¡Lo siento, lo siento y mil veces lo siento! Sé que he tardado una eternidad, pero no ha sido todo culpa mia! Los amigos de telefónica decidieron tener una incidencia en mi línea de Internet y no se solucionó hasta hace un par de días, y antes de colgar quería darle un repaso al capítulo... ¡Perdón, perdón de verdad! Si alguien quiere, voy a ir un día de estos a echar huevos a la sede de telefónica xD.

En fin, gracias por vuestra paciencia y por los comentarios del capítulo anterior! Sé que descolocó a muchas, pero a su tiempo os daréis cuenta de que tenía una razón de ser. En fin, sin más rodeos os dejo con el nuevo capítulo. Le he dado muchas vueltas y la verdad es que no termina de convencerme, pero bueno, si tengo que reescribirlo una vez más quizá le pida al clip ayudante del word que me corte las venas así que... ¡Espero que os guste!


Disclaimer: Si algo fuese mío estaría de fiesta con el cast de la película en el Caribe con un Daiquiri en la mano. Como no lo estoy, supongo que entonces no me pertecene nada... *¡Merde!*


CAPÍTULO 12

Nunca se tiene la libertad de amar o de dejar de amar. François de La Rochefoucauld

—¡Eh! ¿Has visto lo lejos que ha llegado esta vez? —decía Cedric emocionado.

Katie sonrió y puso los ojos en blanco. Con lo maduro que era Cedric, era increíble que de vez en cuando sacase aquel lado infantil, pero ella desde luego no iba a quejarse. Volvió los ojos a sus deberes de Runas Antiguas y dejó a Cedric echando piedrecitas en el Lago Negro.

—¡Katie! ¿Lo has visto? ¡Eso era un cacho de tentáculo, seguro! —se jactaba Cedric con las manos metidas en los bolsillos.

Lo cierto era que hacía frío, pero algunas mañanas resultaban algo más cálidas que el resto del día; la primera semana de noviembre estaba anunciando ya el invierno, con las primeras nieves y, próximamente, con el Lago Negro totalmente congelado. Hasta ese momento, Cedric había decidido aprovechar para tirar piedras al lago y hacerlas saltar sobre la superficie.

Katie volvió a alzar la cabeza de su cuaderno de notas —¡Muy bien, cariño! ¡Ahora pórtate bien, juega con los demás niños y te daré chocolate después de cenar! —bromeó jugueteando con el bolígrafo entre los dedos enguantados.

—¡Ah! ¡Con que esas tenemos! —respondió Cedric —. ¡Ya verás! Cuando consiga que la piedra llegue hasta el otro lado del lago y no lo veas te arrepentirás.

—Seguramente no sepa cómo sobreponerme de algo así —replicó Katie bajándose el gorro de lana que llevaba en la cabeza.

—Años y años de terapia, ya lo verás —le contestó el chico, volviendo a su ardua tarea.

Cedric lanzó la siguiente piedra, y de pronto se alzó sobre la superficie un enorme tentáculo que volvió a caer al agua en cuestión de segundos, levantando una ola y salpicando a Cedric, que se quedó parado como un pasmarote, como si no se terminase de creer lo que acababa de ocurrir.

—Vale… Eso ha sido genial —Katie rompió el silencio con una risotada, apartando al final su atención de los deberes que tenía en su regazo.

—¡Claro! ¡Qué más da que casi haya sido asesinado por una criatura marina! A ti lo que te importa es que ha sido 'genial' —contestó Cedric acercándose a gatas hasta ella sobre la manta para darle un corto beso.

—Cómo me conoces —respondió la chica. Le dio otro beso a su novio antes de volver a empuñar el bolígrafo y ponerse a escribir.

—¿No tienes frío? —dijo Cedric, colocando su brazo alrededor de los hombros de Katie —. No hace tiempo como para quedarse parado en la calle… Y encima no me prestas atención —bromeó el chico.

—Eso díselo al capitán de la tortura —concluyó ella sin dejar de escribir —, nos programa entrenamientos dobles para el partido del sábado contra Slytherin y tengo que presentar esta redacción el lunes —se excusó en un suspiro.

Durante unos segundos reinó el silencio, pero enseguida las plumas rojas del bolígrafo volvieron a llamar la atención de Cedric.

—Me encanta… eso —dijo el chico, que todavía no sabía pronunciar muy bien la palabra —. Un día me lo tienes que regalar.

—De eso nada —contestó Katie rápidamente —. Esta es mi más preciada posesión, e irá en mi testamento.

—¿Pero me lo dejarás a mi, no? —preguntó él —. ¿Quién se lo merece más que yo?

Katie lo miró haciéndose la pensativa —Ya veremos… Tendré que pensarlo bien —observó a Cedric mirarla como un niño bueno y al final puso los ojos en blanco —. Bueeeno… Está bien, te lo dejaré a ti. Pero sólo cuando me muera, y me temo que falta mucho para eso todavía —aclaró.

—Pues entonces supongo que tendré que matarte… —le dijo Cedric con una sonrisa.

—¡Oh! ¡Qué bonito! —protestó ella, bromeando —. Si esperas un par de días quizá Wood lo haga por ti.


La señora Pince había echado a Katie de la biblioteca. No era que ella fuese a quejarse ya que estaba que se caía de sueño, pero despertar de su estado soporífero entre letras e ingredientes de pociones con la estridente voz de la bibliotecaria en su oído no era su forma favorita de hacerlo.

Arrastrando la mochila de libros como buenamente podía, llegó hasta el retrato de la Dama Gorda y recitó la contraseña. Ya casi podía imaginarse metida en su cálida y cómoda cama, tapada con las mantas… Lo malo de aquello era que, con lo cansada que estaba, sabía que no iba a disfrutar de un largo sueño reparador, ya que Oliver había programado entrenamientos para las 7 de la madrugada. El equipo había intentado quejarse, pero cuando empezó con el discurso lacrimógeno de que era su última oportunidad, aceptaron solamente por conseguir que se quedase callado.

Cuando entró en la Sala Común se encontró precisamente con el motivo de sus penas. Oliver Wood estaba sentado a la mesa, con un pergamino, un libro abierto y su pluma en la mano, seguramente escribiendo tácticas de emergencia. Todo despeinado, con la corbata desatada, el cuello de la camisa abierto y con las manos llenas de manchas de tinta estaba francamente arrebatador. Agitando la cabeza, trató de alejar aquellos pensamientos de su mente y se acercó, dejando la mochila sobre la mesa.

—¿Todavía trabajando? —preguntó sentándose en una de las sillas próximas a Wood.

Lo único que recibió como respuesta fue un afirmativo 'a-ha' por parte de Oliver, así que se limitó a observarle trazar las líneas de ataque en su pergamino.

—Oliver, deberías dormir. Los dos deberíamos dormir, tenemos que descansar para rendir al máximo en el entrenamiento de mañana —dijo Katie, mirando al chico fijamente.

Su única respuesta fue otro murmullo.

—Oliver… —protestó la chica —. Venga, no seas cabezota. Sabes que vamos a ganar a Slytherin, llevamos planificándolo meses. Les machacaremos —aseguró Katie intentando que Wood entrase en razón.

Como no recibió ninguna respuesta esta vez, suspiró con fuerza, casi resignándose a no conseguir absolutamente nada más de él.

—Oliver, vete a la cama. Tienes que dormir —intentó por última vez, levantándose cogiendo su mochila en un solo hombro. Iba a girarse para marcharse cuando al final Oliver le respondió.

—¿Y a ti qué más te da? —murmuró, más para sí mismo que para nadie más.

Pero Katie lo escuchó perfectamente y sintió que sus palabras rebotaban en sus oídos.

—¿Qué has dicho? —preguntó, sintiéndose confusa.

—Me has oído —respondió Wood, todavía escribiendo en el papel.

La chica decidió que no merecía la pena irse a la cama y darle vueltas y vueltas al cambio de actitud de Oliver, el cual empezaba a sospechar que tenía un serio brote de bipolaridad, así que volvió a acercarse, totalmente decidida a llegar hasta el fondo de aquel asunto esa misma noche, olvidando su cansancio.

Tomó aire y al final se decidió a afrontar las cosas, pero no podía evitar sentirse totalmente confundida —Oliver, ¿qué pasa? Creía… Creía que estábamos bien.

El chico no le respondió y siguió a su tarea, pero Katie era cabezota y lo iba a demostrar en aquel momento.

—Vamos, habla conmigo —prácticamente suplicó, acercándose más a él.

Wood se detuvo en ese mismo momento. Sin ninguna parsimonia y bruscamente dejó la pluma sobre la mesa y se encontró con los ojos de Katie, que lo miraban con una necesidad de conocer la verdad que él todavía no sabía si quería que supiese. Pero al final su temperamento pudo con la situación y desbarató cualquier plan de Oliver de ser sutil.

—De acuerdo. ¿Que estábamos bien? ¿Y por qué has pensado eso? —le dijo en un tono que Katie no le había conocido nunca.

La chica, que no se esperaba la pregunta, titubeó a la hora de contestar —Pues, yo… ¡No lo sé! ¡Volvías a estar normal y a hablar conmigo sin utilizar murmullos! ¡No como ahora! —exclamó al final.

—¿Quieres que esté como si nada cuando tú sigues por ahí con el baboso de Diggory? —respondió Wood.

Katie abrió los ojos como platos —¿Qué? —dijo apretando los puños —. ¡Creía que ya habíamos superado ese fiasco! ¡No puedo creer que sigas pensando que voy a filtrar jugadas!

—Lo que yo no puedo creer es que mi supuesta mejor amiga me haya estado mintiendo tan descaradamente durante tanto tiempo —contestó Oliver sin pensar.

Dejó a la chica todavía más confusa que antes, que se quedó unos segundos sin saber cómo reaccionar a aquello.

—¿De qué estás hablando? Yo… ¡Jamás te he mentido! ¡No podría! —le dijo totalmente desconcertada.

Observó cómo Oliver intentaba ordenar sus pensamientos, parecía que iba a hablar pero volvía a cerrar la boca una y otra vez hasta que, al final, se quedó mirándola fijamente.

—¿Por qué nunca me dijiste que estabas enamorada de mi? —preguntó finalmente.

Katie sintió que se mareaba. Que el suelo bajo sus pies se movía y que no podía respirar, la cabeza le daba vueltas y empezó a tomar aire con dificultad. No podía siquiera pestañear, y sintió que el estómago le daba vueltas y más vueltas. Jamás habría imaginado que se encontraría en aquella situación.

—¿Qué…? —balbuceó, intentando conectar ideas en su cerebro y poder expresarlas con una frase medianamente coherente, pero no lo conseguía. Sus neuronas la habían abandonado, y también su afilada lengua —. ¿Cómo…? ¿Cómo sabes eso? —dijo al final con los ojos llenos de lágrimas.

—Eso ahora no importa —respondió Wood —. Lo que importa es lo rápido que te olvidaste de todo aquello para ir a besuquearte con el santurrón de Cedric Diggory —concluyó con amargura.

—¿Rápido? —Katie sintió que la ira empezaba a templarle la mente y a permitirle razonar —. ¿Y tú qué sabrás? ¿Rápido? ¿Cómo te atreves? ¡No tienes ni idea de por lo que he pasado!

—¿Y de quién es la culpa? —respondió Wood con brusquedad.

Los dos se quedaron callados cuando una pareja de alumnos pasaron por su lado para subir a las habitaciones. Una vez hubieron pasado, la discusión volvió a sucederse.

—¡Ni siquiera te molestaste en hablar conmigo! —siseó Oliver para evitar que fueran oídos.

—¿Y de qué hubiera servido? —contestó Katie, furiosa —. ¡Si no eras capaz de sacar la nariz de los libros de quidditch! No habrías sabido de qué te estaba hablando siquiera.

—¡Eso no lo sabes! —le respondió Wood, igualmente agitado —. ¡No lo sabes! ¡No sabes lo que habría sentido o dejado de sentir!

—¿Qué demonios se supone que significa eso? —preguntó la cazadora, colocando los brazos en jarras.

—¡Significa que ni siquiera te molestaste en saber si yo sentía lo mismo! ¡Simplemente corriste y te fuiste con Diggory a la primera de cambio sin pensar siquiera que quizá yo me sentía de la misma manera! —confesó al final Oliver, levantándose también de su asiento.

Katie se quedó callada unos segundos, interpretando lo que esa frase significaba. Miró a Oliver a los ojos y encontró su respuesta, sin ningún ápice de duda.

—¿Qué…? —balbuceó de nuevo —. Eso es… —la chica bufó —. No puedo creer que me hagas esto ahora.

—¿Que te haga esto? —respondió el capitán, frunciendo el ceño.

—¡Sí! —le dijo Katie, airada —. ¿Tú sabes…? ¿Tienes idea de lo que estás haciendo ahora mismo? ¡Hace apenas dos meses habría muerto si hubieses siquiera insinuado que podías sentir lo más mínimo por mi como algo más que tu amiga! ¡Era lo único que me importaba!

Oliver sintió que su respiración también se agitaba. Sintió que le temblaban las manos y seguramente también le temblaría la voz. Tenía suerte de que la Sala Común estuviera desierta. Iba a decir algo, pero Katie lo interrumpió al momento.

—No es justo —la chica parecía abatida —. Que por fin arregle mis desastres después de suspirar por ti durante años y aparezcas para desbaratármelo todo otra vez —Katie se retiró el pelo de la cara y se frotó los ojos con suavidad —. ¿Sabes qué es lo más gracioso? Que sólo me ves de esa manera porque otro niño está jugando con tu juguete —le dijo negando con la cabeza con desesperación —. ¿Por qué lo has hecho?

La pregunta quedó en el aire. El propio Oliver no sabía cómo contestarle ya que se había dado cuenta de sus sentimientos cuando Katie había empezado a salir con Diggory. Ambos se quedaron en silencio mirándose durante unos segundos hasta que Katie rompió el contacto visual y cogió su mochila de la mesa.

—Me voy a la cama —la chica echó a andar hacia las escaleras de caracol, pero se detuvo a medio camino y se volvió para mirarle —. No quiero volver a hablar contigo de nada que no tenga que ver con el equipo —y, sin más, la perdió de vista en las escaleras.


Oliver Wood dio otra vuelta en la cama por enésima vez en aquella noche. Se sentía entumecido, ajeno al mundo, como si estuviese en una burbuja, alejado del resto de personas que había en el colegio. Ni siquiera había planeado confesar a Katie que sentía algo por ella, pero ni mucho menos se habría acercado a la manera en la que lo había hecho finalmente.

Y ella parecía tan dolida… No podía dejar de pensar en sus palabras. ¿Realmente sólo le interesaba porque la tenía otra persona? Era cierto que sólo se había percatado de sus sentimientos porque la había visto con otro, pero aquello no significaba que lo que sentía no fuese válido o sincero. De hecho, según pasaban los días, sentía que se iba consolidando más y más cada vez. Aquello no podía ser un simple capricho porque otro niño le había quitado su juguete, como había dicho Katie.

Quizá Katie tenía razón, quizá lo que había hecho no era justo, pero las palabras prácticamente habían salido solas de su boca. Se arrepentía de muchas cosas, pero sobre todo de no haberlo hecho con la cabeza fría y las ideas bien planteadas. Pero ahora todo aquello no tenía remedio… Seguramente su única alternativa, dadas las últimas palabras de Katie, sería intentar seguir adelante y olvidarlo todo.

Pero de alguna manera, esa perspectiva le resultaba tremendamente dolorosa, y llenaba su estómago de desesperación y desasosiego. Tan solo hacía unos pocos días que se había dado cuenta de que algo existía en su corazón, pero ese 'algo' ya lo embargaba por completo. Sabía que era egoísta, pero era inevitable.

Lo único que lo detenía, era la idea de perder a Katie para siempre. Ya había metido la pata lo suficiente como para terminar de estropearlo y nada lo aterrorizaba más que la perspectiva de su vida sin Katie, sin su risa, su mirada, sus caricias… Pero sobre todo su amistad, sus palabras de aliento, su amabilidad y dulzura, al fin y al cabo, toda ella.

Su confusión se veía acrecentada porque, al parecer, ahora era incapaz de controlar sus sentimientos cuando ella estaba presente. Y eso era algo nuevo para él, el maníaco del control. Tendría que esforzarse al máximo, y vaya si lo haría.


Katie Bell se despertó con un tremendo dolor de cabeza el último día de entrenamiento anterior al partido contra Slytherin. No era algo inusual, ya que desde su tremenda discusión con Oliver había sido incapaz de pegar ojo más de 20 minutos seguidos en toda la noche.

Se levantó de la cama muy temprano y fue directa a la ducha. Sus músculos le gritaban pero hacía tiempo que había aprendido a ignorarlos. Miró por la ventana de la torre mientras se secaba en el cuarto de baño. Hacía un tiempo terrible, había sido así desde hacía un par de días, pero cada vez parecía empeorar aún más. Oliver, cómo no, les hacía entrenar de igual manera, sin importarle que a algunos de los integrantes de su equipo tuvieran que amputarles algunos miembros debido a congelaciones.

Cuando salió de su dormitorio, todas sus compañeras de habitación dormían, incluyendo a Leanne. A Leanne no había sido capaz de decirle lo que había ocurrido entre Oliver y ella hacía tres noches, pero sabía que su amiga era demasiado perspicaz como para no darse cuenta de que ahora ella era como un alma en pena. Las declaraciones de Oliver le habían hecho pensar demasiado en cosas en las que no le gustaba pensar. Le había hecho replantearse cosas que hasta entonces había tenido seguras, y eso le frustraba más que nada.

Harry Potter era el único miembro del equipo que estaba en el vestuario cuando ella hizo su entrada. Lo saludó con una sonrisa y abrió su taquilla para ponerse la ropa de entrenamiento. Cerró la taquilla con suavidad y se sentó en uno de los bancos, observando la ventisca ensañarse con el campo de quidditch.

—¿Una noche dura? —le preguntó el pequeño Potter antes de sentarse a su lado.

La chica sonrió —Podría decirse que sí. Una mala semana sería más adecuado —le dijo mirándole con dulzura —. Pero seguro que no es nada en comparación con lo que estás pasando tú. Tienes que agobiarte con…

—¿Los profesores que me acompañan a todas partes porque alguien quiere matarme? —le cortó Harry, sonriendo con resignación —. No es agradable, pero no es como si fuese la primera vez que alguien lo intenta, ¿verdad?

—Supongo que sí —le respondió Katie.

—¿Tienes algún problema con Wood? —se atrevió a preguntar el buscador. Ante el suspiro de Katie continuó —. Sois como uña y carne y… Hace tiempo que apenas os habláis. Bueno, hasta hace poco, pero ahora…

—Sí —la chica volvió a suspirar con fuerza —. Es… Complicado. Muy complicado.

Harry se encogió de hombros —No quiero entrometerme, pero siempre me habéis parecido muy unidos y… Bueno, según los gemelos eres la única mujer de aguantar a Wood durante más de una hora sin perder el juicio.

Aquel comentario hizo que la sonrisa de Katie se tornase agridulce y miró al joven gryffindor —Yo… Simplemente estoy muy confundida en este momento. Siento como si no le entendiera.

—Mira… Sé que soy muy joven, pero desde mi punto de vista, lo más importante es saber lo que se quiere. Una vez lo sabes… Hay que ir a por ello —le dijo el chico, intentando ayudarla.

Katie asintió —Tienes mucha razón —respondió. Vio que la puerta del vestuario se abría y que el equipo empezaba a concentrarse allí. Ella volvió su mirada hacia Harry —. ¿Cómo sabes tanto?

El aludido sonrió divertido —Bueno… Tragarme todos los culebrones que ve mi tía Petunia por las tardes tenía que servir de algo, ¿no?

Ella correspondió a su sonrisa —Gracias, Harry.

Harry Potter asintió con la cabeza y ambos volvieron a mirar por la ventana. El tiempo se estaba poniendo cada vez peor, y amenazaba tormenta.

Katie se puso a pensar en las palabras del pequeño Potter. Lo importante era saber lo que se quería e ir a por ello. Era muy cierto, pero en ese momento la chica estaba demasiado confusa como para saberlo. Su estabilidad se había roto, y no sabía cómo recuperarla.

En ese momento Oliver Wood irrumpió en el vestuario, resultando obvio que había venido corriendo. Cerró la puerta de un portazo tras de sí y trató de recuperar el aliento.

—¡No vamos a jugar contra Slytherin! —dijo, claramente enfadado —. Flint acaba de venir a verme. Vamos a jugar contra Hufflepuff.

El equipo se quedó sin hablar por unos segundos, y tan solo se escucharon algunos gritos ahogados. Sintió alguna mirada clavada en su cogote y no pudo evitar pensar que en menos de 24 horas iba a enfrentarse a su novio en el campo de quidditch…

Mierda.