N.A. Este es el capítulo más raro de Instinto animal, y esto se debe a que he intentado impregnar el texto con algo de locura. Las cursivas son una mezcla de pensamientos y recuerdos, no necesita más explicación.

Millones de gracias por los rewiens. ¡Ya vamos por los 500!¡Nunca lo hubiera pensado, así que en serio, gracias!

He tardado un poco más en escribir este capítulo por el oneshot que dije que subiría, y que ya está subido desde hace semanas, Titanes de hielo. Además de eso, he editado algunos capítulos que no acababan de convencerme, como el 1, el 12 y el 17. En el 12, solo he cambiado la parte de la muerte de Boro, ya que no me convencía que fuera Goku quien lo matara. Por otro lado, el capítulo 17 nunca me hizo mucha gracia, así que he cambiado la primera parte. Iré reeditando poco a poco el fic. Si hago cambios sustanciales, os lo haré saber, pero por ahora los únicos son los del 12 y el 17.

Eso es todo. Ojalá que este capítulo no os decepcione. ¡Muchas gracias por leer y seguir a pesar del cambio drástico del fic! Os aviso que Instinto animal está en su recta final. 7 capítulos más, 8 como mucho, y se acabó (lo he alargado demasiado, en principio solo iba a tener 24 y me tiene un poco cansada)

Ahora sí, aquí están mis desvaríos. ¡Gracias por leer!

Capítulo 25

La verdad detrás del llanto

Parte 2

Día 199 (noche)

Bra lo agarraba y acariciaba mientras él descansaba entre sus brazos. Llevaba horas así, mirando la nada, caminando sin parar por el espeso bosque, dando vueltas sin encontrar una salida, y sin intenciones de dar con ella. Habría podido salir volando para huir de la espesura, pero no lo hizo porque seguía sin saber adónde ir. Estaba anocheciendo, pero eso no le impedía caminar ni escapar. Tama empezaba a inquietarse cuando los primeros aullidos de lobos y cualquier criatura nocturna empezaron a llegar hasta ellos. Quizás cometieran la locura de enfrentarse a ella dado su bajo nivel de ki ahora que no quería ser localizada, y tal vez se llevara más de una dentellada, porque no estaba preparada para luchar, pero a ella no le importaba.

Estaba perdida.

No pensaba volver a casa, y no por su padre, porque sabía que aunque Vegeta no la aceptara, su madre y Trunks sí lo harían. Definitivamente eso era algo que debería hacer, porque estar con Broly no le aportaba nada bueno. Ella necesitaba a su familia, pero aun así no volvería.

No lo haría porque le daba vergüenza reconocer que se había equivocado, porque su padre tenía razón, o quizás la tenía su madre pero ella era demasiado impaciente como para darle una segunda oportunidad a Broly. Ya no podía más con su tozudez y su forma de ver las cosas. Estaba harta... y Goten estaba muerto, y nunca volvería, lo que quería decir que Trunks también estaba muerto en parte. Era una suposición más que una afirmación, pero resultaba tan imposible vivir sin pensar en los dos, que imaginar que los dos estaban muertos era más fácil que imaginar a uno muerto y a otro vivo. Por lo tanto, lo que quedaba de Trunks no podía estar realmente vivo.

Debería estar allí con ellos, aunque supiera que de poco serviría. Se moría de ganas de abrazar a su hermano, y también a su padre, cosa que aunque volviera no haría ni él se dejaría. No iba a volver allí, pero tampoco podía dar marcha atrás porque no podía estar con alguien que tenía semejante desprecio por su familia y la raza humana que ella había aprendido a valorar. La paciencia tenía un límite, y lo había intentado con todas sus fuerzas... Había llegado al final y ya no había marcha atrás.

Al parecer, Bra no tenía la voluntad de su madre. Bulma había atravesado tempestades por Vegeta, por cambiarlo. Su paciencia había llegado a la línea indivisible de su histeria, y su padre la había saltado tantas veces que casi la había vuelto loca. Habían sido años, y ella había aguantado hasta alcanzar el triunfo definitivo de la unión más difícil de romper, de la calma de la bestia que los saiyajins como ellos siempre llevaban dentro, aunque algunos pudieran controlarla mejor que otros. Pensando en ello, Bra se hizo la pregunta clave.

¿Amaba a Broly lo suficiente como para pasar por eso?

¿Tan poco le quería, tan escaso era su amor por él que no había sido capaz de aguantar ni un año?

¿O acaso era muchísimo más débil que su madre?

En cualquier caso, no había más para ella, y se sentía tan mal por ello... Lo estaba traicionando, pero ¿es que era tan difícil que diera un paso hacia ella, tan horrible que se abriera, tan imposible, demasiado pedir? Bra ya no estaba segura de quien traicionaba a quien. Lo único que tenía claro era que no llevaba ni un día separada de él y ya lo echaba de menos, le dolía a morir pensar en no volver a verlo aunque lo único que rescatara de esa relación fuera la desconfianza y su tozudez.

Cayó al suelo de rodillas y dejó escapar las lágrimas que tan orgullosamente había guardado durante todo el día. Tama se deslizó entre sus brazos y maulló. Bra contuvo el llanto, manteniéndolo lo más bajo posible por pura vergüenza de sí misma. Poco le quedaba ya a lo que renunciar por Broly, quizás nada, y nada era lo que recibía a cambio. Y ahí estaba, deseando verlo de nuevo, sin escarmentar, pero demasiado fría y orgullosa como para dar marcha atrás y andar hacia delante. Deseaba que algo la guiara y tomara la decisión por ella, y como pocas veces ocurría, su deseo se hizo realidad.

Escuchó sus pasos antes de llegar. A diferencia de cómo solía moverse, esa vez no fue para nada sigiloso, sino caótico, y a Bra no le costó percibirlo porque irradiaba una cantidad de ki desproporcionada para su control habitual. Ella retrocedió. El gato se revolvió entre sus brazos y saltó lejos de su dueña. Gateó hacia la espesura entre maullidos y Bra casi cayó cuan larga era cuando vio la figura a la que, como siempre, poco le importaba derrumbar todo conforme avanzaba.

Giró la cara, esquivándolo. Sorbió la nariz y se apartó las lágrimas de la cara. Dejó de oír las pisadas y el estruendo, y Tama calló para ir hasta él. No oyó nada más salvo el silencio. Esperó a que le dijera algo, pero él no hizo el más mínimo gesto hacia su dirección. Al contrario, se dejó caer torpemente sobre el suelo apoyando la espalda en un árbol cercano, y ahí se quedó, con Tama encaramándose sobre su hombro y deslizándose hasta llegar a su gran regazo, restregándose contra su abdomen vendado.

Pasaron minutos enteros.

—¿Es que no piensas decir nada? ¿Has venido a detenerme, o no?— se atrevió a preguntar Bra por fin. En cierta manera deseó que él admitiera que sí, había venido a detenerla. Por supuesto, Bra no le haría caso y seguiría su camino hacia ninguna parte, pero al menos era agradable saber que él sentía un mínimo de interés por ella, algo que había demostrado varias veces, pero siempre cuando otras prioridades no se lo impedían.

—Puedes hacer lo que quieras. No eres de mi posesión— habló Broly por primera vez. Bra se estremeció, no tanto por su voz grave y mucho más potente de lo que recordaba, sino por el contenido de las palabras en sí. Las diferencias culturales entre ambos eran abismales, y en ese punto había una muy concreta; ella sabía que él no era celoso, no mucho al menos, y eso se debía a que había vivido sin posesiones. De hecho, no tenía un concepto de posesión específico, algo muy diferente a lo que en la tierra se conocía. Bra no podía vivir sin posesiones. Él no conocía otra forma de vivir.

Broly, desde un principio, solo había tenido una posesión: él mismo.

—Entonces, ¿qué haces aquí? ¿Por qué has venido a por mí?— él tardó un tiempo en responder, pero cuando lo hizo su tono resultaba entre divertido y demente.

—Porque querías saberlo, y yo he recordado que todo pasó hace tanto tiempo, que ya no me importa. — Bra no estaba segura de que eso fuera exactamente así. Se reía de una manera amarga y hueca, de esas risas que salían porque sí, sin ningún motivo aparente.

Ella lo miraba, asegurándose a sí misma que no cedería ante cualquier cosa. Era posible, y eso esperaba, que la separación incluso le hiciera bien. Pero lo que Broly tenía que decir, lo que supuestamente ya no le importaba, no era algo que podía dejar pasar fácilmente.

—Fueron cinco— le aseguró— Seis en realidad —de repente, parecía decaído, con el cuello inclinado hacia abajo y las manos flojas a ambos lados de su cuerpo. Bra recordaba que, tiempo atrás, le había hablado de esos cinco maestros suyos aunque de manera muy superficial.

—¿Te refieres a tus maestros?— preguntó.

Broly dejó escapar una carcajada baja sacada de sus entrañas. Mirada perdida, ojos dilatados en extremo.

—No.

Broly se relamió los labios, regodeándose en la imagen mental de lo que zumbaba en su cabeza. Ella tembló. De repente ya no estaba tan segura de querer saberlo.

—Hace mucho tiempo que no le doy tantas vueltas como ahora...— de pronto, Tama saltó de su regazo con el lomo erizado. Gateó rápidamente hasta Bra y se refugió junto a ella, bufando con extrema agresividad. Broly no lo miró. En realidad, no parecía observar nada concreto. Bra podía jurar que estaba ido cuando sonrió, no del todo. Algo que no le llegó a las mejillas.

Ese amago de sonrisa resultó oscuro y macabro en grado sumo.

—Definitivamente necesito recordar por qué os odio tanto.

[...]

—No me puedo creer que hayas comido tan poco, Goku. ¡Con todo lo que he preparado para ti!— Chichí nunca pensó que llegaría el día en el que se quejaría del poco apetito de su marido. Observaba la mesa repleta de comida, y la cabeza de Goku recostada sobre ella, agotado y sin ánimos de comer.

—¡Pero estoy lleno, de verdad!— reconoció él.

—Tú nunca estás lleno— aseguró Chichí— Y menos con tan poco.

Conocía bien a su familia como para saber que una comida constaba de unos veinticinco platos, sin contar postre ni entrantes. Esa noche, tras un entrenamiento tan arduo que todavía seguía a pesar de ser tan tarde, con gran parte de los habitantes de esa casa dormidos, Goku apenas había llenado a los doce. Definitivamente, eso no era algo normal.

La mujer se sentó frente a él y comió algo de lo preparado, rehuyendo las comidas que empezaban a provocarle arcadas.

—Oh, Dios, no puedo comer nada de esto. Tengo ganas de vomitar— le hizo saber. Goku estiró el cuello hasta ella y sonrió, sin levantar la cabeza de la mesa.

—Gora ya viene.

—Puede que no sea una niña. Puede que sea un niño.

—No. Seguro que es Gora —comentó, alegre. Chichí mordisqueó algunas verduras cocidas antes de agarrar un plato repleto de ellas y empezar, cada vez con más ganas.

—Gohan no parecía muy contento de tener otro hermano o hermana.

—Gohan no está enfadado con nosotros, solo agobiado. —Goku alzó la espalda. Quizás por pura empatía, también él tuvo ganas de vomitar cuando vio lo que quedaba de la comida. Su estómago dolía—. A Goten le encantará —Chichí dejó de comer, muda y con el aliento contenido. Calló con los ojos brillantes, húmedos, y suspiró profundamente. Goku se sintió desolado y decaído cuando la vio así. No había tenido ninguna intención de herirla. —Chichí...

—Está bien, Goku. Solo es... solo es que... —la mujer sorbió la nariz y se restregó un brazo por los ojos. Como muestra de apoyo, de esas que él hacía en muy contadas ocasiones, Goku extendió la mano hacia ella por encima de la mesa y agarró la contraria. Sus dedos se entrelazaron y Chichí se contuvo, negando con la cabeza— Lo echo de menos. Mi pequeño niño... No puedo creer que él no esté aquí. No lo merecía. —Chichí sacudió la cabeza entonces, en el momento justo en el que Goku intentó recordar el nacimiento de Goten, en el que dijo su primera palabra, en el que dio sus primeros pasos, pero no recordó nada.

No había estado allí, y ni siquiera recordaba cuáles habían sido las primeras palabras de Gohan. Nunca le había dado el valor correspondiente a ello.

—Tienes que darles una paliza, Goku. Han matado a nuestro niño y no pueden quedarse tan tranquilos después de eso —él asintió débilmente, aunque seguía sin tener claro cómo podría hacerlo con una fuerza tan ridícula como la que tenía en ese momento. De hecho, sería difícil incluso con Vegeta centrado, pero por desgracia no estaba así. La situación podía con él, y lo de Broly y Bra lo estaba destrozando.

No se había transformado en el súper saiyan de nivel tres otra vez, y Goku no sabía si era porque no se veía en la necesidad de ello o porque estaba tan descentrado que no se veía capaz de hacerlo otra vez. La concentración debía ser grande para controlar semejante nivel de poder, y con su hija pululando por ahí con un asesino, renegando de su familia, era imposible llegar a ello.

Trunks y Gohan estaban peor.

Ni siquiera Goku tenía la cabeza en su sitio, no con los recuerdos de Broly paseándose en los límites de su conciencia, no con sus sentimientos comiéndole el cerebro. Si se concentraba lo suficiente, incluso podía sentir sus heridas, pero prefería no hacerlo, aunque era consciente de que no le quedaban muchas opciones.

Los pensamientos de Broly eran muy perturbadores, pero también eran una forma de llegar hasta él. Goku no era tonto. Si lograban calmar a Broly y ponerlo de su parte, ganarían mucho, y se ahorrarían posibles bajas irremplazables.

—Sé que hay algo que te turba, Goku, y no es Goten. ¿Sigues pensando que no puedes hacerlo? —le preguntó Chichí. Su mujer se levantó y, sin soltarle la mano, se sentó mucho más cerca de él arrastrando una silla, lo suficiente como para que sus rodillas se rozaran.

—Es que... sé cómo podríamos ganar ventaja. De hecho, todos lo sabemos, pero el riesgo es grande y no todos estamos dispuestos a colaborar. De hecho, creo que yo, Trunks y la hija de Vegeta somos los únicos que estaríamos dispuestos a tolerarlo —Chichí ladeó la cabeza, esperando una explicación más explícita— Hablo de intentar hacer una tregua con Broly.

—¿Ese saiyan horrible con el que se fue Bra, ese que Pan ocultó también? —Goku asintió. El ceño de Chichí se frunció— Pero es un enemigo, ¿verdad? Ya peleasteis contra él una vez, ¿no? Aunque también es de vuestra misma raza... y no hirió a Pan ni a Bra. Quizás no es tan malo... o quizás sí. Sabes que no tolero a la gente como Vegeta —asintió su mujer con un gesto casi indignado.

Chichí de verdad odiaba a la gente como Vegeta, con el que tenía una seria disputa. Ambos se odiaban, quizás porque los dos tenían un carácter tan fuerte como dominante y rompedor, y de solo pensar en la posibilidad de que hubiera otro similar por allí hacía que se le revolviera el estómago. Pero Goten estaba muerto, y definitivamente quería traer a su niño a casa de nuevo para abrazarle, besarle, acunarle y prepararle su comida favorita, para ver su sonrisa otra vez, la más pura que pudiera haber. Y también quería que mataran a esos desgraciados que le habían hecho daño a su bebé, así que tomó una decisión de peso.

—Goku, si hay alguien que puede hacer que un hombre malo cambie, ese eres tú —le aseguró Chichí.

Goku dejó escapar una leve risa que no le llegó a los ojos.

—Yo no estoy tan seguro. Broly no es como Vegeta o como Picolo, y la última persona con la que querrá razonar es conmigo.

—¿Por qué estás tan seguro de eso? —A Chichí se le hacía raro que su marido se tornara tan hermético cuando, normalmente, estaba abierto a ideas de todo tipo, a veces disparatadas. Si decía que no, era porque tenía razones de peso para pensar de esa forma.

Él guardó silencio, sus ojos fijos en su regazo.

—Porque creo que me pidió ayuda y yo nunca le respondí.

—¿Cómo es eso posible?— cuestionó ella, incrédula y extrañada.

Goku no tenía intención de hablarle de ese vínculo mental que parecían haber establecido el día que apuñalaron a Broly siendo un crío, ni tampoco del que se había roto cuando él clavó un puño furioso en su estómago para protegerlos a todos. Tampoco pensaba hablarle del que ahora lo estaba llevando a la locura, reconstruido en un punto exacto de su vida. Goku no estaba seguro de cuándo se había restablecido el vínculo, y por lo tanto no tenía una idea exacta de las razones de Broly para desear acabar con todo y con todos.

Pero hay algo... algo que se me escapa. Algo que tenemos en común ahora, pero que no teníamos cuando Bra lo devolvió a la vida. Pero, ¿el qué?

Entonces ocurrió otra vez. Goku se paralizó cuando alzó la vista desde su regazo en busca de Chichí y se encontró a sí mismo en otra de esas habitaciones blancas. No había mucho que describir; era una sala rectangular medianamente grande, lo suficiente como para no hacer sentir a nadie claustrofobia por el espacio. No tenía ventanas, pero si unos agujeros del tamaño de un pulgar. Se acercó a uno de ellos, y cuando posó la mano sobre la pared, notó que esta se hundía como si fuera de goma. La sala estaba acolchada. Aparte de tanta luz y tanto blanco, había solo dos cosas más.

Broly era una de ellas.

Su pelo ya era como el que llevaba hoy en día, y su espalda era anchísima, más que la del propio Goku. Su cuerpo se había desarrollado increíblemente en comparación a la última vez que tuvo una visión de él, horas atrás. Ya era un adulto de veinte años, lo que significaba, según los datos de la diadema de braummuro, que todavía le quedaban cuatro años para salir de ese calvario. Aun así, su mandíbula y sus ojos no estaban plenamente definidos como los que veía ahora, y juraría que no era tan alto como el actual. No mediría mucho menos que el propio Goku.

Tenía los ojos cerrados y parecía dormir, sentado sobre el suelo de piernas cruzadas. Aparte del instrumento que le recorría la espina dorsal desde la nuca hasta la cola, sus brazos estaban cruzados sobre el pecho, los dos rodeados por los brazaletes de braummuro que llevaba hoy en día, conectados a las paredes mediante cadenas del mismo material. También tenía el collar, que lo hacía permanecer encorvado hacia delante por el peso.

La segunda cosa que había era un boburriano, frente a él, macho. No lo había visto nunca. Su pelo era de un rojo erizado, y cada parte de su cuerpo estaba cubierta por dibujos que nunca había visto. Estiró una de sus largas manos y posó un dedo sobre un brazalete del mismo material que el que llevaba Broly, aunque este no le provocaba el menor daño. Inmediatamente después, el instrumento de tortura del Sujeto 813 se despegó de su espalda y cayó al suelo con un ruido sordo, dejando ver una herida sangrante y chamuscada de un siniestro y vomitivo negro. La sangre estaba coagulada, la piel de su alrededor era oscura y Goku olió el hedor de la putrefacción.

Broly se despertó.

—Te dije que te quitaría la sonda, y un trato es un trato— dijo el boburriano.

—¿Debería darte las gracias?

—Es lo que un amigo hace.

—Si tanto quieres ser mi amigo, quítame las cadenas— el boburriano sonrió en esa visión de encías negras tan desagradable.

—Ya hemos hablado de esto, Broly. La última vez que te las quité, destrozaste la cara de un celador a mordiscos y... ¿Por qué la lengua?

—Porque tenía hambre y sed. ¡Sigo teniendo hambre y sed! ¡Y me duelen las pelotas!— tronó, sus ojos desviándose hacia las paredes que los rodeaban, en los agujeros que, seguramente, gravaban lo que allí sucedía. El boburriano esperó a que Broly dejara de maldecir para volver a hablar.

—Supongo que no te ha ido muy bien con Bia.

—Nunca me va bien con ella. No sé si vosotros tenéis bolas o no, ¡pero a los saiyans nos duele que las toquen jodidamente! ¡Esa perra me tiene harto!

—No he venido aquí a hablar de eso. —habló con calma, como si con ese tono pudiera estabilizar la fiera que era él en ese momento. Y, curiosamente, funcionó. Él se calmó. Entonces Goku se percató de que ese macho le hablaba con cercanía, por su auténtico nombre, no por un número—. Me han dicho que no duermes nada. Siempre sueles dormir de doce a quince horas diarias, pero según nuestros últimos datos ahora no duermes mucho más de dos horas, y sueltas. ¿No estás cansado?

—Claro que estoy cansado. Tengo mucho sueño, pero ese puto crío no para de llorar y no puedo dormir —dijo de carrerilla, tan rápido que Goku apenas pudo oírlo. El aspecto fiero de Broly pasó a segundo plano, y solo una aparente vulnerabilidad en unos ojos enrojecidos en extremo, casi llorosos por la somnolencia, se hicieron presente como única muestra de irritación.

—¿De qué crío me hablas, Broly?

—Del crío de Kakarotto, el del planeta Tierra. Ya os lo he dicho.

Goku abrió la boca de par en par, tan sorprendido como incrédulo. Miró una vez más a Broly y recordó que tenían la misma edad, nacidos el mismo día y en el mismo sitio. Eso quería decir que, en ese recuerdo, él rondaría los veinte años también. Gohan había sido concebido un año antes, por lo que en ese recuerdo no tendría mucho más de unos meses de vida. ¿Incluso su llanto había llegado hasta la mente de Broly? De solo pensar en que su hijo había estado en un punto de mira siendo tan pequeño se puso enfermo.

—Pensaba que ya no hablabas con ese hombre— comentó el boburriano.

—Nunca he hablado con él. No me oye.

—No... pero has intentado comunicarte con él, ¿verdad?— hubo silencio, algo estremecedor y acongojante. Goku se acercó, consciente de que en aquel recuerdo nadie reparaba en su presencia. Se situó frente a ellos y pudo ver el rostro del guerrero legendario, contenido, con los labios apretados y la mandíbula en un temblor apenas perceptible.

—Me da igual cómo lo hagas, pero no quiero oír el llanto de ese crío. Me pone enfermo— le brillaban los ojos cuando le giró la cara, sin aceptar una nueva discusión.

Lo sabía; lo intentó.

El boburriano se levantó tras asentir y se dirigió hacia la pared, pasando junto a Goku. Antes de que su cuerpo se pegara a la masa acolchada que eran esas tres paredes, se giró y dijo una última cosa.

—Dentro de un rato te limpiarán la herida y te colocarán la nueva sonda.

—¿Qué? ¡Me dijiste que me la quitarías!

—Eso dije, y lo he hecho, pero si quieres dejar de oír esos llantos tendremos que inyectarte algo más potente que lo que tienes ahora, y tampoco podemos dejarte suelto sin eso. Siempre te portas mal cuando lo hacemos— Goku apretó los dientes, quizás incluso más que el propio Broly, que hizo el intento de levantarse del suelo y cayó torpemente empujado por las cadenas de braummuro y el collar que destiló humo cuando se pegó a su piel. El boburriano, sin hacerle el más mínimo caso a su caída de bruces, atravesó la pared acolchada como si estuviera hecha de gelatina.

—¡BOBURIA!— tronó Broly, pero no hubo respuesta.

Se quedó así, solo en esa sala tan vacía, tumbado sobre el suelo. El silencio resultaba más atemorizante que la aguda voz del boburriano. Se agitó un par de veces antes de quedarse quieto, derrotado, con la cola inmóvil y encogida, en silencio.

Goku era un hombre duro a pesar de lo que aparentaba. Cualquiera diría que era muy cercano a los demás, pero los que lo conocían bien sabían que era como un país neutral en medio de una guerra, o una hoja zarandeada por el viento; no era especialmente cercano a nadie salvo a su familia, siempre con unas distancias emocionales que le resultaba muy difícil rebatir. No era empático, cosa que se compensaba gracias a su gran sentido de la justicia y su alegría. Le costaba ponerse en el lugar de los demás, quizás porque no se tomaba las cosas tan en serio como otros. En términos francos, a veces resultaba insensible y desconsiderado, sobre todo en lo que a lamentos se refería. Él era un hombre de acción, no de sentimientos.

Por eso, ver a Broly, sentir a Broly, participar en sus recuerdos, vivirlos, tener un vínculo con él... Era imposible que todo eso, junto a la muerte de Goten, no le influyera. Casi sintió lástima, casi, porque no le hacía ninguna gracia ver a un guerrero de ese calibre humillado y rendido. Extendió una mano hasta él, pero esta atravesó su hombro como si se tratara de un fantasma.

—¿Qué haces tú aquí?— habló Broly entonces. Goku se sorprendió por la pregunta y se giró, pensando que alguien más había entrado en la habitación. Sin embargo, nadie estaba allí.

Cuando volvió a centrar su atención en él, ya no tenía veinte años, ni tampoco estaba encadenado. Seguía allí, tumbado boca abajo sobre el suelo, pero sus ojos estaban clavados en él, enormes, dilatados. El pelo le cubría parte del rudo rostro en una imagen truculenta. Goku retrocedió cuando la habitación dejó de ser blanca para oscurecerse, poco a poco, volviéndose más pequeña. Sus manos desaparecieron de su campo de visión, al igual que el resto de su cuerpo; lo único que veía con claridad era a Broly tumbado sobre el suelo.

Se movió como una araña, arrastrándose rápidamente en su dirección. A Goku se le puso la piel de gallina cuando extendió el brazo para agarrarle del tobillo, pero todavía se puso peor cuando el guerrero legendario se levantó. Goku podría jurar que no tenía columna cuando su espalda se dobló hacia adelante intentando ponerse recto.

—¡TE VOY A MATAR!— rugió. Era un animal con las fauces abiertas cuando se le echó encima y Goku, descolocado, cerró los ojos.

El cuerpo de Broly se evaporó en aquella sala oscura, y algo mucho más pequeño cayó frente a él, derrumbándose con un golpe seco y atronador. Poco después, testigo del silencio, se atrevió a mirarlo. La sangre se le heló.

El bebé Broly no se movía, roto y desangrándose por el agujero que tenía en el estómago, con la boca abierta dejando escapar un último aliento de vida.

Expiró.

Luego volvió a la realidad.

—¡Goku!— le gritó Chichí por tercera vez consecutiva antes de que él pestañeara y volviera en sí. Se miraron. La mujer mantuvo una ceja inquisitiva alzada. —Te has quedado embobado y muy pálido. ¿Estás bien?

Goku no respondió, porque ni él mismo lo sabía.

A sus pies, entre sus piernas, todavía podía ver al bebé deshecho y arrojado al basurero, comida de ratas y carroñeros.

[...]

—No es cierto— Bra negó por quinta vez aquella noche. Su estómago le pedía a gritos que se dejara llevar y abriera la boca para devolver lo que había comido ese día, pero ella se contuvo, porque seguía sin estar segura de que aquello fuera verdad por mucho que Broly fuera incapaz de mentir, y más aun en ese estado mental tan desequilibrado. —Intentas provocarme con eso, pero no es verdad, lo sé. ¡Es mentira!

—¿No estabas ansiosa por saberlo? ¿Ya no estás tan contenta?— Bra no pudo aguantar su tono socarrón y bromista, y se llevó una mano a los oídos para hacerlo callar.

—¡CIERRA LA BOCA!— le ordenó.

—No. —Le respondió él, sin nada de la tolerancia que le había mostrado hasta el momento. Tama chilló y saltó de los brazos de Bra, huyendo despavorido, adentrándose en el bosque y en la oscuridad. Ella miró a Broly como quien mira a un oso hambriento, esperando una sentencia—. Antes de abrir la boca, recuerda con quien estás hablando, medio humana.

—No, Broly. Recuérdalo tú. Estás fuera de ti. Ese síndrome te está haciendo recordar cosas o inventártelas. ¡Te está jodiendo la cabeza! Tú no eres así, no tan... no tan desquiciado— él se levantó de entre los árboles. Sacudió la cabeza sin llegar a mirarla, rascándose de manera distraída la sien. Cada movimiento casual conseguía poner de los nervios a Bra, pues lo hacía ver más insensible, más inhumano, más lejano... más loco—. Puede que tengas arrebatos de locura, pero el Broly que ha estado conmigo durante todos estos meses no está loco— Bra esperó al ver su reacción. Ese comentario parecía haberle chocado e, inmediatamente, dejó de moverse como un demente. Se quedó quieto y pensativo, con los ojos clavados en el suelo, como si hubiera perdido toda su energía de repente. Bra suspiró, más relajada al ver que la locura transitoria había remitido... de momento.

Dio un paso al frente.

—Al síndrome no le queda demasiado para acabar, quizás un par de horas. Volvamos a casa y relajémonos. Haré que... haré que te sientas mejor— por supuesto, no estaba segura de cómo hacerlo después de lo que le había contado. Si todo eso era cierto, nunca lo calmaría.

No había una cura para eso.

Lo peor era que Broly lo sabía.

—¿Y qué harás para hacerme sentir mejor? ¿Me prepararás comida, pondrás la tele y luego me follarás?— replicó con renovada agresividad. Bra quiso iniciar una disputa con todo su mal genio; aunque no diera mucho resultado, sus intenciones eran buenas, y él era un desagradecido por no verlo. Otra vez se acordó de su madre y de todo lo que habría tenido que aguantar por su padre. Tenía dudas pero no las había en que lo quería lo suficiente como para luchar contra ellas.

Lo agarró por el brazo, abrazándose a él y apoyando la frente en su amplio bíceps.

—Lo siento mucho, Broly, pero darle vueltas y mantener el rencor no hará que nada se solucione. Vuelve en ti, vuelve...— Bra tragó saliva al notar el ardor contra su frente. Él ardía. Su piel destilaba calor a raudales cuando siempre había mantenido una temperatura templada. Bra se culpó por no ser capaz de adivinar si ese estado mental tan inestable se debía a la fiebre o al propio ki quemándose a raudales y fastidiando su cerebro. Quizás, verle y sentirle en esas circunstancias fue lo que le hizo ceder como no lo había hecho nunca. —Vuelve a mí, Broly, por favor.

No había orgullo en ese ruego, pero como él no se moviera sí habría lágrimas. Muchas lágrimas. Llegados a ese punto, a ese arranque demencial debido a una clara psicosis transitoria, a Broly poco le importaban las súplicas.

—Estoy echado a perder— aseguró. Su mente vagando por los escalofriantes recuerdos.

—¿Qué es lo que ocurre?— Boburia entró en la sala a través de la que lo observaban, tras el cristal.

Nada más llegar, Broly agarró el cadáver que había a sus pies y lo lanzó contra el cristal. Este retumbó y los boburrianos del otro lado dieron un salto, exaltados por el ruido emitido. La sangre empapó su visión cuando el cuerpo sin vida cayó al suelo, escurriéndose por la ventana de los observadores.

—¡DIJISTE QUE LO HARÍAS CALLAR!— empezó a gritar. Seguidamente, las maldiciones e improperios les provocaron temblores. De su boca salían tantas cosas, que hasta el demonio podía avergonzarse de ellas. Se tiraba por el suelo y lo golpeaba. En uno de sus arranques, levantó con una sola mano la camilla que lo aprisionaba y las máquinas que le habían conectado al cuerpo, y las lanzó contra el cristal nuevamente. Una grieta diminuta se abrió en él, y Broly se lanzó sobre ella con los puños por delante.

Las cadenas de braummuro lo detuvieron, tirando de él hacia atrás y manteniéndolo alejado del cristal por apenas veinte centímetros.

—¿Por qué no me habéis avisado antes?— exclamó Boburia a sus subordinados. Bia y Bumo estaban allí, y ambos se mostraron alterados mientras buscaban la manera de hacerse cargo de la situación— ¿Qué ha pasado?

—Ha sido un error, Boburia. No esperábamos que tuviera esta reacción, ¡debería estar dormido pero las drogas no le han hecho efecto, y le hemos dado las suficientes como para dormir a un poblado!— Bia estaba desesperada. La diadema de braummuro que tenía entre sus manos y que conectó a numerosos cables brilló y, de la gema azul que la remarcaba, una pantalla de luz se iluminó en el aire mostrando la anatomía interna de Broly, el escáner de su actividad cerebral y sus niveles en funciones vitales.

Broly siguió tirando de las cadenas, gritando y, prácticamente, ladrando. Sus ojos estaban totalmente rojos por la presión del collar que le atoraba el cuello, asfixiándolo. Cada vez que abría la boca y mostraba los caninos, un reguero de sangre coagulada se escurría por su barbilla.

—Está en estado de psicosis reactiva. Sus funciones cerebrales están al límite— informó Bia. —No va a aguantar mucho más así. Tendrá un infarto cerebral en cualquier momento.

—Lo siento, Boburia. Intentamos no llegar a esto, pero llevaba setenta y cinco horas sin dormir y si seguía despierto iba a entrar en un coma indefinido. No había manera de saber que reaccionaría con un ataque psicótico a los sedantes —le explicó Bumo.

—Oh, fantástico, ¡y ahora en lugar de entrar en coma tendrá una muerte cerebral!— los boburrianos se sobrecogieron, atados de pies y manos, acorralados entre Boburia por un lado, y el rabioso Broly en un estado de locura incesante.

Entonces, viéndolos lo suficientemente cerca, él actuó como solo un animal con la rabia haría. Los gritos, el llanto, todo eso no paraba de sonar, y después de setenta y cinco horas sin poder dormir ni dejar de escucharlos, Broly estaba perdiendo la cabeza de manera casi literal. Todavía no sabía cómo la había mantenido en su sitio, solo sabía que no oía ni sus propios pensamientos con tanto llanto.

Y Kakarotto estaba en el centro de ello.

Llanto...

Puñalada en el estómago...

Lloriqueos...

Dolor...

Gritos...

Su cuerpo en la basura...

Padre...

Mal olor...

Padre...

Hijo de Bardock...

No puedo respirar...

Padre, padre...

Puñalada...

Puñalada...

Puñalada...

Broly gritó con todas sus fuerzas, tantas, que sus pulmones se quedaron secos y su garganta herida, las cuerdas vocales agrietadas y su cabeza contra el cristal, una y otra vez, salvando esa distancia de veinte centímetros, los ojos parecían a punto de estallarle. Su frente se resquebrajaba al igual que el cristal por la brutal fuerza empleada. La sangre descendía por su cara libremente de manera que lo vio todo rojo.

Todo rojo. Como un toro bravo.

Dio un último golpe y su cerebro desconectó.

Después de aquello, pasó cerca de dos años en estado de coma. Cuando despertó, Boburia estaba a su lado y los recuerdos de lo último que había hecho estaban tan vividos, que ni siquiera sabía que el tiempo había pasado. Su boca estaba pastosa entonces, tanto que apenas podía hablar.

—¿Sigues escuchándolos?— le preguntó Boburia. No le dijo cuánto tiempo había pasado, y Broly respondió que sí con la cabeza, aunque el llanto era más flojo, insistente, pero de alguna manera amable y considerado, como pequeños lloriqueos. —Por fin te he recuperado, ahora descansa.

Broly no replicó. Cuando sus pulsaciones cambiaron y sus funciones cerebrales dieron muestra de variación, fue potentemente sedado para evitar nuevos arranques psicóticos, especialmente después de estar tanto tiempo sin funcionar. Ahí fue donde empezó su etapa de sueño profundo en la que no sabía distinguir el sueño de la realidad.

—Oye, eres mi mejor amigo, ¿verdad?— Bugogi no se cansaba de jugar en su estado de constante duermevela. Él y Topoka era a quienes más recordaba. —¡Juntos seremos los mejores cazadores y coleccionistas del universo!— Quizás lo hubiera sido de no ser cazado por un elemento de su propia colección—. Sabes que podrías hacer algo más que esto, ¿verdad? Tu poder es increíble y no para de crecer. Sentía que nunca encontraría a alguien con una mente como la mía, y entonces apareciste tú. Aunque te conviertas en rey algún día, no te olvidarás de mí, ¿no? Prométemelo.

Broly levantó el brazo en el aire para hacer la promesa que rompió, porque después de morir hizo un esfuerzo por olvidarse de todos ellos.

Y más todavía cuando Bugogi lo apuñaló con su muerte.

—¿Me llevarás contigo? Ya eres todo un hombre— él no contestó, y Mikchi también lo apuñaló cuando la masacraron.

—Voy a bañarme, ¡pero no te pongas estupendo, chico! Solo lo hago porque la última vez fue hace dos siglos, no porque tú lo digas— Broly frotó la piel de Tigero, y luego lo apuñalaron otra vez.

—No quiero que me llames papá. No soy tu padre, Broly, y nunca lo seré. Pero aunque no lo sea, te protegeré hasta que seas capaz de hacerlo por ti mismo— y, por supuesto, una de las más dolorosas fue la puñalada del Ágil Topoka.

¿O acaso hubo otras?

Cuando nació lo primero que hicieron fue apuñalarle y tirarlo a la basura. Sabía el motivo, pero aun así era algo que no conseguía entrarle en la cabeza del todo. Nunca lo había hecho.

Y después fue una puñalada tras otra hasta que solo quedó una cáscara vacía.

Ni siquiera lloraba, ni siquiera hacía ruido. Kakarotto era el único que lo hacía.

Pero ¿por qué había sido así? Tenía mucho para dar, y de no haber ocurrido todo eso, lo habría dado. No se habría convertido en lo que era ahora, lo que sabía que era. Lo que Topoka, Tigero, Mikchi, Bugogi y ese maestro sin nombre trataron de evitar dándole un voto de confianza. Eran los únicos que le habían dado algo, aunque luego se lo habían quitado.

Él era lo mismo que ellos.

Una pregunta distraída que jamás diría en voz alta, porque resultaba demasiado presuntuosa e inútil, muestra de emociones tan muertas como esa cáscara vacía en la que se había convertido. Pero aunque lo negara, aunque todos lo hicieran, no podía dejar de pensar en cómo empezó todo. Ya no servía de nada. Ya no había esperanzas. Y era tan ridículo después de matar a tantas personas, tan cínico, tan vomitivo, tan estúpido...

Pero ¿por qué no lo quisieron desde el principio?

Tenía mucho que dar, pero ni siquiera le dieron la oportunidad de darlo. Se lo quitaron sin pedir permiso, sin más. Adiós confianza, sin sentimentalismos, solo dámelo, dámelo, ¡dame tu fuerza y tu poder, dame tu cuerpo, dame todo lo que pueda utilizar! ¿Sentimientos? ¡Eso puedes quedártelo, no valen nada, no valen nada! ¡Tómalo, tómalo, pero no me tires a la basura, no me apuñales otra vez, tómalo todo!

¡No quiero estar en la basura!

Pero ya no tenía nada que entregar, nada útil.

El futuro Dios de Todo, el Gran Hombre, La Leyenda, el Guerrero Legendario, el Más Poderoso, el Esperado pero nunca Deseado... la sombra de un tercera clase, de un niño que lloraba en la cuna de al lado, el Olvidado, el Desterrado, el Repudiado y Apuñado.

El bebé en la basura.

Se había echado a perder sin tener, siquiera, una oportunidad.

Pero, ¿la tendría ahora al ser revivido? Una nueva vida, una única persona que, por error, le había dado esa oportunidad que insistía que merecía. Allí estaba, a su lado como la sexta persona importante, un nuevo Topoka, Tigero, Mikchi, Bugogi o Sin Nombre, alguien más que estaba triunfando en lo que los demás fracasaron, debilitándolo, corrigiéndolo, amansándolo.

¿Eso era lo que él quería? ¿Pasar de ser un perro rabioso a ser un perro amaestrado?

¡Tómalo todo, todo, todo!

Me han apuñalado otra vez.

Te has echado a perder. Ibas a ser alguien, pero te has echado a perder. Sabes por qué, ¿verdad?

Porque ya no eres más que el pequeño monstruo de papá.

—Soy el monstruo de papá... —Broly tembló con cada sílaba. Acababa de recordar cómo había acabado todo y se giró hacia Bra para decírselo—. Soy el pequeño monstruo de papá —ni siquiera se dio cuenta de que ese adjetivo, el de pequeño, ya no servía para definir su condición. Y Bra no entendía lo que quería decir con eso—. Pero ya no tengo que depender de eso —la agarró por los hombros con fuerza, la sacudió. Todo su poder se había reducido a la nada de pronto, demasiado agotado mentalmente como para hacer uso de él—. ¡Tú no vas a apuñalarme! ¡No lo harás porque si lo haces os mataré a todos!

Bra, pálida, deseó que la soltará. Sabía que no tenía otra manera de asegurarse de que no se fuera. Él era rematadamente pequeño en ese sentido, como un niño que caza abejas con vinagre en lugar de con miel. Estaba desesperado.

—Nadie quiere apuñalarte, y yo menos que nadie. Yo no voy a apuñalarte —pero aunque lo dijo con claridad, él parecía no entender.

Bra decidió que si esa era su única manera de entender, lo persuadiría por las malas.

Lo abrazó, su cabeza en su pecho y sus manos apoyadas en su amplia espalda, tan ancha que sus dedos apenas podían tocarse tras ella. Broly se quedó lívido. Una vez junto a él, Bra supo que hiciera lo que hiciera sería incapaz de dejarlo ir.

—Yo no soy como ellos, y me quieras o no, aunque tus planes no sean a mi lado... esta sigue siendo la oportunidad que mereces tener.

Quizás lo fuera. Por supuesto, era algo, al menos. Una mínima cosa en comparación a la nada que siempre había tenido. ¿Podía hacerlo? ¿Podía perdonar y dejar de mirar al pasado para construirse su propio futuro? ¿No era demasiado tarde para eso? Bra estaba allí, y era la encarnación de todos los maestros que un día se sacrificaron por él, lo que habían buscado para él, quizás. Era todos ellos.

Tenía una oportunidad.

—Bra... —la llamó. El suspiro la descarga de sus miedos y preocupaciones. —Bra... —volvió a llamarla, y ella supo que su mente empezaba a volver a su sitio por fin, que el síndrome empezaba a desvanecerse cuando le correspondió el abrazo con demasiada fuerza, pero no la suficiente como para aplastarla.

Y al recuperar la tranquilidad y la estabilidad... la auténtica locura.

La puñalada de su mente fue tremenda esta vez. El pinchazo le atravesó la razón y el dolor no estuvo claro en alguien tan fuerte de cuerpo, pero tan débil de mente. Se apartó de Bra, sus ojos viendo la sangre escurriéndose por su estómago, el puñal hundido hasta la empuñadura, la mano de ella en él. Los ojos de Bra no veían absolutamente nada, solo su rostro ahora ceniciento, morado.

—¿Broly?

Él no la escuchó. Vio una sonrisa imaginaria cuando cayó al suelo y Bra se subió sobre él, a horcajadas, sacando el puñal de su estómago y levantándolo sobre su cabeza entre risas. Luego hubo una sucesión de puñaladas, y todas cometidas por diferentes personas con las mismas sonrisas. Él arqueando la espalda de manera imposible, aguantándolas, intentando hacerlas menos dolorosas con movimientos pélvicos que, con Bra encima, simulaban más el movimiento de una penetración que de una condenación. Con todos hacía lo mismo, todos parecían montarlo, violarlo y matarlo al mismo tiempo. Ellos encima, una y otra vez.

Topoka, primer y único padre verdadero; queriéndolo, violándolo y apuñalándolo.

Tigero, primer compañero de juegos, primer hermano mayor; queriéndolo, violándolo y apuñalándolo.

Mikchi, primera madre y luego amante ilegítima; queriéndolo, violándolo y apuñalándolo.

Bugogi, primer y único amigo verdadero...

Sin Nombre y Sin Cara, último reguero de esperanza.

Bia, Bumo, Baika, Benkas, cada boburriano que lo había tocado, cada uno torturador y carcelero, científico, analista, tomando, tomando y nunca dando, violando y apuñalando y nunca agradeciendo.

Rey Vegeta, padre e hijo, condenadores sin motivos, los primeros.

El resto de saiyans y mestizos que conocía...

Paragus...

Y luego Kakarotto, llorando, violándolo y, por último... apuñalándolo.

[...]

Goku cayó de rodillas sobre el suelo. En cuanto cayó de mala manera, vomitó todo cuanto tenía en el estómago y ya no hubo manera de hacerlo parar. El primero en correr hasta él fue Uub, que lo agarró por los hombros y golpeó su espalda. Para Trunks solo significó un fruncimiento de ceño por la extrañeza del gesto. Para Vegeta y Gohan fue como tener una epifanía; ambos pensaron solo una cosa cuando Goku empezó a respirar de manera alterada; un ataque al corazón.

Por supuesto, no era un ataque al corazón. Tal vez era incluso peor.

Debió imaginarlo cuando pensó que los intestinos se le salían del estómago, de una manera muy similar a como lo sentía Broly con cada puñalada mental. A partir de ahí, todo fue de mal en peor y, una vez más, la locura se lo tragó. Goku se levantó y caminó como un zombie apoyando el hombro contra la pared, intentando salir de allí con las pupilas totalmente dilatadas. Cuando Gohan y Vegeta reaccionaron y todo se llenó de gritos llamándolo, arrastrándolo fuera de la Cámara de Gravedad, el sonido desapareció y todo lo que oyó fue llanto.

El mismo llanto que no dejaba dormir a Broly, o que no lo había dejado dormir hasta entonces.

Se había acostumbrado a acurrucarse en la camilla en estado de trance mental, sin dormir pero tampoco despierto del todo, con unas permanentes manchas moradas bajo los ojos y una piel tan pálida como la de un muerto, sin pensar en nada, como un enfermo mental puesto hasta arriba de sedantes y drogas. Los oía a todas horas, en todo momento, y lo habían agotado hasta la extenuación. A pesar de no comer en absoluto y estar alimentado de manera que solo se satisfacían sus funciones vitales, pero nunca su apetito, no tenía hambre ni sed. Solo tenía sueño y muy poca energía, tan poca que ni siquiera deliraba, pero sí soñaba despierto.

Soñaba que Gohan había crecido. Había visto sus primeros años y ya tenía cuatro. Soñaba con que un saiyan había llegado al planeta Tierra, había informado a Kakarotto de quién era realmente y se había llevado al pequeño. Después dejó de soñar, pero poco le importó la suposición de que se debía a que Kakarotto hubiera muerto. Luego llegó el namekiano y se llevó a Gohan. Los llantos siguieron.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que Gohan ya no lloraba.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que no era su llanto el que escuchaba.

Fue, solo entonces, cuando, poco después, una mañana como otra cualquiera, despertó de su trance y se dio cuenta de que ya nadie lloraba. El llanto se había ido, pero Broly no se sintió aliviado, al contrario. Sin esos lloros que había hecho suyos y a los que su mente se había acostumbrado, quitándole vida o, quizás, dándosela con su inconstante ruido, Broly despertó del trance, como quien despierta de una pesadilla, tan avispado como las drogas ingeridas le permitían, como su estado anímico y su precaria condición física consentían. Aparte de las drogas, solo tenía la sonda puesta y el braummuro en lugares claves de su cuerpo.

No recordaba exactamente cómo lo había hecho. Estaba casi seguro de que uno de los celadores gritó, y luego salió de allí tambaleándose dejando una escena grotesca detrás. Los boburrianos serían muy listos, pero Broly siempre conseguía ingeniárselas para escapar de una manera o de otra.

Debería haber buscado la salida, pero no fue eso lo que hizo. Como un lobo hambriento siguiendo a su olfato en busca de carne fresca, caminó por los pasillos haciendo eses arrasando con aquellos pobres desgraciados que trabajaban allí y que se interponían en su camino, daba igual cómo. Iba dejando cadáveres a su paso, aunque poco mérito tenía cuando ninguno de ellos era un soldado como Baika o Benkas, sino simples investigadores que apenas tenían conocimientos básicos de su propio poder de batalla.

¿Adónde vamos, Broly?

La mente de Goku, a aquellas alturas, era la mente de Broly, y los pies de Goku, en la realidad en la que se encontraba, empezaron a andar por su propia cuenta lejos de su familia, introduciéndose entre los extensos pasillos de la Corporación Cápsula seguido de cerca por los demás, tan sorprendidos como extrañados. Broly vomitaba al mismo tiempo que él lo hacía, deshaciéndose de una carga mínima de drogas, cosa que le permitió estar algo más despierto. La sonda de la espalda le daba fuertes calambres que, en algún otro momento, lo habrían derrumbado, pero que ahora solo conseguían espabilarlo aún más, enfurecerlo, crisparlo.

¿Por qué no llora? ¿Por qué?

Ambos siguieron caminando hasta que Broly se detuvo junto a la puerta de una habitación, concretamente, la habitación 813-C. Sus piernas temblaban cuando lo hizo y Goku pudo sentir su tensión y deseos de vomitar de nuevo, pero se reprimió. Broly apoyó una mano sobre la puerta y esta estalló hacia dentro, dejándole paso libre tras arrancar parte de la pared blanca.

Entró.

Era una habitación pequeña y, como todo, sin apenas ornamentos. Al fondo de la misma había un cristal transparente que dejaba una visión de una sala de reclusión como en la que Broly había vivido durante todos esos años. Dentro no había nada, solo blancura y seis camillas vacías. En la habitación donde él estaba había un armario transparente repleto de botecitos diminutos llenos de líquido, cada uno etiquetados con nombres diferentes. A su lado, una mesa de acero estaba cubierta con braummuro, con brazaletes, anillos, diademas... Se acercó a una sonda y descubrió la sangre todavía fresca en ella.

Luego se volvió hacia esas seis placas de metal, separadas estratégicamente y cubiertas con sábanas inmaculadas. Anduvo hasta ellas y Goku fue con él. Un paso, dos pasos, tres pasos... Broly contaba sus propios movimientos para no volverse loco en ese momento, pero cuando llegó frente a la primera placa de metal, donde había el que, al parecer, era el objeto más grande, estaba extrañamente tranquilo. Apartó la sábana sin ningún cuidado, dejando a la vista una dantesca escena; un niño de no más de cinco años mantenía los ojos cerrados, muerto. Su piel era similar a la de los boburrianos, y sus encías eran del mismo color oscuro que las de ellos.

Broly pasó la mirada por el resto de camillas, adivinando lo que habría en todas ellas, y suspiró.

—Esto definitivamente es cruel —aseguró.

Tanto Goku como Broly sabían ya que Boburia, junto a Benkas y a Baika como guardaespaldas y soldados, estaban tras él, aguardando su reacción. Boburia se acercó entre suspiros y Broly no hizo nada para impedirlo, agotado en muchos sentidos.

—A veces, para alcanzar un bien mayor hay que hacer sacrificios —comentó el boburriano—. De todas formas resulta un poco cínico oírtelo decir a ti. No sabía que tenías una gradación para calificar la crueldad.

—Y no la tengo, pero yo mato, no torturo. Es muy diferente. —En aquel entonces, a Broly los niños todavía le eran indiferentes—. ¿Cuál es el propósito de todo esto, Boburia? Porque no me creo que sea solo el saber.¿Qué es lo que quieres de todas las razas que tienes aquí encerradas?

Boburia aspiró con fuerza. La diadema que le cubría la frente brillaba con cada movimiento suyo.

—Universalismo utópico —respondió. El ceño de Broly se acentuó todavía más, perdido en las ambigüedades que esas palabras podían tener en tantos contextos. Boburia, como si fuera demasiado obvio, puso los ojos en blanco—. ¿No lo ves claro? Piénsalo. Tantas razas en el universo, tanta diversidad, tan diferentes, algunos tan débiles y otros tan fuertes. ¿No es eso una clase de injusticia divina? Tú no lo ves porque naciste fuerte, entre una de las razas más poderosas del universo, pero aun así Freezer acabó con todos con un solo chasquido de dedos. Tanta diferencia, tanta infelicidad no es justo para ninguno. Lo que busco es una utopía posible. Busco aquello en lo que tantos otros han fracasado pero donde yo puedo triunfar. Busco el nacimiento de la universalidad, la unión total entre cada ser del universo, la felicidad para todos ellos.

A Broly le costó trabajo procesar tanta información, pero cuando lo consiguió, reprimió una carcajada dejando escapar apenas una risilla. Utopía era decir poco, más bien una ensoñación aduladora rodeada de delirios de grandeza, un proyecto más presuntuoso que ambicioso, por no decir poco original.

—Ríe lo que quieras, Broly, pero es la verdad y es posible llevarla a cabo. ¿No sería todo mucho más fácil si así fuera? No más disputas, no más debilidades, no más Freezer, y es posible, por supuesto. Esos niños son la prueba de ello. Son la cúspide de nuestra creación; nunca pensamos que llegarían a nacer, pero después de tantos años lo consegui...

—Deja de joderme —lo interrumpió Broly, asqueado por tanta verborrea—. ¿Insinúas que estos críos son una mezcla de razas, que son perfectos? ¡Ni siquiera están vivos!

Boburia calló. Su silencio fue analítico, y Goku, observador pasivo, tuvo cierta perspectiva de lo que allí ocurría. Desvió la mirada al niño muerto, tan parecido a los boburrianos, pero diferente a ellos en algo que no sabía muy bien qué era.

—No están vivos... porque tú querías que dejaran de llorar, ¿lo recuerdas? —Broly se descolocó ante esa confesión. Se recordó a sí mismo exigiendo que los hicieran callar como pudieran porque necesitaba dormir y no había manera de hacerlo con esas voces en su cabeza, pero aunque eso explicaba por qué seguía oyéndolos incluso después de que Gohan callara, no explicaba por qué los habían matado solo porque él lo pidiera—. Te preguntas por qué, ¿verdad? ¿Por qué, si eran tan perfectos, antepusimos tu salud mental y física a ellos? Bueno... para empezar, aunque su nacimiento haya sido un gran paso, no eran perfectos. Tenían fallos, demasiados, algunos discapacitados mentalmente, otros de manera física... el más perfecto es el pequeño que está justo ahí. —Broly giró. En la sexta placa de metal, el bulto oculto tras la sábana blanca era tan pequeño, que no alcanzaba ni el tamaño de un brazo completo—. Pero aun así tenía fallos nerviosos, pulmonares y constantes ataques de epilepsia. En realidad, solo han sido los primeros de una larga serie de experimentos, así que tampoco importa demasiado que hayan muerto. Habrá más, y nos aseguraremos de no cometer los mismos errores con ellos.

—¿Quién es el sádico ahora? Estoy seguro de que ni siquiera llegaba al año de edad. —Boburia se encogió de hombros, restándole importancia al asunto, aunque ofuscado y visiblemente decepcionado al ver que Broly veía con diferentes ojos la situación.

Se sentía un genio incomprendido, pero aun así siguió con su relato lleno de deseos por encontrar un punto de entendimiento.

—No es nuestra culpa, sino de la genética que hemos usado con ellos... y aquí es donde entras tú. La verdad es que no podemos permitirnos perderte, ya que eres uno de los que ha hecho esto posible. Tú eres el guerrero legendario, pero ese nombre es bastante presuntuoso, al menos para nosotros. Dime, Broly... ¿nunca has pensado por qué eres tan diferente de los demás saiyajins, por qué te repudiaron? —claro que se lo había preguntado, y Boburia lo sabía. Nadie, viviendo una situación como la suya no lo haría. Hacía años que no le daba vueltas al asunto porque con el tiempo había aprendido a odiar en lugar de a pensar, pero había pasado semanas y meses preguntándoselo, sobre todo en las situaciones más duras.

¿Por qué?

—La respuesta a esa pregunta es el azar. No te creas tan importante porque seas el guerrero legendario, ya que en realidad ese personaje de leyenda no existe. De hecho, si no hubieras sido tú, habría sido cualquiera. En otras palabras, lo que los saiyajins llamaron guerrero legendario no es más que una mutación genética, una excepción; eso, para que lo entiendas, quiere decir que eres una especie de mutante.

—¿Un mutante? —sus ojos se agrandaron por la sorpresa. Goku, desde las sombras, también se sintió contrariado por lo oído.

—En cada raza hay un patrón genético, pero a veces ocurre que nace alguien con ese patrón defectuoso. En la raza de los saiyajins ocurre lo mismo. Hubo muchos antes que tú, Broly, y como en cualquier raza, algunos marcan la diferencia y otros no. El primero de todos ellos debió de ser un mono sobrecrecido que impuso su fuerza sobre los demás. Es muy probable, además, que el primer rey que logró deshacerse de los tsufur fuera un mutante también, y debido a la pureza de sangre de la realeza inicial, es incluso posible que sus descendientes consiguieran parte de su patrón genético alterado. En tu caso, te ha dado una discapacidad; no tienes algo a lo que los boburrianos llamamos válvula de equilibrio, por lo que no puedes controlar tu ki, y este crece y crece sin parar en situaciones de tensión extrema. Para una raza como la tuya puede ser algo bueno, pero no deja de ser una discapacidad; en realidad, deberías sentirte agradecido por ello. Tu descontrol te hace poderoso y te convierte en un arma mortífera e imparable.

Sin embargo, Broly no se sentía así en absoluto. Se miró las manos, grandes y duras con el cuerpo tembloroso de pura rabia. No tenía claro si debería creer a Boburia o no, porque prefería ser el guerrero legendario antes que un mutante cualquiera, un error genético, pero esa explicación era mucho más creíble que la leyenda de la que, supuestamente, había nacido. No se sentía agradecido, en absoluto. Debido a esa mutación que lo hacía tan poderoso, había nacido en el infierno.

Apretó los puños con toda la fuerza que tenía y una reguero de sangre se escurrió entre sus dedos.

—¿Eso es lo que quieres de mí? ¿El patrón de esa mutación para jugar a los experimentos genéticos?

—En realidad, ya lo hemos conseguido.

—¿Qué?

Boburia anduvo hasta él, muy despacio. Broly no le puso la mano encima cuando se acercó a la primera placa de metal, donde el cuerpo del niño yacía. Aunque le odiaba, cada fibra de su ser estaba centrada en odiar a cada célula mutante. ¿Cómo habría sido su vida sin esa mutación? Quizás habría sido como la de Kakarotto, que seguía analizándolo todo desde las sombras. Tal vez estaría muerto, como el resto de los saiyajins. En cualquier caso, quizás fuera mejor.

—¿No te has preguntado por qué oías sus llantos, Broly? ¿Por qué, de entre todos, tú eras el único? —Boburia terminó de retirar la sábana que cubría el cuerpo desnudo. Los brazos, el torso, las piernas... Hubo algo que Broly reconoció en esa figura, cosa que lo sobrecogió—. Ahora lo sabrás.

Y lo supo al mirar, al observar con detenimiento el resultado de esos experimentos genéticos tan brutales; la piel del crío estaba quemada en puntos claves, los mismos puntos que Broly, en muñecas, brazos y cuello, lo que hizo que él rozara los propios, donde el braummuro seguía ardiendo sobre su piel, bailando en ascuas. Siguió observando, acercándose muy despacio, ya condenado, y lo analizó más de cerca. El pelo negro, como el ala de un cuervo, cubría parte de su rostro. Negro, no rojo como el de los boburrianos. Mandíbula dura y rostro rudo, no como el de esos malditos alienígenas. Siguió observando, más abajo, descendiendo la visión sobre esos músculos poco desarrollados, sobre esas piernas flacas.

Lo entendió todo al instante, y por su cabeza pasaron miles de imágenes de sí mismo en su futuro, en su presente, en su pasado. Imágenes visibles también para Goku, en consecución, como si se tratara de una película antigua, tan rápidas que apenas se les veía el sentido.

Broly no soportaba los llantos de los niños, así que no les dio tiempo ni siquiera para llorar.

No solo atacó a los adultos, también asesinó a los niños con especial sadismo.

Fue mi padre el que intentó envenenarme… varias veces.

¡Odio a los jodidos críos! Si por mí fuera los aniquilaría.

Todos ellos lloraban así.

No soporto los críos. Me ponen enfermo.

¡No es solo por Kakarotto!

Si crees que los odio tanto porque Kakarotto lloró a mi lado cuando era un bebé, es que eres estúpida.

¡PAPÁ!

No eres más que el pequeño monstruo de papá.

¿Quieres mucho a tu hijo, Kakarotto?

La niña huyó y llevaba un bebé llorando en sus brazos. No sabía por qué recordaba aquello, pero a veces la mente haya las mayores locuras en los sucesos más insignificantes.

Kakarotto llorando... Siempre llorando.

Y la mezcla, la unión de sentimientos y experiencias.

Es mi hijo muerto.

Ni siquiera puedo prometerle a mi hijo que le devolveré a la vida, y sigo sin poder decirle nada a Goten ¡Tampoco estuve allí cuando lo mataron, y tampoco puedo pelear contra los boburrianos para vengarle! ¡Le he fallado y no se me ocurre nada para remediarlo!

¡Papá!

¡PAPÁ!

El bebé en la basura...

Ahí estaba el motivo de todo. Goku lo vio todo, lo sintió todo como si le hubiera ocurrido a él, y en parte así había sido. Ahí estaba, también, lo que ahora les unía, tan brutal como oscuro, lo suficiente como para volver loco a cualquiera. Vio cómo Broly, con ojos rojos y desorbitados, presa de una desesperación genuina, corrió de placa en placa apartando las sábanas una a una, descubriendo cada cadáver, cada cual más pequeño que el anterior, todos con ciertas características propias de los boburrianos, todos con piel azulada y estriada, todos con escaso pelo oscuro, todos con facciones rudas que poco tenían que ver con sus creadores.

En definitiva, todos con cola.

Goku deseó salir de esa ensoñación cuanto antes, pero aunque cerró los ojos con mucha fuerza, el grito llegó igual hasta sus oídos.

—¡QUÉ HABÉIS HECHO! —Broly se volvió hacia ellos con el pecho hinchado y la respiración atascada. Los ojos desorbitados, saliéndose de las cuencas en un rojo enfebrecido.

—Pensaba que eras tú el que quería que callaran, ¿no es así? ¿Te sientes mejor ahora, Sujeto 813? —las palabras salieron de la boca de Benkas, tan venenoso como una serpiente de cascabel. Pensaba soltar otra genialidad, pero Broly se echó encima de Boburia como una pantera, con las enormes manos por delante.

Se detuvo a escasos centímetros de él, empujado hacia atrás por los poderes telekinéticos que no pudo detener. Su amplia espalda dio contra el cristal transparente, resquebrajándolo, manchándolo con los restos de la sonda clavada en su espalda, pero al instante se levantó otra vez y volvió a correr hasta ellos. Goku no pudo hacer más que sentir su rabia y sus deseos de venganza. Con los puños y la misma voluntad que Broly, se precipitó contra Boburia, pero antes de que lo alcanzara oyó el cuerpo del otro saiyajin precipitándose contra el suelo, cayendo sobre él con Benkas y Baika presionando su espalda, tirando de su cola, con la espada de braummuro en un lateral de su cuello, quemando e hiriéndolo. La única mano que no consiguieron inmovilizar se alzó hasta Boburia, tan tensa como la cuerda de un arco.

—¡Tevoyamatartevoyamatartevoyamatartevoyamatartevo yamatartevoyamatartevoya...! —Broly hablaba con tanta rapidez que no se le entendía. Las lágrimas se veían enormes incluso en una cara tan ruda como la suya, brillando de pura cólera—. ¡OS VOY A MATAR A TODOS! ¡OS VOY A MATAR, OS VOY A MATAR, OS VOY A MATAR, OS VOY A MATAAAAAR!

Daba igual cuánto se revolviera, no había manera de que pudiera escapar del agarre. Su pelo y sus ojos, por unos segundos, se tiñeron del rubio y el azul eléctrico tan característico de los súper saiyajins, pero en cuanto llegó a ese estado, Benkas agarró un punto clave de su nuca y apretó sobre él, dejándolo inmóvil con el brazo todavía estirado. La transformación se deshizo de inmediato.

A pesar de eso, Broly no dejó de murmurar lo mismo con demencia absoluta: os voy a matar a todos.

—Lo siento mucho, Sujeto 813. Puedo imaginarme el sufrimiento que este experimento fallido ha podido ocasionarte, pero era necesario. Estos solo son los primeros, y no siempre salen bien. En la ciencia, la perfección se alcanza con la práctica, y como muestra de arrepentimiento te prometo que, en los próximos prototipos, tendremos especial cuidado con los vínculos mentales paterno-filiales. Nos encargaremos de que no te molesten, y si quieres y te portas bien, también te prometo que podrás quedarte con uno de ellos.

A Goku se le revolvían las tripas con cada palabra. Nunca había sentido auténticos deseos de matar a nadie, ni siquiera con los enemigos más letales y malvados, pero en aquella ocasión, acompañado por los fuertes sentimientos de Broly, tuvo auténticas ganas de despedazar a ese brillante científico. Tantas ganas tuvo, que incluso se posicionó frente a él cuando este dio media vuelta y le propinó un puñetazo en la mandíbula que, por desgracia, lo atravesó y no impactó contra él

—¡No solo fueron los suyos, también matasteis a Goten! —chilló, pero nadie le escuchó—.¡NUNCA VOY A PERDONARTE!

—No sabes lo que has hecho... no sabes quién soy yo... —El brazo de Broly seguía alzado, y sus lágrimas habían caído sobre el suelo a montones. Resultaba difícil ver a alguien tan duro en una situación tan descorazonadora, porque aunque lloraba, las lágrimas parecían más coléricas y demenciales que lastimosas—. Yo soy el guerrero legendario... ¡Yo soy el guerrero legendario! ¡No podrás contra mí, vais a morir todos por esto! ¡VAIS A MORIR!

—Eso no va a ocurrir, Broly —sentenció Boburia—. Ya te lo he dicho. En realidad no eres el guerrero legendario, sino un mutante. Tendrías posibilidades con tu raza o en una sociedad jerárquica donde lo importante fuera el poder, es cierto, pero cuando tu padre te entregó a nosotros ya estabas echado a perder y no eras muy útil. Ya eras lo que eres hoy en día.

Goku le ordenó que se largara con improperios y maldiciones. Él, que nunca maldecía, que no tenía siquiera insultos que regalar, lo hizo en esa ocasión, pero por supuesto Boburia no le escuchó, y se volvió hacia Broly una última vez con la mirada más despreciativa que alguien pudiera albergar por otra persona, como quien mira una larva envolviéndose en un capullo, indefensa, y la aplasta con el talón.

Ciertamente, no había unas palabras que describieran mejor al Broly que todos habían visto, muy diferente del que Goku veía ahora.

—No eres más que el pequeño monstruo de papá.

Y, tras decir eso, salió de la habitación dejándolo con el brazo alzado, exigiendo su vida y todas las demás, todas aquellas que merecía por lo que había recibido y, aun así, no serían suficientes. Su odio y su sed de venganza hacia todo y todos incluso después de muerto y revivido lo demostraba. Broly nunca cambiaría, y tenía motivos para no hacerlo, pero aunque la situación hablara por sí sola y las circunstancias y sus gritos dejaran clara esa posición, Goku, siempre esperanza, no pensaba eso.

Salió de la habitación, furioso, pero cuando llegó al pasillo inmaculado Boburia ya no estaba, y el escenario se precipitó en el abismo. Pestañeó varias veces, y en cada pestañeo vio una cosa diferente; los celadores entrando en la habitación de la que él acababa de salir y, poco después, tras otro pestañeo, los soldados boburrianos reconocidos por su armadura tan blanca como sus estancias, desesperados. El suelo y las paredes temblaban y se resquebrajaban por la tensión. El ambiente se sobrecargó con una electricidad tan potente, que los casquetes del suelo empezaron a levantarse, flotando en el aire, y los cables en el interior de las paredes atravesaron estas como si tuvieran vida propia, provocando un intenso ardor, tan inaguantable como el calor de una hoguera cuando se está demasiado cerca de ella. Goku empezó a sudar. Pestañeó una vez más y lo que vio a continuación lo dejó desarmado y atónito.

El despertar del guerrero legendario.

Hubo una explosión de dimensiones colosales, y Goku pudo ver a cámara lenta cómo todo salía despedido por los aires empujado por el poder absoluto, tanto escombros como cuerpos que se evaporaban en el aire. El fuego lo cubrió todo, como un tornado rojizo, y en cuestión de segundos no quedó nada salvo un cráter de dimensiones colosales del que emergió un único ser, enorme, monstruoso, todo musculatura impenetrable, encarnación del odio en estado puro, como un demonio ignífugo rodeado de su propia devastación. Los ojos de Broly se centraron en él durante los últimos segundos de cordura antes de que las pupilas desaparecieran y solo quedara blanco y absoluta sed de devastación.

Fue la primera vez que se convirtió en el guerrero legendario, y como consecuencia, la raza de los boburrianos quedó casi extinta con unos pocos supervivientes, seguidos de la Galaxia del Sur. Una masacre no merecida, pero sí motivada.

Esa era la verdad detrás del llanto.

Goku cerró los ojos y suspiró, calmo tras la visión. Cuando abrió los ojos, estaba en la Corporación Cápsula otra vez, aunque no solo, en el laboratorio de Bulma. Sin necesidad de mirarlos, supo que su familia y amigos estaban allí, tensos y asustados por su extraño comportamiento y los síntomas enfermizos que había tenido, para nada propios de él ni de ningún saiyajin que no estuviera enfermo. Agradeció su presencia cuando volvió en sí, aunque no la necesitaba. Sus manos se apoyaban sobre la transparente cámara frigorífica, tan helada que no dejaba ver su interior. Todos, incluido él, sabían qué había dentro; el cuerpo de Goten resguardándose en el frío absoluto, conservándose en perfecto estado hasta que averiguaran la manera de traerlo a la vida con esferas o sin ellas. La idea, como siempre, había sido de Bulma.

A pesar de ser una especie de tumba de hielo, Goku no había ido allí en esos últimos días. No se acercaría buscando consuelo ni lo vería hasta que estuviera vivo a su lado, pero la ilusión de Broly había sido tan fuerte, que lo había guiado hasta él en medio del trance.

El punto común; la muerte.

—¿Goku? —Chichí lo llamó, preocupada.

Presa del agotamiento mental y de la locura de Broly, dejó que la bruma oscura del cansancio lo acunara y se dejó caer en la inconsciencia. El héroe necesitaba descansar, mareado por los desvaríos del villano.

Luego tomaría una decisión.

[...]

Broly alzó el brazo horas después, con el cuerpo tenso, la espalda arqueada y la boca entreabierta en una expresión descompuesta. Cada músculo temblaba en el despertar de la profunda ensoñación, la cual se había esfumado de su mente como si se tratara de una niebla espesa de mañana despejándose al mediodía. Sus ojos enfocaron el techo de la casa cápsula y, luego, su mano extendida en el aire. Lo siguiente que notó fue la lengua de Tama sobre su barbilla, lamiéndole la cara.

Se agitó y se sentó. El gato se dejó caer en su regazo, maullándole en busca de atención, ahora sin un ápice de temor.

—¿Qué...? —Broly se llevó una mano a la cabeza y jadeó, adolorido. Se dejó caer en la cama otra vez y restregó la frente contra la almohada.

Reconocía la sensación del síndrome de Bérhil ya pasado, con la subida del ki ya recolocado en su cuerpo, haciéndose a él. Notaba su nueva fuerza y poder, mucho mayores que antes, aunque seguía sin estar al límite de sus capacidades. La herida del estómago y del hombro, una vez pasado ese amargo tramo, no tardaría en sanar por completo.

—¡Joder! —gruñó.

Los síntomas después de las ilusiones no eran muy diferentes a los de una grandísima resaca; de hecho, Broly no recordaba absolutamente nada de lo que había pasado horas atrás. ¿Había hecho o dicho algo raro? La última vez que había tenido el síndrome se había pasado durmiendo años enteros atrapado bajo una capa de hielo en el planeta Tierra, y su despertar no fue muy agradable. Por lo menos ahora tenía conciencia de sí mismo.

—Ya iba siendo hora. Empezabas a preocuparme —Broly gimió y alzó la cabeza lo justo para ver a Bra adentrándose en la habitación desde la cocina, como un niño rehuyendo a su madre después de que suene el despertador, reacio a ir al colegio. Ella se acercó con una bandeja entre sus manos, la cual dejó en el suelo cuando se acuclilló a su lado.

Gimoteó, quitó la almohada de debajo de su cabeza y se la colocó encima.

—No otra vez... no más zumo de brócoli —pidió.

—No es zumo de brócoli —Broly suspiró en alivio al escucharlo—. Es zumo de zanahoria —sus ojos se pusieron en blanco y, cuando Bra tiró de la almohada y se la arrancó de las manos, Broly se revolvió hacia ella.

—¡Tienes que estar de broma! ¿Tengo pinta de que me gusten las zanahorias? ¡Me vas a volver loco con tantos vegetales!

—¡A mí no me grites, estúpido mono! —replicó ella—. ¿Sabes lo que me ha costado exprimir zanahorias con las manos desnudas? ¡Lo he hecho para que tú puedas comer sano, porque está claro que con un agujero en el estómago no puedes comer carne!

—Lo has hecho porque no te atreves a matar animales, pequeña medio humana de débil estómago —Bra calló y los dos, durante largos segundos, se miraron fijamente. Broly no se fijó en lo sucia que estaba la ropa de ella después de arrastrarlo hasta allí en plena noche cuando perdió la conciencia y empezó a delirar ardiendo de fiebre, solo se dio cuenta de cómo le brillaban los ojos al verlo despierto otra vez, con ese humor tan característico, señal de que el síndrome se había ido por fin.

Volvía a ser él, perezoso, malhumorado e infantil. Incluso tuvo la precaución de esconder la cola, presintiendo que ella tiraría como la enfadara demasiado. Sí, definitivamente volvía a ser el mismo de siempre, y la ternura que los ojos de Bra destilaron al verlo así solo consiguió ponerle el vello de punta al guerrero.

En lugar de atrapar su cola, Bra llevó una mano a su mandíbula dura y la recorrió con la yema de los dedos. Broly se paralizó, pero dejó que ella le acariciara la mejilla y le besara los labios en un contacto que no llegó a profundizar. Se separó antes de que él pudiera tomar cartas en el asunto, y gruñó por ello, insatisfecho.

—No voy a insistir más. Tómatelo si te da la gana, yo me voy a la ducha —Bra se cruzó de brazos y se dirigió hacia el cuarto de baño, como si no hubiera tenido ningún gesto tierno. Broly le quitó la almohada de las manos antes de que se fuera, la abrazó y le dio la espalda en la cama. Ella refunfuñó, pero no dijo nada, quizás porque estaba agotada. Había sido la peor noche de su vida, pero cuando Broly la esquivó de esa manera tan inmadura, sonrió de oreja a oreja.

Por momentos así, todo merecía la pena.

—Bra —la joven abrió el armario y sacó la escasa ropa que usaba para dormir allí, respondiendo al llamado de su nombre con una leve interjección. A diferencia de Broly no le gustaba dormir desnuda, para nada acostumbrada a sus hábitos exhibicionistas—. ¿He dicho algo raro? Nunca me acuerdo de nada después del síndrome, pero sé que me vuelvo loco cuando lo tengo. ¿He hecho algo?

Bra apretó la ropa interior cuando él preguntó. Se lo pensó, y podría haber mentido y haber dicho que no, pero no creyó que Broly mereciera esa mentira por compasión. Negar la verdad nunca traía nada bueno, y en eso él tenía mucha experiencia.

—Lo has dicho todo, de principio a fin.

Broly supo a qué se refería. Por un lado se tensó, pero por otro se sintió aliviado y desahogado, de una manera que nunca hubiera pensado. Ese siempre había sido su recuerdo, de nadie más, al igual que los niños que no había llegado a conocer, suyos, ya que nadie los había querido al igual que tampoco lo habían querido a él. Los seis eran los pequeños monstruos de papá, los recuerdos de lo que nunca llegaron a ser, de su crueldad y ayuda negada; en definitiva, fueron sus víctimas y sus despojos.

Ahora, al verla a ella, tan lejos de esa experiencia, supo que era inútil huir del bulto. Lo hecho, hecho estaba, y Broly no era de los que se lamentaban. Se tumbó boca arriba sobre la cama, relajado tras esa confesión y la seguridad de que ella lo sabía todo, sin secretos, y también sin muestras de compasión o críticas, lo que menos necesitaba.

Broly no pudo evitar endulzar sus facciones. Miró una de sus manos alzadas.

—Esto no cambia nada. Todavía no estoy echado a perder... —se dijo a sí mismo.

Bra contuvo el aliento. Se giró hacia él, que había renunciado a su infantilismo y se mantuvo como un adulto que ha vivido demasiadas cosas en muy poco tiempo. Sintió el abismo que los separaba, las numerosas experiencias vividas por él, a las que ella ni se había acercado. Ahora que lo pensaba, podía ver patrones de conducta relacionados con lo sucedido, como su odio/temor por los niños, ahora reconocida como una pedofobia absoluta, al igual que sus bruscas respuestas con respecto al tema. Tal vez por eso también tenía un gusto infantil con todos esos dibujos animados. A Bra se le ocurrió que podría ser su manera de vivir lo que no había vivido como niño y como padre.

Aunque la idea era lejana, no pudo evitar pensar en qué clase de padre sería, o en si sus vivencias lo habían dejado mentalmente incapacitado para ello, pero esa pregunta quedó sin respuesta.

—Todavía puedo destruirlo todo, todavía puedo matarlos a todos, y lo haré por mí y para mí. Tu familia está en sus últimos días, independientemente de que te ame o no.

Su puño se cerró, y aquel bebé, el pequeño monstruo de papá arrojado a la basura, dejó de llorar.

[...]

Día 200 (mañana)

Todavía era de noche, bien entradas las cinco cuando despertó, a la misma hora que se había propuesto antes de ir a la cama el día 199. Se levantó con especial cuidado para no despertar a Videl, que dormía a su lado sin imaginar lo que su marido tenía en mente hacer. Gohan, sigiloso, abrió el armario y se colocó su gi, ese que tan poco había usado en los últimos tiempos. Se ató las botas con decisión, la viva imagen de su yo pasado durante la lucha contra Buu, con ese ceño fruncido del que había renegado, doblegándolo para convertirlo en un rostro amable más cercano a la erudición y al intelectualismo más absolutos. Pero por mucho que hubieran pasado los años, el Gohan que masacró a Cell y que consiguió alcanzar un nivel de poder superior al de cualquiera de los demás guerreros seguía allí.

Y ese mismo Gohan fue el que, tras dar un último beso a su mujer, salió por la puerta para tomar represalias por el sufrimiento de su familia.

Pasó junto a la habitación que compartían sus padres y abrió la puerta encajada. Goku seguía durmiendo, sin moverse y sin roncar en absoluto, boca arriba. Tras asegurarse de que solo estaba inconsciente debido al cansancio mental, sin ninguna secuela o herida que le impidiera despertar cuando se recuperara, los guerreros lo habían llevado hasta allí, terriblemente asustados por el decaimiento repentino de su líder. Vegeta, nuevamente, tuvo que luchar por mantener el grupo unido y controlado pese a la preocupación inicial. Chichí seguía allí, adormilada junto a su marido, sentada en el suelo sobre sus rodillas entre el sueño y la vigilia con la cabeza apoyada en el colchón. Ella también estaba agotada, y Gohan, que entendía de medicina más que ningún otro en aquella casa, temió que todo ese estrés provocara complicaciones al embarazo.

Cerró la puerta tras reunir la resolución que necesitaba al ver a sus padres al borde de la extenuación, y siguió caminando.

La habitación de Pan estaba cerrada y custodiada. Uub había intentado hacerla salir, y en la negación terca de esta, el muchacho se había dejado caer sobre la puerta, con la espalda apoyada sobre ella, durmiendo en mitad del pasillo. Gohan suspiró. No negaba la poca gracia que le hacía pensar en su hija con un chico, pero si se veía obligado a aceptarlo, se alegraba de que su más fiel pretendiente fuera el bueno de Uub, alguien en quien Goku confiaba ciegamente y que se había ganado el cariño de su familia.

Entró por la ventana. Pan dormía abrazada a la ropa de combate de su tío Goten. Gohan no sabía de dónde la había sacado, pero estaba claro por el tamaño y por el color que era de su hermano. Todavía tenía los ojos húmedos y las mejillas ruborizadas de tanto llorar, y su cuerpo se encogió en posición fetal cuando Gohan se sentó a su lado y le dio el beso más tierno y dulce sobre la frente, apartándole el flequillo. Se quitó las gafas, lo único que lo diferenciaba del Gohan furioso de antaño, y las depositó sobre la mesita de noche de su hija.

La observó, memorizó cada gesto y aspiración. Luego salió por la ventana y alzó el vuelo, desapareciendo en la noche, solo. O eso creyó él.

Trunks había estado esperando que hiciera el primer movimiento desde esa mañana, cuando supo con toda seguridad que Gohan sabía algo que él desconocía. Su intuición, heredada de una astucia sin parangón como la de su madre, y el sentido que lo hacía desconfiar y sospechar de cualquiera no cercano, herencia paterna, tenían toda la razón. De modo que, cuando lo vio salir volando lejos de allí en soledad, tardó poco en agarrar la espada de Tapión, recientemente afilada, y colocarla sobre su espalda.

Salió de su habitación con las manos en los bolsillos, el ceño fruncido y la actitud helada de un titán. Al pasar por el salón, hizo lo que siempre había querido hacer, algo que Trunks se había limitado a desear, pero que Pesadilla hizo realidad sin darle importancia. Agarró la única foto que su familia tenía de él, el del futuro, sonriente aunque rudo por las horribles vivencias apocalípticas, siempre idealizado, el Héroe, el mismo que se desintegró entre las manos de Pesadilla cuando agarró el marco y lo lanzó al otro lado de la habitación en un movimiento tan rápido como desinteresado. El cristal se hizo pedazos y la imagen con él. Ahora que Goten no estaba para detenerlo, el Trunks de Pesadilla tenía vía libre, así que, conteniendo la excitación, anduvo hasta la puerta de la corporación.

La luz apagada que lo mantenía todo en penumbras se encendió tras él cuando su mano rozaba el pomo, y un ligero tic tensó su brazo cuando su nombre fue pronunciado por esa voz tan cálida e inocente, tan idolatrada por él mismo.

Al dar media vuelta, solo los ojos azules y brillantes de Marron hicieron la competencia a los suyos, ya no tan gélidos.