Hola, hola! Las saludo hoy martes nuevamente, porque parece que mañana voy a tener un día super complicado y no tendré una compu cerca. así que de una vez les dejo el capítulo de mañana y nos leemos el jueves! Gracias por sus comentarios como siempre, me hacen muy feliz :)

Con este capítulo termino el día juntos. Espero les guste y de antemano les digo que lamento hacer sufrir a Albert, pero siempre me sucede lo mismo cuando escribo sobre él. Supongo que siempre ha sido el fuerte, el protector y me gusta que Candy sea ahora la que lo cuide y lo protega.


Capítulo 28

Sin saber cómo se dejó convencer Albert es bajado a la cocina por los mellizos. Candy pide a todos los del servicio que les dejen solos y obedecen sorprendidos. Cuando están solos en la inmensa cocina de la mansión Andrew Candy le coloca un delantal al rubio y se coloca uno igual.

- ¿Listo para cocinar?

- Candy…

- Vamos Albert, recuerda nuestra época en el departamento. Cocinabas diario

Albert suspira resignado. Quisiera poder cocinar para su pequeña como lo hacía en esa época. Le gusta cocinar y más le gustaba hacerlo para ella. Pero le preocupa su poca movilidad y no le gusta pedir ayuda a cada instante y mucho menos a su pequeña.

- ¿Qué quieres cenar? – le pregunta por fin después de un rato en la cocina

- ¿Recuerdas esa pasta que hiciste la noche que celebraste tu empleo? – le responde la rubia con su mágica sonrisa

- De acuerdo – le dice mientras rueda hacia la despensa de la mansión. Candy se queda frente a la estufa en espera de instrucciones. Un fuerte ruido le hace saltar y correr hacia la despensa encontrando al rubio con varios paquetes y latas encima de él y otras tantas en el suelo. Candy entiende que se le han caído intentando tomar la pasta de un anaquel por arriba de su alcance. No dice nada trayendo una escoba y recogedor mientras Albert deja las cosas en los anaqueles bajos y rueda fuera de la despensa. – Candy – le llama el rubio desde la estufa. Ella termina de limpiar y va con él quien le pide que baje una de las ollas para poner la pasta a cocer, se la entrega y éste rueda hasta el fregadero donde coloca la olla para llenarla de agua. Se estira lo más que puede descubriendo que no alcanza la manija de la llave. Candy también lo nota y abre la llave dejando que la olla se llene. Albert rueda hacia el refrigerador dejando a la rubia con el agua; abre una de las puertas y se agacha lo más que puede para sacar un ajo y cebolla. Las coloca en su regazo y luego rueda hacia una de las mesas para comenzar a picar. Mira a su alrededor y observa al final de la tarima el cuchillero pegado a la pared. Fuera de su alcance. Suspira. Candy termina de llenar la olla con agua y la carga llevándola a la estufa donde Albert arroja la pasta, pone sal y otros condimentos. – Candy… - le dice el rubio enojado – no puedo con esto. Dejemos que alguien más cocine

- Albert…

El rubio se quita el delantal y lo arroja a un banco cercano mientras comienza a salir de la cocina, dejando a Candy sola. Se encuentra con los mellizos frente a la escalera principal y les pide que le suban a su habitación. Al notar la voz disgustada del patriarca, no comentan nada y hacen lo que les pide.

Recostado en su cama deja fluir su enorme frustración. Agradece que los mellizos le dejaran solo y que Candy no lo siguiera. Odia sentirse tan inútil y más frente a su adorada Candy. Suspira con tristeza, furia y frustración. Golpea con los puños el colchón de su cama y en un arranque de coraje comienza a golpear sus piernas, gritando furioso. Se para en seco. Sorprendido se seca las lágrimas de sus ojos con la manga de su camisa sin dejar de mirar sus piernas delante de él. Las mueve con las manos mientras se recupera del asombro. No siente nada. Las golpea un poco y siente los ligeros golpes. «La poca sensibilidad que siempre he tenido» piensa suspirando pesadamente, aun así se anima y vuelve a golpear sus piernas con la fuerza que lo hacía unos minutos antes. Sonríe y vuelve a llorar al sentir los fuertes golpes que se da. Siente.

Desea gritar, llamar a todos y decirles lo que descubrió. Comienza a tranquilizarse recordando su enojo con la rubia en la cocina. Se entusiasma soñando en su recuperación, en volver a caminar, en poder cocinar para su pequeña como antes, en poderla cuidar y protegerla. «Ahora si no la volveré a dejar ir» piensa el rubio con una gran sonrisa «le diré que la amo, treparemos a los árboles, correremos por los bosques, nadaremos en el rio y bailaré con ella todos las noches antes de acostarnos» El rubio sigue feliz soñando con conquistar a la chica hasta quedarse dormido.

...

Una de las cocineras entra en el lugar y ve a Candy con rostro de angustia. Se acerca un poco y recibe una gran sonrisa de parte de la rubia, quien le pide le ayude a cocinar para Albert. Las otras dos cocineras se unen a ella y en poco tiempo están preparando una deliciosa cena.

- Si hoy no aprendo a cocinar, me doy por vencida – comenta Candy a las cocineras de la mansión quienes le enseñan como picar verdura y marinar la carne.

Alegremente y con mucha paciencia las chicas dejan que Candy haga todo, para que pueda decir que ella fue quien cocino. Ella, por su lado, se sorprende de lo complicado que resulta y se divierte intentando adornar el plato donde pondrá la pasta que ella ha terminado de preparar. Para cuando termina de cocinar y colocar todo en hermosas bandejas de plata, se da cuenta de que no solo el delantal, sino toda ella está llena de manchas de comida. La cocinera ofrece a subir la comida en unos minutos mientras ella sube a cambiarse. Candy les agradece con besos y abrazos a cada una y sale corriendo a su habitación para vestirse.

Se mira al espejo de su habitación y se da cuenta que no tiene tiempo de darse un baño, así que suelta su cabello sacudiendo la harina que tiene y lo recoge con solo dos prendedores para no perder tiempo en volverse a peinar. Se quita la ropa y se pone un ligero vestido blanco. «cómodo y sencillo» piensa al verse con el vestido puesto. Sonríe y sale hacia la habitación de Albert.

Se encuentra con James y la cocinera con las bandejas de comida. Les pide unos minutos y entra en la habitación sin tocar. Observa al rubio dormido y les abre la puerta para que entren y dejen la comida en la mesa. Candy sonríe y les pide otro favor. Les pide que le llenen de flores los jarrones de la habitación y ellos encantados lo hacen rápidamente. Candy se queda en la silla al lado de la cama del rubio esperando que lleguen las flores, luego junto con Alfred las acomoda en todo el lugar y en silencio sale dejándolos solos.

Candy se acerca al rubio, le admira y observa que ha llorado. Con su mano suavemente seca la lágrima que todavía queda en la mejilla del hombre y siente un estremecimiento, una necesidad de seguirlo tocando, de brindarle consuelo. Poco a poco ella acerca su rostro y besa gentilmente su mejilla. Albert sigue dormido. Ella disfruta el contacto y sigue besando suavemente. Ahora un parpado, la punta de la nariz y sin poderlo evitar deposita un beso en los labios del rubio. Una fuerte electricidad le inunda – te amo Albert – susurra sonriendo ante su atrevimiento.

Logra alejarse un poco de él intentando calmar sus emociones, luego vuelve a tocarlo ahora con más fuerza para despertarlo.

- Candy… - exclama el rubio despertando

- Es hora de cenar – le dice con una gran sonrisa

- Candy, yo… - comenta dejándose ayudar a incorporar en la cama – tengo que disculparme contigo…

- No tienes porque – responde la rubia justo en el momento en que Albert se da cuenta de lo bellamente arreglada que está la mesa de la habitación y la enorme cantidad de flores que hay en el lugar

- ¡Candy!

- He preparado la cena – le dice divertida – aunque recibí indicaciones de las cocineras, yo hice todo – afirma orgullosa acercando la silla de ruedas a la cama. Albert se deja transferir y sonríe al ver todo lo que su pequeña ha cocinado.

- Es maravilloso – exclama el rubio tomando la mando de la chica invitándola a sentarse a su lado.

Albert sirve un poco de cada platillo en uno de los platos y se lo entrega a Candy, luego sirve otro y abre la botella de vino sirviendo un par de copas.

- Albert… - dice la rubia levantando su copa para brindar – creo que debo disculparme porque intento volver al pasado en vez de crear nuevos y maravillosos momentos a tu lado

- Candy…

- Solo estar contigo es suficiente para hacerme feliz Albert.

- Yo también soy feliz a tu lado sin importar nada más, Candy – responde el rubio levantando su copa, brindando con su pequeña, desando poderle decir que ya tiene más sensación en las piernas. Deseando poderle decir que la ama desde hace mil años y la amará por mil más.

...

Los rubios disfrutan de su deliciosa cena entre risas y felicidad. Luego salen un rato al balcón a ver el atardecer. Ahí Albert toma su libro y lee un par de poemas a su pequeña.

- Ha sido un día maravilloso Albert – le agradece la rubia

- Lamento lo ocurrido en la cocina, pequeña – se vuelve a disculpar apenado por su mala reacción

- Es normal – responde Candy dejando ver a la enfermera que lleva dentro – de hecho deberíamos entrar para que descanses

- Estoy bien pequeña – le dice pensando en decirle su descubrimiento, pero prefiere esperar a hablar primero con su doctor

- No has tenido terapia el día de hoy y tu cuerpo lo puede resentir. Antes de dormir te daré un masaje y unos ejercicios

- Está bien Candy. Gracias

Un rato después entran en la habitación y Candy le prepara la tina para un baño. Los mellizos le ayudan a entrar a la tina y después de un rato a solas disfrutando del agua caliente y la felicidad del día con su pequeña, ella entra sentándose a su lado mirándolo con dulzura.

- Aunque no quieras – le dice ella divertida tomando el brazo del rubio, comenzando a darle un masaje a lo largo de su brazo. Albert se queda en silencio, disfrutando la sensación del tacto de su pequeña en todo su brazo. Cuando termina toma su silla sentándose al otro lado de la tina, comenzando el masaje en el otro brazo. Albert cierra los ojos y se deja consentir. Candy continua con las piernas observando como él mantiene los ojos cerrados, la cabeza recostada en la orilla de la tina y un tenue rojo se apodera de su varonil rostro. Ella se sonroja de solo apreciarlo y agradece que tenga los ojos cerrados. Se concentra en el masaje aunque sus pensamientos divagan en sus sentimientos hacia él. «¿Será posible que me ames Albert? ¿será ese sonrojo el mismo que yo tengo por sentir tu piel o será solamente que te apena estar desnudo frente a mí? Oh Albert, como quisiera que todo fuera más sencillo, que pudiera decirte que te amo y que nada impidiera nuestro amor… pero en mi vida siempre que me enamoro algo se interpone»

- Candy – dice el rubio sacando de sus pensamientos a la rubia. Está suelta la pierna del rubio exclamando asustada – ¿estás bien? – le pregunta divertido ante su reacción

- Lo siento Albert – dice apenada sonriendo con una mueca divertida, de las que tanto ama el rubio

- Creo que es tiempo de que deje la tina, el agua se está enfriando

- ¡Oh! – exclama tocando el agua, sorprendiéndose de lo rápido que ha pasado el tiempo. Salta de la silla saliendo del lugar para llamar a los mellizos mientras Albert dejar correr el agua por la coladera.

Candy recibe al rubio en la cama a quien le pide que se acueste boca abajo para continuar con un masaje en la espalda. Sin protestas vuelve a cerrar los ojos disfrutando del contacto con la rubia y ella se vuelve a dejar envolver con sus pensamientos de amor hacia su príncipe de la colina. Cuando termina le ayuda a vestir el pijama y le acomoda para que duerma.

- Te voy a extrañar – susurra el rubio mientras ella sale de la habitación dejándolo solo después de tan hermoso día juntos.