Hola, hola! Como les había dicho ayer no pude conectarme, pero hoy estoy de regreso! Muchas gracias por sus mensajes, me hacen sumamente feliz e igualmente espero hacerlas feliz con el capítulo de hoy. Saludos y nos leemos mañana!


Capítulo 29

Es una mañana hermosa en la ciudad de Chicago, el rubio llega al comedor para desayunar donde ya lo espera George para ver algunos asuntos y acompañarlo al hospital. Está muy emocionado de poder hablar con sus doctores y decirles que ya tiene mayor sensibilidad. Cuando Alfred termina de acomodar la silla en la cabecera de la mesa, el rubio se sorprende con una nota y una rosa, una "dulce Candy". La toma y lee en la rebuscada letra de su pequeña que le desea un buen día. "besos, Candy" – susurra el rubio a las últimas palabras de la nota

- ¿Tú crees que me pueda amar? – le pregunta a George

- Yo creo que le ama – responde con gran seguridad

Los hombres desayunan rápidamente y dejan la mansión rumbo al hospital. Durante una serie de ejercicios Albert les comenta sobre su descubrimiento y deciden hacerle una serie de estudios que se conservarán en secreto hasta que estén los resultados. Aunque no le dan muchas esperanzas, él nota entusiasmo en los médicos.

Ya en las oficinas, Albert se reúne con un par de hombres que desean abrir algunos negocios, les da su apoyo, les presta el dinero y les ayuda con buenas propuestas de trabajo que les ayudará a salir adelante en poco tiempo. Regresar a la rutina de trabajo le ayuda a no sentirse un completo inútil, a pesar de que extraña los bosques de Lakewood.

- Me acaban de avisar que ha quedado instalado el elevador en la mansión – le dice George entusiasmado. Lleva desde el accidente queriendo instalar uno, pero ha resultado bastante trabajo, dinero y un diseño especial por tratarse de un elevador amplio para un solo piso.

- Estupendo – responde el rubio «aunque espero no tenerlo que usar durante mucho tiempo más» piensa desando que los resultados de sus estudios sean positivos.

Un par de horas después el rubio deja las oficinas para regresar a casa. Está sumamente cansado y se deja llevar por los mellizos sin ninguna objeción. Los dos están sumamente entusiasmados con el elevador y los está esperando el arquitecto que lo ha colocado. Él les enseña a usarlo y los cuatro suben y bajan un par de veces probando el buen funcionamiento.

- Un poco ruidoso pero será de mucha ayuda para mí – dice el rubio al arquitecto agradeciendo su trabajo

Después de un par de vueltas más en el elevador, Albert les pide que le dejen en su habitación para descansar, comienza a marearse de tantas subidas y bajadas. Acostado en la cama observa la "dulce Candy" que su pequeña le ha dejado durante el desayuno y vuelve a tomar la tarjeta entre sus manos releyendo una y otra vez las palabras de su pequeña. «¿Candy… podrás algún día quererme como yo a ti? ¿Podrás amarme como amaste a Anthony o a Terry?» piensa hasta quedarse dormido.

El patriarca despierta poco antes de la hora de la cena sorprendiéndose de ver a Candy dormida en el sillón frente a su cama

- Candy – le llama mientras se incorpora un poco – preciosa…

La rubia comienza a despertar, se estira y sonríe mirando al rubio. Se levanta acercándose a él para saludar. Él le pregunta si lleva mucho ahí y porque no le ha despertado antes. Ella le dice que se veía muy a gusto durmiendo, así que no lo quiso despertar y mientras le miraba ella se quedó dormida

- Estás agotada – le dice sorprendido – ¿mucho trabajo en la Clínica Feliz?

- ¡Mucho! – responde contándole la gran cantidad de pacientes que llegan diariamente a la clínica, pero lo feliz que está de hacer lo que tanto le gusta.

La rubia ayuda a transferir al rubio a la silla y juntos salen rumbo al comedor para cenar. Albert le enseña el elevador y Candy no puede evitar subir y bajar un par de veces antes de salir de él. Los dos cenan en el comedor platicando sobre su día como siempre lo han hecho.

- En un par de días es la segunda audiencia – le comenta Albert para prepararla. Candy casi se atraganta con el bocado de lechón que tenía en la boca pero logra recuperarse y le dice que estará preparada.

...

Una enfermera rubia corre en su uniforme por las calles de la ciudad esquivando gente y gritando para que le den el paso. Se le ha hecho tarde y la audiencia ha comenzado unos minutos antes. Michael está afuera de los juzgados esperándola y ríe al verla llegar corriendo sudorosa y gritando. Él le dice que se tranquilice, que apenas está empezando y que Albert la espera. Él la escolta por los pasillos de los juzgados hasta abrirle la puerta. Cuando entra observa del lado derecho a los hermanos Leegan, Eliza le lanza una mirada de repulsión al verla en uniforme. Ella sonríe pensando que no ha cambiado en nada, luego camina sentándose junto al rubio quien le toma de la mano y sonríe agradeciendo su presencia.

Durante un par de horas los abogados presentan sus alegatos. Los Leegan demuestran fehacientemente el cariño que la señora Elroy les tenía lo que les ayuda a asegurar que el testamento no ha sido cumplido a cabalidad y que merecen el control de las empresas Andrew en el estado de Florida. También alegan que la decisión del patriarca de la familia es el de entregar el control de las empresas a los familiares que habiten cerca de ellas. Así que ellos deben de tener el control de las de Florida. Los abogados de Albert alegan que esas empresas fueron dadas al control del señor Leegan y no necesariamente a los hijos de él. El juez termina la audiencia hasta un par de días más adelante.

El juez sale de la sala, la gente comienza a salir y Candy se afianza al brazo del rubio asustada. Él la mira infundiendo confianza, el abogado está hablando con George y no se percatan cuando los hermanos se acercan a ellos.

- Vaya tío veo que Candy se ha convertido en tu enfermera personal… ¿Qué ha pasado con aquella señora gorda que te cuidaba por las noches en Lakewood? ¿No se ha recuperado de la golpiza que le di frente a ti? – le dice en tono mordaz

- ¡Eres un maldito! – exclama Candy soltándose del rubio aventándose al hombre y dándole una cachetada que le agarra desprevenido

Eliza comienza a gritar que está siendo atacada por una vulgar mujerzuela, Neil toma a la rubia por los brazos cuando ella trata de volverle a golpear. La tiene agarrada y la mira disfrutando su furia, luego mira a Albert y sin pensarlo besa a la rubia en los labios. Es un beso rápido y solo con la intensión de molestar, luego la arroja hacia un lado y tomando a su hermana por el brazo salen a paso veloz del lugar. Candy cae en los brazos de rubio, pero está tan furioso que no presta atención, tiene las manos en las ruedas de la silla con la intensión de salir detrás de su sobrino. Candy le intenta calmar, se sienta en su regazo y toma su rostro entre sus manos, haciendo que sus ojos se encuentren.

- Ablert… - le susurra

- Candy – responde dejando que todo su coraje desaparezca

- Estoy bien – le dice la rubia sonriendo. Albert le abraza con fuerza y aspira el dulce aroma de su pequeña dejándose impregnar en su aroma y tranquilidad

Durante el trayecto a la mansión los rubios vuelven a discutir y continúan con la discusión en la biblioteca de la casa.

- ¡Quiero estar a tu lado! – le refute la rubia constantemente

- No puedo permitir que Neil te vuelva a hacer daño. No volverás a ir a las audiencias y al terminar el juicio te iras al Hogar de Pony – le dice tajantemente el rubio

- ¡¿Qué?! – exclama sorprendida con el plan del rubio – ¡¿Por qué?! ¡Neil intentará hacerte daño, es un loco!

- Y por eso mismo no quiero que te vuelta a tocar – le dice el rubio – y cuando vuelva a intentar matarme tu estarás lejos de aquí

- ¡No! – grita arrojándose a los pies del rubio – no podría soportar estar lejos de ti sabiendo que estás tan cerca de él y te pueda volver a hacer daño

- ¡Y yo no soporto que él te vuelva a tocar, hacer daño o siquiera mirarte. Así que te irás al Hogar de Pony mientras detenemos a Neil!

- Albert… – le dice sollozando en su regazo – ¿Qué no entiendes que no puedo estar lejos de ti?

- Candy…

- No me alejes de tu lado, Albert. no puedo estar lejos de ti, ni un segundo – le dice llorando desconsoladamente – porque crees que no me fui con Terry, no pude siquiera llegar a la estación me sentía morir al alejarme de ti. Dejaré de ir a las audiencias, pero no me pidas que deje la mansión, que no vea el hermoso azul de tus ojos diariamente…

Albert se sorprende con sus palabras, calma su enojo y con dulzura toma la barbilla de la chica para mirar sus ojos. Observa las lágrimas de su pequeña y siente el dolor que experimenta en ese momento. Con su otra mano la levanta del suelo y la sienta en su regazo. Ella le abraza y recarga su cabeza en el cuello.

- Tranquila pequeña – le dice acariciando su cabello

- No quiero perderte Albert – le responde entre sollozos – quiero estar contigo, te necesito, te amo… no me alejes de tu lado

El rubio se queda pasmado ante las palabras de su pequeña, si antes estaba sorprendido ahora que escucha de los labios de su pequeña un "te amo" le deja anonadado y sin poder reaccionar. «Candy me ama…» piensa el rubio. Por fin reacciona y aleja un poco a su pequeña para que sus rostros se encuentren. Candy se seca las lágrimas y sus miradas se encuentran con las del rubio.

- ¿Me amas Candy?

- Sé que es absurdo que lo haga, pero es así Albert. – responde volviendo a esconderse en el hombro del rubio

- Pero… ¿desde cuándo?

- Me di cuenta el día que me iba con Terry, pero estoy segura que te he amado desde que te conocí en la Colina de Pony. Lo siento Albert – responde la rubia feliz de poder desahogar su corazón y decirle que le ama, aunque ahora tendrá que lidiar con eso y el rechazo por parte del rubio

- ¿Por qué lo sientes, pequeña?

- Porque sé que no soy la mujer ideal para ti, no soy lo que necesitas y seguramente no me quieres de esa forma…

- Mi dulce Candy – le dice el rubio acariciando su cabello disfrutando esta nueva sensación de saberse correspondido de la misma manera. Saber que ella le ama desde el mismo momento en que él también la amo… saber que su sueño se ha hecho realidad

- Lo siento mucho Albert y si quieres no volveremos a hablar de esto, pero no me pidas que me aleje de ti y menos en estos momentos…

– No vuelvas a disculparte, pequeña – le dice volviendo a hacer que sus miradas se encuentren. Albert sonríe lleno de felicidad y Candy se pierde en esa sonrisa. – te amo Candy – le dice por fin – te he amado desde hace mil años y te amaré por mil más