Volvió a recostarse en la cama que no había dejado que las mucamas limpiaran, estaba por dormirse de nuevo cuando Eliza entró en la habitación.
–¿Qué pasó con este cuchitril?
–¿Qué haces aquí? No recuerdo haberte invitado a entrar.
–Me aburro ¿sabes? El ambiente en la mansión desde que se fue... esa, es terrible, parece que aquí fuera un interminable funeral.
–Pues regrésate a casa, no tienes por qué venir.
–¿Y perderme el espectáculo de verte regodearte en tu propio dolor?
–Eres tan graciosa… –dijo Neal, con un tono que indicaba lo contrario.
–Bien, aprovecharé el tiempo ya que estás de malas, ¿dónde está Anthony?
–¿En serio? ¿Qué pretendes con él?
–¿Tú? ¿Tú me preguntas eso? –Eliza alzó una ceja al decirlo.
–Sí, porque no entiendo, no recuerda nada, es como un envase vacío, ¿para qué quieres a alguien así?
–Por lo mismo, no recordará nada más que a mí, ¿no puedes entender eso? Sería la única persona ante sus ojos. Que es mejor que tú con esa huérfana…
–Deja a Candy fuera de esto.
–¡Ah! Cómo quisiera, pero veo a todos tan preocupados por ella que me hace renacer todo el odio por esa hija de Ponny.
Neal frunció la boca, no podía soportar que nadie hablara mal de Candy, sobretodo su hermana.
–Espero que al menos se te haya quitado esa manía de querer presentarme a tus tontas amigas.
–Mis amigas –dijo Eliza con un tono que indicaba que no le gustaba que les diera ese mote –no quieren y no creo que quieran volver a salir contigo.
–¡Vaya! Eso es una buena noticia al fin –recalcó Neal.
–¿Cómo se te ocurre irte con esa Crone? Y lo peor, no sólo con ella, sino con…
–Sí, sí, entendí tu punto…
–Fue un escándalo, si vieras como todos hablaban mal de ella, imagínate, dejar a su prometido, y alguien de la nobleza, nadie podía entender eso.
–¿Acaso no te interesa el amor?
–¿Amor? Claro, es bueno… pero hay cosas más importantes.
–Nunca te creí una mujer interesada por el dinero.
–Hermanito, el dinero no lo es todo, también están las casas, los vestidos, las joyas, los perfumes…
–No puedo creerlo, que serías capaz de dejar el amor a un lado por alguien con dinero.
–Además están los títulos, eso también me atrae.
Neal sacudió su cabeza, su hermana se estaba volviendo más frívola de lo acostumbrado.
–Por cierto, tal vez te interese saber que en mi viaje a Europa vi a ese actor de quinta por el que morías.
–¿Hablas de Terruce Grandchester?
–¿Conoces a otro actor de quinta?
–Pues la cosa es que, ¿recuerdas a Lady Kennall?
–No, ¿tendría qué?
–Eres imposible, te la presente hace un tiempo en una de las fiestas, bueno eso no es el caso… como te decía, vino hace casi un mes de visita, con un chisme gordo.
Neal alzó una ceja y vio Eliza, Se notaba que se mordía la lengua, no podía soportar por más tiempo, tenía que contar lo que sabía.
–Pues resulta, que murió su padre.
–Sí, ya lo sabía, no es secreto que el Duque le heredó todo a él.
–Sí, eso es lo que todos saben ¿no?, pero resulta, que él no era un hijo legítimo.
–Eliza, ¡por favor! Ese era un secreto a voces desde que estábamos en el Colegio.
–Entonces creo que no lo recordaba –dijo ella –en fin, la duquesa estaba toda consternada, su esposo le dejó todo al hijo bastardo, todos en Inglaterra hablaban de eso.
–Me lo puedo imaginar –mencionó Neal, pensando que si en la alta sociedad las cosas no eran tan fáciles, dentro de la nobleza serían peores.
–Pues, entonces, llegó Terry, y estuvo en Inglaterra unos días, la duquesa iba por todo, había conseguido gente muy metida en la cámara de los lores, para que la ayudaran, pero resultó que él no aceptó la herencia y le legó todo a su hermano, o quiero decir, medio hermano.
–¿En serio?
Neal no podía dar crédito a lo que escuchaba.
–Sí, se fue de Inglaterra con las manos vacías.
El joven Leegan se sentía intranquilo, cada vez que escuchaba el nombre de Terry, sabía que Candy podría guardar aún sentimientos por él, y eso le molestaba.
–Así, que él ha dejado de estar en mi lista.
–¿Eso quiere decir que si Anthony se quedara sin nada?
–Pues obvio, no podría andar con él, Neal entiende, a nadie le gustan los pobres, por eso deberías de olvidarte de esa, ahora que renunció a los Andley, no te conviene para nada andar detrás de ella.
–Bueno, no te preocupes por mí, y preocúpate por ti misma.
–Yo sólo te doy el consejo.
–Sí, sí, bueno ya has estado demasiado en mi cuarto y la verdad es que quiero dormir.
–Sí hermano, es lo mejor que puedes hacer, quedarte aquí encerrado, mientras más estés aquí, más lejos se irá esa hija de Ponny y no la volveremos a ver nunca.
Eliza se dio la media vuelta y salió meneándose de la habitación. Neal abrió los ojos, no había pensado en eso, si se quedaba allí esperando, cabía la posibilidad que jamás pudiera encontrar a Candy, eso le lanzó una alarma en la cabeza, tenía que hacer algo.
Tomó prestado el automóvil de los Andley, y salió esa tarde a buscar a Candy. Sabía que había una mínima oportunidad de que se hubiera quedado en Chicago, pero aun así fue hasta su departamento donde le informaron que hacía varias semanas que habían sacado las cosas de allí. Fue a los hoteles y hostales, no encontró nada.
Regresó desanimado a la mansión, pero decidió ir a buscarla a los poblados aledaños al día siguiente.
Salió temprano, y anduvo por los más cercanos, pero en ninguno le pudieron dar datos, se quedó en uno de ellos a dormir; dos días más tuvo que buscar hasta que una mujer le dio informes sobre la chica.
–Sí, iba a con un carruaje, se quedó aquí unos días, y luego se marchó.
La mujer fue todo lo que le pudo decir, pero al menos ya tenía un lugar de donde partir. Pasó otra semana en sus pesquisas, estaba por rendirse al ver que el dinero se le había agotado y que no traía más con que continuar el viaje, cuando llegó a un poblado donde el posadero le dio mucha información.
–Sí, una mujer joven, se fue de aquí hace varias semanas, le podrán dar más información en las oficinas, ella estuvo allí.
–Se fue al sur –le interrumpió el mozalbete que había cargado las maletas de Candy –vendió muchas cosas y tomó el tren.
–¿Saben a dónde?
–Te dije que era rica –señaló el posadero.
–Sí, pues tomó el tren de primera clase, era evidente –dijo el mozalbete.
Neal fue con el viejo de la oficina del pueblo, y recabó los datos que necesitaba, se sorprendió un poco al escuchar que había utilizado el nombre "Bonnie Sanders", no dejaba de asombrarse de lo simple que a veces era Candy. Debí haberlo imaginado, se decía una y otra vez el joven Leegan, sólo Candy pensaría en utilizar unos papeles que ya tenía, aunque eso significara que la pudieran encontrar.
Regresó a Chicago después de averiguar que había partido a Los Ángeles. Necesitaba dinero para ir por ella.
–Ya sé dónde está Candy –le dijo al tío William.
–¿Dónde?
–No se lo voy a decir –Neal sabía que el tío tenía mucho afecto por la chica, no quería admitirlo, pero él era competencia, así que decidió no decirle nada –le dije que yo me haría cargo.
–¿Entonces? ¿A qué vienes?
–Después de que regrese de Europa mi padre y la tía me cortaron mi asignación mensual.
–Necesitas dinero –dijo Albert.
–Sí, estuve tentado a vender alguna reliquia familiar para costearme el viaje, pero…
–Eso sería horrible, enterarme que tuviste que hacer eso, te daré el dinero que necesites, sólo que no lo tengo aquí, pasa mañana al banco por él.
–¿Y ver a mi padre? No, no puedo, tendría que dar muchas explicaciones.
–Vas con George, ni siquiera verás a tu padre.
–Bien. Por cierto, cuidado con Eliza, está decidida a casarse con Anthony.
–¿Pero qué no acaba de recibir una propuesta?
–Sólo se lo digo, ya sabe cómo es mi hermana.
Neal salió del despacho del tío, y se fue a preparar maletas. No paraba de pensar en Candy, ¿qué iba a hacer en el sur? ¿Acaso pensaba ponerse a trabajar? ¿Por qué hacía las cosas tan difíciles?
Al día siguiente pasó por el banco, evitó encontrarse con su padre, George le dio una buena suma de dinero, y se fue directo a la estación de trenes, le tomaría otros días llegar a California. ¿Cuánto había pasado? Más de un mes desde que Candy se había ido, no podía creer que el tiempo hubiera transcurrido de forma tan veloz, en las pasadas semanas la había buscado con tanto ahínco que ni siquiera se había dado un espacio para extrañarla. Pero en ese momento la extrañaba, ¿acaso se estaba volviendo loco? Bien era cierto que la conocía desde hacía mucho tiempo, pero…
Neal lo sabía, ese "pero" cargaba todos aquellos momentos que habían vivido en Europa, aquellos besos que habían compartido y ese instante de felicidad en que él creyó las cosas se arreglarían, que se casarían, que tendrían una oportunidad, él para resarcirse de todo aquello que le hizo cuando eran niños y para poder brindarle una vida sin preocupaciones. Suspiró, después de todo era un soñador.
Pasó tres días en el tren, tratando de no pensar demasiado, porque si lo hacía comenzaba a sentir mucha ansiedad, visualizaba que estaría haciendo Candy, dónde estaba viviendo, si había decidido usar o no el dinero que el tío le dio o se había puesto de terca a pedir caridad en las calles. Aquello le molestaba, a veces era tan simple entenderla, y de repente actuaba sin lógica, por impulsos. Lo peor del caso, era que eso le gustaba, le gustaba no saber qué iba a pasar enseguida, era parte de sus muchos encantos.
Cuando llegó a California, se instaló en el Beverly Hills Hotel, contrató un búngalo, era mucho mejor tener privacidad, entrada y salida libre, e ir a visitar el resto de hoteles.
A diferencia de New York o Chicago, Neal no conocía a mucha gente en Los Ángeles y eso le iba a dificultar la tarea de buscar a Candy, y si a esto le sumaba que la ciudad a pesar de ser "nueva", ya tenía más de un millón de habitantes, encontrar a una chica no iba a ser tan sencillo como lo sería en otros lados.
Pasó varias semanas buscando, era difícil conocer a la gente apropiada, para eso se necesitaba establecer contactos, aunque el nombre de los Andley seguía siendo tan poderoso que incluso allí le abrían puertas, no era como en otras partes donde prácticamente les rendían pleitesía.
Se sintió atraído al tipo de vida nocturno, los clubes nocturnos, no eran como en Chicago, actores y actrices era asiduos a esos lugares, podía acostumbrarse a eso, era el pensamiento que tuvo al pasar casi todas las noches de club en club.
Sin embargo no estaba seguro de que Candy fuera a ir a un lugar así, durante el día había ido a las tiendas, había pasado por los cinemas y buscado en los hoteles, nadie sabía de ella. Se estaba comenzando a desesperar, la joven enfermera había llegado allí, eso lo había confirmado Neal, pero podría ser que ella no se hubiera detenido allí, quizá hubiera viajado a otra ciudad o incluso haber ido todavía más al sur y cruzado la frontera, ¿sería capaz de algo así? Él sabía que había muchas revueltas en México, sería una estupidez viajar para allá, pero entonces se repetía, Candy no actuaba con mucha sensatez.
¿Cuánto tiempo podría estar allí? Aún tenía dinero, pero el hotel comenzaba a cansarle, tal vez debería alquilar alguna villa, o una casa cerca de la playa, tomarlo como unas vacaciones, aunque presentía que su padre lo mandaría a buscar si su "sabático" se alargaba.
Esa noche entró al club nocturno como estaba haciendo ya su costumbre, lo recibieron con la excesiva cortesía que le daba el dinero, en eso tenía razón Eliza, ser pobre no debía ser muy agradable, se sentó en una de las mesas retiradas a la pista de baile, no le apetecía bailar, sólo estaba allí para pasar el rato, para dejar de pensar en que haría al día siguiente, en qué haría para encontrar a Candy quien parecía se la había tragado la misma Tierra.
La banda dio comienzo a la música. Los acordes llenaban la atmósfera del salón, una mujer rubia con el cabello corto al micrófono cantaba al ritmo de la banda, las damas ataviadas con vestidos que parecían haber sido desgarrados de las faldas y los hombres en trajes formales se apropiaban de la pista de baile. El joven Leegan pidió un whisky y se dedicó a ver a los comensales y a los grupos de personas que entraban y se iban acomodando en las mesas vacías.
Ya había tomado dos vasos cuando vio entrar a una chica, iba sola, no podía asegurar por la cantidad de maquillaje que llevaba, además del cabello era como el de las demás mujeres, pero no estaba equivocado era Candy, el corazón se le aceleró. Había estado allí tantas veces, y ella, jamás había aparecido hasta esa noche.
Estaba por acercarse cuando el revuelo de la noche anterior volvió a darse, otra vez hacía su acto de presencia, el último hombre a quien deseaba ver, el otrora duque, ahora que había renunciado a su título allí estaba. ¿Por qué? ¿por qué tenía que estar en Los Ángeles también? En verdad lo odiaba. El día anterior que lo había visto se había apresurado para irse antes de que él pudiera reconocerlo. En ese momento no debía hacer lo mismo, no iba a dejarle a Candy a su merced, seguro que ese actorcillo haría lo posible para volver a conquistarla, lo podía oler a la distancia. Tenía que ser más rápido que él.
Se aproximó a la mesa de Candy, ella estaba muy tiesa, como si tuviera miedo, ¿acaso lo había visto? No, a él no, había visto a Terry. Su semblante no se veía bien a pesar del maquillaje, la vio como estaba a punto de caer, prácticamente corrió a su lado, la alcanzó a sostener. La levantó, la tenía que llevar lejos, que Terry los reconociera no era un lujo que podían darse.
La condujo a la pista de baile, la tomó fuertemente por la cintura, seguía tan delgada a como había llegado de Europa, eso le hizo intranquilizarse un poco, ¿no había estado comiendo bien? Suspiró, eso no importaba ahora la tenía entre sus brazos, no la volvería a dejar ir nunca, nunca más.
