Os traigo nuevo capítulo de la historia =) Espero que este también os guste. Aprovecho la ocasión para agradecer a las personas que se han tomado el tiempo de dejar un comentario, me hacen muchísima ilusión! Mil gracias! Una cosa que quería decir antes de que se me olvide, como este portal es muy chivato, se sabe más o menos cuánta gente pasa por el capítulo... no quiero (ni puedo) obligar a nadie a comentar, pero no os podéis imaginar cuánto motiva a un escritor que se comente su trabajo. Aunque sólo sea un 'sigue', de verdad!

Como diría una conocida mía, [modo madre off] xD. En fin, disfrutad del capítulo!


CAPÍTULO 3

Es imposible estar enamorado y ser sabio. Francis Bacon

La cama adoselada de su habitación en la torre de Gryffindor de Hogwarts nunca había sido más cómoda que en aquel instante. Katie se encontraba en aquel instante, entre el sueño y la vigilia, cuando estás tan a gusto y tan calentito que no quieres moverte de ahí.

Pero su momento de paz y tranquilidad se vio interrumpido bruscamente por un sonido estridente que resonó en toda la habitación. Al principio Katie, abruptamente alerta, no consiguió distinguir de qué le sonaba aquel estruendo, y tan solo se incorporó en su cama.

—¿Qué demonios es eso? —Escuchó gritar a Leanne en la cama de al lado. Antes de poder reaccionar, su amiga abrió la cortina que separaba ambas camas y entró la luz del día, que cegó a la chica —. Katie, ¿se puede saber qué es eso? ¡Sale de tu bolsa!

Katie escuchó murmullos en el resto de camas y supuso que todas las chicas de la habitación estaban ya despiertas. ¿En su bolsa? ¿Qué podía ser? Se incorporó y cogió el bolso que estaba colocado encima de su baúl, para hurgar dentro.

Entonces sacó el objeto de la discordia, su pequeño teléfono móvil que sonaba estruendosamente. ¡Su teléfono móvil, por Merlín! Lo sostuvo entre sus manos ante la atenta mirada de Leanne y las quejas que escuchaba por parte de sus compañeras de habitación. Por lo visto se había olvidado de apagarlo al llegar a Hogwarts. Siempre lo apagaba cuando llegaba al colegio, ya que si se descargaba no podría conectarlo a la corriente y solía tener que llamar a su padre cuando volvía a Londres.

En la pantallita del teléfono aparecía que le estaban llamando desde un número de información. Era algo natural, ya que nadie más que su padre y algunos amigos de Nueva York tenían el número y sabía que no podían llamarla a partir del 1 de septiembre.

La chica, por su parte, miró a Leanne —¡Es increíble! ¡Tengo cobertura aquí! ¡Es impresionante! —le dijo entre ilusionada y emocionada.

—¡Genial! —respondió su amiga, sarcástica —. ¿Te importa hacer que se calle, por favor?

—¡Oh! Sí claro, lo siento —se disculpó Katie, dándole a la tecla de descartar la llamada, haciendo que la habitación se sumiese de nuevo en el silencio.

Le gustaba mucho hablar por teléfono, pero no pensaba ponerse a dar palique a la chica de información de vete tú a saber qué compañía para venderle algún producto que no necesitaba. Además, sus compañeras pedirían demasiadas explicaciones sobre cómo funcionaba aquel artilugio y, francamente, no era ninguna experta en telecomunicaciones como para ponerse a explicarles cómo funcionaba la comunicación por satélite.

Sin decir una sola palabra más, apagó el teléfono y lo guardó en el baúl que estaba en los pies de su cama. Lanzó una mirada de disculpa a Leanne, que bufó y volvió a taparse con las sábanas de su cama y se tumbó en plancha sobre ella. Era una pena tener que levantarse, pero había oído que el nuevo profesor Lupin era francamente bueno, así que se levantó y ni siquiera arrastró los pies en su camino hacia el cuarto de baño.


Katie no podía quejarse por el momento. Las clases no iban mal, llevaba los deberes al día, todavía hacían días lo suficientemente soleados para pasear por las tardes cerca del lago… Así que debía haber supuesto que algo llegaría y lo desbarataría todo. Ese algo era Oliver Wood y su nuevo plan de entrenamientos de Quidditch.

La última tarde de aquella semana el capitán reunió a su equipo en los vestuarios para explicarles cómo iban a llevar a cabo sus entrenamientos, cuál sería su calendario y cómo iba a distribuir los horarios. Es decir, la primera reunión rutinaria de costumbre. Después de escuchar otra bronca de Leanne por el incidente de aquella mañana con el teléfono, cogió un cuaderno y fue hacia el campo de Quidditch.

Oliver ya estaba en el vestuario y le sonrió cuando la vio entrar en él junto con Alicia, a la que se había encontrado de camino. Las chicas esperaron sentadas alrededor de la pizarra mágica que Wood había colocado allí en su primer día como capitán a que llegasen los demás. En el transcurso, Katie intentó no mirar a Oliver más que cuando se dirigiese a ellas y sorprendentemente lo consiguió, aunque con una gran cantidad de fuerza de voluntad. Pero se había propuesto conseguirlo y lo haría. Si en algo era buena, era siendo una cabezota.

Los demás fueron llegando poco a poco y se sentaron en el resto de sillas que iban quedando libres. Como siempre ocurre, cuanta más gente, mayor suele ser el volumen de las conversaciones, pero todos supieron mantener la boca cerrada cuando Wood se colocó ante la pizarra y carraspeó. Los murmullos fueron descendiendo hasta quedar en silencio total.

—¿Y bien? ¿Qué es lo que tienes planeado para este año, Wood? ¿Más flexiones? ¿Nos perseguirás a escobazos? ¿O lo harán unos escregutos quizá, para motivarnos mejor? Se ha dado cuenta de que ya no nos da tanto miedo… —dijo Fred Weasley, iniciando la reunión.

Oliver sonrió mordazmente —Sois muy graciosos —dijo, cogiendo una pizarra en miniatura entre sus manos —. Pero no, no lo habéis adivinado. ¡El plan de este año es mucho mejor!

—Sí… Eso es lo que me temía yo —murmuró Katie en voz baja.

—Veréis, este es mi último año aquí y por Merlín que tenemos que ganar la copa. Así que este año tendremos más entrenamientos semanales. Creo que dos son demasiado pocos, así que tendremos entrenamiento seis días a la semana —Wood empezó a escribir cosas en la pizarra grande.

Pero su equipo no escuchaba, sus cerebros se habían quedado estancados en 'seis entrenamientos a la semana'. Los jugadores se miraron entre sí y reconocieron en las caras de los demás su propia expresión de espanto y terror.

—¿Wood…? —balbució Harry Potter, con la cara desencajada y encogida por la impresión —. ¿Seis? ¿Seis días a la semana?

—Sí… Lo sé, podríamos poner siete, pero mis jugadores tienen que descansar algo, ¿verdad? —respondió Oliver espontáneamente, como si fuese lo más natural del mundo.

Katie, por su parte, intentaba recuperar el ritmo respiratorio. ¿Seis días a la semana de entrenamiento? Vale, conocía a Oliver y sabía que estaba enfermizamente obsesionado con el Quidditch, y mucho más aquel año, pero ¿seis días a la semana? ¿Es que había terminado de volverse total y rematadamente majareta?

Por las miradas que se dirigían unos a otros supo que el resto del equipo pensaba exactamente lo mismo que ella. Pero descubrieron que podían abrir los ojos mucho más cuando escucharon a su capitán decir…

—Y si el sistema funciona bien podemos programar un entrenamiento también por la mañana, a las seis de la madrugada. ¿No os parece? Creo que así conseguiremos ser los mejores de una vez por todas.

Wood se giró para encontrarse con seis pares de ojos que lo miraban aterrorizados. Él, sin embargo, parecía tan casual y resuelto como siempre.

—Oliver… —Empezó Angelina, tentativamente —. Estás de coña, ¿verdad?

El aludido se cruzó de brazos y la miró asombrado —Vaya. Esto sí que es una sorpresa, ¿queréis que programemos ya los entrenamientos por la mañana? Sabía que tenía un buen equipo pero esto es demasiado…

Era en momentos como estos cuando Katie pensaba en cómo podía estar enamorada de semejante maníaco.

—Wood, ¿de verdad piensas que vamos a entrenar seis días a la semana? —empezó a decir George Weasley, carraspeando —. Esa es una broma de muy mal gusto, incluso para nosotros —y señaló a su hermano gemelo, que estaba sentado a su lado.

—¿Broma? ¿Por qué? —inquirió Oliver, volviendo a cruzarse de brazos para mirar a su equipo, totalmente desconcertado.

—¿Que por qué? Pues porque quizá algunos queremos tiempo para, no sé… ¿tener vida social? ¿Poder aprobar nuestras asignaturas? ¿RESPIRAR? —dijo Angelina, desesperada.

—¿Puedo retirar lo de que ya no nos da miedo? —añadió Fred.

—¡Vamos chicos! ¿Es que no queréis ganar la copa? —dijo el aludido, intentando motivar a su equipo.

—Por supuesto que sí, Oliver. Pero no a costa de nuestra salud. Lo que tú nos pides es imposible, ¿cómo quieres que sobrellevemos todas nuestras obligaciones y las compatibilicemos con los entrenamientos? —protestó Alicia.

—Oliver, ¿te has caído de la escoba este verano? ¿Te has golpeado la cabeza? —siguió George.

—No sé vosotros, pero desde luego en tercero ya han empezado a pasarse con la cantidad de deberes… —dijo Harry, en un intento por intentar convencer a Wood de que su idea era absurda.

—Es todo cuestión de planificar —cortó Oliver, volviendo a garabatear cosas en la pizarra —. Si os dais cuenta, con este esquema tenéis tiempo para…

Y siguió hablando y escribiendo en la pizarra, dejando a sus jugadores totalmente atónitos. No era que no pensasen que el plan iba en serio, pero es que realmente Wood parecía pensar que era lógico y normal. Que los ilógicos eran ellos por poner pegas.

Pero no hubo forma de convencerle. Así que al final levantó la sesión dejando a seis jugadores de Quidditch totalmente alucinados. Los despidió convocándoles a un entrenamiento al día siguiente. Ellos estaban tan atontados que no pudieron siquiera seguir protestando.

Camino a la torre de Gryffindor, Katie se encontró rodeada por los gemelos Weasley y Alicia y Angelina.

—Está totalmente chalado, ¿seis días a la semana? ¿Y empezar desde esta misma semana? ¿Es que se cree que no tenemos nada mejor que hacer? —seguía protestando Angelina.

—Pues claro que se lo cree, porque cree que estamos igual de chalados que él —respondió Fred, pasándose las manos por la cara para intentar despejarse —. ¿Tú qué piensas Katie? No has dicho nada todavía. —le preguntó cuando ya llegaron a la Sala Común y se sentaron en uno de los cómodos sofás.

—¿Yo? No he dicho nada porque todavía estoy intentando procesarlo todo. De veras, me encanta el Quidditch pero esto es demasiado, incluso para Oliver. —dijo ella, viendo que Leanne se acercaba al grupo.

—¿Qué es demasiado? —preguntó la recién llegada.

Fred Weasley resopló —Wood quiere que entrenemos seis días a la semana.

—¿Y eso os sorprende? —dijo Leanne, sentándose en el brazo del sofá, mascando un chicle despreocupadamente.

Katie se mordió el labio. Aquello no podía ser, porque su plan de olvidarse de Oliver iba a requerir de algo de tiempo separados, y verlo seis días a la semana durante los entrenamientos desde luego no entraba dentro de esa categoría.

Así que se decidió a encabezar la rebelión —Alguien debería hablar con él, hacerle entender que lo que nos pide es excesivo y que no estamos dispuestos a cooperar, ¿sabéis? Alguien firme y con voluntad, al que no pueda decir que no, y que no se deje enredar en su palabrería.

—Sí… —asintió George —¿Pero quién podría…? —lanzó al aire, mirando a todos los asistentes a su pequeña reunión particular, aunque con obvias segundas intenciones.

Repentinamente Katie se encontró con diez ojos, los de Angelina, Alicia, los Weasley y Leanne, que la observaban fijamente y con una sonrisa ladina en sus labios.

—¿Qué…? —balbuceó ella, de pronto dándose cuenta de lo que estaban pensando —. ¿Qué? ¡No! —protestó, levantándose de la alfombra donde estaba sentada —. ¡De eso nada!

—Pero Katie, tú misma lo has dicho, alguien firme y con voluntad, ¡esa eres tú! —dijo Leanne, con cara de satisfacción.

—¿Que yo soy firme y tengo voluntad? ¡Parece mentira que seas tú la que me dice eso! —rebatió la chica, refiriéndose a las charlas constantes de que no se esforzaba demasiado por olvidarse de Oliver —. Además, ¡debería ser otra persona! ¡Yo he tenido la idea! —continuó, desesperándose.

—Precisamente por eso, porque tú has tenido la idea deberías ser la que la lleve a término, ¡tu planteamiento ha ido espléndido! ¡Bravo, bravo! —y George empezó a aplaudirla cómicamente ante las risas de todos.

—Además creo que eres a la única a la que Oliver nunca dice que no —insistió su hermano, echando más leña al fuego.

—¡Eso no es verdad! —protestó de nuevo, colocando los brazos en jarras.

Alicia miró a los gemelos y asintió —¡Sí que lo es! ¿Te acuerdas aquella vez que quería que entrenásemos el día antes de los exámenes? Fuiste a hablar con él y…

—¡Entrenamos de todas maneras! —le cortó Katie, exasperada.

—Sí, pero ni la mitad del tiempo que él quería que entrenásemos… —continuó Angelina, como si aquello fuese el descubrimiento del siglo. —Sí, definitivamente lo hará Katie.

—No, no, de eso nada —seguía diciendo Katie —. Me niego rotundamente, que lo haga otro.

—Está bien, votemos —concluyó Fred Weasley, poniéndose en pie. —Los que crean que debe ser Katie quien vaya a hablar con el psicópata de Wood, que levanten la mano.

Cómo no, todos los presentes alzaron sus manos, y Katie les miró con rabia y se mordió el labio. Entonces señaló a Leanne —¡Ella ni siquiera está en el equipo! Su voto no vale.

—¡Claro que vale! ¡Añade espectacularidad a la mayoría absoluta que tenemos ante nosotros! ¿No te parece? —bromeó George, haciendo como que contaba los votos. —En fin Katie, hemos ganado y has perdido, ¿cuándo piensas hablar con Wood? ¿Qué te parece ahora mismo?

La chica se sentó en una butaca contigua, enfurruñada y con los brazos cruzados.

—Dile que esto es un motín, ¡se le ha subido la autoridad a la cabeza! —escuchó que murmuraba alguien.

Entonces los gemelos se sentaron uno en cada brazo de la butaca, y la miraron.

—Venga… Te regalaremos una piruleta — dijo Fred, rozándole el hombro.

La chica suspiró pensando en una confrontación que tenía que ver con el Quidditch, con Oliver Wood. —Más vale que sea grande…


El gran comedor era un hervidero de estudiantes, como cada mañana durante el desayuno, y eso que era sábado. Pese a ello, muchos alumnos parecían haberse aplicado el método de estudio preventivo y estaban trabajando, incluso mientras desayunaban.

Katie y Leanne se sentaron al lado de Harry Potter y Ron Weasley, y después los hermanos gemelos de este último se unieron a ellas.

—¿Has decidido ya cuándo vas a hablar con Wood? —le dijo Fred, metiéndose casi una tostada entera en la boca.

—¿Hablar con Wood de qué? —preguntó Potter, untando mantequilla en la suya.

Fred engulló su tostada para poder contestar —¡Cierto! ¡Tú no estás informado! Veras, Katie, que es tan buena y tan amable, va a librarnos de los seis entrenamientos semanales, ¿a que es un encanto de chiquilla? —y volvió a meterse otra tostada en la boca.

—¿Vas a intentar convencer a Oliver por nosotros? Vaya… Eres algo así como Juana de Arco —dijo Harry, con admiración.

—Sí, pero ella tenía un ejército. Yo tengo a un grupo de gallinas cobardes que me dejan a mí todo el trabajo sucio —dijo la chica, untando una galleta en una taza llena de leche y cacao.

—Pero todos te adoraremos eternamente si lo consigues. —George se sumó a la conversación, con una media sonrisa.

Katie se encogió de hombros —A mi me seguís pareciendo unas comadrejas cobardes —le dijo con una sonrisa cargada de mordacidad. Leanne soltó una risita pero trató de seguir pasando desapercibida mientras desayunaba.

—Además, ¿qué tienes que perder? —insistió Fred.

—Si ese es el caso, ¿por qué no lo haces tú? Si yo no tengo nada que perder, no veo por qué tendrías que tenerlo tú, ¿no crees? —le rebatió la aludida, comiéndose la última galleta que quedaba en el paquete.

—Yo tengo varias cosas que perder… La paciencia por ejemplo, o la libertad cuando asesine a Wood por no querer razonar. Y te aseguro que tengo grandes planes para mi persona a los que Azkaban no beneficiaría en absoluto. —respondió Fred.

Katie le dedicó un mohín, y desvió la mirada en busca de más galletas. Pero sólo quedaba un paquete con unas pocas en la esquina de la mesa. —Voy a por galletas, espero que no me asignéis más tareas indeseables mientras lo hago —les dijo, levantándose de su silla.

Se acercó hasta la esquina, pero en su camino chocó de frente contra alguien. Cuando pudo ver quien era, se dio cuenta de que se trataba de Cedric Diggory, el buscador del equipo de Hufflepuff, que iba a su mismo curso.

—Perdona, no te había visto. —se disculpó él con una sonrisa. Cedric Diggory era el chico por el que estaban coladas prácticamente todas las niñas de aquel colegio. Podía ver por qué, era realmente guapo, y además de eso era un estudiante excepcional, jugaba al Quidditch y, por lo que decían, era muy amable con todo el mundo.

—No pasa nada —ella le devolvió la sonrisa —. ¡Eh! He oído que este año eres capitán del equipo. Y por lo que veo también prefecto —dijo Katie, señalando la insignia que llevaba en el pecho —. Enhorabuena.

—Gracias —respondió Cedric, mesándose el cabello con una mano —. Es algo más de presión que añadir a los EXTASIS pero qué vamos a hacerle…

La chica rió —Estoy segura de que podrás sobrellevarlo —'sobre todo porque seguro que no programas entrenamiento de Quidditch seis días a la semana' pensó ella mientras sonreía.

—Lo intentaré por lo menos. ¿Qué tal tu verano? Tú te ibas fuera, ¿no? —preguntó él, pareciendo genuinamente interesado.

—Sí, mi padre vive en Nueva York y he pasado gran parte del verano allí. Ha sido genial, como siempre—Katie sonrió, sorprendida de que lo supiera. Se dio cuenta entonces de que los amigos de Diggory estaban esperándole un poco más adelante así que se apresuró —. En fin, nos veremos en el campo, supongo.

Cedric asintió —Eso espero. Que pases un buen fin de semana —dijo antes de marcharse con ellos.

Katie cogió su preciado tesoro, las galletas, y volvió a su sitio.

—¿Qué te ha dicho Diggory? —susurró Leanne en voz baja, para que los demás no pudiesen oírla.

—Nada, le he felicitado por haber sido nombrado capitán este año y poco más —respondió ella, despreocupadamente.

Su amiga soltó una risita —Seguro que a Wood le encantaría… Seguramente le estallaría alguna vena de la cabeza, pensaría que estás confraternizando con el enemigo y pasándole sus preciadas tácticas —Y dio un trago de su tazón de café —. ¿Te has enterado de lo de Malfoy? Dicen que lo atacó un hipogrifo desbocado durante la clase de Hagrid —le contó a su amiga.

—¿En serio? —preguntó Katie, extrañada.

—Sí… No hace más que quejarse y gemir —confirmó Leanne, señalándose con la cabeza a Malfoy, sentado en la mesa de Slytherin con una mueca de dolor y contándole sus penas a Pansy Parkinson.

—Bah, no le hagáis caso —intervino Harry —. Yo estaba allí, si hubiese hecho caso de lo que Hagrid decía no le habría pasado nada. De todas formas, la señora Pomfrey le curó perfectamente, no hace más que fingir para que despidan a Hagrid…

Katie asintió ante las palabras de Potter. La verdad es que no tenía a Draco Malfoy por una persona precisamente inteligente, pero sí que podía manipular las situaciones gracias a su padre. Esperó que no le pasase nada a Hagrid, le caía muy bien.

—¿Se puede saber cómo unos Gryffindors como nosotros estamos desayunando a las nueve de la mañana de un sábado en lugar de disfrutar de una merecida mañana de descanso? —Fred Weasley les sacó de su conversación.

—Pues por el mismo motivo que la señorita Katie debería apresurarse con su conversación pendiente, por la locura de cierto Gryffindor que está como un cencerro —le respondió su hermano.

—¿Y se puede saber por qué siempre termináis hablando del mismo tema? —se quejó Leanne, masticando unos cereales.

—Creo que se llama dependencia… ¿Deberíamos buscar ayuda profesional? —dijo Fred, haciéndose el pensativo.

Katie rió y, dirigiendo una mirada a Leanne, se levantó de la silla para ir a por su escoba. —Lo que debemos buscar es nuestro material de Quidditch, porque si no estamos en el campo en cinco minutos a Oliver sí que le va a estallar una vena de la cabeza.

Leanne se quedó en la mesa viendo como una gran parte del equipo de Gryffindor se marchaba. Ella chasqueó la lengua y miró hacia la puerta con satisfacción. —Esta chica aprende rápido.