Pues aquí estamos de nuevo! Muchas gracias por los comentarios, no sabéis qué feliz me hacen :D Espero seguir viéndoos! Iba a esperar un poco más para colgar pero hace poco me han dado la noticia de que ya estoy oficialmente licenciada porque he aprobado mi último examen, así que me ha dado por escribir!
Aprovecho también para deciros que me acabo de dar cuenta de que este sitio tan chachiguay me borraba todas las líneas divisorias de escenas, así que ya las he editado en los capítulos anteriores y también en este. Ya sin nada más que decir, espero que disfrutéis del capítulo!
Disclaimer: Nada es mío, todo es de Jotaká... *se va a un rincón a llorar*
CAPÍTULO 5
El amor no es ciego, es idiota. Charlie Harper (Dos hombres y medio)
—Chicos… ¡Chicos! ¡Chicos! —Oliver Wood intentaba poner un poco de orden entre sus jugadores, a los que tenía reunidos en el vestuario de Quidditch.
Normalmente siempre se quedaban callados, pero Fred y George estaban de un humor extraordinariamente alborotador, y habían conseguido llevar a Alicia y a Angelina con ellos. Además, el hecho del calendario de entrenamientos había limitado hasta cierto punto la autoridad de Wood sobre los miembros del equipo.
—¡Callaos de una vez! —les gritó Katie, que estaba deseando saber qué pensaba hacer Oliver después de su charla.
Su voz surtió el efecto que normalmente tenía la de Oliver y de inmediato todos se quedaron callados. La chica miró a Oliver y le hizo un gesto para que hablase entonces.
—Gracias —carraspeó —. En fin… Como iba a explicar antes de que empezase todo este jaleo, he estado reflexionando sobre nuestro esquema de entrenamientos.
Si hasta entonces la atención había sido mínima, en ese instante todos los ojos se clavaron en Oliver Wood, con expresión atónita, para después dedicarse a Katie, que sonreía con anticipación.
—Seguramente, habría conflictos con las fechas de los entrenamientos y vuestros compromisos personales y no puedo tener a mis jugadores descontentos. Así que volveremos al antiguo sistema de tres días por semana —les dijo explicándolo como explicaba cualquier otra táctica.
El equipo estaba alucinado pero Katie sonreía satisfecha. Había tenido el cuidado de no decir nada a los demás sobre lo que había hablado con Oliver, por si al capitán se le olvidaba durante una de sus noches de planificación de movimientos y volvía al sistema original que había diseñado.
—Empezaremos los entrenamientos serios como siempre, a primeros de octubre, así que me guardaré mi charla motivadora para entonces —continuó el chico con una sonrisa.
—Eh… ¿En serio? ¿Estás hablando en serio Oliver? ¿Esto no es una broma? —balbuceó Angelina, estática de felicidad pero cautelosa a la hora de creerse lo que había escuchado.
—No, no es ninguna broma —aseguró el capitán, sonriente y orgulloso —Tenéis que agradecérselo a Katie.
—¡Amén! —respondió la chica levantándose de su silla, provocando que los demás hiciesen lo mismo —. Creo que alguien me debe una piruleta… —dijo llevándose un dedo a la barbilla, haciéndose la pensativa para después mirar a los gemelos Weasley. Acto seguido se fue a su taquilla para recoger sus cosas.
Escuchó cómo la algarabía seguía en el vestuario —Pues menos mal Wood, estábamos imaginando ya maneras de amotinarnos seriamente.
—¡Sí! ¡Y de hacerte entrar en razón! Y si no hacerte entrar al Lago Negro a jugar con el calamar gigante —decía otra voz.
—Mejor que no, seguro que se hacen amigos y lo quiere meter en el equipo…
Katie sonrió mientras escuchaba más risas en la entrada del vestuario. Cuando sacó sus cosas del cubículo metálico solamente Oliver estaba todavía en él. Le lanzó una media sonrisa a la que ella correspondió. No pudo evitarlo. Cuando él sonreía de aquella manera se le formaban dos hoyuelos en las mejillas que hacían a Katie inevitable no sonreírle también a él. Conocerle tanto debía resultar enfermizo, se reprendió a sí misma. No estaba siguiendo su esquema de comportamiento.
—¿Hace falta apuntar alguna cosa más? —le preguntó al chico, colocándose la bolsa de entrenamiento sobre su hombro derecho, dispuesta a salir y respirar un poco de aire puro (y, ya puestos, libre de esencia de Wood).
—No, ya lo hemos hecho todo, gracias Bell —y volvió a sonreírle.
'¡Ya basta! ¡Deja de hacer eso!' gritó interiormente Katie, disimulándolo con otra sonrisa.
—¡Ah! Y gracias por nuestra charla del otro día… Visto lo visto, me parece que fue lo más acertado que se podía hacer. Seguro que el próximo entrenamiento va mejor —admitió él —. De verdad creo que habría llegado a haber un motín.
—No hay de qué, me alegra haber servido de ayuda —respondió la chica con sinceridad. Justo cuando se giró para marcharse Oliver la frenó.
—¿No vas a decir 'te lo dije' o algo por el estilo? Tengo entendido que a las mujeres os encanta tener razón —le preguntó Wood con una media sonrisa.
Ella se volvió parar mirarle y soltó una pequeña carcajada. ¿Oliver hablando sobre mujeres? Que alguien llamase a un médico —No… Yo no soy de esas —aseguró. Después de despedirse echó a andar hacia la torre de Gryffindor, donde la esperaría Leanne para terminar algún trabajo.
La clase de Aritmancia era una de sus favoritas. Leanne nunca llegó a comprenderla y, tras cinco años, había decidido no volver a matricularse después de los resultados de los TIMOS. Así que Katie se encontraba sentada sola en uno de los pupitres dobles del aula, sacando de su mochila el pergamino donde había realizado los deberes que les había pedido la profesora Vector.
—¿Está ocupado este sitio? —escuchó que preguntaban a su espalda.
Katie levantó la mirada y se encontró cara a cara con el deslumbrante Cedric Diggory, con su mochila de libros cargada a su espalda. Se había olvidado de que en Aritmancia no había distinción de casas, dada la poca cantidad de alumnos que se matriculaban en ella.
—¡No! Claro que no, siéntate —le dijo apartando sus cosas de la mesa contigua.
—Gracias —Cedric sacó también sus deberes y los colocó sobre su pupitre —. ¿Has podido traducir la última frase del método de Agrippa al Caldeano?
—Em… Creo que sí… —dudó Katie, abriendo la hoja del ejercicio que les había mandado su profesora. Cuando lo leyó, pudo ver que estaba completo —. Sí… Es aquí, ¿ves? —señaló la parte inferior del pergamino.
Cedric miró su trabajo y el de Katie —Vale… Pues me parece que lo he hecho mal, ¿Era aquí cuando había que pasar los números por el cuadro dos veces?
—Aha —asintió la chica revolviendo la mochila para sacar el libro de texto de la asignatura —. Se supone que tú eres el cerebrito, Diggory —bromeó Katie sin mirarlo directamente.
—Shh, no descubras mi tapadera, por favor —siguió la broma Cedric, cogiendo su pluma.
El chico tardó sólo unos segundos en terminar su traducción con las indicaciones que le había dado Katie —Vale, creo que ya está. ¿Me dejas comprobarlo? —preguntó tentativamente.
—¡Claro! —asintió ella acercándole más su ejercicio —. Puedes copiarlo si quieres, no me importa.
—No, no, tranquila…
—¡Claro que sí! Hemos descubierto una conspiración dentro del colegio… Ya somos prácticamente amigos íntimos —la chica le dedicó una sonrisa que Cedric le devolvió.
Siguieron hablando durante unos minutos más hasta que la profesora Vector entró en el aula y recogió sus trabajos individuales. Después empezó a hablarles de los trabajos de grupo que deberían llevar a cabo durante el resto del curso.
—Miren a su compañero de pupitre —dijo la profesora en un determinado momento de la clase. Los alumnos hicieron lo que les habían indicado —. Enhorabuena, han encontrado a su compañero de proyectos para el resto del curso. Ahora les indicaré…
Katie y Cedric se sonrieron el uno al otro. Después de todo lo que Katie había oído de las aptitudes para el estudio del capitán del equipo de Hufflepuff no podía quejarse de compañero. Seguramente tendría una buena nota en la asignatura. Él, por su parte, tenía cara de estar igual de satisfecho que ella.
Cuando la clase terminó ambos salieron juntos y se despidieron algo más adelante, cuando Katie vio a Alicia y a Angelina en un pasillo cerca de allí. Cedric se fue con sus amigos y la chica corrió hacia las suyas, que la miraban con cara de sorprendidas.
De camino a la torre de Gryffindor las cazadoras no pudieron evitar las preguntas a su compañera, que ni siquiera era consciente de que hubiese nada sobre lo que preguntar.
—¿Has salido de clase con Diggory? —preguntó Angelina después de decir la contraseña al retrato de la Dama Gorda.
Katie la miró despreocupada —Sí, la profesora Vector ha hecho grupos de trabajo y me ha tocado con él, estábamos quedando para empezar a preparar el trabajo que hay que entregar la semana que viene.
—Ah, ya… —respondió Angelina intercambiando una mirada de extrañeza con Alicia.
La conversación se detuvo hasta que las tres llegaron hasta la Sala Común donde ya la estaba esperando Leanne para que le 'ayudase' con un ensayo de Historia de la Magia (o, como prefería llamarlo Katie, usurparle los apuntes y hacer su trabajo con ellos). Las cuatro chicas se acercaron a una de las mesas de la Sala Común y se sentaron para empezar a trabajar. Katie se dio cuenta de que ni Alicia ni Angelina hacían nada y se limitaban a mirarla.
—¿Qué pasa? —preguntó confundida.
—Es que… ¡Estabais muy compenetrados! —insistió Alicia esta vez.
—Oh, por favor… —Katie protestó poniendo los ojos en blanco,
Leanne miró a las chicas, sintiéndose confusa —¿Compenetrados? ¿Compenetrados quiénes?
—Katie y Diggory al salir de Aritmancia —respondió Angelina con picardía, cerrando un libro que tenía abierto —. Tienen que trabajar juntos durante todo el año.
—¿En serio? —preguntó Leanne ojiplática —¿Por qué no me lo has dicho?
—¡Porque me acabo de enterar! ¡Y porque es una tontería! —Katie contestó exasperada —. Por favor chicas, no le deis tanta importancia.
—¡Que no le demos importancia! Katie, te aseguro que Diggory no te miraba solamente como a una compañera de grupo —sentenció Alicia.
—¿Qué? Oh, ¡Venga ya! —se quejó la aludida, incrédula.
—¡Ahora que lo pienso bien! —interrumpió Leanne, entusiasmada —. ¿Sabéis que el otro día ayudó a Katie con el trabajo de Snape? Le dijo qué libro tenía que coger para que le saliese mejor.
—¿Lo ves? —Alicia parecía convencida de su teoría y todo le parecían pruebas que la respaldaban —. Y a ti se te veía muy interesada… Lo cual es raro porque yo estaba convencida de que te gustaba Oliver —añadió como si fuese lo más casual del mundo, sin levantar siquiera la mirada de su pergamino.
Pero Katie se quedó paralizada, dejó el bolígrafo de plumas sobre la mesa y miró Alicia con los ojos abiertos como platos —¿Cómo has dicho? —preguntó aterrada.
Alicia miró a Angelina y a Leanne, sin ser consciente de qué era lo que había dicho para provocar aquella reacción por parte de Katie —¿Qué?
—¿Qué…? ¿Qué? ¿Cómo que a mi me gusta Oliver? —balbuceó Katie, nerviosa.
—¡Ah! ¡Eso! —se relajó Alicia y miró a Angelina que tampoco parecía estar nada sorprendida —. Creo que es algo bastante obvio… ¿Cuánto hace? ¿Cuatro? ¿Cinco años?
Katie seguía con la misma expresión de terror que se tradujo en una de confusión y exigencia de una explicación a Leanne.
Ella levantó las manos para manifestar su inocencia ante lo que sabía que Katie estaba pensando en aquel momento —Yo no he dicho nada, palabra —e hizo el gesto de sellarse la boca.
—Vamos Katie, ¿creías que no íbamos a darnos cuenta? —siguió diciendo Angelina.
—Anda que decírselo a Leanne y no a nosotras… —Alicia la regañó y después soltó un bufido de broma.
—Pero, pero, pero… ¡Cómo! —seguía balbuceando Katie, que sentía que el corazón se le subía hasta la garganta —. ¿Lo sabéis todos?
—Bueno… Los del equipo sí… Lo comentamos constantemente —admitió Angelina con un gesto de las manos.
—¡Oh! ¡Genial! —dijo Katie sarcásticamente antes de desplomarse sobre la mesa, ocultando su cabeza entre los brazos.
—Vamos Katie, no es para tanto… —intentó animarla Leanne, contenta de tener ahora alguien más con quien discutir el tema.
Katie desenterró su cabeza —¡Que no es para tanto! —exclamó intentando no levantar demasiado la voz —. Sabía que esto era una idiotez por mi parte, lo que no sabía era que todo el mundo se había enterado ya.
Angelina se acercó para acariciarle la muñeca con cariño —Katie, no te preocupes, nosotros lo adivinamos porque te conocemos desde siempre pero dudo que alguien que no pase tanto tiempo contigo como nosotras se hubiese dado cuenta.
La chica gimió con desesperación —Pero… —entonces recordó una parte importante de la ecuación —. ¿Y Oliver? ¿Él también lo sabe?
—¿Wood? ¿El pirado de Wood? ¡Qué va a saber! No se enteraría ni aunque se lo gritases en la cara. Tiene la cabeza demasiado llena de Bludgers y Quaffles para darse cuenta de nada más —la tranquilizó Alicia.
Leanne también le sonrió. Ella sintió que se relajaba un poco. Aquello era cierto y ella misma era la mejor testigo de ello. Oliver estaba demasiado centrado en su amado Quidditch para darse cuenta de que ella llevaba años enamorada de él. Miró a sus amigas y echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos y volviendo a gemir por la desesperación.
Las chicas se miraron entre sí y sonrieron.
—Si te sirve de consuelo, creo que Wood es un pedazo de idiota por no darse cuenta de lo que tiene delante, Katie —añadió Angelina poniendo los ojos en blanco —. No sabe lo que se pierde.
—¡Eh! ¡Por fin alguien que dice las mismas cosas que yo! No sabéis la de tiempo que llevo esperando algo así —respondió Leanne satisfecha.
—Tú no le hagas ni caso y vete con Diggory, que seguro que te cuidará muy bien —le picó Alicia con la misma sonrisa pícara que había lucido antes.
Katie sonrió también, una sonrisa un poco triste. Pero al momento se animó. Sí, Oliver era un idiota, pero fue consciente de lo tonta que había sido ella misma al ocultarles todo aquel asunto a Alicia y a Angelina. Pensaba que no la comprenderían y la tomarían por loca, no que bromearían como ahora para quitarle importancia al asunto y la apoyarían.
El tema quedó en un segundo plano mientras hacían sus deberes y conversaban entre ellas, a veces riendo y a veces sorprendiéndose de los cotilleos que una u otra habían oído por los pasillos de la escuela.
Sí… Le había costado cinco años llegar a darse cuenta de que tenía que seguir adelante, pero sabía que siempre tendría a sus amigas para ayudarla. Y eso la reconfortó más que ninguna otra cosa.
Extenuación. Esa era la única palabra que podía definir el estado de Katie Bell cuando se metió entre las sábanas de su cómoda cama el viernes por la noche. Había sido una semana muy intensa, pese a la disminución de sus entrenamientos. Los profesores no les habían dado tregua y estaba claro que no lo iban a tener fácil para llegar a su EXTASIS; Leanne y Katie habían estado trabajando intensamente y se habían acostado tardísimo para poder tener el fin de semana libre y poder descansar.
En parte, Katie lo agradecía porque cuanto menos tiempo tenía, menos podía ponerse a divagar y pensar en cosas que sabía que no debía pensar, con que aceptaba las condiciones de vida a las que la estaba sometiendo el colegio sin rechistar ni una sola vez. Leanne, por su parte, no seguía esta filosofía y se quejaba profundamente a cualquiera que quisiese escucharla.
Los días transcurrían entre clases, la biblioteca y la sala común, normalmente en ese orden, aunque sacaban un rato para estar con el resto de sus amigos entre clase y clase y entre trabajo y trabajo.
Por todo eso, Katie se quedó totalmente dormida en cuanto su cabeza tocó la almohada, y no pensó levantarse de la cama en al menos 8 merecidas horas de sueño. Pero, por desgracia, había cosas que escapaban a su control. Por ejemplo los golpes que resonaron en la habitación a las seis y media de la madrugada.
Al principio pensó que era una alucinación o que había estado soñando, así que se dio la vuelta en la cama y volvió a cerrar los ojos. La segunda vez supo que no se trataba del producto de su imaginación cuando a los golpes en la puerta los acompañó un '¡Bell, abre la puerta!' de una voz que conocía muy bien.
Confusa, descorrió la cortina de su dosel y se tambaleó ligeramente al estar recién levantada y haberse alzado demasiado rápido. Tenía su largo pelo rubio alborotado y los ojos entrecerrados.
—¡Bell! —volvió a escuchar.
Entre las quejas de sus compañeras de habitación, a las que no podía culpar, surgió la voz de Leanne que abrió también sus propias cortinas y le dirigió una mirada asesina.
—Haz que se calle —empezó a decir —, o lo mataré lenta y dolorosamente.
La chica gimió de desesperación por su mal humor y sin pensarlo abrió la puerta del cuarto para encontrarse con un sonriente e impoluto Oliver Wood.
—¡Menos mal! Ya creía que no ibas a salir.
Ella alzó una ceja, todavía algo atontada por el brusco despertar. Lo miró con incredulidad de que aquello pudiese estar pasando.
—Oliver, ¿se puede saber qué demonios estás haciendo aquí a esta hora? ¿Cómo has podido subir? —preguntó a sabiendas de lo que ocurría cuando un chico intentaba acceder a los dormitorios femeninos.
—¡Ah! Le he pedido prestada la insignia a Percy, los delegados pueden subir a las habitaciones de las chicas —explicó con una tranquilidad que terminó con las últimas reservas de calma y buenos deseos de la chica.
—¿Prestada? —exigió Katie todavía en el umbral de la puerta de su cuarto.
—Sí, bueno, se la he cogido de la mesilla de noche, para el caso es lo mismo —respondió el chico distraídamente, sin prestar atención al tono de advertencia que había utilizado Katie.
—¡Bell! ¡Cierra la puerta! ¡Mira qué hora es! —se quejó Amanda, una de sus compañeras de habitación.
La chica bufó y cerró la puerta tras de sí, saliendo al pequeño rellano que había ante su puerta. Con cualquier otro chico se habría molestado en taparse un poco, como hacía calor todavía llevaba, como pijama, una camiseta de tirantes con unos pantalones finos, pero sabía que Oliver jamás podría fijarse en eso así que no pensaba molestarse.
—Vale, Wood, tienes cinco segundos para contarme qué pasa antes de que te empuje escaleras abajo —enunció ella, cruzándose de brazos y pasándose una mano por el pelo.
—Vaya, realmente no te levantas de buen humor por las mañanas ¿eh? —dijo Oliver intentando bromear.
Esta vez Katie tomó prestada la mirada de Leanne para clavarla en los ojos de su capitán, que estaba ajeno totalmente a su estado de nervios.
—Oliver, ¡qué quieres! —apremió Katie perdiendo la paciencia —. ¿Hay algún problema? ¿Ha pasado algo?
—Verás, es que como ya casi estamos en octubre y pronto van a anunciar el calendario de partidos había pensado que quizá podrías ayudarme a pensar qué tácticas tomar para cada equipo, para estar preparados con antelación —explicó él entonces, para desgracia de Katie —. ¡Sí! Así podríamos probar las condiciones del campo para ello, quería preguntártelo a ti primero antes de despertar a los otros.
—¿Qué…? —empezó a preguntar Katie.
Sí, claro, ¿para qué otra cosa iba a necesitarla a aquellas horas de la madrugada? No iba a ser para declararle que estaba locamente enamorado de ella, desde luego. Tenía que ser algo relacionado con el quidditch. Se dio una patada mental y respiró hondo para no darle un golpe en la cabeza y de repente sintió una ira profunda.
—Oliver… Mira, ya sé que todo el mundo te trata como un loco del quidditch y yo suelo intentar defenderte, pero estas son las cosas que me dan ganas de dejar de hacerlo.
El aludido la miró sorprendido y confuso —¿Cómo…?
—¿Tú crees que esta información no podía esperar a mañana? ¿A una hora más adecuada cuando todos estuviésemos totalmente despiertos? —explicó enfadada.
—Pero…
—¡No! Seguro que esta hora era más conveniente por alguna razón de viento o de dureza de suelo o de un cable que se ha soltado en la cabeza, ¡me da igual! —siguió diciendo en voz queda para no despertar a nadie más —. Pero te aseguro que si entras a la habitación de cualquier miembro del equipo y les haces esto acabarás colgado de los postes de gol, y no puedo asegurar si vivo o muerto.
—Verás…
—¡No! Déjame acabar —interrumpió la chica autoritariamente —. ¡Esto es inaudito! ¡Robas insignias! ¡Tiranizas a tu equipo! ¡Oliver, eres un maníaco! ¡Has subido a mi habitación de madrugada para hablarme sobre tácticas! ¿Y cómo has sabido cuál era mi cuarto, por cierto?
Oliver la miró como pensando sí esta vez podía hablar o no —Me lo dijeron los gemelos Weasley…
—¿Los gemelos? ¿Y ellos cómo…? —entonces se lo pensó mejor —. ¿Sabes qué? No quiero saberlo, olvídalo —concluyó Katie poniendo los brazos en jarras, al límite de su paciencia —. Oliver, vete a la cama, vuélvete a dormir y mañana por la tarde hablamos de todo lo que tú quieras, crearemos todas las tácticas que quieras, pero, por Merlín, ¡ahora no es el momento!
—¡Pero…!
—¡No hay peros que valgan! ¡Estoy cansada! ¡Quiero dormir por lo menos cuatro horas más! ¡He estado toda la semana trabajando sin descanso y me lo merezco! Así que como no te estás muriendo de spattergroit ni te está dando un ataque de algo que no sea anormal me vuelvo a la cama —la chica vio entonces que Oliver pretendía añadir algo y se apresuró a impedirle abrir la boca —. ¡No! No me importa si falta poco para que empiece la temporada, no me importa si las escobas vuelan mejor ahora. Sé que es tu último año y que quieres ganar la copa, pero sinceramente esto puede esperar a mañana, ¡buenas noches!
Y sin esperar respuesta se metió en la habitación, sin ver que Oliver la seguía para replicar algo, y cerró la puerta con fuerza tras de sí, dándole al capitán con ella en las narices.
En la habitación de nuevo reinaba el silencio, todas las cortinas estaban descorridas excepto la de Leanne, que en cuanto escuchó que su amiga volvía se incorporó en la cama y la miró con hastío.
—De verdad, no entiendo cómo puedes estar enamorada de semejante maníaco.
Katie se apoyó en la puerta —Créeme… En este momento me estoy haciendo esa misma pregunta.
Cuando Katie salió a la sala común a la hora de comer Oliver la estaba esperando abajo, con gesto compungido. Por lo visto Percy le había echado una bronca de campeonato por haberle robado la insignia y haber subido al dormitorio de las chicas.
Aceptó que estaba especialmente inquieto porque era su último año en Hogwarts y quería ganar la copa a toda costa y que aquella mañana se había pasado. Además le dio permiso para volver a ponerle en su lugar si aquello volvía a ocurrir, aunque también dijo que esperaba que no hiciese falta, que intentaría controlarse.
Le acompañó al campo de quidditch para volar un rato de manera casual, nada de tácticas y cuando consiguió hacer un paradón especialmente espectacular se bajó de la escoba y abrazó a Katie dándole vueltas sobre sí mismo sin dejar de sonreír.
Entonces Katie supo por qué estaba enamorada de él. Porque aunque era un maníaco obsesivo compulsivo la entendía mejor que cualquier otra persona, porque estando con él el tiempo volaba y se sentía ella misma. Porque los diez segundos que la había tenido entre sus brazos habían provocado en ella sensaciones que nadie más podía provocar. Y volvió a darse otra patada mental por todo aquello. Definitivamente era idiota.
