¡CAPÍTULO REEDITADO!

Capítulo 4

Padre

Día 2.

Definitivamente no es divertido ver cómo te hacen fotos delante de tus compañeros de clase ignorando tu intimidad mientras comes. Es mucho menos divertido si tus genes te piden comer por lo menos dos platos llenos de carne, uno de pescado, otro de pasta y un gran postre. Tampoco es divertido si llevas puestas gafas de sol y más maquillaje del habitual para evitar que la gente descubra que te han dado una paliza. Me metería en muchos problemas si alguien lo supiera, y Peach me está enfadando mucho, porque sus fotos podrían descubrirme.

Para colmo, me fotografía sin ningún disimulo, sentada frente a mí en la cafetería de la universidad.

—Es increíble que comas tanto y conserves semejante figura— comenta.

—¿Sabes? En lugar de hacer tantas fotos podrías ocupar tu tiempo libre en arreglarte el pelo. En serio, las mechas rosas pasaron de moda hace tiempo.

Peach se queda en silencio y deja de hacer fotos. Creo que la he ofendido.

—Bueno… —dice, guardándose la cámara en su mochila. —¿Quién te ha pegado?— entonces yo dejo de comer, y hasta de respirar. —No voy a contárselo a nadie a no ser que tú quieras. ¿Ha sido tu novio?

—No tengo novio.

—¿Y el hombre que podía volar?

—Ese era mi… hum… maestro.

—Oh…— murmura. Yo sigo comiendo. Sé que estoy ruborizada porque las mejillas me arden. —¿Quieres venir de compras conmigo esta tarde?— Vuelvo a dejar de comer y la miro con una ceja alzada detrás de las gafas de sol.

—¿Yo? ¿Por qué yo?

—Porque estoy intentando ser tu amiga.— Su sinceridad me sorprende, y por primera vez veo en ella algo que no es sumamente irritante. —¿Quieres venir o no? Te prometo no hacerte preguntas incómodas ni tampoco hacerte más fotos.

—Hoy no puedo. Entreno— su brillante cara muestra claros signos de desilusión. Miro a mi alrededor, veo a las chicas ricas en la mesa de al lado y me encojo de hombros. No me vendría mal no meterme en ningún grupo esta vez. —Quizás otro día. También podría arreglarte ese pelo, si tú quieres.

—¿De verdad?— pregunta. La ilusión vuelve a su cara de inmediato.

—Claro, ¿por qué no? Pero con una condición. No quiero fotos ni entrevistas. Los famosos son mi madre y mi hermano, no yo. Al menos no de momento.

—¡De acuerdo!— salta ella. —¿Tampoco puedo preguntarte sobre tu padre?

—Te diré que él es un príncipe alienígena que vino a este planeta para destruirnos a todos, pero otro alienígena de su mismo planeta que sobrevivió al genocidio en masa de su especie vino a parar aquí y lo derrotó. Luego conoció a mi madre, tuvieron a mi hermano y no ha vuelto a moverse de aquí desde entonces.— Peach me mira fijamente. Yo la miro a ella.

Entonces ella estalla en carcajadas y yo dejo escapar una sonrisa.

Creo que he hecho una… conocida. No me gustaría decir que es mi amiga tan prematuramente, pero creo que es más interesante que las chicas de mamá con las que siempre me he juntado… aunque no suelte esa maldita cámara de fotos, sea condenadamente débil y tenga mechas rosas en el pelo.

Broly no ha venido a por mí en toda la mañana y eso me supone un gran alivio. Cabe la posibilidad de que esté destruyendo algo por ahí, así que no puedo evitar mostrarme inquieta durante las clases. Gohan sabe que algo raro pasa, lo sé, pero intenta mantenerse lejos de mí para no dar la impresión de tener un favorito. Pese a ello, cuando nos obliga a ver un documental sobre el declive de Bro Brandos, una de las empresas más importantes en tecnología avanzada y biorobótica que tuvo un pésimo descenso a causa de una mala administración, se acerca a mí con disimulo y me pregunta.

—¿Qué te ha pasado en la cara?

Vaya… por lo visto, el maquillaje y las gafas de sol no engañan a nadie. Suerte que he desayunado en la calle y no con mi familia, porque de no ser así, habría tenido serios problemas.

—Estoy entrenando con Trunks— le miento —Es duro.

—Pensaba que Vegeta había dicho que…

—Cambió de opinión. Ya sabes cómo es mi padre— le sonrío, aunque me duele ese simple gesto. Precisamente por saber cómo es, Gohan debería adivinar que mi padre no rectificaría así como así, pero decide callar y creerse, o fingir creerse, la mentira.

—Lo he notado— dice. —No sé quién es, pero espero que se mantenga lejos y pacífico, porque si no, los Guerreros Z tendrán que intervenir.

Trago saliva instintivamente. No espero mucho de Gohan, pero por lo menos es discreto y sé que no hablará con mis padres a no ser que vea que necesito ayuda desesperadamente.

Está tan convencido de que Broly está muerto que no lo ha reconocido.

Cuando salgo de la universidad, me cambio de ropa. Me coloco una mucho más ligera y pegada al cuerpo, muy parecida a la que mi padre suele usar durante su entrenamiento. Creo que era de mi hermano antes de dar el estirón, pero como es elástica no tengo problemas de talla. Después compro algo de comer, lo meto en mi mochila y voy directa al terreno árido donde debería estar esperándome Broly. Pero cuando llego descubro, desde el aire, a un montón de humanos uniformados y montados en grúas y camiones drenando la pequeña laguna que formamos el día anterior para arreglar la tubería rota.

Me pregunto dónde estará. Tiene su ki tan bien escondido al mantenerlo en un nivel tan bajo, que apenas lo siento. Por suerte, percibo algo en uno de los bosques que rodean la presa. Es bastante más fuerte que el ki de los animales que rondan por allí, así que me dirijo hacia allí.

Tardo un poco en localizarlo, manteniendo la guardia bien alta por si aparece de la nada y me atiza. Me llevo una grata sorpresa cuando descubro su gran cuerpo tumbado en mitad del bosque, bajo los árboles, cerca de una laguna. Por un momento dudo, pero cuando me acerco y veo su melena alborotada y su pecho desnudo subiendo y bajando, las dudas se disipan.

Está profundamente dormido.

Me acerco y me arrodillo. Me entran ganas de tocarle la mejilla para despertarlo, pero me da miedo. Solo pienso en él como un perro agresivo que me morderá a la mínima oportunidad, pero tampoco quiero estar esperándole todo el día. No parece que vaya a despertar pronto, y yo, aparte del entrenamiento, necesito estudiar algo para la universidad.

Cojo la rama seca de un árbol y, a una distancia prudencial, le toco la mejilla con ella en un intento de despertarle. Él se mueve. Intenta apartar la rama de un manotazo, pero yo continúo hasta que se da la vuelta, dormido todavía, intentando alejarse del molesto roce. Ahí está su cola, agitándose en el suelo como si fuera una serpiente. Cuando dirijo el palo hacia ella, la cola se enreda en él y tengo que sacudirlo para liberarlo.

Sigue durmiendo y empiezo a irritarme.

Lo golpeo con la rama, esta vez con más fuerza en la cara y de repente se levanta dándome un susto de muerte y sacándome un grito. Sus dientes se cierran sobre el palo y lo parten por la mitad de una mordida. Yo me he caído al suelo por la sorpresa y lo miro sorprendida.

Cuando Broly parece percatarse de que ha mordido un palo y no a algún pobre animal que pasaba por allí, empieza a toser y a escupir astillas. Saca la lengua y se revuelve el pelo con cara de asco infinito. Se levanta, corre hasta el arroyo y hunde la cabeza en él sin parar de escupir.

No puedo reprimir las risas. El guerrero despiadado del que me han hablado es un maldito animal sin conciencia. Empiezo a pensar que debería traerme un frisbi para lanzárselo cuando se ponga violento. Dejo de reír cuando él, empapado, con el ceño fruncido y la mandíbula apretada anda hasta mí.

—¿Te parece gracioso, medio humana?— me pregunta. —¿Es que quieres morir?

—Solo ha sido una broma, perdona— pero él no parece calmarse. Su ki asciende, e inquieta por haber bajado la guardia, me apresuro a descargar la mochila de mi espalda y a mostrársela. —Mira, te he traído comida. ¿No la quieres?

Broly me mira fijamente. Luego mira mi mochila. Se agacha, la olisquea e inmediatamente me la arrebata de un tirón. Una mano le basta para sacar el montón de rosquillas, de bolas de arroz y bolas de carne. Vuelve a olerlas y luego me tiende una rosquilla al azar.

—Come tu primero— me ordena.

He comido hace muy poco, pero para los saiyajins y medio saiyajins la comida nunca ocupa lugar. Muerdo la rosquilla bajo su inquietante mirada. Solo cuando me la termino y ve que no pasa nada, él se sienta de piernas cruzadas y empieza a comer con las manos, como un auténtico cerdo.

Al verle comer me entra hambre e intento coger algo más, pero Broly me gruñe y me da la espalda, apartando la comida de mi vista. Entonces caigo en la cuenta de lo que ocurre.

—¿Pensabas que la había envenenado?— cuestiono. Él no dice nada y sigue comiendo. —¿Cómo puedes pensar algo así? ¿Es que ya habían intentado envenenarte antes? ¿O de verdad me crees tan baja?

—Realmente baja, tanto como tu padre.

Él sigue comiendo, pero algo en su actitud me da a entender que acaba de gastarme una broma con doble sentido.

—Muy gracioso.

—No pretendía ser gracioso.

—El único problema que hay aquí es que tú eres demasiado alto. De todas formas deberías darme las gracias, ¿no crees? Estás vivo gracias a mí.— Broly para de comer y por un momento creo que de verdad va a darme las gracias. Entonces me lanza un hueso de carne que me cae en el pelo y sigue comiendo. —¡Arg, qué asco! ¡Eres repulsivo!— grito, y me lo aparto de la cara a base de tirones.

No me dice nada y la irritación crece sin parar. Mi ki aumenta por la rabia y Broly gira la cabeza para mirarme. Sus ojos parecen retarme a lanzarle algún ataque, cosa que me muero por hacer, pero que por alguna razón no hago. Supongo que el respeto, por no decir miedo, me lo impide.

—A propósito— digo, cruzándome de brazos con indignación intentando controlar la rabia —no puedes volver a ir a la universidad a por mí, ¿de acuerdo? Gohan te detectó el otro día, cuando intentaste atacarle. No sabe quién eres, y tampoco si eres agresivo o no. Si captas su atención no tardarán en descubrirte.

—¿Quién es Gohan?— pregunta.

No me pudo creer que sea tan fuerte peleando, pero tan inútil en todo lo demás. Técnicamente soy una princesa, así que debería obligarle a comportarse como una persona civilizada en mi presencia arrebatándole la comida y dándole golpecitos en la nariz con un periódico.

—Gohan es el hijo mayor de Goku— los ojos de Broly se achican, y me pregunto si es porque ya se ha comido todo lo que le he traído, o porque el nombre de su enemigo mortal lo estremece cada vez que lo oye.

—Esa rata…— murmura. —No me matará por segunda vez

—Pues entonces no aparezcas por la ciudad. Si te ve o te siente, te atacará con todo lo que tiene, y los demás no tardarían en detectarlo y en seguirle a la batalla. Seamos sinceros. Seguramente podrías matarlos uno a uno, pero si están todos juntos, te harán picadillo— por un momento le veo sonreír, pensativo. Sé perfectamente lo que está pensando, pero me retracto antes de que pueda desarrollar su plan. —Y siempre están juntos. ¡Siempre! No hay forma de acorralarlos, te lo aseguro.

—Siempre juntos… ¿y por qué tú estás sola entonces?

Esa pregunta me pilla por sorpresa. Recuerdo a mi padre negándose a entrenarme, igual que mi hermano y todos los demás. Recuerdo también la cara decepcionada de mi madre cuando me pidió que la ayudara a trabajar en sus nuevos proyectos; averiguar que su hija no era un genio como ella debía haber sido un duro impacto. También recuerdo la superioridad de Pan, que además de ser más pequeña, también es la nieta del hombre que tanto ha herido el orgullo de mi padre.

Pese a todos esos recuerdos chocantes, me cruzo de brazos y finjo indignación.

—No estoy sola— niego.

—Hum… ¿no has superado las expectativas de tu padre?— deja caer con una total muestra de burla y desprecio.

—¿Y tú?— lo acallo entonces para contraatacar. Con esas palabras acaba de herirme el orgullo —¿Por qué estás tú solo? ¿Tampoco superaste las expectativas de tu padre?

Un ligero tic encoge su ojo derecho ante la pregunta. Su reacción es extraña. Puedo ver su cola erizarse y enredarse en una de sus piernas. Luego me observa como no lo ha hecho hasta ahora, largamente y en profundidad. Mi cuerpo se sacude por la impresión. Me da la sensación de que puede leer cada uno de mis pensamientos y me estremezco.

Aun así, no me retracto.

—Fue él— dice de repente con una expresión desdeñosa y, por otra parte, casi divertida. —Fue mi padre el que intentó envenenarme… varias veces— reconoce, y por un instante el corazón se me encoje. Sus ojos son fieros y duros, y en ellos hay una chispa de orgullo por haber sobrevivido a algo así.

Su padre, su propio padre… intentó envenenarle. Pero la simpatía y la compasión que he desarrollado hacia él en este instante desaparecen con rapidez con sus siguientes palabras.

—Tú y tu raza de híbridos me dais asco. Me sorprende que Vegeta se haya atrevido a cometer semejante atrocidad contra el reinado de su padre, aunque supongo que no es de extrañar. Con nuestra raza extinta y sin ninguna hembra, cualquier cosa vale. Aunque sea… esto— sus palabras me dejan fría. Sé que se refiere a mí. Me habla con tanto desprecio a mí, y me siento mortalmente insultada. Por primera vez desde su resurrección, deseo matarlo de verdad. —No te engañes, medio humana. Tu padre vive en este planeta y tiene hijos como tú porque no hay nada mejor. Recuerdo que no dudó ni un momento en venir al nuevo planeta Vegeta para convertirse en rey. Si tuviera la oportunidad, no dudes que se iría y no volvería. No hay duda de que le das tanto asco como a mí.

—Cierra la boca, maldita cucaracha. Tú no conoces a mi padre de nada.

Broly sonríe maliciosamente. Su cola vuelve a sacudirse y me hace un gesto con los dedos de la mano, incitándome a ir a por él. Pero yo no me muevo del sitio. Está claro que quiere provocarme y lo ha conseguido. Lo que no tengo claro es lo que pretende ocultar con ese truco tan burdo. Obviamente, no quiere hablar de su padre. La provocación es una técnica defensiva.

De pronto se mueve rápidamente. Sus pies se elevan en el suelo y vuela hasta mí con los brazos cruzados. Salto y alzo el vuelo, él me sigue, pero a diferencia de lo que le hago creer en un principio, desciendo y me adentro entre los árboles del bosque a gran velocidad, esquivando ramas y haciendo piruetas para no dar con ningún trozo de madera. Lo veo detrás de mí intentando seguir mis pasos, pero su cuerpo es demasiado grande y no tarda en chocar contra los troncos, que ceden y se resquebrajan a su paso. Él ni siquiera parece notarlo, pero las ramas le dificultan la visión y sé que eso le molesta. Acelero y asciendo lo suficiente como para que me pierda de vista entre las copas y me detengo. Lo veo seguir su camino y detenerse más allá al perderme, pero ya es tarde para encontrarme.

Me busca con la mirada e intenta sentir mi ki, pero no parece muy buen rastreador. Creo que empiezo a captar cuáles son sus puntos flacos. Su cuerpo es demasiado pesado como para poder esquivar ataques a corta distancia, pero su defensa es tremenda, así que aunque le atacara de frente no le haría gran daño a no ser que tuviera muchísimo poder. Tampoco puede virar rápidamente durante el vuelo. En otras palabras, es torpe, pero su poder y fuerza lo compensan. Yo soy rápida y ágil, pero débil.

Si tuviéramos un enemigo en común, haríamos buen equipo.

Mientras lo analizo, noto que empieza a frustrarse. De pronto atraviesa los árboles y sale del bosque, y yo le pierdo de vista. Sé que es un truco para hacerme salir y bajar la guardia, pero no puedo quedarme escondida para siempre, así que emerjo y asciendo hasta que estoy a tiro en el cielo. Soy un blanco fácil, así que no bajo la guardia.

No mucho más allá, los humanos siguen trabajando.

Me he distraído, y de repente lo siento detrás, muy pegado a mí. Me agarra un brazo y me lo retuerce contra la espalda hasta hacerme gritar y apretar la mandíbula. Intento soltarme pero me lo retuerce con mayor fuerza. Intento darle un codazo, pero él me agarra con la otra mano y me obliga a estirarla hasta que tengo el puño extendido hacia los humanos.

—Es hora de probar tu nivel de energía— me susurra con una diversión y maldad explícitos. Sé lo que quiere que haga, pero no estoy dispuesta a hacerlo. Aprieto el puño con fuerza y él me devuelve el apretón sobre la muñeca. —Apunta, criatura, y dispara.

—No…

—¿Por qué no? Solo son simples y vulgares humanos, inútiles a nuestros pies. Nuestro poder, comparado con el suyo, es comparable al de un dios— sigue apretándome, ahora con más fuerza. Me duele lo suficiente como para no intentar escapar y hacerme aflojar los puños. —Eso es… ahora carga energía.

Me retuerzo y él me hace daño. Hasta ese momento nunca me habían hecho daño, y yo nunca hubiera sabido que tenía tanto aguante de no haberlo resucitado. Aunque sea por las malas, estoy aprendido cuáles son mis límites. Esos a los que nunca me he acercado.

Mi límite ahora es mi brazo a punto de romperse bajo sus crudas manos.

—Carga— vuelve a repetirme.

—Me vas a romper los huesos…— murmuro.

—Oh, qué pena. ¿Vas a llorar? ¿O vas a ir a contárselo a tu papá?

—¿Qué problema tienes…?— me retuerce la muñeca de tal manera tras mi espalda, que la oigo crujir. El grito que sale de mi garganta es tremendo y el dolor casi me hace soltar un par de lágrimas, pero logro controlarlas a duras penas. Mi hombro está cediendo y eso sí que es doloroso. —¡Duele!

—¡Pues mátalos! ¡Mátalos, jodida debilucha!

Sus gritos en mi oreja no hacen otra cosa que enfurecerme, y de repente siento una corriente eléctrica sacudiéndome el cuerpo y concentrándose en la palma de mi mano. Nunca lo había hecho. Hasta ahora nunca había necesitado cargar energía y lanzarla, aunque suponía que podía hacerlo. Por primera vez siento la insoportable presión de un saiyajin, la adrenalina y la pasión por la batalla.

Mi energía es agresiva y siento que si no la libero, explotaré como dinamita. Es como tener una enorme resaca pero multiplicada por diez. Sabes que lo que has bebido tiene que salir por algún lado, y si no es por las buenas, será por las malas. Y si no sale… posiblemente sufrirás un coma etílico.

El ambiente cambia y la brisa me golpea la cara mientras la energía emerge. La sensación es indescriptible cuando veo la esfera uniforme en la palma de mi mano, liberándose lentamente, expulsando poder a raudales. Voy a lanzarla, porque si no lo hago explotaré. Si tuviera que compararlo con algo, diría que estoy a punto de alcanzar el éxtasis total.

Un orgasmo de poder.

Estoy a punto de liberarme sin restricciones cuando oigo la risa de Broly en mi oído. Entonces despierto, me retuerzo una segunda vez y, no sé cómo, logro alzar la mano lo suficiente como para alejar la bola de energía de los trabajadores humanos. Entonces la suelto y un grito de liberación sale de mi boca. No lo veo, pero oigo el estallido y una luz cegadora me deslumbra.

Cuando entreabro los ojos por los gritos de los sorprendidos humanos, ya no siento la presión en mi muñeca. Me giro y veo que Broly me ha soltado, pero sigue ahí, frente a mí. Me mira de brazos cruzados, sonriente.

—Temía que no tuvieras un gran ki, pero veo que podemos hacer algo con eso— comenta.

—¿Me estabas poniendo a prueba?— pregunto, totalmente indignada. La muñeca me duele horrores y la mano me tiembla. Cuando me miro la palma, veo que está en carne viva, totalmente quemada. El dolor de la herida me hace encogerme y soltar un gruñido.

—Me cuesta creer que sea tu primera vez— dice él. Entonces me vuelve a agarrar la mano herida y ve la palma sangrante. —Al principio es normal quemarse con tu propia energía. Usa guantes de goma hasta que te acostumbres— me aconseja. —Habrá que practicar un poco más lejos la próxima vez.

Bajo la cabeza y es entonces cuando veo lo que he provocado. Muy cerca de donde trabajan los humanos, que ahora corretean descontroladamente como los insectos huyendo del insecticida, se ha abierto un gran boquete que se ha tragado una buena parte de tierra. Varias grúas y camiones han explotado, y las tuberías que había debajo han reventado para convertirse en potentes fuentes que empiezan a crear grandes charcos y más lagunas.

Debería sentirme mal por lo que he hecho, pero a pesar de mi muñeca resentida y mi mano destrozada, sonrío orgullosa de mí misma.

—Lo he hecho— susurro. Algo, una sensación húmeda y a la misma vez aliviadora, me impregna la palma. Entonces veo a Broly, que me la está lamiendo sin contemplaciones. El pelo de la nuca se me eriza al ver como su lengua deja un rastro de saliva, calmando el dolor. Noto las mejillas arder antes de apartarme de un manotazo. —¿Qué demonios estás haciendo?

—La saliva…— dice él, limpiándose los labios con el antebrazo —es curativa. Lámete y el dolor se calmará. No quiero parar el entrenamiento solo porque te duela un poco.

Me abrazo la mano por puro acto reflejo. Siento su saliva aliviándome el dolor y aumentando el ardor en mi cara. No pienso lamerme mi propia herida como los perros, y mucho menos si Broly me ha lamido antes. Es… grotesco, y humillante.

—¿Y bien?— vuelve él a preguntar —¿Qué tal tu primera vez?

—¡Eso a ti no te importa!— exclamo.

—Dolorosa pero placentera, como siempre— comenta. Me dan ganas de lanzarle algo a la cara cuando le veo sonreír con prepotencia.

—¿Cómo te atreves a preguntarle algo así a una mujer? ¿Es que no tienes modales? Eso es algo muy íntimo que no pienso compartir contigo.

Broly alza una ceja. Parece desorientado. Cruza las piernas sobre el cielo y parece sentarse mientras levita, pensativo.

—Yo no le di tanta importancia a mi primera bola de engería— menciona, y estoy a punto de perder el equilibrio para precipitarme hacia el vacío. Así que se refería a mi primera bola de engería, no a lo otro… —Supongo que es cosa de hembras…

—No me gusta que me llamen hembra, ¿sabes? ni tampoco medio humana.

Broly no parece tener intención de seguir discutiendo. Se recompone y empieza a descender hasta el suelo.

—¡Bah! Hembras…— le oigo murmurar.

—¡Tampoco creo que hayas conocido a muchas si tu raza está acabada!

Y una vez más, él no me replica. Parece hundirse en su mundo, y eso es precisamente lo que hace. A Broly no le gusta recordar, por eso ataca. Creo que esa es la única manera que tiene de defenderse, aunque no le veo sentido a que lo haga. Al fin y al cabo, es el guerrero más poderoso del universo después de Goku.

¿Quién podría hacerle daño?

Hoy he acabado mi entrenamiento con las manos totalmente quemadas. El sujeto B me ha enseñado qué hacer en casos de quemadura, pero eso no me consuela. Me he puesto todos los potingues que he podido en las manos, pero el dolor no se calma. Lo peor de todo es que el sujeto B me ha obligado a concentrar energía una y otra vez en la lejanía, sin importarle que tenga las palmas como si fueran carbón. Es un sádico. Por suerte, parece que ha avanzado y ha decidido alejarse más de la ciudad para evitar contactos indeseados con los humanos. Hoy, además, me ha parecido ver algo en él. Cuando le he preguntado por su padre, creo que se ha estremecido. No le gusta que le pregunten sobre su padre. Me pregunto si estará arrepentido de haberle matado. Puestos a ser sinceros, no me imagino lo que se debe sentir al matar a tu propio padre. Yo no podría matar a papá aunque quisiera… El sujeto B me ha hecho pensar en la complicada mente de mi padre. Me pregunto si el sujeto B tiene razón o no, aunque estoy casi segura de que no. Papá nunca nos abandonaría. Creo que hubo una etapa en la que lo hubiera hecho sin dudar, pero no ha dado señales de ello desde que yo tengo uso de razón. El sujeto B me ha hecho preocuparme, pero supongo que su desconfianza se debe a que su padre intentó envenenarle… ¿cómo puede sobrevivir un hijo a algo así? ¿En quién se puede confiar si no te puedes fiar ni de alguien de tu propia sangre? Creo que empiezo a desarrollar ciertos sentimientos por el sujeto B. Por ahora siento compasión, aunque sé que no debería sentirla. Corto y fin.

Mi padre no es de los que mienten. Es la clase de hombre que te dice las cosas a la cara sean buenas o malas, sean de mucha o de poca educación, te esté insultando o te esté alagando —cosa que rara vez pasa—. Mamá dice que papá convierte la sinceridad en un arma de doble filo, y lo que normalmente es una virtud, para él es un defecto. Es demasiado sincero, hasta lo irritante. Solo puede mentir cuando su orgullo está en juego.

Que yo recuerde, solo me ha mentido una vez. Fue hace mucho tiempo. Tendría unos seis años cuando le pregunté de dónde venían los bebés y si yo podía tener uno. Él se puso lívido y me dijo que no podía tenerlos porque venían del planeta de los bebés y porque yo era muy pequeña para ir. Entonces le pedí que él fuera con mamá a por uno. Le daba tanta vergüenza contarme la verdad, que salió volando a toda velocidad, y cuando volvió por la noche y yo le pregunté, me dijo que ya no quedaban bebés para mamá y para él.

Trunks me contó la verdad seis años después cuando me descubrió llorando en el baño porque estaba sangrando por primera vez y no tenía ni idea de dónde estaba la herida. Curiosamente, mamá nunca ha tenido tiempo para hablar de esas cosas conmigo. El más cercano en ese aspecto siempre ha sido mi hermano. Supongo que no habría sido tan franco si yo no hubiera descubierto sus revistas guarras escondidas en el cajón de los calcetines.

—Papá…— murmuro mientras como. Puede que durante el día apenas sepamos donde están los miembros de nuestra familia, pero la cena es sagrada, y pase lo que pase, procuramos estar todos juntos a la hora de la cena. La tele está puesta, como siempre, pero no solemos prestarle mucha atención hasta que la comida se acaba. Mi padre tiene la boca llena y mastica sin educación un muslo de carne —papá, oye…— repito. Él suelta un gruñido en respuesta que suena como ¿qué demonios quieres? —Si construyeran un nuevo planeta Vegeta, tu raza volviera a nacer y te pidieran ser el rey, ¿te irías al nuevo planeta y nos dejarías aquí?—

La pregunta pilla totalmente desprevenida a mi familia. Mi madre deja la boca abierta con el café a medio camino de sus labios. Mi hermano tose, porque se acaba de atragantar con un trozo de lasaña. Mi padre no suelta los muslos ni la cuchara que tiene en las manos, pero me mira como si fuera un gusano. Todo el mundo sabe que a mi padre le dan muchísimo asco/miedo los gusanos. No los puede ni ver.

Traga la comida de una vez y casi puedo verla descender por la anchura de su cuello mientras bebe agua. Me mira con los ojos entornados.

—¿A qué viene eso, niñata?—

—Curiosidad— digo, encogiéndome de hombros. —¿Lo harías?

Papá aparta la mirada y mira a Trunks y a mamá alternativamente. Ellos intentan disimular y fingir que la respuesta no les interesa nada, pero sé que no es verdad.

—Eso no pasará

—¿Y si pasara?

—¿Me quieres dejar en paz, niña? Estoy comiendo.

—Dímelo, papá. Me preocupa.—

Mi padre vuelve a llenarse la boca para intentar evitar la charla, pero todos esperamos una respuesta, y él lo sabe. Creo que puedo ver un ligero rubor expandiéndose por sus mejillas.

—Puede que sea un príncipe…— dice mientras come, lo que me dificulta el entendimiento. Creo que eso es exactamente lo que él quiere: que no le escuchemos para ahorrarse el bochorno —Pero no se me da bien la política. No serviría para rey. Además… ya me he acostumbrado a este planeta y sería un esfuerzo innecesario tener que acostumbrarme a otro.

Lo sabía. Eso en la lengua de mi padre significa que no nos dejaría ni por todos los tronos del universo, o al menos eso espero. Sonrío orgullosa al pensar en ello.

—Papá…— murmura mi hermano, conteniendo la emoción. Soy consciente de que por el simple hecho de ser varón, mi padre tiene mucho menos tacto con él, y son pocas las palabras de aprecio que le ha dirigido a lo largo de su vida. Trunks puede llegar a ser muy sentimental en lo referente a mi padre.

—Vegeta…— pronuncia mi madre con la voz gangosa.

Mi padre empieza a sentirse intimidado con tantos ojos brillantes observándole. Sin más, se da la vuelta sobre la silla de cara a la tele y nos ignora, pero todavía puedo apreciar su leve rubor.

—Dejadme en paz, pandilla de imbéciles.

Mi hermano y yo nos reímos y mamá empieza a recoger los platos, aunque no hace falta teniendo en cuenta que tenemos robots capaces de hacerlo por ella. Cuando aparta el plato vacío de mi padre, le susurra algo al oído que hace que se sobresalte y se aparte de ella con la cara descompuesta por el bochorno.

—¡Cierra la boca, mujer!— Mamá se ríe, y también Trunks. Yo tengo ganas de abrazar a mi padre, pero sé que se pondrá hecho una furia y no conviene tentar a la suerte. —Me voy a la ducha. No quiero oír más tonterías— Papá anda hacia las escaleras que dan al segundo piso y mi hermano se deja caer sobre el sofá, frente a la tele, estirando los músculos. Frunzo el ceño al ver que pretende cambiar el canal justo cuando está a punto de empezar mi programa favorito. Abro la boca para quejarme, pero mi padre me interrumpe con voz autoritaria y grave —Cuidado con lo que haces, Bra— me dice.

Por un instante me quedo helada. Por la cabeza me pasan un montón de imágenes, cada cual más aterradora. Pensar en que se ha dado cuenta de que he revivido a Broly me hace sudar las manos, provocándome un intenso escozor. Entonces me lanza algo que cae sobre la mesa. Son sus guantes de goma, los que suele usar en cada pelea.

—Entrena todo lo que quieras, pero no te excedas— me aconseja. —De todas formas no podrás convertirte en una súpersaiyajin tú sola.

—¡Claro que sí!— replico. El alivio me invade. No ha descubierto a Broly, pero no hay duda de que presta más atención de lo que parece. Ha visto la quemadura de mis manos ocultas bajo gruesas capas de crema y maquillaje. Ni siquiera mamá se ha dado cuenta. —Me convertiré en un súper saiyajin, aunque sea sin tu ayuda.

—Por tu propio bien, espero que no lo hagas— declara. Acto seguido, sube las escaleras sin siquiera dirigirme una mirada.

Mientras agarro los guantes y me los pongo para ocultar las heridas de los ojos sentenciosos y preocupados de mi madre, me pregunto qué querrá decir con eso.

¿Acaso hay algo malo en que me convierta en una súper saiyajin? ¿Tanto teme que me hieran en una batalla, o es que hay algo más?

—Por Dende…— oigo exclamar a Trunks desde el sofá. Mamá ha dejado los platos en manos de los robots y se acerca con actitud desdeñosa. Han cortado el programa para dar un especial de última hora.

—… Los cadáveres fueron encontrados a las ocho de la noche de hoy, pero los especialistas forenses aseguran que llevan muertos más de veinticuatro horas. Al parecer, el agresor entró reventando las ventanas de la casa y los atacó con gran violencia. Todavía no se sabe qué usó como arma homicida, pero el estado de los cuerpos nos hace pensar en la posibilidad de que se trate de un animal extremadamente fuerte y agresivo. No solo atacó a los adultos, también asesinó a los niños con especial sadismo. Les recomendamos que cierren puertas y venta…—

Trunks cambia de canal cuando aparecen imágenes de la recién familia fallecida, pero mi madre lo obliga a ponerlo otra vez con un grito. Uno de los niños apenas tendría un año de edad. Prácticamente era un bebé.

—… La policía y los forenses están haciendo todo lo posible para seguir el rastro del animal… Los cuerpos prácticamente están irreconocibles…

—¡Qué horror! Incluso al bebé…— exclama mi madre. —Espero que encuentren pronto a ese animal y que lo sacrifiquen. Debe de tener la rabia para provocar semejante matanza.

Coincido con mi madre plenamente. Entonces Trunks se levanta del sofá con gesto tosco y frunce el ceño. Su cara es la viva expresión de mi padre.

—No es un animal— asegura.

Un escalofrío me recorre la espalda de parte a parte. Cuando giro la cabeza, mi padre está ahí, apoyado de brazos cruzados contra la pared. No mira la tele. No le hace falta. Sus profundos ojos me analizan y por mi mente pasa una certeza.

Él lo sabe.

Después de devorarme con la mirada, sube las escaleras y desaparece en la oscuridad del pasillo sin decir una sola palabra.