Aquí estamos de nuevo! Espero que os esté gustando el fic =) gracias a mis maravillosas comentaristas, sois las mejores!
Aprovecho para decir que un autor comentado es un autor motivado, y un autor motivado escribe más rápido ;) espero veros!
CAPÍTULO 4
El amor es una grave enfermedad mental. Platón
Katie notaba que sus pies se hacían más pesados conforme se iba acercando al campo de Quidditch. Tener al resto del equipo mirándola constantemente por si decía cuándo o cómo iba a abordar el tema con Wood no ayudaba demasiado, y su ánimo se hundió hasta los pies cuando vio lo feliz que parecía Oliver cuando los saludó desde el vestuario.
'Vamos, Katie, puedes hacerlo, ¡puedes hacerlo!' se animaba a sí misma. Pero su coraje se iba deshaciendo a medida que se ponía la ropa para entrenar por primera vez en el curso.
Había pensado hablar con Oliver después del entrenamiento, cuando solían quedarse solos para ordenar un poco el vestuario y contabilizar asistencias a los entrenamientos. Pero sólo de pensarlo se le revolvía el estómago. Era un trámite inútil e innecesario, porque sabía que Wood jamás cedería cuando había tomado una decisión que concerniese a su amado y adorado Quidditch.
Aún así tenía que intentarlo, porque sus amigos, también conocidos como una panda de cuervos desagradecidos, contaban con ella. Jugó distraída y se llevó algún que otro rapapolvo por parte de Oliver, que le dijo que se centrase en lo que tenía que centrarse en lugar de quedarse mirando al vacío.
La conclusión fue un entrenamiento no demasiado provechoso porque los miembros del equipo estaban irritados; aún así no dejaron de volar bien, todos echaban de menos poder volar con tanta libertad. Pero incluso el joven Potter parecía estar con la cabeza en otro lugar.
Antes de que ella pudiese preparar el discurso que iba a decirle a Oliver ya había llegado el final del entrenamiento y estaban en el vestuario, poniéndose las túnicas del colegio.
Fred Weasley, que junto con su hermano eran los únicos que quedaban ya en el vestuario, hizo una mueca a la chica, para insistirle en lo que tenía que hacer.
Katie le respondió con un gesto amenazador que se marchase de allí. Cuando se fueron, no sin antes hacerle un par de gestos más sobre aparentemente enterrar a Oliver en una fosa, ella negó con la cabeza y cogió la hoja de asistencias. En ese mismo instante Wood salió a la estancia principal del vestuario con el pelo empapado. Al parecer se había duchado. Katie tragó saliva. El destino no podía ponérselo fácil, estaba claro.
—¿Vas a apuntar las asistencias? —le preguntó él, secándose el pelo con una toalla húmeda.
Ella asintió con la cabeza y sólo respondió con un murmullo mientras buscaba con la mirada una pluma en algún lugar del vestuario.
—Ha sido un día extraño, todos estabais como distraídos por algo. Supongo que es el primer día, ¿no? Además con el programa de entrenamientos mejoraremos muy rápido —dijo Oliver, abriendo la taquilla del vestuario para sacar algo.
Vale, le estaba dando la ocasión perfecta. Ahora era cuando tenía que intervenir, pero sorprendentemente sus labios se negaban a abrirse y permanecían totalmente sellados.
—Sssí… Supongo —musitó ella, mordiéndose el labio.
'Kate Elizabeth Bell, no eres ninguna cobardica como los demás y no estás diciéndole nada malo, ¡adelante!' se dijo a sí misma, reuniendo valor.
—Oliver, tenemos que hablar —dijo al final, consiguiendo que no le temblase la voz.
Wood sacó entonces la cabeza del interior de su taquilla y la asomó por una esquina de la puerta. —¿Sí? —preguntó extrañado.
Katie tomó aire —Es sobre los entrenamientos —le dijo mirándole fijamente —. Verás, los del equipo hemos estado hablando y… Creemos que entrenar durante seis días a la semana es excesivo —soltó al final, sintiendo cómo un enorme peso se le quitaba de encima.
—¿Qué…? —Oliver parecía confuso —¿Excesivo? ¿Pero por qué?
La chica se exasperó ante las preguntas de su capitán y eso la ayudó a calmarse un poco y a conseguir ser firme en sus argumentos —Pues porque son demasiados días, Oliver. Tres días están bien, quizá cuatro cuando falte poco para un partido… Pero seis días todas las semanas es descabellado.
Oliver se sentó en uno de los bancos del vestuario —¿Y todos estáis de acuerdo? ¿Aun teniendo el esquema de organización que os puse en la pizarra? —le dijo, como si fuese un niño pequeño al que le niegan un capricho.
Katie suspiró y se sentó a su lado —Oliver, estoy segura de que si nos lo pidieses lo haríamos durante una temporada, porque todos te queremos y queremos ganar la copa, más por ti que por nadie más… Pero es excesivo que nos obligues a venir al campo seis veces a la semana con todas las cosas que tenemos por hacer. —explicó ella, igual que su estuviese hablando a ese niño. —Lo entiendes, ¿verdad?
El chico la miró y ella no pudo reprimir una sonrisa. No, no lo entendía, pero sabía que no les obligaría a ello después de leerlo en sus ojos. Vio que en el fondo, muy en el fondo, él sabía que les había exigido demasiado y que no era natural que aceptasen.
—Verás, como te has podido dar cuenta, los entrenamientos no están yendo como de costumbre. Hay algo muy importante que es mantener la moral del equipo, y entrenando de esta manera no la estás manteniendo, con lo cual los resultados no serán óptimos. Si los jugadores no están satisfechos, no jugarán igual de bien —siguió explicándole en el mismo tono.
Ahora sí estaba hablando su idioma y Oliver frunció el ceño, pensativo.
—¿Y todos lo pensáis? ¿Por qué no me dijisteis nada ayer? —volvió a preguntar en el mismo tono de desilusión.
—Pues porque estábamos todavía en estado de shock. Francamente no pensé que hablases en serio hasta que nos dijiste que nos fuéramos y no dijiste que todo era una broma, la verdad. —le sonrió con dulzura.
Wood respondió a su sonrisa y Katie sintió que se derretía. '¡Resiste!' se dijo a sí misma, sin romper el contacto visual.
—Debéis de pensar que estoy un poco loco, ¿no? —preguntó él, provocando en la chica una pequeña carcajada.
—Un poco sólo… Pero hemos aprendido a quererte así —bromeó Katie, notando que Oliver iba procesando su desilusión.
—Este es mi último año en Hogwarts, Katie, si me voy sin ganar la copa… Se lo prometí a Charlie —dijo Wood, refiriéndose a Charlie Weasley, hermano de Fred y George, que había sido un gran capitán de equipo antes que él.
—Y ganaremos —aseguró la chica —Piénsalo, en realidad ninguno de estos últimos años hemos perdido por nuestra culpa íntegramente, entre cancelaciones y accidentes… Pero este año será el definitivo, lo haremos bien. Entrenando como lo hemos hecho siempre. No necesitamos nada más, Oliver, sólo un poco menos de mala suerte que otros años.
—Tienes razón —asintió Oliver, entrando por fin en razón —. Tenemos un gran equipo y podemos ganar.
Ambos se levantaron del banco, Oliver fue a coger sus cosas para marcharse mientras Katie metía las suyas en su mochila.
—Por cierto, ¿te han dejado a ti el marrón de hablar conmigo otra vez? —preguntó Oliver, divertido.
—Por supuesto, ¿a quién si no? Son todos unos cobardes —respondió ella, sacando las cosas de la taquilla y metiéndolas en la bolsa. Se giró un momento para mirar a Oliver —¿Por qué siempre terminaré cargando yo con todos los muertos?
El chico, mochila al hombro, se acercó a ella con una sonrisa. —Eso es porque eres una gran chica, Katie —le dijo, y le dio un beso en la mejilla con dulzura, haciendo que la chica temblase de pies a cabeza. Entonces le tendió las llaves del vestuario —Llego tardísimo a una tutoría con McGonagall… ¿Puedes cerrar tú? ¡Gracias! —y se marchó a toda prisa.
Pero Katie siguió en la misma postura en que se había quedado cuando Oliver había besado su mejilla, el tiempo se paró durante unos instantes mientras intentaba que su cerebro procesase lo que acababa de ocurrir.
Oliver la había besado, sí, en la mejilla, pero aún así… Se mordió el labio y se apoyó en la taquilla con cara de desesperación. Justo cuando empezaba a encaminarse para poder olvidarle iba él y le hacía una cosa así, ¡no era justo!
Ella sabía perfectamente que para él eso no significaba absolutamente nada. Simplemente era un beso entre amigos. Fingiendo sollozos, se dejó resbalar hasta quedar sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra las taquillas metálicas. Se cubrió la cara con las manos y volvió a gruñir. Iba a ser un día muy largo.
Katie se despertó a las 8 de la mañana del domingo tendida en su cama. Increíblemente, sus ojos se negaban a volver a cerrarse así que desistió en sus intentos de volver a dormirse y trató de despertar a Leanne para hacer algunos deberes. La respuesta de su amiga fue un manotazo en la cara, así que terminó bajando ella sola.
Después de rebuscar entre los libros de la biblioteca durante más de una hora y no encontrar nada más que unas pocas frases sobre el Ajenjo en las pociones, Katie estaba sentada en una de las mesas, con unos cuantos libros abiertos ante ella y una hoja de pergamino. Entre sus dedos estaba un bolígrafo rojo con plumas que le había regalado su padre. No valía mucho ni tenía cualidades excepcionales, pero era su favorito y le encantaba.
Todo el mundo en Hogwarts utilizaba plumas, pero ella le tenía un cariño especial a aquel bolígrafo; tenía la estructura dorada brocada con motivos rojos, y terminaba en un montón de plumas, también rojas, que en ese momento estaba soplando. Cuando lo hacía las plumas se movían de manera hipnótica y a veces le hacían cosquillas en la cara. No era precisamente educativo, pero el vaivén de las plumas la tenía totalmente absorta. Ni siquiera era consciente de que llevaba haciéndolo más de diez minutos cuando una voz la sorprendió a su espalda.
—¿Te diviertes? —dijo alguien, haciendo que ella diese un respingo y se le cayese el bolígrafo al suelo.
Cuando se giró se encontró con Cedric Diggory, el prefecto y capitán del equipo de Quidditch de Hufflepuff, que la miraba con una sonrisa extraña.
—¡Diggory! —Katie se llevó una mano al corazón, sorprendida —. Me has dado un susto de muerte —confesó intentando recuperar la respiración.
—Lo siento, no era mi intención —respondió él, acercándose un poco.
Katie se agachó para buscar el bolígrafo y tanteó con las manos el suelo bajo la mesa, sin encontrar nada. —¿Ves mi bolígrafo? —le preguntó, todavía buscando.
—¿Tu qué? —preguntó Cedric, confuso.
Ella se sentó erguida y lo miró con una media sonrisa. —Nada… Olvídalo —era una tontería haberle preguntado a él, que no tendría ni idea de lo que era un bolígrafo. Siguió tanteando a ciegas hasta que al final dio con él —. ¡Ah! Lo encontré —y volvió a soplar las plumas para quitarles cualquier suciedad que pudiesen haber cogido en el suelo.
Cedric echó un vistazo a los libros que Katie tenía sobre la mesa y levantó la cubierta de uno de ellos. —'Hierbas para no dormir', ¿estás haciendo el trabajo de pociones que ha mandado Snape? —preguntó curioso.
—Sí, sobre las propiedades del Ajenjo en las pociones curativas, pero no encuentro absolutamente nada que pase de las dos líneas. Es frustrante —confesó Katie, cerrando con fuerza uno de los libros que tenía más cerca.
—Ah… Las propiedades del Ajenjo, espera un segundo… —dijo Cedric, alejándose un poco de ella y yendo hacia las estanterías de enfrente.
La chica apoyó la silla sobre dos patas y se echó hacia atrás para ver qué estaba haciendo Cedric, que tocaba las cubiertas de algunos libros leyendo sus títulos. Al final dio con uno que sacó de su lugar y se lo trajo a la mesa.
—Prueba con este, es el que he utilizado yo —y se lo ofreció a Katie, que lo tomó entre sus manos enseguida.
Hojeó entre sus páginas y encontró un enorme apartado dedicado al Ajenjo. Con la boca abierta miró a Cedric —Creo que te adoro —le dijo sonriendo de forma anhelante.
Cedric rió —Son trucos que da la experiencia —respondió él con una chulería fingida, apoyando su mochila en la mesa en la que estaba Katie —. Yo ya lo he terminado, ¿quieres que te ayude? —se ofreció.
—Eso sería genial —asintió la chica, apartando sus cosas de la silla que tenía a su lado para que Cedric pudiese sentarse.
El chico enseguida empezó a indicar a Katie qué partes del texto podrían serle útiles y cuáles podía desechar. En poco tiempo, la chica había rellenado ya los centímetros de pergamino que les había pedido Snape y se encontraba discutiendo otro tema muy distinto con Cedric.
—Entonces, ¿no necesita tinta? —preguntaba él.
—Sí que la necesita, pero la tiene dentro así que no tienes que estar continuamente entintándolo, es mucho más práctico. —explicaba ella con el bolígrafo de plumas en sus manos.
—¿Y la tinta no se gasta? —Cedric parecía maravillado ante el invento.
—Claro, pero compras una recarga y listo. Dura muchísimo tiempo de todas formas, así que no tienes que preocuparte en una larga temporada. —dijo Katie, haciendo girar el bolígrafo entre sus dedos. —Personalmente creo que es mucho más útil que las plumas, pero durante los exámenes no me dejan utilizarlo, es una pena.
Cedric sonrió —Me gusta —y rozó las suaves plumas del bolígrafo con sus dedos, sonriendo —Tendrás que prestármelo algún día.
—Ya veremos —dijo la chica, guardando el bolígrafo en el estuche —. Depende de cómo se porte, señor Diggory, este bolígrafo es mi posesión más preciada —bromeó.
Observaron que Snape entraba en la biblioteca en ese momento y se paraba frente a la mesa de la señora Pince, la bibliotecaria, y se ponía a explicarle algo. Katie miró a Cedric mientras seguían mirando cómo le hablaba largo y tendido.
—Siempre he creído que esos dos… —empezó Cedric.
Katie le miró atónita —¡Pero qué dices! —y se echó a reír por lo bajo. —¡Eso tiene que estar prohibido por la ley, por lo menos! Qué asco…
—¡En serio! ¿Por qué se tira tanto tiempo hablando con ella? No es tan difícil pedirle el título de un libro —insistió el chico, haciendo que Katie riese más fuerte.
—Quizá le está preguntando otra cosa. A lo mejor quiere que encargue un libro nuevo y le está indicando cuál quiere. —replicó Katie, tratando de contener la risa al imaginar a Snape y a Pince juntos.
—Yo creo que están quedando para esta noche. Seguro que cierran la biblioteca porque vienen aquí y no quieren que nadie más les vea. —siguió diciendo Cedric, intentando también no reírse demasiado alto —. ¿Te imaginas encontrártelos una noche por casualidad?
La chica ya no podía parar de reír y golpeó a Cedric en el hombro —¡Cállate, por Merlín! ¡Esta noche no podré dormir! ¡Tendré pesadillas con ellos!
La señora Pince, que tenía el oído muy fino, les chistó y después siguió hablando con Snape.
—¡Ahora saben que les hemos descubierto! —reía Cedric colocándose un dedo en los labios en gesto de pedir silencio.
—Pues entonces deberíamos huir de aquí antes de que sea tarde y nos maten, ¿no crees? —respondió Katie en voz baja, todavía temblorosa por la risa.
—Me parece una idea estupenda —asintió el chico, ayudando a Katie a meter las cosas en su mochila.
Cuando pasaron al lado de Pince y Snape, Cedric golpeó suavemente el hombro de Katie con el suyo, haciendo que la chica tuviese que morderse el labio para no reírse justo delante de ellos. Echaron a andar hacia las salas comunes, pero en la bifurcación que llevaba en dirección a la de Hufflepuff, el chico siguió el camino de Katie y la acompañó hasta la puerta de la sala de Gryffindor, donde la esperaba el cuadro de la Dama Gorda.
—Gracias por acompañarme, pero realmente no hacía falta —dijo la chica justo ante el retrato.
—¿Cómo que no? Tenía que asegurarme de que Snape no te perseguía para darte algún veneno por lo que hemos descubierto.
—Por supuesto, estate atento ahora, no sea que te estén esperando detrás de algún escobero. —le dijo ella, continuando la broma. —Gracias por echarme una mano, realmente te lo agradezco.
—No ha sido nada, de verdad —Cedric sonrió y se fue alejando poco a poco de la entrada —. ¡Ten cuidado con Snape! ¡Nos vemos! —se despidió, emprendiendo el camino hasta su sala común.
La chica soltó otra risita, dijo la contraseña y entró por el hueco del retrato de la Dama Gorda. Sólo entonces se dio cuenta de que no había pensado en Oliver ni una sola vez en toda la mañana.
