N.A: Final del capítulo.
CAPÍTULO REEDITADO.
Capítulo 19
Los héroes de Ciudad Satán
Día 195.
Trunk entró en el cuarto de baño justo después de que los guardias, "amablemente", acompañaran a los peces gordos hacia el exterior después de una importante reunión en la que, debía admitir, no había sido el colmo de la cortesía. Una vez solo en el baño pensó en sus obligaciones, en el marcado estrés de las últimas semanas tras la desaparición de su padre y de su hermana, y posteriormente de su madre, que no había vuelto a casa desde que se fue en busca de su Vegeta. Trunks sabía que estaba bien porque podía notar su ki junto al de su padre muy a menudo. Buena señal con un claro significado: se habían reconciliado y estaban viviendo una especie de Luna de Miel previa a la boda, un momento no muy propicio para hacerlo teniendo en cuenta que Goku seguía en unas condiciones pésimas, y de seguir así, no podría luchar contra los boburrianos, o al menos no en óptimas condiciones. Eso solo significaba una cosa. El guerrero más poderoso ahora era Vegeta. Y por lo tanto, gran parte de lo que sucediera con los boburrianos dependía de él. A Trunks se le ponían los pelos de punta de solo pensarlo y una pregunta que había empezado a rondar en su cabeza desde hacía semanas volvió a aparecer.
¿Qué haría Mirai Trunks?
De alguna manera preguntárselo se había convertido en su obsesión. Había oído hablar tanto de él, y tan bien... y sabía perfectamente que su personalidad no coincidía en absoluto con la de él. Solo lo había visto dos veces, una cuando era un bebé tan pequeño que ni siquiera lo recordaba, y otra con diez años aproximadamente. Llegó de visita y pasó una corta temporada con ellos. Pudo ver al Héroe, con mayúsculas, frente a él, hablando y sonriendo, saludando cándidamente a pesar de todo por lo que había pasado en el futuro. Le acariciaba la cabeza muy a menudo y él siempre se revolvía arrogantemente. Un comportamiento inmaduro y egoísta, pero plenamente justificado. Mirai Trunks era tan diferente a él, que no podía creer que fueran la misma persona. Había dejado un hueco en las expectativas de sus padres demasiado grande y Trunks se retorcía por ello. Era muy consciente de las diferencias que había. Él nunca podría alcanzar al Héroe.
Como mucho, podría alcanzar al Homicida.
Salió del cuarto de baño para volver a encargarse de las tareas de su madre en su ausencia, pero en cuanto abrió la puerta, una sorpresa precipitada hizo que se sobresaltara y diera un salto hacia atrás.
—¡SORPRESA!— gritaron los empleados de la corporación más apegados a él, los ayudantes de su madre, los guardaespaldas, las secretarias e incluso las limpiadoras. En cuestión de segundos el despacho había sido decorado con carteles alegres, globos de colores y con grandes fuentes de comida en la mesa presidencial. Marron, frente a él, con una gran sonrisa en la cara, le miró con inocencia mal disimulada. —¡FELIZ CUMPLEAÑOS, JEFE!— volvieron a gritar. Trunks no supo qué decir. Debía confesar que estaba tentado de dar media vuelta y encerrarse en el baño nuevamente para no salir hasta que la fiesta hubiera acabado, pero con Marron frente a él regalándole una de las sonrisas más bellas que le había visto nunca, no se atrevió a dar media vuelta.
Era cierto, era su cumpleaños. Su cumpleaños número treinta, en realidad.
—Oh...— fue lo único que pudo decir, ruborizado frente a tanta gente que, aunque conocía bastante bien en un ambiente tan familiar como era la corporación, solo conseguían tensarle. Pero Marron estaba allí, y estaba seguro de que todo lo había organizado ella. Solo su amiga de la infancia podía ser tan detallista. —Qué... qué sorpresa— murmuró. Cuando ella se le acercó y le abrazó, toda alegría, felicitándole y dándole las gracias por nacer, Trunks no consiguió relajarse, pero sí perder la noción del tiempo y el espacio. Mirai Trunks era un Héroe con mayúscula, sí, pero no tenía ni a Marron ni a Goten, y mientras ellos estuvieran allí, Trunks podía darse por satisfecho.
Dentro del cuarto de baño, el móvil personal del futuro heredero de la empresa no paraba de sonar.
[...]
—Así que la mejor forma de herir a un boburriano es atacándole a los ojos— comentó Bra, curiosa, con el agua cayendo suavemente sobre su cuerpo desnudo. Apoyada contra las rocas sobre las que caía el agua de la pequeña cascada que formaba el lago y el propio paraíso personal de Broly, Bra se mantenía concentrada y cabizbaja, con el pelo empapado cayendo en cascada sobre su cara, encogida y desnuda mientras se libraba de las impurezas del entrenamiento diario, del sudor e incluso de la sangre.
Junto a ella, zarandeándose de un lado para otro y casi acariciándole la mejilla en el proceso, la cola de Broly se balanceaba. De espaldas, el guerrero legendario dejaba que el agua cayera sobre sus hombros y el cuerpo desnudo sin un ápice de temor al frío de la mañana primaveral. Sin un ápice de pudor tampoco.
—No lo has entendido— le replicó. —Si le atacas a los ojos empezaran a dar palos de ciego y lo destruirán todo. Será mucho peor porque no podrás predecir sus ataques telekinéticos. Hiéreles los ojos solo para escapar. Si no puedes escapar procura agarrarlos por el cuello acercándote por la espalda y rompérselo, sin dudar, como te he enseñado— Broly se llevó una mano a su propio cuello y estiró levemente de él. Crujió.
Habían estado practicando más de tres días cómo romper un cuello, ya fuera a un boburriano o a cualquier otro. ¡Con lo fácil que era! Pero a Bra le había costado horrores aprender. Primero habían practicado con animales, y más de una vez se le había agotado la paciencia porque Bra era incapaz de atacar a un ciervo. Había tenido que encontrar a un tigre y traérselo vivo para que se atreviera a hacer algo, y el pobre animal había acabado con el cuello dislocado y no roto por la escasa voluntad de su alumna. Podía comer toda la carne que quisiera y ponerse cientos de pieles, pero era incapaz de atacar por sí misma a un animal. Se ponía pálida cuando él los abría y los destripaba con sus propias manos para prepararlos para la comida, y Broly empezó a irritarse al darse cuenta de que, aunque tenía un fuerte instinto de lucha, no tenía ninguna clase de instinto para matar.
Tras muchos intentos dislocando cuellos animales y siendo él el que se veía obligado a rematarlos para evitarles sufrimientos (y ya de paso, prepararlos para la cena), incluso Broly se ofreció voluntario para practicar, confiando en que no tuviera tanto reparo. Así había sido, no lo había tenido. Broly le dijo que parara, pero ella no lo hizo hasta que oyó un crujido. Esa noche había tenido un dolor de cuello tan agudo, que ella había tenido que encargarse de todo lo demás.
Y con todo lo demás se refería al apareamiento.
Según Bra, era como estar en una Luna de Miel, aunque Broly no sabía lo que eso significaba. En las últimas dos semanas después de esa primera vez precipitada para ella, y también bruta, no había habido día en el que sus instintos no se hubieran desbocado... varias veces. Había sido un poco difícil al principio por varios motivos, y Broly se había visto obligado a reprimirse otra vez durante unos días. Que Bra ya no fuera virgen no significaba que se hubiera acostumbrado a los locos vaivenes a los que la sometía cuando se excitaba demasiado, y eso unido al hecho de la falta de protección habían puesto a su alumna alerta. Durante los primeros días había tenido que hacer acopio de fuerza de voluntad para no pasarse, y más todavía para terminar fuera de ella en algo que Bra llamaba —dar marcha atrás—. Había destruido planetas y peleado con cientos de enemigos, tanto en la vida como en la muerte, pero nunca le había costado tanto hacer algo como —dar marcha atrás—. Todavía le dolía la cola por cómo Bra había tirado de ella cuando desobedeció sus órdenes y no —dio marcha atrás—. Lo había echado de casa lanzándole un cuchillo. Cuando volvió un poco más tarde con la cola entre las piernas y una gran presa de oso pardo como disculpa, Bra le castigó sin ver Brocolín, aunque pudo ver Digiman y Los Grandes Campeones, series a las que se había enganchado hacía relativamente poco.
Al día siguiente, Broly despertó solo. Sabía que Bra estaba a salvo porque podía sentir su ki en la ciudad, mezclado con el de los demás humanos, lejano al de su familia, pero no pudo evitar sentirse intranquilo al despertarse sin ella al lado y con los boburrianos dando vueltas por algún lugar desconocido. Esperó mientras desayunaba abundantemente y, cuando se disponía a ir a buscarla, preocupado por la tardanza, ella llegó. Había comprado algo a lo que los humanos llamaban preservativos o condones, y se los dio. Antes de que Bra le dijera cómo usarlos, él ya se había comido dos de ellos. Tenían sabor a plátano, y cuando supo para qué se usaban, pensó en la poca utilidad de que supieran a algo cuando se usaban durante la cópula.
Ponérselos había sido divertido y excitante. Bra le había ayudado y todo aquello había desembocado en una —pelea oral— muy placentera para ambos. Fue una lástima que al llegar a la hora de la verdad, el llamado preservativo no aguantara ni un round. Bra volvió a echarle de casa por ser tan bruto, y Broly también se enfadó porque no la había oído quejarse por ello.
Debía reconocer que a pesar de la dislocación de su cuello estaba feliz. A veces Bra le gritaba y él también lo hacía, sobre todo por la ordenación de la pequeña casa, que él siempre solía dejar hecha unos zorros. Según Bra, no tenía sentido del orden y era un cerdo, sobre todo si despedazaba la carne recién cazada en la cocina, o frente a la casa. Ella vomitaba si veía porciones de tripas por el suelo y se veía obligado a recogerlas para dárselas de comer a los lobos, que posteriormente cazaba otra vez. Los animales del bosque le tenían pavor, pero curiosamente se le acercaban a pesar de ello, como si fuera uno más.
Él gritaba cuando Bra se burlaba de sus series y se metía con Brocolín, y ella le respondía y, a veces, acababa pisándole la cola. Casi estaba acostumbrado a que lo hiciera. También se pelearon cuando Pan vino a verla y a traerle un par de cosas y Bra lo pilló jugando con ella en el lago, siempre y cuando el término jugar equiparara a ahogar, sujetándola por las piernas y hundiendo su cabeza en el agua. Bra casi se la arrancó entonces, y no solo por intentar ahogar a su mejor amiga, sino por reclamarla como su hembra y dejar claro en una muestra de cariño totalmente innecesaria que habían tenido sexo repetidas veces.
El momento de la verdad llegó poco después, cuando los nervios se apoderaron de los dos al llegar el día que tocaba y a Bra no le tocó. El temor empezó a hacer eco en sus mentes a pesar de las pastillas que la chica había empezado a tomar como precaución. Fueron dos días horribles en los que no habían entrenado absolutamente nada. Días que habían pasado en la cama o en la hierba sin parar de hablar, pegados y simplemente mirando el cielo, sin necesidad de contacto sexual, solo tocándose o agarrándose para tener claro que el otro estaba allí. Nunca habían estado así, no desde que Broly le reveló parte de su pasado como Sujeto 813. No se pelearon ni una vez en esos dos días a pesar de las tensas circunstancias, y no mencionaron su temor respecto al tema, ni lo que ocurriría de ser la respuesta positiva. Se limitaron a esperar.
A Bra se le saltaron las lágrimas de alivio cuando, tres días después, se despertó con Broly mirándola fijamente sentado en el suelo, con la cabeza sobre sus brazos apoyados en el colchón y con la cola sacudiéndose de un lado para otro, sonriendo y juraría que hasta ronroneando. Las sábanas estaban manchadas de sangre, lo que en otra ocasión habría hecho que Bra se avergonzara, pero en esa solo fue capaz de dar gracias y suspirar con el corazón a cien. Todavía le duraba, pero a pesar de que estaba siendo un periodo más largo de lo normal, no podía evitar sentirse bien por una vez.
Y allí estaban, conviviendo, compartiéndolo todo, viviendo una pequeña Luna de Miel cuando deberían estar matándose el uno al otro, cuando Broly debería ir en contra de la familia de ella, y pronto.
Broly todavía no había actuado en contra de Kakarotto y era muy consciente del por qué. En su fuero interno no quería que todo acabara tan pronto, tan precipitadamente, pero además de eso se sentía desmotivado. Goku no podía pelear en condiciones, lo sabía. Podía sentirlo claramente desde allí intentando alcanzar un nivel de poder que ni de lejos llegaba al suyo. En esos momentos Vegeta era muchísimo más poderoso que él, pero también le faltaba algo de poder para estar a su altura. Ninguno de los Guerreros Z, ni siquiera Gohan, ni juntos ni por separado, eran rivales para él, y eso le hacía desear esperar un poco más, por lo menos para tener una pelea épica que recordara durante el resto de su vida.
Tenía que recordarla como algo legendario, porque lo que perdería a cambio de esa batalla sería grande. Sería Bra y todo lo que eso implicaba.
A pesar de todo lo que habían vivido en esa última semana, Bra no estaba tan contenta como él, y Broly lo notaba. Estaba fallando en el entrenamiento y su torpeza con lo demás lo sorprendía. Nunca había sido tan despistada y no solía perdonarle ciertos comentarios, pero poco a poco lo hacía. Solo parecía feliz y verdaderamente entregada cuando estaban juntos de esa manera, y también poco antes de dormir entre sus brazos, abrazada por su cola, cuando lo acariciaba y él la acariciaba a ella como nunca le habían enseñado, como solo había aprendido a hacer de ella. Solo entonces, cuando hablaban a oscuras, parecía verdaderamente feliz.
Broly sabía bien lo que ocurría, pero se esforzaba por ignorarlo egoístamente todos los días. La verdad era clara para él, y daba igual cuánto se esforzara... sería la misma. Y dolía.
—Últimamente tu entrenamiento es horrible— comentó, esquivando adrede su expresión sumisa y destrozada. —Ni siquiera en el volcán transformada en súper saiyajin estás muy motivada. Sigues copiando mis técnicas, pero ni las mejoras ni aprendes nuevas, y eso es como dar un paso atrás. No querrás que me ponga serio contigo, ¿verdad?— dijo, apartándose el pelo de la cara y sacudiéndolo levemente sin un atisbo de broma. Por muy pareja que fueran el entrenamiento era entrenamiento, y no había nadie tan duro como él. Bra emitió un leve quejido cuando la salpicó, pero no gritó ni intentó tirarle de la cola para jugar en el lago como solían hacer últimamente.
—No estoy de humor, Broly.
—No. Estás de humor para lamentarte— le recriminó él. Obviamente la estaba picando para que le respondiera agresivamente, y así iniciar una disputa verbal que acabaría de alguna retorcida manera, pero esta vez Bra no le siguió el juego.
—Hoy es el cumpleaños de mi hermano— dijo, seria, triste, decaída. Su estómago parecía devorarse a sí mismo debido a los remordimientos y a la preocupación. Su garganta ocultaba un nudo desde hacía días, y en su pecho se instalaba un agujero sin fondo que se tragaba toda su alegría y optimismo por estar con la persona que quería—He estado llamando a Trunks durante toda la mañana, pero no ha respondido al móvil. Probablemente está en una reunión, en una fiesta o algo así... o quizás me odia y no quiere responderme— Broly arrugó la cara. Sabía dónde iba a acabar el tema, y no le gustaba nada. —Ayer conseguí hablar con mi madre, por la noche, y se puso a llorar de alegría y me ordenó que fuera a casa. Mi padre estaba con ella. Se han reconciliado, pero él no quiso hablar conmigo. Me odia, tiene que hacerlo por fuerza...
—¿Y qué?— fue su brusca respuesta. —Fue él el que te golpeó.
—Tú no lo entiendes, Broly. Estoy muy bien contigo, adoro tenerte al lado y dormir contigo, y pelearme contigo, y entrenar contigo, y hablar contigo y todo lo que tenga que ver contigo... pero echo de menos a mi familia. ¡Llevamos un mes separados y no sabes cuánto los echo de menos!— él detectó la desesperación de su voz, sus ansias por irse lejos de allí para ir junto a la familia que lo repudiaría a él y que lo haría con ella en cuanto supiera lo que estaba haciendo, lo que habían hecho ya.
Y a pesar de todo lo que le había hecho su padre y de lo que le harían en cuanto se supiera todo, ella no podía evitar amarles... mucho más de lo que ya le amaba a él.
—¿Quieres ir con ellos?— se atrevió a preguntar. Su cola, caída y restregándose insistentemente contra su propio tobillo. De reojo observó la melena azul y mojada de su alumna dándole la espalda. Ella no dijo nada y eso lo decía todo—. Pues ve con ellos. Nadie te lo impide —Bra se giró de manera inmediata para comprobar su rostro, buscando un gesto que le indicara cómo de molesto le parecía el tema a tratar. Por supuesto, aunque se pusiera caprichoso y le negara la posibilidad de ir con su familia, Bra haría lo que deseara, y Broly lo sabía. Forzó una sonrisa tranquila al volverse hacia ella y al agacharse para estar a su altura sobre las rocas, introduciéndose en el agua despreocupadamente para colocarse a su lado—. La familia es importante. Ve a ver a tu hermano, a tu madre y a tu padre.
Bra se agitó en el agua para colocarse frente a él, incrédula.
—¿De verdad? ¿No te pondrás caprichoso ni intentarás detenerme si me voy?— Broly se encogió de hombros.
—Claro que no. ¿Por qué debería importarme? Si Vegeta intenta darte una paliza otra vez, o si tu hermano te repudia, es problema tuyo, no mío— los ojos de Bra se desorbitaron ante semejante respuesta. La sonrisa de Broly se ensanchó cuando captó el temor en el rostro desencajado de ella. Estiró un brazo hasta su cabeza azulada y tiró de ella hacia delante, hasta que sus manos se posaron sobre su duro pecho y sus bocas se acercaron hasta que el aliento de ambos entrechocó. —No creo que Vegeta se olvide tan fácilmente de que lo dejaras en evidencia delante de su hembra y tu hermano. Tú misma lo dijiste, le has destrozado la vida. Tampoco creo que a tu hermano le haga mucha gracia, al fin y al cabo, comparten orgullo. De todas formas ve. Tal vez me equivoco y te reciben con los brazos abiertos, pero si no es así siempre puedes volver aquí. Yo estaré contigo, e incluso te consolaré si tanto lo quieres... así que ve a por ellos. Ya sabes... pronto estarán muertos.
Bra sintió su cola enredándose en su cintura para aumentar la cercanía, y ella la permitió más espantada que atraída. Los ojos de Broly brillaban y su sonrisa se ensanchaba en una mueca cargada de amenaza implícita. La joven entendió la referencia y su cuerpo se endureció de golpe.
—A veces eres un completo cerdo, ¿lo sabías?— le recriminó, y quiso separarse de él. Se soltó, los brazos de Broly extendiéndose sobre las rocas donde reposaba su espalda y su cabeza cayendo sobre ellas en una actitud claramente despreocupada. Su cola, sin embargo, firmemente atada a la cintura de ella.
—A veces me sorprende la facilidad con la que te olvidas de que soy un maldito sádico. Que te trate bien, que juegue contigo, que comparta mi vida contigo y que te haga cosas que nunca haría con nadie más no significa que haya dejado de serlo. —Bra lo miró de manera fulminante. Si durante su estancia allí había algo que la joven no había tolerado bajo ningún concepto, era el tema de su familia.
Todo era fantástico hasta que el tema de su familia salía a colación. Entonces se peleaban irremediablemente, y los dos lo sabían, así que procuraban evitarlo. Esta vez, Bra no quiso hacerlo.
Se separó de él dando un fuerte tirón de su cola que solo consiguió captar la totalidad de su atención. Su ceño fruncido en una expresión decidida le dejó claro lo que pensaba hacer: se largaba. Iba a ver a su familia, iba a felicitar a su hermano, a buscar a su madre para abrazarla y a disculparse por su horrible comportamiento, y también pensaba hablar con su padre. Aunque su orgullo se resintiera, era más lo que temía perder de él. Nunca había tenido tantas ganas de abrazar a Vegeta, se pusiera como se pusiera, y si él la rechazaba... no sabía lo que haría. Con solo pensarlo le daban ganas de llorar.
—Me voy con mi familia— declaró, decidida. Broly clavó los ojos en el agua. Una inquietud creciente se instaló en su tripa al pensar que ella podía no volver, irse para siempre con su familia y no volver a aparecer por allí.
No volverían a verse hasta que llegara el momento de la verdad.
—Puedo esperar— le hizo saber, sin más, encogiéndose sobre el agua que, por un momento, le pareció más helada de lo normal. Bra detuvo su vaivén hacia la orilla, pero no le mostró más que su espalda y parte de su rostro descompuesto por el enfado. —Llevo esperando toda mi vida para la venganza y puedo esperar un poco más—
—Lo ideal sería que nunca lo hicieras, pero ya que has decidido ser paciente, supongo que es de agradecer— contestó con infinita frialdad.
Bra nadó hasta la orilla sin mirar atrás, despacio. Conocía sus limitaciones y sabía que si lo miraba le costaría demasiado irse de allí, aunque no por ello deseara con menos fervor ver a su familia. Salió del agua y caminó hasta la casa, donde se colocó unos simples pero ajustados vaqueros, un top y un par de botas que apenas había usado para entrenar. Salió de allí recogiéndose el pelo en una coleta alta y maquillándose lo justo y necesario para tapar las heridas superficiales y algunas quemaduras provocadas por la cercanía con el volcán. Luego abrió la puerta y dio, directamente, con el duro pecho de Broly. Acababa de salir del agua y la miró en silencio.
—¿Estás enfadado?— le preguntó ella sin el más mínimo temor por la posibilidad de que así fuera. Él negó y se apartó de la puerta para que pudiera pasar. Bra anduvo por la hierba y alzó el vuelo, pero antes de que pudiera elevarse fuera de su alcance, Broly estiró un brazo y la agarró por el tobillo. Se volvió y pudo captar el temor en su rostro, sus ojos brillantes reprimiendo palabras que no pensaba decir, pero como siempre sus acciones decían más de lo que él quería mostrar.
—Volveré por la noche, Broly. Solo quiero verles.
—¿Volverás aunque te reconcilies con ellos?— Bra ladeó la cabeza, no muy segura de ello. Si todos volvían a casa y había una reconciliación recíproca, dudaba que su madre la dejara ir sin saber a dónde iba y con quién. Era más, dudaba que ella deseara alejarse de su familia después de estar tanto tiempo separados, pero de no hacerlo sabía que acabaría echando de menos a Broly, y todo volvería a empezar.
Su corazón estaba partido por la mitad, entre su familia y el guerrero desterrado.
—Volveré, lo prometo— aseguró. Su mente ya indagaba cómo lo haría según fuera surgiera la ocasión, pero Broly no le dejó indagar de más en ello. Tiró de su tobillo hacia abajo y Bra acabó sobre el suelo con su gran cuerpo encima, con su boca tapando la suya y con su lengua impidiéndole el habla. Bra sabía lo que venía ahora, y aunque podría evitarlo si quisiera, se dijo a sí misma que todavía quedaba tiempo de sobra. Pasó los brazos por su amplia espalda y empujó su nuca hacia abajo, insistiendo y profundizando en el beso— Tengo la sangre —le recordó en cuanto sus labios se separaron mínimamente. La boca de Broly se cernió sobre su clavícula y ascendió hasta su oído. Bra tembló con un escalofrío cuando el viento azotó la zona humedecida por la saliva.
—No me importa mancharme con tu sangre.
Bra apretó los labios y se preguntó cómo era posible que algo tan obsceno pudiera sonar así saliendo de su boca. Con una muda afirmación, levantó las caderas y se restregó descaradamente contra su cuerpo desnudo, dando pleno permiso para continuar.
Todavía era temprano, se decía.
Bra estaba muy equivocada. Ya era tarde, muy tarde.
[...]
—Tío Goten— Pan no podía parar de agitar las piernas mientras veía la ilusión de su tío pintada en la cara en esa pequeña tienda del centro de Ciudad Satán. Lo miró fijamente durante largos segundos antes de volver a hablar—. Puede que intentes ocultarlo saliendo con todas esas chicas, pero en el fondo eres un auténtico mariconazo.
—¡¿Qué?!— gritó él con las mejillas ruborizadas. Pan le arrebató entonces el llavero que llevaba en la mano, el que estaba a punto de ser envuelto en papel de regalo y se lo mostró. Una foto de Trunks y él de pequeños adornaba el interior del llavero. Ambos tenían cara de diablillos traviesos, nada más cerca de la realidad.
—¿En serio le vas a regalar algo de esto a Trunks para su cumpleaños? ¿No te parece raro y cutre? Es horrible— Pan lo lanzó por los aires sin el más mínimo cuidado y su tío lo cogió en el aire justo antes de que cayera al suelo. Soltó un suspiro de alivio al tenerlo entre sus manos.
—¿Qué otra cosa me aconsejarías tú? Siendo multimillonario no puedo comprarle cualquier cosa. Tiene que tener una carga sentimental, y llevarnos a los dos en las llaves de su casa es muy…
—Muy gay— terminó Pan.
—¡No es gay!— gritó él, avergonzado e indignado—. Pero no se me ocurre otra cosa.
Su tío dejó caer la cabeza sobre la mesa del recibidor de aquella tienda de fotografías, decaído y sintiéndose de lo más estúpido. La chica que trabajaba allí y que los atendía soltó una risita. Su pelo teñido de rubio se sacudió ante la escena. Peach se inclinó sobre la mesa y golpeó el hombro de su cliente. La amiga de Bra nunca diría que los clientes que estaba atendiendo eran amigos de su amiga por su aspecto común y casi desaliñado.
—A mí me parece un bonito detalle— declaró, y Goten alzó la cabeza, apoyó la mano en el mostrador y le lanzó una mirada orgullosa.
—¿Veeeeeees?
—¡Cállate y cómpralo de una vez!
Fuera de la tienda, observándolo todo con expresión de circunstancia, cubierto por gafas de sol y con su gruesa capa blanca tapándole brazos y parte de la cara, estaba Picolo. La gente que pasaba por su lado lo observaba antes de acelerar el ritmo, y bajo las gafas de sol, el namekiano empezó a mostrar un intenso rubor sobre su piel verde. ¿Por qué siempre le tocaba hacer de niñera a él? No había tenido suficiente con Gohan, Goten y Trunks, sino que encima también tenía que hacer de niñera de la hija de su antiguo alumno. Picolo se recriminó a sí mismo ser incapaz de darle un no definitivo al hombre que había sido su ahijado durante tantos años. Gohan era demasiado buena persona, además de su punto débil tras, prácticamente, criarlo en lugar de su padre. Le costaba trabajo negarle un favor, y cuidar de Pan en Ciudad Satán mientras compraba el regalo de cumpleaños de Trunks era uno de esos favores.
Era normal que Gohan quisiera que su hija estuviera bien protegida con la amenaza de los boburrianos continuamente presente, pero tampoco podía dejar que el espíritu libre y alegre de su hija quedara asfixiado entre las paredes de la Corporación. Recurrir a Picolo por si acaso el cabeza loca de su hermano pequeño no era suficiente había sido determinante. El namekiano apretó los colmillos recordando cómo había posado una mano sobre su hombro para pedirle el favor. Picolo gruñó e intentó relajarse. Al fin y al cabo, hacía ya más de un mes desde la aparición de los boburrianos y seguían sin dar señales de vida. Dudaba que les dieran problemas precisamente en ese momento de debilidad, mientras Goten y Pan buscaban el regalo de cumpleaños del hijo de Vegeta, con este último desaparecido junto a su hija, con Goku todavía débil.
No podían aparecer precisamente ahora. Claro que no.
Las risas nerviosas de Goten en el interior se apagaron junto a los reproches de Pan cuando un potente estruendo lejano llegó hasta sus oídos y el suelo empezó a temblar, desestabilizándolos un poco. Peach, tras el recibidor, soltó un grito de exaltación y cayó al suelo de culo, temblorosa e indignada.
—¿Qué demonios...?— exclamó. Los clientes de la tienda en la que trabajaba salieron corriendo hacia el exterior, incluidos Goten y Pan. Ambos dirigieron la vista hacia la gran cantidad de humo que ocultaba el cielo de ese día soleado. Una muchedumbre de personas espantadas corrían hacia allí, alejándose del origen de la explosión, sin importar a quién atropellaran o se llevaran por delante. Saltaban por encima de los coches y gritaban, enloquecidos.
Pan, sorprendida y emocionada, hizo amago de ir hacia allí alzando el vuelo, pero su tío la agarró del brazo mientras se alzaba de igual manera. Picolo, junto a ellos, alejándose de los humanos que amenazaban con pisarle la capa y atropellarlo, voló y se quitó las gafas de sol, aplastándola entre sus dedos.
—Tenemos que ir a ver— dijo Pan intentando soltarse del firme agarre de su tío sin éxito. —¡Tío Goten!
—No, Pan. Tú no vas a ningún sitio— le recriminó él. Su expresión calmada y amable había desaparecido para dar lugar a una de completa seriedad, sin admitir el más mínimo reproche.
—Pero los humanos necesitan nuestra ayuda y el abuelo no puede luchar por nosotros, no ahora. ¡Tenemos que...!
—¡Calla, niña!— gritó Picolo entonces, y Pan guardó silencio de inmediato. La cabeza del namekiano se alzó para vislumbrar una impactante imagen captada por el sonido que los jet del ejército aéreo hacían al cortar el aire. Las naves pasaron por encima de sus cabezas a toda velocidad en dirección hacia el centro de la ciudad.
—¿Ves, Pan? No hace falta que nosotros intercedamos— comentó Goten al ver las naves militares. —Debe de ser una maniobra militar. Está todo contro... — pero no llegó a acabar la frase, pues frente a sus incrédulos ojos, no muy lejos de su posición, sobre los edificios de Ciudad Satán, los dos jet que sobrevolaban la zona explotaron junto a los misiles que cargaban.
La onda expansiva de estos fue tan fuerte, que los cristales de los edificios que los rodeaban reventaron y los edificios empezaron a derrumbarse. Pan y Goten se vieron impulsados hacia atrás. La pequeña cayó al suelo y dio un par de vueltas sobre sí misma hasta que su tío se estabilizó y la agarró por la pierna, manteniéndola a su lado. Picolo, imperturbable, como si solo le golpeara la brisa, descendió hasta ellos de brazos cruzados. Cuando la onda expansiva terminó, solo el fuego y el humo podían vislumbrarse entre los escombros.
Pan notó la tensión en los músculos de su tío, notó la seriedad doble en la expresión de Picolo, notó la ausencia de ki de todo cuanto los rodeaba y un mal presentimiento invadió su mente.
—Pan, ve a casa— le ordenó su tío de improviso sin ni siquiera mirarla a la cara.
—Pero...— intentó replicar ella.
—¡Qué te vayas a casa, AHORA!— le ordenó. Su tono de voz consiguió perturbarla y ponerle los pelos de punta, pues nunca le había visto gritar de esa manera tan agresiva. Él, por naturaleza, era amable y considerado con todo y todos. Ni siquiera gritaba durante los partidos de fútbol o cuando le provocaban, y mucho menos lo hacía con ella.
Salvo en ese momento.
—Demasiado tarde— oyó decir a Picolo, que adquirió una pose defensiva frente a ella. Su tío se colocó a su lado y ambos mostraron unos rostros tan violentos, que causaban pavor. Tras ellos, todavía paralizada por la sorpresa, Pan observó al frente. El fuego y el humo impedían tener una visión completa de la escena, pero pudo verles emergiendo de entre ellos como si el calor no les rozara.
Eran tres. Conocía a uno de ellos, a la mujer de mirada rencorosa. Los demás, de misma piel azulada con estrías recorriéndola hasta la cara, de ojos oscuros al igual que las encías, de pelo totalmente rojo y vestiduras elásticas de batalla, también avanzaron hacia ellos. Frente a la actitud defensiva de Goten y Picolo, uno de ellos, el único que tenía el pelo lo suficientemente largo como para poder apreciar el color de la sangre en él, se adelantó a los demás. Su rostro era inexpresivo, pero cuando se llevó una mano a la espalda y desenfundó su arma, una espada afilada, gruesa y dorada construida con el más puro braummuro, una mueca sádica y desencajada apareció en su rostro.
No les hizo falta saber de quién se trataba, pero a pesar de ello Pan se los hizo saber con la vista clavada en Baika, que la observaba con intenso odio.
—Los boburrianos...
Los seis se observaron sin moverse lo más mínimo, analizándose, desafiándose con el simple choque de miradas. Goten recordaba bien la descripción que su padre y su sobrina les habían dado. Faltaba una, adivinó, pero podía estar seguro de que tres ya darían bastantes problemas. Aunque los ojos de Baika estaban fijos en su sobrina, a la que intentó esconder tras de sí moviéndose mínimamente en un gesto protector, uno de ellos, el que parecía mayor por goleada, dio un paso al frente con los ojos oscuros fijos en Picolo.
—Un namekiano. No esperaba encontrarme con uno aquí— comentó Bumo.
—Tampoco supondrá mucho problema...— declaró Benkas. Su indiferencia se transformó en malicia al sonreír. —Al igual que los otros— Picolo dejó escapar un gruñido gutural, sintiéndose amenazado.
—¿Qué habéis venido a hacer aquí?— interrumpió Goten con fingida seguridad, su expresión seria y casi macabra como cuando su padre tenía que ponerse severo durante una batalla.
—En un principio vinimos con la idea de tomar a la hija del rey Vegeta, pero ya que os habéis puesto tan tercos y habéis matado a uno de los nuestros hemos cambiado de planes— Benkas alzó un dedo y señaló a Pan con una feliciana sonrisa, como la de un niño emocionado con un juguete nuevo. —Os mataremos a todos excepto a ella, quizás. Ya que los saiyajins tienen pocas hembras habrá que aprovecharlas bien— Goten se inquietó. Su labio inferior tembló mientras Pan, para nada intimidada, daba un paso al frente.
—Ya hemos matado a uno de los vuestros, ¡y acabaremos con el resto también si no os vais ahora!— exclamó la adolescente.
—Sé lo que hicisteis, y también sé que el otro saiyajin está vivo, aunque demasiado débil para pelear por el veneno de los boburrianos. ¿No es el más fuerte de los vuestros? ¿No querríais que recuperara su fuerza para la batalla?— una pregunta implícita viajó en la mente de Picolo y de Goten. ¿Cómo tenían ellos ese conocimiento? Habían llegado allí sabiendo demasiado sobre ellos, y lo peor era que no sabían hasta donde alcanzaba ese saber sobre su forma de vida. —Aunque mi raza es pacífica, a mí me gustan los retos difíciles.
—¿Ah, sí? ¿Y qué harás? ¿Nos darás el antídoto de vuestra asquerosa ponzoña por las buenas, o será por las malas?— le picó Picolo con una socarrona sonrisa en la cara. No sentir sus kis consiguió envalentonarle, pero aun así no bajó la guardia. Goku ya le había avisado sobre eso, y la forma de esa espada no le gustaba en absoluto.
—¿Cómo es posible?— preguntó Benkas. Su cola oscura se sacudió en el aire, rematada por un potente y taladrador aguijón enrollado alrededor de un objeto esférico. La brillante bola de dragón de cuatro estrellas cayó sobre su mano, atrapada entre sus largas uñas oscuras cuando desenrolló la cola. —¿No vais a utilizar esto?— Las expresiones que se habían mantenido serenas hasta el momento se descompusieron. Alterados y sorprendidos, transpirando de solo pensar en el peligro que tenía esa esfera en manos enemigas, se prepararon mentalmente para una batalla que no sería nada fácil. —Nunca he visto el dragón del planeta Tierra, pero sé cómo funciona la recolección de las siete esferas. Porunga ya nos lo mostró cuando estuvimos en Namek y pedimos nuestro deseo, aunque los namekianos no fueron nada amables en ese aspecto. Lucharon como leones defendiendo sus queridas esferas sagradas— Benkas y Picolo se miraron, uno risueño y provocador contra otro patidifuso ante lo que oía. —Una lástima lo de tu raza, pero no creas que no te comprendo. A los boburrianos también nos masacraron una vez.
—Hijo de...— escupió el namekiano, controlando a duras penas la rabia con gran cantidad de frustración.
—No podrás hacer nada solo con una esfera— le aseguró Goten.
—Oh, no, no, no... no quiero pedir un deseo. Ya tengo todo lo que quiero: una manada entera de guerreros con los que podré jugar. No... Yo he conseguido la bola para darle más emoción a la batalla, porque si revivís cada vez que os mato o reconstruís el planeta si lo destruyo no será tan divertido, y tampoco le pondréis tanto empeño a salvar vuestro pellejo. He decidido subir las apuestas para asegurarme de que pelearéis a todo riesgo— Benkas alargó el brazo y les mostró la bola. Esta tembló en el interior de su palma, como si estuviera recibiendo la presión de algo totalmente ajeno, vibrando.
Entonces, frente al cuerpo tenso de los tres guerreros, la esfera de cuatro estrellas se resquebrajó... y todos comprendieron qué era lo que Benkas pensaba hacer con ella.
—¿Me he explicado con claridad? Si rompo una esfera, aunque solo sea una de las siete, no podréis invocar al dragón nunca más, ¿verdad? Todos los que muráis no seréis revividos. En otras palabras, os quedaréis sin trucos bajo la manga. Así que... ¿qué harán vuestros familiares cuando os mate y vean que no hay forma de devolveros a la vida?—
Pan y Picolo callaron, tan tensos como el tronco de un árbol. Fue Goten el que, fingiendo despreocupación y emoción por el reto, se adelantó con una sonrisa intimidante y sin un ápice de temor.
—En ese caso solo tenemos que matarte a ti antes de que tú nos mates a nosotros—
—¿Y a qué estáis esperando?— preguntó, elevando el otro brazo para hacer un claro gesto incitador con los dedos. —Venid a por mí antes de que mate a alguien más, igual que hicimos con esos gusanos verdes en Namek—
—Oohh...— dejó escapar Piccolo. —¡Vas a arrepentirte de haber dicho eso!— Picolo alzó el vuelo y fue el primero en embarcarse en un ataque preventivo.
—Ni se os ocurra meteros en esto— fue el aviso de Benkas para sus compañeros, andando hacia delante con una tranquilidad pasmosa. Manejó su espada magistralmente cuando Picolo se le vino encima y el namekiano la esquivó con relativa facilidad, pero el simple mandoble levantó una onda expansiva que logró empujarlo hacia atrás. En cuestión de un segundo, se liberó de la pesada capa y adoptó una clara posición de batalla, al igual que el boburriano con su espada en alto. Goten observó el movimiento desde la lejanía, más centrado en la admiración de los boburrianos por su líder que en la batalla en sí. Solo una conclusión apareció en su cabeza.
—Pan, prepárate— sentenció. —No podemos sacarte de aquí, ya no, y tampoco podemos protegerte sin ponernos en riesgo. Ahora eres una potencia guerrera como los demás, ¿estás preparada?— Goten se apresuró a alzar el vuelo cuando vio a su sobrina volando directamente hacia el campo de batalla totalmente decidida y más que preparada. Se sintió orgulloso de ella al ver el vivo rostro de Goku en su determinación.
Los Guerreros Z eran muy conscientes de que el ki no afectaba a los boburrianos, pero aun así Pan lanzó una bola de energía al rostro de Benkas, que no se molestó en esquivarla siquiera. El humo al estrellarse y la luz actuaron como un cegador momentáneo que los tres aprovecharon para medir fuerzas contra su adversario. Una patada de Goten sobre lo que sería su espalda y un puño bien dirigido hacia el centro de su estómago por parte de un rápido Picolo para dar contra duro acero. La luz se disipó y la sonrisa oscura de Benkas emergió antes de descubrir que la patada de Goten había chocado contra la espada de braummuro. El puño de Picolo era aprisionado entre los dedos del boburriano, y una oportuna Pan aprovechó que sus dos manos estaban ocupadas para intentar atinarle una patada justo en el cuello. Cuando su pie chocó contra la carne de la clavícula, Benkas la aprisionó entre esta y su barbilla, y en cuestión de un microsegundo, su cola se desenredó con el aguijón listo para infundir veneno. Goten, a su espalda, fue el único que se percató del rápido movimiento. Apoyándose sobre la espada dio un salto atrás para alejarse y tiró de su sobrina en el proceso, que se quejó al ser arrancada brutalmente del agarre, con el tobillo todavía anclado.
Picolo se convirtió en el centro del aguijón cuando las manos de Benkas lo agarraron por el brazo para paralizarlo. Intentó soltarse, pero no solo su fuerza se lo impidió, sino la presión de eso que ellos todavía no conocían, pero que era lo que Bra llamaba telekinesis. Al verse apresado y a punto de ser envenado, solo una solución a la desesperada emergió en su cabeza. Con la mano libre se golpeó certeramente el brazo apresado y lo cercenó, sin más, reprimiendo el dolor y saltando para alejarse justo cuando el aguijón dio contra los escombros del suelo, levantando el pavimento con su monstruosa fuerza.
Benkas no se quedó quieto. Nada más verlo alzar el vuelo, lo siguió a gran velocidad, replegando su arma tras su espalda y alzando las manos en su dirección. La energía telekinética golpeó a Picolo con fuerza y lo arrastró contra los edificios que rodeaban aquel páramo que había quedado desolado de civilización. Los atravesó limpiamente, perdiéndose de la vista en una humareda de escombros, y cuando el boburriano intentó insistir en su búsqueda, su rapidez mental le dejó claro que estaba en peligro. Dio media vuelta justo cuando Goten intentaba hacerse con su cola e hizo amago de clavarle el aguijón, pero el muchacho reculó, se movió ágilmente hacia su izquierda y lo agarró por las piernas, sacudiéndolo y lanzándolo hacia atrás contra el suelo con una fuerza bárbara.
Benkas se sacudió y dio una voltereta antes de que el puño certero de Pan se estrellara contra su cabeza. Con una patada en plena mejilla consiguió quitársela de encima y enviarla lejos, y un segundo después se encontró con Goten frente a frente, acosándolo con una mortal lluvia de rápidos puños y patadas perfectamente distribuidos con una técnica impecable.
Los esquivó como si fueran los golpes descuidados de un niño pequeño.
Se adelanta, conoce nuestra situación, y ese ataque contra Picolo...
Benkas detuvo sus puños, agarrándolos con ambas manos, arrastrando los pies para que la brutal fuerza de Goten no lo lanzara hacia atrás. Los dos se miraron a los ojos entonces.
—No te pongas terco. Sé lo que intentas hacer, sé todo lo que se te pasa por la cabeza en este mismo instante y sé que tú lo sabes. No vas desencaminado. ¿Por qué no dejas de analizarme y empiezas a pelear en serio?— Goten achicó la mirada, y fue entonces cuando lo supo.
—Eres telépata. Puedes leernos la mente— acertó, y Benkas volvió a mostrar esa sonrisa desdentada y oscura.
—No te servirá de nada saberlo. No llegarás a contárselo a los demás— Goten se encogió mínimamente, lo suficiente como para que Benkas se confiara e insistiera en hacerlo retroceder, pero cuando se percató de las dos mentes que volaban hasta su altura, supo que la intención del saiyajin era acorralarlo. Podría haber esquivado el ataque si Goten no hubiera cambiado las tornas entrelazando sus dedos con los suyos y apretándolos, impidiéndole la huida. Benkas trató de alejarse sin éxito, y cuando sintió la mente de Picolo con ese plan en mente, ya era muy tarde. Para entonces ya le había rodeado el cuello con ambos brazos, a esas alturas restituido el cortado, y lo inmovilizó amenazándolo con partirlo. Benkas se quedó quieto y sus ojos siguieron la mente de Pan con los pies sobre los hombros de su tío, con ambas manos abiertas apuntándole a la cara.
—¡Estás acabado!— le aseguró la adolescente.
Benkas ya no reía, pero a lo lejos, una risita se extendía entre sus compañeros, demasiado lejos como para ser escuchada.
—Sois un grupo de monos estúpidos que ya han colmado mi paciencia. ¿De verdad creéis que vendríamos aquí sin saber nada sobre vuestras técnicas de lucha, sobre vuestra pequeña e insulsa manada, sobre vuestras costumbres y vuestra personalidad? Sé que lo habéis visto, puedo leerlo en vuestra mente. Sé exactamente qué sabéis sobre nosotros, sé lo que habéis averiguado sobre la diadema de braummuro, y sé que sabéis que fue el Sujeto 813 el que nos masacró. ¿De verdad creéis que tras sobrevivir al guerrero legendario, algo tan insignificante como vosotros puede detenernos?— el cuello del boburriano se hinchó, y Picolo, harto de tanta verborrea, apretó el agarre. —No tenéis ni idea de contra qué os enfrentáis. Puede que vosotros seáis los más fuertes del universo, pero nosotros somos los más listos. ¡Somos vuestra peor pesadilla!— exclamó, y una carcajada estridente emergió de entre sus labios.
Lo que sucedió después fue cuestión de un segundo. El cuerpo del boburriano vibró y su pelo rojo se erizó como si una corriente llegada desde sus pies lo sacudiera hacia arriba. La espada de braummuro afianzada a su espalda se agitó y, sin más, se movió dando una vuelta sobre sí misma. Picolo no se esperó semejante acto, puramente telekinético, y un grito de sorpresa más que de dolor emergió de su boca cuando la espada de braummuro le cortó los brazos limpiamente, a la altura de los codos. El olor a quemado por el metal repelente de ki cortando la piel verde llegó hasta sus fosas nasales, como si la espada estuviera al rojo vivo. Entonces Benkas, libre de toda prisión, concentró una cantidad desproporcionada de poder mental y la lanzó por cada poro de su cuerpo. Fue como si él mismo fuera una bomba, y la onda expansiva provocó un gran destrozo en las manzanas que los rodeaban.
En cuestión de segundos, el centro de la ciudad fue borrado del mapa. Los gritos de los pobres desafortunados retumbaron en el olvido antes de quedar solo silencio, y los cuerpos de los guerreros que peleaban contra él fueron lanzados con gran violencia por los aires, perdiéndose en el infierno de escombros, cristales rotos y cadáveres.
Solo Pan se mantuvo en el centro de gravedad cuando Benkas la agarró por el pelo y la sostuvo en el aire, impidiendo que se perdiera junto a Goten y Picolo. La adolescente, semi inconsciente por el ataque, visiblemente herida por el impacto de la onda expansiva, se mantuvo quieta e ida hasta que logró despertar. Se agitó por los duros tirones de pelo y alzó una pierna para darle una patada al boburriano en la cara, pero cuando este la recibió, rio, lejos de causarle algún dolor.
—Niña estúpida, yo estoy a otro nivel— le hizo saber, para acto seguido soltar su pelo y agarrarla rápidamente por el cuello, antes de que pudiera escapar. Lo apretó con tanta fuerza, que Pan fue incapaz de respirar e inmediatamente después empezó a adquirir un tono morado de piel. —Aunque supongo que debería tomarte más en serio, ya que tú también participaste en el asesinato de Boro. Me pregunto si eres importante para el saiyajin que lo asesinó a sangre fría. De ser así, matarte tendría su gracia en lugar de utilizarte para nuestros experimentos—
Pan tuvo auténtico miedo, pero la frustración podía con ella. Golpeó el brazo de Benkas con todas sus fuerzas sin conseguir que la soltara, llorosa y con los ojos rojos por la falta de oxígeno y la presión en su cuello, cada vez mayor. Pensó que iba a matarla, de verdad, con esa sonrisa oscura en la asquerosa boca. Pero una nueva explosión que levantó escombros atrajo toda la atención de Benkas. Pan pudo verlo de reojo. La brillante luz que desprendía su aura de súper saiyajin de nivel dos era cegadora.
Goten se levantó y los escombros que lo rodeaban parecieron fundirse en el aire, elevándose y haciéndose añicos en el proceso. Sus ojos verdes se clavaron, amenazantes, en la figura que mantenía a su sobrina agarrada por el cuello.
—Suéltala ahora— ordenó, pero Benkas, lejos de hacerlo, apretó el agarre sobre el cuello de Pan. La chica empezó a salivar buscando aire desesperadamente y una gota de sudor descendió por su sien al ver a su sobrina siendo estrangulada. —¡No le harás daño al hombre que mató a tu compañero liquidándola a ella, no le importa nada!
—El niño al que matasteis no era mi compañero. Era mi hijo— declaró el enemigo furibundo, como si la noticia poco le importara. A Goten se le ocurrió una idea entonces. Aunque lo lamentaba por la muerte de un niño, dio gracias porque su padre buscara venganza.
—Pues yo soy el hijo del hombre que mató al tuyo— lo provocó, y Benkas lo observó durante lo que parecieron interminables segundos. —Ven a por mí y pelea contra alguien de tu tamaño— dijo, y el boburriano hizo exactamente lo que él quería que hiciera. Soltó a Pan y esta empezó toser descontroladamente con la mano sobre el cuello morado. Luego Benkas alzó el vuelo.
A decir verdad, más que venganza quería acción, y las consecuencias de esa belicosa actitud podían ser catastróficas.
[...]
Trunks se apartó el cigarro de la boca y expulsó el humo en un suspiro entre resignado y agotado. Sus hombros se encogieron sobre la balaustrada del edificio mientras observaba la gran caída de más de cien pisos que se abría bajo sus pies. Tenía ganas de salir volando, no lo iba a negar, pero después de recibir tantos regalos y felicitaciones en esa pequeña fiesta no le parecía adecuado. Aunque Marron estuviera allí y le animara con su simple presencia, no podía reprimir el estrés y la preocupación, además de la melancolía que sentía después de tanto tiempo sin ver a su familia. Estaba unido a ellos, apegado a su madre y a su hermana, y también a su padre, ¿por qué no admitirlo? Y la opción de irse de casa a una propia pocas veces había pasado por su mente, aunque podía permitirse la más lujosa de las viviendas. No se separaría de su familia a no ser que fuera para formar una propia, y al paso que llevaba, dudaba que eso llegara pronto.
O al menos eso creía.
—Fumar es malo para la salud, ¿lo sabías?— Marron apareció tras él y Trunks se volvió. Aparte de mirarla a ella, se fijó en la lejanía de los invitados a la fiesta en el interior de la sala de reuniones, ajenos a ellos asomados a la amplia y cuidada terraza.
—Todo lo bueno para el estrés es malo para la salud— comentó él en un arrebato de coraje. A menudo se quedaba sin habla cuando Marron lo pillaba por sorpresa, pero ese día estaba más mordaz que de costumbre. Volvió a llevarse el cigarro a los labios y adoptó su pose inicial cuando ella se acercó para situarse a su lado.
—Sabía que estabas estresado, por eso Goten y yo pensamos todo esto, para que te distrajeras un rato.
—Sabía que él había tenido algo que ver, y ahora no se presenta. ¡Qué cara más dura dejándote sola con todo esto!— contestó con clara ironía. Marron rió y su risa hizo que se encogiera un poco más, estremecido y con el corazón acelerado cuando ella apoyó la mano sobre la balaustrada, muy cerca de la suya, tanto, que Trunks se sintió tentado de envolverla con la propia.
Hacía años que no hablaban así, no desde antes de que Trunks entrara en la universidad. Trunks tuvo una etapa esquiva en la que resultaba intimidante tenerlo al lado, una etapa taciturna, solitaria e incluso agresiva. Más de una vez se había peleado con Goten durante ese año de rebeldía e irritabilidad. Recordaba haber visto cómo Bulma le cruzaba la cara de una bofetada por algo que ya ni siquiera recordaba, y cómo a él parecía darle igual.
Luego la miraba a ella, y esa forma tan cálida que tenía de observarla desaparecía para transformarse en algo lleno de amargura y vergüenza contra sí mismo. Durante un tiempo, Marron había pensado que la odiaba, pero cuando volvió a verlo uno o dos años después, esa mirada cálida y ese ligero rubor habían vuelto al rostro travieso que ya era el de un hombre hecho y derecho.
—Oh, se me olvidaba— recordó tras largos minutos de conversación en recuerdo de los viejos tiempos. Marron llevó las manos a su bolso y sacó el regalo que tenía preparado para él. Trunks lo cogió e intentó dejar ver una sonrisa, aunque apenas pudo mostrar una mueca amarga. Nada más ver el papel de regalo y las manos de Marron aferrando ese objeto que, fuera lo que fuera, juraba atesorar de por vida, se había puesto nervioso.
Sus manos sudaban irremediablemente conforme lo desenvolvían, y al descubrirlo por fin frente a sí, una carcajada relajada salió de su boca.
—¿De dónde has sacado esta foto? Es de hace décadas— comentó, y de verdad lo era. En ella estaban los tres, Goten, Marron y él, los primeros niños nacidos después de Gohan con aproximadamente once años de edad, aunque Marron era mucho más joven con solo seis años. A pesar de ello Trunks ya mostraba una sana obsesión por la pequeña, los dos chicos a su lado con Goten en ademán travieso sacando la lengua a la cámara disfrazado de fantasma y con Trunks al otro lado de la pequeña vestido de Frankenstein. Era un Halloween muy lejano donde el mayor de los tres estaba a punto de entrar en la temida pubertad, cosa que se veía todavía más clara si se tenía en cuenta cómo le subía la falda de brujita a una pudorosa Marron que intentaba por todos los medios que no se le vieran las braguitas de conejitos.
—¿Te gusta? Por aquel entonces no parabas de subirme la falda para verme las bragas.
—¿Es nostalgia por esos tiempos lo que me parece oír? Todavía puedo subirte la falda— se burló, y un pensamiento descarado se cruzó por su mente en ese momento.
Aunque no te la subiría para verte las bragas precisamente.
Trunks sacudió la cabeza reprochándose ese comentario mental, más propio de sus pesadillas que de sí mismo, aunque no pudiera evitar darle la razón de forma vergonzosa.
—No creo que eso estuviera bien con nuestra edad y en nuestros puestos. Eres mi jefe, ¿recuerdas?
—No me tientes. Cualquiera diría que estás coqueteando con tu jefe y eso a tu novio no le gustará— dejó caer con misma burla. Mientras los comentarios quedaran en eso cualquier pensamiento lujurioso estaba bien, y Trunks se aferró a ello. Sin embargo, la broma no fue bien aceptada esa vez. La expresión de Marron varió a una más seria y casi decaída.
—Pensaba que Goten te lo había contado— murmuró. —Rompimos hace más de un mes— Trunks la miró, sorprendido y totalmente ensimismado. Se contuvo con todas sus fuerzas para no soltar una carcajada al aire y elevar un puño al cielo.
—Vaya, no tenía ni idea. ¿Qué pasó? Pensaba que después de tanto tiempo...— Marron encogió el cuello, ruborizándose para su pesar.
—Me gusta otra persona. No pude evitar que pasara, simplemente... ocurrió. Se lo conté a mi ex novio porque me sentía culpable. Siempre fue muy celoso y se enfadó muchísimo y... decidimos romper.
—Lo siento mucho, Marron— oyó decir a Trunks a su lado—. Los sentimientos vienen y van y nadie puede controlarlos— atinó a decir él. —¿Le conozco?— preguntó, y esto provocó un sin fin de emociones entre los dos. Hubo un silencio incómodo, más corto de lo que pareció en un principio.
—Sí, le conoces.
—No será Goten, ¿verdad?— bromeó, y Marron abrió los ojos como platos para negar fuertemente con la cabeza.
—¡Claro que no!
Trunks pensó en los chicos que Marron y él pudieran conocer. Salvo Goten y los hombres casados de la familia no había ningún amigo en común. Su mente divagó por la oscura y egocéntrica posibilidad de que esa persona fuera él, y la parte de sí mismo que temía a aquella otra parte de sí mismo se revolcó en desesperación.
Y de repente estaba frente a ella. Azul contra azul. Cerca, demasiado cerca, y Marron lo miraba con ojos brillantes y rostro casi asustado, y por un momento, ensimismado en sus pensamientos como se había quedado, con la boca abierta, Trunks se preguntó qué demonios acababa de hacer.
—¿Soy yo?— repitió, porque ya era la segunda vez que lo decía. La primera guiado por ese Trunks de pesadilla, ese tan decidido y agresivo, juguetón como un gato divirtiéndose con un ratón atrapado en una trampa para ratas, divirtiéndose como un niño que le arranca las alas a una mariposa.
La fotografía, regalo y recuerdo de tiempos mejores en los que su comportamiento estaba excusado como las travesuras de un niño egoísta e inmaduro, descansaba entre los dedos de una sus manos. Con la otra, la tomó por la barbilla suavemente para evitar que su mirada se desvaneciera en el suelo, acabando con aquella situación que nada tenía de juego. Por una vez, el Trunks de pesadilla iba a hacer algo útil al prestarle el valor que a él siempre le había faltado para estar junto a ella.
—Dime que soy yo, Marron— le repitió, le pidió, le exigió con los ojos más afilados y, a la vez, suplicantes que ella había llegado a captar alguna vez en él. Eran agujas de hielo, tan heladas, que quemaban.
—Tú...— murmuró, la boca seca, las piernas temblorosas, los labios entreabiertos y el corazón tan agitado como el de un caballo tras una carrera.
¡Claro que era él! ¿Qué otra persona iba a ser?
—Quiero... necesito que me digas que ese hombre soy yo— habló con la mirada enturbiada de algo que ella no pudo catalogar.
De verdad había estado ciega para no verlo.
Trunks se inclinó e instintivamente ella también lo hizo, siguiendo los dedos que se habían aferrado a su barbilla y que la guiaban hasta sus labios. Sus ojos ya estaban cerrados y su corazón se había parado de puro gozo ante el choque de su aliento contra su boca.
—Marron, yo siempre...— le oyó susurrar, sus labios rozándose.
Y algo hizo que Trunks se alejara con sobresalto y alzara la mano que guardaba la fotografía de la infancia hasta su rostro. Ella reculó casi al instante, ruborizada y entrecortada. Observó el cristal del marco roto y resquebrajado, cruzando la fotografía de par en par.
—¡No, no, no, qué desastre! Lo siento, Trunks. Es un regalo de cumpleaños y ya se ha roto, pero lo arreglaré enseguida
Él no dijo nada, ni tampoco alzó la vista de la fotografía cuando la joven corrió hacia el interior del edificio, alejándose de él. Un sudor frío y la reciente acumulación de saliva en una boca seca como la suya hicieron que tragara duro. El cristal se había resquebrajado dejando la figura del Trunks disfrazado de Frankestein y de la brujita Marron intacta.
El rostro alegre y travieso de Goten jugando a dar miedo quedó amorfo bajo la superficie de cristal, en apariencia roto, con la amable sonrisa dejando ver una mueca torcida.
Cuando Marron volvió a la terraza, el marco solitario y roto descansaba sobre el alfeizar.
Trunks se había ido.
[...]
—Algo no va bien— Goku salió de la cámara de gravedad, agotado y respirando con agitación, pero aun así dispuesto a correr hasta la habitación que compartía con Chichí en la corporación para ponerse su traje de batalla y transportarse hasta Ciudad Satán de inmediato.
En el jardín se encontró con su hijo, saliendo de la casa vestido con su traje de batalla, ese que hacía años que no le vía puesto, casi idéntico al suyo, y se dirigió hacia él con paso rápido y firme.
—Iré a echar un vistazo, papá. Tú descansa— le dijo, apoyando una mano sobre su hombro en una actitud tan compasiva, que hizo temblar a Goku en las profundidades de sus entrañas, impactando contra algo que hasta el momento nunca había sido tocado.
Su orgullo.
—Yo también voy— declaró, totalmente decidido.
—No hace falta. Yo me haré cargo de esto. Seguramente solo es una falsa alarma. Puede que Goten y Trunks estén jugando, como hacían antes— dijo para calmarlo, pero sabía bien que no se trataba solo de eso, y también sabía que Goku no se lo creía.
—He dicho que voy a ir y voy a...— Gohan empezó a ponerse nervioso. Podía sentir la energía de su hermano pequeño moviéndose de un lado para otro, el ki de Picolo tambaleándose y el de Pan casi asfixiado. Estaba claro que no era una falsa alarma.
Alterado, las palabras salieron de su boca sin pensar.
—En tu condición actual, solo serías un estorbo— los ojos de Goku se agrandaron y dejaron ver una expresión que Gohan nunca había visto en él, una mezcla de confusión, desconsuelo e impotencia, el orgullo letalmente herido, y se dio cuenta de ello cuando Goku dio media vuelta y se dirigió nuevamente hacia la cámara de gravedad con gesto sombrío.
—Haz lo que tengas que hacer— fue su único consejo.
Poco después, con la mente un poco enturbiada por el dolor que había causado en su padre, con los remordimientos carcomiéndole y recriminándole por su dureza, Gohan alzó el vuelo a toda velocidad.
[...]
Picolo intentó regenerar sus brazos todo cuanto pudo, pero las heridas no habían sido solo cercenadas, sino también cerradas con el braummuro al rojo vivo. Prácticamente habían cicatrizado en muñones y abrirlas de nuevo para dejar crecer nuevas extremidades le estaba costando horrores y sufrimientos. El humo de las quemaduras sobresalía en ellas. Derrumbado sobre los escombros, pensó en la pequeña Pan, el encargo de su protegido, y se esforzó por levantarse una vez más para volver al campo de batalla que podía ver y oír a cierta distancia.
Goten volaba entre los edificios e intentaba, banalmente, alejar a Benkas de ellos, pero el truco no le funcionaba y aunque lo hiciera, Bia y Bumo seguían allí, cercanos a Picolo, observándolo todo de brazos cruzados disfrutando del espectáculo. Porque sí, era un espectáculo verle huir. Si estuvieran en campo abierto Goten no tendría tanto reparo a la hora de pelear, pero no lo estaban y podía sentir a los civiles corriendo de un lado para otro en plena ciudad. Vegeta y Picolo eran la clase de guerreros que asumían la pérdida de civiles en esas condiciones. ¿Qué harían, dejar que la Tierra fuera destruida? Mejor que murieran unos cuantos a todos. Además, siempre podrían ser revividos. Pero para Goten esa falta de ética era incuestionable.
Empezó a detectar una repetición en los movimientos de Benkas después de recibir de pleno golpes certeros a larga distancia, golpes que ni siquiera podía ver ni mucho menos esquivar. Una fuerza invisible le golpeaba cuando estaba demasiado cerca, derrumbando edificios a su paso, y desaparecía cuando se alejaba lo suficiente. Goten supo que no podía pelear a lo loco, necesitaba una estrategia. Tras varios intentos infructuosos llegó a la conclusión de que no solo la piel de los boburrianos era altamente resistente al ki, sino que también podían usar esa arma telekinética como barrera. En otras palabras, atacarles a distancia no servía para absolutamente nada, pero acercarse tampoco era viable.
Goten estaba acorralado.
Un golpe de ki lo suficientemente poderoso. Si lo que dice papá es cierto, rompió su barrera en súper saiyajin de nivel 3. Si consiguiera romperla, podría darle con los puños, pero no tengo tanto poder, y encima puede leer mis movimientos. Mierda... ¡Necesito a Trunks!
Goten aumentó la velocidad de vuelo, lo único en lo que parecía superar a Benkas. Su defensa era casi impenetrable. Esquivó edificios, se introdujo entre ellos y poco después, logró perderle de vista. Se sentó sobre el suelo y suspiró largamente, limpiándose la sangre de la boca fruto de un golpe inesperado. Ni siquiera le había dado con los puños. Goten intentó relajarse y concentrarse, centrar su energía en la mente con una sola persona, con una sola referencia. Necesitaba llegar al nivel 3 si quería ganar esa batalla inesperada y solo había una persona que podía ayudarle a hacerlo.
Trunks...
Pero tan pronto como intentó establecer alguna clase de conexión mental, por pequeña y vaga que fuera, lo suficientemente fuerte como para que su amigo supiera que necesitaba su ayuda con urgencia, la cortó. Benkas era un telépata, y a juzgar por lo que sabía de los boburrianos, podía asegurar que ellos también lo eran. Eso significaba que podían captar sus ondas mentales de alguna manera, y eso solo podía derivar en una cosa: si se ponía en contacto con alguno de sus amigos o familiares, ellos lo sabrían... y actuarían. Goten no podía poner en riesgo a la Corporación Cápsula y a todos los que allí había, porque si pensaba en ellos, si pensaba en Trunks como miembro de la familia Brief que era, sabrían donde estaban los demás. En ese momento, su mente era un peligro y eso solo podía significar una cosa.
Debía luchar, solo.
—Bien pensado, mestizo— la voz de Benkas impactó contra su oído tomándolo totalmente por sorpresa. Goten ni siquiera pudo revolverse cuando su mano azul le agarró la cara tapándole la visión y lo lanzó a través de edificios de nueva construcción. Llegó al suelo y se estrelló levantando escombros y arena, dando una vuelta sobre el pavimento para acabar a los pies de Baika y Bumo, herido y desorientado por el golpe. Los boburrianos lo miraron sin una pizca de compasión. Uno de los pies de lagarto acabó sobre sus costillas—. Adivina quién es, Baika— oyó decir a Benkas—. El hijo del hombre que mató a Boro —la expresión de la mencionada se desencajó y las uñas de sus pies, afiladas como las de un aguilucho, se clavaron en su piel dejando al descubierto un reguero de sangre y jirones de ropa.
—Sucio bastardo. Voy a devolverle el favor a tu padre— le aseguró.
—No seas tan rápida. Él no es rival para nosotros, y lo sabe, pero los miembros de su pequeña manada puede que sí lo sean— comentó Bumo a su lado.
—Está empeñado en no dejar ningún pensamiento sobre ellos a nuestro alcance, pero siempre podemos obligarle a llamarlos— sonrió Benkas. —Todavía quiero jugar con esta manada antes de coger a la niña. Esto ya es algo personal
Entonces Baika lo alzó de una patada. Goten se equilibró, pero poco le duró cuando recibió el puño de Benkas en una mejilla, lanzándolo hacia atrás para impactar de lleno con una patada de Bumo. Totalmente desorientado, a merced de los que lo rodeaban y reprimiendo con toda la fuerza que tenía sus pensamientos, Goten pasó de uno a otro tal y como harían con una pelota de balonmano. Los golpes en sí no eran más duros que los que podía recibir de su hermano o de su padre, pero la repetición de estos contra su cuerpo empezó a provocar grandes estragos y a impedir que sintiera ciertas partes de su cuerpo. Si caía al suelo, su mente empezaba a divagar por derroteros que no pretendía dejar ver, así que tan pronto como caía, se alzaba para, poco después, volver a caer. Fue un golpe el que rompió el círculo de tortura, aunque no fortuito.
—¡Dejad en paz a mi tío!— oyó gritar a Pan para, acto seguido, verla lanzándose contra Baika. En ese momento acabó en brazos de Benkas, que lo agarró por la cabeza y lo obligó a mirar al frente, exactamente donde Pan se debatía contra Baika clavando los dientes encima de su cuello azul.
—¡Suéltame ahora mismo, mocosa!— chilló la mujer. Poco tardó en apartar a Pan lanzándola hacia atrás con un agresivo golpe para, acto seguido, enrollar la cola alrededor de su cuello nuevamente. El aguijó amenazó con incrustarse en su hombro.
—¡NO!— chilló Goten.
—Así que es tu sobrinita, ¿verdad? Dime una cosa, ¿estás dispuesto a dejarla morir envenenada a cambio de no llamar a los otros ni descubrir su paradero? Recuerda que mientras yo tenga esto...— Benkas le mostró la bola de dragón todavía cubierta por su propia cola, susurrando las palabras en su oído como una serpiente venenosa. —... no podrás devolverla a la vida. Ni a ella ni a ninguno de los civiles que han muerto hoy y que seguirán muriendo hasta que obtengamos lo que queremos— Goten apretó los labios. Benkas no solo sabía lo que se le estaba pasando por la cabeza, sino también cuál era su punto débil, y también, posiblemente, el de los Guerreros Z. Su falta de decisión y su compasión los estaba condenando a todos.
Pero Goten todavía tenía cabeza suficiente como para moverse, aunque fuera sin pensar, llevado por el instinto. Sin más, como si se la hubiera estado ofreciendo desde el principio, agarró la bola de cuatro estrellas arrancándosela de su cola. Echó la cabeza hacia atrás al mismo tiempo, golpeando la boca de Benkas con ella y haciendo que lo soltara, y acto seguido lanzó la bola con todas sus fuerzas contra la cola de Baika, atravesándosela limpiamente. Pan cayó al suelo, pero no se quedó quieta. Aprovechó el momento de dolor e incredulidad de su enemigo para agacharse y golpear sus piernas para hacer que perdiera el equilibrio y no pudiera atacar a Goten, que lanzó una bola de energía hacia Bumo con la única intención de cegarle momentáneamente al mismo tiempo que daba media vuelta y encaraba a Benkas, agarrándolo y lanzándolo por los aires, lejos, muy lejos, con toda la fuerza que pudo reunir en su transformación. Cuando su cuerpo se perdió entre el humo y nuevos edificios, Goten voló tras él a toda velocidad, alejándose de los demás. Y Pan hizo lo mismo, saltando en dirección contraria.
—¡No huyas!— Baika se revolvió, recuperó el equilibrio y se elevó en el cielo para ir tras ella, pero un certero disparo de ki la detuvo en el aire, un disparo que la pilló de improviso y con la guardia baja, y que consiguió atravesar su barrera para rozarle una mejilla y deslizarse por su piel, abriéndola ligeramente. Picolo la apuntaba con un único y maltrecho brazo, a tiro, amenazándola mientras Pan se situaba a su lado y fulminaba a la mujer con la mirada.
—Cuando te atrape desearás no haber nacido, niñata.
—¿Y a qué estás esperando?— la provocó ella. Baika hizo amago de abalanzarse una vez más sobre ellos, pero la sonrisa de Picolo la detuvo de inmediato.
—Ya era hora— las miradas se desviaron hacia el cielo, una hacia la izquierda y otra hacia la derecha, en la lejanía, donde Goten había desaparecido persiguiendo el cuerpo de Benkas. El ki de Gohan y el de Trunks avanzaban a gran velocidad hacia el campo de batalla, ya a apenas unos segundos de su llegada. Al detectar la energía mental que se aproximaba, la piel de Baika palideció de inmediato.
Refuerzos enemigos.
—¡Benkas!— gritó, y sin más salió disparada en busca de su pareja. Inmediatamente después, Pan y Picolo la siguieron a toda velocidad con gestos graves.
No se dieron cuenta de que Bumo se quedó atrás. En su mano, la esfera de cuatro estrellas había sido recuperada.
[...]
Goten lo retuvo, frente a frente, observándolo a una distancia prudencial. La sangre recorría su cabeza y caía al suelo en pequeñas gotas. Sus ojos verdes refulgían de descontrol y de rabia, además de desconfianza. Su respiración era entrecortada mientras Benkas, por el contrario, apenas parecía haber sido tocado. El único signo de violencia que había en él era el pequeñísimo hilo de sangre oscura que recorría su labio inferior debido al cabezazo recibido.
—No te servirá de nada— le avisó. —Por muchos que vengáis, ninguno tiene poder suficiente para acabar con nosotros, ya no.
—Mi padre mató a uno de los vuestros.
—Tu padre nunca más podrá alcanzar ese nivel de poder. Aunque no haya muerto, los residuos del veneno paralizan los puntos canalizadores de ki, y nadie ha conseguido librarse de eso, nadie...— Benkas arrugó la cara, dejando la oración en el aire. A Goten no le hizo falta ser capaz de leer la mente para saber en qué pensaba con exactitud.
—Nadie excepto Broly.
—Ese es un caso aparte.
—Si crees que Broly era el único capaz de entrar en estado de cólera, es que no conoces a mi hermano— Los ojos de Benkas brillaron un instante, oscuros como eran, penetrantes ante lo oído, emocionados, interesados.
—¿En serio? Supongo que es cuestión de comprobar donde está vuestro límite. Quizás si matara a su hija...— dejó caer, y su mirada inspeccionó el cielo, justo en el punto en el que Baika hizo acto de aparición seguida, muy de cerca, por Picolo y Pan. Cerca, prácticamente pisándoles los talones, volando una velocidad arrolladora, Benkas pudo ver a un nuevo saiyajin, un híbrido distinto a los que había visto hasta el momento. A su espalda, otra energía mental hacía acto de aparición en el horizonte. Dos nuevos enemigos.
Benkas sonrió de oreja a oreja.
Goten se volvió justo cuando notó el ki de Trunks, volando tan deprisa hacia él que adelantó a Pan y a Picolo en un abrir y cerrar de ojos. Lo vio envuelto en su increíble aura de súper saiyajin de nivel dos, lo vio envuelto en agresividad, cubierto de la decisión y de la poca compasión que a él le sobraba. Lo vio en sus ojos, dispuesto a pelear y a matar si era necesario. Vio al Trunks que conocía desde siempre, y también al Trunks de pesadilla ligado en uno solo. E instintivamente, emocionado por su aparición, con alegría y la esperanza haciendo mella en él, estiró la mano hacia su amigo con la intención de realizar la fusión de inmediato.
No necesitamos a mi padre. Gotenks podrá con ellos. Yo y Trunks podemos con esto, como siempre.
—¡Goten!— el grito de su mejor amigo, llamándole, estirando la mano de igual forma lo alentó y lo alivió. La presencia de Gohan, que en esos momentos ya los había localizado en el aire descendiendo para llegar hasta ellos también lo tranquilizó e hizo que bajara la guardia. Ya no tendría que preocuparse por Pan ni porque alguien muriera. Ahora que ellos estaban allí todo eso acabaría rápidamente.
La fusión... la fusión... tenemos que...
La voz de Benkas, siseante, risueña, llegó hasta sus oídos entonces.
—¿Cuánto se enfurecerá tu pequeña manada si te mato a ti?— fue una cuestión sencilla, pero Goten no supo contestarla.
No pudo hacerlo.
Pudo ver su situación en los ojos de Trunks desorbitándose súbitamente. Pudo sentirlo cuando los cuerpos de Pan y Picolo se detuvieron en el aire; su sobrina se llevó las manos a la boca y el maestro de su hermano se quedó tieso, paralizado. La energía de Gohan aterrizando tras él, a escasos cincuenta metros de distancia en la cima de los escombros de lo que quedaba de un edificio, se disipó casi por completo, parpadeando como una linterna con pocas pilas. Goten notó todo eso, el espanto, el horror, el dolor, la blancura en el rostro de su mejor amigo posando los pies en el suelo con piernas temblorosas.
Por último, se notó a sí mismo, y detectó una protuberancia en su cuerpo que nunca había tenido, algo duro y tan ardiente, que juraba que sentía que lo abrasaba por dentro como si estuviera en las profundidades de un gran incendio. Las piernas le fallaron y agachó la cabeza para ver qué era lo que le impedía moverse. Instintivamente, sus manos se alzaron para agarrar el metal dorado que le había atravesado el pecho de parte a parte, pero antes de que pudiera llegar a tocarlo, Benkas extrajo la espada de braummuro con la que lo había atacado. Con la que lo había destrozado. Por la espalda. A sangre fría. Frente a sus familiares y amigos. Sin piedad.
Los pensamientos de Goten se disiparon y solo pudo coordinar un par de movimientos más antes de precipitarse contra el suelo, sin llegar a rozarlo. Trunks lo agarró y lo sostuvo entre sus brazos, débil y demacrado, con la vista desenfocada. Lo agitó, pero Goten no sintió ningún movimiento. La boca le sabía a óxido y eso era lo único que sabía con certeza. Lo miró a los ojos sin ser consciente de su auténtico estado. Las pupilas de Trunks estaban totalmente dilatadas y la oscuridad se cernía sobre esos ojos tan claros que tan bien conocía.
—La fusión...— atinó a decir con ese asqueroso sabor a óxido manchándole la lengua. —Todavía podemos... todavía puedo...— pero no podía. Ni siquiera pudo levantar el brazo para aferrar la mano temblorosa de su amigo cerniéndose sobre su mejilla, intentando despertarle y mantenerlo a su lado con ese simple contacto. Deseó que le dijera algo, que sí podía, que no pasaba nada, que lo ayudara a levantarse y acabaran con eso de una vez, pero Trunks no lo hizo. Ni siquiera podía articular una palabra.
Y ese era el maldito momento en el que necesitaba escucharlo, más que nunca, y su amigo lo sabía. Pero aun así no pudo decirlo, esta vez no por orgullo masculino. Eres mi mejor amigo, mi hermano, y te quiero. De verdad. No fue capaz de decírselo.
—Goten, no... por favor...— le oyó decir, y otra vez le vio a punto de llorar, y supo que su estado era mucho peor de lo que parecía. No pudo sentir la mano de su amigo buscando la hemorragia. Ni siquiera había hemorragia. Era como si le hubieran atravesado con una barra de acero ardiendo y su interior quemara. Vio a su amigo revolviéndose buscando una semilla senzu por algún lado desesperadamente, y tenía. Siempre tan previsor, por si acaso. Goten abrió la boca y la recibió entre los dientes, pero cuando intentó tragarla, empezó a toser y la escupió irremediablemente. Trunks la recogió y volvió a meterla en su boca, tapándosela con una mano para que no volviera a escupirla cuando empezó a toser otra vez. Le dijo algo, probablemente lo llamó por su nombre, pero Goten no le escuchó. Su sentido del oído se apagó al igual que el de su visión, gradualmente. Un pensamiento curioso invadió su mente y quiso abrir la boca para hacérselo saber a su amigo, pero no pudo.
No se lo digas a mi madre, por favor. La va a destrozar.
No recordaba que los ojos de Trunks fueran tan oscuros. El negro de sus pupilas fue el negro absoluto en el que se sumergió su mente, y por un momento pudo oírlo en su cabeza, chillando desesperadamente. ¡No me dejes solo, por favor! ¡Goten! Y luego, tan pronto como habían llegado esos gritos, silencio. El silencio de un corazón dejando de latir. El silencio de un vínculo mental y sentimental resquebrajándose para siempre y dejando hondas heridas imposibles de cicatrizar. Y los ojos abiertos de par en par sin ver nada en absoluto, sin vida.
Las lágrimas producto de la desesperación y negación de la ya no tan pequeña Pan. La incredulidad y el shock en el rostro de Picolo. El inicio de algo difícil de catalogar en Gohan al observar el cuerpo maltrecho y destrozado de su hermano pequeño en brazos de su mejor amigo. La sonrisa divertida de Benkas mientras los analizaba uno a uno con auténtica satisfacción. Y finalmente, el estruendoso estallido de cólera escapándose de la boca de Trunks, de la imparable aura aniquiladora. La posesión del Trunks de pesadilla rasgando el aire y adueñándose con férrea desesperación de cada rincón de la ciudad destruida.
Y lejos de allí, tan lejos como para que el grito no llegara, pero sí la ausencia de la presencia de Goten, un ambiente tenso cargado de estupefacción tomó posesión de cada rincón de la Corporación Cápsula. Las miradas de todos aquellos capaces de sentir el ki y su desaparición, su aniquilación, viajaron hasta una única persona concreta, anclada en el jardín, agotada y sudorosa tras un intenso entrenamiento que no daba frutos.
Goku elevó la mirada al cielo, y ahí se quedó. El vínculo roto dando un último latigazo sobre su mente para deshacerse por completo. Una última palabra, una última vez el sonido de su voz haciendo eco en su cerebro, un último mensaje, quizás de auxilio, quizás de despedida.
¡Papá!
Luego se apagó y Goku no escuchó nada más, solo el silencio de la afirmación aplastante.
Sabía que acababan de matar a su hijo. Y sabía que él no había peleado para evitarlo.
N.A: Este capítulo... lo cierto es que voy a estar en tensión toda la semana porque sé que me vais a apedrear vía rewien cuando lo leáis. Yo también lo haría, o al menos me volvería loca si leyera algo así en un fic de forma inesperada, peeeeeeero lo que he hecho (sabréis a lo que me refiero nada más leerlo) está plenamente justificado y está dentro de la historia. No es algo que haya puesto de manera gratuita, os lo aseguro. Quería hacer algo original y tocar la psicología de los personajes ante un suceso así, y eso es lo que voy a hacer. No diré que este capítulo es importante, porque no hace falta decirlo. Este capítulo no es que sea importante. Es que este capítulo es El Capítulo, el que marca la nueva etapa de este fic, la vuelta de tuerca que lo revuelve todo, el giro de ciento veinte grados en la historia que pasa de ser solo amor, risas y misterio a ser algo más, o eso es lo que he intentado plasmar. Que tenga éxito o no es otra cosa (espero que así sea T.T). y espero que os guste también a pesar de todo. Sinceramente, no me gustan los abucheos, pero dejaré que esta vez los hagáis si lo consideráis necesario. Sin más, os dejo con el capítulo 19, en mi opinión, bastante decisivo de la historia de Instinto animal.
Mil gracias por los rewiens!
