¡Hola de nuevo! Lo prometido es deuda: un capítulo un poco más largo y dedicado a Eren. ¡Que lo disfrutéis!

Disclaimer: Shingeki no Kyojin y todos sus personajes pertenecen a Hajime Isayama. Pacific Rim y todos sus personajes pertenecen a Guillermo del Toro y Legendary Pictures. Esta historia fue escrita sin ánimo de lucro y con el único propósito de entretener.


El laboratorio de Hanji era un caos, al igual que ella. Se trataba de una gran sala con las paredes forradas de pizarras llenas de cálculos y estanterías repletas de libros. Se podía contar una docena de mesas o más repartidas por toda la estancia, todas ellas a rebosar de papeles con bocetos, cálculos o notas garabateadas sin ton ni son. Tres o cuatro ordenadores con sus correspondientes impresoras trabajaban a toda potencia día y noche. En medio de todo ese desorden era posible diferenciar perfectamente el rincón de Moblit. La mesa del matemático era la única que estaba limpia, con los papeles en organizados montones y separados según categorías con indicadores de diferentes colores. No podían ser más diferentes.

Pero lo más desconcertante de todo el laboratorio eran las muestras. Levi podía entender por qué a Moblit le desagradaba trabajar a diario en un lugar como ese. Había trozos de alienígenas conservados en formol o amoniaco, procedentes de diversas partes del cuerpo, incluso de algunos órganos internos. Por no hablar del frasco de excremento de kaiju que Hanji utilizaba ocasionalmente como pisapapeles. Pero la joya de la colección era el fragmento de cerebro, aproximadamente del tamaño de un perro pequeño, que flotaba en un líquido verde y viscoso imposible de identificar. La científica adoraba esa reliquia como si fuera un tesoro y no escatimaba en esfuerzos para conservarla en perfectas condiciones. Tenía claro que algún día le sería de gran utilidad.

Levi contuvo una mueca de desagrado, como siempre que se encontraba en aquel lugar. Se cruzó de brazos, intentando ignorar el fuerte olor a amoniaco, tiza, y lugar cerrado. A su lado, Mikasa observaba el lugar con desconcierto y perplejidad. Lo normal para quien entraba por primera vez en ese sitio, pensó Levi. A él le había pasado igual. Al menos había tenido el acierto de no preguntar por el cerebro, porque de lo contrario la perorata de Hanji no tendría fin.

La científica terminó de poner a punto el ordenador desde el cual les iba a monitorear durante el proceso. Asimismo, les tendió unos pequeños dispositivos. No podían utilizar la computadora central del puente de mando porque Smith se daría cuenta, así que necesitaban esos aparatos para hacer la prueba a distancia. Levi se guardó el suyo en el bolsillo, Mikasa lo sostuvo en su puño cerrado. Hanji pareció dudar.

- ¿Están seguros de que quieren hacer esto? El mariscal Smith...

- Yo me ocuparé de eso más tarde – aseguró Levi – Hagámoslo.

Mikasa ratificó la decisión asintiendo enérgicamente con la cabeza. Iban a someterse al escáner de sincronización, con el consentimiento del mariscal Smith o sin él. Ambos habían tenido la misma idea por separado; no había mejor prueba de compatibilidad que esa. Sin embargo, necesitaban estar seguros. No podían dejar algo tan importante al azar.

El segundo al mando y el piloto se dirigieron al hangar principal. Una vez allí, entraron en el jaeger. Mikasa lo notaba familiar, pero al mismo tiempo diferente. Le habían realizado algunas modificaciones en los últimos meses. Por su parte, Levi se sentía un poco fuera de lugar; había pasado tanto tiempo desde la última vez... Y sin embargo a cada minuto que pasaba se volvía a acostumbrar más a la sensación de ser el corazón de aquella enorme máquina. Solo restaba saber si podrían hacerlo juntos.

La voz de Hanji les llegó rasposa a través del canal de comunicación abierto. Siguiendo sus instrucciones, dio comienzo el escáner neuronal. Levi mantenía su expresión neutra e impasible; en cambio, el corazón de Mikasa latía desbocado. Hacía mucho tiempo que no dejaba que nadie entrara en su cabeza. Y el mariscal Smith le había advertido de lo que encontraría en la mente de Levi. Cerró los ojos con fuerza y se dejó llevar. No había vuelta atrás.

"¡Eren! ¡EREN!"

Mikasa se aferraba al cuerpo de su hermano como si le fuera la vida en ello. Y prácticamente así era. Alguien le agarró de los hombros y tiró hacia atrás, ella solo le abrazó con más fuerza. Estaban intentando apartarla de él, no lo conseguirían, no podía separarse de él. Eren era su única familia, todo lo que le quedaba. No le abandonaría.

"Señorita, por favor." Escuchó una voz ajena que ni sabía de quien era ni le importaba lo más mínimo. "Se acabó. Tiene que dejar que se vaya. Ya está muerto."

Muerto. Muerto. Muerto.

Todo era silencio. Las olas se mecían en calma después de la batalla. En el interior del jaeger, los paneles de mandos estaban apagados, las luces estaban fundidas, los altavoces estaban desconectados. Reinaba la oscuridad. La máquina estaba muerta, porque su piloto no podía darle la vida. Eren tenía los ojos cerrados y una expresión de calma pintada en el rostro, como si hubiera podido echarse a descansar por fin después de una larga jornada, exhausto.

Pasaron cinco minutos, diez, veinte. Media hora, una hora. Mikasa seguía sin moverse del sitio, le dolían las rodillas de pasar tanto tiempo en el suelo y la espalda de estar encorvada sobre el cuerpo de Eren, pero no se dio cuenta de ninguna de esas cosas. Ningún médico había sido capaz de conseguir que se moviera de allí. Ni siquiera había obedecido al mariscal Smith.

"Mikasa, déjale. Tiene que irse."

Aquella voz sí le era conocida. Alzó la cabeza, con los ojos enrojecidos y anegados en lágrimas, para enfrentar los de Armin Arlert, con su azul teñido de la misma pena. Su amigo de la infancia era probablemente el único que alcanzaba a comprender lo que estaba sintiendo.

"¡Armin! Ayúdame, tenemos que sacarle de aquí, necesita un médico, se va a recuperar..."

"Mikasa, no." Armin le puso una mano en el hombro y despacio, muy despacio, logró que soltara el cadáver. Éste cayó con suavidad y permaneció inmóvil.

La mujer miró alternativamente al cuerpo tendido en el suelo y a Armin, una, dos, tres veces. Entonces algo encajó en su cerebro y se dio cuenta de que él se había marchado de su lado. Armin la abrazó y la sostuvo antes de que se derrumbara, desmadejada, como una muñeca rota. La sacó del jaeger, la llevó a tierra y la dejó llorar hasta que se durmió.

Aquello solo fue el principio de sus pesadillas. Si había perdido a Eren, ya no le quedaba nada.

- Ackerman, ¿me oye? ¡Ackerman! ¡Vuelva!

A Mikasa le pareció que alguien la llamaba, pero debía ser su imaginación. No sabía si la voz estaba fuera o dentro de su cabeza. Además, ya había pasado por eso. Eren ya estaba muerto ¿no? ¿Cuándo había ocurrido? ¿Hacía meses, o tan solo unos días? Se dejó llevar por sus recuerdos, flotando en la deriva. Sin embargo, la voz era insistente.

- ¡Ackerman! ¡Mikasa! ¡Sigue mi voz, maldita sea! ¡No te pierdas! Ven conmigo...

Abrió los ojos súbitamente. No podía ver nada debido a la superficie empañada del casco. Con gran esfuerzo, se deshizo de él, dejándolo caer. La voz se hizo más nítida. Pertenecía al segundo al mando Levi, que se encontraba frente a ella, también despojado de su equipo. Fuera del jaeger, el mariscal Smith y el personal del hangar al completo los contemplaban estupefactos. De modo que los habían descubierto. Aunque ese era ahora el menor de sus problemas.

- ¡Mikasa! – seguía diciendo el hombre - ¿Estás bien? ¿Tienes idea de lo que casi ocurre?

Abrumada como estaba por la magnitud de todas las cosas que acababa de ver y sentir, ella parpadeó por toda respuesta, confusa.

- Casi pones en funcionamiento el cañón de plasma – explicó Levi, asegurándose de que le entendiera – Has estado a punto de matarlos a todos.


Esta escena es prácticamente idéntica a la de la película. Pero no había mejor modo de explicar la muerte de Eren. Al próximo, se desvelarán más incógnitas~

Como siempre, quiero agradecer a las personas que se tomaron la molestia de leer y especialmente a las que dejaron un review. ¡Nos leemos en el siguiente! :)