N. A: En fin, gracias por los jugosísimos rewiens *o* me alegran tanto y me hace querer escribir todavía más.
Sobre este capítulo decir que tiene una grandísima importancia porque se presentan, por fin, los villanos que darán juego a lo largo de la trama. Son Ooc, pero creo que serán suficientes para darles más de un dolor de cabeza a nuestros guerreros. En este capítulo hay más pelea que relaciones amorosas, pero espero que os guste mucho de todas formas. Un nuevo misterio se hace presente. Os recuerdo que admito críticas constructivas y correción de errores, sobre todo con los niveles de poder, de los que no estoy muy segura, pero espero acercarme algo.
CAPÍTULO REEDITADO
Capítulo 12
El saiyan masacrado
Día 139.
Pan lo observó como si estuviera bajo sospecha de haber cometido un crimen durante todo el viaje hacia la desértica zona donde solían entrenar. Goku no sabía cómo sentirse al ser acechado de esa manera. Cuando Pan dejó salir un suspiro, él inspiró hondo. No había duda de que su nieta tenía el genio de las mujeres Son, todas fuertes, guapas y muy mandonas. Aunque ella no lo supiera, se parecía muchísimo a su abuela.
—Abuelo…— lo llamó mientras volaban tranquilamente hasta su campo de entrenamiento particular. —La abuela estaba muy contenta hoy, ¿verdad? Te ha dejado ir sin reñirte ni una sola vez.—
—¿Ah, sí? No lo había notado— decidió hacerse el idiota, como solía hacer cuando prefería no hablar de ciertos temas. Goku no era tonto como mucha gente pensaba, pero había temas que prefería no tocar. Tenía conciencia de todo eso de lo que no hablaba, pero prefería no iniciar conversaciones que podían desencadenar una pelea verbal. Él no era de verbos, él era de golpes, y discutir con alguien que no podía batirse a golpes con él solo conseguía frustrarlo.
—Sí. Es raro…— dejó caer Pan, esperando una respuesta por parte de Goku que no llegaba. Decirle que Chichí estaba contenta porque habían estado haciendo el amor hasta altas horas de la noche no le parecía un tema de conversación adecuado para su nieta de quince años. Por suerte para él, Pan esquivó el tema. —Abuelo, ¿puedo preguntarte algo sobre uno de tus enemigos?—
—¿De mis enemigos?—
—Bueno… Bra me ha hablado sobre un saiyan que fue enemigo tuyo hace mucho tiempo. Vegeta le habló sobre él y me ha entrado curiosidad— mintió ella. Goku la miró atentamente. Ese sí era un tema que le interesaba. —Se llamaba… Broly— él entrecerró el cejo abandonado su expresión afable. Pan lo notó y supo que ese enemigo no era precisamente uno de los más fáciles para los Guerreros Z. Cuando le preguntó a Gohan por él, su padre le mostró esa misma expresión. Se veía a leguas que a Gohan le incomodaba hablar sobre él, y Pan no sabía si era por miedo o por otra cosa.
—¿Le has preguntado a tu padre por él?—
—Sí, pero creo que no le gusta hablar sobre ello. Supongo que tiene miedo incluso de recordarlo—
—No es miedo, Pan. Es compasión—
—¿Compasión?— Goku asintió. Sus recuerdos viajaron alrededor de ese personaje que tanto temor les infundió una vez. Si se concentraba lo suficiente, todavía podía sentir sus letales golpes y oír su risa demente.
—Broly era uno de los nuestros, un saiyan, uno de los pocos que quedaban. Matarlo fue como eliminar a un eslabón más de nuestra propia raza, pero no es eso lo que nos dolió a tu padre y a mí. Lo que nos dolió fue que él era como Vegeta, Picolo o como A-18.— Pan esperó una explicación y Goku forzó una sonrisa. —Quiero decir que no era naturalmente malo. Lo habían criado para que lo fuera pero su maldad no era innata como lo era en Freezer, en Cell o en Kid Buu. Él podría haber sido salvado, pero el tiempo no jugaba a nuestro favor cuando luchamos contra él. En la primera ocasión, la amenaza de un cometa me hizo actuar rápido. En la segunda ocasión yo estaba muerto, pero vi pelear a tu padre. A Gohan no le quedó más remedio que enviarlo al sol cuando amenazó con destruir la Tierra—
—Pero si hizo todo eso es porque era malo, ¿no?—
—Vegeta también ha hecho muchas cosas horribles, pero con el paso del tiempo…— Goku alzó la cabeza al cielo. El resplandor del sol iluminaba sus figuras y se reflejó en sus ojos, haciéndolos brillar. —Estoy seguro de que, si hubiéramos tenido más tiempo y hubiéramos sido más fuertes, habríamos podido convencerlo y convertirlo en uno de los nuestros. Este planeta tiene algo que te hace ser bueno, Pan. Tiene a nuestros amigos y a nuestros familiares, a gente que es capaz de perdonar y de olvidar. Por eso…—
—Hay que protegerlo, ¿verdad?— Goku asintió con una sonrisa que su nieta le devolvió. —Está bien. Imagínate que, en un caso hipotético, Broly siguiera vivo— dejó caer ella. Había querido hacerle la misma pregunta a su padre cuando tocó el tema en su presencia, pero sabía que la agudeza de Gohan tomaría esa cuestión como algo más. La interrogaría de manera astuta hasta que Pan lo soltara todo, porque su padre la conocía demasiado bien y sabía que ella no hacía preguntas banales. Por supuesto, su abuelo era otra historia. —Imagínate que lleva aquí bastante tiempo pero no ha atacado a nadie porque alguien se lo ha pedido. Alguien que está empezando a, digamos, calmarlo. Alguien a quien respeta y que está empezando a sentir por él algún tipo de cariño. ¿Crees que podría volverlo como nosotros, alguien bueno y afable?— Goku miró al cielo, pensándoselo detenidamente. Era demasiada información para los recuerdos que su cerebro contenían sobre el guerrero legendario.
—No lo conocí lo suficiente como para saberlo, solo sé que era bastante agresivo y que se movía como un animal herido. Supongo que podría suceder, y más si alguien le quiere. Una persona no puede enamorarse de un monstruo, Pan. Si alguien estuviera sintiendo algo por Broly, significaría que ha visto en él algo bueno, por pequeño que sea. Así que eso ya es un gran avance—
Las palabras de su abuelo calaron hondo en la pequeña, que con una sonrisa, siguió su vuelo. Quizás, con un poco de suerte, Bra obrara el milagro y no solo tendría un novio decente, sino también un nuevo guerrero muy valioso para luchar por la causa de sus padres.
Mientras aterrizaban en aquel terreno árido lejos de cualquiera que pudiera sufrir algún daño colateral, Pan deseó fervientemente que Bra fuera capaz de calmar a Broly y hacerle ver lo maravilloso de ese planeta que tanto deseaba destruir. Tenía la esperanza de que todo iría bien.
—Primero empezaremos con los calentamientos, como siempre, y luego…—
Goku se quedó mudo y Pan, que había iniciado una serie de movimientos para calentar el cuerpo, se quedó inmóvil. Un agudísimo sonido les hizo encogerse y alzar la vista al cielo. Frente a sus perplejas miradas, una extraña nave triangular surcó el cielo a gran velocidad. Ambos la siguieron con la mirada hasta que la nave empezó a descender y se estrelló a lo lejos, a varios kilómetros, provocando un gran estruendo que levantó la arena del desierto.
—¿Qué ha sido eso?— preguntó Pan con el ceño fruncido. Goku apretó la mandíbula. Sabía perfectamente lo que era, pero lo que le preocupó no fue la presencia alienígena, si no el hecho de que no podía sentir ningún ki en el interior de la nave.
—Vamos a echar un vistazo, pero quédate detrás de mí, Pan— Aunque esa orden no le gustó, la adolescente obedeció y en silencio, alzaron el vuelo.
Broly se despertó bien entrada la mañana, prácticamente al medio día. Para él no era algo nuevo, pues fácilmente podía dormir un total de quince horas diarias, pero lo extraño no era eso. Lo raro era que, por primera vez en su vida, dormía con alguien a su lado. Miró a Bra, atraído por la ligera presión que provocaba su peso sobre su pecho. Ella seguía dormida, con la cabeza sobre su hombro desnudo y con las piernas rodeándole la cintura. Le llevó un par de segundos darse cuenta de que lo estaba abrazando como si se tratara de un peluche blandito y peludo. Broly bostezó, y aunque sentía la necesidad de estirar el cuerpo, no lo hizo para no despertar a su alumna. Debía ser sincero; temía que ella le pisara la cola cuando despertara, porque desde luego lo que habían hecho la noche anterior no entraba en los planes de Bra. Lo más probable era que ella se arrepintiera e intentara golpearle gritando algo parecido a —¡Mira lo que me has hecho hacer, mono estúpido!— Si la despertaba, sería eso exactamente lo que haría. Así que, con la intención de prolongar su descanso, el guerrero legendario volvió a cerrar los ojos.
Pero tuvo que abrirlos como platos cuando sintió un furioso ki acercándose peligrosamente hasta donde ellos se encontraban. Miró la ventana, que estaba entreabierta, por la que se colaba una cálida brisa que les sacudía el pelo. Luego se concentró en la energía que se acercaba y, con horror, la reconoció.
Vegeta.
Pero, ¿cómo era posible? Había mantenido su ki oculto incluso durmiendo. Entonces, ¿cómo demonios los había detectado? Broly se sentó en la cama bruscamente, ya sin importarle que la joven se despertara. Ella, ajena a todo y sumergida en un sueño muy profundo, se enredó entre las sábanas y siguió durmiendo.
—Bra— la llamó mientras se colocaba los pantalones a toda prisa. —¡Bra! ¡Tu padre está aquí!— Broly, al ver que ella murmuraba en sueños, la agarró por los hombros y la sacudió con fuerza. En lugar de despertar, la joven estiró la mano y le regaló un guantazo que lo tiró de la cama.
—Déjame en paz… perro malo…— murmuró sin abrir los ojos.
—¡Estúpida medio humana! ¡Vegeta no tardará en llegar y este cuarto apesta a sexo lo huelas por donde lo huelas!— Bra se colocó boca abajo abrazando la almohada. Su bata ascendió hasta la cintura y Broly vio claramente su entrepierna. Muy despacio, colocó la bata en su lugar con un ligero rubor al oler sus flujos de hembra encelada, y fue entonces cuando recordó que se había corrido en su mano. —¡Tonta!— gritó. —¡Dejaste de ocultar tu ki cuando te corriste!—
Broly empezó a moverse de un lado para otro, nervioso, sin saber qué hacer. ¿Debía coger a Bra y huir? Si lo hacía, Vegeta los seguiría y tarde o temprano los atraparía. ¿Debía enfrentarse a él? Esa era una muy mala idea, porque aunque consiguiera matarle los demás no tardarían en llegar atraídos por la energía de la pelea y ellos sí que lo destrozarían. Entonces, ¿qué debía hacer? Broly sintió a Vegeta muy cerca. Ya había llegado a la isla y a esas alturas la sobrevolaba en su búsqueda.
El guerrero legendario miró a Bra una vez más antes de tomar una decisión. La arropó rápidamente con las sábanas para que su padre no la encontrara en una situación tan deplorable y, entre gruñidos de disconformidad, abrió la ventana de par en par y se subió al alfeizar. La miró una última vez. Luego apretó los dientes y salió volando a toda velocidad en dirección contraria a la de Vegeta.
No pasaron ni diez segundos antes de que la figura agresiva del príncipe de los saiyans penetrara en el interior de la habitación con los puños bien apretados.
Las puertas de la nave se abrieron poco después de que la cúpula analizara las composiciones del ambiente para asegurarse de que había oxígeno, y también para calcular la gravedad que sometía a aquel planeta lejano. Por supuesto, no hacía falta, pues todas esas propiedades ya habían sido analizadas antes de aterrizar allí.
Cuando la puerta se abrió, la primera figura en salir sin un ápice de temor y con el desprecio pintado en la cara fue una mujer adulta enfundada en un elástico traje de batalla. Aunque tenía forma humanoide, se veía a leguas que no pertenecía a la raza humana. Su piel era tirante y de un azul enfermizo. Bajo ella, unas estrías blancas le recorrían el cuerpo de arriba abajo. Tenía los ojos muy grandes y de un negro absoluto, y su pelo era de un rojo cegador, imposible de disimular, muy corto y escaso. Había otras diferencias, como sus largos dedos y las afiladas uñas, grotescas en su forma, o las orejas diminutas, pegadas a la cabeza. Era de una raza extraña.
—Así que esto es la Tierra— dijo con una voz desagradablemente aguda. —¡Qué retrogrado!—
—A mí me gusta— sonrió el siguiente tripulante. Pertenecía a la misma raza que ella, de eso no había duda, pero era mucho menor. Un niño huesudo, sin pelo alguno y azul de los pies a la cabeza. —Parece más animado que Namek, y algo más avanzado—
—¡Puaj!— exclamó la mujer. —Por lo menos desde fuera parecía que había civilización. Busquémosla, preguntemos por el rey, le matamos y cogemos a la princesa. Fácil y rápido—
—No creo que sea tan fácil— dijo un tercer alienígena. Una nueva mujer de iguales características atravesó la puerta de la nave. Una diadema dorada brillaba sobre su cabeza y no llevaba traje de lucha alguno. —Deberíamos esperar a los demás. No creo que matar al rey Vegeta sea tan fácil como lo pones, Baika—
—Por mucho que sea rey, no creo que sea muy diferente a los demás saiyans.—
—Pero no solo se trata del rey Vegeta. Según mis datos y los reunidos en Namek, aquí también vive ese saiyan que derrotó a Freezer. Tal vez deberíamos ocuparnos antes de él, y para eso deberíamos esperar a Benkas—
—Benkas… ¿Tú qué opinas, Boro? ¿Deberíamos matarlos a todos?— le preguntó al niño que los acompañaba. Él sonrió con ilusión. No tenía dientes, solo una fina capa de encías oscuras.
—¡Matémoslos a todos!— exclamó.
—Ya lo has oído, Bia. Nosotros ganamos— sonrió Baika. Bia no estaba muy convencida.
—¡Pero bueno, esa no es forma de criar a un niño!— gritó alguien desde el cielo. Los tres alienígenas alzaron la cabeza de inmediato y sus oscuros ojos se clavaron en Goku, que con una sonrisa, les observaba boca abajo desde el cielo. Pan estaba junto a él, analizando la situación con algo menos de diversión, más desconfiada que interesada como su abuelo.
—¿Quién demonios…?— preguntó Baika.
—Ese macho es un saiyan— declaró Bia.
—¿Estás segura?—
—He estudiado a los saiyans desde que tengo uso de razón. ¡Por supuesto que estoy segura! Aunque…— Bia ladeó la cabeza en busca de algo crucial que, aparentemente, no estaba allí. Sorprendida y tremendamente emocionada al descubrir algo tan extraño, unió sus manos y dio un chillido cargado de excitación. —¡No tiene cola!—
Goku y Pan aterrizaron frente a ellos a una distancia prudencial. La sonrisa del guerrero más poderoso del universo era inmensa. Sentía una curiosidad desmedida por esas nuevas criaturas que habían afirmado con tanta seguridad que podían matar a Vegeta. ¿Serían fuertes? No podía tener una idea aproximada porque no sentía un ápice de su ki, así que ansiaba poder averiguarlo.
—¡Y mira eso de ahí!— exclamó Bia, señalando con un dedo a Pan, que se encogió. —¡Creo que es un híbrido hembra! ¡Qué maravilla!—
—¿Qué habéis venido a hacer aquí?— preguntó Goku, cortando la excitación de Bia. Baika dio un paso al frente con actitud altanera, sin temor ninguno.
—Hemos venido a matar a tu rey y a llevarnos a la princesa, bárbaro saiyano—
—¿A la princesa?— musitó Pan. Un sudor frío le recorrió la frente y miró a su abuelo con el corazón acelerado, pensando en su mejor amiga. —¿Se refiere a…?—
—Shh— le chistó Goku, sonriente. —Si queréis ir a por Vegeta y a por su hija, tendréis que pasar por encima de mí, y soy bastante fuerte. ¿Seguro que queréis seguir por ahí?— Baika soltó una carcajada fuertísima, riéndose abiertamente de Goku. Entonces dio otro paso al frente en una clara actitud agresiva.
—Un saiyan burlándose de un boburriano. Lo que me faltaba por oír— Pan memorizó el nombre de esa raza en su cabeza. Estaba segura de que su abuelo acabaría con ellos en un instante, pero más valía asegurarse. Goku crujió sus propios nudillos, interesado por el reto.
—¡Espero que sea divertido!—
Vegeta no se había detenido a pensar qué demonios hacía su hija en la isla de Hawiaa. De hecho, cuando detectó su ki en la otra punta del mundo bien entrada la noche ni siquiera sabía que estaba en Hawiaa. Salió disparado de casa sin mencionar palabra, iniciando un vuelo frenético sin parar durante más de una hora, lo que podía tardar en recorrer la mitad del planeta transformado en súper saiyan. No ocultó su ki. Quería que Bra lo detectara para que le diera tiempo a ponerse a temblar, porque pensaba gritarle como nunca, y sabía que su hija le temía cuando lo veía enfadado de verdad. Vegeta se juró a sí mismo que no le pegaría, porque aunque había criado a Trunks a base de golpes por sus constantes travesuras y jugarretas, Bra nunca le había dado motivos para zurrarla, aunque volando hasta Hawiaa después de estar una semana desaparecida mintiendo constantemente a su madre y haciendo a saber qué, ese pequeño detalle estuviera a punto de olvidársele.
Cuando sobrevoló la isla y recordó que había estado allí alguna que otra vez de vacaciones, supo situarse y situar a su hija exactamente. A diferencia de lo que pensaba, Bra no había corrido ni había intentado ocultarse de él, señal de que, o estaba muy cansada, o se había resignado a su destino. Vegeta no tardó en localizar el hotel y la habitación exacta, y dio un rodeo para adentrarse por la ventana, ya con los puños preparados y la garganta abierta para lanzar una retahíla de gritos indignados.
No lo hizo, sin embargo.
Cuando aterrizó en el alfeizar de la ventana y pudo ver el interior del lugar, su mirada se clavó en la figura de su hija cubierta por las sábanas de la cama, durmiendo. Su pelo azul era imposible de confundir. Probablemente se había relajado demasiado y había dejado al descubierto su ki después de varios días. De no ser porque estaba demasiado enfadado, Vegeta habría sonreído ante la perspectiva de darle un susto de muerte con uno de sus gritos, pero no lo hizo.
En aquella habitación había algo raro.
El príncipe entró en silencio. Lo primero que le resultó extraño fueron las dos camas, ambas deshechas, señal de que Bra no era la única que había dormido allí. No notó el ki de nadie más, pero su radar interno no era el único medio que tenía para detectar presas. Vegeta inspiró por la nariz, olfateando el extraño olor. Se llevó una mano a la cara de inmediato, tapándose las fosas nasales con los ojos desorbitados. Olía a macho. No. Concretamente olía a semen de macho. Y también olía a sudor y a… a su propia hija.
Una arcada trepó por su garganta al atar cabos. Ese olor provenía de la cama donde Bra dormía tan apaciblemente. Se acercó con el vello de punta, la nariz arrugada y con una vena palpitando en su sien cada vez mayor. Olió las sábanas que la cubrían por encima, impregnadas totalmente de sudor y de semen masculino. Bruscamente, sin preocuparse por ella, la destapó. Suspiró al ver que estaba cubierta por una bata de hotel en lugar de estar desnuda, como había supuesto, pero la boca se le quedó seca al notar con mucha más intensidad el olor de su hija, ese que solo desprendían las hembras cuando estaban enceladas.
Vegeta estaba acostumbrado a ese olor, porque al fin y al cabo los humanos y los saiyans eran animales totalmente sexuales. Sin embargo, aunque lo olía de todos y de todas, nunca lo había olido en su propia hija. Quizás había olido su cuerpo lanzando ferormonas por todas partes desde su adolescencia, pero era algo normal a su edad.
Eso era otra cosa.
Asqueado, se apartó. No solo deseaba matarla por haberse deshonrado con cualquier humano. También se sentía totalmente decepcionado. Él no era un padre que estuviera encima de los pretendientes de su hija, pues confiaba lo suficiente en ella como para saber que se haría respetar pese a esa ropa tan indecente. No mató a ninguno de esos chicos que la rondaban, ni tampoco los amenazó. Se limitaba a vigilarlos desde lejos cuando los veía. Se fiaba de ella, no de ellos, y aunque Bra pudiera partirles las piernas, una droga malintencionada y lo suficientemente potente podría dejarla fuera de juego y a merced del ser más insignificante. Había visto suficientes películas y había leído suficientes periódicos como para saber que esas cosas pasaban. Y no le gustaban. Esperaba que, por lo menos, lo que hubiera hecho su hija hubiera sido con pleno conocimiento, porque por muy respetuoso que pudiera ser, nada salvaría a ese desgraciado, fuera quien fuera, si se había aprovechado de ella.
Tras varios segundos intentando recuperarse de la decepción, Vegeta agarró un costado del colchón de la cama y lo alzó. Su hija dio unas cuantas vueltas por el colchón hasta dar con el suelo en un buen golpe, despertándose al instante. Bra se quejó y empezó a levantarse con las manos en la cabeza, molesta e incluso irritada.
—¡Eh!— gritó, quejumbrosa por las bruscas maneras. —¡Ten más cuidado, mono estú…!— por suerte, no llegó a terminar la frase. Sus ojos azules localizaron la figura de su padre frente a ella y se abrieron en una cara desencajada por la sorpresa. El corazón empezó a palpitarle con tanta fuerza, que por un momento pensó que le iba a estallar. El que estaba delante de ella no podía ser su padre. No. Hacía semanas que no lo veía y se había preocupado por ocultar su ki para que no la detectara. ¿Cómo demonios sabía que…? Pero el shock no llegó entonces. Llegó cuando recordó que no había dormido sola, cuando recordó que Broly la había tocado, que ella lo había tocado a él, que se habían dejado llevar y que ambos habían tenido un orgasmo. Llegó cuando se preguntó en dónde demonios se había metido.
Bra estaba temblando, y no sabía si era porque temía que su padre hubiera descubierto a Broly o porque le temía a él. En cualquiera caso, deseaba con todas sus fuerzas que el guerrero legendario estuviera a su lado en esos momentos. Pese a ello, no podía dejar de temblar. En un intento de excusarse abrió la boca sin atreverse a mirarle a los ojos.
—Esto… puedo explicarlo— murmuró muy bajito. Su padre se cruzó de brazos frente a ella. Bra supo que estaba conteniendo el enfado, como un volcán a punto de estallar.
—Adelante— la instó, pero se quedó muda al oír su voz rasposa y su respiración acelerada. Lo único que fue capaz de hacer, pálida, fue apretar las piernas y cubrirse más con la bata en un vago intento porque su padre no llegara a la conclusión que ya había alcanzado. —Vístete— le ordenó. —Nos vamos a casa. Ahora—
Y Bra no fue capaz de replicar.
Cuando padre e hija salieron por la ventana del hotel sin pagar siquiera, volando a toda velocidad rumbo a casa, un par de ojos oscuros lo observaron todo desde una distancia prudencial. Subido a un árbol desde el que podía verlo todo, Broly apretó los puños y clavó uno de ellos en las profundidades del tronco, atravesándolo de parte a parte.
—Mierda—
Fue rápido, aunque no tanto como se había esperando en un primer momento. Si Goku tenía algo claro después de tantísimas batallas era que no se podía subestimar al enemigo, pero también había descubierto que era imposible no hacerlo.
Cuando la tal Baika se le vino encima en un ligero movimiento, supo que ella le superaba en velocidad y en agilidad por la constitución de su cuerpo, pero eso no le servía de nada con una fuerza tan ridícula, y sin tener ki todavía menos. Le golpeó repetidas veces, pero Goku apenas se movió. Jugó con ella durante escasos segundos y cuando supo que no era rival para él, intentó golpearla, pero era rápida y le costó más de lo esperado agarrarla y lanzarla brutalmente contra la tierra, devuelta con los de su especie. La mujer rodó por el suelo hasta detenerse junto a Bia y Boro, que observaron la lucha cuerpo a cuerpo con curiosidad, pero sin excesivo interés.
—Bueno… ¿Tenéis algo mejor por ahí?— preguntó, decepcionado, acariciándose el cuello. A sus espaldas, Pan dejó escapar una pequeña sonrisa, pero no bajó la guardia ni por un instante, sentada en una roca lejos del campo de batalla.
Baika se levantó del suelo y se sacudió la ropa y el pelo corto sin el más mínimo rasguño ni expresión.
—¿Y bien?— le preguntó a Bia. Esta se tocó la diadema que le cubría la frente, pensativa.
—Es un macho de alto nivel. Estoy segura de que puede llegar, por lo menos, al nivel uno. Puedes estar tranquila, no le llega ni a los talones al sujeto 813— aseguró Bia.
—De acuerdo, pues. Empecemos con la artillería pesada— y Baika clavó sus ojos oscuros en Goku, que ladeó la cabeza y dejó de sonreír para ponerse serio. ¿Era cosa de su imaginación o el primer contacto había sido para analizar sus movimientos?
Cuando un potentísimo golpe para nada esperado lo lanzó por los aires remolcándolo casi medio kilómetro de distancia en apenas cosa de un segundo, tuvo la certeza de que los había subestimado. Pan vio, patidifusa, como su abuelo era lanzado bestialmente hacia atrás por algo invisible, sin forma. No sintió ningún ki ni vio nada atizándole. Simplemente salió lanzado hacia atrás y acabó atravesando una roca en la lejanía, haciendo un ruido que retumbó por todo el lugar en una pequeña sacudida. Baika sonrió y su cuerpo azulino se elevó en el cielo de forma grácil. Por supuesto, no pasó ni un segundo antes de que la tierra se estremeciera y la roca en la que Goku había desaparecido estallara por los aires. El guerrero más poderoso del universo ascendió al cielo transformado en súper saiyan con una sonrisa en la cara y un hilo de sangre recorriéndole la mandíbula.
—¡Esto ya es otra cosa!— se rió antes de ensalzarse en una batalla contra lo desconocido.
—¿Cómo has podido hacernos esto, Bra?— empezó a gritar Bulma sin ton ni son mientras golpeaba la mesa con fuerza. Encogida sobre sí misma, Bra mantenía la cabeza agachada sin dirigirle la más mínima mirada a ninguno de sus familiares. Su padre daba vueltas por el salón como un animal enjaulado, sin decir nada, pero prácticamente mostrando los caninos mientras andaba de un lado para otro. Trunks se mantenía al margen, sentado sobre el sofá y siguiéndolos a todos con la mirada. No podía negar la sorpresa que le había supuesto que su hermana se hubiera pasado haciendo novillos una semana lejos de casa sin que sus padres supieran nada, pero pese a ello no lo veía tan grave. ¡Si sus padres supieran cuántas veces había hecho él novillos junto con Goten!
Por supuesto, sus padres no pensaban lo mismo. Aunque Trunks temía a su madre, más temía el estallido de Vegeta, que amenazaba con explotar en cualquiera momento. Sabía que había algo más, porque su padre nunca se había tomado en serio la educación de sus hijos a no ser que fuera durante los entrenamientos. Que Bra se largara en busca de aventuras le habría hecho gracia en cualquier otra circunstancia, pero en esa no parecía nada contento.
—Tampoco es para tanto, mamá— contestó la pequeña de la casa cuando Bulma empezó a gritar y a gritar sin parar, dándole una charla sobre lo inadecuado de su comportamiento. —Solo he faltado una semana y no he hecho nada malo. Quería ver mundo, como tú a mi edad—
—¿Solo una semana? He llamado a Gohan y me ha contado que no es la primera vez que haces novillos. Además, estás suspendiendo. ¡Suspendiendo! Tú no eres tonta, Bra. Te cuesta estudiar, lo sé, pero hasta ahora no has tenido ningún problema para…—
—Esa no es la cuestión—
—¿Y cuál es la cuestión?— Bra agachó la cabeza todavía más cuando sus ojos se cruzaron un instante con los de su padre. Tragó saliva, suspiró y reunió el valor suficiente para levantarse y plantarle cara a su madre. Sus ojos, fieros como los de Vegeta, taladraron las pupilas de Bulma.
—No quiero estudiar. Quiero entrenar y formar parte de los Guerreros Z— La reacción, más bien caótica, no tardó en llegar. Bulma dio un chillido agudo escondido tras una interrogación de incredulidad. Trunks estuvo a punto de caerse del sofá por esa simple afirmación y Vegeta… Vegeta abrió los ojos como platos y miró a su hija como si fuera el fantasma de su propio padre.
—¿Cómo?— preguntó tras el grito de su mujer, pero antes de decir nada más se recobró de su impresión inicial con una sacudida de cabeza. —¡NI LO SUEÑES!— gritó. Todos, sobrecogidos por la potente voz del cabeza de familia, retrocedieron unos pasos. Bra estuvo a punto de ceder cuando vio a su padre acercándose a ella, con una vena palpitando con agresividad mal contenida y con los brazos tensos, remarcando unos músculos que intimidarían a cualquiera. —Vas a volver a la universidad, vas a estudiar tu maldita carrera y vas a pasarte el resto de tu vida en la corporación de tu madre. ¡Y no volverás a entrenar en tu jodida vida!—
Bra se quedó muda, tan asustada que fue incapaz de replicar. Su padre nunca le había gritado así. La tenía entre algodones y verlo tan enfadado, con los ojos prácticamente lanzándole hielo, la descompuso. Estuvo a punto de bajar la cabeza, incapaz de aguantarle esa mirada ardiente y por unos instantes lo hizo. La bajó. Hasta que recordó quién era ella y con quién había estado peleando durante los últimos meses. Si había podido aguantar a Broly, no había forma de que su padre la acongojara.
Bra alzó la cabeza, clavó sus ojos en los de su padre en una explosión helada y dio un paso al frente, plantándole cara.
—Voy a seguir entrenando y tú no podrás impedírmelo— le dijo. Su pecho rugió, indómito, cuando se revolvió para negarse a cumplir las órdenes de su padre. Muy pocos eran capaces de plantarle cara a Vegeta con tanta seguridad, muy pocos. Ni siquiera Trunks podía. Solo Bulma tenía ese privilegio, y quizás, muy de soslayo, el propio Goku, pero no por mucho tiempo. Vegeta la fulminó, colérico, pero no por eso Bra le esquivó la mirada. En otras circunstancias se habría sentido orgulloso, porque eso denotaba la fuerza que pocos seres tenían, un gran potencial. En ese momento solo podía sentir furia. Mucha furia.
—Tú vas a hacer lo que yo te diga, niñata caprichosa— la retó una vez más, inclinándose y acercando su cara a la suya. Ella lo imitó, casi uniendo ambas frentes en una pelea de miradas.
—Tú no eres nadie para decirme lo que tengo que hacer—
—¡Soy tu maldito padre y si yo digo que no vas a volver a entrenar en tu vida, no volverás a hacerlo! Tenme respeto porque como me cabrees más, te juro que me encargaré de que lo último que veas antes de encerrarte en casa sea el cadáver del cerdo con el que has pasado la noche, maldita fresca.—
—¿Cómo?— preguntó Bulma entonces con la mandíbula desencajada. Bra ni siquiera la miró, apretando los dientes con fuerza. —¿Has pasado la noche con un chico, Bra?—
—¡Sí, y no solo la noche, sino la semana entera!— admitió ella en un arranque de orgullo. El príncipe de los guerreros se puso rojo de la furia y Trunks miró a su padre y a su hermana alternativamente, sin saber de qué parte ponerse.
—¿Y crees que eso es algo de lo que enorgullecerse?— rugió Vegeta.
—¿Por qué no? Trunks parece muy orgulloso cuando va a algún hotel con cualquiera mujer—
—¡Eh, a mí no me metáis en esto!— gritó el susodicho, estático ante la pelea. Todavía estaba en shock, no solo por los secretos de su hermana, sino porque le estaba plantando cara a su propio padre, aquel que Trunks temía como si fuera un perro con la rabia.
—¡Eso es diferente!—
—¿En qué es diferente? ¿En que él no puede quedarse embarazado y yo sí, eso es lo que temes? ¡Pues tranquilo, porque he usado mucha protección y lo he disfrutado muchísimo!— Trunks se apresuró a colocarse al lado de su padre, al igual que Bulma al ver cómo, en un arrebató, alzaba la mano dispuesto a estrellarla contra la mejilla de su hija, pero se detuvo en el último momento. Bra, al verlo con la mano alzada, se cruzó de brazos y lo miró. Era la viva imagen de su padre, con el orgullo, la valentía y la arrogancia palpitando en sus ojos. —Voy a ser una guerrera, y tú no podrás impedirlo. Es más, es gracias a tus genes que lo soy, así que si alguien tiene la culpa, son tus espermatozoides— Vegeta se puso tan rojo, que la cabeza parecía a punto de estallarle. Bulma se puso delante de su ahora prometido para impedir que agarrara a su hija del cuello, porque por el paso al que iban, no tardaría mucho en estrangularla.
—¡Deja de vacilar a tu padre, le debes un respeto!— gritó Bulma a su hija. Por toda respuesta, Bra le giró la cara de forma altanera. —¿Qué demonios te pasa? Tú siempre has querido formar parte de la corporación, es más, ¡odias pelear!—
—¡No! Yo nunca he querido tener nada que ver con la corporación, mamá. ¡Eres tú la que nunca me ha dado otra opción! Has dado por hecho que heredaría ese maldito imperio, pero no quiero hacerlo. ¡Quiero pelear!—
—¡Tú no puedes pelear, piensa en Goku y en los demás! ¿Crees que pelear dará dinero? Si te dedicas a eso, ¿cómo piensas ganarte la vida? ¿Pescando en un lago y cazando en un bosque? Eres una Brief, y no una cualquiera. ¡Eres una princesa! No estás hecha para eso.—
—¿Por qué no iba a estarlo? ¿Por qué no seré rica como tú? ¿Qué más da eso? Papá también pelea y tú lo mantienes— Bulma se alejó de su hija, espantada ante lo último que había dicho, llevándose una mano a la boca como si el agravio hubiera salido de ella. Trunks soltó un grito de sorpresa antes de llevarse una mano a la cabeza, lívido. Entonces Bra entendió lo que acababa de decir y cuál era la gravedad del asunto.
Acababa de llamar a Vegeta mantenido.
Si no fuera porque, en teoría, los saiyans no podían enfermar a no ser que fuera de agentes patógenos externos al planeta Tierra, Bra podría jurar que a su padre estaba a punto de darle un ataque al corazón. La cara del príncipe estaba descompuesta por la cólera. Alzó los brazos hacia su hija con la clara intención de estrangularla, pero Trunks se interpuso en su trayectoria intentando tranquilizarlo.
—¡Venga, papá, no le hagas caso! No ha querido decir eso, ¿verdad que no, Bra?—
Podría haber mentido, pero no lo hizo. No se retractó. Quizás fuera porque ella también tenía su orgullo, y quizás fuera también porque estaba tan furiosa como él no solo por el hecho de que intentara negarle la pelea, si no por el hecho de que Broly la había dejado sola frente a su rabioso padre, sin pensárselo dos veces. Era un mono estúpido, y aunque en su fuero interno sabía que no había tenido más remedio que hacerlo, no podía evitar estar furiosa con él.
Después de lo que le había dejado hacer esa noche…
—Maldito seas— murmuró por lo bajo, dirigiéndose a un Broly imaginario que, por supuesto, no podía escucharla. —¡Eres un mono estúpido!— chilló, y acto seguido dio media vuelta y corrió hacia las escaleras.
—¿¡Mono estúpido yo!? ¡Te mato, TE MATO!— empezó a gritar Vegeta revolviéndose cuando su propio hijo lo agarró por la espalda para que no se lanzara sobre su hija, haciendo lo imposible por arrastrarlo fuera de la casa. —¡Eso es! ¡Escóndete pequeña hija de puta, porque a mí nadie me llama mantenido y vive para contarlo! ¡YO MANTENGO ESTE PLANETA EN PIE, YO Y SOLO YO, EL PRÍNCIPE VEGETA!—
Bra siguió subiendo las escaleras cada vez más enfadada. Los gritos de su padre solo conseguían irritarla cada vez más, y una vez alcanzó el umbral de la puerta de su cuarto, dio media vuelta y se asomó a las escaleras otra vez. Su padre prácticamente pataleaba intentando deshacerse del agarre de Trunks, que se había caído al suelo e intentaba sostenerlo rodeándole el cuello con un brazo.
—¡LO QUE ERES ES EL PRÍNCIPE DE LOS ENANOS!— chilló con todas sus fuerzas, y acto seguido entró en su habitación y cerró la puerta de un portazo.
—¡QUÉDATE EN TU CUARTO Y NO TE ATREVAS A SALIR, PORQUE ESTARÁS MUERTA!—
Y Bra no lo haría, porque estaría demasiado ocupada destrozándolo todo al igual que Vegeta cuando entrara en la cámara de gravedad. Por muchas peleas que tuvieran, era innegable que eran padre e hija a juzgar por los orgullosos gritos y su mal carácter.
Goku se lo estaba pasando en grande. La tal Baika le estaba moliendo a golpes usando alguna especie de arma a larga distancia que él no podía ver ni sentir, y que de verdad dolía, pero aun así no podía evitar sonreír ante el reto que suponía. Después de unos minutos siendo lanzado y dañado, empezaba a cogerle el truco. El arma, fuera la que fuera, no podía alcanzarlo si estaba a más de diez metros, pero si se acercaba le daba por todas partes. Estaba convencido de que tenía un punto débil, pero también sabía que iba dando palos de ciego sin ser capaz de sentir ni de ver. Cuando él se alejaba analizando la situación, Baika volaba rápidamente hacia él intentando introducirlo en su punto de alcance.
—¡No huyas, mono primitivo!— gritaba. Al verla acercarse otra vez, Goku descendió en picado y se mantuvo en un perímetro de distancia básico, lejos. Desde allí le lanzó varias bolas de energía que ella intentó esquivar, pero una de ellas impactó contra su cuerpo sin hacerle prácticamente nada. Goku achicó la mirada, pero fue Pan la que, tras ver cómo su abuelo lanzaba numerosos ataques a distancia, ninguno de ellos causaba daño alguno a su contrincante. El ki parecía deshacerse con el contacto de su piel azulada. Pan miró al niño y a la mujer que, al igual que ella, observaban la lucha con interés, y un pensamiento rápido cruzó por su cabeza.
No podía sentir su ki probablemente porque no lo usaban. Si eso era verdad, probablemente tampoco les afectarían los ataques con ki.
Goku intentó iniciar un combate cuerpo a cuerpo contra ella, pero cuando se acercó esa arma que no podía detectar le golpeó en la mejilla y lo hizo estrellarse contra el suelo, levantando una voluta de humo. Baika sonrió y aterrizó, despacio, al lado de sus compañeros. Pan anduvo hasta Goku sin quitarles los ojos de encima. El guerrero más poderoso del universo se levantó del suelo sacudiéndose el pelo y la arena que le cubría la ropa.
—Es inútil, abuelo. El ki no les hace efecto, y con esa barrera invisible no hay forma de llegar hasta ellos en un combate cuerpo a cuerpo— le comentó ella.
—¿Estás segura de que no les afecta el ki? Tampoco es que esté utilizando gran parte de mi poder— Pan se llevó las manos a la cintura, pensativa. Le lanzó una mirada cómplice a su abuelo mientras una sonrisa se delineaba en sus labios.
—Quizás con algo más fuerte…— dejó caer con disimulo, pero Goku lo entendió a la perfección y soltó un suspiro.
—Vaya, ¿y no podría jugar un rato más antes de eso?—
—No seas tonto, abuelo. Es mejor prevenir, no vayan a ser más poderosos de lo que pensamos—
—Tienes razón— musitó él, haciendo crujir su cuello. Siempre que dejaba a algún rival con vida por compasión o por curiosidad para ver su máximo poder, acababa escarmentando. Así que sin más, Goku y Pan cruzaron miradas de complicidad. —No le des al niño— avisó antes de adoptar una posición de ataque.
Una ráfaga de ki envolvió a abuelo y nieta. Goku ascendió al nivel tres con un grito emocionado, y su cuerpo cambió drásticamente, al igual que su melena rubia y puntiaguda. Pan se preparó reuniendo todo su ki en las palmas de su mano. Ambos dieron un paso atrás y unieron sus muñecas para cargar un ataque de sobra conocido.
—¡Ka… me…!—
Bia palideció y se llevó una mano a la diadema que le cubría la cabeza.
—Ese ataque es muy superior. Nuestra piel no podrá aguantarlo— avisó, y Baika se volvió hacia ella como si fuera un resorte.
—¿Qué? ¡Dijiste que no eran como el sujeto 813!—
—Y no lo son. ¡Pero ese ataque es lo suficientemente fuerte como para liquidarnos en un segundo!
—¡… ha… me…!— las voces de los Son hacían eco en las profundidades de aquel terreno baldío. Una luz cegadora iluminaba las palmas de sus manos.
—¡Maldita sea!— exclamó Baika. —¡Corred!— y las dos mujeres hicieron amago de alzar el vuelo, pero entonces, con un último grito, abuelo y nieta soltaron todo el poder de sus respectivas cargas dirigiendo sus manos hacia delante.
—¡… HAAAAAAAA!—
Hubo una sacudida y los boburrianos lo vieron todo a cámara lenta. La luz los cegó cuando el mortífero ataque impactó contra ellos y todo el desierto pareció estallar con un potente flash que hizo saltar la arena por todas partes. Las rocas estallaron y una lluvia de polvo llegó hasta las figuras de Pan y Goku, que todavía con las manos alzadas hacia delante, unidas por las muñecas, observaron el desolador panorama.
—¿De verdad crees que hacía falta llegar al nivel tres, abuelo?— preguntó Pan a través de una fina capa de arena que caía sobre sus cabezas. Goku abandonó su posición de ataque y sonrió torpemente.
—Quizás me he pasado un poco. Espero no haber alcanzado al niño— Pan soltó un suspiro mientras se encogía de hombros. Su abuelo no tenía remedio cuando se avecinaba pelea. La adolescente dio un paso al frente dispuesta a buscar entre los restos, pero Goku la detuvo alzando un brazo a la altura de su pecho, deteniéndola. Su mirada se tornó oscura y seria. Todo rastro de sonrisa se esfumó.
—¿Qué…?— empezó a murmurar ella, pero la respuesta apareció ante sus ojos.
Los boburrianos seguían allí, o al menos las dos boburrianas. Los cuatro, tanto los saiyans como ellas, tenían la vista clavada en la figura deforme de un pequeño cuerpo que levitaba sobre la arena del desierto. El pequeño boburriano llamado Boro se había colocado en primera línea de fuego con la intención de proteger a sus cuidadoras. El impacto no había sido suficiente para matarlo, pero su cuerpo temblaba, desangrándose y deshaciéndose en el aire a consecuencia de las graves quemaduras. Sus extremidades habían desaparecido y ya solo quedaba un tronco desgarrado con una cabeza maltrecha. Boro vomitó sangre y sin más, cayó al suelo y empezó a gritar y a llorar con todas sus fuerzas, como el niño que era. Pan se llevó las manos a la boca, horrorizada. Goku apretó los dientes. Por mucho que hubiera peleado jamás había matado a un infante y esa simple imagen le trastocó totalmente.
—Boro…— murmuró Baika muy por lo bajo. Caminó hasta el moribundo niño y lo sacudió entre sus brazos.
—Mamáaaaaaa— la llamó el niño. —¡Me duele, mamáaaaaaa!—
El corazón de Pan se contrajo y esquivó la escena con los ojos escociéndole cargados de lágrimas. Lo peor fue el desgarrador grito de Baika retumbando en los confines del lugar.
—¡TE MATARÉ!— chilló, pero ella no era la única persona furiosa que había allí. Goku, con los ojos henchidos en ira, apareció en menos de un segundo tras la espalda de la mujer, y sin más, aprovechando su distracción, le dio un puñetazo en la barbilla que la hizo volar por los aires. Esta vez ni siquiera pudo esquivarlo.
—Llevar a un niño a un campo de batalla y usarlo como escudo… ¡Es repulsivo para cualquiera! ¡No voy a perdonártelo!— gritó Goku. Su aura se volvió tan potente, que la arena empezó a alejarse de él como si huyera. Bia cayó al suelo de culo con la mano en la diadema de su frente, fascinada.
—Es impresionante—
—¡Esto acaba aquí!— Goku intentó alzar el vuelo, pero una fuerza desconocida que parecía agarrarlo de pies y manos se lo impidió. Era la misma fuerza invisible contra la que había luchado al pelear contra Baika, pero en esos momentos estaba demasiado lejos de ella como para que lo alcanzara.
—No permitiré…— oyó que decía el niño a sus pies, sangrando cada vez más, sufriendo, destrozado. A Goku solo le hizo falta profundizar en sus oscuros ojos para darse cuenta de que no tenía salvación. —¡No permitiré que le hagas daño a mamá!—
—¡BIA!— gritó Baika entonces desde el cielo, sangrando por la boca, con su piel azulada tornándose rojiza. —¡Dame la diadema!— le ordenó a su compañera. La mujer supo inmediatamente lo que pensaba hacer, pero eso no terminó de convencerla.
—¡Pero todos nuestros datos están ahí!—
—¡DÁMELA!— Bia no necesitó nada más que esa potente exclamación para quitarse la diadema dorada de la cabeza. Era eso o sus vidas. Sin más, lanzó la diadema al cielo y Baika la agarró mientras Goku calibraba posibilidades frente al niño moribundo.
Pensó en llevarlo con Karin en cuanto acabaran con esa situación, aunque dudaba que pudiera recuperar los miembros desintegrados.
No pudo darle más vueltas al asunto, pues un grito que reclamaba su atención llegó hasta él.
—¡ABUELO!— lo llamó Pan a lo lejos, señalando hacia el cielo, justo sobre su cabeza. Goku alzó la mirada en el instante en el que Baika se abalanzaba sobre él. Alzó un puño dispuesto a dejarla fuera de combate con la descomunal fuerza de un súper saiyan de nivel tres, pero algo falló. El corazón de Goku palpitó con fuerza causándole un dolor imposible de describir y su visión se difuminó. Sus ojos se desviaron al niño destrozado, y vio en su rostro una pequeña sonrisa negruzca. Se había agazapado alrededor de su pierna, mordiéndola con los dientes oscuros, y su cola, acabada en un aguijón, rodeaba su gemelo y le pinchaba. Inmediatamente después de clavarle el aguijón, los ojos del crío se emblanquecieron, sin pupila, y su mandíbula se soltó de su pierna.
Cayó al suelo, inerte, muerto. Lo único que seguía pegado a Goku era el aguijón de su cola.
Fue entonces cuando Baika llegó hasta él y dio una voltereta para esquivar el puño ciego que Goku consiguió alzar momentos antes contra ella. Goku sintió que le daban un golpe en la frente y se tambaleó al mismo tiempo que la mujer aterrizaba sobre el suelo en una hábil acrobacia.
Se hizo un silencio instantáneo y todo pareció detenerse.
Entonces Goku dio un alarido tal, que sobrecogió a todo animal que por allí rondara. Los ojos de Pan se desorbitaron cuando vio, impotente y sin entender nada, cómo el pelo de su abuelo volvía a ser totalmente oscuro antes de desmoronarse sobre la arena del desierto, gritando de dolor con las manos en la cabeza. Una diadema dorada brillaba sobre su frente y él intentaba quitársela con todas sus fuerzas, revolviéndose por el suelo de manera inútil.
Baika clavó sus profundos ojos en el cuerpo de su pequeño. Vislumbró su cola y, al ver que no tenía el aguijón que todos los boburrianos poseían en la punta de la misma, se dirigió a Goku. Le dio una bestial patada en el estómago que lo hizo darse la vuelta y posó un pie sobre su espalda, inmovilizándolo contra el suelo. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, Goku intentó reunir su ki una vez más, pero un dolor atronador procedente de su cabeza lo dejó tieso e indefenso. Era como si le estuvieran clavando tornillos en el cerebro a base de martillazos.
Baika observó el aguijón clavado en el gemelo de Goku y una sonrisa demente apareció en su cara.
—Mi pequeño Boro no ha escatimado en esfuerzos para asegurarse de que morirías. Te ha inyectado uno de los venenos de nuestra raza, rápido y letal. Hará que se paralicen todos los órganos de tu cuerpo en menos de cinco minutos. Será doloroso… pero no pienso esperar para verte morir. Esto acaba aquí, maldito mono del demonio— Goku miró a sus enemigo con la vista desgastada. Apenas era capaz de ver una mancha blanca que alzaba el brazo dispuesta a darle el golpe de gracia. Cerró los ojos con fuerza intentando levantarse una vez más, pero fue inútil. —¡MUERE!— Pero aunque esperó el golpe de gracia, este nunca llegó.
Pan cruzó el cielo y su pie se estrelló en la cara de Baika, que fue lanzada lejos, dando vueltas sobre la arena, atravesando rocas. La pequeña, con la clara intención de proteger a su abuelo, cargó energía en la palma de su mano una vez más.
—¡Kamehameha!— su ataque cortó el viento y la roca en la que Baika fue incrustada estalló en cientos de pedazos. Goku solo pudo distinguir un aura amarilla brillando alrededor de su nieta.
—Pan…— murmuró. Su ki estaba por las nubes, nunca lo había sentido tan alto. Por un momento le pareció que había conseguido lo imposible para una mestiza con una sangre tan diluida como la suya; convertirse en un súper saiyan. Sin embargo, esa percepción duró solo un segundo, lo suficiente como para que Pan, sin aliento, se posicionara encima de él en una clara actitud combativa.
A lo lejos, Baika emergió de entre la arena, sangrando por los cuatros costados, pero vivita y coleando, con una sonrisa ladina brillando en su cara.
—¡Maldita sea!— gritó la adolescente.
—Pan…— la llamó su abuelo desde el suelo. Ella ni siquiera lo miró, pues sabía que de ser así, sería incapaz de pelear y se pondría a temblar. —Vete de aquí… corre…—
—No te dejaré solo, abuelo—
—Pan, esto es serio— Goku sintió que la tos emergía y que la boca se le empapaba llena de sangre. —Vete, llama a Vegeta y a tu padre. Vamos, ¡hazlo!—
—¡No!—
—Deberías hacer lo que te dice, niña— los ojos se Pan fulminaron a Bia de soslayo y buscó la manera de cubrir a su abuelo desde los dos flancos, rabiosa y desesperada por protegerle. —Habéis matado al hijo de Baika y os puedo asegurar que no descansará hasta veros muertos, ni ella ni Benkas en cuanto llegue a este planeta—
—¿Benkas?— cuestionó Pan.
—Él es infinitamente mucho más poderoso que nosotros, y también es el padre de Boro. Os hará pedazos— Bia dirigió una mirada de fascinación a Goku, que se revolvía en el suelo todavía intentando deshacerse de la diadema que le cubría la cabeza. —Bueno, al menos a ti no te matará, porque ya estarás muerto. No solo te hemos puesto una diadema inhibidora para que no puedas usar tu ki. Boro te ha inyectado el veneno de los boburrianos y es cuestión de tiempo que mueras— Pan pudo ver entonces la cola de Bia agitándose en el aire. Era negra y tenía un grueso aguijón al final de la misma, el mismo que estaba incrustado en la pierna de su abuelo y que, de una patada, apartó de él. Bia sonrió a sabiendas de que, por mucho que lo librara del aguijón, el veneno ya le recorría las venas.
—¿Qué demonios queréis de nosotros?— preguntó Pan con los ojos enrojecidos. Bia sonrió.
—Solo hemos venido a por la princesa. Lo demás nos trae sin cuidado— Bia se giró entonces hacia Baika, que en ese momento ya se había levantado, plenamente recuperada del impacto. Con una risa demente, se apresuró a volar hacia ellos dispuesta a hacerlos pedazos. —Adiós, pequeña— se burló Bia haciéndole un gesto con sus huesudos dedos.
Pan apretó la mandíbula y estiró el puño hacia atrás, dispuesta a pelear aunque eso significara la muerte. Era una auténtica guerrera, igual que su abuelo.
—¡PAN!— gritó Goku entonces, cuando Baika se abalanzó sobre ellos y esa energía que era incapaz de ver golpeó el estómago de su nieta. Pudo oír su jadeo, pudo ver su sangre emergiendo de su boca por el poderoso impacto, y pudo verla volar por los aires, lejos de su vista.
Entonces lo sintió. Localizó una energía que se dirigió contra la boburriana e impactó contra ella a una velocidad de vértigo, lanzándola lejos, no matándola, pero sí concediéndoles unos segundos de más antes de que ella se recompusiera. El ki era de un color rosa letal, mágico, que reconoció al instante. Solo existía un ki de ese color debido a la mágica criatura de la que provenía.
Pan, terriblemente adolorida, notó cómo su cuerpo dejaba de dar vueltas en el aire y era detenido suavemente por una persona ajena a ella. Sintió que flotaba, pero ella no usaba ningún ki para hacerlo. Abrió los ojos lentamente y descubrió el oscuro color de piel del hombre que la mantenía en el cielo cogida en brazos. Su corazón palpitó con fuerza y por algún motivo desconocido, tuvo ganas de ponerse a llorar.
—Uub…— murmuró, y él la miró, muy serio.
—¿Estás bien? Lo siento, he llegado muy tarde.— Pan estaba tan emocionada, que lo único que pudo hacer fue un puchero. Se abrazó a su cuello como si la vida le fuera en ello y lo llamó por su nombre repetidas veces. Él no pudo evitar ruborizarse y palmearle la espalda débilmente, intentando consolarla.
Los dos aterrizaron suavemente al lado de Goku, frente a los boburrianos. Baika se restregó la boca con un puño, todavía enfurecida. Uub y Pan se agacharon frente al herido sin quitarles la vista de encima, por si se les ocurría volver a atacar.
—Os arrepentiréis de esto— les aseguró Baika. —Tarde o temprano os encontraremos y pagaréis caro lo que habéis hecho— insistió, andando lentamente hasta el cadáver de su hijo para abrazarlo y apretarlo contra su pecho.
Se acabó. La batalla había finalizado, pero no sería la última.
Uub colocó una mano sobre el pecho de su maestro, cuya piel empezaba a adquirir una tonalidad morada. Pan siguió abrazada a su cuello sin apartar la vista de esos asquerosos seres que habían destrozado al gran Son Goku. Se prometió a sí misma que los masacraría con sus propias manos en nombre de su abuelo.
Sin decir nada más, Uub se llevó dos dedos a la frente y los tres desaparecieron frente a la mirada oscura de los boburrianos.
—No será tan fácil como creía— dijo Bia al verlos esfumarse frente a sus ojos. —Pero obtener a la princesa lo compensará todo— luego, sin escuchar los llantos de Baika, Bia sonrió.
Bra dio un salto sobre su cama cuando sintió el tirón mental que la unía, inevitablemente, a los demás saiyans. La fuerza con la que su cerebro palpitó la hizo agitar la cabeza y marearse momentáneamente, pero eso no impidió que se levantara y corriera hacia la puerta de su cuarto, olvidando la reciente pelea con su padre y las órdenes de permanecer en su habitación hasta nueva orden.
Algo estaba pasando.
Cuando abrió la puerta vio a Trunks corriendo pasillo abajo y por un instante, sus miradas se cruzaron, compartiendo preocupación e incertidumbre. Sus labios se movieron vagamente antes de que ella lo siguiera hasta el jardín, donde Bulma no paraba de parlotear en torno a un tenso Vegeta. La mujer pensaba que su expresión agria era por el enfado que todavía contenía, pero lejos de eso, el aura del príncipe de los saiyans variaba entre lo enfermizo y lo agitado. Cuando vio aparecer a sus hijos, ni siquiera reparó en Bra, cosa que extrañó a la científica. Observó el ceño fruncido de cada uno antes de sacar conclusiones.
—¿Pasa algo malo?— entonces, sin decir nada, Vegeta dio un paso al frente y esperó.
En cuestión de un segundo, las figuras de Pan, Uub y Goku aparecieron flotando en el aire para, acto seguido, caer de manera torpe sobre la hierba del jardín. Bulma dio un grito por el susto.
—¿Qué demonios…? ¿Es que no podéis aparecer de un modo normal por aquí? No hace falta que me provoquéis un ataque al corazón cada vez que pensáis…— pero Bulma calló al acercarse y clavar la mirada en ellos. El sudor recorría la frente de Uub al igual que las lágrimas recorrían el rostro de Pan. La cara de Goku la desconcertó. El guerrero no parecía tener rasguño alguno, pero estaba ahí tumbado, con los ojos desorbitados y las pupilas dilatas, con la cara tan ruborizada que no era normal. Las venas se marcaban en su frente y su boca se mantenía abierta, intentando hablar. Nada salía de su boca salvo un gorjeo ininteligible.
En su frente, una diadema dorada palpitaba y le provocaba un dolor insufrible.
El shock dejó a Bulma en el sitio, pero la actuación fue rápida por parte de Vegeta. Se agachó frente a Goku, siendo observado por los patidifusos híbridos y analizado por el desesperado rostro de Uub y clavó la mirada en la diadema que llevaba en la frente sin aventurarse a tocarla siquiera.
—¿De dónde habéis sacado eso?— le preguntó a Pan y a Uub. Ninguno de ellos contestó, demasiado descolocados como para ello. Vegeta agarró a Pan por un hombro y la sacudió con fuerza, provocándole un serio dolor que logró despertarla de su trance. —¿De dónde ha salido esa diadema?—
—De…— murmuró Pan antes de sacudir la cabeza para mantener la entereza. Se limpió las lágrimas con un brazo al mirar la precaria situación en la que se encontraba su abuelo y miró a Vegeta con ojos serios. —Unos alienígenas han aparecido y hemos peleado contra ellos. No parecían tener ki, nuestros ataques apenas les afectaban y usaban un arma extraña que no podíamos detectar. Ellos le colocaron esa cosa a mi abuelo y lo envenenaron antes de que pudiéramos escapar—
—¿Lo envenenaron?— reaccionó Bulma por fin. Lo primero que se le vino a la cabeza fue la necesidad urgente de curar eso con un antídoto. Miró a Goku, que intentaba articular palabras sin éxito. Nada, ni siquiera aire salía de su boca y Bulma lo entendió entonces. No podía respirar. Había algo malo en sus pulmones. —¡Trunks, ve al laboratorio y tráeme la cápsula ciento dieciocho!— no hizo falta que se lo dijera dos veces. En menos de tres segundos el hijo de Vegeta apareció y se arrodilló frente al herido tras entregarle la cápsula a su madre.
—¿Qué es esto?— preguntó, alzando una mano para tocar la diadema mientras Bulma abría la cápsula y un maletín aparecía entre sus brazos. Cuando tocó la diadema una potente descarga hizo que apartara el brazo y lo alejara instintivamente. Goku se encogió de dolor.
—Lo sabía— murmuró Vegeta. —Es braummuro— su hijo lo miró sin entender, pero Bra, que observaba la escena tras ellos, lo entendía perfectamente sin que ninguno lo supiera. Era una diadema inhibidora, como la que Broly había llevado durante años. —Está bien, ninguno de vosotros puede tocar eso. Tú eres la reencarnación de Buu y tu poder no radica en el ki, si no en la magia, ¿verdad?— Uub asintió lentamente ante la pregunta de Vegeta, que empujó a Pan y a Trunks para alejarlos del herido. —Entonces solo tú puedes quitarle lo que lleva en la cabeza—
—¿Solo yo? ¿por qué…?—
—Porque esa cosa está hecha con algo que hace daño a los saiyans. No podemos tocarlo, sería como meter la mano en ácido. Tienes que quitárselo tú—
—Pero yo…— intentó negar él, sobrecogido. No podía imaginarse algo que hiriera a los saiyans sin que pudiera destruirlo a él mismo, un simple humano con algunas técnicas especiales.
—¡Uub, por favor!— le suplicó Pan entonces. Sus ojos negros se cruzaron y él supo, al verla lagrimear, que no podía consentir que su abuelo muriera, su propio maestro y mentor. Colocó las manos sobre las sienes de Goku y agarró la diadema dorada con cuidado, temiendo su tacto. Cuando la tocó y empezó a tirar hacia arriba, sintió su frialdad, pero nada más. Al intentar quitársela los ojos de Goku se volvieron blancos por un instante y él se detuvo, pero Vegeta le dio un alarido con una orden clara.
—¡No vaciles, quítasela!— y así lo hizo él. De un tirón, le arrancó la diadema y la sostuvo entre sus manos. Era muy pesada, más de lo que pensaba, y la apartó de sí al ver como Goku empezaba a boquear como un pez fuera del agua para, acto seguido, quedarse totalmente quieto con los ojos en blanco.
—Oh, no…— murmuró Trunks con la boca seca.
—¿Está… muerto?— musitó Pan. Su cara estaba desencajada por el horror y entonces, a sabiendas de que ella no podría hacer nada, Vegeta le dirigió a su hija una mirada profunda que ella captó a la perfección. Se acercó a Pan, la agarró por los hombros y la obligó a apartarse de su abuelo, abrazándola de forma protectora mientras Bulma terminaba de darle forma a la jeringuilla que pensaba usar, clavaba la aguja en un diminuto bote con un líquido amarillento y se la entregaba a Trunks.
Goku estaba totalmente inconsciente y por unos instantes su ki desapareció. Vegeta sabía que eso era lo que los humanos llamaban —parada cardiaca—. Ni respiraba ni tenía pulso, y su cara había adquirido un tono totalmente morado. El hecho de que ni siquiera se inmutara cuando Trunks le incrustó la jeringuilla en el pecho decía mucho de su estado por su pavor a las agujas. Lo hizo en pleno corazón y la mantuvo ahí hasta que el líquido terminó de adentrarse en su cuerpo.
Entonces hubo un momento de silencio, de agónica espera. Bra abrazó con fuerza a Pan, que no se movió en absoluto, demasiado impactada por la escena. Las manos de Uub temblaban, todavía aferradas a las sienes de su maestro. Los únicos que parecieron mantenerse fríos y calculadores fueron los Brief, pero cualquiera que los conociera bien sabría que estaban conteniendo el aliento. Pasaron veinte largos segundos y lo único que sintieron fue el ki de Goten, Gohan y Picolo dirigiéndose hacia allí a una velocidad vertiginosa, alterados por la repentina desaparición de la energía de Goku. No tardarían en llegar, y los demás también se habían puesto en marcha, incapaces de seguir el ritmo de los saiyans, dándose toda la prisa que podían.
—¿El antídoto no le afecta?— murmuró Bulma con voz pastosa, al borde de la histeria.
—Quitaos de en medio— ordenó Vegeta a su hijo y a Uub, que se apartaron al instante, pálidos. El príncipe de los saiyans observó detenidamente el rostro de su rival, el único que quedaba de su especie, su enemigo a batir, la meta que siempre había querido superar, el hombre que, en sí mismo, le había dado la oportunidad de vivir. Había vivido humillado, sí, pero había vivido y, de una manera o de otra, agraviado o no, nunca hubiera podido imaginarse una vida mejor.
Su rival y algo parecido a su amigo.
Con todas sus fuerzas, Vegeta estrelló su puño en el pecho de Goku y el cuerpo de este se dobló. De su boca salió un alarido y una lluvia de saliva, sangre y una sustancia oscura que humeó nada más caer sobre el suelo del césped. Las pupilas de Goku dieron vueltas con gran desorientación antes de caer nuevamente sobre el césped, respirando con agitación, pero respirando al fin y al cabo.
—Oh… por Kami…— murmuró, agotado. Su cabeza parecía a punto de estallar y el resto del cuerpo le temblaba de forma descontrolada, tan adolorido como si hubiera recibido la paliza de su vida.
—¡Abuelo!— gritó Pan, llorando a lágrima viva. Bra dejó escapar un suspiro de alivio y dejó que corriera hasta él, agachándose a su lado para abrazarse a su cuello. —¡Abuelo, abuelito!— Goku, por toda respuesta, le golpeó la espalda con una débil mano.
—No me abraces tan fuerte, cariño. El abuelito está enfermo… muy enfermo…— dijo, trabándose con su propia lengua con la cabeza dándole vueltas sin parar.
—¡PAPÁ!— los gritos de Gohan y Goten no se hicieron esperar. Ambos volaban hacia él a toda velocidad, pero no fueron ellos los que llegaron antes. Una figura voladora montada sobre una nube amarilla los adelantó a gran velocidad.
—¡CARIÑO!— por un momento Goku pensó que estaba teniendo ilusiones al ver a Chichí, su propia mujer, montada sobre la nube Kinton totalmente sola, volando hacia él a una velocidad de vértigo con el rostro descompuesto por la histeria, pero no. No eran ilusiones. Chichí saltó al suelo en cuanto la nube se detuvo y corrió como una loca hasta donde él estaba. —¡Amor mío!— chilló antes de echarse sobre él sin ninguna delicadeza abrazándolo como si no hubiera mañana.
—Pero Chichí, ¿cómo…?— empezó a preguntar él.
—¡Te dijimos que esperaras en casa, mamá!— le recriminó Gohan en cuanto llegó a suelo firme.
—Pero, ¿cómo os atrevéis? ¿Qué clase de hijos dejan sola a su madre después de decirle que su marido está en grave peligro? ¡Por supuesto que no iba a esperar!—
—Pero, ¿cómo te has montado en la nube Kinton, mamá?— preguntó Goten, perplejo.
—¡El amor lo puede todo!— gritó antes de volver a abrazar a su marido con todas sus fuerzas, soltando grandes lágrimas.
—Joder…— soltó Vegeta. La situación se había vuelto demasiado molesta.
Goku no tardó en colmarse de atenciones por todas partes y Vegeta observó con cierto reproche y desprecio a todos los que, poco a poco, empezaron a ocupar la Corporación Cápsula alertados por lo sucedido. Podía soportar a Picolo y a TenShinHan porque se limitaron a acercarse a Goku para comprobar que estaba bien para, acto seguido, cruzarse de brazos y mantenerse callados igual que él. Silenciosos, discretos, sin molestar. Le caían bien. Cuando llegó Videl todavía, porque ni siquiera la conocía, pero cuando Krilín, A-18, Marron, Chaos, Yamcha e incluso Oolong y el Maestro Roshi llegaron, Vegeta empezó a ponerse de muy mal humor.
Solo faltaba su hijo del futuro para estar completos.
—¡Ya está bien!— dijo Bulma, apartando a todos cuanto pudo a base de gritos para dejar a Goku tranquilo sobre el suelo, suspirando, incapaz de reconocer que empezaban a agobiarlo cuando ni siquiera podía levantarse. —Goku necesita reposar y yo necesito analizarlo detenidamente. Ha estado a punto de morir y deberá estar en el laboratorio hasta que sepamos lo que ha pasado—
—¡Yo no pienso dejar a mi Goku aquí solo!— chilló Chichí al borde de la histeria.
—Está bien. Supongo que los guerreros necesitan hablar sobre esto detenidamente, ¡pero no me molestéis mientras investigo!—
Bra observó la situación apartada de los demás, ocultando su ki de manera instintiva. No estaba de humor para hablar con nadie y esperó pacientemente a que todos sus invitados se adentraran en la Corporación Cápsula para, a escondidas, acercarse a la diadema inhibidora que no había perdido de vista desde que Uub la soltó sobre la hierba. Vigilando que nadie la observara, se acercó a la diadema. Era del mismo tono dorado que los brazaletes de Broly. Se agachó sobre ella y extendió una mano para tocarla pero en el último momento la retiró, nerviosa al pensar en el calambrazo que se había llevado cuando tocó por accidente el braummuro de Broly. Recordó, también, la expresión de Goku mientras la llevaba puesta cargada de infinito dolor y decidió utilizar los guantes blancos de goma de su padre. Se los puso, y con las manos bien cubiertas, agarró la diadema. Fue como coger un hierro ardiendo y se vio obligada a soltarla sobre su propia camiseta para cubrirla con ella. Cuando se quitó los guantes, las palmas de sus manos tenían serias quemaduras que humeaban sin parar.
—Bra— la mencionada se sobresaltó, pero cuando se giró y vio a Pan observándola a unos pocos metros, se relajó. —¿Vienes?—
—Sí, ahora mismo— aseguró ella, envolviendo la diadema en el bajo de su camiseta para que nadie la viera y manteniéndola alejada de su piel en todo momento. La expresión de Pan era de pura desolación cuando Bra caminó hasta ella y pasó por su lado para adentrarse en la casa. Por un instante Pan pensó en contarle a su amiga que esos alienígenas habían venido a por ella, pero pensó que no era el momento más oportuno después de haber visto a su abuelo casi morir por la despiadada lucha. Si alguien debía decírselo, mejor que fueran ellos, alguien que supiera calmarla.
—Estate alerta, Bra— la muchacha juntó sus manos y las apretó antes de crujir sus propios nudillos y atravesarla con la mirada, muy segura de sí misma. No le había dado tiempo a pensarlo demasiado, pero no era tonta. —Creo que sería mejor que estuvieras cerca de ya sabes quién. Si mi abuelo no ha podido con esos seres, no sé si tu padre podrá, pero lo más seguro es que después de mi abuelo él sea el único capaz de hacerles frente, ya sabes a quién me refiero— Bra se acarició un brazo desnudo con una mano, dudosa y alterada.
—Pues estoy en un gran problema, porque mientras mi padre me tenga castigada no podré ir a verle, ni tampoco entrenar con él— Pan se llevó una mano a la barbilla, pensativa. Se preguntó a qué se debía semejante castigo, pero su mente ya empezaba a indagar por otros derroteros cuando oyó la voz de su padre desde el interior de la corporación.
—Vayamos poco a poco. Hoy han pasado demasiadas cosas—
Las dos amigas se adentraron en el interior de la corporación con la cabeza llena de ideas, especialmente Bra. En los bajos de su camiseta, la diadema parecía palpitar como si tuviera vida propia. Pan tenía razón al decirle que tenía que estar cerca de Broly, pero no solo porque seguramente era el más fuerte después de Goku, si no porque él ya había llevado puesta una diadema inhibidora. Bra tenía una corazonada. Si esos seres utilizaban braummuro contra los saiyans, quizás Broly supiera algo sobre ellos.
Bra se equivocaba. Broly no sabía algo. Broly lo sabía todo. Tal vez, demasiado.
