Hola mis amores! Aquí estoy de nuevo! Me he dado especial prisa porque quería colgar antes de Navidad para desearos a todas unas felices fiestas! No soy muy forofa de las Navidades, de hecho me entristecen mucho xD, pero bueno, sé que no todo el mundo lo vive igual que yo así que espero que lo paséis genial y que el gordito os traiga muchos regalos! (Sé que tenía que decir algo más pero se me ha olvidado... soy así de genial xD en fin, ya me acordaré).
A las que se quejaron de capítulos cortos... aquí tenéis doce páginas de word especialmente para vosotras! jajaja. Espero que os guste el capítulo y que me dejéis algún comentario =)
Disclaimer: Querido Papa Noél, me pido los derechos y royalties de la saga de Harry Potter. Si no me los traes, no te molestes en venir (tengo contactos en la mafia, no me hago repsonsable de sus métodos...)
CAPÍTULO 13
Un beso es un maravilloso truco diseñado por la naturaleza para quitarnos el habla cuando las palabras se vuelven superfluas. Ingrid Bergman
Katie Bell se sentó en el escalón que había entre su dormitorio y el cuarto de baño. Apoyó la cabeza en uno de los marcos de la puerta, cerró los ojos y soltó una enorme bocanada de aire que parecía que había guardado durante años. Tenía la ducha enfrente, pero estaba demasiado agarrotada como para preocuparse por el agua que le chorreaba desde el pelo y la ropa. Estaba segura de que tenía mojada incluso la ropa interior, pero no le importaba. La cabeza le daba vueltas.
Después de deambular como una zombie durante por lo menos una hora por los terrenos del castillo, se había decidido a volver al dormitorio, a sabiendas de que todos los demás estarían en el gran comedor en aquel momento. Dio gracias de que Leanne parecía haber recuperado su tacto, y se había dado cuenta de que necesitaba estar sola por lo menos un rato, ya que no subía a la habitación que compartían después de verla aparecer como una sopa. Los truenos y el viento eran el perfecto acompañamiento a su ya de por sí tormentoso estado de ánimo.
La chica volvió a suspirar. Se retiró el pelo empapado de la frente. Sentía que el corazón le latía con fuerza, impidiéndole tranquilizarse por mucho que lo intentara. Trató de ordenar sus pensamientos, recopilar datos e intentar razonar un poco para darle sentido a su caos. ¿Cómo podía haber ocurrido todo lo que había pasado en tan pequeño margen de horas? ¿Cómo habían pasado las cosas más extrañas e insospechables una tras otra en un mismo día? Y todavía más importante, ¿qué es lo que iba a hacer ahora?
18 horas antes
—No puedo creer que esto vaya a pasar tan pronto —decía Cedric, que estaba sentado a su lado.
Katie se mordió el labio con una sonrisa nerviosa —Lo sé…
—Quiero decir, sabía que tarde o temprano tendríamos que enfrentarnos, pero pensaba que tendría algo más de tiempo para prepararme, ya sabes, moralmente.
La chica rió, sintiéndose cohibida. ¿Por qué? No sabría explicarlo con exactitud. Mentira, sí que lo sabía. Desde su conversación con Oliver no había podido mostrarse con Cedric tal y como ella era siempre. Sentía que tenía un enorme secreto y que, si no tenía cuidado, se le escaparía en cualquier momento.
Cedric la cogió de la mano y ella sonrió, más por cumplir que por otra cosa. Sonreír era lo último que le apetecía en ese momento. Correr, gritar y pegar a alguien eran las actividades que ostentaban los primeros puestos de su lista de cosas que le apetecían de verdad, sobre todo si podía pegar a cierto capitán de Quidditch que llevaba días sin salir de sus pensamientos.
Agitó la cabeza como para disipar esas ideas de su cabeza y le dio un apretón en la mano a Cedric, que había seguido hablando, por lo visto, de su inminente enfrentamiento deportivo.
—Cuando la Señora Hooch vino a decírmelo casi no podía creerlo… Intenté que fuese Ravenclaw, pero por lo visto ellos tenían alguna excusa ineludible.
Ella asintió con un leve movimiento de cabeza y volvió su mirada hacia uno de los enormes ventanales del Gran Comedor. Estaba prácticamente de noche y el tiempo empeoraba cada vez más, las gotas de lluvia golpeaban furiosamente contra el cristal.
—Si por lo menos mañana parase de llover… —protestó el capitán de Hufflepuff.
—Yo no contaría con ello —le replicó Katie poniendo los ojos en blanco. Claro, el destino no podía ser amable y complaciente y darle unos rayos de sol durante el partido en el que se enfrentaban, literalmente, sus amores pasados y presentes. Era muy poético, hasta el tiempo se ponía de acuerdo para aguarle la fiesta.
—¿Tienes mucha presión para el partido? —preguntó el capitán.
—Oh, sí —confesó —. Creo que Oliver tiene pensado matarnos y arrastrar nuestros cadáveres hasta el Lago Negro como no ganemos —bromeó.
Cedric sonrió y pudo ver su perfecta dentadura blanca. Eso le hizo sonreír a ella.
—¿Y tú? —preguntó Katie comiéndose un barquillo que le había sobrado del postre.
El chico alzó las cejas —Bueno…
—¿Bueno? —insistió ella al ver que a Cedric parecía costarle continuar.
—Mi padre está emocionado, ya sabes, con eso de que soy prefecto y todo esto… Dice que ganar a Gryffindor sería la guinda del pastel de este curso —confesó al final Cedric. Intentando quitarle importancia al asunto se encogió de hombros y sonrió —. Ya sabes como son los padres, qué te voy a contar a ti…
—Sí, de padres histéricos se un rato, la verdad —siguió Katie. Se quedaron en silencio unos segundos y al final se decidió a explorar la idea que había quedado latente —. Cuando nos presionan no siempre consiguen algo bueno para nosotros… Quizá deberías decírselo a tu padre.
—¡Oh! No, no será necesario —la tranquilizó Cedric —. Él sólo me alienta, ya sabes. Si no me hubiese gustado el quidditch no habría intentado entrar en el equipo, pero él quiere que sea el mejor en todo. Y eso es más difícil.
Katie asintió y volvió a mirar por la ventana. Sintió que suspiraba, prácticamente sin darse cuenta.
Cedric, que se percató enseguida, la miró con su media sonrisa —Estás nerviosa, ¿eh?
"Ni te lo imaginas" pensó mientras intentaba sonreír —Sí, la verdad es que sí.
—Deberías pedir una infusión relajante o alguna cosa así, quizá te ayude a descansar.
"Si alguien me cortase la cabeza sería un alivio, entonces sí que podría descansar" pensó la chica —No me gustan las infusiones, me sientan mal.
—Pues entonces nada —le respondió Cedric, mirándola a los ojos.
Ella correspondió a su mirada. Se sintió mal, terriblemente mal. Ahí tenía a un chico estupendo, agradable, bueno y, para colmo, guapísimo que quería estar con ella, con nadie más. Pero ella tan solo sentía un enorme agujero en el estómago. Era una egoísta y una mala persona. Su ira hacia Oliver se avivó de nuevo, por su culpa se sentía confundida y extraña.
Hacía sólo unos días ella estaba feliz con su novio y tenía que llegar él a estropeárselo todo. No era justo.
Cedric le acarició la mejilla con delicadeza —Quizá deberíamos irnos a la cama. Tenemos un gran día por delante mañana.
Katie saltó de su asiento y se puso en pie para colocarse frente al chico, que le sostuvo las manos entre las suyas.
—Espero que duermas bien —le deseó antes de darle un corto beso en los labios.
Ella sonrió —Igualmente —trató de recuperar la compostura y volver a ser un poquito ella misma —. Espero que ganes tú —le dijo bromeando.
—Y yo espero que ganes tú —respondió Cedric tras una risotada.
—Yo también —contestó finalmente Katie, acercándose para dar a su novio su beso de buenas noches.
Sin una sola palabra más, la pareja se separó y marcharon cada uno por su lado. Katie tomó el camino que le llevaba a la torre de Gryffindor y, cuando pasó por delante de una de las aulas de estudio, se encontró con que Filch, el conserje, estaba hablando con la señora Pince. Hablaban bajito, casi al oído, y Katie sintió que no podía evitar la sonrisa.
Se acordó de Cedric y de su primera tarde juntos en la biblioteca y de pronto se sintió mejor. Supo que todo se iba a solucionar. Pasara lo que pasara siempre tendría a Cedric y su apoyo, él mismo se lo había dicho. Tan solo tenía que darse un poco de tiempo y todo volvería a estar bien, estaba segura.
Pero, para su desgracia, el 'coqueteo' entre Filch y la señora Pince (a la que empezaba a ver como una Casanova total) no sería la única cosa extraña que le tocaría vivir. El espectáculo no había hecho más que empezar.
7 horas antes
Lo primero que hizo Katie cuando se levantó de la cama aquella mañana fue mirar por la ventana del dormitorio. Quizá habría escampado, quizá hacía buen tiempo y el partido no sería un desastre. Pero su gozo terminó rápidamente en un pozo cuando observó los negros nubarrones que cubrían el cielo.
Bufó en protesta y miró hacia su cama. Sintió tremendas ganas de volver a meterse dentro, hacerse un ovillo y dormir hasta que llegase el día siguiente. Podía venir un tornado si quería y llevarse su dormitorio al mundo de Oz. Cualquier lugar sería mejor que el campo de quidditch en unas horas…
Sus compañeras de cuarto seguían dormidas. Leanne, que tenía la boca entreabierta, babeaba un poquito y eso le hizo reír. A sabiendas de que estando tan nerviosa como estaba no podría dormir más, decidió coger unos libros que había sacado de la biblioteca y devolverlos. Quizá después del partido ni se acordaría, así que se vistió y se calzó, dejando la escoba al lado de la puerta del dormitorio para luego ir a recogerla antes de desayunar.
Cuando se encontró cara a cara con la bibliotecaria reprimió una sonrisa. Le dejó los libros sobre la mesa y se dispuso a marcharse, pero una imagen se le coló por el rabillo del ojo y la mantuvo pegada al suelo.
Era Oliver, y estaba con una chica. Oliver con una chica en la biblioteca. Wood, su capitán, con una chica que parecía normal. No era una admiradora tonta, no tenía bolígrafo ni papel para que le firmara un autógrafo, ni siquiera una camiseta. Además, no tenía cara de idiota. No, era una chica normal y corriente, como ella.
Oliver conversaba con ella. Estaba agitado, eso se notaba, seguramente estaría nervioso por el partido y esa pobre chica se había encontrado en el lugar equivocado y en el momento equivocado. Sí, seguramente. Tenía que ser eso.
Prefirió no quedarse a averiguarlo y se marchó de allí tan rápido como pudo. No era sólo que le molestara que, después de haberle confesado sentir algo por ella, estuviese hablando con una chica cualquiera, que picaba, sí, pero no iba a ser una paranoica y pensar cosas extrañas.
Lo verdaderamente raro era que Oliver estuviese hablando con una chica que no fuese miembro de su equipo de quidditch. Oliver, que un día no entendió que una chica le estaba pidiendo ir a Hogsmeade con él cuando le preguntó qué iba a hacer aquel sábado de manera insinuante. Muy insinuante. Oliver tan sólo se había encogido de hombros y le había dicho que iba a diseñar tácticas, como siempre. La cara de la chica había sido todo un poema.
Sin duda era un día extraño, continuación del día extraño anterior, cuando había descubierto a Leanne gritando profusamente incongruencias a los gemelos Weasley (con los que siempre se había llevado sorprendentemente bien) o cuando había pillado a Pince hablando con Filch al oído. ¿Se había vuelto loco todo el mundo?
Un trueno ensordecedor sacudió las paredes del castillo e hizo que Katie diese un respingo del susto. Todavía faltaba un rato para que el equipo bajase a desayunar, así que decidió sentarse en uno de los butacones de la sala común de Gryffindor y robarle algún libro a alguna compañera que estuviese por allí. Cualquier cosa por distraer la mente de todo lo que se le venía encima en cuestión de horas.
5 horas antes
Alicia la había arrastrado de la sala común para desayunar. Katie insistía en que no podía probar bocado, su estómago estaba totalmente cerrado por los nervios, pero su amiga había insistido. No había tenido opción cuando, a los pocos minutos, Angelina se unió a la cantinela de Alicia. Se levantó y fue con ellas al comedor tan solo por no escucharlas.
Harry Potter estaba ya sentado a la mesa, comiéndose un cuenco de gachas de avena y unas tostadas. Ella le sonrió con complicidad y él le devolvió la sonrisa. Sabía que Wood había acosado al pobre Potter entre clases para darle consejos sobre su juego y se sintió extraña.
Oliver solía hacerles aquello a todos, pero esa vez ni siquiera se había acercado a ella. Se había limitado a darle órdenes, de bastante malas formas, durante los entrenamientos. Al parecer, pensaba que con eso tenía suficiente. Bueno, ella no iba a protestar por una semana pre-partido sin los ataques de nervios de Wood, pero se dio cuenta de que en cierto modo, mentalmente lo estaba haciendo. Lo había echado de menos. Pero ¿qué demonios le pasaba? ¿Pensaba una cosa pero luego hacía lo contrario? ¡Se estaba volviendo loca ella también! ¡Era contagioso!
Al final, el equipo al completo se había congregado en la mesa. Oliver fue el último, sin la chica con la que Katie le había visto en la biblioteca, y estaba inusualmente callado. El sonido de los truenos y de la lluvia chocando contra los cristales era su recordatorio de lo que les esperaba fuera. Aquel sonido junto con el del pan al masticarse, fue lo único que escucharon. El equipo de Gryffindor estaba sumergido en su mundo particular.
Cuando llegó el momento de salir, buscó a Cedric con la mirada, pero no estaba allí, ni él ni ninguno de los del equipo de Hufflepuff. Sí que divisó a Roger Davies, el capitán del equipo de Ravenclaw, el que había dado una excusa lo suficientemente convincente como para que tuviesen que jugar contra el equipo de su novio con apenas 24 horas de preaviso. Lo miró y sintió ganas de darle una excusa real para no poder jugar a base de golpes con la escoba. Maldito…
Últimamente pensaba demasiado en la violencia. Cuando acabase aquel calvario escribiría a su madre y le pediría que le mandase unos ejercicios de yoga para focalizar su ira. O quizá un saco de boxeo, todavía no se había decidido.
—¿Vamos, Katie? —le preguntó Fred, rozándole el brazo y sacándola de su ensimismamiento.
Ella asintió con la cabeza y se dejó llevar, incapaz de articular una palabra o de caminar sin arrastrar los pies. Pensó en Cedric, ¿estaría tan nervioso como ella? Seguramente no, tenía la ridícula costumbre de estar siempre tranquilo y relajado.
Una vez en el vestuario, cada uno se puso su túnica y cogió su escoba. Todos seguían en silencio, sin saber bien qué decir, exceptuando a los Weasley que tenían la misma marcha de siempre. Ellos mismos habían dicho, no hacía ni dos días, que Hufflepuff era un rival fácil de vencer. Había sido Oliver el que había dicho que Cedric había mejorado mucho el equipo y que no se lo tomasen tan a broma. Sabía que admitir aquel hecho le había debido costar bastante, sobre todo cuando ella estaba delante. Los hombres eran tan… Todavía no lo había decidido, pero no iba a terminar la frase con un adjetivo positivo, de aquello estaba segura.
El equipo miró a Wood, esperando su típica charla de hora y media anterior al partido, pero el capitán estaba callado como una tumba. Sus ojos se encontraron con los de Katie y la chica sintió un chispazo de electricidad recorriendo su cuerpo de pies a cabeza. Ella le hizo un gesto para que comenzase a hablar, pero Oliver sólo tragó saliva y les hizo un gesto para que siguieran hasta el campo.
El temporal arreciaba, el viento soplaba con fuerza y la lluvia no daba tregua. Les costaba avanzar a través del campo para llegar hasta el centro, y no escuchaban más que el sonido de los truenos. Antes de llegar hasta su destino, todo el equipo estaba ya empapado por completo.
Enseguida fue consciente de que se acercaba el equipo de Hufflepuff, que también avanzaba hasta el centro. El color amarillo de su túnica era inconfundible. Intentó sonreír a Cedric, pero dudaba que nadie fuese capaz de ver nada más allá de su propia nariz, así que desistió de seguir intentándolo. La señora Hooch apareció también, con su silbato colgado del cuello.
Era el momento del apretón de manos de los capitanes. Katie sintió que los pelos de su nuca se erizaban. Wood parecía tener las mismas ganas de estrecharle la mano a su novio como de revolcarse en el barro, pero lo hizo de todos modos. Cedric parecía sonreírle, pero el gesto de Oliver era totalmente serio. Ni siquiera hizo un amago de sonrisa. Katie se sintió aliviada cuando se soltaron y la señora Hooch les mandó subirse a las escobas.
El partido dio comienzo con el sonido del silbato. Katie dio la patada al suelo y se elevó con su escoba. La Nimbus de Katie osciló ante el fuerte viento y le costó acostumbrarse a hacer fuerza para que no se la llevase la corriente. Era un infierno, apenas podía ver la quaffle. La atrapó unas cuantas veces pero le costaba tanto orientarse que no sabía hacia dónde volar para marcar un gol. Aún así, consiguió marcar dos goles, pero tenía un arañazo en la mano y se había dado un golpe con alguien del equipo de Hufflepuff, no había sido capaz de discernir quién era.
Al tiempo, no sabía exactamente cuánto, escuchó un pitido cerca de ella. La señora Hooch les hacía gestos y voló hacia ella con su escoba. Wood había pedido tiempo muerto, y les llamaba para una reunión.
—¿Cuál es la puntuación? —preguntó el pequeño Potter.
—Cincuenta puntos a nuestro favor. Pero si no atrapamos la snitch, seguiremos jugando hasta la noche —le contestó Wood, sonando francamente desesperado.
—Con esto me resulta imposible —protestó Harry, quitándose las gafas.
Pero Hermione Granger bajó en ese momento de las gradas y le hizo un encantamiento a las gafas de Harry, volviéndolas impermeables al agua. Wood parecía francamente aliviado y recuperó su espíritu.
—¡Magnífico! —dijo el capitán, emocionado —. ¡De acuerdo! ¡Vamos a ello!
Katie lo miró alucinada. Sólo conocía a una persona que sería capaz de estar tan contento de tener que seguir empapándose durante a saber cuánto tiempo más. Puso los ojos en blanco y se subió de nuevo a su escoba. Quizá ahora Harry pudiese ver mejor, pero ella tan solo se hacía una idea de cómo iban las jugadas cuando caía algún rayo y el haz de luz le dejaba ver el campo y a los jugadores.
Tenía las manos congeladas, le temblaban tanto que apenas podía coger la escoba, y eso que llevaba guantes. Había momentos en los que tiritaba, pero aún así consiguió marcar algún gol más. Bastante impresionante, aunque fuese ella la que lo dijese.
Pero de pronto, cuando iba a interceptar un pase entre dos de los cazadores de Hufflepuff, sintió un frío diferente al que ya la invadía. Este frío venía de dentro y se introducía en su cabeza. Se sintió tremendamente desdichada y supo que algo no iba bien. Fue entonces cuando escuchó gritos. Totalmente perdida, intentó acercarse hacia el centro del campo y entonces se dio cuenta. Harry había caído.
2 horas antes
Todavía empapados, el equipo de Gryffindor prácticamente al completo se concentraba junto a la cama de Harry Potter en la enfermería.
—Creí que se había matado… —murmuró Angelina, con la voz temblorosa.
—¡Pero si ni siquiera se ha roto las gafas! —contestó Fred, asombrado.
Madame Pomfrey les había asegurado que Harry se pondría bien, pero todos tenían todavía el susto metido en el cuerpo. Katie sentía que todavía temblaba y era normal, todavía estaba con la ropa mojada puesta, tan sólo se habían quitado las túnicas y habían ido corriendo a la enfermería. Entre eso y el disgusto…
A los pocos minutos Harry abrió los ojos por fin y Katie sintió que un nudo se le deshacía en la garganta.
—¡Harry! —dijo Fred —. ¿Cómo te encuentras?
—¿Qué sucedió? —preguntó el buscador, incorporándose en la cama.
Katie se mordió el labio y miró a Angelina, que tenía la misma expresión de desánimo que ella. Además de encajar el golpe tenían que decírselo a Harry…
—Te caíste —le explicó Fred —. Debieron de ser… ¿cuántos? ¿Veinte metros?
—Creímos que te habías matado —añadió Alicia con un hilo de voz.
Hermione Granger dio un grito ahogado. La pobre estaba deshecha y tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Pero el partido —insistió Potter —, ¿cómo acabó? ¿Se repetirá?
Todos se miraron entre sí… Habían esperado que quizá estuviese tan conmocionado que no preguntaría, pero no habían tenido tanta suerte. Katie volvió a morderse el labio y miró a Harry con pesar. Los ojos verdes del buscador se clavaron en los suyos y leyeron su expresión como si fuese un libro.
—¿No habremos… perdido? —preguntó temblorosamente.
Katie no pudo reunir fuerzas para darle la noticia. Sintió que una mueca de dolor se formaba en su rostro y volvió a mirar al chico.
—Diggory atrapó la snitch —le respondió George al final — poco después de que te cayeras. No se dio cuenta de lo que pasaba. Cuando miró hacia atrás y te vio en el suelo, quiso que se anulara. Quería que se repitiera el partido, pero ganaron limpiamente. Incluso Wood lo ha admitido.
Sí, lo había admitido antes de marcharse cabizbajo del campo en dirección contraria a la enfermería. Huyendo del equipo, claro, y de ella.
—¿Dónde está Wood? —preguntó Harry.
—Sigue en las duchas —dijo Fred, mirando a Katie —. Parece que quiere ahogarse.
Katie bufó y se cruzó de brazos. Se quedaron unos minutos más, haciendo cálculos de qué tendría que pasar para que tuviesen una oportunidad de llegar a la final, algunos más optimistas que otros. Al final se marcharon, a sabiendas de que a Harry le quedaba todavía una noticia por conocer… Su pobre escoba, hecha pedazos por el Sauce Boxeador. Lo sentía tremendamente por él, ella misma sentía un enorme apego por su escoba, y perderla sería terrible.
Empapados y llenos de barro, se fueron a la torre de Gryffindor. Pero antes de entrar por el retrato, Fred Weasley se giró hacia ella.
—Katie, alguien debería ir a rescatar a Wood —dijo mirándola directamente a ella.
Ella abrió los ojos y pestañeó dos veces por la incredulidad del asunto —¿Y? ¿Por qué me miras a mí? ¡Ve tú! —protestó ella, intentando acercarse al retrato de la Dama Gorda.
—¿No crees que deberías ir tú? —insistió el pelirrojo, haciendo que Katie se girase para mirarlo.
—¿Qué? —preguntó airada —. ¿Por qué?
—¿Porque eres su mejor amiga, quizá? —añadió George, convirtiéndose en cómplice de su hermano.
Era cierto que no les había contado nada de lo sucedido en los últimos días, pero seguramente no serían tan idiotas como para no darse cuenta de que Wood la trataba otra vez como si fuese un trapo viejo. Se giró para pedir ayuda a Alicia y a Angelina, pero se dio cuenta de que ya habían entrado a la sala común.
—Pero… —titubeó desesperada — ¿Qué le ha pasado a eso de que el que tiene la idea es el que tiene que hacerlo? ¡Yo misma fui la demostración de aquello!
—Bueno, esa fue la excepción que confirma la regla, normalmente el que tiene la idea tiene también el derecho de endilgarle el muerto a alguien —dijo Fred sonriendo.
Katie se sintió atrapada —¡De eso nada! ¡A mí nunca me dejáis endilgarle nada a nadie! ¡Siempre me toca hacerlo todo! —protestó.
—Katie, querida… ¿Quieres estar aquí durante otros 20 minutos mientras mi hermano y yo te damos razones perfectamente racionales a la par que incomprensibles por las que deberías ir tú? Porque tenemos toda la tarde… —respondió George Weasley, colocando los brazos en jarras.
La chica iba a responder, pero apenas un ligero sonido había salido de su boca se dio cuenta de que sería inútil, así que, en su lugar, soltó un bufido —No puedo creerlo… —farfulló antes de volver a bajar las escaleras que había subido para llegar a la torre.
Los gemelos, satisfechos, dijeron la contraseña y entraron en el calor de la sala común, pero Katie caminaba hacia fuera, de nuevo hacia el campo, para buscar a Wood en los vestuarios. No tenía ningunas ganas de verle, sabía que estaría abatido, pero ese no era motivo para no asegurarse de que Harry estaba sano y salvo. ¡Como si él fuese el único que estaba decepcionado con haber perdido!
Cuando vio a Cedric que se acercaba satisfecho con la snitch en la mano, sintió que su estómago se desplazaba a sus pies. Su novio había intentado remediarlo y que repitieran el partido, pero la señora Hooch se había mostrado inamovible, había sido legal y no había repeticiones que valieran. Wood había admitido la derrota, pero sabía que debía estar que mordía por haber perdido, sobre todo contra Cedric. Ella habría deseado poder dividirse en varios pedazos para poder atender todas las situaciones, pero sabía que Harry era su prioridad y no había dudado ni un momento.
No había tenido ocasión de hablar con Cedric, pero sabía que él tampoco estaría especialmente satisfecho con cómo habían ganado. Ya tendría tiempo de lidiar con él, ahora mismo tenía que llegar hasta el vestuario y sacar a Wood por las orejas de allí después de echarle una buena bronca.
Pensó en taparse con algo, pero era una tontería, ya que estaba completamente mojada. Echó a correr hacia el vestuario para intentar remojarse lo menos posible, pero cuando llegó hasta la puerta, que estaba abierta, volvía a chorrearle el pelo.
Se agitó un poco cuando entró, y se hizo camino hasta las duchas, evitando las túnicas sucias que había tiradas por el suelo, entre otras cosas que no se atrevía a mirar siquiera, por si acaso.
La tormenta se iba alejando, y el sonido de los truenos se escuchaba cada vez más lejano, lo cual le permitió escuchar el sonido de una ducha abierta en alguna parte del vestuario. Se enfadó todavía más. El muy bobo seguía compadeciéndose cuando Harry estaba en la enfermería, convaleciente y sin escoba.
Siguió caminando hasta que llegó hasta Wood. Estaba sentado en uno de los bancos de madera que tenían para dejar las cosas. Todavía llevaba el uniforme puesto, y estaba debajo de una ducha, con la cabeza enterrada entre las piernas. Katie sintió que su enfado flaqueaba al verlo de aquella manera, pero supo que no podía permitirse ser indulgente. Tenía que frenar aquel comportamiento egoísta de una vez por todas.
Así que, cogiendo fuerzas, entró en el cubículo en el que había seis duchas colocadas paralelamente en filas de tres, pegadas a la pared de azulejo.
—Márchate —escuchó que decía Wood, sin molestarse siquiera en mirar a quién se dirigía.
Katie colocó los brazos en jarras y miró hacia el techo, pidiendo ayuda divina a quien fuese. Suspiró y se acercó más al capitán.
—Oliver, levanta de ahí por favor —le pidió en la voz más calmada que pudo sacar. Como esperaba, Wood no respondió —. Oliver, por favor, vas a coger una pulmonía, tienes que ir a secarte.
—Qué más da… —murmuró el chico, todavía en la misma posición.
La cazadora se sintió exasperada y con bastante poca paciencia —¡Oliver, no seas idiota! ¡Sal de ahí y vete a hablar con Harry! ¡Necesita que le digas que sabes que no es culpa suya y que vayas a ver que está bien! —al final levantó la voz sin poder evitarlo.
Cuando Wood tampoco le respondió, se mordió el labio por la impotencia. Sentía ganas de golpearle con el grifo de la ducha.
—¿Te acuerdas de tu buscador? ¿De Harry? ¿El que casi se mata hace un rato mientras jugábamos al quidditch? —le gritó —. ¡Ni siquiera has ido a ver si sigue vivo! ¿Qué clase de capitán eres?
—¡Obviamente uno terrible! —respondió Wood, levantándose de su asiento y encarando a Katie —. ¡Tanto que hemos perdido contra Hufflepuff! ¡Hufflepuff, que todos decíais que eran tan fácil de vencer! Algo debo estar haciendo mal, ¿no te parece?
Katie se quedó cortada unos segundos, al no esperarse una respuesta tan brusca por parte de Wood, pero tan solo le llevó unos instantes recuperarse y volver a la batalla verbal.
—¡No digas tonterías, Oliver! ¿Te das cuenta de en qué condiciones hemos jugado? ¡Y han entrado los dementores! ¡Cualquier equipo tendría dificultades para ganar con el temporal que hemos tenido!
—¡Pero no ha perdido cualquier equipo! ¡Hemos perdido nosotros! —contestó Wood, quitándose el agua que le chorreaba por la cara —. ¡Y contra Hufflepuff, nada menos!
—¡Oliver! ¡Lo dijiste tú mismo! El equipo ha mejorado mucho y…
—¡Eso da igual! —le cortó el capitán, obviamente furioso —. ¡No se merecía ganar! ¡Él ya te tiene a ti! ¿Acaso no es eso suficiente? ¿También tiene que quitarme el quidditch? —dijo mirándola fijamente —. ¿Tiene que quitarme todo lo que me importa? —siguió gritando, dando vueltas como un desesperado.
La chica se quedó totalmente de piedra. Aunque Oliver había insinuado que sentía algo por ella no lo había dicho tan abiertamente como en ese momento. No supo que decir, las palabras se le disipaban en la garganta, no conseguía pensar con claridad.
—Oliver, yo…
Pero no pudo terminar la frase. Sintió de repente el calor del contacto de los labios de Oliver con los suyos, que contrastaba con el tremendo frío que sentía. Durante unos instantes fue incapaz de reaccionar, no fue hasta que sintió las manos de Oliver en su cintura que su cerebro empezó a procesar lo que estaba ocurriendo. Oliver Wood la estaba besando, en la boca, y no era un sueño.
Eso fue lo último que recordó pensar, porque, sin pedir permiso, sus brazos se entrelazaron tras el cuello de Oliver cuando sintió la lengua del chico sobre sus labios, como pidiendo permiso. Instintivamente abrió su boca a la de Oliver, sufriendo un ataque sin tregua por parte del chico, que recorrió con su lengua cada rincón de su boca, sin darle un solo momento para respirar.
Batalló con Oliver en un beso que no era dulce, era apasionado y tórrido. La mano de Oliver empezó a recorrerle la espalda mientras la movía hasta una de las paredes de la ducha hasta que la colocó contra ella. Katie sentía que caía agua de alguna parte, pero no podía estar segura de si era agua de lluvia o de una de las duchas. Ya no era ella misma, era un ser diferente, sentía el estómago lleno de mariposas. Aquello no era una chispa, era un incendio en toda regla.
Porque Oliver Wood era tan apasionado besando como lo era a la hora de planear una jugada. La mano de Oliver acarició su mejilla y movió ligeramente su cabeza, para poder profundizar todavía más su beso. La chica se sentía totalmente prisionera de sus besos, que se interrumpían tan solo lo suficiente como para que pudiesen tomar aire. Oliver se apretó todavía más contra Katie, como si quisiese fundir su piel con la de ella.
Katie enterró, por fin, las manos en el cabello mojado de Oliver, como había deseado hacer prácticamente desde que tenía uso de razón. Aunque empapado, su pelo era suave y se deslizaba entre sus dedos con tanta perfección como jamás habría imaginado. Se escuchó a sí misma gemir cuando la mano de Oliver empezó a bajar por su cuello, sin dejar de besarla ni un solo instante. Los escalofríos se mezclaban con las oleadas de calor que sentía de repente.
Cuando Oliver se separó de ella podrían haber pasado horas, días quizá. Katie no era consciente. Pero en cuanto miró a Oliver a los ojos recordó a Cedric, a su novio que la estaría esperando para intentar animarla por la derrota que habían sufrido. Wood no era capaz de quitarle los ojos de encima, no cuando tenía los labios hinchados por sus besos. Aquello era algo por lo que merecía la pena arriesgarse a un puñetazo de Diggory.
Pero Katie notaba que estaba temblando por una razón diferente al frío, y dio un par de pasos hacia la salida, todavía sintiéndose incapaz de retirar la mirada. Tenía que irse, tenía que irse de allí cuanto antes, correr, ¡volar! Sin volver la vista atrás ni una sola vez, salió a los terrenos del castillo, donde la lluvia seguía cayendo sin parar.
Corría sin rumbo fijo. No podía ir al colegio, allí todo el equipo estaría esperándola para ir a comer. Así que deambuló sin saber adónde iba, intentando buscar un soplo de aire puro que la liberara del aroma intoxicante de Oliver. Pero en el fondo sabía que nunca podría quitarse a Oliver de su piel. En tan solo unos minutos había conseguido grabarse en ella para siempre, y aquello la asustaba más que nada.
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