Kagura era amiga de la recepcionista del Dr. Jaken y por lo tanto sabía sobre las sesiones de Sesshomaru con el psiquiatra. No es que a ella le importara si era capaz de levantársele o no, ciertamente ya no tenía ningún interés en él, sobre todo porque era evidente que nunca se uniría con ella.
Ella pasó junto a una pareja que había llamado a un taxi, y se lo robó casi arrancándole la puerta del pasajero, tratando de abrirla.
—Disculpe, pero— Kagura ignoró la protesta del hombre y le gruñó. Se sintió mejor cuando se acomodó.
Se dejó caer en el asiento trasero y, sin pensarlo, le dio una dirección al conductor del taxi, mientras cerraba la puerta de golpe.
Sólo cuando se terminó de acomodar en el asiento, se dio cuenta de que la dirección que le había dado, no era la suya. Ella suspiró. Tal vez era mejor no ir a casa, teniendo en cuenta el estado de ánimo en el que se encontraba. Su subconsciente parecía saber lo que ella necesitaba de todos modos.
Distracción.
Menos de diez minutos después, ella estaba en la puerta de un apartamento, después de haber tocado el timbre para ir al piso de arriba. Apenas tuvo tiempo para enderezar su vestido, cuando se abrió la puerta.
Inuyasha le dio una mirada rápida. Como siempre, él se veía sexy como el demonio, que era exactamente lo que ella necesitaba esa noche.
—Mira lo que ha traído el gato—, dijo él.
Ella pasó por su lado hacia la sala de estar con espacio abierto.
—No sabía que eras alguien de clichés.
Inuyasha se encogió de hombros y dejó que la puerta se cerrara.
—Las cosas cambian. Pero veo que tú no.
No. Ella estaba tan hermosa y tan insensible como siempre. Algunas cosas nunca cambian.
La miraba mientras ella se apoyaba contra la barra.
—¿Cómo has estado, Inuyasha?
Levantando la ceja, no se molestó en contestar a su pregunta.
—¿Qué quieres, Kagura? ¿Rompiste tu vibrador? ¿O por qué otra razón podrías estar aquí?
Ella frunció los labios.
—¿Eres siempre así de frío?
—Sólo contigo, querida, porque así es como te gusta, ¿no?
—¿Y?— Hizo una pausa. —¿Estás pensando en cumplir?
Inuyasha miró su reloj de pulsera.
—Tengo una hora para matar. Es una opción.
Él podría estar bien con un poco de sexo. Siempre podía con el sexo.
—Si sólo tienes una hora, será mejor no perder el tiempo charlando como si fuéramos viejos amigos.
Ella separó sus labios, permitiéndole a su lengua salir. Se lamió el labio inferior, y él siguió su mirada, mientras bajaba hacia su ingle.
Inuyasha sabía lo que ella había visto: un vampiro preparado para la acción entre las sábanas. Siempre estaba listo. Nada más que hablar de sexo podría conseguir despertarlo. Era ambos, un don y una maldición.
No sería la primera vez que se acostara con Kagura y probablemente no la última. Ella tenía un gran cuerpo y le gustaba rudo. Y rudo funcionaba para él. Especialmente con una mujer como ella.
—¿Por qué esta noche?
Él no estaba dispuesto a dejarla salirse con la suya todavía. Mientras más tiempo la retrasara, más caliente se pondría. Y una Kagura caliente prometía una gran cogida.
»•«
Cuando el telón cayó por fin, y disminuyeron los aplausos, Sesshomaru miró a su magnífica cita.
—¿Estás tratando de causar un disturbio en la audiencia?— él le hizo una broma.
—¿Cómo iba yo a hacer eso?— preguntó inocentemente Kagome, mirándolo a través de sus grandes ojos.
—Mirándome de esa manera, es un comienzo—. Si seguía así la arrastraría detrás de una cortina y la tomaría allí mismo.
Ella negó con la cabeza. —No, mantengamos las cosas claras. Tú comenzaste.
—Tú no me detuviste.
—Sólo soy una mujer débil.
Se rió de buena gana, llamando la atención de varios espectadores en él. —Ah, eres una mujer. Débil, definitivamente no. Apuesto a que puedes poner a cualquier hombre de rodillas.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Soy un ejemplo vivo del poder que tienes sobre los hombres—. Movió la cabeza mucho más cerca de ella.
—¿Vamos a salir de aquí antes de que tú causes algún tipo de disturbio?— Su risa era refrescante.
Se echó a reír y la levantó de su asiento. —¿Dónde quieres ir?
—¿Qué tal si solo seguimos con tus planes? Tenías algo planeado, ¿no?
Desnudarla en el siguiente rincón oscuro era el plan.
—¿Qué pasa si no te gusta lo que he planeado?— continuó él, disfrutando de tentarla.
—Pruébame.
¿Como que te deguste? En un santiamén.
Sesshomaru lamió su labio inferior. Había un mundo de cosas que quería probar, y saborearla era sólo el comienzo.
—Creo que lo haré. No. Borra eso, sé que lo haré.
Con su brazo alrededor de su cintura, la condujo a la escalera. El teatro se había casi vaciado, y fueron los últimos en caminar por la amplia escalera que conducía a una de las salidas laterales.
El sonido que sus tacones altos hacían en las escaleras, resonaban a través del aire.
Estaban solos. Él podía presionarla contra la pared y tomarla allí mismo en la escalera. Sus gemidos resonarían a través del espacio vacío, rebotarían en las paredes, el sonido se amplificaría. Pero todo terminaría muy pronto. No, tenía que distraerse y conseguir llevarla a su casa, donde podría mantenerla durante toda la noche.
—¿Por qué las mujeres se torturan de esa manera y usan tacones tan altos?— Sesshomaru estaba seguro de que su voz estaba coloreada con pura lujuria.
—Porque a las mujeres no les gusta ser pequeñas.
El se rió entre dientes.
—Se llama petite. Y a los hombres les gustan las mujeres petite. Saca a relucir el instinto de protección en ellos.
Ella le dio un puñetazo en broma. Sus abdominales eran duros como una roca. Él se echó a reír para ocultar sus verdaderos sentimientos, ¿Ella tenía alguna idea de lo que su toque le había hecho, y lo cerca que estaba de perder el control?
—Si quieres pelear, se puede arreglar. Pero tengo que advertirte, no me doy por vencido fácilmente.
Y contigo, lucharía desnudo.
—Yo tampoco.
—Esto debería hacerla una pelea interesante.
La mirada caliente que él le dio, era para decirle que tan interesante, un poco de lucha desnudos entre ellos, podría ser. Y lo que el ganador obtendría.
—Hagan sus apuestas—, le dijo ella.
—Mi dinero está en la chica.
—¿Por qué?— ella le preguntó completamente sorprendida por su elección.
—Sé cuál es la debilidad del hombre—. Le guiñó un ojo.
Salieron a la calle. Las escaleras los había conducido a una salida lateral hacia un pequeño callejón. Sesshomaru podía ver la calle principal a poca distancia, delante de ellos.
—Cuidado con los charcos—, advirtió y la guió alrededor de un gran charco de agua que había dejado la lluvia del día anterior.
—¿Qué? ¿Quieres decir que no tirarás tu abrigo y me dejarás pasar por encima de él?
Le encantaba la forma en que se relajaba con ella, con sus bromas alegres.
—Saville Row, dulzura. No creo que mi sastre lo vaya a apreciar si se entera.
Sesshomaru la volvió hacia él y la trajo hacia sus brazos. —¿Así que eso es lo que estás buscando, un príncipe azul pasado de moda?
Kagome no tenía idea que tan pasado de moda era realmente, o su edad en éste caso.
—No sé lo que estoy buscando.
Su voz temblaba. Su rostro estaba ruborizado, pero él dudaba que tuviera que ver con el calor que había en el teatro. Su sonrisa había desaparecido de su rostro y su mirada chocó con la suya.
—Pruébame—. Lentamente, él bajó su cabeza y se acercó a su boca. Sus labios se separaron, con la promesa de placeres que su cuerpo estaba deseando. Necesitaba ese beso, y lo necesitaba ya.
—¡Ustedes dos, contra la pared!— Una voz masculina amenazante interrumpió el silencio y destruyó el momento. Alguien tendría que pagar por esto.
Con la velocidad del rayo, Sesshomaru hizo un gesto con la cabeza con dirección hacia donde se había originado la voz y vio a un matón grande y el orificio de una pistola. Sintió a Kagome estremecerse en sus brazos y la acercó abrazándola con protección. El calor de su cuerpo se filtró en el suyo, y a pesar de la situación de peligro, se permitió disfrutar de su cercanía.
Sesshomaru sabía que tenía que actuar con rapidez, y no podía usar sus colmillos o velocidad de vampiro para derrotar al agresor. No permitiría que nada destruyera la velada que había planeado con la mujer en sus brazos. No podía arriesgarse a que ella se asustara o sospechara que había algo extraño en él. Su secreto tenía que ser guardado.
—¿No escucharon lo que dije? ¡Contra la pared!— repitió el matón. Quiero a la mujer, ahora!
Sesshomaru al instante se dio cuenta de que su atacante era un ser humano y por lo tanto fácilmente controlable. Kagome gritó, y Sesshomaru agarró la cabeza de ella para proteger su cara contra su pecho.
Tú no apretarás el gatillo.
Él utilizó la única arma de la cual disponía, su control mental.
No dispararás.
—Kagome, por favor, haz lo que digo. Ponte detrás de mí.
Él la empujó detrás de su ancha espalda. Podía sentirla temblando.
—Ay, Dios, no—, gimió ella. —Él va a matarte.
Muy poco probable. No era precisamente fácil matar a un vampiro, sobre todo, no con una pistola. Incluso si el delincuente le disparaba y acertaba, su cuerpo expulsaría la bala, y la herida se cerraría rápidamente.
Sólo un par de cosas podrían matar a un vampiro: una estaca de madera en el pecho, la exposición a la luz del sol y algunas lesiones graves en su cuerpo como consecuencia de la pérdida severa de sangre. Si un vampiro quedaba atrapado en una explosión, lo más seguro es que muriera, como lo haría en un incendio. Pero el hombre sólo tenía un arma de fuego que no representaba ningún peligro para Sesshomaru.
Sin embargo, tenía que tener cuidado. Kagome estaba con él, y no podía arriesgarse a que saliese lastimada.
—Ey, idiota. Quiero a la mujer. Dámela, y te dejaré vivir. No hay necesidad de que juegues al héroe.
Sesshomaru llevó su brazo tras de él para calmarla.
—Cierra los ojos, dulzura, todo estará bien.
Mantuvo su voz tranquila y relajada. No había necesidad de preocuparla más de lo que ya estaba.
No nos dispararás. No nos atacarás.
Sabía que podía derrotarlo en un instante, pero ¿cómo se lo explicaría a ella? ¿Cómo podía explicar sus habilidades sobrehumanas, sin causarle sospechas? Estaba en un aprieto. Podía controlar al matón de no disparar durante bastante tiempo, pero incluso hasta eso podría causar sospechas finalmente.
El hombre lo miró fijamente y de pronto dio un par de pasos hacia adelante. Sesshomaru podía ver su rostro claramente, incluyendo la cicatriz en la mejilla y el pequeño tatuaje en su cuello. Muy raro, muy distintivo. Sabiendo que lo reconocería si lo volvía a ver, él pensó en su plan. No había necesidad de matarlo ahora. Era suficiente ahuyentarlo y que sus hombres se encargaran de él más tarde.
—¿Qué quieres?— Sesshomaru preguntó con calma.
—¿Eres sordo? La mujer—, gruñó el hombre.
—No es una opción—, dijo Sesshomaru.
—Entonces te voy a matar.
Parecía como si quisiera apretar el gatillo, pero no lo hizo. Sesshomaru uso su estado de confusión para arremeter contra él. De una patada con su pierna derecha, golpeó el arma que el matón llevaba en la mano. El hombre lo miró, asombrado y en shock.
¡Corre! ¡Corre y no regreses!
Y como un conejo asustado salió corriendo del callejón. Todo había terminado.
Sesshomaru se volteó y cruzó la distancia hacia Kagome con tres grandes pasos.
—Todo está bien—, le aseguró mientras la tomaba entre sus brazos. —Se ha ido.
Ella temblaba como una hoja.
—Él no te hizo daño, ¿verdad?
—No. No tuvo la oportunidad.
—¿Cómo aprendiste a patear de esa manera?
La alejó solo un poco y con sus brazos extendidos la miró a la cara.
—¿No te había pedido que cerraras los ojos?
—Me asomé—, le dijo ella y enterró su cabeza en su pecho nuevamente. —No debiste haber tomado ese riesgo. Él tenía una pistola.
—La alternativa no era una opción. No pasó nada. Ese era un matón cualquiera.
Kagome negó con la cabeza.
—¿Qué?— le preguntó Sesshomaru confundido.
—Lo reconocí. Él era el mismo hombre que me atacó ayer por la noche.
La afirmación lo golpeó como un tren de carga.
—¿Estás segura?— Sesshomaru puso la mano bajo su barbilla y le pidió que lo mirara.
—Absolutamente, estoy segura.
Maldita sea, no lo tenía que haber dejado escapar. No podía ser una coincidencia que fuese el mismo tipo. Algo andaba mal. Muy mal.
Sin esfuerzo, levantó a Kagome en sus brazos y la cargó fuera del callejón.
—Yo puedo caminar.
—Permítemelo—. Sentir su cuerpo tan cerca, lo calmaba.
Él vio la limusina de inmediato, mientras salía del callejón. Souten estaba apoyado en el coche, esperando. Cuando Souten los vio acercarse, su mirada se volvió de preocupación, e inmediatamente abrió la puerta del coche.
—¿Sucede algo, señor?
Sesshomaru la llevó hacia el coche. —Fuimos atacados. Llévanos a casa Souten, rápidamente, por favor.
Él se deslizó en el asiento a su lado y le tomó su mano, antes que sacara su celular con la otra. El coche ya estaba en marcha cuando la llamada se conectó.
—Kouga, fuimos atacados—. Hizo que su voz sonara lo más tranquila posible para que Kagome no se preocupara aún más.
—¿Quién fue atacado?
—Kagome y yo, fuera del teatro.
Kouga le interrumpió: —¿Estabas en una cita con la mujer humana?
—¿Podrías escuchar?—le preguntó Sesshomaru ya comenzando a molestarse. —Kagome lo reconoció como el mismo hombre que la atacó ayer por la noche. Voy a hacer que Souten mande más tarde, un boceto de él por fax. No debería ser demasiado difícil de encontrarlo. Tiene un tatuaje en el cuello y una cicatriz en la mejilla. Él es probablemente un miembro de alguna pandilla. Haz que los chicos rastreen la ciudad, tan pronto les llegue mi descripción.
Distraídamente, se llevó la mano de Kagome a los labios y le besó los dedos tiernamente. Tenía que sentirla para asegurarse de que ella estuviera bien.
—¿Él era un vampiro?— Kouga quería saber, su voz estaba más tranquila ahora.
—No, definitivamente no.
—¿Un demonio?
—Nada de eso, sólo un delincuente habitual—. Esperaba que Kouga hubiese entendido que esto significaba que el hombre era un ser humano. No podía decirlo exactamente, mientras Kagome estaba sentada junto a él, escuchando su parte de la conversación.
—¿Y lo dejaste escapar?— Sonó la acusación de Kouga en su oído.
—¿Qué crees? No podía arriesgarme a que Kagome saliera herida.
¿Kouga estaba drogado? Sabía muy bien que él no podía haber matado al hombre frente a ella sin exponerse.
—Podrías haber borrado su memoria. ¿Pensaste en eso?
Kouga mantuvo la voz baja para que Kagome no pudiera oírle. Era verdad lo que él decía, pero de alguna manera Sesshomaru no tenía el corazón para usar sus poderes sobre ella. Algo lo detuvo. Él no quería tener nada que manchara su relación con ella.
¿Relación?
¿Cómo había entrado en su mente éste extraño pensamiento?
—Ya no voy a escuchar más de esto. Haz lo que te dije que hicieras. Y otra cosa: botó su arma en el callejón al lado del teatro. Recupérala y rastréala. Souten te mostrará dónde estábamos.
Él estaba enojado y terminó la llamada.
—¿Qué pasa?— Kagome sonaba preocupada.
Inmediatamente se dio cuenta de que no debía haber sido tan duro por teléfono, sino que debía haber controlado su temperamento. No quería que se preocupara. Suavemente la acercó más, poniendo un brazo sobre sus hombros y tomándola de la mano.
—Nada. Es sólo Kouga. Es un poco terco a veces. Tú no te tienes que preocupar de nada más. Ese hombre no puede hacerte daño.
Sesshomaru le besó la mano. A Kagome le encantaba sentir sus labios sobre su piel. La calmaba. Ella se acurrucó más cerca de él y esperó que no sospechara que estaba muy necesitada, pero su fuerte cuerpo la hizo sentirse segura, y eso es lo que necesitaba en ese momento.
—¿No deberíamos de ir a la policía?
—La policía no hace nada acerca de estas cosas. Deja que Kouga lo maneje; trabaja en seguridad. Sabe qué hacer.
Su voz era determinante como si estuviera seguro de qué acciones tomar. Un hombre que se hacía cargo.
Ella lo miró. El incidente no lo inmutó en absoluto. Mientras que ella, se había sacudido como un árbol en un huracán, él estaba tranquilo y sereno, casi como si estos sucesos fueran comunes para él.
—Probablemente pienses que estoy loco, pero hasta que este delincuente sea detenido, quiero que te quedes en mi casa.
Ella lo miró sorprendida. —¿Tu casa?
—Yo sé cómo ha de sonar esta sugerencia, sobre todo después de ... ya sabes ... pero yo no quiero que estés sola. Alguien está, obviamente, tras de ti, y hasta que sepamos quién y por qué, me sentiría mucho mejor, si estuvieras bajo mi protección.
Kagome se preguntó si él se sentía avergonzado de mencionar los pequeños juegos eróticos que habían jugado. ¿Podría este maldito incidente haber matado su estado de ánimo? Parecía que ahora se sentía obligado a protegerla. Ella hubiera querido estar con él esa noche, pero no bajo su protección. No, ella quería estar atrapada bajo su cuerpo sexy, su cuerpo desnudo.
—¿Quieres protegerme?
—Por supuesto que sí—. Sesshomaru le dio una mirada extraña.
—Eso es todo?
Estaba segura de que le había mostrado su decepción. Nunca había sido buena en ocultar sus sentimientos. Mientras lo miraba a los ojos, podía detectar un parpadeo en ellos, y luego él sonrió de repente.
Lo negó con la cabeza. —No, eso no es todo. Si sólo quisiera protegerte, te alojaría en el cuarto de invitados.
Ella sintió en su estómago algo que hizo un salto mortal. Una sonrisa se formó en sus labios.
—¿Y no me quedaré en la habitación de invitados? Ella estaba ansiosa por su respuesta y contuvo el aliento.
—Puedes, si tú insistes—, contestó Sesshomaru acariciándole la mandíbula con su pulgar, y mirando sus labios fijamente. —Desde luego no quiero obligarte a hacer algo que no quieras hacer, pero tenía la esperanza de que pudiera convencerte de que elegirías mi cama en su lugar.
Su voz era sensual y llena de deseo. Ningún hombre había hablado con ella de esta manera. De repente sus ojos se vieron mucho más oscuros, mientras bajaba la cabeza hacia la suya.
Su cama. ¿Había dicho realmente su cama o estaba alucinando?
—¿Estarás en ella?— Ella se sentía caliente, un calor insoportable al pensar en compartir su cama. Tenía problemas para tragar.
—Sí, mientras tú lo quieras—. Con la mano en su barbilla la acercó a su cara. —La última vez que te besé, te forcé a hacerlo. No quiero que este sea el caso esta noche. Así que te ruego, Kagome, por favor, dame un beso.
Mientras ella rozaba sus labios contra los de él, podía sentirlo inhalando con fuerza. El instante en que sus labios tocaron los suyos, todo a su alrededor parecía desaparecer y derretirse en la distancia. Apenas sentía el movimiento del coche o el cuero de los asientos. Sus brazos la apretaron en un abrazo, y sus labios le dieron toda la atención que quería, mordisqueándola y succionándola mientras le secuestraba un beso. Ella sintió su lengua deslizándose suavemente por sus labios, tan tentadora, que pensaba que nunca invadiría su boca, hasta que finalmente lo hizo, y lo hizo con un movimiento magistral. Su lengua circulaba la suya, exigiendo que jugara con él, que bailara con él.
Su beso envió llamas incandescentes a través de su cuerpo, tan caliente, que pensó que iba a disolverse desde el interior. El fuego quemaba dentro de su vientre, mandando calor y humedad que brotaban de entre sus piernas, mojando sus bragas que estarían completamente empapadas en cuestión de segundos. Ella era un desastre temblando en sus brazos. Se estremeció violentamente en cada asalto apasionado de su lengua a su boca, incapaz de controlar su reacción a él. Esperaba que no se diera cuenta de lo perdida que estaba en sus brazos, total y absolutamente bajo su hechizo. Repentinamente él se alejó.
—¿Estás bien?
La áspera voz de Sesshomaru, sonó preocupada pero también sin aliento.
—Por favor, no pares—, le rogó y presionó su boca contra la suya.
Él sin perder un segundo, continuó donde lo había dejado.
Su mano se movió hacia su espalda baja, haciéndola girar hacia él, dejando una de sus piernas apoyada sobre sus muslos. Suavemente acarició su firme trasero antes de pasar por el muslo llegando hasta la costura de la falda. Ella sintió cómo acariciaba su piel desnuda, y cómo su mano viajaba nuevamente hacia arriba por debajo de su falda. Arriba, y aún más. Sus dedos llegaron a la costura de su ropa interior, donde titubearon por un segundo, hasta que ella gimió con voz casi inaudible. Como si él estuviera esperando por su señal, deslizó su mano bajo la tela, acarició su piel desnuda y la apretó suavemente.
Kagome sabía que este hombre era virtualmente desconocido para ella, y no era normal que permitiera que él la tocara así cuando apenas lo conocía, pero no podía detenerlo. No quería. Su toque la excitaba y ella no se había sentido tan excitada en mucho tiempo. No podía negar a su cuerpo, el placer que él le estaba prometiendo. A medida que su mano se deslizaba más abajo para buscar el calor y la humedad que salían de entre sus piernas, ella lanzó otro gemido.
Si continuaba por mucho tiempo, habría terminado en el coche. Tenía que enfocarse, tratar de conseguir algún control sobre su cuerpo, pero ¿cómo podría? Sus manos prometían el placer que no había sentido en mucho tiempo, y la respuesta de su cuerpo era automática e incontrolable. Incluso si ella hubiese querido resistirse, no habría encontrado la fuerza. ¿Por qué permitía que la tocara tan íntimamente?
Otro suspiro escapó de su boca, mientras él separaba sus labios de los suyos.
—Ya estamos aquí.
Su voz estaba sin aliento y ella se sentía igual, y sus ojos estaban oscuros, cuando ella los vio, casi como si sus pupilas estuviesen dilatadas por completo. El color miel había desaparecido.
Ella miró a su alrededor. Souten sostuvo la puerta del coche abierta. Kagome no se había dado cuenta de que habían parado o que alguien había abierto la puerta. Había perdido todos sus sentidos por completo, con solo un beso.
