Pues nada... aquí estamos otra vez. Gracias a las que comentásteis, espero que os guste también este capítulo =)

Disclaimer: Nada me pertenece... blablabla... lo de siempre


CAPÍTULO 2

El amor vive más de lo que da que de lo que recibe. Concepción Arenal

—Por ese motivo cuando Ulrico XXIV sustituyó a Ulrico XXIII durante la vigésimo quinta batalla de los gigantes, la mayoría de la población de la época se vio terriblemente afectada por la masacre…

—Explícame por qué cogimos esta asignatura otra vez, por favor —dijo Leanne, bufando. Katie lanzó un murmullo de asentimiento y siguió comando apuntes —. Me pregunto por qué se verían afectados por un enorme pié que destrozaría sus casas de una patada… —murmuró Leanne sin prestar demasiada atención a la lección del profesor Binns.

Katie le lanzó una sonrisa fugaz y continuó en su tarea de copiar absolutamente cada palabra que salía de la boca de su difunto profesor, incluyendo puntos y comas. Si se acercase a un mero aprobado en alguna de las asignaturas su madre pondría el grito en el cielo y eso no era algo agradable, sobre todo conociendo el alcance del timbre de voz de su progenitora.

Sin duda, empezar el curso con el profesor Binns (bueno, en realidad, saber que iba a empezar cada semana con el profesor Binns) era una tortura lo suficientemente dura como para que fuese seguida de otra clase de pociones dobles con los alumnos de Slytherin, pero al parecer la persona que planificaba los horarios disfrutaba especialmente haciendo sufrir a los estudiantes. Lo único bueno que tenía haber alcanzado el nivel de ÉXTASIS que pedía el profesor Snape era que el número de idiotas de Slytherin se habría reducido considerablemente. O eso esperaba. Aunque Leanne siempre se metía con ella (amigablemente esperaba) por sus buenas notas, lo cierto era que las de su amiga no eran peores que las suyas y se habían matriculado prácticamente en las mismas asignaturas.

Al mal humor por el horario había que sumarle el incidente que había ocurrido durante la travesía hacia Hogwarts, cuando unos dementores habían entrado en el tren y habían intentado atacar a Harry Potter, el buscador del equipo de Quidditch de Gryffindor. A Oliver casi le dio un ataque, pero se le pasó cuando vio que el joven Potter respiraba, con que podría ir a entrenar en cuanto programase sus entrenamientos. Por desgracia a ella el susto le había durado algo más y apenas había disfrutado del delicioso banquete que se servía siempre durante la primera noche en el colegio.

Pero ni siquiera eso, ni el aliento del profesor Snape en su nuca mientras hervía alguna retorcida mezcla que no serviría para nada ni siquiera le parecía demasiado a Katie, ya que sabía que pronto podría volver a volar. Y al pensar en ello una sonrisa involuntaria se coló entre sus labios mientras seguía transcribiendo las palabras del profesor Binns.

—¿Estás pensando en el Quidditch? ¿O en cierto pícaro capitán, guapo y atractivo? —inquirió Leanne, dándole un suave codazo.

—En ninguna de las dos cosas —respondió Katie en voz baja. Intentó contener la lengua y concentrarse en seguir tomando apuntes, pero al final cedió —. Y Oliver no es pícaro… Él es… Oliver, sólo eso.

—¿Y quién ha dicho que estuviese hablándote de Wood? —Leanne observó a Katie con una ceja levantada, como si hubiese descubierto al autor de un crimen.

Katie le sacó la lengua y siguió escribiendo, pero sabía que el silencio de Leanne no duraría demasiado.

—Dijiste que ibas a intentar olvidarte de él… Me parece que no vas por muy buen camino, ¿sabes? —Dijo Leanne, pero sin conseguir respuesta alguna por parte de Katie —. Todavía sigues sonriendo como una tonta cada vez que te mira. —Insistió su amiga.

—¡No sonrío como una tonta! —saltó al final Katie, intentando no levantar la voz.

—Oh, sí que lo haces, ¿a ti que te parece esta cara? —Leanne abrió mucho los ojos y puso una sonrisa de idiota, haciendo como que se le caía la baba.

—¡Yo no pongo esa cara, ni mucho menos! —insistió la chica, dejando por un segundo la pluma en el pupitre.

En ese momento alguien chistó desde una de las filas delanteras, haciendo que Katie se mordiese el labio para poder contenerse. Siguió tomando apuntes haciendo como si nada, pero tener a Leanne mirándola con aquellos ojos acusadores no lo hacía nada fácil.

—Yo no pongo esa cara, ¿verdad que no? —preguntó Katie, insegura y cediendo ante la incertidumbre.

Leanne puso los ojos en blanco —Claro que no… Lo tuyo es algo más así —y bizqueó los ojos, arrancándole a Katie una risita que tuvo que ahogar para que el profesor Binns no se diese cuenta.

Katie siguió escribiendo a una velocidad de vértigo, recibiendo varias miradas por parte de su amiga que indicaban que estaba haciendo un buen trabajo. Indicaban también que estaba satisfecha, ya que al final terminaría copiándole los apuntes a ella.

Terminada la clase las chicas se dirigieron a la mazmorra donde tendría lugar su primera clase de pociones del curso. Se acomodaron en unos de los pupitres de la zona de atrás y sacaron el libro, haciendo apuestas sobre con cuál de los brebajes que contenía decidiría torturarlas esta vez el profesor Snape. Enseguida salieron de dudas ya que el profesor entró en el aula y se hizo el silencio. Empezaron a trabajar con los ingredientes que Snape había escrito en la pizarra para preparar la poción vigorizante después de una charla de descripción de los horrores y penurias de los estudiantes del ÉXTASIS de pociones. Escuchó con desesperación las pullas de Snape contra sus compañeros, la inmensísima mayoría contra alumnos de Gryffindor. ¿Por qué había decidido seguir con pociones? ¡Ah, sí! Quería conseguir trabajar en San Mungo como Medimaga. Haría bien en recordárselo a sí misma. Se lo anotó mentalmente.

Después de un par de horas de duro trabajo, las dos chicas entregaron su muestra y se marcharon a la sala común para disfrutar de un merecido descanso. El resto de sus amigas más íntimas, Angelina y Alicia, todavía no habían aparecido por allí.

Leanne y Katie se sentaron en una de las mesas y empezaron a hacer los deberes que les habían mandado Binns y Snape. Nadie podría decir que no intentaban empezar llevando el trabajo al día, aunque no supiesen por cuánto tiempo duraría aquella actitud (normalmente no más de una semana). Pero ahora eran alumnas de sexto y sabía que tenían que trabajar mucho más que antes si querían llegar a todo.

Mientras esperaban, la chica no pudo evitar un pequeño suspiro que escapó de sus labios, traicionándola, al recordar la conversación que habían tenido durante la clase de Binns.

—Katie, con respecto a lo que hablamos antes… No es que quiera desanimarte, pero después de tanto tiempo… —dijo Leanne, que las pillaba todas al vuelo.

—Ya lo sé… ¡Ya lo sé! —respondió la aludida, frustrada. —Te aseguro que me he hecho la promesa de olvidarme de él, y lo llevaba bastante bien hasta hace básicamente veinticuatro horas.

—Genial… Así que tu resolución se debilita cuando le ves… Eso es bueno dado que sólo tienes que verle prácticamente todos los días de la semana y algunos fines de semana también —le dijo Leanne con sarcasmo —. ¿Y qué vas a hacer, esconderte de él hasta final de curso?

—¡Podría hacer eso! Podría, podría… ¡Podría taparme los ojos con una cinta! Así no le vería y todo esto se me pasaría enseguida, estoy segura. —respondió Katie, con entusiasmo fingido.

—¿Taparte los ojos para no verle? Eso dificultaría tu juego, la verdad… ¿Crees que podrías coger la quaffle con los ojos cerrados?

Katie se quedó callada —Quizá… Pero me temo que el sonido de su voz desbarataría la función de la cinta —se quejó lastimosamente, apoyando su cabeza en la mesa debido a la desesperación —. Leanne… Soy una patética perdedora enamorada de un chico que jamás se dará cuenta de que existo.

—No eres una patética perdedora —la reprendió Leanne, mordiéndose el labio —. De veras, me cae bien el chico, pero quisiera entender qué le ves para llevar colada por él tanto tiempo… Si sólo sabe hablar de Quidditch y de tácticas.

—Sí… Pero es apasionado con eso. Y con otras muchas cosas que no pienso mencionar porque estamos intentando que me olvide de él y ensalzar sus virtudes sería algo muy poco oportuno —respondió Katie, recomponiéndose y abriendo el libro de pociones por el índice —. Tienes razón con lo del Quidditch, ¿sabes? Creo que me prestaría más atención si tuviese una quaffle por cabeza —La chica miró a Leanne como si hubiese tenido una idea brillante —. ¡Eh! ¡Es una idea! —le dijo bromeando —. En serio, creo que deberíamos intentar no hablar de él. Quizá debería evitarle…

Leanne frunció el ceño —Pues no creo que lo tengas fácil… porque Romeo ha venido a buscarte —le dijo, haciéndole un leve gesto con la cara para señalarle hacia dónde debía mirar.

La chica se giró para encontrarse con un Oliver risueño y caminando hacia ella. Ya era malo conocerle tan bien y amar cada insignificante detalle de su personalidad, pero ¿de verdad tenía que ser tan guapo? ¿Lo hacía el destino para fastidiarla? ¿Estaría pagando quizá el precio de algún comportamiento kármico de una vida anterior? Como quiera que fuese allí estaba ella, cara a cara con lo que más quería tener y lo que más deseaba poder olvidar.

Tomó aire y le sonrió —Oliver, ¿ya has terminado las clases por hoy? —preguntó Katie, dejando a un lado la pluma.

—Sí, precisamente ahora vengo de Transformaciones con McGonagall. —Oliver se sentó en una silla frente a las de las chicas.

—¿Cómo se presentan los ÉXTASIS, Wood? ¿Os machacan mucho los profesores? —preguntó Leanne abriendo un paquete de grageas de todos los sabores.

—Bah, han empezado metiéndonos un poco de miedo, pero tampoco he prestado demasiada atención —confesó el chico, con una sonrisa pícara.

—Eso es porque estabas programándonos mentalmente los entrenamientos desde el momento en que te han dado los horarios, Oliver. —Katie dedicó al guardián una mirada acusadora.

Oliver por su parte soltó una carcajada —Me conoces demasiado bien, Katie.

—Sí… —dijo ella, alzando las cejas y volviendo a mirar hacia su trabajo de Historia de la Magia —. Son años de experiencia.

—¿No tienes deberes, Oliver? —preguntó Leanne, masticando una gragea al observar que el chico no llevaba nada en las manos y volviendo a concentrarse en los deberes.

—Sí, no puedes pasar un solo día en séptimo sin que te manden deberes, pero de hecho he venido a hacerle a Katie una proposición.

Las dos chicas miraron bruscamente al capitán del equipo de Quidditch con los ojos tremendamente abiertos, incrédulas ante lo que acababan de escuchar.

—¿Una pro… pro… proposición? —balbuceó Katie, intentando no sonar como una niña de cinco años a la que le ofrecen un caramelo.

—¡Sí! Es que como ayer me dijiste que llevabas tiempo sin volar he pensado que quizá te apetecería venir conmigo al campo de Quidditch, yo tengo que ir a ver qué tal está todo después de tres meses de ausencia…

—¡Oh! —Exclamó Katie, mirando a Oliver y después mirando a Leanne.

—¿Y quieres que Katie te acompañe? ¿A ti? ¿Solos? —preguntó esta última. Katie le lanzó una mirada asesina, y ella intentó arreglarlo —. Con la de deberes que tenemos que hacer… Tenemos un nuevo plan de estudios, ¿sabes? Hacerlo todo según nos lo van mandando, para evitar que se acumule.

—Ese es un buen plan… Aunque nunca he podido llevarlo a cabo durante más de dos días —Oliver miró a Katie —. Entonces qué dices, ¿vienes al campo? Fred y George también van a venir.

—¡Ahhh! Vale, ahora lo entiendo todo —murmuró Leanne de forma que sólo Katie pudiese escucharla.

Oliver miró a Katie, expectante. La chica sabía muy bien cómo ocultar una desilusión porque tenía años de práctica, así que le dedicó una media sonrisa y se levantó de su silla —Dame un minuto, voy a por mi escoba. —y subió las escaleras que daban a su dormitorio para sacar la escoba de su envoltorio.

Mientras tanto, Leanne se quedó mirando a Oliver, y dando golpecitos con el pie en el suelo.

—¿Sabes? Hoy me he encontrado con gente con bastante poco tacto, es molesto. —le dijo, sabiendo que no iba a comprender por qué lo decía.

En efecto, el chico se limitó a asentir con la cabeza, y a los pocos instantes Katie bajó con su nueva escoba. Enseguida ella y Oliver se marcharon de la sala común, dejando a una Leanne frustrada y mirando el hueco del cuadro por donde se salía de allí con cara de pocos amigos. Al final, suspiró de impotencia y también cerró el libro de Historia de la Magia.

Bueno, pues la actitud resuelta de llevar los deberes al día había durado aproximadamente veinte minutos. No estaba mal para empezar…


—No puedo creer que no hayas probado la escoba nueva todavía.

—¡Pero es que no tenía dónde hacerlo! —protestó Katie, caminando con Oliver hacia los terrenos de Hogwarts donde se encontraba el estadio de Quidditch.

—Si hubiese sido yo habría volado aunque fuese por mi propio salón.

—Te creo, de veras —asintió Katie, convencida de que Oliver sería capaz de ello y de cosas peores —. Pero tú no habrías tenido a mi madre corriendo por detrás poniendo el grito en el cielo porque el aire que estás removiendo en el salón perjudica los nuevos cuadros de Gauguin —Oliver rió pero lo cierto es que Katie sabía que se trataba de la cruda realidad —. Además, como durante la persecución para que pudiese escuchar sus palabras de reproche con total claridad se habría partido el tacón de algún zapato, también me echaría la bronca por ello… Así que tuve que soportar el síndrome de abstinencia por el bien de mis pobres tímpanos.

—Valoras demasiado tus tímpanos, ¿sabes? —le dijo él después de soltar una sonora carcajada.

—¿Ah sí? ¿Y sin ellos cómo, oh grandioso capitán, iba a asimilar y aceptar tus incesantes órdenes? —le dijo divertida, alzando una ceja.

—Eso es muy cierto —asintió Oliver —. Así me gusta, que los jugadores sepan que el único que tiene derecho a hacer estallar sus tímpanos son sus capitanes de Quidditch. —el capitán recibió un mohín de burla por parte de Katie y sus miradas volvieron a entrecruzarse.

Katie sonrió a Oliver y retiró la mirada. —¿Cómo llevas el último año, Oliver? ¿Te va a dar pena no volver el año que viene? —preguntó la chica intentando no quedarse en silencio para no poder pensar.

—Pues claro. Pero será más fácil si este año ganamos la copa —respondió él con una sonrisa.

Por supuesto que sí. Oliver Wood no la echaría en falta a ella ni al resto de compañeros del equipo, pero si no ganaban la copa se sentiría terriblemente fracasado. Genial, Katie, ¿para qué haces preguntas para las que no quieres respuesta?

—Este año será nuestra, Oliver. Ya lo verás —Katie contestó automáticamente intentando que las piedras que estaban oprimiéndole el pecho no le evitaran respirar.

Gracias a Merlín, Fred y George estaban esperándoles a la salida del colegio así que podría dejarles hablar a ellos y sumirse en su propia miseria. Pero no, hoy no iba a dejar que eso ocurriera porque por primera vez iba a subirse en la escoba que tenía en las manos.

La charla se fue animando en el camino hasta los vestuarios de Quidditch, que tuvieron que ventilar ya que había un olor a cerrado poco soportable para narices humanas (e incluso de trolls en algunos lugares donde los Weasley se habían dejado olvidadas algunas sustancias poco recomendables).

Katie desenvolvió la escoba ante la atenta mirada de sus tres compañeros. Fred y George soltaron una exclamación de admiración al ver la escoba nueva, tan pulida y perfecta, y ella les sonrió con satisfacción.

—Es preciosa, Katie. ¿Nos la dejarás probar? —preguntó Fred, sonriéndole cómplice.

—¡Claro! —Asintió la muchacha, cogiéndola por el mango —. Pero después de mí, por supuesto —dijo guiñando un ojo.

Los gemelos se miraron el uno al otro y después a Wood. —Vaya Katie, ¿dónde has aprendido a hacer eso? ¿Te lo han enseñado tus novios de Nueva York? —dijo George, con cara de pillo.

—¿Novios? —Preguntó Oliver —. ¿Tienes novios en Nueva York? ¿Novios? ¿En plural?

—No es verd… —intentó decir Katie, antes de ser interrumpida.

—Sí, sí que lo es, uno de ellos era ruso, ¿verdad, Fred? Nos lo dijo en el tren.

—Un tal Kinisky, ¿no, Katie? Y había otro pero no me acuerdo del nombre.

La chica suspiró irritada —¡Es Kandinsky! ¡Y es un pintor ruso! Había una exposición sobre él en la galería de mi padre. ¡Y no puede ser mi novio porque está muerto! ¿De acuerdo? —les dijo marchándose con la escoba hacia la plataforma de los despegues.

—Uf, menos mal… —dijo Oliver, recibiendo miradas atónitas por parte de los gemelos —¡Qué! ¡Este año no podemos permitirnos ningún tipo de distracción! ¿Un novio? ¡Eso significa horas y horas de mirar al vacío y de escribir cartas! Es mejor así.

Fred y George negaron con la cabeza ante la desesperación, ya que sabían que lo peor era que Oliver estaba siendo totalmente sincero con lo que había dicho. Los dos siguieron a Katie con sus respectivas escobas.

La chica se colocó en donde correspondía para lanzarse al vuelo. Llamó a la escoba con el tradicional 'arriba' y se sentó sobre ella. Nada más hacerlo ya notó un cúmulo de vibraciones que se agolpaban en su pecho, la emoción la iba embargando más y más según iba elevándose en el aire. Los dedos le temblaban ligeramente al aferrarse al mango de la escoba y dirigirse hacia los aros de gol que estaban más lejos de ella. Cerró los ojos y sintió el viento en la cara, en el pelo, por todas partes. Y no pudo evitar una sonrisa mientras se sentía totalmente libre, como no se sentía en ningún otro lugar que no fuese sobre su escoba.

En un impulso soltó las manos de la escoba y las colocó como si fuesen alas, y estuviese volando por sí sola, sin necesidad de escobas. Y en ese instante se olvidó de todo, de su madre, de Stanford, de Oliver… Y se limitó a sentir.

—Se echaba de menos, ¿eh? —preguntó una voz, sacándola de su ensimismamiento.

Volvió a coger la escoba con las manos y a abrir los ojos para encontrarse con Oliver en su escoba, sonriéndole con dulzura. Fuese lo que fuese lo que ella había llegado a sentir por él y lo poco perspicaz que fuese él al respecto, sabía que no encontraría a nadie que entendiese mejor lo que sentía al volar que él mismo.

Le devolvió la sonrisa y asintió —Oh, sí —afirmó —Pero me parece que estoy un poco oxidada. ¿Una carrera? ¡A ver quién tarda menos en dar cuatro vueltas al campo! —le desafió Katie, echando a volar rápidamente sin esperar una respuesta por parte del capitán.

Pero claro, conociéndole, en cuanto se dio cuenta de lo que ocurría, Oliver aceleró su escoba para salir tras ella y conseguir ganarle. Al fin y al cabo, si algo era Oliver Wood era competitivo. E iba a darse cuenta de ello muy pronto.