Hola, hola! Se que es un capítulo corto pero el de mañana compensará, lo prometo! saludos y gracias por sus reviews!
Capítulo 12
Albert decide seguir el consejo de su chofer y no contrata a nadie para su servicio. Logra convencer a George cuando le dice que en el servicio y sus familiares se puede confiar, y que meter a alguien nuevo podría ser contraproducente en cuestiones de seguridad, por si nuevamente alguien intentara hacerle daño. Candy apoya la decisión, aunque no sabe nada sobre el posible atentado, pero le asegura a George que ella puede hacerse cargo de Albert sin ayuda de nadie. El rubio trata de hacerle entender que no le gusta ser atendido por ella en todo momento, y después de una larga discusión logra que por lo menos no sea ella la que pase las noches en vela a su lado.
- Candy, si no dejas que alguien te ayude conmigo, voy a tener que contratar enfermeros que envíe el doctor Lenard
- Albert yo quiero ayudarte…
- Y tu compañía es mi mejor medicina, pequeña. Pero no puedes estar todo el día y todo el tiempo conmigo
Alfred, su chofer, se convierte en uno de sus principales ayudantes. Su hermano mellizo Michael, chofer de otra gran familia de Chicago que se ha quedado sin trabajo con la depresión y que ahora vive con su hermano en la mansión de los Andrew, es también de gran ayuda para Albert. Gracias a su deseo de apoyarlo son ellos los que se encargan de ayudar al rubio en su aseo personal, de cargarle y transferirle de la cama a la silla de ruedas, así como a transportar la silla por los alrededores de la mansión.
También la Sra. Smith, una de las señoras del servicio de Lakewood de toda la vida, se vuelve la cuidadora de Albert por las noches. Ella había cuidado de Pauna durante su enfermedad y ahora casi exige a los rubios ser ella quien vele por las noches en la habitación del patriarca. Albert se siente sumamente avergonzado de necesitar tantos cuidados pero también se siente sumamente agradecido por las muestras de cariño de los miembros de la mansión.
Los primeros días Albert los pasa encerrado en su habitación, el doctor no le permite salir de la casa hasta que tenga más fuerza, evitando que tenga algún resfriado o inconveniente. Estar encerrado le frustra sobremanera, pues había tomado la decisión de venir a Lakewood con la intención de tener aire libre y los bosques cerca.
- Alfred, llévame al balcón – le dice un día cuando le termina de ayudar a sentarse en la silla de ruedas
- La señorita Candy va a enfurecer si sale
- Vamos, tráeme un sweater y una manta, si me cubro Candy no podrá reclamarnos.
El joven hace lo que le pide y en pocos minutos Albert está aspirando fuertemente el aire fresco con una sonrisa en el rostro.
Candy no tarda en llegar con el desayuno sorprendiéndose de encontrarlo en el balcón, trata de decir algo pero ve que está cubierto por mantas para evitar el frio matinal, se da por vencida y desayuna con él en el balcón.
- George acaba de llegar – le comenta Candy al rubio – en un rato más subirá para ver contigo asuntos de las empresas
- Me parece bien
- No deberías trabajar tanto Albert
- Vamos Candy – le die con su hermosa sonrisa – no hago gran cosa, leo unas cuantas cosas, firmo otras tantas… además no puedo descuidar el banco, está dando muy buenos resultados para las familias que lo han perdido todo
- Pero solo un par de horas, antes de que empiece con tus terapias – se resigna la rubia
- Si mi querida enfermera – le dice sonriendo
Los dos se quedan en silencio unos momentos mientras comen el desayuno. Luego es Albert quien lo rompe para volver a intentar lo que tantas veces ha buscado en los últimos días.
- Deberías de volver a la ciudad. El doctor Martin y la Clínica Feliz te necesitan
- No pienso volver hasta que te recuperes – responde la rubia como siempre
Albert sonríe y continua su desayuno. Adora tener a Candy con él, desayunar, comer y cenar a su lado; recibir sus atenciones y conversar con ella. Ver su sonrisa, su cabello suelto como suele llevarlo ahora y su cuerpo moverse acercándose hacia él. Pero sabe que no está con él por las razones que él quisiera, sino porque así es ella, si alguno de sus seres queridos la necesita, ella deja todo por ayudar.
...
Albert termina de ver algunas cosas con George y observa desde el balcón de su habitación a su adorada pequeña ayudando al jardinero a cortar flores, seguramente para su habitación, pues diariamente hay un jarrón nuevo con flores frescas. Ahí está ella con su bella sonrisa contagiosa, riendo con el jardinero, cortando flores mientras el sol hace brillar su cabellera recogida en una cola de caballo.
- Te he amado desde hace tanto tiempo mi querida Candy… y te amare por mil años más, no importa si tú nunca me llegas a corresponder – dice el rubio con un susurro pero Alfred le escucha y se acerca con su ya clásica camaradería
- Yo siempre he creído que Candy lo ama, señor
- No dudo que lo haga Alfred, y no me llames señor – le dice sonriendo seguro de que entre ellos dos ya hay más una amistad que una relación laboral – pero no me ama como quisiera que lo hiciera. Para ella soy un amigo, un hermano, un protector…
- Yo creo que ella no se ha dado cuenta y usted debería de hacer algo para que se percate de cuanto lo quiere
- George suele decirme lo mismo – comenta el rubio – y aunque dudo que me ame, de todas maneras no podría hacer lo que dicen, estoy seguro de que Candy es la mujer perfecta para mí, pero con esa misma seguridad te digo que yo no soy el hombre perfecto para ella.
