CAPÍTULO REEDITADO
Capítulo 22
Día de pérdidas
Día 195 (tarde-noche).
A veces, el silencio decía más que cualquier palabra. En aquella sala de estar de la enorme mansión de la Corporación Cápsula, cada uno vivía su propio silencio y su propio infierno, a la espera de nuevas noticias. Las cenizas y la subida de temperaturas inesperadas habían provocado una tormenta de dimensiones colosales, y a regaña dientes, las mujeres se introdujeron en la sala común seguidas de los hombres que insistían en cuidar de ellas hasta que sus parejas e hijos volvieran a casa, enteros o en partes. No podían hacer mucho más, y eso hería a cada uno a su manera. Las limitaciones humanas eran muchas.
Krilín, sentado junto a su hija, era muy consciente de ello mientras esperaba el regreso de su mujer con un nudo en la garganta. No sentía vergüenza de sí mismo, pero sí frustración por no ser lo suficientemente poderoso como para protegerlas como padre y marido. A su lado, Marron se había hecho un ovillo sobre el sofá y hundía la cabeza entre sus piernas, temblando en una sensación que viajaba entre la resignación y la tristeza. Se mordía los labios y permitía que las lágrimas se escurrieran por su cara con sollozos mudos, asustada al pensar en la posibilidad de que Trunks estuviera herido, sufriendo en algún rincón del planeta mientras intentaba protegerlos. La foto de Goten, ella y Trunks seguía rota sobre la mesa del salón. No habría consuelo si ambos habían muerto. Uno de sus mejores amigos y el hombre que, con el tiempo, había empezado a querer como algo más que a un amigo.
Videl había empezado a hacer ruido en la cocina momentos atrás, frustrada. No pensaba cocinar nada. Ni siquiera después de tanto tiempo de casada se le daba bien cocinar, a pesar de las enseñanzas de su suegra. Quería pelear, golpear un saco de boxeo hasta destrozarlo, volar, y más de una vez salió al jardín bajo la lluvia para buscar a los demás en el oscuro cielo, sin éxito. Estaba mojada cuando empezó a golpear sartenes, impotente y decaída hasta que, finalmente, se detuvo y hundió la cabeza entre sus hombros.
El silencio se rompió definitivamente cuando las arcadas se escucharon en el cuarto de baño seguidas del agua que se tragaba todo por la potencia de la cisterna. Chichí salió de allí, pálida y ojerosa, con el estómago revuelto después de haber devuelto lo poco que había comido ese día.
—¿Estás bien?— le preguntó Videl cuando llegó hasta su lado y empezó a agarrar las sartenes que, momentos atrás, ella había estado golpeando. Esa era la medicina de la mujer: cocinar. Quizás no fuera mucho, pero si algo calmaba a los saiyajins después de un día duro de pelea, era la comida, por lo que Chichí procuraba que nunca faltara en su casa.
—Es normal en mi estado— Videl arqueó una ceja, sin entender. Chichí le sonrió con un claro rubor en las mejillas que eliminaba por completo su palidez. A la mujer no le costó mucho trabajo comprender.
—¡Oh, Chichí!— exclamó. —Felicidades. No esperaba que fuera después de tan poco tiempo. Goku tiene que estar muy emocionado.
—Todavía no se lo he dicho. No sé cómo se lo tomará después de... todo esto— Videl entendió su temor. No solo se refería a la repentina muerte de Goten, sino también al poder en descrecimiento de Goku. El matrimonio no estaba pasando por su mejor momento, y el miedo de la mujer no era infundado; no hacía falta ser muy observador para darse cuenta de que el héroe que los había salvado tantas veces estaba en un estado depresivo, con poca voluntad de liderazgo al perder parte de su poder.
—Son demasiadas emociones por hoy. Quizás mañana...— murmuró Chichí.
—Creo que después de todo lo que ha pasado hoy sería mejor que se lo dijeras cuanto antes. No vendrá mal un poco de alegría hasta que reunamos las esferas y revivamos a Goten.— Chichí no respondió, pero recordar que las esferas del dragón siempre estarían a su disposición la calmó interiormente.
Cuando un saiyajin aterrizaba emitía un sonido particular, tan imperceptible como el de una piedra cortando el viento sin un objetivo de alcance particular. Pocas personas podían apreciarlo, pero para las mujeres que convivían con ellos ese sonido podía ser tan escandaloso como el de una orquesta de grillos en pleno verano. Chichí y Videl salieron al salón en cuanto lo apreciaron a través de la ventana de la cocina, y allí, de pie y vigilando la entrada de la mansión, permanecieron los demás. Esperaron, con los latidos de sus corazones haciendo eco en sus orejas mientras escuchaban los pasos sobre la hierba húmeda del jardín.
Entonces se abrió la puerta, y las primeras personas en entrar fueron los más pequeños y recientes, calados hasta los huesos, rasguñados y heridos, pero salvos y vivos.
—¿Mamá?— la llamó Pan con voz rasgada y sollozante. Videl emitió un suspiro que sonó más a un jadeo. Poco le importó que Uub estuviera apoyado en ella para mantenerse en pie mientras cubría la herida de su hombro. Le rodeó la cabeza con los brazos y esta dio contra su pecho, ahogándola en un confortable abrazo. El joven se apartó cuando Pan rodeó a su madre por la cintura, permitiéndole esa muestra de cariño que rara vez consentía por orgullo propio. Algunas lágrimas escaparon de las cuencas de sus ojos mientras era acunada con el mayor alivio y muestra de amor que una madre pudiera tener por su hija.
Había sido su primera batalla real, y había sido demasiado. Todavía temblaba como una hoja.
—Ya ha pasado. Ya estás en casa— la calmó Videl con voz trémula y gangosa.
—El tío Goten...— musitó entre lágrimas.
—Lo sé. Lo reviviremos enseguida, ya verás— Bajo la atenta mirada de Uub, igual de mortificada que la de ella, la adolescente negó con la cabeza entre lágrimas y volvió a abrazarla.
A-18 entró poco después. Cruzó el umbral de la puerta con rostro pétreo, con parte de su ropa ajada y con el brazo sano cubriendo el herido, con la muñeca empapada en sangre y aceite. Débiles chispazos azules la recorrían, así que cuando Marron se abalanzó sobre ella, toda lágrimas, A-18 se ocupo de apartar la herida de ella. Krilín se acercó con ojos brillantes, pero antes de que pudiera decir nada, su mujer lo miró. Extrañamente, dadas las circunstancias, le dedicó una sonrisa que nadie, salvo él, había visto en ella.
—Todo está bien, Krilín— le aseguró. Y el hombre tragó saliva, observando su brazo herido y los cables que podía ver sobre los tendones rotos. Se acercó a su familia y participó en un abrazo colectivo, demasiado emocionado como para recriminarse su falta de actuación.
Gohan entró poco después con el brazo de un Picolo inconsciente rodeándole los hombros. Su aspecto era algo más que deplorable, sin su gi, consumido por el fuego y las ascuas, con los restos de sangre seca pegados a la cara y con el pecho de un color entre negruzco, amarillento y rojizo por las quemaduras. Sin embargo, ese aspecto no impidió que Videl dejara ver una sonrisa temblorosa al verlo de una pieza. Las quemaduras, que lo estaban matando de dolor, tampoco impidieron que Gohan se inclinara sobre el suelo lentamente y apoyara a Picolo contra la pared unos instantes para ir con su familia. Su frente dio contra la de Videl en un gesto de cariño, compartiendo suspiros mientras sus brazos se unían.
—No me abraces, por favor. Estoy quemado y me duele de solo respirar— le advirtió.
—Ya lo veo. Vamos a necesitar unas cuantas semillas— Pan se apartó de su madre limpiándose las lágrimas.
—Yo no necesito ninguna. Estoy bien.
—Tú harás lo que yo diga— ordenó Videl sin admitir replica. Gohan sonrió ante ese derroche de autoridad. Colocó una mano sobre la cabeza de su hija y le acarició el despeinado cabello oscuro.
—Lo ha hecho muy bien para ser su primera batalla. Estoy muy orgulloso de ella— Pan tragó saliva. Un escalofrío le recorrió la espalda al pensar en lo que diría su padre si se descubría la verdad, y a juzgar por cómo estaba la situación, sabía que esta no tardaría en saberse. Cuando sus padres supieran que ella había encubierto a Bra casi desde el principio, no quería ni imaginar lo que dirían. Por muy bueno que fuera su padre, era digno de temer cuando se enfadaba.
—¡Y una mierda!— los gritos estridentes se escucharon sobre las alegrías familiares desde el exterior de la casa. Automáticamente, todos se volvieron hacia la entrada esperando una nueva llegada. La voz de Vegeta retumbaba cargada de rabia, haciendo débil el estruendo de la lluvia. —¡Esa cosa no va a entrar en mi casa!— prohibió, tajante.
—No seas así, Vegeta. Está muy mal herido— oyeron la voz conciliadora de Goku, lo que consiguió sacar una exclamación de alivio a Chichí. La mujer hizo amago de dirigirse hacia la entrada, pero Gohan se interpuso en su camino, sereno y protector.
—Es mejor que no lo veas, mamá.
—¿Está aquí? ¿Por qué Vegeta no le deja entrar?
—No es a Goten a quien no deja entrar— declaró. Una cuestión general se impuso sobre los allí presentes, pero para Chichí eso no importaba. Solo había algo que podría sacarla de su incertidumbre para introducirla directamente en la pesadilla que había estado intentando esquivar durante las últimas horas.
Y ese algo entró por la puerta, sostenido por los firmes brazos de Trunks.
Chichí contuvo la respiración cuando el hijo de Bulma cruzó el umbral. No había rastro de heridas en él. Lo que sí había eran ojos nítidos, brillantes, cargados de emociones pero tan fríos que estremecían de solo mirarlos. Marron lo supo de primera mano en cuanto lo vio, aunque no pudo saber si el temblor que la invadió fue por la helada mirada o por la amarga visión. Goten estaba entre sus brazos; sus ojos eternamente cerrados, su rostro relajado a pesar de lo que había vivido ese día y de lo que había dejado de vivir. Su cabeza colgaba hacia atrás y su brazo se mantenía inerte. La ropa ajada dejaba ver la negruzca herida que lo había atravesado de parte a parte, y la impresión fue demasiada.
Chichí ahogó una exclamación y sintió que las piernas le fallaban. Se mantuvo en pie solo porque Gohan la agarró por la cintura, por si perdía el equilibrio, cosa que no tardó en hacer. Dolientes lágrimas se escaparon junto a los pucheros que no pudo evitar hacer cuando Trunks pasó por su lado, dejando en su lugar un frío que calaba hasta los huesos.
—Chichí, no... Lo reviviremos pronto, ya lo verás.
—Eso esperamos— comentó Gohan.
—¿Cómo que eso esperamos?
—La bola de cuatro estrellas ya no está. Los boburrianos la han roto.— Hubo otra conmoción general. Las esperanzas empezaron a decaer dando lugar a un creciente pánico al ser conscientes de lo que eso significaba. —No os preocupéis. Eso no quiere decir nada. Lo único que tenemos que hacer es hablar con Dende y él lo arreglará, seguro. El problema es... es otro.
Antes de que nadie pudiera preguntar, nuevos gritos retumbaron en el exterior.
—Puede que haya sido un poco rudo, pero...
—¿Un poco rudo? ¿¡Un poco rudo!? ¡Maldita sea, Kakarotto, ha estado a punto de aniquilar a mi familia, y no de la manera sutil! ¡Es un demonio!
—¡No hables así de él, tú no le conoces, papá!
—Pero tú sí lo conoces, ¿verdad? ¡Como tengas algo que ver con todo lo que ha pasado hoy, te juro que será algo más que la nariz lo que te rompa! ¡Ya he sido demasiado condescendiente contigo!
—¡Como le pongas un dedo encima a nuestra hija, serás tú el que salga de casa, mono del demonio!
—¡Maldita sea, mujer!
—¡Ni mujer ni nada! Va a entrar en mi casa, vamos a hablarlo entre todos y juntos decidiremos qué hacer con él. ¡Y me da igual si golpeas tu pecho de gorila con los puños y te subes a la torre más alta de la ciudad convertido en un mono gigante gritando que quieres que se largue! ¡ENTRA Y NO HAY DISCUSIÓN!
Vegeta entró en la mansión con la vena del cuello y de la frente hinchada, a punto de estallar, apartando la puerta de un portazo y clavando el picaporte en la pared. Era imposible ignorar su cojera y el dolor que aguantaba con cada paso que daba, aumentando su irritación. Se volvió hacia la entrada por donde una Bulma de brazos cruzados y con actitud claramente irritada entró tras él, tan mojada que parte de su ropa se transparentaba. Algunos hicieron un esfuerzo por no clavar la mirada en el sujetador oscuro que brillaba por debajo de su camiseta, pero aunque Oolong y el Maestro Roshi no lo hicieron, Vegeta estaba demasiado alterado como para encargarse del exhibicionismo de su mujer.
—Si se despierta o hace un movimiento extraño, le vuelo la tapa de los sesos— avisó él, y Bulma le giró la cara con indignación.
—Si lo haces, Bra no te lo perdonará en la vida.
—Esa es otra. ¡Entra de una vez, tú no te escapas de esta, maldita niñata!— gritó, dando el aviso a los del exterior. Hubo un silencio largo remarcado por un pequeño suspiro por parte de Gohan y el sonido del grifo en la cocina. Vegeta bebió tres vasos de agua seguidos, como si no hubiera mañana, y el cuarto se lo echó por encima de la cabeza, sacudiéndola acto seguido. Volvió al salón con la misma expresión de perro rabioso con la que había entrado, pero sin el mismo rubor debido al calor sofocante que, a pesar de la lluvia, seguía sin esfumarse.
—Estaos tranquilos, ¿de acuerdo? Está herido y no puede atacarnos. Al menos no de momento— comentó Gohan al resto de los guerreros.
—Dejaos de tanto secretismo y decidnos qué ocurre de una vez. ¿Qué está pasando? ¿Habéis acabado con el guerrero legendario o no?— preguntó Ten Shin Han. A pesar de no haber visto nunca a semejante mole homicida, había oído hablar de ella más de una vez, aunque fuera relatada en forma de historieta. No le hacía falta verlo ni haberlo vivido para saber que el enemigo del que hablaban era para echarse a temblar.
Entonces, las últimas personas que quedaban fuera entraron en la mansión. Bra fue la primera, de espaldas a ellos. Nadie pudo ver sus ojos azules brillando en preocupación e indignación por las palabras paternas, solo su largo pelo azulado, igual al de su madre, empapado, mojando su espalda descubierta por los jirones de ropa que quedaban de ella.
—Con cuidado— pidió. —Si se despierta no habrá forma de calmarlo.
La cabeza de Goku asomó en cuanto Bra le dejó paso, y una sonrisa forzada apareció en sus labios.
—Hola chicos— los saludó. —No os pongáis nerviosos. No puede pelear ahora— avisó una vez más. Cuando Goku traspasó el umbral de la puerta de una vez, con un gran cuerpo colgado de su hombro, no supieron cómo reaccionar ni a qué se refería.
Era un hombre. Estaba herido, y la sangre que había empapado la ropa de Goku lo manifestaba, porque estaba claro que no era suya por el estado en el que se encontraba, sin el más mínimo desperfecto. También tenía algo que no pasó desapercibido para nadie en cuanto lo vieron, quieto, sin el menor signo de vida. Todos lo reconocieron, y todos tuvieron una reacción muy parecida.
Una cola. Una cola de saiyajin.
Goku se arrodilló sobre el suelo junto a Bra, y ambos consiguieron que el hombre malherido quedara tumbado y expuesto sobre el regazo de la joven, débil e inconsciente. Automáticamente, ella se llevó las manos a lo que quedaba de su destartalado top oscuro y se lo quitó. Con la prenda envolviendo su mano, apretó la herida del estómago de Broly con la intención de detener la hemorragia hasta que recibiera atención médica. Él ni siquiera se movió.
Hubo una pequeña conmoción que desembocó en un tremendo shock cuando Krilín gritó quién era el desconocido herido.
—Ese es... es... e-el... el...— tartamudeó, adquiriendo una tonalidad morada. —¡BROLY! ¡Es Broly!— chilló, y todos se encogieron de pura congoja. Oolong acabó abrazándose al Maestro Roshi con desesperación. Videl agarró a Gohan por el brazo y lo abrazó al reconocer ese rostro que, en aquellos momentos, no tenía nada de sádico, pero que para ella resultaba inolvidable. —¡Maldita sea, es el guerrero legendario!
—¡¿Qué demonios hace aquí?!— gritó Ten Shin Han.
Y en cuestión de segundos se montó un gran jolgorio.
El salvador del mundo se veía en una encrucijada sobre la postura que debería tomar en esa situación. Aquella no era una decisión como la que había tomado con Vegeta o con Picolo. A ellos, enemigos de su gente en un principio, ni siquiera había hecho falta elegirlos para formar parte del grupo. Había sucedido rápido y las decisiones se habían tomado por conveniencia propia para luego desarrollarse en torno al grupo, pero eso era diferente. Broly era fuerte, y estaba seguro de que no tenía necesidad alguna de unirse a su gran familia para acabar con los boburrianos. Ellos, por el contrario, sí lo necesitaban. Si no conseguían hacerlo de los suyos, estarían muy fastidiados.
—¿Puede razonar?— preguntó a Bra por lo bajo, consciente de que ella, para bien o para mal, lo conocía lo suficiente como para opinar.
—Claro que puede, pero es muy tozudo. Solo escuchará a quien quiera escuchar.
—¿Crees que estaría dispuesto a escucharme a mí?
—No. No escuchará a nadie y si lo acorraláis para que hable solo conseguiréis ponerlo nervioso y hacerle actuar a la defensiva. Os atacará si se siente amenazado.
—Pero a ti sí te escucha— aquella fue una afirmación. Un hombre que movía a tantas personas no podía ser solo fuerte; era listo y perceptivo siempre y cuando la ocasión lo requiriera y mereciera la pena.
—No siempre me escucha. Con este tema nunca lo hace. Su odio puede más que...— Bra estuvo a punto de admitir que su odio podía más que los sentimientos que tuviera por ella, pero calló a tiempo, mordiéndose los labios.
De repente, Broly hizo un movimiento de cabeza que atrajo la atención de todos. Frunció el ceño con los ojos cerrados y se revolvió. Su cola azotó el suelo y su boca se entreabrió, enseñando los caninos dejando escapar un gruñido gutural. Vegeta dio un paso hacia delante y Goku alzó un brazo para noquearlo y evitar que su compañero, mucho menos compasivo, le hiciera frente con un ataque que lo matara definitivamente, pero nada de eso hizo falta. Bra lo arrulló. La incredulidad y la sorpresa llegó cuando vieron como ella, sin miedo, atrajo la cabeza del guerrero legendario contra su propio vientre y, acariciándole la mejilla y posando una mano sobre sus ojos, le chistó en voz baja como a un niño pequeño.
—Shhh, duerme— Él volvió a quejarse y a revolverse, pero Bra mantuvo su cabeza contra su regazo, muy quieto, susurrándole palabras al oído. —No te despiertes, no ahora. Sigue durmiendo.
Vegeta no supo cómo tomarse semejante muestra de confianza. Vio la cola cayendo sobre el suelo, mansa al igual que el cuerpo que dejó de moverse, calmado por las dulces palabras de su hija. Todos lo vieron, pero solo algunos pudieron comprender lo que eso significaba, especialmente Bulma, que emocionada, se llevó una mano al pecho.
El príncipe de los saiyajin dio un paso al frente con cada poro de piel lanzando grandes cantidades de testosterona y sentimientos de ira e incomprensión. Agarró a Bra por el brazo y tiró de ella.
—Habla, ahora, ¿de qué lo conoces? ¡Y no quiero mentiras ni omisiones, cuéntalo todo!— ordenó.
—No hace falta ser tan duro, Vegeta— intentó sonar conciliador Goku, pero lo único que recibió fue el más puro desprecio.
—¡No me des consejos sobre cómo hablar con mi hija! Ese monstruo ha estado a punto de liquidarnos a todos, y como haya tenido algo que ver...
—No es un monstruo— lo cortó ella por fin. Reunió valor, tragó saliva y conteniendo el aire, apretó con fuerza uno de los brazos de Broly. Su tono de piel siempre había sido mucho más moreno que el suyo, pero cuando Bra pudo comparar las tonalidades se dio cuenta de que estaba volviéndose más pálido que ella misma. Eso no podía significar nada bueno. Si quería que alguien le atendiera, tenía que ser rápida. No había tiempo para lloriquear ni para las peleas.
—Fui yo, papá— admitió. No se atrevió a mirarle a los ojos cuando lo dijo. —Fui yo quien lo devolvió a la vida con las esferas del dragón.
Silencio.
Hubo un silencio helado y largo, quizás demasiado, tanto, que en esas pequeñas fracciones de segundo hubo tiempo para que los prejuicios y las críticas, las suposiciones y las preguntas encontradas se asentaran en la mente de los guerreros. Se escuchó un murmullo incrédulo, y aunque poco a poco todos consiguieron reaccionar, solo hubo uno que tardó más de lo preciso. Vegeta lo recordó, las palabras en boca del propio Broly.
¡La misma mujer a la que le rompiste la nariz por tu patético orgullo de príncipe, hijo de perra!
Por supuesto. Una mujer a la que él mismo le había roto la nariz cargado de orgullo. No podía ser de otra forma, y él, estúpido, ni siquiera había caído en la posibilidad de que pudiera ser su propia hija, de que fuera ella y solo ella quien lo hubiera devuelto a la vida. Quien los hubiera traicionado.
Si solo era una cría...
—Vegeta...— Bulma apoyó una mano sobre su pecho, suave. Él la miró, aturdido por el golpe, el más duro jamás recibido en años. Calló, reorganizando sus ideas, intentando asimilar. Fue Goku el que, acuclillado frente a Bra, se apresuró a hacer la siguiente pregunta intentando comprender.
—¿Por qué, Bra? Es un enemigo muy peligroso.
—Es que fue un accidente. Ninguno de vosotros quería entrenarme y yo necesitaba pelear. Lo deseaba. Ni siquiera me distéis explicaciones, solo me lo prohibisteis, así que decidí apañármelas sola. Busqué las bolas del dragón y deseé que el último saiyajin que había logrado transformarse en súper saiyajin volviera a la vida y me entrenara. No sabía que ese sería Broly, ni tampoco sabía que sería un enemigo vuestro, de verdad. De haberlo sabido no lo habría hecho, pero cuando me di cuenta él ya había vuelto a la vida y...
—Y no dijiste nada— supuso Goku.
—Un momento... ¿De cuánto tiempo estamos hablando?— cuestionó Gohan. —¿Cuándo volvió a la vida? ¿Hace unas semanas, un mes?
—Lo reviví a finales de septiembre— reconoció ella. Gohan ni siquiera le dio tiempo para a acabar la oración.
—¡Estamos a finales de marzo!
—Son más de seis meses. ¿Cómo no os habéis dado cuenta hasta ahora?— cuestionó Bulma, confusa. —Creía que podíais sentir el ki.
—Y podemos, pero Broly sabe esconderse bien. No supimos de él durante muchos años, y cuando lo derrotamos la primera vez, no murió y pasó desapercibido otros tantos años. Si él quiere solo podemos sentir energía débil, muy débil, tanto como para no llamarnos la atención— Gohan fue bajando el tono de la explicación hasta que se hizo casi ininteligible. Varias luces se encendieron en su cabeza y la ladeó, calculando posibilidades. —Supongo que fue él el que sentí tan cerca en la universidad, ¿me equivoco?
—No te equivocas. Era él— admitió Bra.
—¿También fue él el que intentó atacar el Monte Paoz?
—Sí.
—Eso explica muchas cosas, pero no cómo conseguiste que no nos matara durante casi siete meses.
Bra suspiró. Ahí empezaba lo difícil. Instintivamente buscó un punto de apoyo en alguno de los presentes, y lo encontró, aunque en condiciones no muy halagüeñas. Trunks se había acurrucado en la otra punta del salón, sentado sobre el suelo con Goten en brazos. Su mirada era distante, pero inmersa en la vigilia. Pan la observaba con ojos brillantes. Las piernas le temblaban de miedo, pero aun así hacía un esfuerzo sobre humano por mantenerse en pie brindándole algo más que apoyo emocional. A-18 era completamente indiferente, y Goku parecía estar seriamente preocupado. Hizo amago de tocar al guerrero legendario más de una vez, pero se apartó en el último momento. La única que parecía estar con ella con una comprensión difícil de entender era Bulma, que de no ser porque temía que Vegeta perdiera los estribos, habría ido hasta ella para abrazarla.
Bra no tenía ni idea de cuánto la comprendía su madre.
—Le dije que si me entrenaba y conseguía llegar a ser un súper saiyajin... le diría cuál era el punto débil de Goku— Los Son ahogaron una exclamación de horror. El rostro del mencionado se tornó severo. —Pero no se lo dije. De hecho, ni siquiera lo sé. Solo fue un farol para tenerlo controlado hasta que pudiera transformarme y reunir las esferas otra vez para enviarlo al infierno de nuevo. Pero cuando invoqué a Shenlong...
—Shenlong solo puede acabar con aquellos cuyo poder sea menor que el de su creador. No podría haber devuelto a Broly al infierno. Ni siquiera ahora podría— acertó a decir Krilín.
—Eso no lo sabía...
—Espera un momento. ¿Cuándo invocaste a Shenlong por segunda vez?— Esa pregunta la pilló infraganti y sus ojos cristalinos se desviaron hacia Pan, cuya piel se volvió cerúlea en cuestión de segundos. Sabía que Gohan estaba calculando. Sabía que Chichí y Goku ya estaban atando cabos y sabía que Bulma ya había caído en la cuenta por la manera en la que se giró hacia ella. Dio un paso hacia atrás, pero no pudo huir de la mirada inquisitiva de Gohan y Goku en cuanto recordaron que el radar del dragón había estado en su posesión durante varias semanas hasta que Pan, un día, lo robó. Ninguno había indagado en los motivos porque el deseo que pensaban pedir, el de volver a sus mujeres a la juventud, se había cumplido. Lo achacaron a que Pan quería darles una sorpresa y se lo habían agradecido como tal, pero se dieron cuenta de su error.
Los deseos de la pequeña habían distado mucho de los que ellos habían predispuesto para sí.
—¿Tú lo sabías?— preguntó Gohan venenosamente, y su hija se encogió. No respondió. —¿¡Sabías que había un hombre tan peligroso que quería matar a tu abuelo por ahí suelto y no dijiste nada!?— Pan no pudo evitar hacer un puchero, asustada por el grito de su padre. Uub dio un paso al frente con el brazo por delante, en un claro intento por calmar la ira ciega de Gohan, pero este se volvió con ojos ardientes. —¡No, Uub! ¡No tiene excusa, maldita sea!
—¡Fue culpa mía, Gohan, yo se lo pedí! ¡Se lo supliqué, e incluso la amenacé para que no dijera nada!— gritó Bra con voz gangosa. Algo peor que la horrible situación que estaba viviendo eran los sentimientos de culpa al ver a su amiga asustada por las terribles reprimendas de sus familiares.
—Por supuesto que se lo pediste, pero pensaba haber criado a mi hija con el suficiente criterio como para decidir entre qué estaba bien y qué estaba mal en lugar de seguir a los demás como un jodido cordero. ¡Y me equivocaba!— Pan reculó. Fijó la vista en Videl, que negó con la cabeza con resignación y decepción, dándole la implacable razón a su marido.
—¿En qué demonios estabas pensando, Pan?
—Es que...— Pan miró a Bra, y la joven se sintió condenada al saber que lo iba a decir, y con todas las de la ley. No podía recriminárselo y asintió, dándole permiso para ello. Sin embargo, Pan no mencionó más de lo que debía— Es que no parecía tan malo. Es un bruto pero no es...
—¿Has hablado con él? ¿Con esa maldita cosa?—
—No es una maldita cosa— escupió Bra, furiosa por el apelativo. Gohan la ignoró. Su cuerpo entero temblaba de cólera y tuvo que hacer un esfuerzo sobre humano para no volverse contra su hija y cruzarle la cara de un guantazo. Él nunca, jamás, le había levantado la mano para algo que no fuera entrenar pero lo que había hecho no tenía nombre.
—Es suficiente, Gohan— la voz de su padre le hizo perder el hilo de sus pensamientos, y entonces recordó que la decisión de su hija no solo le atañía a él. Goku ni siquiera miró a su nieta cuando las palabras salieron de su boca, pero también sabias y benignas, con toda la intención de hacer reflexionar más que provocar daño. —Pensaba que algún día ocuparías mi lugar y el de tu padre, Pan. Quizás tenía expectativas demasiado altas puestas en ti, o me propasé en tu entrenamiento, o no te enseñé bien, no lo sé... pero está claro que, por ahora, no puedes formar parte de los nuestros. Estoy... Estoy decepcionado, Pan — finalizó.
No hubo mirada ni reproche, ni mucho menos castigo, que hiciera más daño que eso.
A pesar de la resignación y el silencio posterior, Goku tenía muy claro que la cosa no acababa ahí. Con un pequeño dolor de cabeza atorándole el cerebro por los recientes descubrimientos, volvió a encarar a Bra, que estaba más dispuesta a hablar que nunca para acabar con aquella situación que tanto daño les estaba haciendo. A ella, a Pan, a los Son y a los Brief.
—¿Cómo lograste controlarle cuando los boburrianos me atacaron? Quedé desprotegido después de eso y Broly tuvo que notarlo, pero nunca atacó. ¿Por qué?
—No lo hizo porque yo se lo pedí.
—¡No me jodas!— gritó Vegeta. Se revolvió, llevándose las manos a la cara para controlar su mal humor creciente.
—Es cierto. Le pedí que no lo hiciera y no lo hizo, pero no fue solo eso. No quería acabar con Goku sin tener una pelea decente. Es un saiyajin después de todo, y la batalla es su campo. No tiene tan pocos escrúpulos como pensáis, ni tampoco es tan irrazonable. Podría ayudarnos contra los boburrianos, podría ayudarnos con otros enemigos, podría...
—¿Insinúas lo que creo?— atajó Vegeta con un gruñido— ¿Insinúas que lo hagamos uno de los nuestros?
—Ni hablar— zanjó Ten Shin Han.
—Es una locura. No es como otros saiyajin, él es el legendario. Es inestable.
—No me gusta la idea. Cuando lo vimos por primera vez no había manera de razonar con él. ¡Era un sádico!
—No estáis pensando con la cabeza fría. Puede ayudarnos.
—Para ti es fácil mantenerte fría. Funcionas con circuitos.
Goku miró a su alrededor, sorprendido por la pequeña disputa que empezaba a formarse en el grupo. Hubo una discusión, y los Guerreros Z empezaron a dividirse en dos bandos sin siquiera darse cuenta de ello; a favor y en contra. El salvador del universo ni siquiera lo entendía. Al parece, nadie se daba cuenta de que entre ellos había personas que se habían encontrado en la misma posición que Broly.
Bra quiso gritar. Deseó callar a todos a voces, desahogarse y contarlo todo para hacerles ver que, si se había acercado tanto a ella era porque no podía ser malo. Pero aunque reunió aire en sus pulmones para gritar, solo se quedó en el intento, pues Broly volvió a moverse con mayor agitación. Su respiración se volvió errática y Bra apretó su herida con renovada fuerza, intentando contener la hemorragia. Estaba sudando y por la manera en la que encogía la cara, estaba claro que le dolía.
—¿Os queréis callar de una vez? ¡Se está desangrando, necesita una semilla!— demandó.
—Si le damos una semilla se recuperará por completo y nos masacrará. No podemos pelear otra vez contra él— aseguró Gohan.
—Y aunque no lo hiciera, no se la daría ni loco. ¡Qué se pudra!— fue la abrupta contestación de Vegeta. Bra apretó los dientes.
—¿Y ya está? ¿Vais a dejar que se muera, sin más?
—Tampoco perdemos nada por hacerlo— comentó su padre, escupiendo ácido por la rabia.
—No hay duda de que sois unos monos muy estúpidos si le dejáis morir— añadió A-18. La androide se sentó sobre el sofá y se cruzó de piernas en actitud altanera. —Él ha estado con los boburrianos. Ha sido su conejillo de indias. No hay duda de que conoce sus puntos débiles por la manera en la que acabó con todos ellos— Bra dio gracias porque alguien se mostrara razonable, por fin, pero cuando la mujer siguió hablando retiró esos pensamientos de su cabeza y deseó darle un par de puñetazos por lo dicho. —Está débil y herido. Podemos coserle la herida e inmovilizarlo con brazaletes de acero kacchin. No podrá pelear ni transformarse si solo le cosemos la herida, porque en cuanto se mueva demasiado volverá a abrirse. También podríamos drogarlo si se pusiera violento. No será difícil en su estado. Además... obedecerá a tu hija, Vegeta. Ella lo ha domado.
—Yo no lo he domado, y aunque lo hubiera hecho ten por seguro que nunca me utilizaríais para esto. Es inhumano. De hecho, ni siquiera sé cómo podemos estar teniendo esta conversación. ¿Acaso a ti te hizo gracia que el Dr. Gero experimentara con tu cuerpo para convertirte en un androide? ¡No me jodas!— A-18 ni siquiera pestañeó ante el arranque de ira, hierática.
—Es eso o matarlo. Tómatelo como una ayuda porque está claro que eres su punto débil y eso hay que aprovecharlo. De no ser por ti, nos habría matado a todos— Bra frunció el ceño, sin entender, pero fue Vegeta el que, con voz autoritaria, preguntó.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Yo le herí en el estómago antes de que me destrozara el brazo. Fingí que quería atacar a tu hija y él se me echó encima sin pensar. Conseguí hacer que bajara la guardia y le herí abriendo esa vieja cicatriz. Supongo que sabía que esa herida le traería problemas, y pudo cerrarla si hubiera querido con una semilla senzu que, me imagino, habrá sacado de tu hija. Sin embargo, no se la tomó. Se la dio a ella.
El corazón de Bra se encogió cuando A-18 la señaló con un gesto de la cabeza. La frialdad con la que hablaba no pudo contrarrestar lo que sintió cuando supo que Broly podría haber ganado. Había estado a un paso de matarlos a todos y conseguir su tan ansiada venganza, esa que lo liberaría para siempre de esas cadenas imaginarias que le habían impuesto nada más nacer. Podría haberlos destrozado y ahora mismo ella lo odiaría y estaría sola frente a los cadáveres de sus familiares. Pero en cambio estaba ahí, malherido, sin nadie que quisiera ayudarle, rodeado de enemigos que lo juzgaban por lo que era y siempre había sido, por aquello en lo que lo habían convertido.
Por darle la semilla a ella.
Bra apretó su camiseta ajada empapada en su sangre entre los dedos.
—Estúpido... podrías haber ganado— musitó. —Eres un completo imbécil.
—Entonces, ¿qué hacemos?— preguntó Gohan por fin.
—No me gusta la idea de A-18— declaró Goku—. Nosotros no somos nadie para encerrarle ni para usarle. Haya hecho lo que haya hecho, es un saiyajin y tiene conciencia y sentimientos, y aunque no la tuviera me niego a participar en algo tan inhumano. No voy a permitirlo.
—¿Y qué hacemos entonces, papá? Si lo curamos... ya tenemos suficientes problemas como para vigilarlo día y noche. No podemos con él. Tú no lo has visto, se ha vuelto increíblemente fuerte.
—Ese no es motivo para tratarlo como a un monstruo.
—¡Pero es que lo es!
—¡Me da igual lo que él sea, el caso es que nosotros no lo somos!— Gohan calló. Se llevó una mano al puente de la nariz, acariciándolo, perdiendo la paciencia y los estribos.
Nuevamente el silencio... roto por unas pequeñas carcajadas de un Vegeta cada vez más desquiciado e irritado. El dolor de la pierna le estaba matando, pero aún lo hacía más conocer la situación exacta en la que su hija se encontraba. La sorpresa y la decepción eran grandes, enormes, porque lo mirara por donde lo mirara solo podía sacar en claro una cosa; su hija, en la que habría depositado su propia vida, les había traicionado.
Todavía podía sentir el corazón asfixiándose cuando Trunks desapareció en el río de lava. Todavía podía sentir el temblor arraigado cuando Bulma lo abrazó para sacrificarse junto a él. Estaba aterrorizado, otra vez. Siempre contra Broly. Ese demonio le causaba demasiadas impresiones como para ignorarlas. Era su pesadilla particular, era lo que él había dejado atrás, era los restos de un planeta, una raza y una dinastía que ya no quería recordar. Era él treinta años más joven, orgulloso, con grandes ambiciones y pocos escrúpulos, ciego, solitario, amenazado, sordo y en un estado de cólera constante.
Era él sin Bulma.
Y precisamente por eso, por ser él treinta años atrás sabía lo peligroso que era, y también sabía que no tenía remedio. La Tierra ahora era su obligación, y de momento, aunque fuera a la fuerza, era a él al que le tocaba guiar a los demás por las sendas de la ambivalencia que ese demonio suponía para ellos.
Cuando Vegeta, cojeando, encaró a Goku con ojos decididos, mostrando los dientes en un acto reflejo, supo lo que tenía que hacer y exactamente las palabras que debía decir, aunque estas no fueran tan amables como las del anterior guardián de la Tierra.
—¿Es que no os dais cuenta? Da igual lo que decidáis, da igual lo que penséis. Vuestra opinión no vale nada porque si yo decido que vive, vive, y si yo decido que muere, muere. Hoy me he transformado en el súper saiyajin de nivel tres, y automáticamente eso me convierte en el más poderoso de todos los que hay aquí. Al menos de momento— con eso dejó claras sus intenciones, y Goku tomó aire desde el fondo de sus entrañas, agotado y herido por el reciente cambio de situación—. Por lo tanto, yo decido.
—Tú no eres el líder, Vegeta— contrarrestó. El príncipe, cojeando de manera muy notoria por el fémur fracturado, se acercó a él con gesto altanero, conteniendo el dolor atronador para dejarse ver como alguien imposible de detener, ahora imparable.
—Yo no soy el líder, pero en este caso tengo muy claro lo que voy a hacer, y a quien no le guste ¡que intente matarme!— avisó. Apartó a Goku de su camino, echándolo a un lado con brusquedad. Él le siguió, vigilante, encorvándose para atacarlo si la situación lo requería.
Se sitúo frente a su hija con la mirada más despreciativa que pudiera albergar clavada en el herido, y luego un brillo de pesadumbre y gran decepción en Bra, que lo fulminó, sin ninguna disposición por dejarle paso libre.
—¿Vas a protegerle después de lo que ha hecho? ¿Después de intentar matar a Pan y a Uub, después de destrozar a Picolo, después de herir a Gohan, después de cortarle el cuello a tu hermano y dejarlo caer sobre un río de lava? Después de intentar matar a tu madre... ¿vas a protegerlo?— Bra calló, pero no se movió, azotada por la realidad de todo lo que Broly había hecho a los suyos—. Has sido tú, mi propia hija quien lo ha traído, quien nos ha puesto a todos en peligro, y maldita sea... no veo un ápice de arrepentimiento cuando deberías estar suplicando perdón. ¿Es que no tienes ni un poco de vergüenza? Yo y tu madre no te hemos educado para esto. ¿Es que te hubiera dado igual que hubiéramos muerto?
—No, claro que no.
—Entonces, ¿qué? No te entiendo, niña. Reniegas de tu familia por el hijo de perra que ha intentado liquidarnos. ¿Cómo puedes hacerlo después de todo lo que nos ha hecho?
—¿Y qué le hemos hecho nosotros a él, papá? ¡Mi abuelo lo condenó antes de que ni siquiera pudiera hablar!
—¡Y bien que hizo! ¿Es que no lo has visto? ¡Ha intentado matarnos!
—¡No seas hipócrita, como si tú no lo hubieras intentado cuando llegaste aquí!— Vegeta gruñó. Tras él, Bulma aplaudió la determinación de su hija. A veces era necesaria una dosis de dura realidad para que su futuro marido recordara que no siempre había sido fácil aceptarle y tratarle. —Broly merece algo más que desprecio por tu parte. Merece perdón y una oportunidad. ¡Nuestra familia hizo de su vida un infierno!
—¡Me da igual lo que te haya contado, me da igual que lo haya pasado mal! Lo único que me importa es que ha intentado matar a tu hermano, a tu madre y te está manipulando a ti. ¡Apártate de una vez y cierra los ojos si no quieres ver!
—¡Ni hablar!— Bra se saturó, enfadada como no lo había estado desde la última vez que había hablado con su padre. Depositó la cabeza de Broly sobre el suelo y se levantó para encararle con fiereza, como solo su madre sabía hacer, dispuesta a pelear si la ocasión lo requería. Hubo un nuevo conflicto de miradas más grave que el anterior, más agotador para un Vegeta cansado de tanta lucha y fatiga, de tan poca comprensión en esas circunstancias tan especiales.
—O estás con nosotros, o contra nosotros.
—¿Es así como lo ves? No estoy de parte de ninguno. Intento que no os matéis, solo eso. Os quiero, a mamá, a Trunks y a ti, y también a mis amigos por absurdo que suene después de descubrir todo esto. De verdad que sí, y si hay algo de lo que me arrepiento es de haber llevado tan mal esta situación. Lo siento. Siento todo lo que ha hecho él y lo que he hecho yo, pero si hay algo que no siento, y escucha bien esto, papá, es defenderlo ahora. Aunque suene a traición y a cinismo, es lo correcto para mí. Lo que ocurre está muy claro, y sé que algunos de vosotros ya os habéis dado cuenta de ello.— Bra tragó saliva. Había que tener valor y poco bochorno para decir algo así frente a su padre, el que, por la forma en la que fruncía el ceño y respiraba, como un toro en su última embestida, estaba a punto darle la paliza de su vida cuando, hasta hacía unas semanas, no la había tocado ni una sola vez.
Decepciones y pérdidas. Bra no veía más allá de eso, ni el apoyo materno ni el consuelo, ni tampoco la exaltación en Trunks cuando captó lo que su hermana trataba de decir. Las mujeres fueron rápidas y perceptivas, y tanto Videl como Chichí se descompusieron, entendiendo de inmediato. Ellos, especialmente Vegeta, se mostraron reacios a la comprensión clara de lo expresado, pero aunque así fuera Bra tenía algo más que decir.
—No me avergüenzo, papá.
—¿De qué demonios estás hablando ahora?— la cortó antes de que concretara. —¿No te avergüenzas de qué?
—Si no te has dado cuenta ya, es que no quieres entenderlo.
—¿Y qué se supone que debería entender?
Bulma llevó las manos al cielo en una exclamación exasperada. Estaba tan claro que incluso Goku ya se había percatado de ello por la manera en la que abrió la boca y jugó con su lengua, incómodo por los sentimientos que él no solía demostrar. Solo hacía falta verlo de cerca para darse cuenta de que habían dado marcha atrás en el tiempo, exactamente al mismo punto clave en el que Krilín alzó la espada de Yayirobe contra Vegeta cuando este tenía un pie en la tumba tras intentar acabar con ellos, justo cuando Goku, con más huesos rotos que sanos, dijo que parara. A Vegeta le había costado sangre y sudor construir lo que ahora tenía, y todavía le había costado más tiempo apreciarlo como para permitir que nadie se lo quitara. Bulma sabía que, por una vez, no era su orgullo el que hablaba, sino su miedo a perderlos, y este, por desgracia, podía ser incluso peor, porque le impedía tener la más mínima flexión aunque fuera para con su hija. No se permitía a sí mismo ver. No se permitía a sí mismo aceptar que quien estaba allí, malherido, siendo juzgado por hombres a los que había intentado liquidar momentos atrás, era él mismo.
—Vegeta, míralos. ¿Es que no lo ves? No puedes estar tan ciego como para no verlo.
—Lo único que veo es a una pequeña traidora a la que ya no reconozco como hija propia.
En la boca de Bra se formó un puchero por las dolorosas palabras. Vegeta la rechazaba, y era normal, tal y como había esperado que hiciera al imaginarse cómo reaccionaría si se enteraba de lo que había hecho. Incluso Broly se lo había advertido... Era curioso. Por mucho que el guerrero legendario hubiera amenazado a su familia, nunca la había rechazado a ella, y ese fue un motivo de peso a la hora de tomar sus propias decisiones.
Se tragó las lágrimas a duras penas, temblando hasta el tuétano de los huesos cargada de determinación.
—Si le tocas un pelo...
—¿Qué harás?
Bulma, antes de que las cosas se pusieran más serias, se situó entre ambos.
—Esto es demasiado. Somos una familia y no pienso permitir estas disputas. Si utilizamos el acero kacchin podremos mantenerlo controlado, lo curaremos, y lo demás ya se verá. Razonaremos con él. Si somos amables tal vez podamos...
—No, mamá. No voy a dejar que lo tratéis como a un perro enfermo, que lo encerréis y lo mantengáis atado hasta que a vosotros os parezca bien, hasta que lo hayáis manipulado a conciencia. Broly ya ha tenido bastante de esa mierda, y no volverá a pasar. Ni siquiera pensabais curarlo. ¡No voy a permitir que sea humillado de esa manera por sus enemigos!
Bulma se vio conmovida por esas palabras de gran fidelidad. Palabras que, aunque de manera retorcida por lo que implicaban, hicieron sonreír a Goku de manera imperceptible. Palabras que atrajeron la atención de Trunks, cuya sola obsesión había estado ceñida al cuerpo de Goten. Palabras que solo consiguieron aumentar la decepción e irritación en Vegeta.
—¿Y qué piensas hacer? ¿Curarle, apoyarle, ir en nuestra contra y ponernos en peligro otra vez?— rugió. Bra se agachó y, con mucho cuidado, consiguió que Broly se sentara antes de pasar uno de sus brazos por sus hombros. Tiró de él hacia arriba soportando su peso muerto, rodeándole la cintura y pegándola a la suya. Su cabeza cayó hacia adelante de manera brusca, y una nueva tensión invadió la escena cuando vieron como sus ojos se abrían levemente, idos y desorientados.
—Voy a sacarlo de aquí— los ojos de Vegeta se agrandaron ante lo dicho. Si pudiera, escupiría fuego por la boca. Gohan hizo amago de detenerla, pero Goku alzó un brazo en su dirección, deteniéndolo de inmediato.
—Papá, ¿qué...?
—Es un buen guerrero. Merece algo más que lo que nosotros le tenemos preparado.
—¡Pero es diabólico, no tienes ni idea de cómo ha luchado y se ha cebado con nosotros! ¡Prácticamente nos ha torturado!
—Picolo también lo fue en su día, hijo. También A-18 y, sobre todo, Vegeta— el mencionado apretó los puños y los dientes, a conciencia. —No me gusta juzgar y nunca lo he hecho, pero a veces no viene mal recordar de dónde vinimos y cómo llegamos hasta donde estamos ahora— aunque no lo miraba mientras hablaba, estaba claro para quién iban dirigidas esa palabras tan duras, y aunque Vegeta se dio por enterado, eso no le hizo ceder en absoluto.
Las piernas de Broly se doblaban. Se encontraba tan flojo que ni siquiera se dio cuenta de donde estaba y con quién antes de que Bra tirara de él hacia atrás, obligándolo a dar media vuelta. Apretó los dientes y gruñó de dolor y aturdimiento. Cerca de él, Marron se encogió y fue empujada hacia atrás por su padre. Oolong tembló y se abrazó con mayor fuerza al Maestro Roshi, cuyos pelos de la barba estaban tiesos de pura tensión.
—¿Qué...?— musitó Broly, tan bajo que solo Bra pudo oírlo. La boca le sabía a vómito y sangre.
—Nos vamos de aquí, Broly. Apóyate en mí y camina— Él la reconoció muy vagamente. Veía el suelo demasiado cerca como para caminar en línea recta. Giró la cabeza hacia atrás, pero Bra lo sacudió para que no lo hiciera. —No mires atrás. No hay nada para ti ahí— él le hizo caso, demasiado cansado como para desobedecerla. Apenas podía mantenerse en pie.
—¿Vas a irte con él? ¡No puedes estar hablando en serio!— gritó su padre. El pecho de Vegeta se agitaba de arriba a abajo con descontrol. Su estómago se encogía al ver a su hija rechazándolo, despreciándolos para ir tras un enemigo tan peligroso, alguien que podría hacerle cualquier cosa sin que ella pudiera evitarlo, un sádico.
Seis meses y medio y Bra no había escarmentado. De hecho, parecía odiarlos más a ellos que a él. ¿Es que Broly no le había pegado lo suficiente? ¿No la había maltratado, no la había insultado, no la había manipulado? ¿Cómo era posible que en seis meses su hija no se hubiera dado cuenta de lo cruel que era, del asesino despiadado que había en él? ¿Cómo era posible que lo defendiera si lo conocía desde hacía tanto tiempo? Ahora todo cuadraba. Las heridas, las preguntas sobre él, el cansancio, el interés, las recriminaciones, sus avances, el orgullo que nunca había mostrado tras una pelea al ver el crecimiento de una musculatura que a ella nunca le había agradado, el desinterés por la ropa, por los estudios, las faltas reiteradas a clase, la rebeldía, sus mentiras... las sonrisas, la alegría, las feromonas creciendo, los suspiros, el rubor, su viaje... el hotel en Hawiia...
Al abrir la puerta a punto de salir a la intemperie, cuando la lluvia se adentró varios centímetros en el interior de la vivienda y Broly pareció ser capaz de coordinar sus piernas vagamente, Vegeta notó la peluda mata de pelo del cariñoso gato que siempre había estado allí frotándose contra su pierna y lanzando un maullido. Ninguno pareció notarlo, pero el minino gateó en pos de Bra y, con toda la confianza del mundo, se coló entre las piernas de Broly y se frotó contra sus tobillos. Fue claro. Más que cualquier palabra o gesto. Tama conocía a Broly, y eso solo podía significar que había estado allí, en esa misma casa con su hija.
Y por un instante, Vegeta lo vio más claro que nunca porque esa escena la había vivido él, en primera persona. Ser arrastrado, herido tras largas sesiones de entrenamiento en pos de un maldito milagro que lo hiciera más fuerte que Kakarotto. ¿Cuántas veces había vivido eso? ¿Cuántas veces Bulma lo había arrastrado con sus escasas fuerzas semi-inconsciente hasta casa? ¿Cuántas veces se había visto a sí mismo entrando por esa puerta de la misma manera que Broly salía de ella, para el arrastre? ¿Cuántas veces había hecho el amor con Bulma después de eso?
Hawiia, el olor a semen, las preguntas, el llanto, Germera... ¿Cómo lo había sabido? Y ahí estaba la respuesta a todo ello.
Broly se lo había dicho. Él la había entrenado, la había hecho poderosa, la había apartado de su padre poco a poco, de su familia, probablemente con manipulaciones rastreras y, si Bra se parecía tanto a su madre como Vegeta creía, no le costaba imaginar cómo había acabado.
Deseó con todas sus fuerzas equivocarse.
A Bulma no le costó ver lo que había descubierto reflejado en sus ojos, ahora sin un ápice de severidad, pero sí de horrible comprensión y desesperación. Podía verse a ella también antaño en la piel de su hija, y por esa razón supo que debía dejarla ir por mucho que le doliera. Bra había tomado la misma decisión que su madre, y solo ella sabía lo que le esperaba por ello.
Con intención de consolarle, se acercó a Vegeta y apoyó una mano sobre su pecho. Aunque buscó su mirada, la de él solo podía mantenerse en el cuadro de las dos figuras en el exterior, alejándose de ellos para confundirse con la oscuridad y la lluvia.
—Tiene que ser una broma...— murmuró con gesto relajado, demasiado sorprendido y enfermo como para adivinar las duras facciones que siempre había en él.
—Es cierto, Vegeta. No puedes recriminárselo. Ninguno de nosotros dos podemos...
—No lo acepto— la silenció él.
—No puedes condicionar sus sentimientos. Puede que sea tu hija, pero es su vida, y si ella lo ama no puedes...— él no le permitió seguir hablando. Corrió cuando no podía correr, tembló cuando cada terminación y nervio envió señales de alerta por el hueso destrozado clavándose de mala manera y chocando contra los músculos que lo contenían. Cojeó y jadeó cuando tuvo que apoyarse en el umbral de la puerta para seguir hacia delante y salir al exterior. La lluvia lo bañó y le costó todavía más andar cuando los pies se clavaron en el suelo hundidos por el barro que empezaba a formarse en el jardín.
—¡BRA!— la llamó. Su grito fue como el aullido de un lobo herido, y ella se detuvo con el corazón encogido para volverse hacia su padre. No había rastro de odio ni recriminación en sus facciones. Su natural ceño fruncido no estaba y solo la perplejidad y la negación se mantenían, casi la súplica de una explicación que no había recibido. —¿Por qué?— cuestionó.
Ese era el por qué de muchas preguntas. Por qué estaban en esa situación. Por qué esa decisión. Por qué nunca había dicho nada. Por qué no confió en él, en su padre, cuando debía hacerlo. Por qué ella. Por qué él. Por qué abandonaba a su familia. Por qué no era un buen padre. Por qué no era una buena hija. Por qué el vínculo más fuerte que Bra tenía con un hombre se estaba rompiendo para siempre. Por qué lo estaban permitiendo. Por qué ella lloraba y por qué él estaba a punto de hacerlo.
Y la respuesta a todas esas preguntas era sorprendentemente sencilla.
—... Le quiero—
No hicieron falta más palabras que esas para que Vegeta lo entendiera. Y tampoco para que lo rechazara con el mismo fervor con el que comprendió que la sombra de su pasado le estaba arrancando a su hija de sus brazos, para siempre. Podía pensar en el hombre que le arrebatara a su pequeña con recelo pero con aceptación, porque el día que la sostuvo por primera vez supo que debería dejarla ir tarde o temprano, y aunque le molestaba lo asumió con pesadumbre. Un buen hombre que la mantuviera cerca de ellos. Un buen hombre que consiguiera que estar separada de su familia mereciera la pena. Vegeta podía aceptarlo. Un simple humano aunque fuera débil, o incluso el torpe y difunto hijo de Kakarotto hubiera estado bien.
Cualquier cosa, cualquiera excepto esa copia vieja de sí mismo, con mismas ambiciones y mismas posibilidades, con mismos peligros y misma sangre en sus manos. Con mismo odio y mismo rencor. Nadie podía hacer tanto daño como él mismo y él lo sabía mejor que nadie.
—No...— negó agitando la cabeza para reforzar su negación. —No... ven aquí— le ordenó. Su mano desnuda, quemada, se estiró hacia ella exigiendo su regreso, pero Bra, con los ojos empapados, no diferenciados por la lluvia que caía a raudales sobre su cara, negó. —Si te vas no cuentes con volver a casa, ¡nunca!
No era algo que deseara decir, pero con la desesperación y la rabia esperó una respuesta diferente. Si ella lo hubiera soltado y hubiera corrido hasta él, Vegeta la hubiera abrazado sin importarle las tórridas circunstancias ni el orgullo herido por la traición. Lo hubiera hecho sin reservas a pesar del enfado, porque esas palabras eran de la clase que uno se arrepentía de decir nada más dejarlas ir, y el príncipe esperó que estas y su seriedad le hicieran acongojarse y volver como un último recurso, una medida desesperada.
Para su desgracia, Vegeta se arrepentiría de ese momento durante mucho tiempo.
Bra sollozó. Apretó los dientes entre llantos, sin sentir la lluvia cayendo sobre su cabeza, pero sí sintiendo el cuerpo caliente de Broly contra ella, su respiración, las pulsaciones de su cuello, la fragilidad que nunca había transmitido.
No le hizo falta sentir nada más.
—Adiós papá—
Podía decir sin miedo a equivocarse que esas fueron y serían las palabras más difíciles de su vida. Alzar el vuelo nunca fue tan pesado, y no porque cargara con Broly, sino porque se llevaba consigo algo más junto a la maldición de su padre y el grito más colérico que jamás había escuchado salir de su boca.
Vegeta no pudo ir tras ellos, y no porque no quisiera o no lo intentara. Sus pies abandonaron el apoyo del suelo y levitó, pero no se elevó ni unos centímetros antes de que Trunks apareciera frente a él, impidiéndole el movimiento con esos fríos ojos que habían permanecido allí desde la muerte de Goten, y que allí seguirían por mucho más tiempo.
—No puedo dejar que mates a Broly. Solo él sabe cómo acabar con Benkas, y lo necesito vivo para hablar ya sea por las buenas o por las malas— Vegeta ni siquiera lo miró. Su escasa visión por la oscuridad y la lluvia viajaban tras su hija por encima del hombro de Trunks. —No eres el único que ha perdido algo importante hoy, papá. No lo hagas más difícil— el joven se movió hacia delante, esquivando el cuerpo de su padre para volver al interior de la casa con gesto turbio, pero para nada desamparado. Vigiló a su padre de reojo y se descubrió a sí mismo pensando en lesionarle la otra pierna para asegurarse de que no fuera en pos de su hermana, pero no hizo falta. Vegeta se arrodilló sobre el suelo, dándose por vencido sin apartar la mirada del cielo.
—¡JODER!— tronó. Más que rabia había dolor.
Trunks siguió hacia adelante sin sorprenderse de lo increíblemente frío y despiadado que se había vuelto en apenas unos minutos. Podía ser peor... y lo sería hasta que la cabeza de Benkas descansara sobre su regazo y Goten volviera a la vida. Quien más había perdido ese día era Vegeta por increíble que pareciera; una hija y la mitad de un hijo.
—Vegeta...— lo llamó Bulma, pero su llamada no hizo que cambiara su estado de humor ni su turbación. Cuando se acuclilló a su lado ofreciéndole su hombro ni siquiera consiguió un vago consuelo —Volvamos a casa— Por una vez, él obedeció. Ambos volvieron, el uno apoyado sobre el otro, como Bra y Broly se habían ido. Entonces Vegeta lo supo.
Si la relación y los sentimientos de su hija por ese demonio eran similares a los que tenían Bulma y él mismo, Bra jamás volvería a esa casa. Y conociéndola como la conocía, podía darla por perdida.
Había una confusión general. Una confusión que eliminó todo resquicio de molestia por la muerte de Baika en el grupo, porque solo era eso lo que suscitó su pérdida: molestia. Un guerrero menos, y ya iban dos y casi tres por el brazo arrancado de Bumo. Había habido suerte de que este último no sirviera para los ataques a distancia corta, sino para la manipulación mental. De no ser así, habrían perdido otro efectivo y la situación sería demasiado peliaguda. Aunque ahora tuviera colocada una prótesis de metal que funcionaba como un brazo normal y corriente, nunca sería lo mismo. La alta tecnología de los boburrianos no podía luchar contra las necesidades vitales.
No podía... de momento.
—¿Cómo es posible que siga vivo, Paragus? Nos dijiste que estaba muerto— reclamó Bia, la única mujer del grupo tras la muerte de Baika. El saiyajin, único y diferente de esa raza, se mantuvo sentado sobre uno de los asientos de la sala de control biológico con una mano en la cabeza, suspirando.
Las emociones eran fuertes, tanto como los sentimientos encontrados: furia y frustración por no poder llevar a cabo los planes tal y como los tenían decididos, simples y rápidos. Benkas y Bumo habían peleado bien, y aunque ellos tenían toda la intención de luchar hasta el final y destruir a los saiyajins restantes, Paragus solo tenía en mente conseguir el sistema reproductor de la princesa para fines comunes. Fines que, dada la precaria situación, deberían adelantar.
—Lo estaba— asintió, tenso.
Debía admitirlo. Las manos le temblaban no por impotencia, sino por miedo.
Su hijo estaba vivo, y eso era más de lo que podía asimilar porque como lo detectara no estaba seguro de qué haría con él. No había alegría, solo temor. Para todo lo que los boburrianos y él le habían hecho, la muerte no era ni una remota compensación. Broly tenía demasiados motivos como para desear verlos sufrir, lenta y agónicamente.
Y él sería el primero.
—¿Cómo puedes estar tan seguro de que lo estaba?— preguntó Benkas. Con aparente despreocupación agitaba la cola y bostezaba. No podía negar su inquietud, pero sí disimularla. Pelear contra Broly nunca estuvo en sus planes.
—Lo estoy porque los dos estuvimos en el infierno. Nunca nos vimos, pero él estaba allí. El infierno es muy grande, pero toda esa escoria sabía quién era Broly y por qué estaba allí. La respuesta a nuestras incógnitas es simple. Alguien tuvo que revivirlo usando las esferas del dragón.
—¿Crees que Vegeta se atrevería a...?— Paragus negó antes de que Benkas terminara la pregunta.
—Vegeta no se atrevería, y tampoco creo que el hijo de Bardock lo hiciera sabiendo lo peligroso que era. No tengo ni idea de cómo, pero esa es la única explicación que se me ocurre.
—Ellos consiguieron mi diadema de braummuro y, por lo que detectaron Bumo y Benkas en sus mentes, está claro que han logrado descodificarla. No hay duda de que saben que Broly es un peligro para nosotros. Quizás lo revivieron con la esperanza de que les ayudara— comentó Bia, pero Benkas negó, altanero a pesar del pavor que secretamente le tenía al Sujeto 813.
—Los saiyajins estaban tan sorprendidos como yo. Ellos no tenían ni idea de que estaba vivo, y está claro que lo ven como una amenaza tan grande como la que nosotros representamos para ellos.
—Entonces ¿no se aliarán? ¡Eso es una suerte!
Una suerte, pero Paragus no lo veía así. Observó sus propios pies sobre el suelo de la gran nave e hizo lo que mejor se le daba hacer; pensar, calcular, manipular, idear planes y ponerlos en práctica. En su cabeza se formó una alineación formada por Vegeta, Broly y Kakarotto, y no tardó nada en ver dónde se encontraba el fallo de la ecuación. Era claro como el agua, arriesgado, pero fácil con una mente tan simple como la de su hijo, y también como la de Vegeta y Kakarotto. Paragus los conocía lo suficiente como para saber de qué pie cojeaba cada uno: el orgullo y la amabilidad se habían unido por el amor a la batalla y a sus propios congéneres, pero si Paragus introducía el odio de Broly en medio de esos dos, la balanza se venía a pique.
Broly era un arma de doble filo, siempre lo había sido, y Paragus siempre había sabido cómo usarla.
—Haremos que se alíen— declaró. Bia y Benkas lo miraron con indignación y sospecha, esperando una explicación para semejante locura. —Vegeta ahora es peligroso, tal vez tanto como Broly, y Kakarotto podría llegar a serlo si consigue eliminar las toxinas de su cuerpo o asimilarlas. Conozco al hijo de Bardock y sé cuál es su punto débil. Él hará de puente entre Broly y los demás guerreros, intentará que se una a ellos y Broly los destrozará por dentro sin que nosotros tengamos que mover un dedo. Se matarán entre ellos y luego solo tendremos que recoger las sobras— Benkas se inclinó hacia delante, interesado en el plan, pero Bia no le vio sentido en absoluto.
—¿Estás seguro de eso? ¿Y si Broly se une a ellos? Él nos odia más que a los saiyajins, mucho más, ¡y con más motivos! Un enemigo común los unirá— Paragus negó con una sonrisa creciendo bajo su bigote.
—Vegeta no permitirá que se una a ellos, y aunque Kakarotto lo intente, tarde o temprano estallará el conflicto entre los tres. No hay manera de que Broly los asimile.
—De acuerdo, supongamos que unirlos es una buena idea. ¿Cómo lo haríamos? No conozco a ese Kakarotto, pero deberá estar muy desesperado para pedirle a un enemigo tan poderoso y peligroso algo de ayuda, sobre todo si sabe cómo de inestable es— comentó Benkas.
—Sí, lo sabe. Parece estúpido, pero no lo es en absoluto. Seguramente ya ha llegado a la conclusión de la gran ayuda que supondría Broly para ellos, pero necesitará algo más que eso para decidirse a hacer una tregua entre él y todos los demás guerreros. Estoy seguro de que ahora mismo está analizando las opciones, pero debemos asegurarnos de que va en la dirección correcta— Paragus se levantó y empezó a pasear por el laboratorio con las manos tras la espalda, pensando, disfrutando de cada hilo uniéndose en su cabeza formando una telaraña perfecta. —Mataste a su hijo, ¿verdad? El pequeño. Y destruiste la esfera tal y como te aconsejé.
—Sí, lo hice— asintió Benkas. Sonrió al recordar la cólera creciente en esos dos mestizos de saiyajin que tanto habían captado su atención al ver a su compañero muerto. —Pero no servirá de mucho. Recurrirán al mago que las creó para que las reconstruyan y ese chico volverá a la vida.
—Lo harán... a no ser que no haya mago.
Hubo silencio en la asimilación de dichas palabras. La sonrisa en Paragus daba a entender muchas cosas que Benkas captó con la misma retorcida mueca.
—Por mí podéis hacer lo que queráis con el Sujeto 813 y los demás, pero el hijo del rey y el otro mestizo son para mí, y más le vale a tu hijo que no se meta en medio— avisó.
—Un momento... ¿Insinúas que matemos a su mago?— quiso asegurarse Bia, confusa.
—El mago que creó las esferas es también un Kami y el Guardián del planeta Tierra. Sería muy estúpido por mi parte intentar acabar con él, sobre todo si tengo la intención de usar este lugar como mi nuevo hogar. No, no hablo de matarlo. Hablo de arrastrar a los guerreros a la más pura desesperación, como nunca la han sentido. Hablo de usar a nuestro propio mago para crear una barrera que impida la relación entre este mundo y el otro, además de con Kami-sama.
Paragus alzó la cabeza hacia el tanque principal del laboratorio, alrededor del cual se había construido todo. Los tres lo observaron con diferentes muecas: Bia de respeto, Benkas de orgullo y Paragus como disfrute personal al contemplar a la criatura que haría realidad todos sus deseos y ambiciones.
—Eso es retorcido, Paragus, pero solo tengo una queja. ¿Y si sale mal? ¿Y si Broly, por un casual, se alía con ellos y consiguen llegar a un acuerdo?— el hombre negó con la cabeza, dando por sentado algo imposible.
—Puede que jugaras con él durante una década, Bia, pero no tienes ni idea de Broly. Nadie lo conoce como yo, y puedo asegurarte que no habrá nada que consiga calmar el odio que mi hijo siente. Nada... porque me aseguré de que fuera imposible.
Y Paragus tenía razón, aunque no contaba con el añadido de Bra a la ecuación.
No estaba siendo fácil, en absoluto. No fue fácil decidir entre su familia y él, y tampoco fue fácil decidir entre ir a un hospital o refugiarse en su tan acostumbrada casa cápsula. Bra no tardó en adivinar y suponer las reacciones de los humanos si aparecía con un hombre tan grande herido de esa manera, además de las pruebas médicas que le harían y que lo acabarían descubriendo como un ser no procedente de ese planeta. La cola lo delataría antes de empezar, y los médicos se centrarían en intentar descubrir qué era antes de sanarlo. La respuesta sería clara si Bra supiera cómo curarlo.
Le hubiera gustado preguntarle qué prefería: ser observado por decenas de pares de ojos que lo curarían pero que también lo analizarían, o volver a casa y descansar junto a ella aunque no tuviera ni idea de medicina. Pero Broly no podía decidir nada. Estaba despierto, pero ido. Se vio obligada a tomar una decisión rápida, y decidió que, aunque supusiera un peligro para él, era mejor que se recuperara lejos de visitas indeseadas y de personas que lo vieran más como un juguete que como un ser vivo. Voló a la casa cápsula a toda prisa, pero no sin antes descender sobre la azotea de un edificio y dejarlo breves minutos allí para ir a la primera farmacia que encontró. Cogió toda clase de desinfectantes, sueros y analgésicos, además de vendas y medicinas contra la fiebre. No pagó nada porque no tenía ni un zeni, y se fue volando con la promesa al dueño de la tienda de que le pagaría más tarde.
Al volver junto a Broly cargada con los fármacos se llevó una grata sorpresa. El guerrero no estaba solo, e incluso parecía estar teniendo cierta interacción con su interlocutor, si es que podía llamarse así. Tama, el gato de familia Brief, de apenas cuatro años después de la muerte de Tama V, estaba junto al guerrero y se refugiaba de la lluvia bajo su gran mano.
—¿Cómo demonios has llegado tú aquí?— cuestionó Bra nada más verlo. El minino maulló y se acercó a su dueña, colgándose de un salto de su hombro y pegándose a su pelo para evitar la lluvia. Bra no negaría la ilusión de tener compañía, al menos una parte del hogar que había dejado atrás. Suponiendo que el gato se había enganchado en Broly de camino hacia allí, volvió a alzar el vuelo con los dos apoyados en ella.
Bra abrió de una patada esa pequeña casa que bien reconocía. Soltó a Broly sobre la inmaculada cama, muy despacio. Él ni se inmutó. Llenó un cuenco de agua del propio lago que Broly tanto adoraba con la esperanza de que esta le hiciera más bien que el agua potable, y prosiguió empapando un paño en ella para lavar la herida y ver la gravedad de las circunstancias. El agua del cuenco no tardó en enturbiarse de oscurísima sangre. Cuando consiguió ver la profundidad tuvo ganas de llorar. Con sus escasos conocimientos sobre medicina solo supo que era necesario que Broly se mantuviera muy hidratado y que la herida no se infectara. Se quitó los pantalones al no encontrar otras telas con las que lavarle y los mojó en alcohol. No sin miedo, los colocó sobre la herida abierta, limpiando los alrededores. Broly gruñó, pero solo reaccionó cuando Bra los presionó sobre su estómago abierto.
—¡AH!— se quejó. Sus dientes chirriaron cuando, sin importarle nada el agujero de su estómago, empezó a moverse, tenso, en busca de los enemigos. Le fue imposible hacerlo. La habitación daba mil vueltas y Bra empujó una mano contra su pecho, devolviéndolo contra el colchón de inmediato. Su presencia y la ausencia de alguien más hizo que su respiración se estabilizara, pero su inquietud perduró. —¿Qué... qué ha pasado? ¿Por qué estoy aquí?
—Yo te he traído aquí. Solo estamos nosotros, puedes descansar sin preocuparte.
Broly pensó. Le costó trabajo coordinar pensamientos, y el aluvión de imágenes que le invadieron no ayudaron en absoluto. Vegeta y Kakarotto. Vegeta dándole una paliza, pero a punto de ser destrozado bajo su enorme cuerpo junto al resto de su familia hasta que Bra apareció para impedir sus muertes. Se detuvo, tonto de él, en lugar de echarla a un lado de inmediato. Y luego apareció Kakarotto cortándole el paso y hundiendo un puño en su estómago. Su mirada viajó hasta la herida para comprobar los desperfectos, al igual que a su hombro atravesado, el que le mandaba pinchazos de dolor a lo largo del brazo y la columna.
Se resignó.
Una horrible sensación de vértigo devolvió su cabeza a la almohada.
—No te duermas, Broly— le pidió Bra con una voz gangosa. —Ayúdame con esto, por favor. No sé qué hacer, y la hemorragia no para. ¿Debería... debería coserla? ¿Qué hago? ¿Qué...?— pero él se limitó a colocar la mano sobre la suya, apartándola de ahí lentamente.
—Déjalo. Está bien así.
—¿Te has vuelto loco? ¿Cómo va a estar bien así? Te estás desangrando.
—¿Sabes cuántas veces me han herido ahí y cuántas me he recuperado yo solo? No necesito que nadie me ayude. Ahora déjame en paz— Bra apretó los pantalones ensangrentados ante esa respuesta tan fría e impersonal. Lejos de la herida los apretó con tanta fuerza, que la sangre se escurrió por ellos y salpicó sus piernas. Broly se giró hacia la ventana, esquivándola, con los pensamientos lejos de lo que allí se cocía.
Había perdido contra Kakarotto. Había perdido contra los Guerreros Z otra vez.
Había perdido.
Bra no sabía lo que eso significaba para él.
—¿Cómo te atreves a hablarme así, Broly? ¡Si te sientes humillado porque has fracasado no es culpa mía! No te comportes como un crío y no me hables con esa maldita prepotencia, mono estúpido. ¡No eres el único que está jodido hoy!— Broly apretó los dientes y se volvió hacia ella. Su rostro era pura rabia, y saltaron chispas entre los dos.
—¿No es culpa tuya? ¿Y de quién es? ¡Fuiste tú la que se puso en medio!
—¡Ibas a matar a mi hermano, a mi madre y a mi padre! ¿Esperabas que me quedara de brazos cruzados, observando? ¡No me fastidies!
—¡Siempre tienes que estar en medio! ¡Era mi momento y tú no tenías que interponerte en mi camino! ¡LO HAS ESTROPEADO TODO!— chilló con tanta fuerza que se le marcó una vena en el cuello, pero inmediatamente después se vio dificultado para respirar además de mareado en extremo.
—¡¿Yo lo estropeo todo?! ¡Eres tú el que me lo ha quitado todo con esa obsesión por la venganza! ¡Entérate de una vez, nunca podrás derrotar a Goku, jamás! ¡Él te derrotará hagas lo que hagas y te devolverá al infierno de donde nunca debí haberte sacado! ¡Me has destrozado la maldita vida y nunca debí haberte revivido! ¡Espero que la próxima vez que peleéis Goku no tenga compasión contigo y te...!— pero aunque Bra quiso continuar arremetiendo contra él, a sabiendas de que el tema de Goku le estaba doliendo seriamente, Broly la interrumpió de manera abrupta con una única pregunta.
—¿Por qué estás aquí si tanto te he fastidiado? ¿Por qué no estoy muerto o preso? Si tanto me odias no sé para qué demonios has venido aquí. ¡Ya que tanto amas a tu estúpida familia haberte quedado con ella, porque yo no te he pedido nada ni tampoco quiero tu compasión o tu ayuda! Yo no necesito a nadie, ¿me oyes? ¡NO NECESITO A NADIE!— La princesa calló durante largos segundos. Los puños tan apretados que temblaban, los músculos marcados y tensos, los dientes frotándose y deshaciéndose en ira e impotencia pura. Bra podía adivinar algo en su rostro que él no quería que viera por cómo le giraba la cara. Ni por un momento creyó en la posibilidad de que el coraje le carcomiera tanto como para desahogarse de esa manera tan particular.
Sin embargo, siendo hija de quien era, no le costaba imaginar que existieran guerreros tan orgullosos como para llorar no de dolor, sino de frustración.
—¿Por qué me diste la semilla? Sabías que estabas herido y que eso te causaría problemas a la hora de pelear, y aun así me diste la semilla a mí. ¿Por qué?— Broly suspiró, buscando aire, precisando de él. No contestó ni tenía intención de contestar, porque ni él mismo sabía la respuesta.
Estúpido, estúpido, estúpido, estúpido, estúpido... podrías haber ganado.
Lo peor era que no se arrepentía... no demasiado, al menos.
Estoy perdido.
—Quería matarlos. ¡Todavía quiero matarlos! ¡La venganza es lo más importante para mí, es lo que me ha hecho vivir, es por lo que he vivido! Matar a Kakarotto, liquidar a Vegeta y luego todo lo demás. ¡No hay más que esa jodida lista en mi cabeza! ¡Ni procreación, ni descendencia, ni imperio ni nada, solo eso! ¡Soy un arma y tú me estás inutilizando! ¡Si no sirvo como arma ya no sirvo para nada, y prefiero ir al infierno mil veces antes que dejarlo todo incompleto otra vez! ¡ASÍ QUE DEJA DE METERTE EN MI LISTA DE PRIORIDADES! ¡No eres nadie, no existes para mí, desaparece!
Bra podía entender su enfado. Ella también estaba muy enfadada por haberlo conocido y haber deshecho su vida de esa manera, pero a diferencia de Broly no fue en eso en lo que se fijó, ni tampoco lo que escuchó. Suspiró entre lágrimas. Tama los observaba, encogido en el alfeizar de la ventana cerrada, acongojado por las voces, pero su temor se vio disipado cuando ella hizo el primer movimiento, subiéndose a la cama para arrodillarse frente a él. Estaba para el arrastre. Los dos lo estaban y los golpes recibidos habían sido tan fuertes, que les costaría mucho recuperarse... si es que lo hacían alguna vez.
Y ella empezó a vendarle.
Fue dócil, de principio a fin. Sumiso y silencioso. Ninguno de los dos habló, demasiado concentrados en lo que habían perdido ese día, tanto, que no parecían darse cuenta de que la segunda persona en la lista de prioridades estaba allí, a su lado. Cuando las lágrimas de Bra empaparon los vendajes, Broly habló.
—No has respondido a mi pregunta. ¿Por qué has venido conmigo? ¿Eso no te convierte en una traidora para tu familia?
Bra tembló al oír esas rudas palabras, pero se limitó a limpiarse las lágrimas con el antebrazo y a terminar de vendar su hombro herido. Sintió las manos de Broly cerrándose sobre su cintura, trepando por ella con esos ásperos y bruscos dedos que, cuando quería, no tenían por qué ser rudos ni crueles. Era una lástima que solo ella fuera consciente de ello.
—No lo sé, Broly. Supongo que por el mismo motivo por el que tú preferiste darme la semilla a mí.
Esa respuesta significaba demasiado. Significaba que la lista de prioridades ya no existía para ninguno de los dos porque se la habían saltado. Eso también significaba problemas. La esquivó, frío, extrañamente nervioso. Ella lo buscó, llorosa y con necesidad de apoyo constante donde se vio reflejada su inexperiencia, el abismo de los años y vivencias que los separaban. Él la besó en los labios de la manera más penetrante y húmeda que pudo porque temió que lo buscara como padre, lo que había perdido esa noche. Lo que él, desde luego, no era ni pretendía ser. Le quitó el sujetador y también las bragas muy despacio, y ella hizo lo propio con sus pantalones. La ausencia de Vegeta desapareció de la mente de Bra cuando lo vio desnudo una vez más.
No hubo nada sexual esa noche, porque Broly no estaba preparado físicamente ni Bra sentimentalmente, pero bastó la sensualidad en la compañía de sus cuerpos desnudos para calmar la agonía de lo perdido... aunque lloraran lágrimas de sangre durante las horas que fingieron dormir.
Lo perdido que, desde luego, no había sido poco.
Goku sintió el calambre. Fue una sacudida brusca y dolorosa la que hizo que sus dedos se apartaran de su frente, perturbadora, e inmediatamente después empezó a sospechar que algo no iba bien. Era tarde ya, las once de la noche, pero a pesar del agotamiento todos estaban despiertos y alerta, curando sus heridas y sacando sus propias conclusiones sobre todo lo acontecido ese día. Picolo no había despertado, y el amplio y rápido trabajo de Gohan y Bulma revelaba que el brazo de A-18 no podría ser reconstruido de forma satisfactoria sin una ayuda extra.
Todavía quedaba mucho por hacer, mucho. Y entre todas esas cosas estaba hacer una reconstrucción de los hechos y analizar las distintas posibilidades que se abrían ante ellos. Preferían hacerlo en frío, porque si bien Goku se encontraba sano y descansado, no todo el mundo se encontraba igual. Gohan estaba demasiado alterado tras descubrir la participación de Pan en el ataque de Broly, y necesitaría largo tiempo para volver a confiar en su querida hija, además de la preocupación por un Picolo que no despertaba, y que parecía no ir hacerlo en las próximas horas. De Vegeta y Trunks, quizás los más avispados a la hora de proponer un plan a seguir, era mejor no hablar.
El príncipe de los saiyajins seguía allí, sentado sobre una de las sillas de la cocina frente a la amplia gama de alimentos que había sobre la mesa. No dio un bocado, y tampoco ningún otro sonido había salido de su boca en las horas que llevaban allí tras la huida de Bra y la reconstrucción de su fémur roto por medio de las semillas senzu. Goku no había intentado hablar con él, y tampoco había permitido que nadie más lo hiciera porque sospechaba que reaccionaría de manera muy violenta con alguien que no fuera Bulma. Trunks tampoco se mostró sociable. Se había acurrucado en una esquina del sofá y mantenía la vista fija en sus pies, silencioso y taciturno. Marron estaba sentada a su lado, y ambos compartían sufrimiento en absoluto silencio.
Mañana, se había dicho a sí mismo. Cuando los sentimientos no estuvieran a flor de piel.
Sin embargo, Goku no podía estarse quieto. Tras cenar abundantemente tomó la decisión de ir al Otro Mundo usando la transportación para ver a Goten y calmar sus temores y los del resto de su familia. Estaría lo suficiente como para comprobar que su hijo estaba bien, que su alma permanecía en el cielo mientras su cuerpo seguía en la tierra y para asegurarle que pronto lo harían volver a casa, en cuanto fueran a ver a Dende. No iba a negar que se moría de ganas de verlo después del impacto inicial. Necesitaba saber cómo se lo había tomado él y también necesitaba darle todo su apoyo hasta que consiguieran hacerlo volver. Su hijo había sacrificado su vida por salvar a los demás, y su pecho se hinchaba de orgullo por eso, aunque no pudiera compararse con el dolor de la pérdida.
Goku tenía muchas ganas de abrazarle, y eso que no era propio de él dar muchos abrazos.
Se lo avisó a Chichí y a Gohan, y su mujer se puso a llorar con fuerza hasta que Goku le prometió, una y mil veces, que lo traería a casa muy pronto. Luego se teletransportó.
O al menos, lo intentó.
—¿Ocurre algo, papá?— Goku parpadeó varias veces. Negó con la cabeza y sonrió para calmar la extrañeza en los rostros de su familia. Volvió a intentarlo y esta vez sintió algo más que un calambrazo que lo desequilibró de forma momentánea. Hubo un grito en su cabeza, una advertencia, un aviso. Alguien pronunció su nombre en la lejanía con un chillido, pero a pesar de que intentó hacérselo llegar con gran potencia, él apenas lo escuchó.
Hubiera jurado que era la voz de Kaio-sama.
—Algo... algo no va bien— atinó a decir. —No puedo ir al Otro Mundo—
—¿Qué?— casi gritó Chichí. Gohan miró al uno y al otro. Pudo ver la contrariedad en su padre al intentar transportarse una vez más, y la de su madre al ver que no podía alcanzar a su tan querido Goten. Esta vez, Goku se tambaleó y sacudió la cabeza para recuperar el equilibrio, sorprendido por la fuerza del rechazo. —¿Qué está pasando? ¿Por qué no puedes ir? ¡Siempre has podido ir!
—Debe de ser porque está cansado— Gohan le envió un mensaje claro; el de no alterar a Chichí más de la cuenta.
—Sí, seguro que es...— empezó a decir con una sonrisa forzada, pero antes de que pudiera acabar la oración otra voz entró en contacto con sus cabezas. Automáticamente, Goku y Gohan alzaron la vista, y no fueron los únicos. En otras habitaciones de la mansión los demás guerreros hicieron lo mismo. El inicio de una conexión mental era fácil de detectar, y todos prestaron atención mucho antes de que el interlocutor hablara.
¡Muy bien! ¿Quién ha sido el gracioso?
Ninguno, ni Vegeta ni Trunks ni Gohan captaron de quién era esa voz chillona, pero aun así fue cuestión de segundos que los miembros de la familia Brief sobrantes hicieran acto de aparición en la sala con expresiones frías y molestas. Pan tampoco tardó en llegar, ni A-18, con el brazo vendado y en cabestrillo.
—¿Quién demonios es ese?— cuestionó Vegeta. Por suerte, Goku sí lo reconoció.
—¿Karin, eres tú?—
¿Quién más iba a ser, pandilla de idiotas? Esta vez sí que la habéis fastidiado, ¡y si pensabais que me iba a hacer gracia, no me la hace! ¿Dónde está?
Vegeta, e incluso Trunks, gruñeron por los modales del mencionado. Goku alzó una ceja, sin entender.
—¿Dónde está, qué?—
Sabéis muy bien de lo que hablo. ¡El Palacio! ¿Dónde está?
—No sé de qué hablas, Karin. ¿Qué palacio?—
¡El Palacio de Kami-sama! ¿Qué habéis hecho con él?
Los ojos de Goku se agrandaron. Chichí, a su lado, incapaz de oír la trifulca mental, agarró la manga del gi de su marido, asustada por las alarmantes expresiones.
—¿Qué le pasa al palacio, Karin?— cuestionó Gohan.
¿Por qué lo preguntáis? ¿Es que no habéis sido vosotros?
—No sabemos de qué hablas y nos estás poniendo nerviosos. ¿Qué ocurre?—
¿Lo ves? ¡Te lo dije, gato incrédulo!
¡No estoy hablando contigo, Yajirobe!
—¡KARIN!— gritó Goku. El salvador del universo empezaba a desquiciarse y a asustarse. Su nuez tembló cuando tragó saliva, inquieto. —¿Qué ha pasado con el palacio? ¿Dende está bien?—
Pues no lo sé, Goku, porque ha desaparecido.
Hubo una conmoción acompañada de silencio. No fue un silencio tenso, sino cargado de escepticismo y dudas, de horror y contención. Trunks perdió el aliento y Goku se vio, como no le había ocurrido en muchos años, pequeño e indefenso frente a una tempestad que se aproximaba sin demora, en el ojo del huracán.
Pensaba que habíais sido vosotros, que era alguna clase de experimento o cosa de Dende, pero cuando intenté contactar con él y descubrí que no podía, empecé a preocuparme. Ya no puedo ver el Palacio de Kami-sama, y cuando hemos subido para asegurarnos... no estaba. El báculo sagrado que unía el palacio con mi torre se ha cortado abruptamente y ya no da a nada. No hay ni rastro de él, como si se lo hubiera tragado la tierra, y tampoco sabemos nada de Dende y Mr. Popo.
—Eso es imposible...— Goku bajó la cabeza al suelo. Las voces de Gohan y Trunks discutiendo con Karin no llegaron a su cerebro, que había empezado a trabajar increíblemente rápido. Se llevó una mano a la frente y se concentró en el Palacio de Kami-sama, pero como las veces anteriores, un calambre le recorrió la columna y lo empujó impidiendo que se transportara. Sudó, frío, helado como la personalidad de Trunks al perder a Goten, como la de Vegeta al perder a Bra. No había respuesta en su cabeza para las incógnitas presentes, pero sí las hubo para relacionar la imposibilidad de contacto con Kaio-sama y su incapacidad para transportarse al Otro Mundo. No había nada, ni tampoco las voces que se peleaban en busca de una explicación.
Para Goku todo empezó a sonar como si le hablaran a través de una pared; hueco.
—¿Podría ser...?— Pan recordó. Le hubiera gustado que su tío Goten y Picolo estuvieran allí para apoyarla y darle la razón, porque ahora que la tensión era tan pronunciada, le costaba poner en orden sus pensamientos. —Los boburrianos...— murmuró, y nadie, excepto A-18, que seguía manteniendo la cabeza fría cuando nadie más lo hacía, la escuchó.
—¿Qué pasa con ellos, niña?—
—Los boburrianos sabían muchas cosas sobra nosotros. Sabían lo de las bolas del dragón, sabían que las usaríamos si alguien moría y por eso destruyeron una de ellas. Sabían nuestros puntos débiles y nos atacaron con escenas horribles sacadas de nuestras peores pesadillas. Ese hombre, el que mató al tío Goten, sabía cómo tratarlo y por donde golpearlo. Lo sabían todo... además, no era la primera vez que usaban las esferas. Estuvieron en Namek e invocaron a Porunga, y le dijeron a Picolo que habían matado a todos los namekianos para que las esferas no funcionaran allí. Eso quiere decir que...—
—Que sabían que las esferas eran creadas por un mago, y por lo tanto que ese mago podría reconstruirlas— acertó A-18. La noticia fue recibida fríamente, como su personalidad indicaba, pero la androide vio cuáles eran las consecuencias de semejantes actos. Llegó a una conclusión que hizo que sus ojos se desorbitaran, y no era para menos. —Esos hijos de puta nos han dejado sin nada...—
Gohan tomó aire repetidas veces, acalorado. Anduvo hasta Pan y se agachó frente a ella, agarrándola por los hombros para sacudirla con brusquedad, a la desesperada.
—¿Estás segura de todo eso? ¡No me mientas, Pan!—
—¡No te miento, es la verdad, es lo que dijeron!— empezó a sollozar ante los gritos de su padre, ante la marcada cólera que le invadía, ante las circunstancias tan tormentosas que les rodeaban.
—Pero... ¿cómo? No son tan poderosos como para jugar con los propios dioses, no pueden...—
Es posible si vuestros enemigos le han pedido a Porunga que lo haga o, quizás, si tienen un mago lo suficientemente poderoso. Está claro que nadie puede jugar con los dioses así como así, pero puede ser que hayan encontrado alguna manera de bloquear su influencia en la Tierra. En cualquier caso, solo tenéis que invocar a Shenlong y desear que el deseo de Porunga o el hechizo quede anulado.
—¡Joder!— gritó Vegeta entonces. —Precisamente por eso necesitamos a Dende, porque no podemos usar las esferas si una de ellas está rota—
¡¿Qué?! ¿Cómo que rota? ¿Desde cuándo...? ¡Goku, qué significa esto!
La pregunta quedó en el aire, porque el aludido no respondió. Frente a la atención dedicada de sus familiares, su rostro era tan oscuro como su pelo, imperturbable y tan pétreo como el más puro mármol. Como jamás, en la vida, había sido visto.
—¿Y las esferas de Namek, Pan? ¿Seguro que no funcionan?
—No lo sé, papá. Es lo que dijo Benkas.
—No pronuncies ese nombre— rugió Trunks. —¡No lo hagas!
—Pero con los otros dioses sí podemos contactar, ¿verdad? Le pediremos ayuda a Kaio-sama, al Supremo, a Emma Daioh-sama... Ellos harán algo, ¿no?— Gohan viajó entre A-18 y Vegeta, y al ver que ninguno de los dos tenía una opinión al respecto, centró toda su atención en su padre. Rememoró su extrañeza hacía apenas unos minutos al intentar viajar al Otro Mundo sin conseguirlo, y lo supo sin necesidad de preguntar. La gran verdad cayó como una losa sobre su cabeza. —No puedes contactar con el Otro Mundo tampoco, ¿verdad?
Nuevamente, solo hubo silencio.
No hubo manera de detenerle, y tampoco nadie lo intentó pues, de haberlo hecho, se habría llevado algo más que unas palabras hirientes. Trunks anduvo con prisas y salió del salón, apartando a A-18 de un empujón que casi consiguió tirarla al suelo. La androide apretó los dientes, pero calló, muy consciente de que no era el momento para buscar problemas, y menos con aquel joven cuya mirada dulce ahora se tornaba demasiado siniestra como para mantenérsela.
—Entonces... ¿qué tenemos?— quiso aclarar la androide.
—Las esferas de Namek destruidas, las esferas del planeta Tierra inservibles, no podemos pedirle a Dende que las reconstruya y Kakarotto tampoco puede ir al Otro Mundo, por lo que tampoco podemos contar con los Kaio-sama. Lo que tenemos es obvio; muerte sin posibilidad de resurrección. Esto ya no es un juego, va muy en serio— Vegeta apretaba los dientes con cada palabra, al igual que Pan lo hacía conforme escuchaba. Sus sollozos se incrementaron cuando supo lo que eso quería decir, y la chica, todavía una niña aunque su cuerpo ya fuera el de una adolescente, se vino abajo y cayó al suelo de rodillas con las manos haciendo de cortina para su angustia.
—¿Qué significa todo eso? ¡No entiendo nada! ¿Cuándo va a volver Goten a casa?— replicó Chichí. La mujer había empezado a desesperarse, y oír parte de la conversación no servía para nada si tampoco podía escuchar a Karin. Agarró el brazo de Goku y tiró de él, buscando una respuesta en su rostro, pero él no hizo ningún movimiento que pudiera delatar su estado de ánimo, en absoluto.
—Mi hermano ha muerto hoy, Karin— avisó Gohan. Esperó una respuesta sobre algo que pudiera hacerse al respecto, una alternativa, una posibilidad, cualquier cosa, un consejo... pero lo que recibió distó mucho de lo que deseaba oír.
Lo siento, pero si todo lo que decís es cierto no sé si habrá una solución para ello. Habéis estado en el Otro Mundo. Sabéis cómo es. Quizás debáis consolaros en eso. Tu hijo no estará mal, Goku. El Cielo es un lugar bonito y cálido, y te esperará hasta que llegue la hora de volver a verle... cuando mueras.
No hubo nada más, pero fue más que suficiente. La conexión telepática se rompió y los saiyajins se hundieron en ese tétrico ambiente que se había formado entre ellos. Agónico, remotamente doloroso, hundido en una duda que no sería resuelta esa noche, en una respuesta que a nadie placía, pero que era tan cierta como que el sol brillaba. Descorazonadora.
—Cabrón de mierda...— aunque la voz de Vegeta casi sonó empática, no lo fue. Los Son habían recibido el golpe más duro de sus vidas, y aunque intentaron asimilarlo, uno de ellos no estaba dispuesto a hacerlo.
Nunca lo estaría porque no lo comprendía.
La muerte nunca había tenido significado. No desde la muerte de su querido abuelo, y se negaba a que la tuviera en la vida de su hijo. Tal vez, por ese sin sentido, se rió. Le salió tan natural como el respirar, y la situación de verdad le pareció divertida cuando no tenía nada de ello. Gohan miró a su padre sin reconocerlo. Cuando a él se le estaban llenando los ojos de lágrimas, Goku reía casi con cierto desquicio. Se rascó la nuca como acostumbraba a hacer, sonriendo, pero en lugar de emitir calor con esos dientes blancos enmarcados por la confianza y la tranquilidad, transmitió escalofríos y desasosiego.
—No lo creo. No tiene sentido... Goten no va a quedarse allí y desde luego voy a verlo antes de morir. Me da igual lo que diga Karin. A Kaio-sama le encantan las bromas, y esta es muy pesada, pero no pasa de ahí. Solo es eso, una broma. Goten va a volver pronto a casa, seguro—
—Papá...
—¿De verdad va a volver, Goku?— preguntó Chichí, contrariada por los largos rostros de los que allí se mantenían y la enigmática sonrisa de su marido.
—No, papá. Ya has oído a Karin— zanjó Gohan. El rostro de su madre palideció hasta límites insospechados, tan blanca como el propio cuerpo de su hijo. Al hermano mayor le dolió, tanto como podía doler decirle a un padre que uno de sus hijos no volvería a casa, tanto como podía doler perder una pierna o un brazo, tanto como podía doler perder a un hermano. —Goten ha muerto, mamá... y no va a volver.
Los sollozos de Pan aumentaron, tanto, que incluso A-18 se sintió contagiada de ese dolor genuino que, muy pronto, debería transmitir a su propia hija como gran e inseparable amiga del difunto. Chichí apretó los labios ante la brusquedad de su hijo, ante su seriedad, conteniendo un puchero hasta que su visión llegó a los ojos apagados de Goku, iniciadores de un enfado colosal. Emitió un gemido, y luego otro y otro... y cayó al suelo de rodillas con las manos en la barriga, llorando con fuerza, dando un chillido imposible de equiparar a nada.
Gohan pudo ver su cólera a través de la cortina de agua. El cuello hinchado, el rubor propagándose por su piel desde las orejas hasta los puños, el rostro compungido, pero sobre todo esos ojos ardientes que tan pocas veces había visto, que solo significaban muerte allá donde se posaran.
—Me niego— aseguró. —No me lo creo.
—Papá...
—¡NO LO ACEPTO!
Goku salió de allí tan rápido, que su cuerpo se convirtió en un haz de luz que atravesaba el cielo como una estrella fugaz en una noche de tormenta. No hubo comprensión en una mente como la suya, solo infinitas capas de imágenes entremezcladas con sentimientos confusos mientras volaba hacia el ahora inexistente Palacio de Kami-sama con el nombre de Dende en alaridos animales, pidiendo, exigiendo, ordenando, negando, comprendiendo.
Porque si había algo que Goku no podía aceptar era el abandono de Goten una vez más, no después de haber perdido esos siete primeros años de vida que ahora, como nunca, se recriminó a sí mismo. No después de que él le perdonara como si nunca hubiera ocurrido, como si nunca se hubiera sentido solo sin un padre, como la sombra del Héroe. No cuando lo había aceptado tras tantos años con una ilusión que Goku recordaba bien. No cuando él ni siquiera sabía que existía, demasiado centrado en sus propios entrenamientos en el Otro Mundo como para, siquiera, echar un vistazo al hijo que no vio crecer. No cuando, a pesar de todo, se había abrazado a él cuando lo vio por primera vez.
No cuando no había estado en el momento de su muerte.
Y a pesar de los clamores que lo dejaron sin aliento y sin cuerdas vocales por encima del rugir de la tormenta, Dende no apareció. Solo Yajirobe y Karin lo hicieron cuando Goku estrelló un puño maldito contra la torre que debería conducir al ahora inexistente Palacio de Kami-sama, resquebrajándola hasta hacer temblar su morada por los brutales golpes frente a los ojos patidifusos de los moradores de la misma.
No olvidarían esa imagen ni esos aullidos mientras vivieran.
Porque el día 195 fue un día de pérdidas.
Nota de autora: nuevo capítulo y otra vez largo. Demasiado para mis gusto, ya sabéis, pero poco tengo que decir sobre este salvo las 3 semanas que me ha llevado escribirlo y las que seguramente tardaré en escribir el siguiente porque ya no solo es este. Tengo pensado hacer un oneshot sobre el Trunks de este fic (sí, el de pesadilla), porque darle vueltas aquí sería cansado y molesto para los que están pendientes de Broly y Bra y no tanto de los secundarios (que en mi opinión, han tenido mucho protagonismo últimamente, y no sé si para bien o para mal). En cualquier caso, definiría este capítulo en una palabra: turbio. Y también diría otra cosa: amo a Goku xD.
MILES DE GRACIAS POR LOS REWIENS, de verdad son tan halagadores que temo decepcionaros con los capítulos u.u ya conozco a casi cada uno de los que comentan y espero sus respuestas siempre. Peeeeero debo recordaros tambiénque no puedo responder vuestros rewiens por mp si no estáis registrados. Aun así, os doy mil gracias y respondo brevemente (cosa que no debería hacer xD), entre todos a Luna Creciente(no puedo responderte a esa pregunta, pero no te preocupes, porque se descubrirá en breve n.n), Sarytita(siento que no puedas registrarte, y agradezco que aun así me comentes enormemente. Me alegra que no acabaras odiando a Broly y sí, soy de España, y hubo fresquito allí a donde fui, pero ya no T.T) STF(creo que este capítulo responderá a muchas de tus incógnitas, me alegra que te gusten las peleas) lirio azul(gracias por el rewien! de verdad quería mostrar a un Vegeta diferente) claire redfield(esta historia sigue, tranquila por eso n.n, aunque tarde sigue) Marilu Moreno(si te soy sincera, a mí tampoco me gustan Bra y Pan, pero las relaciones que pueden llegar a tener con otros personajes son muchas. Son personajes con muchas posibilidades, por eso escribo sobre ellas. ¡Gracias por leer) sofi12(te pongo aquí porque no me ha dado tiempo a responderte el mp u.u ya queda poco para acabar los exámenes, seguro, y esto no se irá a ninguna parte, así que paciencia. La pregunta de los boburrianos... por aquí va la respuesta. Nos leemos en el próximo, nena!)berycastel(justo me preguntas cuando subo xDD espero que te guste!)
Y ya está, aquí lo dejo. No sé cuándo será la próxima, pero tened en cuenta que los capítulos ahora son más largos, así que por eso tardo más también. El próximo será súper importante, así que también tardaré, pero os prometo que esta historia no se quedará sin acabar, no.
Os doy un pequeño adelanto. El próximo se llamará "La verdad detrás del llanto", nada más. Espero que os guste este n.n ¡y me alegró muchísimo que os gustara el anterior! Temía que con tantas peleas, acabarais aborreciéndolo esperando el romance y el drama, pero bueno... veo que no es así.
Otra cosa, para escribir este capítulo he usado la banda sonora de Final fantasy x, en concreto, The truth revealed, y también Statues, de la banda sonora de Harry Potter y las Reliquias de la muerte en la última escena. Me han venido muy bien para ambientarme, y podría veniros también bien a vosotros si sois de los que escuchan música mientras leen. Nada más.
¡Nos leemos!
