Hola, hola! Buen inicio de semana a todos! Gracias por continuar leyendo esta historia, espero que les siga gustando :) Aqui les dejo el capítulo de hoy, espero sus comentarios como siempre!
Capítulo 31
Es de noche, los rubios están en la biblioteca en uno de los sillones frente a la chimenea, ella recargada en el fuerte torso del hombre, cubiertos con una manta, un libro en mano y su amor a flor de piel. Albert cierra el libro y lo deja en la mesa a su lado, da un beso en los cabellos de la rubia aspirando el dulce aroma de la mujer que ama.
- Mañana es la audiencia final – comenta esperando no discutir al respecto. En cuanto termina de decir esas palabras siente como el cuerpo de la rubia se estremece. Luego se mueve alejándose de él. Candy se incorpora para que su rostro quede de frente.
- Estaré a tu lado – le sentencia la rubia. Él suspira al darse cuenta que tendrán que pelear.
- No – responde por fin esquivando su mirada pues sabe que es el arma más fuerte que tiene la rubia, una de sus bellas miradas y él caerá rendido permitiéndole hacer lo que sea – mañana a primera hora James te llevará al Hogar de Pony.
- ¡¿Qué?! – exclama la rubia levantándose del sillón, dejando caer la manta al suelo. Se queda unos segundos parada frente a él, sin decir nada.
- Es por tu seguridad – dice Albert
- ¡Por favor! – exclama furiosa la rubia comenzando a caminar por la habitación al darse cuenta que el rubio no la mira. Camina buscando no gritar, calmar su coraje y su gran miedo de lo que pueda hacer Neil – sabemos perfectamente que Neil intentará matarte a ti, y ¿lo que te preocupa es mí seguridad? Yo estoy bien Albert y lo único que quiero es estar aquí cuando él venga a por ti.
- Candy… - exclama tratando de no enojarse – todo está preparado. Estamos listos para lo que intente Neil. No me pasará nada, te lo aseguro
- Pero tendrás que ser el señuelo ¿no?
- Si no estoy aquí esperándolo no hará nada…
- Y yo tengo que estar lo más lejos posible ¿cierto?
- No puedo permitir que Neil te haga daño, Candy. ¡Entiéndelo!
- Pero yo sí tengo que permitir que te pongas en peligro y estar lejos de ti, con terror a que algo te pase… - comenta la rubia mientras sigue caminando por la biblioteca detrás del sillón donde está el patriarca
- Candy…
- Sigues sin entender lo que significas para mí ¿verdad Albert? no entiendes que no puedo estar lejos de ti, que me aterra estar lejos mientras Neil intenta algo. No quiero volver a sentirme como el día que te disparó. No solo me aterra perderte, me aterra no estar contigo en esos momentos, me duele saber que estabas solo cuando te disparó que estabas solo cuando te llevaron al hospital… - la rubia comienza a llorar recordando esos difíciles momentos
- Candy – dice el rubio girando en el sillón hacia donde está su pequeña, furioso de no poderse levantar y abrazarla. La llama para que venga a él, para que se siente a su lado.
- Si algo te pasa, quiero estar contigo, Albert. no quiero que vuelvas a estar solo nunca más – concluye la rubia dejándose caer al lado del rubio, quien la abraza y besa con agradecimiento infinito.
- Mi dulce Candy – le susurra dulcemente
- En las buenas y en las malas, Albert – le dice ella – compartir nuestras penas y alegrías…
- Está bien, Candy
Los Andrew llegan al juzgado. George habla con los abogados mientras Albert es llevado a cuestas por los mellizos por los difíciles pasillos del edificio, Candy va unos pasos detrás. Cuando entran en la sala ya están los hermanos Leegan en compañía de sus abogados. Los dos sonríen hipócritamente a los rubios. Candy se sienta al lado de Albert y le toma de la mano. Poco antes de que entre el juez para dar inicio, entran en la sala los señores Leegan. Neil y Eliza no pueden evitar sorprenderse y exclamar al verlos. El señor Leegan mira y hace un gesto de saludo al patriarca quien responde de igual manera. Los hermanos enfurecen pero son controlados por su abogado.
El juez aparece antes de que los señores Leegan puedan decirles algo a sus hijos. Todos toman su lugar y el juicio continua. Los abogados de Albert presentan los últimos alegatos incluidas cartas de la señora Elroy explicando lo que desea que suceda con sus sobrinos Neil y Eliza. Ella estaba al tanto de su mal carácter y desea que no tengan ningún control sobre ninguna empresa de la familia sin supervisión de sus padres o del jefe de la familia. Los abogados también presentan la última prueba y con ello realizan una demanda en contra de Neil. El abogado presenta la pistola con la que Neil trató de matar a Albert, así como un estudio de balística, huellas dactilares y copia del recibo con el cual Neil compró la pistola. Todo esto demuestra que Neil fue quien entro a robar en la mansión los documentos que ahora presentan los jóvenes, así como el intento de asesinato al jefe de la familia.
Nadie esperaba esta prueba, Neil se levanta de su asiento y grita que es mentira, pero cuando el juez solicita se abra un juicio en contra de él por intento de homicidio, el hombre sale huyendo de los juzgados. Nadie logra detenerlo, ni los mellizos que corren detrás de él. Se pierde entre los laberintos de las oficinas y en las calles aledañas al edificio. Eliza niega todo conocimiento sobre el robo o la posesión de la pistola y por el momento el juez acepta su palabra. El juicio termina con una victoria de la familia Andrew sobre los jóvenes Leegan. Los padres se acercan a la peliroja y le sermonean fuertemente. Luego el señor Leegan se acerca al patriarca y pide que le digan más sobre el robo y el disparo. Con tristeza el rubio cuenta lo que se sabe y como las pruebas determinan que Neil compró la pistola, entró en la casa, robo papeles y le disparó a Albert. Para evitar más dolor al señor, no cuenta nada sobre el segundo intento que hubo durante su estancia en Lakewood.
De regreso a la mansión Candy no puede dejar de abrazar al rubio y temblar pensando en lo que puede suceder en cualquier momento. Neil anda suelto, está furioso y para colmo es acusado formalmente de intento de asesinato.
- No tardará en atacar – dice Candy al darse cuenta que la policía lo busca
- No tardará – asiente el rubio tratando de tranquilizar a su pequeña. Confía en George y en todo lo que han planeado para este momento, pero tener a Candy a su lado le hace sentir vulnerable. – Candy… déjame llevarte al Hogar de Pony. Por favor
- ¡No! – exclama ella afianzándose más a él. – te he dejado solo durante muchas veces y no pienso volverlo a hacer. Nunca más tendrás que pasar por nada tú solo Albert. De ahora en adelante compartiremos todo como lo prometimos hace tanto tiempo
Albert le besa y abraza agradeciendo su enorme cariño, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que no está solo, que alguien le apoya en todo momento y circunstancia. Los rubios llegan a la mansión acomodándose en la veranda para tomar el té y tratar de calmarse. Candy sirve una taza demostrando su nerviosismo al tirar el contenido un par de veces. Albert rueda acercándose a ella para ayudarla.
- Te aseguro que todo estará bien – le dice mirándola a los ojos con gran seguridad
- ¡Oh, Albert! – se arroja a sus brazos sentándose en su regazo llorando solo un poco – tengo miedo. Neil estaba furioso
- Él no esperaba que sus padres estuvieran enterados ni que le acusáramos. No habíamos mostrado las pruebas de la pistola y eso lo dejo desconcertado.
George entra en la habitación, Candy se levanta del regazo del rubio, se seca las lágrimas y toma asiento en uno de los sillones ansiando escuchar a George. Él les cuenta que todo está listo. La policía de Chicago está ya en los alrededores de la mansión perfectamente escondidos. La seguridad que George ha contratado está en su lugar, pasando desapercibidos. Los hombres que siguen a Neil le han informado que está escondido en una cantina de mala muerte de la ciudad.
- Así que vendrá borracho y enojado – medita el rubio
- Es peligroso – comenta Candy
- Sabemos que no está armado, por lo que nos conviene que venga borracho, será más fácil de manejar – comenta George infundiendo seguridad. – esperaremos a que entre, los mellizos están preparados y en las habitaciones contiguas ya están dos hombres escondidos y no se moverán hasta que Neil aparezca. En cuanto lo tengamos la policía lo detendrá.
- Gracias George
- La mitad del servicio ya ha tomado el día, como habíamos acordado, la otra mitad sabe que al finalizar la cena deben volver a sus cuartos en la parte de atrás. Me temo señor que Neil no intente nada hasta que sepa que está completamente solo en la casa – dice mirando a la rubia
- ¡No! – exclama Candy no queriendo alejarse de él.
George le explica que es la única manera, por lo que al terminar de cenar George abandonará la mansión acompañado de ella.
- Daremos una vuelta a la manzana y entraremos por la parte de atrás. – le asegura el moreno para convencerla.
Durante la cena ninguno de los comensales habla mucho. La mansión se sume en un profundo silencio aunque todavía hay movimiento. La tensión se siente en el aire, pues se saben observados. Terminan de cenar y Candy sube con Albert a su habitación. La rubia sigue temblando y Albert trata de tranquilizarla mientras le ayuda a ponerse el pijama.
- Dime que no te acostarás – le dice la rubia – preferiría que te quedarás en la silla
- Me quedaré en la silla – le responde Albert – me pondrás una manta en las piernas y almohadones en la espalda, estaré en la sala, quiero que piense que estoy en uno de los sillones de la sala
- Albert… - exclama asustada
- No estoy solo – le dice el rubio para darle seguridad – uno de los mellizos estará escondido en el ropero y el otro en el baño junto con dos de los guardias de George. Tranquila Candy – ella suspira secándose las lágrimas y dándole una sonrisa que el rubio agradece con otra. – y tú, cuando regreses del paseo con George te encierras en tu habitación ¿entendido? Y no sales por nada del mundo
- Albert…
- Por favor Candy – le suplica el rubio tomando las manos de la chica buscando su mirada – por favor, pequeña. Te amo y no quiero que nada te pase
