Hola a tods! Estoy de vuelta con el siguiente capítulo para todos los que me leeis :) Espero que este os guste, querría agradecer a la gente que comenta por poner ese pequeño granito de alegría a la historia!
No he revisado este capítulo muy a conciencia, la verdad es que hoy ha sido un día horrible, después de bastante tiempo he perdido mi trabajo y estoy bastante triste... así que los comentarios vienen todavía mejor para animarme un poco! Aunque esto significa que tendré más tiempo para escribir de ahora en adelante (todo tiene un lado bueno, no?). Ya sin más, os dejo el capítulo.
Disclaimer: Todo es de Miss Rowling. Sí, todo. Como si no tuviera ya bastante, ¿verdad? Podía estirarse y darme a Oliver... pero noooooooo!
CAPÍTULO 6
Nada está predestinado: Los obstáculos de tu pasado pueden convertirse en puertas que llevan a nuevos comienzos. Ralph Blum
El fin de semana había pasado demasiado rápido. El lunes llegó con otro inmenso cargamento de deberes para los alumnos de sexto curso. Leanne ya había terminado los suyos y hacía tiempo que estaba en los brazos de Morfeo, pero Katie había tenido entrenamiento y había tenido que saltarse la cena para terminar un ensayo para Snape.
No es que fuese la primera vez que se saltaba alguna, pero Wood no les había dejado merendar y a mediodía casi no había podido probar bocado con los gemelos Weasley tirándose cachos de pan que terminaban dándoles a Alicia, Angelina y ella misma, pobres víctimas colaterales de las travesuras de los dos.
Así que, en mitad de la sala común a las doce de la noche, Katie sentía que su estómago rugía rabioso cuando terminó los 750 centímetros de redacción sobre las propiedades del asfódelo. Pensó en irse a la cama pero al final su estómago pudo más que su sueño y salió por el retrato, con las consiguientes quejas de la Dama Gorda.
Intentó moverse con sigilo, pegada a las paredes y con el oído atento a cualquier susurro o señal de que Filch o la Señora Norris estaban cerca. Iba a ir por el camino más corto, pero descubrió a Peeves lanzando jarrones al aire en uno de los pasillos así que tuvo que dar un rodeo algo más largo para llegar a su destino.
Poco a poco, fue llegando hasta las cocinas donde le esperaban suculentos manjares que calmarían su hambre. Después podría irse a la cama a dormir tranquilamente hasta el día siguiente.
Se acercó hasta el cuadro que abría las cocinas y, justo cuando iba a hacerle cosquillas a la pera para poder entrar, la sorprendió una voz a su espalda.
—¡Eh! ¡Quédate donde estás! —reprendió alguien que traía una varita iluminando el pasillo.
Katie saltó del susto y se giró rápidamente para ver a quién se enfrentaba, varita en mano. En pocos segundos pudo ver que se trata de nadie más que Cedric Diggory.
—¿Katie? —preguntó extrañado.
—Merlín, Diggory… Me has dado un susto de muerte —protestó Katie, llevándose una mano al pecho —. ¿Qué haces aquí?
—¿Que qué hago aquí? —respondió el chico, confuso —. Soy prefecto, estoy haciendo una ronda nocturna. Pero creo que la pregunta debería ser ¿qué haces tú aquí?
Katie se mordió el labio y trató de pensar deprisa. ¡Se había olvidado de las rondas nocturnas de los prefectos! ¿Qué clase de persona se olvidaba de los prefectos teniendo a los gemelos Weasley como compañeros de fatigas durante cinco años?
—Pues… Pues… —la chica no sabía qué decir. Y al fin y al cabo era una malísima mentirosa, así que decidió ir con la verdad por delante —. Es que Oliver Wood es un maníaco obsesivo y por su culpa no he podido cenar para terminar la redacción de Snape y… ¡Me muero de hambre! —explicó Katie mirando fijamente al prefecto con desesperación.
Cedric soltó una carcajada que iluminó su rostro de una forma que ninguna varita podría hacerlo —¿Y sabes entrar en las cocinas? Estoy impresionado…
—¿Bromeas? ¡Me paso media vida con Fred y George Weasley! Puede que no me acordase de que los prefectos hacían rondas nocturnas pero esto… Es algo básico —respondió ella como si fuese lo más natural del mundo.
El prefecto volvió a sonreír y susurró 'Nox' para apagar la luz de su varita.
—¿Vas a…? ¿Vas a castigarme? —preguntó Katie tentativamente —. Lo digo porque si vas a hacerlo prefiero volver a mi torre con un castigo pero también con el estómago lleno, no sé si me entiendes...
—Eres muy sincera, ¿verdad? —Cedric seguía sonriendo lo cual desconcertaba terriblemente a Katie.
—Pues… Lo procuro, sí, aunque a veces me traiga problemas como… ahora… —y lo miró con una mueca de esperanza a librarse.
—Verás, voy a tener que castigarte porque es mi obligación como prefecto… —empezó a decir Cedric.
Katie asintió, cabizbaja.
—Así que creo que tu castigo será una cena bajo supervisión, ya sabes, mía. Tendré que controlar que no rompas más normas, ¿verdad? —le dijo con una sonrisa.
La chica alzó al cabeza y lo miró extrañada —¿Cómo dices?
—Venga, no querrás que te pille Filch, ¿no? —respondió Cedric, haciéndole cosquillas a la pera y entrando a las cocinas.
Katie pestañeó un par de veces para convencerse de que todo aquello era real y no estaba soñando. Y no, definitivamente no quería que la pillase Filch así que corrió a reunirse con Cedric en el interior de las cocinas del colegio. Este ya estaba hablando con uno de los elfos domésticos que, después de hacer una pequeña reverencia, corrió hacia el fondo de la estancia.
Ella se acercó hasta Cedric, que llevaba su reluciente insignia de prefecto en el pecho, y lo miró todavía asombrada.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó, confusa.
—Pues pedirle comida a Wilfrud, nos la traerá enseguida —respondió el chico con una sonrisa.
Katie rió —No, no… Quiero decir, ¿qué estás haciendo conmigo? ¿No se supone que tendrías que castigarme y mandarme a dormir? —volvió a inquirir.
—¿Es que no te gusta este castigo? —dijo Cedric con una media sonrisa.
—Oh, claro que sí, por supuesto, no me oirás quejarme por él, de veras, pero… No lo sé, esperaba tener que copiar líneas o algo. Siento que me estás premiando en lugar de castigarme —confesó Katie, también sonriendo.
—Quizá no sea a ti a quien esté premiando, ¿no crees? —respondió él cogiendo la bolsa de comida que les había traído el mismo elfo doméstico —. Gracias Wulfric.
La chica sonrió por la incredulidad y por lo que implicaba en realidad aquella frase. Si consideraba estar con ella un premio, ella desde luego no iba a quejarse. Pero no podía evitar la sorpresa, todavía no le parecía que todo aquello estuviese ocurriendo de verdad.
—¿Vamos? —preguntó Cedric con la bolsa de comida en una mano. Sin esperar respuesta salió de las cocinas.
Katie, que seguía anonadada, se quedó en blanco todavía unos segundos más. Después, al ver que Cedric reaparecía en la puerta y se encogía de hombros tras mirarla, ella misma se sorprendió ante su mueca de resignación —¡Qué demonios! —y salió tras él. Si él, el prefecto, pensaba pasarse la noche danzando por ahí ella no iba a ser menos y lo siguió por los pasillos oscuros del colegio.
—¿Sabes? Tú eres prefecto y además mayor que yo, se supone que tienes que ser el más sabio y sensato de los dos. ¿Realmente crees que esto es una buena idea? —preguntó ella cuando llegaron a un pasillo con un rellano ancho donde Cedric depositó la bolsa con la comida que le habían dado los elfos.
—¡Claro que sí! No te preocupes por nada —y Cedric comenzó a caminar por el pasillo de arriba abajo una y otra vez.
Katie lo miró y alzó una ceja —Cedric… ¿Qué se supone que haces?
—Ahora lo verás… ¡Un segundo! —el chico siguió caminando por el pasillo con los ojos cerrados unas dos veces más.
La chica miró a su alrededor por si alguien venía. Quizá tendría que llamar a alguien, porque Cedric estaba empezando a parecer un lunático y ella estaba empezando a preocuparse. Creía que estaba en buenas manos pero quizá estaba equivocada.
—Cedric, ¿necesitas… ayuda? —pero justo cuanto terminó de pronunciar estas palabras surgió, de la nada, una puerta en mitad del pasillo. Ella la miró, atónita, y después miró a Cedric —Guau… Eso ha sido impresionante. ¿Os enseñan a hacer eso en la clase de prefectos?
Cedric abrió la puerta y la mantuvo abierta para ella —Las damas primero —y le hizo un galante gesto con la mano para que pasase.
Katie, que por lo visto todavía no había visto las suficientes cosas raras en un solo día, entró en aquella sala y se quedó totalmente impresionada. Era un lugar grande, con el suelo cubierto de una moqueta que parecía enteramente hierba y con una manta extendida, situada en el centro.
La chica se giró para mirar a Cedric, que estaba a su lado, y después volvió a mirar hacia el resto de la sala.
—Realmente muy impresionante —repitió Katie —¿Vas a contarme cómo lo has hecho? ¿O vas a mantener el misterio para hacerte el interesante?
Cedric rió entre dientes y se lo explicó mientras colocaba la bolsa de comida sobre la manta y se sentaba en ella —Es la Sala de los Menesteres, o la Sala que viene y va. La descubrí hace un par de años cuando Peeves me lanzó una bomba fétida a la túnica y necesitaba una nueva urgentemente. Entré aquí y tenía una variedad enorme para elegir. Por lo visto se equipa para lo que te haga falta.
—Eso me lo voy a apuntar, aunque seguramente tendrás que dibujarme un mapa para que sepa volver aquí —respondió ella.
El chico le hizo un gesto para que se sentase junto a él en la manta y ella obedeció sin rechistar.
—Muy bien, señor prefecto, ¿qué tenemos para cenar? —preguntó en tono cómico, apartándose para dejar sitio a la comida que Cedric iba sacando de la bolsa.
—Veamos… —y sacó un recipiente con fruta —. Aquí hay unas manzanas… Pero esto mejor lo dejamos para el postre. Hmm… —siguió revolviendo en la bolsa —Hay algo de ensalada, esto estará bien para empezar, ¿no crees? ¡Ah! Unos panecillos, como entrantes estarán bien.
Katie asintió con un murmullo y vio la suculenta apariencia de los alimentos que colocaba sobre la manta. Todo tenía una pinta estupenda y se le hacía la boca agua.
—Mira, creo que esto es risotto —dijo Cedric, sacando el último recipiente de la bolsa.
—¿En serio? ¡Me encanta! Creo que es mi plato favorito —Katie abrió ese contendor e inhaló el increíble aroma a risotto casero recién hecho. Soltó un gemido de satisfacción y miró a Cedric —Esto tiene una pinta estupenda, ¿tú qué tienes ahí?
—Aquí hay unos spaghetti, costillas de ternera y unos pastelitos de melaza —el chico le dio a Katie un tenedor para que pudiese empezar a comerse el arroz —. ¿A que esto es mucho mejor que lo que tenías planeado?
—Pues no lo sé… Comer un pedazo de pan a escondidas en la sala común también tiene su encanto… —respondió Katie, bromeando.
Después de comerse casi la mitad del risotto miró a Cedric, que estaba intentando partir la carne de una costilla con un cuchillo.
Katie se rió ante la estampa. Era una tarea difícil, y mucho más teniendo el plato de la carne apoyado en el suelo. —Pero ¿qué haces? —le dijo riendo —. Eso se come con las manos… Cómo se nota que nunca has estado en un rancho de Texas. Si mi tío Adam te viese hacer eso estaría riéndose durante horas.
—Los verdaderos ingleses lo comemos todo con cubiertos —le dijo él, continuando el tono jocoso
—¡Já! —respondió Katie, entre risas —. Es igual, es igual. Eres pulcro, lo respeto. Te pega con la reluciente y pulcra insignia de prefecto.
Cedric la miró, con gesto de pretendida superioridad, y se introdujo un pedazo de carne en la boca con el tenedor.
Entonces Katie, siguiendo un impulso, cogió uno de los spaghetti de un recipiente cercano y se lo lanzó a la túnica, pringándosela —Pero así estás mucho mejor conjuntado, ¿no crees? —continuó, echándose a reír.
La chica lo miró entonces y se dio cuenta de que la miraba tremendamente serio. Y sus adentros se congelaron. Quizá se había pasado. Quizá no tenían la confianza suficiente para ese tipo de cosas. Quizá le había ofendido y ahora se la llevaría a rastras con Filch para que la colgase de los tobillos con aquellos grilletes horrorosos que tenía.
—Perdona Cedric, ¡lo siento! Me he pasado, perd… —su discurso de disculpa se vio interrumpido por un puñado de granos de arroz de su delicioso risotto que impactaron en su cara y en su túnica.
Ahogó un gemido y se retiró la comida de la cara con parsimonia, para después agitar la mano para quitarse los granos de arroz que se le habían quedado pegados. Descubrió que Cedric la estaba mirando inclinado hacia atrás, riéndose abiertamente.
Katie sonrió maliciosamente —¡Estás muerto, Diggory! —y cogió un puñado de arroz del risotto y contraatacó al prefecto, que cogió todos los spaghetti que pudo en una sola mano y también se los lanzó.
—¡Las mujeres sois vengativas! ¡Ay! —gimió Cedric cuando un pedazo de pan le golpeó en la frente.
Así, entre risas y peleas, la comida que les habían preparado los elfos abandonó sus recipientes; no para terminar en los estómagos de sus destinatarios sino esparcida por los rincones de la Sala de los Menesteres y la ropa de ambos.
Cuando no les quedó nada más con lo que atacarse terminaron de revolcarse por el suelo de la risa.
—Tienes buena puntería, Bell —dijo Cedric tras conseguir calmar su ataque de risa.
—Soy cazadora, ¿qué te pensabas? —respondió la chica bromeando. Después bostezó sin poder evitarlo. Debía de ser tardísimo ya.
Cedric se incorporó y trató de quitarse algo de comida de encima —Mira cómo me has puesto… ¡Tengo comida por todas partes!
—¡Ni que fueras el único! ¡Creo que no podré quitarme todo lo que me has tirado ni aunque me duche veinte veces! —contestó Katie imitando los movimientos del chico, e intentando asegurarse de que no le quedaba comida en la cara ni en el pelo.
—¿Me falta algo? —Cedric la miró con los brazos extendidos para que comprobase que no le quedaba comida por ninguna parte —. ¿Qué tal estoy?
Katie se fijó en que tenía un spaghetti en el pelo que añadía un punto cómico a la ya de por sí cómica situación. Intentó aguantarse la risa y se llevó una mano a la boca —Estás guapísimo, definitivamente vas a crear una moda —aseguró para después romper a reír.
El chico se dio cuenta entonces de que debía tener algo y de la nada apareció un espejo en el que se miró, para descubrir entonces la comida en sus cabellos. Katie, por su parte, seguía riéndose sin parar.
—¡Eres realmente cruel! —bromeó Cedric, quitándose el spaghetti y tirándoselo a ella.
—¡Todavía no has visto nada! —pero la exclamación de la chica se vio interrumpida por un enorme bostezo que tapó con su mano derecha.
Cedric rió —Deberíamos irnos ya, es muy tarde.
—Apoyo la moción —respondió Katie que se sentía agotada de repente. Ayudó a Cedric a recoger los recipientes de comida que él prometió devolver a los elfos la mañana siguiente y salieron de la sala igual de sigilosamente que habían llegado.
El chico la acompañó todo el camino por el castillo hasta llegar a la entrada de la sala común de Gryffindor, donde la Dama Gorda dormía y roncaba ruidosamente.
—Tenéis una curiosa guardiana de la torre —dijo Cedric cuando Katie se volvió hacia él para despedirse.
—Y eso que todavía no la has oído cantar —respondió Katie con una media sonrisa.
Los chicos se quedaron mirando cuando Cedric de pronto deslizó suavemente una de sus manos por los largos cabellos de Katie, haciendo que la chica sintiese un débil escalofrío que se extendió por todo el cuerpo.
Cedric le enseñó entonces lo que tenía entre sus dedos —Tenías un poco de arroz en el pelo —confesó él con una extraña sonrisa, muy cálida, que se grabó en la memoria de Katie.
Ella rió quedamente, bajando la cabeza, para después volver a mirarle a los ojos y encontrarse sus enormes ojos grises devolviéndole la mirada.
Volvió ese extraño escalofrío y también volvió una nerviosa sonrisa a los labios de la chica. Era una tontería sentirse de esa manera, ¿por qué se sentía de esa manera?
—Tienes que irte… —dijo sonriendo —. No puedes escuchar la contraseña.
—Claro… De lo contrario mañana tendría a una horda de Gryffindors que querrían mi cabeza, ¿verdad?
Katie volvió a reír. Era curioso lo fácil que era reírse con él —Exactamente.
—Entonces será mejor no provocarlos —respondió el chico con una sonrisa muy parecida a la de Katie —. Buenas noches, Katie.
—Buenas noches, Cedric —respondió ella en un susurro. Le vio alejarse y girarse un par de veces para decirle adiós con la mano y después le dijo la contraseña a la Dama Gorda, que volvió a quejarse, y entró en la sala común para una noche de 'merecido' descanso.
A la mañana siguiente Katie bostezaba más de lo normal durante el desayuno. Ella necesitaba un mínimo de horas de sueño y aquella noche no las había cumplido. Sin embargo, creía que había merecido la pena. Se lo había pasado genial y encima lo había hecho rompiendo las normas – seguramente los gemelos Weasley estarían muy orgullosos de ella –, y, por el saludo cálido que recibió por parte de Cedric cuando bajó al Gran Comedor, supuso que ella no había sido la única.
Salió de su ensimismamiento cuando vio entrar a Mithras, la lechuza de la familia, que volaba por el comedor dirigiéndose hacia ella con un pergamino atado a la pata.
—¡Eh! Hola pequeña… —le dijo a la lechuza acariciándola y dándole un poco de miga de pan mojada en leche que Mithras engulló rápidamente.
Cogió el pergamino mientras Leanne le hacía unas carantoñas a la lechuza, que estaba encantada de recibir tantas atenciones.
Extendió la carta y comenzó a leer:
Querida Kate,
¿Qué tal tus primeras semanas en el colegio? Perdona que no te hayamos escrito antes pero hemos estado muy ocupados. Stanny tenía que ir a San Mungo a un tratamiento contra la caída del cabello (está inaguantable con que empiezan a salirle entradas, ¿no se ha dado cuenta de que hace tiempo que las tiene?) y yo he estado colaborando con el programa de investigación contra no sé qué enfermedad contagiosísima del norte de Islandia.
He visto que no te llevaste mucha de la ropa que te dejé apartada. Katie, cielo, tienes que darte cuenta de que tienes dieciséis años y que los chicos empiezan a fijarse seriamente en las chicas a esta edad. Con lo bonito que tienes el pelo si te vistieses un poco mejor seguro que te los traías a todos de calle. Hazme caso cariño, que estoy preocupándome de que todavía no hayas traído a casa a ningún chico.
¿Sabes qué? El otro día estuve hablando con Barty Crouch y me dijo que, si estabas interesada, te podría reservar una plaza de prácticas en el Departamento de Cooperación Internacional. Parecía muy interesado, ya sabes que me aprecia mucho desde que le indiqué a dónde podía ir a por trajes que disimulasen esa pequeña joroba que le empezaba a salir, ¿te acuerdas?
Me preocupa el asunto de Sirius Black… sigue igual que siempre, todavía no lo han cogido y me aterroriza pensar que pueda pasarte algo. Sé que es poco probable estando en Hogwarts, pero nunca se sabe. Por favor, ten mucho cuidado y no hagas locuras.
He comprado un par de faldas y vestidos de la última temporada en Twilfitt y Tatting, ya verás cuando vengas a casa y los veas, seguro que te encantan.
En fin, contéstanos rápido que tengo muchas ganas de saber cómo te va. Un beso de parte de los dos. Te quieren,
Mamá y Stanford
La chica volvió a leer la carta y bufó al leer la parte de la ropa y sus prácticas. Su madre estaba empeñada en que vistiese igual que ella y, aunque sabía que tenía un gusto exquisito, ella no se veía vistiendo de esa manera todos los días, y menos en el colegio. En cuanto a las prácticas, su madre estaba empeñada en que consiguiese un puesto en el Ministerio de Magia, que ella frecuentaba muy a menudo por sus causas benéficas relacionadas con organizaciones ministeriales. En fin… Sabía que en el fondo lo hacía todo porque la quería, pero a veces le resultaba difícil que la comprendiese tan poco. Lo de los chicos era un caso aparte… Para su madre cualquier chica de más de quince años que no estuviese buscando novio era una marciana. ¿En qué la convertía eso? ¿Cuál era el planeta más alejado del Sistema Solar? ¿Plutón?
Suspiró y, cogiendo un trozo de pergamino que llevaba en la mochila para las clases y su bolígrafo de plumas, se puso a escribir una respuesta para su madre.
Queridos mamá y Stanford,
El colegio va bien. Leanne y yo estamos llevando a cabo, de forma bastante satisfactoria, un sistema para hacer los deberes en cuanto nos los mandan para que no se nos acumulen. Por ahora lo estamos llevando a rajatabla, pero no sé cuánto durará. Por lo demás, las clases son igual que siempre, aunque nos agobian un poco más que el año pasado con el tema de los EXTASIS.
Dile a Stanford que no se preocupe hasta que no sepa exactamente hasta dónde lavarse la cara por las mañanas y que nosotras le querremos con o sin pelo. Mamá, me encanta lo en serio que te tomas tus labores como embajadora, si todos fuesen como tú, en el mundo no habría más enfermedades.
Por cierto, ¿qué clase de vida social crees que tengo? Voy de las clases al campo de quidditch y del campo a la sala común o a la biblioteca. Las salidas a Hogsmeade son casuales, ¿dónde te crees que podría lucir la ropa? ¿Entre clase y clase? ¿O hago pases privados de modelos? La ropa que me apartaste está muy bien, pero no es para llevarla en el colegio todos los días, ¡a ver si te entra en la cabeza de una vez!
En cuanto a los chicos… ¿Para qué quieres que te traiga uno? Tenía entendido que a las madres no suelen gustarles los novios de sus hijas y las suelen animar para que no tengan ninguno y se mantengan castas y puras hasta que cumplan veinticinco años.
Ya sabes que a mi la Cooperación Internacional no me interesa, lo mío es la medicina mágica, pero dale las gracias al señor Crouch por su interés. Por cierto, madre, el concepto de 'secreto' quiere decir no repetirlo constantemente aunque sea a personas que sabes que van a guardarlo. No creo que al señor Crouch le haga gracia que vayas repitiendo lo de su joroba por ahí…
No te preocupes tanto, seguramente Hogwarts será el último lugar al que Sirius Black quiere ir, pero descuida, ya sabes que yo no soy de las que quebranta las normas (se rió al escribir esto precisamente esa mañana). Pero tú sí debes tener mucho cuidado, y también Stanford, así que andad con mil ojos.
Ya me enseñarás la ropa en las vacaciones de Navidad, seguro que son muy bonitas.
Un abrazo para los dos. Yo también os quiero.
Katie
Enrolló el pergamino y se lo volvió a colocar a Mithras, que ululó y le picoteó cariñosamente la mano antes de echar a volar en dirección a Londres.
