Epílogo


He luchado por estas decisiones y libertades toda mi vida, medio humana. He renunciado a muchos deseos y objetivos... Y no voy a renunciar a más. Este es tu mundo, pero no es el mío. No ahora.

Tengo muchas razones para irme, pero solo una de ellas me hará volver.

Cuando vuelva, será para siempre…

Broly, Instinto Animal


El Guerrero Legendario


—¡Señoras y señores, damas y caballeros, niños y niñas! —los gritos del presentador del torneo provocaron el estruendo de júbilo de los miles y miles de espectadores. El público se alzó en las gradas zarandeando las manos, vociferando, aplaudiendo, dando saltos de emoción y vitoreando a los participantes de ese año. El presentador, hijo del oficio, un hombre joven que había tomado el relevo de su abuelo anciano para presentar por primera vez el Tenkaichi Budokai de ese año, se atrevió a bajar sus gafas de sol para guiñar un ojo a unas aficionadas que le vitoreaban desde primera fila. El nuevo presentador era igual que su abuelo, pero su juventud y escasa experiencia lo hacían arrogante y ligón.

Desde la arena, todavía libre de los participantes del 33º Tenkaichi Budokai, alzó las manos y los fuegos artificiales ascendieron para inaugurar las finales del torneo. Explotaron en el cielo, que empezaba a oscurecer. El crepúsculo impidió que los intensos colores que decoraron el firmamento dieran más de sí, pero el ambiente no podía ser más oportuno para la finalización de ese año.

Los espectadores estaban pletóricos tras las batallas que se habían televisado esa mañana, las que habían decretado quienes irían al enfrentamiento final. Sorpresas, técnicas indescriptibles, escenas épicas… desde hacía muchos años, siempre había algún guerrero que maravillaba al público, alguien que demostraba tener una fuerza bárbara, que lanzaba energía con las manos, que era tan veloz que ni podía seguirse con la mirada, que volaba… más que un espectáculo de lucha, todos iban en búsqueda de esos fenómenos de los que tanto habían oído hablar, a los que algunos habían tenido el placer de ver muy de cerca. La gente los adoraba, sabían quiénes eran y solo querían verlos a ellos.

Los Guerreros Z.

—¡Este es un torneo muy especial, damas y caballeros! ¡No había sido tan especial desde la retirada de nuestro héroe y siempre vencedor, Mr. Satán! —el presentador continuó dando voces, haciendo aspavientos con el micrófono pegado a los labios. Las luces que iluminaban el recinto se apagaron, pero las cámaras siguieron grabando, televisando el acontecimiento por cada esquina del planeta. Por el cielo, un zepelín publicitario anunciaba la final del Tenkaichi Budokai, junto al nombre de sus seis finalistas. Fuera del lugar, que tenía una capacidad para albergar a más de ochenta mil personas, repleto hasta los topes, las multitudes se agolpaban para ver en las enormes pantallas el evento desde las paredes del estadio.

Un foco se iluminó en uno de los palcos vips, donde el de sobra conocido Mr. Satán, salvador del universo, saludaba y sonreía con energía. Había aguantado las batallas del Budokai Tenkaichi hasta que, nueve años atrás, en el torneo número 30, se lesionó una cadera impidiéndole salir a pelear contra el finalista de ese año.

O eso dijeron en los medios.

Lo cierto es que Mr. Satán no se veía ni con capacidad ni con ganas de enfrentarse al mastodonte que le tocó por rival, así que prefirió retirarse cuando todavía estaba en la cima. En cualquier caso, siendo humano no podía quejarse de los setenta años que había aguantado en "combate", nada más y nada menos. Así que se retiró siendo una leyenda, y allí seguía, asistiendo, desde una posición mucho más segura, a los eventos más importantes, y por los tenía especial interés por ver a los pequeños luchadores que allí se formaban.

Esas pequeñas y adorables máquinas de matar que tan bien conocía.

—¡Todos estamos impacientes porque comience la final, pero antes de que estos pequeños se empiecen a pegar, démosles un fuerte aplauso a ellos y a sus familias, porque sabemos que los Guerreros Z han hecho una gran labor protegiendo nuestro mundo, y lo seguirán haciendo con las nuevas generaciones que aquí tenemos! —Los gritos sobrepasaron el estruendo de los fuegos artificiales. Todos sabían por qué el 33º Budokai Tenkaichi era tan especial.

Se celebraba el décimo aniversario de la salvación del universo, diez años después de la aniquilación de los boburrianos y la muerte de Boburia a manos del guerrero legendario. Por supuesto, esos detalles no eran los que los humanos conocían. No sabían quiénes eran los boburrianos, ni qué habían hecho exactamente los Guerreros Z para devolverlo todo a la normalidad, pero sabían que había habido una masacre global muchos años atrás, y que hoy, y solo hoy, se conmemoraba con alegría la victoria de sus héroes sobre los enemigos interplanetarios, la salvación del planeta Tierra.

No sabían quiénes eran los Guerreros Dorados, no sabían nada de los saiyajin, pero sabían que estaban ahí, y sabían que esos niños solo podían ser descendientes directos de ellos. Y también sabían que, aunque no supieran quiénes eran, ellos observaban a sus retoños llenos de orgullo esperando que se dieran bien fuerte.

La arena que sería el escenario de la batalla se veía desde uno de los palcos privados reservados por Mr. Satán, donde una de las familias dedicaba unas últimas palabras de ánimo a su hijo antes de que saliera a pelear.

—Recuerda, Oni; utiliza la cabeza y vencerás. Tu tía y tu primo tienen la misma debilidad que tu abuelo, piensan más con los músculos y con el estómago que con otra cosa —Gohan acarició la cabeza de su hijo de nueve años. El niño, utilizando la misma ropa que su padre había usado alguna vez en sus entrenamientos con Picolo, asintió muy decidido. Videl se inclinó sobre él, el pelo corto más propio de una mujer que empezaba a entrar en años. Había tenido la oportunidad de ver a su marido en fotos de cuando tenía la misma edad que su hijo menor, y eran tan parecidos, que a veces le parecía estar viendo un fantasma del pasado.

—Dame las gafas, cielo. No puedes pelear con ellas —Oni, con un deje de timidez, se las entregó. Pan, que ya contaba con unos largos veinticinco años, observó a sus padres, igual de orgullosos y sonrientes que el día que la habían llevado allí muchos años atrás, cuando ella solo tenía cuatro años de edad.

—A ver si ganas esta vez, Oni. Yo a tu edad ya había ganado un torneo —Pan le sacó la lengua, y su hermano pequeño, ese que había nacido a destiempo, pillando a sus padres desprevenidos y al principio de la cuarentena, la imitó.

—Si pasaras más tiempo en casa y entrenaras más conmigo, sabrías que he mejorado mucho. ¡Hermana idiota!

—¿En qué, en las artes marciales o comportándote como un cerebrito? Admítelo, eres un empollón, ¡un nerd como papá! —lo picó ella. Oni se puso rojo como un tomate, y Gohan abrió la boca para recriminárselo, pero Uub se le adelantó. El muchacho se había convertido en un hombre hecho y derecho, más alto que Goku, rozando la estatura del guerrero legendario y su corpulencia. Abrazó por los hombros a Pan y la pegó a él, como una pareja recién casada.

—Vamos, Pan, no te enfurruñes —la chica se sacudió el pelo, mucho más largo que como solía tenerlo a antaño, viviendo esas aventuras y dedicándose a la batalla por completo. Aun se dedicaba al combate, a tiempo completo además, pero la muestra de madurez en ella se representaba en el largo pelo oscuro que caía sobre su media espalda, recogido en un moño como Chichí había hecho muchos años atrás.

Gohan se acarició el puente de la nariz.

—Nunca me acostumbraré a ver a mi niña casada. ¡Y en unos años me haréis incluso abuelo! Te la llevaste bien pronto, muchacho.

—No te pongas dramático, Gohan. El niño tiene que salir a pelear, ¡dale todo tu apoyo, y tú también, Picolo!

En una esquina de la habitación, con los ojos clavados en la estadio, Picolo fruncía el ceño y gruñía con las expectativas que Oni había puesto en él, su, por encima de todo, gran maestro y mentor, como lo había sido Gohan muchos años atrás. Picolo le quitó hierro al sentimentalismo del chico al no recibir ninguna palabra de aliento. No recordaba que Gohan ni Pan hubieran sido tan sensibleros.

—Este torneo es una birria. Cuando nosotros participábamos no había tanta expectación ni tontería tecnológica para alumbrarlo. Es una exaltación de poder físico que debería ser respetado, no un circo —se quejó.

—¿Qué le vamos a hacer? El tiempo pasa y todo avanza —comentó Gohan. Pan observó a su padre de reojo; un deje de cansancio con el paso de los años se desdibujaba en su rostro. Desde que ella se había ido de casa junto a Uub para dedicarse al entrenamiento en la Atalaya de Kami, no recordaba volver a ver a su padre pelear. No estaba tan entrenado como antes, su formación caía y su intelectualidad aumentaba con el interés que Oni ponía en sus enseñanzas.

Pan sabía que, aunque su hermano siguiera el entrenamiento que ya era costumbre en su familia, casi todo el legado guerrero había caído sobre ella. Quizás por eso todavía no tenía hijos, por no romper esa línea de sucesión y abandonar el combate para la crianza.

Picolo se volvió hacia el muchacho con un suspiro. Desde el refugio de una falsa tranquilidad, lo aconsejó.

—Puedes ganar contra tu tía y contra tu primo; si te tocara uno de ellos sería un combate limpio. Pero si tienes que combatir contra Nightmare, retírate. Solo Bóxer o Dream podrán manejarlo, ya lo sabes. Es de lejos el más problemático. Incluso Gora podría tener problemas con él.

—¿Y… el otro? —preguntó Oni, inseguro.

Hubo un silencio perturbador, inquietante. Ninguno estaba seguro de cómo lucharía el otro, puesto que era su primera aparición en combate directo contra uno de ellos, pero tenían claro que no sería fácil por su ascendencia sanguínea… y por algunas cosas más. El combate que había tenido para llegar a finales había sido demasiado rápido como para hacerse una idea de su potencial.

—Solo ten cuidado —pidió Videl, agachándose a su lado para darle un último abrazo.

—No pasará nada. Lo lleva en las venas —confió Gohan.

Un miembro del staff abrió la puerta del palco y decretó que era la hora de salir a escena. Oni tragó saliva, se sacudió el pelo, se escondió la cola bajo la ropa, y salió del palco tras despedirse de su familia con la mano. Cuando la puerta se cerró, una pregunta inundó el ambiente.

—¿Creéis que podrá controlarse?

Nadie respondió. Solo sus padres lo sabían, y no estaban allí con ellos.

Fuera, emitido por televisión, desde las numerosas cámaras que grababan el acontecimiento, Oni salió hacia la arena. Un foco lo iluminó, y el presentador inició una presentación de sobra conocida.

—¡No es la primera vez que debuta como participante del Tenkaichi Budokai, ya participó en el torneo trigésimo segundo, y quedó descalificado en las finales contra Dream, un familiar muy poco convencional!

En las afueras, se reprodujo una pequeña entrevista hecha al niño esa misma mañana, cuando se iniciaron las semifinales.

—En mi familia todos son expertos en artes marciales, así que, aunque soy joven, daré lo mejor de mí mismo —decretó el chiquillo.

La atención se desvió cuando un nuevo participante se adentró la arena, saludando con una alegría inusitada, con una sonrisa de oreja a oreja y la emoción plasmada en sus ojos negros. Saltó sobre el estadio dando varias vueltas sobre sí mismo y aterrizó sobre una mano. En una esquina al otro lado de Oni, se rascó el pelo oscuro y revuelto, como el de su padre, e hizo el símbolo de la victoria con los dedos.

—¡Y ahí tenemos a Dream, también un luchador al que todos ya conocemos! ¡Con solo cuatro años, se presentó al último torneo y cayó en las finales contra Bóxer! Todos recuerdan esa habilidad y velocidad que demostró tener con su primo en las artes marciales, pero todavía recordamos más su derrota en esa épica batalla contra uno de los favoritos. ¡Bóxer, un contrincante demasiado agresivo incluso para los veteranos, el niño que provoca pavor!

Desde la gran pantalla, una entrevistadora hizo alabancia de sus propios conocimientos sobre el tema.

—… Creo que junto a Nightmare, Bóxer es uno de los participantes más duros que hay, a veces hasta cruel contra sus adversarios. Algunos dicen que masacrará a los demás en el torneo de este año, sobre todo a Gora. ¡Hay una rivalidad indiscutible entre esos dos!

—Si gano el torneo conseguiré un montón de dinero, y mi padre dice que podremos comprarnos toda la comida que queramos, y con lo que me gusta la comida… dulces, y pasteles, y la mejor carne y el mejor pescado, así que… —los ojos de Dream, tan oscuros como los de todos los descendientes de sus abuelos Goku y Chichí, se iluminaron. Tuvo que limpiarse la baba para seguir hablando en la entrevista grabada y retransmitida esa noche—. ¡Pelearé con todas mis fuerzas para hartarme de comer cosas ricas!

Hubo un grito general y absoluto. Los espectadores casi se abalanza desde las gradas cuando dos nuevos participantes entraron, iluminados por la luz innecesaria de los focos para darle dramatismo. Se colocaron en las dos esquinas restantes con expresiones similares; sus ceños fruncidos dejaban claras las pocas ganas que tenían de hacer amigos.

—¡Y ahí tenemos a los más agresivos, a los favoritos del público más cruel! —gritó el presentador. Señaló primero a uno, y luego al otro, y en televisión salieron las respectivas edades y los perfiles de los luchadores.

—Hubo un antes y un después en el Budokai Tenkaichi cuando aparecieron estos dos. Tengo entendido que, cuando se presentaron Bóxer y la actual campeona, se levantaron las prohibiciones y desapareció el torneo infantil en las grandes ligas. Los adultos contra los niños. Hubo grandes polémicas hasta que Bóxer y Gora entraron al rin y masacraron al resto de los participantes para pelear entre ellos, y de eso hace ya seis años. Son los más veteranos, y si todo va bien, volveremos a ver un combate entre estos rivales acérrimos. ¿Conseguirá Bóxer arrebatarle el título a la dos veces campeona del torneo?

—Yo no estaría tan seguro. Nightmare también es un oponente duro, lo demostró con creces en el último torneo aunque no llegara a finales, pero todos sabemos por qué no lo consiguió; cometió una falta grave en su primera presentación en público, y fue descalificado por brutalidad contra un rival. En los torneos profesionales del Tenkaichi Budokai los contrincantes pueden tener tal diferencia de nivel, que incumplir una de las reglas es motivo de expulsión; Nightmare ya tuvo que pasar por ese duro trago cuando utilizó una técnica prohibida en este nivel. Jugó contra su rival con un sadismo pocas veces visto en torneos anteriores.

—Así es. Solo recuerdo algo parecido cuando la hija del campeón Hércules peleó contra Spopovich en el torneo vigésimo quinto, y no fue agradable para ninguno. ¿Nightmare podrá controlarse esta vez? Aquí, ni el dinero de su famoso padre podría impedir que lo descalificaran una segunda vez. ¿Creéis que toda esa prepotencia que derrocha es justificada o solo viene de los mimos que el Presidente Trunks Brief dedica a su hijo?

—Trunks Brief también es un luchador temible, no lo olvidemos, así como su padre, al que alguna vez oímos que se referían como príncipe de las artes marciales. Está claro que el príncipe enseñó bien a sus hijos. ¡Ah, ese combate tan lejano entre el padre de Nightmare y el de Dream! ¡Qué maestría, y solo eran unos críos, así como sus hijos hoy aquí!

—Tienes razón. Nightmare y Bóxer, a pesar de su cercana edad, siguen siendo tío y sobrino, y han sido entrenados por sus progenitores; algo me dice que si estos dos se cruzan en el torneo, habrá derramamiento de sangre, y dudo que haya remordimientos para ninguno.

—A mí me importa una mierda ganar el torneo —Bóxer ocupó gran parte de la pantalla cuando su entrevista llegó a televisión. El muchacho tenía nueve años, uno menos que Gora y dos más que su sobrino Nightmare. Su pelo y sus ojos, a diferencia de los de su madre, Bulma Brief, y a diferencia de sus hermanos, eran oscuros como el ala de un cuervo, al igual que su pelo picudo y su flequillo. El ceño siempre estaba fruncido y era un niño que imponía respeto allá por donde pasaba, idéntico a su padre, el príncipe de todos los saiyajins. Si hubieran tenido una fotografía o vídeo de Vegeta a esa edad, habrían descubierto que era un clon de su padre—. Yo solo quiero pelear contra esa basura de Gora y hacerla pedazos. ¡Y esta vez lo conseguiré!

—Me da igual ganar o no. Yo solo estoy aquí por diversión. Esta vez no volveré a cometer el mismo error… o al menos no antes de tiempo —Nightmare sonrió en la gran pantalla. Su sonrisa era tétrica, espeluznante. Los ojos azules eran como dos cubitos de hielo, con un cierto tono rojizo. El pelo malva y esos ojos era lo único que había heredado de su padre; los demás rasgos eran claramente de la madre.

En el estadio, Dream y Nightmare cruzaron miradas. Los dos parecían muy seguros de sí mismos, pero mientras el primero parecía tomarse las cosas a broma, el segundo disfrutaba al imaginar la masacre que podría tener lugar esa noche. Dream lo notó y le lanzó su mayor sonrisa de afabilidad; Nightmare hizo un mohín de molestia por ello, y el tono rojizo de sus ojos se mitigó hasta casi desaparecer. Esperaba que no le tocara pelear contra Dream, porque de hacerlo, no podría tomarse el combate en serio, tendría que retirarse para no hacerle daño a su amigo y no podría disfrutar del destrozo que podría causar a los demás.

—¡Dios mío, y aquí viene ella, a punto de salir al estadio, la campeona del Tenkaichi Budokai dos veces consecutivas, la chica que ha levantado admiraciones por todo el mundo! ¡Antes de su primera participación hace seis años, nadie pensaba que una chica fuera capaz de conseguir el cinturón del campeón, pero ella nos ha hecho tragarnos nuestras propias palabras demostrando más maestría y sabiduría en las artes marciales que cualquiera de los que estamos aquí, un auténtico talento que no sabemos hasta dónde llegará!

En el interior del recinto, todavía oculta de la afición que había venido a verles pelear, Gora estiró por última vez piernas y brazos. Se sacudió el pelo corto y alborotado, como el de su padre, y se terminó de atar la coletilla que le recorría la nuca para que no fuera un punto flaco al que agarrarse que le molestase. Su traje de combate era una variación del uniforme de la escuela tortuga, diferente a los que llevaban sus sobrinos; Chichí le había hecho unos cambios para que se viera más femenina, algo que ella había terminado aceptando porque, aunque gran parte de su alma fuera la viva imagen guerrera de su padre, otra tenía algo de soñadora y romántica. De cintura para arriba, llevaba el viejo uniforme de su padre. De cintura para abajo, una imitación del traje de combate chino que Chichí utilizó cuando Goku y ella se comprometieron, muchos años atrás. Gora se apretó el lazo de la cintura, se colocó las muñequeras y su mirada emocionada se acentuó.

A su lado, Goku se inclinó sobre el hombro de su hija.

—Esto es tan emocionante… Nunca habíamos estado todos como finalistas. ¡Podré pelear contra adversarios tan fuertes! —la pequeña se ruborizó como una niña al sentirse alagada por el chico que le gusta. Colocó las manos en sus mejillas y restregó los pies uno contra otro, soñadora.

—Tengo mucha curiosidad, aunque seguro que el combate final será entre tú y Bóxer. Vegeta lo está entrenando increíblemente bien. Pero Nightmare no se queda atrás… y el otro… ¡el otro! —los ojos del padre se iluminaron como los de un crío. Chichí, a su lado, con los brazos en jarras, apartó al padre de un empujón para colocarse al lado de su hija querida, en la que tanta confianza tenía depositada.

—¡No los dejes ni respirar, Gora! ¡Demuéstrales que eres la hija de Son Goku! Pero tampoco te pases con Oni y Dream, ellos también son de nuestra querida familia.

Gora asintió. En realidad, el único competidor al que tomaba en serio era a Bóxer, su rival desde que eran recién nacidos, con el que había pasado gran parte de su vida compitiendo sin parar y con el que había hecho una promesa años atrás… o al que había obligado a hacerla.

—No os preocupéis, esta vez me juego demasiado. ¡Bóxer y yo tendremos una pelea justa, es lo mínimo! —Goku agarró el cinturón del campeón que Gora ganó por segunda vez hacía tres años. Esa noche volvería a ponerse en juego quién sería su nuevo propietario, y la chiquilla debería llevarlo hasta el final. El rostro de Gora se iluminaba en determinación al pensar en ello—. Al fin y al cabo, tengo que cumplir mi promesa.

—¿Promesa? ¿Qué promesa? —preguntaron los padres al unísono.

Un leve color alumbró sus mejillas.

—Me casaré con el hombre más fuerte del universo… ¡así que Bóxer tiene que ganar, o no será digno de mí!

—¿¡Qué!? —Goku gritó, espantado. Sintió un torbellino de pesadumbre recorriéndole las piernas y agolpándose en su pecho, un escalofrío que hizo que se alejara al otro extremo de la pared y observara a sus dos mujercitas hablando de cosas rosas y chicos monos—. ¿Bóx… Bóxer…?

—Aquella vez que peleamos, Bóxer… me golpeó en las tetitas —habló la niña con gran seriedad y vergüenza.

Goku recordó con un nudo en el estómago el torneo de tres años atrás, el fatídico momento en el que su Gora se proclamó ganadora otra vez y cómo lo hizo. Bóxer era un chico y su niña una chica saiyajin; las diferencias de fuerza empezaban a ser visibles, pero lo que uno compensaba con arrogancia, el otro lo suplía con astucia. Su pequeña había sido lista, logró sobrevivir a los golpes directos del niño y lanzarlo fuera del rin tras recibir un golpe directo.

Un golpe que, sin querer (aunque Goku no estaba tan seguro) Bóxer atinó en sus partes más sensibles (que con siete años de edad eran inexistentes, pero que cualquier hombre, especialmente su padre, sabía que estaban ahí). Gora se enfureció, lo lanzó fuera del rin y luego lloriqueó de vergüenza con la creencia errónea de que, ahora que le había tocado ahí, solo quedaba la opción de casarse cuando fueran adultos.

Y seguía en sus trece con eso, ideas de su madre.

Unir los genes de Vegeta y los míos… no creo que sea una buena combinación.

Además, la idea le daba repelús. Su hija era demasiado pequeña para casarse, todavía tenía demasiado que enseñarle. Ese había sido su pasatiempo favorito desde hacía diez años, y todavía se sentía estúpido por cómo había rehuido esa parte de la crianza de los niños con sus otros dos hijos.

—¡Así que si Bóxer quiere tenerme por esposa, tendrá que trabajárselo mucho! —exclamó ella, emocionada.

Chichí ahogó una risa recordando viejos tiempos. Dudaba, además, que Bóxer estuviera de acuerdo con esa premisa. La veía como su archirrival, su humillación personal después de haber sido derrotado por ella en casi todos sus encontronazos, y no podía soportar verla cuando sacaba a la luz su lado más femenino y sensible. La veía casi como a un hombre, como a un guerrero más. Chichí veía cómo se le erizaba la cola cuando la niña intentaba un acercamiento más cariñoso hacia él y, tomándoselo como un ataque, iniciaba una batalla que Gora nunca pensó empezar. Enfurecida por el rechazo, lo golpeaba y el orgullo del chico volvía a decaer para aferrarse más hacia su rivalidad.

Eran la pescadilla que se mordía la cola. Les recordaba tanto a Goku y a ella…

Aunque su padre se ponía morado cada vez que oía algo al respecto. Igual que Bóxer, veía a la pequeña más como un chico guerrero que como a una niña, pero era inevitable entre saiyajins; o aceptaban desde el inicio que eran niñas, o acababan deprimidos al ver cómo crecían y, poco a poco, se volvían más femeninas y más lejanas a la batalla.

—Yo no me haría muchas ilusiones. Esta vez, Bóxer le dará su merecido a la pequeña —los Son se volvieron hacia el final del pasillo, el cual daba al estadio. Con el peinado más extravagante que Goku recordaba haber visto en Bulma, esta caminó hacia ellos con la seguridad pintada en la cara, una sonrisa de superioridad imposible de ignorar. Al igual que Chichí, aunque ambas ya habían entrado en la vejez absoluta, sus cuerpos rondaban la treintena gracias a los milagros de Shenlong, y eso solo acentuaba los rasgos orgullosos de ambas madres, que se dirigieron miradas cargadas de prepotencia—. Vegeta ha entrenado duro a Bóxer para el torneo. Vuestra niña no tiene ninguna posibilidad esta vez.

—¡Jum! Apuesto todo lo que tengo a que mi Gora volverá a patearle el culo a tu mocoso, como ha hecho siempre, igual que mi Goku siempre ha hecho con tu marido.

El rostro de Bulma, tan bello como hacía cuarenta años, se transfiguró ruborizado hasta la raíz del pelo por la furia. Tras ella, prácticamente indiferente ante esa provocación, su marido apoyó la espalda contra la pared, bufando al inicio de una nueva disputa entre ambas mujeres. Con el paso de los años y con dos nuevos hijos a los que enfrentar, ambas habían desarrollado una rivalidad casi tan acuciada como la que Vegeta siempre había mantenido con Goku. Al contrario que ellas, ambos saiyajins habían calmado tensiones después de su pelea contra Boburia. Una especie de amistad más sana y menos agresiva había nacido entre ellos, aunque la rivalidad permanecía y siempre lo haría. El respeto mutuo acabó por calmar los ánimos, ni Vegeta era tan agresivo como antaño ni Goku tan despreocupado, y ambos sabían, aunque el primero no lo admitiera, que cierta tercera persona había tenido mucho que ver en ello.

Ahora, ambos tenían otro rival en común.

Goku se acercó al príncipe rascándose la cabeza, alejándose de las mujeres y seguido de cerca por su hija, que saludó al saiyajin con un gesto de respeto y una sonrisa idéntica a la de su padre. Vegeta hizo una mueca, como la niña ya estaba acostumbrada a que hiciera, algo similar a una sonrisa, aunque daba más miedo que otra cosa.

—¿Preparada para la paliza, mocosa?

—Lo siento, pero volveré a derrotar a Bóxer —contestó ella con mucha seguridad, crujiendo los nudillos.

—Yo no estaría tan seguro. De hecho, empieza a considerar la posibilidad de que ninguno de los dos lleguéis al último combate.

—¿Lo dices por…? —Gora calló. Goku y Vegeta se miraron con una seriedad inusitada. Con un deje de distracción, aunque en realidad era algo similar a la preocupación, Goku se acarició las quemaduras visibles de su cuello, esas cicatrices que no habían desaparecido y que nunca lo harían.

—Ya es la hora, cariño. Tienes que salir a pelear —Gora asintió, repentinamente seria. Echó a andar por el pasillo, tranquila, pasando por delante de las dos mujeres que seguían inmersas en la pelea.

—¡Mucha suerte, cielo!

—¡Ja, suerte! Bóxer ni siquiera la necesita.

—¡Eres una envidiosa, Bulma!

Ambas siguieron gritándose la una a la otra. Los dos hombres observaron el cuerpo de la pequeña hasta que la luz del estadio se la tragó y los gritos de los espectadores se intensificaron.

—¿Crees que podrá controlarse? —musitó Goku.

—No lo sé. Trunks y yo hacemos lo posible para que pueda manejarse sin problemas, pero hay momentos en los que se nos va de las manos… y Bra odia colocarle el braummuro.

—Lo único que necesita es a su padre, no el braummuro —zanjó el guerrero. Vegeta asintió.

—No puedo estar más de acuerdo contigo, Kakarotto.

Gora salió al rin. Su aparición supuso la exaltación absoluta del público y el sentimiento de amenaza y excitación en el resto de participantes, dos de ellos sus propios sobrinos a pesar de tener una edad y estatura muy similar. En la televisión, se retransmitieron los golpes finales que la chiquilla había realizado en competiciones anteriores, derrocando al enemigo y llevándose el título de campeona consigo.

—Adoro pelear, ¡no podría emocionarme más! Lo único que espero del Tenkaichi Budokai es luchar contra enemigos más y más fuertes, aprender con ellos y hacerme más y más fuerte —eso fue lo que dijo en su entrevista, dando saltos de alegría—. ¿Los participantes de este año? No me preocupa que me quiten el título, solo quiero medirme con ellos, aunque esta vez hay un oponente muy interesante para mí.

—¡Y aquí está nuestra campeona! —tronó el presentador. Los Son y los Brief se acercaron al estadio y se asomaron por encima del biombo que cubría la salida hacia la arena. Desde allí, observaron a los cinco. Los padres ya no necesitaban de esos falsos torneos en los que sus fuerzas nunca eran auténticas por protección del público, pero eso no significaba que sus hijos no disfrutaran con esos retazos de aventuras y legendarias batallas.

De pronto, Gora se giró hacia ellos y, nerviosa, les hizo gestos a sus padres.

—¿Qué pasa? ¿Se ha olvidado de algo? —preguntó Goku.

—¡El cinturón del campeón! —exclamó su mujer. El padre de la niña sonrió con torpeza antes de dar media vuelta. En un ligero vuelo llegó al final del pasillo, donde el cinturón, una pieza brillante de oro y platino que los Son poco apreciaban (siempre habían preferido la experiencia bélica a las exaltaciones de la victoria) descansaba en una esquina, en el banco junto a las taquillas.

Goku se inclinó. La luz que llegaba desde el otro extremo del pasillo se apagó, oculta tras la gruesa sombra de una segunda persona. El guerrero lo notó, y casi de inmediato se sintió amenazado por la presencia ajena.

—Así que Goku… —lo oyó alto y claro, frente a él, donde solo pudo percibir la sombra de unas piernas gruesas, curtidas en amplios años de entrenamiento, antes de alzar la cabeza con el cinturón en la mano y los puños cerrados, con tanta fiereza, que el platino se resquebrajó.

Pero allí no había nadie.

Goku se sintió observado. Una parte de él que no había salido a la luz en años hirvió en sus venas, un instinto voraz y ciego que le exigió pelea, dejarse llevar por un descontrol que pocas veces se había permitido. Reconoció esa voz en la lejanía de su mente, en recuerdos muy remotos que no lograba situar. No era la primera vez que la oía, grave, autoritaria, belicosa… y sin embargo, extrañada, aunque ni siquiera la situaba.

Goku… lo dijo con el mismo significado oculto por el que Vegeta y el guerrero legendario lo pronunciaban, a sabiendas de que ese nombre terrestre no era más que el pseudónimo que el propio Kakarotto había elegido muchos años atrás para ocultar el peso del instinto que había desterrado, y que, sin embargo, seguía ahí.

—¡Goku, la niña necesita el cinturón para empezar la batalla! —Chichí gritó, y él, receloso y violentado, dio media vuelta después de asegurarse de que no había nadie, después de echar un vistazo a Vegeta y notar su pasibilidad, señal de que no había sentido ninguna amenaza.

Goku se dirigió al estadio, recuperando su ya conocido rostro afable, cargando el cinturón sobre su hombro.

Al final del pasillo, tras la esquina, la sombra corpulenta de brazos cruzados y tranquilidad pasmosa bufó con infinito desdén.

—Goku… ¡qué nombre tan estúpido! —inició la marcha, agitando la cola de saiyajin antes de rodear su cintura con ella—. Vaya decepción… —murmuró, aunque sus pensamientos no eran los mismos que las palabras que salían de su boca. La bandana ensangrentada con la que cubría su frente se agitó en el aire.

De reojo, Goku/Kakarotto dirigió la vista atrás y vislumbró, a lo lejos, al hombre de expresión tosca. Antes de desaparecer, este giró la cabeza y dejó a plena vista la cicatriz que le cruzaba la mejilla. Sus ojos apenas se cruzaron unos segundos. Luego, el padre desapareció con una sonrisa desgajada y el hijo volvió la visión al combate, luchando contra el instinto animal de Kakarotto para no ir tras él.

Su vida estaba allí, con su familia terrestre, no en un pasado que apenas recordaba.

Y Bardock lo sabía, pero saber que no iría tras él no lo hizo menos decepcionante.

Bra esperaba sin paciencia alguna en el pequeño retazo que tenían para prepararse. Se recogía y soltaba el pelo, demasiado largo ya, brillante porque podía permitirse los mejores tratamientos, y largo porque, en sí, no tenía tiempo para cortárselo. Su intercomunicador, ligado a su muñeca como un reloj, no paraba de sonar, y el pitido la estaba volviendo loca, a ella y a su acompañante. Resignado al ver que no pensaba responder, recibió un mensaje de voz.

"Entiendo que no te pongas a ello hoy, pero la programación de los prototipos A-084 y H-152 está fallando. No quiero que empiecen a destruir el laboratorio de Ciudad Satán por un error informático, así que arréglalo o al menos dime cómo se apagan estos trastos…"

Bra escuchó un estruendo al otro lado de la línea, seguido de un suspiro. La voz de su hermano volvió.

"No hace falta, ya los he apagado yo. Me estaban poniendo de los nervios. Acabamos de perder veinte millones de zenis, pero estaré allí en dos minutos. ¡Deséale suerte al pequeño, la va a necesitar como le toque contra mi Nightmare!"

Bra suspiró. Había dedicado muchas horas a la programación informática de los prototipos bélicos de su hermano, aunque Bulma no lo supiera. Siempre hacía lo mismo cuando Goten no andaba cerca; Trunks destrozaba los robots y armas bélicas que él mismo construía y ella programaba cuando el software le daba problemas. Un genio construyendo y creando cosas, una nulidad en informática y programación, a diferencia de ella. Lamentablemente, después de que Goten dimitiera en la Corporación Cápsula para ir a vivir con su mujer y su hijo lejos de la ciudad, a Trunks se le cruzaban los cables a menudo, y sin la paciencia regular y autoimpuesta de su íntimo amigo, destrozaba sus propias creaciones y hacía que la corporación perdiera dinero… cosa que podían permitirse de sobra.

A Trunks no le había parecido bien que Goten abandonara su trabajo en la sede de la Corporación Cápsula, pero debía respetar su decisión. Bra no estaba muy segura de a qué se dedicaba ahora, pero sospechaba que su nuevo oficio tenía que ver con algo campestre. Por el olor que Vegeta detectaba cuando se veían para entrenar junto a los demás guerreros, seguramente algo relacionado con animales. Era tan desagradable, decía su padre, aunque ella no lo notara. Era normal. Goten había seguido su propio camino cuando las cosas se calmaron al volver a la vida; algo había cambiado en él y en Trunks tras esos sucesos, y aunque seguían juntos, amigos hasta el fin, cada uno seguía su propia vida no supeditada a la del otro, como había hecho el mediano de los Son hasta entonces para proteger a Trunks… de sí mismo. Siempre estaría allí para su hermano, como amigo de este y guardián de Pesadilla, pero ahora ambos tenían una familia propia, mujer y dos hijos que seguían los pasos de sus predecesores. Debían guiarlos bien.

La vida no había dado muchas vueltas en los últimos años. Bulma y Vegeta formalizaron su relación con la tan emocionante boda para la primera, y el horror pomposo para el segundo. Perfecto para uno y humillante para el otro. En la mesita de noche de la habitación que compartían había una foto; Bulma estaba preciosa con su largo vestido blanco, y Vegeta prefería no mirarse. De eso hacía ya diez años, pero Bra lo recordaba como si hubiera sido ayer.

Tal vez, las vueltas más inusitadas habían tenido lugar en la familia Son. La llegada de Gora había sido esperada y acogida con emoción por padre, madre y hermanos. La niña prometía como guerrera, cosa que había quedado clara tras ganar dos Tenkaichi Budokai seguidos; repipi y enamoradiza como su madre, pero inocente e ingenua como su padre. En eso era diferente de Oni, su sobrino de nueve años, el segundo hijo de Videl y Gohan. Todavía era demasiado pequeño para determinar su futuro, pero le gustaban más los libros que las peleas, como a su padre, aunque también tenía su mérito como guerrero. Pan y Uub, adultos ya, hacían más honra a las enseñanzas de Goku que cualquiera de ellos. Bra seguía manteniendo un contacto regular con Pan, que vivía en la Atalaya de Kami junto a Uub, allí arriba, esmerándose en un entrenamiento que los llevaba a ser los miembros activos que daban la cara por el planeta Tierra. Eran superhéroes, mucho más conocidos de lo que el Gran Saiyaman lo había sido nunca, en todo el mundo. Bra escuchaba sus hazañas todos los días cuando ponía la televisión mientras desayunaba, o cuando iba a la guardería y a trabajar a la corporación junto a Bulma y su hermano, algo que no siempre era fácil.

Bulma ahora compartía un puesto de Presidente con Trunks, con el que, curiosamente, había desarrollado una pequeña rivalidad. Las ideas de su hijo eran tan innovadoras, que superaban las de su propia madre, y Bulma no soportaba que la desbancaran, ni siquiera su propio hijo. Era divertido verlos competir, aunque Bra no sabía de qué lado ponerse. Que Trunks hubiera triplicado los beneficios del negocio no era malo, pero que lo hubiera ampliado por terrenos militares y armamentísticos, además de biológicos y farmacéuticos para ello, no le gustaba a su madre.

No muchas cosas habían cambiado aparte de eso. Los Guerreros Z seguían protegiendo el destino de la Tierra de enemigos que, de vez en cuando, hacían acto de aparición. También protegían el destino del universo en general, puesto que uno de ellos seguía por ahí, de un lugar a otro, y de vez en cuando oían noticias de King Kai sobre él y sobre una amenaza que había sido lo bastante estúpida como para retarle.

Bra, por supuesto, sabía más de él que cualquiera, aunque la última vez que lo había visto en persona había sido cinco años atrás. Hasta entonces, había venido a verla muy regularmente, varias veces al año, y se quedaba con ella semanas, a veces incluso un mes entero. Luego volvía al espacio, y ella se quedaba sola con sus recuerdos… y desde la última vez, con algo más.

Escuchó el aviso y un nudo se formó en su garganta. Nerviosismo, emoción, alegría, cansancio, amor… Todo ello se juntó en su pecho en un estallido de sentimentalismo que se esforzó por ocultar. Apretó los puños, decidida. El tacto de los guantes blancos, herencia paterna que se había acostumbrado a usar junto a gran cantidad de ropa para evitar preguntas sobre sus cicatrices de batalla, le provocaron un estremecimiento.

Todo saldrá bien.

Tal vez, en esos largos diez años, había cambiado algo más en la extensa familia de guerreros.

Cuando lo despertó, sacudiéndolo con una delicadeza que los saiyajins no solían predicar, él se agitó entre bostezos. Clavó los ojos, muy grandes y oscuros, en ella, y Bra le sonrió. Veintiocho años, toda una adulta, y seguía teniendo esa sonrisa entre edulcorada y madura.

—Es la hora.

Él asintió. Bostezó una vez más, sacudió la cabeza para espabilarse y saltó del banco en el que se había tumbado para descansar. Se pasaba horas y horas durmiendo, muchísimo tiempo para alguien de su edad, tan tranquilo y perezoso que, a veces, se olvidaban de su presencia. Mientras los demás peleaban, jugaban o comían a velocidad de vértigo, él dormía, bostezaba, remoloneaba en cualquier sitio y comía a marchas forzadas, siempre muy tranquilo y adormilado, como si le costara mucho trabajo hacer el más mínimo esfuerzo. Como si siempre estuviera cansado.

A veces, eran crueles con él. Marmota, le decían, dormilón, pedazo de vago, despierta ya, aburrido. Siempre estás durmiendo y pareces un viejo que no puede hacer nada sin su mamá detrás.

Quizás tenían razón y le mimaba demasiado, pero él no le daba importancia a las burlas. Miraba a los demás como un niño soñoliento y enseguida volvía a dormirse… Miraba a los demás como si quisiera arrancarles la cabeza y jugar con ella a la pelota cuando lo despertaban bruscamente, sin cuidado, entre burlas y abucheos, y los demás lo dejaban estar solo entonces, temiendo que cumpliera lo que sus ojos a veces predicaban. Pero nunca lo haría, solo tenía mal humor recién levantado, sobre todo si no dormía lo suficiente.

Para Bra era absolutamente dulce incluso en esas ocasiones en las que se ponía violento, cuando se descontrolaba para luego, tras recuperar la compostura, correr detrás de ella entre asustado y avergonzado, encogiendo la cola entre las piernas. Eres la personita más dulce del mundo, pensaba. Aunque era normal que lo hiciera.

Al fin y al cabo, era su madre.

El niño de cuatro años y medio posó los pies en el suelo y se frotó los ojos. Su frondoso pelo oscuro apenas se sacudió con el movimiento, encrespado y casi imposible de amoldar, exactamente igual que el de él.

Bra se arrodilló. Aunque era el más alto de los niños de su edad, apenas le llegaba a la cintura.

—¿Estás preparado?

—No sé… No tengo ganas… —habló con voz muy suave, tan aniñada, tan dulce como la miel para ella.

—¿No? ¿No quieres salir a pelear con los demás?

—Es que me da vergüenza. Hay mucha gente que no conozco, como hoy. Y todo el mundo mira y hay muchas luces… no me gustan las luces. Me molestan en los ojos —se los restregó y ocultó la cara entre las manos, como si intentara esconderse del bullicio exterior. Una cosa que no le gustaba nada era el jolgorio; lo ponía nervioso.

Quizás no fuera un niño muy sociable, y quizás por eso siempre iba detrás de su madre. Pero por eso ella estaba decidida a que participara en el torneo aquello mañana, aunque al niño no le interesara. Pensaba que no pasaría a las finales, especialmente si le tocaba con un miembro de su propia familia, pero Bra se equivocó.

El niño subió a la arena cabizbajo y muy ruborizado al ver a tanta gente. Estaba muy nervioso y no quería apartarse de su lado. Lo obligó a hacerlo. Quería que se acostumbrara a los demás, quería que fuera feliz y no le hicieran falta sus faldas perpetuas de mamá sobreprotectora para valerse por sí mismo. No creía que fuera a pasar a las finales porque, por lo general, no mostraba mucho interés en la batalla.

El contrario, un hombre enorme, muy superior en estatura al propio Goku, se abalanzó sobre él, le pegó en la cara y lo tumbó de bruces al suelo. No lo hizo con demasiada fuerza porque lo consideró un pobre niño asustado, e incluso se sintió mal cuando cayó al suelo y no se levantó una segunda vez hasta nueve segundos después, manteniendo a su madre en vilo.

Se levantó con un tono verdoso recorriendo el contorno de su cuerpo, y no hubo una segunda vez para el contrario. Lo lanzó fuera del rin en cuanto se le acercó, con una patada en el costado rápida y firme, y parte de las gradas se vinieron abajo con el chocar del cuerpo del contrincante en ellas. Las rocas y la madera salpicaron el aire, y por un instante, antes de que corriera hacia ella y se aferrara a su pierna, le pareció ver la imagen en miniatura de su padre, con el ki propio de un guerrero legendario refulgiendo a su alrededor.

No se había sentido más orgullosa en su vida.

Bra le apartó las manos de la cara. Eran mucho más pequeñas que las suyas y siempre estaban calientes; le besó los nudillos y las posó sobre sus mejillas, fingiendo una caricia que hizo que sus ojos brillaran como si estuviera a punto de llorar. Las mantuvo entre las suyas, sintiendo la energía que manaba de ellas, esa que se le hacía tan familiar.

—Tienes las manos de tu padre.

—¿De mi papá? —preguntó. Su cola se agitó en el aire. Siempre mostraba un interés genuino cuando alguien mencionaba al padre que nunca había visto ni oído, ni siquiera sentido.

—Serán muy grandes algún día, como las suyas. Él es un hombre enorme y da mucho miedo cuando se enfada, como tú —el niño se ruborizó. Apartó las manos y las escondió tras su espalda haciendo un mohín y agitando los pies.

—¿Es más grande que el padre de Gora?

—Mucho más grande.

—¿Y-y… y da más miedo que el abuelo?

—Más o menos —se rió ella—. Solo cuando se enfada. Pero normalmente es como un niño. Le encanta Brocolín como a ti, ¿sabes? No se perdía ni un capítulo. Tampoco le gusta el brócoli, y es tan inmaduro a veces…

—¿Y cómo es?

—Ya te he dicho cómo es muchas veces. Es como ver una miniatura suya cuando te miro.

—¿Y vendrá a verme algún día? —Bra calló. Su rostro cambió, serio de pronto, confuso, incómodo. Sin responder a la pregunta, tras escuchar un último aviso por megafonía, se levantó y le tendió la mano.

—Vamos. Es hora de pelear.

El niño la agarró de la mano, y los dos salieron rumbo a la arena así; la madre con una expresión tosca que había nacido en ella con el paso de los años, y él con un brillo de decepción y extrañeza, como cuando observaba a los otros cinco niños mientras entrenaban con sus padres y se preguntaba dónde estaba el suyo.

Estás hinchada. ¿Tanto hace que no peleas, medio-humana? Supongo que era de esperar que no entrenaras después de marcharme yo, pero no esperaba que perdieras musculatura de esta manera —Bra se ruborizó por esa falta de delicadeza tan típica de Broly. Él no era consciente de lo ofensivo e inadecuado que era decirle a una mujer que había perdido forma, pero se lo hizo saber agarrándolo por la oreja y dándole un fuerte tirón que le hizo rugir y mostrar los dientes. Aunque ya no tuviera cola, Bra había descubierto otras maneras de domarlo, incluso más brutas que las anteriores.

¡Eres un mono estúpido! Es normal que esté hinchada, hace tres meses que no vienes por aquí. ¡Te has perdido muchas cosas! —le gritó ella con los brazos en jarras. Siguió despotricando contra él mientras tecleaba en el portátil de última generación, intentando hacerle ver que no le importaba su presencia cuando no era verdad, recelosa por haber tardado tanto en volver a la Tierra esta vez.

Broly sabía que no era así, sabía que lo había echado de menos cada día, como él había hecho fuera, entreteniéndose en su ambición cada vez más cercana y resolutiva de convertirse en señor del universo. Cuando él aparecía por su casa cápsula, Bra siempre estaba allí, trabajando o haciendo cualquier cosa. Si no lo echaba de menos, ¿por qué pasaba los días en la casa que compartían, como si esperara su regreso? Era una mentirosa demasiado orgullosa como para reconocerlo.

Broly… tengo que decirte algo… —él no la estaba escuchando. Ya había empezado a atosigarla con su lengua paseándose impúdicamente por el lóbulo de su oreja y los brazos, gruesos y más formados de lo que ella recordaba, rodeándole los hombros. Tenía heridas que ella no había visto nunca en él, y se preguntó, al tiempo que se mojaba y se ruborizaba, con las manos temblorosas sobre el teclado, apretando una tecla que marcó códigos erróneos en pantalla, si había avanzado intentando convertirse en rey en peleas bárbaras.

Ahora no —zanjó él. Introdujo las manos bajo la camisa que nunca le había visto llevar, una prenda para una adulta, y se preguntó qué era el liguero que le rodeaba la cintura cuando le subió la falda de empresaria, tan seria y recta, buscando algo de humedad.

¿Has llegado a ser rey? —jadeó ella. Sintió la dureza, brutal, de varios meses en represión, mancillando su espalda. Sintió también la necesidad de agacharse par a tenerla más cerca.

Puede ser…

¿Tendré que arrodillarme para adorarte como un emperador?

Tendrás que arrodillarte para metértela en la boca.

Bra decidió que se lo diría después. Todos los hombres estaban más asertivos después de descargarse, más tranquilo, y desde luego, era su forma favorita de controlar al guerrero legendario.

Estoy embarazada —le dijo ella luego, aquel día, hacía cinco años, tumbados en la cama por la noche, con las manos de Broly tanteando esa barriga hinchada que desconocía, pero que no le desagradaba.

Estaba de tres meses, de esos tres meses en los que él había pasado fuera, sin saber nada, sin enterarse de su progreso, de sus dudas cuando vinieron las primeras náuseas y su regla se cortó. Su familia ya lo sabía. Bulma le dio la idea de esa posibilidad cuando le comentó lo cansada que se sentía en el trabajo, el hambre que tenía y el retraso del periodo. Lo raro era que hubiera tardado tanto en suceder, ya que no era la primera vez que Broly se corría libremente en ella, tan tranquilo, sin sopesar consecuencias. ¿Qué le hacía pensar eso? O Broly quería tener un hijo en lo más profundo de su subconsciente, o estaba bastante seguro de que no podía tener más; no lo sé. Fue doloroso… Quizás no pueda tener más. Ni idea.

O era tan crío que pensaba que no habría consecuencias.

A Bra se le vino un mar de incertidumbre y pánico encima cuando se aseguró de que estaba embarazada. Después de Bulma se lo dijo a Trunks, que aunque se alegró por ella apenas pudo celebrarlo; Nightmare era un dolor de cabeza para él, un niño complicado. Lo peor y más divertido fue decírselo a Vegeta.

¡Hijo de puta! —gritó—. ¡Sabía que esto pasaría tarde o temprano!

¿Quién es un hijo de…? —preguntó el pequeño Bóxer.

¡Cierra la boca, mocoso de mierda! ¡Sois un puto grano en el culo, todos vosotros! ¡Dejadme en paz y no volváis a dirigirme la palabra, ninguno! ¡FUERA DE MI VISTA!

A la semana siguiente, Vegeta volvía a tener a su hija entre algodones, insinuando vagamente que no era necesario que lo tuviera. Será peligroso, le decía, si tiene los genes de Broly podría ser como él, y si no lo criais bien, tendrá mucho poder para hacer lo que le dé la gana. Todavía eres joven. Quizás no tendrías que tenerlo. Quizás… Pero ni él mismo se convencía. Tenía puesta cierta ilusión en ello, aunque tratara de ocultarla al saber quién era el padre. En realidad, nadie había puesto tanto empeño en su entrenamiento como Vegeta, incluso más que en el de Bóxer, quien a veces estallaba con potentes ataques de celos y la tomaba injustamente con su sobrino.

Bra se lo pensó un segundo. En primera instancia pensó en que no podía eliminar al hijo de Broly después de todo lo que había pasado. No sintió auténtico afecto por lo que crecía en su tripa hasta esa misma noche, cuando él volvió, la notó hinchada y ella se lo confesó en la cama.

Estoy embarazada —recordaba cómo cada poro de su piel se erizó al oírla, cómo cada músculo se tensó, y cómo inmediatamente buscó alejarse de ella. No palideció. Se puso morado directamente. Bra esperó algunas palabras, cualesquiera.

La reacción fue muy distinta.

Broly se levantó de la cama y vomitó. Salió fuera la casa cápsula para respirar, como si la impresión le hubiera atorado los pulmones. Ella lo siguió, consternada. Él la apartó con mucha brusquedad, no la dejó ni rozarle.

¡No, no, no, definitivamente no! ¡No quiero esa cosa, quítala de mi vista! ¡Va a nacer muerto, o peor! ¡No quiero un puto crío, no pienso hacerme cargo! ¡NO PUEDES OBLIGARME A HACERLO! —se puso histérico, colérico. Cuando logró calmarse, la miró con los ojos rojos, más serio de lo que lo había visto en su vida—. Deshazte de él.

Y ahí fue cuando Bra sintió algo por primera vez desde que supo que tenía nueva vida en su barriga. Sintió una sobreprotección y unos deseos de enfrentarse a Broly como no los había sentido nunca.

No —se negó. Broly supo, con solo mirarla, que no había discusión al respecto—. Es mío. Si tú no quieres hacerte cargo, no lo hagas. No te necesito. Pero el bebé se queda. Solo tienes miedo. Tienes miedo de no ser lo suficientemente bueno para él, de que nazca mal, de que le hagan daño, de no poder protegerlo o de hacerle daño cuando le oigas llorar. Estás en pánico. Ni siquiera te planteas lo que me estás pidiendo que haga, solo estás aterrorizado. Si te pararas a pensar un momento, te darías cuenta de que me estás pidiendo que haga lo mismo que los boburrianos hicieron contigo. Ahora mismo, el bebé es la única forma de que despiertes de eso y olvides tus miedos. Estará bien tenerlo, muy bien.

No me pongas a prueba, medio-humana. O él o yo —Bra pestañeó. Veía el pánico en sus ojos, como aquella noche remota en la que la mordió cuando descubrió que había sido un experimento para los boburrianos. Era como un niño que tenía miedo de la oscuridad, y como mujer capacitada para pensar por sí misma, sin temores, tenía que tomar la decisión correcta por él.

El bebé se queda, no hay más que discutir, Broly. Deja de ser tan crío. Si quieres largarte y no hacerte cargo, tan solo hazlo. Pero el niño va a nacer, tanto si te gusta como si no.

Broly se enfebreció. Alzó las manos en un acto reflejo como si quisiera estrangularla con ellas, temblando todo él. Bra se quedó quieta y tranquila, a sabiendas de que no la tocaría por mucho que lo cabreara. Le dio la espalda con toda la entereza de la que fue capaz, acariciándose la barriga, y se adentró en la casa cápsula. Necesitaba dormir y comer un poco. Los dos lo necesitaban.

Broly descubrió aquella noche que Bra había madurado. Ya no era la niña egoísta y caprichosa de antaño, y la deseó más que nunca por eso. Quiso dominarla, enseñarle quién mandaba allí, convencerla de que eso que llevaba en sus tripas acabaría con su relación… pero no hizo nada. Broly descubrió una parte muy negativa de él que ya no le gustaba, algo asqueroso que lo llevaba a exigir el asesinato de su propio hijo sin importarle la salud de la madre, la única persona a la que amaba y por la que renunciaría a los planetas que estaba consiguiendo, todo lo que estaba dominando, el imperio que estaba creando.

No podía pensar con claridad, solo pensaba, como un niño pequeño, que su vida se estaba yendo al cuerno, y no le gustaba. Fue capaz de captar ese egoísmo y darse cuenta de que debía mitigarlo.

Iba a ser padre, aunque no se sentía ni remotamente preparado para ello. Padre obligado otra vez. Pero esta vez, el niño tendría una buena vida… y quizás, solo quizás, mereciera algo más que el miedo y el desprecio de su padre.

Cuando Bra se despertó al día siguiente, Broly no estaba. Se fue sin despedirse y la dejó sola.

Habían pasado cinco años desde esa noche.

—¡Pero estos cinco finalistas no son los únicos que van a pelear hoy por el cinturón del campeón! —el presentador del Budokai Tenkaichi alzó el cinto para que todos fueran testigos de qué estaba en juego esa noche; el título de campeón era algo más que un sobrenombre. Quien lo portaba una sola vez en toda su vida se convertía en una leyenda viva en la historia del planeta Tierra, lugar donde las artes marciales primaban por encima de cualquier otro entretenimiento.

Los aspirantes, Bóxer, Nightmare, Dream y Oni, prestaron especial atención desde las esquinas del rin. Gora, entre sus dos sobrinos, apretó el entrecejo en una clara muestra de impaciencia.

—¡Es su primer torneo, solo tiene cuatro años, y mandó al hombre más grande que he visto en mi vida al hospital de un solo golpe! ¡Primo y sobrino de los finalistas más sádicos… el pequeño… TOPOKA!

El foco lo alumbró, y los finalistas que rodeaban el rin lo intimidaron con miradas penetrantes. Topoka, nombre que tenía más historia que el de cualquiera de ellos, se encogió y se tapó las orejas con las manos cuando los espectadores empezaron a gritar emocionados. Miró a su madre de reojo, y una sonrisa de clara burla apareció en Bóxer, que no veía ninguna amenaza en ese criajo asustadizo. Su padre le había susurrado que tuviera cuidado con él más que con nadie, igual que habían hecho los otros con sus propios hijos, pero ninguno, salvo Gora, con una astucia y facilidad para detectar a luchadores potenciales, se lo tomaba en serio. Había tenido suerte, eso era todo. Solo la niña parecía recordar quién era su padre. Los demás eran demasiado pequeños la última vez que lo vieron como para acordarse de él.

—¡No te mees en los pantalones, Topoka! —le gritó su tío con crueldad, pero el niño no lo oyó. Estaba ocupado intentando centrarse. Bra, desde una de las entradas que daban a la arena, le hizo un gesto para que avanzara, negando con la cabeza cuando Topoka quiso retroceder. Se cruzó de brazos y el pequeño supo por esa postura tan propia de su padre que no le permitiría esconderse.

No le quedó más remedio que sobreponerse.

—No me importa perder, ni tampoco ganar… yo quiero… que ellos no se sientan mal —la entrevista con el niño había sido extrañada. Llegado un cierto momento, en el colmo de la timidez, se negó a seguir hablando, balbuceó un par de veces que los telespectadores no entendieron y les dio la espalda, incómodo. Ninguna actitud, salvo una especialmente retraída, se mostró. Nadie le dio especial importancia, excepto madres que sintieron un especial sentimiento de protección hacia un niño tan pequeño y tan adorable. Tenía algo de salvaje como su padre, pero su vergüenza no lo dejaba a la vista—. Si pudiera elegir qué quiero… me gustaría que mi papá estuviera aquí.

Y no tener que usar esas pulseras que me duelen tanto.

Topoka se rascó el brazo izquierdo, donde una pequeña pulsera de braummuro le irritaba la piel. También la tenía en el otro brazo, y solo se las quitaba cuando iba a dormir. Odiaba llevarlas puestas, pero tampoco tenía suficiente confianza en sí mismo como para ir sin ellas a la guardería o a cualquier lugar donde hubiera más gente a parte de su madre y sus abuelos. Necesitaba a alguien que lo vigilara cuando no las llevaba, algo que no le habían inculcado, pero que él mismo había acabado descubriendo.

El presentador esperó que la escena en la que Topoka lanzaba a los rivales anteriores fuera del rin en una demostración muy pobre del gran poder que tenía, terminara de emitirse. Ahora era el momento que todos estaban esperando, el instante en el que los rivales se elegirían para la primera batalla descalificadora. Pidió que los seis participantes cogieran una esfera hueca del interior de un canasto, y cuando la abrieron, los números se pusieron en común. Topoka no estaba lo suficientemente centrado como para interesarse en la batalla que le tocaría librar a los demás. Lo único que le interesaba era acabar pronto con eso… pero dado su contrincante, supo que la batalla sería de todo menos rápida. Para colmo le tocó el número dos, por lo que su contrincante solo podía ser el número uno, los primeros en pelear.

Y era precisamente esa persona.

Uno a uno, fueron abandonando el rin hasta dejarlos solos, con el presentador gritando y emocionando a la expectación con sus palabras emocionadas. Topoka no se movió…

Y Bóxer tampoco.

—Oye, pierde rápido. Tengo mucha prisa por conseguir ese maldito cinturón y reventar a Gora —le exigió con una clara expresión de desdén. Topoka no dijo nada. Encogiendo el cuello, miró al suelo y retrocedió el espacio legal para iniciar el combate.

Dream, Oni y Nightmare no comentaron nada. Salieron fuera del rin. Sus familiares habían sido obligados a esperar en uno de los palcos con mejores vistas, pero lejos para no interrumpir. La expectación no parecía muy convencida de que Topoka pudiera mostrarles algo curioso; una mayoría solo apostaba por el combate final, suponiendo que los finalistas serían Gora y Bóxer de nuevo.

Desde los palcos, las expresiones de Goku y Vegeta se agudizaron a la espera, tensos.

A parte de ellos, la única persona que temió un peligro real fue Gora. En un arranque de madurez que ningún saiyajin macho podía tener a su edad, se dirigió al final de la arena pasando junto a Bóxer.

—No lo subestimes. Te dejará fuera de juego si no le prestas la suficiente atención. Es el más fuerte, aunque no lo parezca —Bóxer abrió los ojos como platos al oírla, y se volvió bruscamente hacia la niña, enfurecido.

—No necesito tus malditos consejos, ¡sé muy bien lo que tengo que hacer con él para ganar! ¡Voy a romperle los dientes y llegaré hasta ti, más te vale hacer lo mismo y no perder con alguien que no sea yo! ¡Quiero que me des el combate que merezco!

—Y te daré el combate que mereces junto al placer de sentir mi puño en tu cara —le retó ella con la misma agresividad. Ambos se observaron con expresiones violentas, pero cuando Gora sonrió, a Bóxer se le vino la máscara de rabia abajo.

Le dio la espalda. Buscando una última muestra de atención, Gora tiró de su cola antes de salir del rin de un salto.

—¡Suerte!

—¡No la necesito, joder! —se quejó. La cola rodeó su cintura y Topoka lo imitó al otro lado de la arena.

El presentador salió del rin y, desde terreno seguro, inició la cuenta atrás mientras ambos se posicionaban con gran parecido en sus acciones. No era de extrañar, Vegeta los había estado entrenando a ambos por igual, quizás más a Topoka dado su desproporcionado poder. No era de extrañar que en Bóxer hubiera crecido un sentimiento de envidia, de rudeza al ver a su padre tan centrado en su nieto y poco en su hijo milagroso. Bóxer no se llevaba bien con su sobrino, y que este lo ignorara sin maldad, poco interesado en nada que no entrara en su dieta, en su madre o en sus horas de sueño, lo cabreaba todavía más. Que Gora le hubiera advertido sobre él no hacía más que crisparle los nervios, y Vegeta, que observaba desde uno de los palcos, notó el exceso de irritación en su hijo.

Suspiró al ver cómo perdía lo estribos, porque Topoka le prestaba más atención a su madre vigilándolo desde terreno seguro que a él mismo. Cuando Bóxer gritó antes de que la cuenta atrás terminara, el príncipe sonrió y los demás exclamaron una negación tajante.

Tan impulsivo y orgulloso como yo. Era obvio que esto iba a pasar.

Vegeta no se lo recriminó, al contrario, su movimiento le hizo recordar su espíritu impulsivo de juventud.

El presentador gritó cuando Bóxer, en la cuenta de cuatro, estalló y se lanzó hacia su rival de improviso.

—¡A la mierda la cuenta atrás, no perderé tiempo con este gilipollas! —Bóxer estalló, literalmente. Su ki se expandió alrededor de su cuerpo como si fuera una bomba de relojería, como un tsunami aproximándose hacia la orilla, a punto de llevarse todo por delante. El presentador gritó una negación para que esperara unos segundos más, pero el chico lo ignoró y extendió ambas manos hacia Topoka con una bola de energía resplandeciente entre ellas— ¡Púdrete!

Topoka abrió los ojos como platos, y Bra, desde el exterior del rin, espantada, hizo amago de ir a por él para protegerlo. La energía de Bóxer no era nada desdeñable, casi asesina. Furiosa y sobreprotectora por la maldad de su hermano pequeño, se tensó para ir a por él. Su hijo no estaba preparado para recibir ese ataque… lo iba a reventar.

Pero no pudo ir.

Una mano enorme la agarró por la muñeca y tiró de ella hacia atrás. Al mismo tiempo, el rostro inseguro de Topoka se desencajó en agresividad pura, y cuando la bola de energía llegó hasta él, la tocó con la palma abierta y la lanzó al cielo como si fuera una pelota de balonmano. No le supuso ningún problema; sus manos resplandecían con un tono verde claro. La esfera explotó en el aire cubriendo todo el rin de una luz cegadora que hizo que los espectadores se agacharan y gritaran bajo el estruendo de la explosión. El aire sacudió el pelo del niño, que con indiferencia, se lo apartó de la cara antes de centrarse en Bóxer. El ceño fruncido, el rostro bien levantado. Estaba tranquilo.

El cuerpo de Bra chocó contra otro, fuerte, caliente, tan duro que era como impactar contra una pared de mármol, pero sobre todo reconocido. No puede ser… murmuró, pensando que era tan irreal como cruel hacerle creer que él estaba allí. Esa energía, el aliento sobre su oreja, esa rudeza que la hizo temblar de los pies a la cabeza.

—No te preocupes tanto, medio-humana. Es un criatura muy capaz —las piernas le fallaron cuando oyó su voz. No había cambiado nada, tan grave y truculenta como la última vez que lo vio, gritándole que era incapaz de hacerse cargo de ese bebé por el que, sin embargo, había vuelto una y otra vez, al que había vigilado desde que su madre le dio la vida, lo suficientemente lejos como para cogerle el aprecio que nunca esperó sentir por nadie que no fuera Bra, pero no lo suficientemente cerca como para que él le viera y captara su miedo.

Bra cayó sin fuerzas y él se agachó para sostenerla, con una mano entre la suya, siempre tan grande, abarcándolo todo.

—Eres un… un… —murmuró ella, demasiado temblorosa como para continuar.

—Lo sé.

Bra sintió que se ahogaba, sin el suficiente oxígeno como para continuar con esa conversación. El guerrero legendario, por un momento, se preocupó. Luego, ella le dio una bofetada. Su pelo, mucho más largo de lo que él recordaba, se sacudió con el sonido de esta, igual que las lágrimas de ella. Era tan largo como aquel remoto momento en el que se conocieron, hacía ya once años.

Once años en los que se habían perseguido y separado cientos de veces, once años en los que habían vivido más cosas que la mayoría de los humanos, once años en los que se habían echado de menos a veces en silencio, otras a pleno pulmón. Once años, alrededor de 4000 días, y entre todos esos… el niño que había en la arena, viva imagen del que había sido el pequeño monstruo de papá.

Bra empezó a gritarle todos los insultos que se le ocurrieron entre la furia de las lágrimas. El rostro tosco de él tampoco había cambiado, quizás un poco más maduro, quizás algo más cansado, quizás más sabio y compasivo. Si él le contara que los había estado vigilando en la lejanía, si él le contara que desde que se enteró de su embarazo había ido al planeta Tierra con más recurrencia incluso de la que había empleado antes de enterarse de que iba a ser padre… si ella supiera que algunas veces había entrado en la habitación del niño y lo había observado mientras respiraba, con el cuerpo sudado y las manos demasiado temblorosas y descontroladas como para atreverse a tocarlo siquiera. También visitaba a Bra, a veces incluso dormía a su lado; que se levantara con su olor en las fosas nasales no eran imaginaciones suyas, de verdad estaba allí.

Topoka lo había visto más de una vez allí, sentado en una esquina de la habitación. Al principio lloraba llamando a su madre pensando que era un fantasma o el hombre del saco; luego, poco a poco, empezó a acostumbrarse a dormir teniendo una mirada clavada en él. Una vez, dos meses atrás, se despertó, lo vio allí, guardó silencio unos segundos y luego le preguntó si lo acompañaba a beber agua en mitad de la noche. Broly lo acompañó sin que Bra se despertara en la habitación contigua, a una distancia prudencial. El niño bebió agua y volvió a la cama. ¿Sabes quién soy, criatura? Le preguntó Broly. Topoka se le quedó mirando. Cuando se aproximó a la ventana para emprender un nuevo viaje, creyendo que el niño dormía, escuchó un último gorjeo: Buen viaje, papá.

Entonces supo que la próxima vez que pusiera un pie en ese planeta sería la definitiva.

Si no fuera porque Bardock era estoico y no gastaba bromas, sabía que se habría reído de su sensiblería hasta decir basta. Si no fuera porque Kakarotto vivía en el planeta Tierra, lo habría hecho. Pero él sabía que, como todo padre, sentía debilidad por un hijo. Tengo curiosidad, decía. Amarga curiosidad por conocerle, por saber cómo son mis descendientes, pero a diferencia de ti yo no me quedaré. Alguien tiene que seguir siendo el terror del universo. Tú puedes hacer lo que quieras. Conseguiste tu libertad hace muchos años… yo sigo buscándola.

Eso le había dicho. Broly no negaría que tenía interés en saber cómo se habían resuelto las cosas entre él y Kakarotto, pero cuando la vio a ella, tan preocupada, tan buena madre, tan pequeña y sin embargo, con tanto sentimiento, tal y como la recordaba, todo lo demás se esfumó. Los planetas que había conquistado, las razas que había doblegado, las batallas que había librado… todo eso quedó muy lejos con el zarandeo de su cabello, con la muestra de las cicatrices de batalla bajo su ropa, con el valor que había demostrado y la ternura que pocos saiyajins poseían. Él, que ahora era rey de grandes tramos de la galaxia, se sentía la criatura más insignificante del universo. No hubo nada que deseara más que hacerla su emperatriz cuando se desplomó entre sus brazos.

Broly nunca podría fijarse en otra reina que no fuera ella.

—¡Eres un desgraciado, un malnacido egoísta! ¡Yo… yo…! ¡No te mereces estar aquí, no te mereces nada! Quiero que te marches, quiero que nos dejes en paz, quiero que… que… —pero él no la escuchaba. Lo único que veía era el fruncimiento de sus labios, los aspavientos exagerados de sus manos, la brillantez de esos ojos tan claros, el pelo sacudiéndose y dejando ese olor tan íntegro por todas partes.

La abrazó. Fuerte, muy fuerte. Ella se resistió al principio, pero enseguida, entre balbuceos incoherentes, se puso de puntillas para seguir a su altura, y aun así, sus piernas se vieron alzadas del suelo cuando ella correspondió, llorosa, rodeándole el cuello con los brazos. Él había cambiado. Tenía cicatrices nuevas, su pecho estaba cubierto con una armadura oscura que le recordó al uniforme de saiyajin que Vegeta guardaba como una reliquia del pasado, seguía sin tener cola, era más guerrero y más salvaje que nunca. Y sin embargo, allí estaba, con el rostro hundido en su hombro y la nariz enterrada en su cabello.

—Lo llamaste Topoka —susurró. En su voz rasposa hubo algo de tierno, de emoción contenida. Las manos de Bra se hundieron en su cabello para no permitir que escapara otra vez.

—¿No querías que lo llamara como tu padre?

—Es perfecto. No podía ser mejor.

La apretó con mucha fuerza, con las manos clavadas en su cintura. Un beso y se quedaría allí para siempre. Un beso y nunca más volvería a alejarse de su familia, por muy rey que fuera ahora, por muchos peligros que hubiera en el exterior, por mucho que apreciara su libertad. Ya había tenido suficiente. La libertad estaba sobrevalorada cuando aquellos a los que amaba estaban demasiado lejos como para compartirla con él.

Se inclinó exigiendo su boca.

E, inoportunamente, el momento se rompió cuando las voces volvieron desde la arena.

—¡Madre mía, empezamos fuerte, fuera de tiempo y sin preparación previa! ¡Bóxer ni siquiera ha dejado que su sobrino piense una estrategia, pero este parece muy bien preparado! ¡Ese ataque no le ha sorprendido, Bóxer tendrá que pensar en algo mejor para asustar a su sobrino!

Bóxer escupió sobre la arena, asqueado. Topoka, a diferencia de él, dejó su cola plenamente a la vista, sacudiéndola como si se estuviera regodeando.

—¿Crees que tienes una mínima posibilidad de ganar contra mí, llorica? —cuestionó Bóxer con un claro tono de superioridad.

Topoka, desde el rin, miró de reojo a su madre. Esta vez no buscaba su protección. Ella seguía allí, protegida por los brazos anchos que él tendría algún día. Vio, con la cabeza daleada, cómo sus padres se besaban durante un largo rato, sin lujuria, solo con un deseo y una calidez que nunca había visto en ninguno de ellos. Ella estaba ocupada en ese cobijo, apoyada sobre el grueso pecho que era Broly, el guerrero legendario. Hundió la cabeza entre sus musculosos brazos, y solo su padre fue capaz de mirarle para darle ánimos al inicio del combate.

Le lanzó una mirada penetrante, pero no logró cohibir a su hijo con esa expresión tan tosca, especialmente cuando le sonrió. Todo sentimiento. Nada de instinto. El instinto había quedado muy atrás.

—Ponte en guardia, Topoka —insistió Bóxer al otro lado del rin. El pequeño asintió.

Cuando se volvió hacia él, le mostró una autoconfianza arrolladora.

—Si yo fuera tú me retiraría, escoria. Te voy a patear el trasero tan fuerte, que no volverás a pelear en tu sucia vida, principito creído —la mandíbula de Bóxer se desencajó en sorpresa. Su sobrino nunca le había hablado así, ni a él ni a nadie, y tampoco había mostrado jamás esa sonrisa entre desquiciada y animal en la que la presencia de los colmillos primaba por encima de todo lo demás. Era una amenaza implícita, una confianza arrolladora.

A Bóxer le bastó echar un vistazo a Gora para sobreponerse.

—Si alguien va a salir mal parado serás tú, niñato. Llegaré hasta Gora pase lo que pase.

Los gritos del presentador se iniciaron de nuevo. Como si no hubiera pasado nada, la cuenta atrás volvió. Trunks y Goten llegaron en el último momento, siempre juntos, para apoyar a sus hijos desde cerca. Goku y Chichí animaban a su hija a voces aun cuando todavía no le tocaba pelear. Bulma siguió el ejemplo de los Son, Vegeta calló con un deje de resignación y alivio al ver, no solo que su hijo y su nieto estaban hecho para ser grandes guerreros, sino, más allá, el regreso del guerrero legendario para hacer feliz a la hija que tantos quebraderos de cabeza le había dado. Gohan y Videl, Pan y Uub, esperaron la finalización de la cuenta atrás con impaciencia y exaltación. Encima del estadio, sobre el techo que salvaba a la multitud de la luz del sol y de la lluvia cuando la había, Bardock, una simple sombra hierática, analizaba la situación con un deje de satisfacción al localizar la amplia familia de Kakarotto; me estoy haciendo viejo, pensó.

Bra y Broly admiraron a Topoka desde cerca. Broly le susurró que le quitaría los brazaletes de braummuro a su hijo en cuanto terminara la batalla, y se ocuparía personalmente de que pudiera controlarse. Lo entrenaría, y se quedaría allí para ellos. Bra lloró, y luego se limpió los ojos para disimular su propia alegría.

La cuenta atrás finalizó, y Topoka y Bóxer se enzarzaron en una batalla de grandes dimensiones. Después de ver a sus padres juntos de nuevo, Topoka tuvo por seguro que no perdería.

Al fin y al cabo, él era el nuevo guerrero legendario.


The End


¡Gracias por todos sus reviews! Supongo que el epílogo les habrá pillado por sorpresa, ya que ha pasado un tiempo y ni yo estaba segura de si escribiría algo más relacionado con Instinto animal o no, pero al final, entre una cosa y otra, me decidí, y aquí está. No voy a darle más vueltas, aquí está el final feliz, feliz. Espero que este os haya gustado más que el anterior y que, aunque ha dejado abiertas algunas incógnitas, también haya cerrado otras. Si no les gusta, quizás sería mejor quedarse con el anterior, pero tenía que escribir sobre estos personajillos endiablados sí o sí para cerrar una etapa.

Voy a ser rápida, ya que es tarde aquí.

Primero, muchísimas gracias por los reviews finales. ¡Me han emocionado, en serio! T.T es el final de una etapa para mí con ellos. Intentaré contestar los siguientes sí o sí, solo un poquitín de paciencia, ¿sí? ¡MIL GRACIAS, SIN VOSOTROS LECTORES NO HABRÍA INSTINTO ANIMAL!

Ahora, por aclaraciones finales digo unas cuantas cosas. Topoka es hijo de Bra y Broly, Bóxer es hijo de Bulma y Vegeta concebido poco después de casarse finalmente, poco antes de que Gora naciera. Dream es hijo de Goten con… ¡aaaaahhh! Lo dejo a la imaginación de quien quiera. Nightmare es hijo de Trunks, ¿será su madre Marron? ¿Quién sabe? Gora ya sabéis que es hija de Goku y Chichí, y Oni de Videl y Gohan. Los nombres tienen muchas referencias que espero que os hayan gustado, así como Topoka es el nombre del primer maestro de Broly, al que consideró su auténtico padre, Bóxer es la última prenda masculina que quedaba mencionar en la familia Brief xD. Dream significa sueño, y Nightmare, Pesadilla (seguro que entendéis a qué vienen ambos nombres) y Oni viene a hacer referencia a un oni, una especie de demonio japonés. Ya sabéis que toda la familia de Videl tiene nombres relacionados con demonios.

Y ya está, nada más que aclarar. Algunos pueden decir que Topoka no puede ser un guerrero legendario porque se supone que este nace cada mil años, pero ya lo veis, los genes de Broly y los de Bra, ambos de guerreros legendarios unidos, hacen maravillas. Probablemente Topoka sea el más poderoso de cuantos saiyajins haya en cuanto crezca un poco, dejando a Gora aparte, personaje femenino al que me he permitido darle un extra de protagonismo.

Y ya está. Espero que os haya gustado más que el anterior y que no se os haya hecho pesado. ¡Nos leemos pronto en otras historias!

¡Y mil gracias otra vez por los reviews, son mi fuente de alimento! *o* Gracias por seguir esta historia hasta ahora.