Este fanfic participa en el reto "Apocalipsis" del foro "I am SHERlocked"

DISCLAIMER:Nada de esto es mío, todo lo referente a Sherlock pertenece a Sir Arthur Conan Doyle y la BBC. Yo solo me divierto con esto.

ADVERTENCIAS:Slash en algún momento. Sangre, muerte y destrucción, después de todo, esto es un Apocalipsis.

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INFECTION

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CAPÍTULO 2.-INFECCION

Eran las 7:00 de la mañana cuando John llego a la clínica con la bata perfectamente doblada y planchada debajo del brazo y un enorme vaso de café aferrado entre los dedos que incluso aún humeaba cuando el medico le dio un sorbo y lo dejo sobre la mesa de su consultorio para ponerse la bata y comenzar formalmente con su día.

Se sentía cansado, y si quería iniciar bien y no dormirse en medio de una consulta, debía acabárselo pronto.

La noche anterior, Sherlock había decidido que era buena idea tocar el violín hasta horas insospechadas y John se había visto en la necesidad de cubrir sus oídos con las almohadas para mitigar un poco el ruido y poder dormir así por lo menos un par de horas.

Cosa que solo había sido posible cuando Sherlock se canso y dejo el violín para regresar a su lado entre las mantas. Después de todo, si esa era la recompensa que él obtenía después de sobrevivir a un concierto nocturno, la aceptaba de muy buena gana y sin protestar. Al fin y al cabo podía dormir más fácilmente si el detective estaba a su lado.

El único inconveniente que había, era que a la mañana siguiente levantarse sería el problema, pues se negaría a abandonar la calidez de las mantas y del cuerpo de su compañero de piso para enfrentarse al frío de la mañana…

Gruñó, acabándose el café con rapidez sintiendo el líquido caliente corriendo por su tráquea y eliminando cualquier rastro de soñolencia que alguna vez pudo haber tenido. Tiro el envase al cubo de basura y antes de que se terminara de poner la bata, recibió a su primer paciente.

Una niña de nueve años y con una tos persistente que se ocultaba detrás del cuerpo de su madre dejando solo ver un mechón de cabello rubio y de vez en cuando un par de impresionantes ojos verdes que se mostraban un poco húmedos. Cosa que John paso por alto, pese a todo, no iba a ser el primer niño que lloraba cuando lo llevaban al medico.

Suspiró, y tras ponerse los guantes y un cubre boca (el invierno se acercaba y el no tenía intenciones de enfermarse) se dedico a inspeccionar los síntomas con total delicadeza para no alarmar más a la pequeña que de por sí a simple vista ya se veía asustada.

Después de eso, y a pesar de que la madre de la niña insistiera en que solo se trataba de un pequeño cuadro gripal que se negaba a desaparecer y que solo hacía falta un poco de jarabe para la tos de esos que hacen para los niños; John se negó a redactar una receta hasta no tener en observación esa tos que sin lugar a dudas no se trataba de una tos normal...

Los síntomas podían perecérsele pero si algo había aprendido era que sin importar las señales, muchas veces las enfermedades llegaban a ser algo muy diferente y también podían llegar a agraviarse si no eran atendidas como se debían…

Lamentablemente, en ese momento solo él pensaba así, pues, para su mala suerte, Margaret -el nombre de la madre de la pequeña- se enfureció ante la más leve insinuación de que su hija debía quedarse en la clínica un poco más pues el jarabe con sabor a fresa no era una opción.

Le grito, y la cosa hubiera llegado a más de no ser porque en ese momento, cualquier sonido proveniente de esos labios coloreados de un intenso rojo cereza se corto de improviso. Tan rápido como se apaga de un soplido la llama de una vela. El fuego estaba apagado y el aire responsable había sido nada más y nada menos que el grito procedente de una garganta infantil.

John nunca imagino que vería algo como eso...

En cuestión de segundos la tos se había convertido en un verdadero ataque parecido al de un niño con asma, inundada de horribles espasmos mientras que la sangre salía a coágulos entre cada acceso.

Sin esperar ni un segundo más y con la ayuda de dos enfermeras, lograron estabilizarla. Después de aquel incidente, Margaret, tan pálida como la cera, no había chistado ni un poco cuando le informaron que su pequeña debería quedarse un poco más; en silencio se había limitado a asentir suavemente y a entrar junto con la niña a la habitación más próxima...

Penosamente, sin importar todo los intentos por parte de los médicos, la pequeña murió dos días después en una misteriosa situación, sin embargo, se catalogo como una muerte natural y el caso nunca fue abierto…