Este fanfic participa en el reto "Apocalipsis" del foro "I am SHERlocked"

DISCLAIMER:Nada de esto es mío, todo lo referente a Sherlock pertenece a Sir Arthur Conan Doyle y la BBC. Yo solo me divierto con esto.

ADVERTENCIAS:Slash en algún momento. Sangre, muerte y destrucción, después de todo, esto es un Apocalipsis.

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INFECTION

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PROLOGO

Era el día 24 del mes de Noviembre; el sol se encontraba en su punto más alto y sin embargo, solo unos pálidos rayos lograban filtrarse en finos hilillos a través de la pequeña rendija de una ventana semiabierta ubicada en el ala este del segundo piso del Establecimiento de Investigación Microbiológica en Porton Down, Inglaterra. Iluminando débilmente junto con la fría luz de las lámparas de neón ubicadas en el techo, la pequeña estancia denominada como cuarto de control.

Lugar donde el edificio era monitoreado las 24 horas del día por un solo hombre que tenía el control de todas y cada una de las ciento treinta cámaras instaladas estratégicamente en cada rincón para que ningún movimiento pasara desapercibido.

El nombre de este hombre era Hank Miller, quien, sentado en una silla giratoria mirando al techo con los dedos de su mano derecha, largos y delgados tamborileando sobre su muslo; ambas piernas cruzadas y el pie derecho moviéndose de arriba abajo constantemente y sin ritmo alguno; era el encargado de la vigilar las 34 plantas del gris edificio.

Se movió un poco en su lugar, estiro ambos brazos por encima de su cabeza, y rompió el absoluto silencio generando un lago y sonoro bostezo que resonó dentro de esas cuatro paredes de granito; permitiéndose por un instante descansar un poco más, después de todo, él mismo pronosticaba un día tranquilo y sin sobresaltos como era común desde los siete años que llevaba trabajando ahí. Sin más incidentes que una pipeta rota o un vaso de precipitado tomado en un desliz sin las debidas precauciones, que se hacía añicos al hacer contacto con la fría superficie de un suelo de mármol.

Un día tranquilo. Común. Monótono.

Así lo esperaba desde que había abierto los ojos esa misma mañana para encontrarse con esa débil oscuridad que precedía al alba inundando su habitación. Se había levantado temprano -6:00 A.M para ser exactos- se había cambiado el pijama por su inseparable mono de trabajo azul cobalto y tras haber comido una tostada recién hecha y bebido un poco de zumo de naranja directamente del embace, se había marchado al trabajo en su muy destartalado auto.

Nada más que su rutina diaria. Nada más que su monótono y aburrido día.

En realidad, si en ese momento le hubieran dicho que iba a morir en tan escasos 20 minutos, se habría reído como nunca lo había hecho en sus 55 años de vida…

Por que después de todo, el no era más que un hombre dentro de cuatro paredes, sentado al otro lado de una puerta cerrada, que no hacia más que monitorear las imágenes de las cámaras de seguridad y que en ese momento estaba a punto de quedarse dormido.

Su cabeza comenzaba a ladearse cayendo perezosamente sobre su hombro derecho y los irises azules de sus ojos cansados comenzaban a desaparecer lentamente tras unos parpados que de pronto se sentían pesados.

Y además, por si fuera poco, un fino hilillo de baba comenzaba a correrle lentamente por la comisura de su boca ligeramente abierta de la que también comenzaban a manar tenues ronquidos producidos desde el fondo de su garganta.

Error.

Ese había sido el primer error que Hank Miller había cometido ese día: quedarse dormido mientras el indicador que tantos años había estado en verde, ahora pasaba a un brillante color rojo.

Y el caos comenzaba.


Nadie supo cuando. Ni como. Simplemente sucedió lo que nadie nunca pudo haber pronosticado.

Fue un error. Pero la persona responsable había estado muerta incluso antes de darse cuenta de que era lo que había provocado.

Un accidente imperdonable en uno de los más secretos laboratorios británicos. Un desliz de una mano que temblaba por primera vez ante un nuevo experimento. Una reacción que ni siquiera su creador había esperado.

Y fue todo...

Una catástrofe provocada por algo tan pequeño como un virus...


Hank Miller despertó sobresaltado con el sonido de las alarmas automáticas perforando sus oídos.

Tosió. Una, dos, tres veces; su caja torácica palpitando mientras que involuntariamente su mano izquierda viajaba temblorosa hacia sus labios resecos en un vano intento por detener esa tos insistente, logrando solo mancharse entre cada molesto espasmo de sangre roja y espesa.

Jadeo. Arrastrando su mano de la boca hacia su cuello, trazando una gruesa estela de sangre que resalto escarlata sobre su piel que de pronto se miraba de una palidez casi cadavérica. Sus vías respiratorias se obstruían y él se ahogaba con una mezcla de su propia saliva y sangre.

De pronto, el pánico y la desesperación se marcaron a pulso en su rostro deformando sus facciones y sus propias uñas se encontraron enterrándose en su propia carne arañando la piel suave que cubría su tráquea.

En un una última descarga de fuerza, su brazo derecho viajo al interruptor en la pared. Un paso, dos… sus pies arrastrándose contra el suelo, las suelas de sus zapatos rechinando ante cada movimiento y los dedos de su mano tanteando el aire.

Un poco más y las puertas se cerrarían para contener cualquier peligro biológico dentro de las instalaciones.

Demasiado tarde.

Como si hasta ese momento hubiera estado sostenido de un fino hilo que de pronto era cortado, su brazo cayo laxo y sin energía a su costado. Sus temblorosas piernas perdieron cualquier rastro de fuerza y su cuerpo entero cayo con un golpe seco sobre un el piso.

Un último gorgoteo y Hank Miller estaba muerto. Después de todo, cuatro paredes y una puerta cerrada no habían sido suficientes…


Después de muchos intentos para comenzar a escribir este fanfic, ha salido esto.

Solo espero no haberme viajado mucho y no haberlo hecho muy dramático.

Tampoco hubo ningún personaje de Sherlock ahorita. pero esta parte jugara un papel importante mas adelante.

¡Gracias por leer! ¡Se acepta cualquier comentario!