Estaban a la mitad de la novena entrada. El sol resplandecía en el cielo, brillando con toda su fuerza sobre el chico de cabellos oscuros que quitaba su gorra para limpiarse el sudor de la frente y, luego, volvía a colocarla en su lugar.
Ahora sí, cogió el bate y lo empuñó con ambas manos, llevándolo al lado derecho de su cuerpo. Sus piernas temblaban ligeramente. Si conseguía batear un cuadrangular podría asegurarse un año más de su contrato con los Yankees de Nueva York, no que él fuera un yankee de corazón pero, el negocio daba bien para pagar las cuentas, sobre todo cuando se tiene diecinueve años y ninguna preocupación más allá de un departamento y la refrigeradora llena de cervezas.
Escupió al suelo y volvió a su posición. "¡Lanza de una maldita vez!", decía en su mente. Nunca había sido una de sus fortalezas el ser paciente.
Desde el público, un joven de cabellos negros le observaba apretando las manos en puños, sentado en el borde de la banca porque ya no resistía un minuto más aquella presión. Los Yankees estaban dos puntos abajo y era su novio el que batearía la última bola.
-¡Sebastián, deja ya de retorcerte! – Protestó Claude, su compañero de aventuras y, también el único pobre tonto que cargaba siempre con la tarea de acompañar al moreno a cada juego que tenía él. También el que se marchaba cuando el juego acababa porque entonces Sebastián olvidaba su existencia y se dedicaba única y exclusivamente a Ciel.
-¡Cállate, Claude! – Protestó el aludido. - ¿No ves que Ciel hará un "homerun" en este momento?
El otro joven soltó una carcajada. - ¡Pareces vieja de pueblo! – Se peinó el cabello con los dedos y, lo encontró extraña y desagradablemente húmedo. – Lo único que sacaremos de este lugar es una insolación o quizás derretirnos con tanto sol.
"Ciel Phantomhive se prepara señores. ¿Qué tendremos esta vez?" Dijo el narrador al micrófono.
-¡Estás muerto, Phantomhive! – Murmuró el lanzador. Ciel lo escuchó y se removió en su lugar, ardiendo del coraje.
-Tranquilo, Ciel. – Se dijo a sí mismo, sintiendo la presión del catcher que estaba detrás suyo, ansioso de verle fallar.
Entonces, la bola fue lanzada y, Ciel agitó el bate con todas sus fuerzas pero, él mismo sabía que esa bola no iba bien.
"¡Strike uno!" Gritó el narrador. "¡Qué se cuide Phantomhive, ese lanzador la trae contra él!"
-¡Me jode! – Masculló el ojiazul, mordiéndose el labio inferior. Pero, esta vez le daría a esa bola, así fuera lo último que hiciera.
El lanzador sonrió ladeadamente, preparando un tiro tan rápido que ni siquiera los reflejos de Ciel serían capaces de captar.
Ciel separó las piernas, el sudor le corría por debajo de los pantalones pero, no había tiempo para fijarse en cosas como ésas. Jadeó y, recordó algo en ese momento, ahí estaba él, mirándole. Subió la vista por un instante. Sebastián estaba en la primera fila de los espectadores. Así, sensual como le recordaba desde tiempos inmemoriables.
-¡Ciel! – Gritó una voz en ese momento, el ojiazul giró la cabeza y una bola estaba a punto de pegarle un golpe que de seguro lo dejaría noqueado sino, que significaría un segundo strike. El ojiazul tomó el bate y le dio un golpe certero, justo en el punto que impulsaría la bola tres metros por encima de su cabeza.
Sin embargo, eso no era suficiente. Ciel tiró el bate al suelo y echó a correr. Los Boston Red Sox, el equipo visitante, se preparó para recibir la bola. - ¡No! ¡No! ¡No! – Decía el ojiazul en su interior. No podía quedar fuera. Debía tocar por lo menos primera base.
Uno de los Red Sox levantó la mano entonces, la bola había terminado su feliz recorrido hacia el cielo y estaba de viniendo de vuelta.
"¡Primera!" Dijo el narrador, emocionado. Sebastián se puso de pie, no podía resistir un minuto más el estar sentado. Al igual que él, la mitad del estadio de puso de pie. Estaban a solo dos puntos de igualar y tres de superar a los Red Sox.
-Puedo llegar. – Murmuró para sí, Ciel. Mirando la distancia que le separaba de la segunda base. Era arriesgado pero, valía la pena intentarlo. Se lanzó a correr, dando zancadas mientras los contrarios luchaban por hacerle retrasarse.
Entonces, la bola chocó contra el guante de uno de ellos, Ciel aún no llegaba y casi podía escuchar el grito del "Out". Sin embargo, el chico abrió el guante en ese momento. Y… la bola no estaba. Se había quedado tirada en el suelo, distante de cualquiera de los jugadores, quienes corrieron para traerla.
-¡Sí! – Exclamó Ciel tocando segunda y luego tercera base.
"¿Qué pasó con esa bola?" Preguntaba el narrador. "¡Vaya, se les ha escapado!" Rió por un instante, luego recobró la compostura. "Phantomhive, toca tercera base. Rivers, el jugador estrella de los Red Sox regresa con la bola y… ¡Phantomhive toca la cuarta base! ¡Señoras y señores la promesa de los Yankees nos acaba de entregar un cuadrangular mágico!"
Los gritos de los espectadores no se hicieron esperar. Ya sabían cuál era el veredicto final del juego.
"¡Los Yankees ganan 79 a 76!" Anunció el narrador y, la fiesta solo tomó más fuerza.
Finnian, Bard, Joker, Snake, todos se acercaron a abrazar al ojiazul. Habían conseguido una victoria más gracias a sus "habilidades". Ciel reía en su interior. Mejor habría sido decir que lo consiguieron porque Sebastián siempre sabía como "drenar" la tensión fuera de su cuerpo. - ¡Ciel, felicidades hombre! – Decían sus compañeros. - ¡Eres un grande!
El ojiazul se quitó la gorra y suspiró de cansancio pero, con una sonrisa en el rostro. - ¡Lo conseguimos! ¡Seguiremos juntos esta temporada y más, estoy seguro!
-¡Será así! – Dijo Finnian, al tiempo que él y Bard alzaban en brazos a Ciel. - ¡Nuestra estrella! – Gritó Bard, emocionado.
Sebastián, por su parte, casi se descuelga de las escaleras del estadio para poder llegar hasta el campo. Claude intentó detenerlo pero, era en balde, el moreno siempre se las ingeniaba para colarse en todas las celebraciones que se daban después de los partidos. Especialmente porque Ciel gustaba de tenerle ahí con él.
En medio de la multitud, Ciel giró el rostro y pudo verle, corriendo para alcanzarlos. Sonrió pero, no dijo nada. Ya tendría un momento para el moreno, solo con él.
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Los chicos del equipo le llevaron hasta los vestidores en donde se destaparon una docena de cervezas frías para todos. No falto el bromista que agitó alguna y la hizo salir disparada por los aires pero, todo eso era parte de la celebración. Ciel inclinó la cabeza hacia atrás, ¿podía ser todo más perfecto para él? Difícilmente.
-¡Vamos a seguir la fiesta, Ciel! – Le invitó el chico de ojos verdes, a quien apodaron Snake (serpiente) por sus habilidades a la hora de deslizarse y atrapar las bolas más complicadas.
-Claro. – Dijo el ojiazul, despreocupadamente. – Pero, vale, me daré un ducha antes, ¿de acuerdo?
-Seguro, hombre. Te esperamos. – Asintió el otro.
Ciel se tomó el tiempo de acomodar sus cosas dentro de un maletín deportivo, todo mientras sus compañeros se duchaban y cambiaban. No que no hubiera una ducha disponible pero, al ojiazul, de momento, había algo que le importaba un poco más que continuar la fiesta.
Finnian, Bard y los demás, terminaron de cambiarse y se dirigieron a la puerta. Al ver que faltaba Ciel quisieron regresar pero, éste les despidió con un "ya nos vemos luego". Y ellos, nada tontos, comprendieron que su compañero tenía otros asuntos.
Ciel sonrió y se metió a una de las duchas, abrió el grifo y comenzó a bañarse. Sebastián entró en los vestidores en ese momento. El aire estaba denso por el vapor de las duchas y el olor a césped en el lugar. Miró hacia todas partes pero, no pudo divisar al ojiazul. Sacó su teléfono celular para mandar un texto al menor. Menor solo por un año y seis meses, aunque desde que cumplió los veintiuno, a Sebastián le gustaba fastidiar a su novio por su edad.
"¿Dónde estás?" Escribió y le dio enviar.
Ciel escuchó el timbre de su celular recibir el mensaje y, sonrió nuevamente. - ¿Qué pasó? – Preguntó, saliendo de la ducha y enrollando una toalla alrededor de su cuerpo. - ¿Ya me extrañas?
-Mmm… Tal v… - No pudo terminar la frase porque los labios del ojiazul ya estaban sobre los suyos. El teléfono celular cayó débilmente al suelo, mientras las manos de Sebastián se dirigían a los costados de su amante.
Sus labios se abrieron ligeramente, permitiendo al moreno deslizar su lengua en medio de sus dientes. – Sebastián… - Gimió el ojiazul, sintiendo el roce de la lengua del moreno contra la suya. Definitivamente, ahora sabía porqué se había hecho novio de alguien como él.
-¡Phantomhive! – Gritó una voz en ese instante y, de inmediato, Ciel empujó a Sebastián. Era el entrenador. El moreno entendió el mensaje y se inclinó para recoger el teléfono móvil. El interlocutor se acercó a ambos y, miró al ojiazul de pies a cabeza. - ¿Qué hace este tipo acá? – Preguntó, señalando a Sebastián.
-Es… es un amigo. – Tartamudeó Ciel. Sebastián se hizo el desentendido, simulando que texteaba con el pobre teléfono que por poco y queda inservible.
-Sabes que no me gusta que gente ajena al equipo entre acá. – Masculló el entrenador.
-Entrenador Tanaka, usted sabe que me gusta invitar a Sebastián porque siempre ha sido un gran apoyo para mí. Sabe como apretarme los… tornillos cuando comienzo a perecear. – El ojiazul se giró y guiñó un ojo al moreno rápidamente. – Ha estado conmigo desde que comencé a jugar en las ligas menores.
-Entiendo. – Dijo de mala gana el, ya casi anciano, entrenador mientras arreglaba su gorra. – Pero deben irse pronto de aquí.
Ciel asintió, echando una ojeada rápida a la entrada, solo para cerciorarse que sus compañeros ya se hubieran marchado.
El hombre sonrió, le echó una mirada a Sebastián y luego agregó. – Buen juego, Ciel.
-Gracias entrenador. – El ojiazul le regaló una de esas sonrisas de doble intención que solo él sabía darle a todos. Era una forma de decir "soy mejor que ustedes", porque si algo debía recalcarse es que Ciel era naturalmente un egocéntrico.
El entrenador se giró en sus talones y se marchó del lugar, dejando a los jóvenes solos.
-Parece que ya no nos van a interrumpir. – Susurró Sebastián en su oído, quitándole la toalla y dejándola caer al suelo, desde sus espaldas.
-Ni creas que hoy te voy a dejar hacer eso aquí. – Ciel se alejó un par de pasos, girándose para enfrentar al moreno con su perfecta desnudez. Sebastián no pudo evitar lanzar un pequeño jadeo ante las formas del ojiazul. Era claro que el ejercicio le estaba sentando excelentemente. – Vas a tener que llevarme a algún lugar si quieres algo.
-¿Por qué ganaste? – Inquirió el moreno lanzándole una sonrisa picaresca. El ojiazul asintió, alejándose hasta su maletín y sacando una mudada de ropa. Nada complicado, unos jeans y una camiseta.
-Así es. Sabes que tengo ganas de conocer ese club del que hablaste el otro día. – Dijo mientras se ponía la ropa.
-¿Qué club? – Le incitó Sebastián. - ¿Será acaso ese club latino del que te hablé el otro día? – Se acercó al ojiazul por la espalda, moviendo ligerarmente las caderas mientras bailaba. Ciel, quien no era exactamente el mejor bailarín, simplemente dejó al moreno enredar sus brazos alrededor de su cintura mientras el moreno se frotaba sensualmente contra su trasero. El ojiazul se mordió el labio inferior y recostó la cabeza en el hombro de Sebastián.
-Sí, ese club. – Respondió en un susurro, tomando la mano del moreno y delizándola sobre su pecho, luego sobre su vientre hasta que topó con su miembro. -¿Vamos?
-Como ordene, delicioso amo. – Respondió Sebastián, acariciando el falo de Ciel por encima de su ropa. – Alguien está deseándome hoy.
-Quizás ese alguien te ha estado deseando por varios días. – Dijo Ciel, girándose y besando al moreno con tanta sensualidad que le hizo gemir.
-Vamos, antes que te robe y haga algo terrible contigo. – Sonrió, rodeándole por la cintura y haciéndole caminar con él.
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Se montaron en la vieja camioneta de Sebastián. Era una Dodge Ramcharger de 1991, color azul con una franja gris. Un armastroste viejo pero, que les había visto juntos desde que el moreno estaba en la secundaria y Ciel todavía gustaba de ver partidos de béisbol con sus padres en el gimnasio de la escuela. No hacía tanto de aquellos días pero, a ambos les gustaba creer que eran mucho más adultos y maduros de lo que eran entonces.
Sebastián conducía mientras lanzaba una que otra mirada al ojiazul, quien ya había terminado de celebrar su triunfo pero, no dejaba de sentirse orgulloso de sí mismo. El moreno también estaba orgulloso de él, sobre todo de la forma en que había dejado de ser tímido y ahora, le acorralaba y dejaba jadeando como si fuese una prostituta.
-Llegamos. – Musitó Sebastián, parqueando el coche en uno de los pocos espacios vacíos que quedaban. La noche comenzaba a caer y, Ciel bajó de un salto, pareciendo más joven de lo que era para el moreno. – ¡Alcánzame!
Sebastián cerró las puertas de la camioneta y se dirigió al lado del ojiazul, propiciándole una nalgada que revibró en el trasero del ojiazul haciéndolo pegar un salto. - ¿Me quieres dejar atrás?
-Digamos que te estás poniendo viejo, Sebastián Michaelis. – Le retó el menor, pellizcando la cintura del moreno. - ¿Eh? - Se detuvo al notar que había algo de lo que se perdió en sus días de entrenamiento a puerta cerrada. - ¿A qué te dedicaste mientras yo estaba entrenando?
-Me dediqué a hacer un poco de ejercicio para ponerme a la par de mi bien formado novio. – Dijo el moreno, insinuándose al ojiazul, quien simplemente sonrió y deslizó una mano por el vientre de su amado.
-Caballeros. Son diez dólares por cada uno. – Les interrumpió una voz, paralizando la mano del ojiazul y subiendo la mirada para alcanzar el rostro de Sebastián, quien no le llevaba más de cinco centímetros de altura.
Sebastián tragó en seco, rebuscó en sus bolsillos por algo de dinero pero, no había suficiente ni siquiera para una entrada. Su corazón se aceleró y, miró hacia abajo. - ¿Me… Me aceptaría una tarjeta de crédito? – La cual tampoco tenía fondos pero, algo tenía que hacer.
-Aquí solo efectivo. – Masculló el hombre secamente.
Ciel sacó el dinero de su billetera en silencio y se lo entregó al hombre. – Me debes una invitación, ¿eh? – Sonrió, tomando el cambio y guardando la billetera nuevamente.
-Perdóname, Ciel. – Sebastián se sintió avergonzado pero, en cuanto el ojiazul volvió a acariciar su pecho y le besó una vez más, toda la sensación anterior se fue al carajo.
Entraron. El local estaba abarrotado de parejas, tanto homosexuales como heterosexuales. Al parecer aquel lugar verdaderamente estaba de moda. Parte de su éxito tenía que deberse a la poca iluminación, podías esconderte en cualquier rincón y propasarte un poco con quien estuviese dispuesto a hacerlo.
La música comenzó a sonar una pieza de bachata. Ciel creía que era una de esas canciones "tramposas" con las que solo puedes hacer dos cosas, bailar o beber. Él no tenía ganas de hacer ninguna de ambas, su mayor deseo era una tercera pero, de momento, el calor que experimentaban sus caderas cuando Sebastián se movía seductoramente contra él era mejor que todo.
"No le digas a nadie, lo mucho que te quiero."
-¿Te gusta el lugar? – Preguntó el moreno, acariciando sus costados por detrás, mientras le hacía moverse lentamente, frotando sus caderas contra el miembro del mayor.
"Que soy un bohemio loco, no se lo comente al pueblo."
-Me encanta. – Susurró Ciel. – Hace tiempo que no salíamos.
"No le digas a nadie, que tu vida es mi vida."
-Hace tiempo que no hacemos muchas cosas, Ciel. – Respondió el moreno, obligándolo a girarse mientras le besaba profundamente.
"Que me la paso imaginando, esperando tenerte conmigo y ¡qué va!"
-Quiero que me pagues lo que gasté en la entrada. – Dijo, sonriendo maliciosamente contra los labios de Sebastián, mientras una de sus manos se deslizaba entre los pantalones del moreno.
"Déjenme soñar. Que el corazoncito es mío, mío."
-Puedo pagártelo en muchas formas. – Respondió Sebastián, acariciando el trasero del ojiazul mientras, todas las parejas se aglomeraban a su alrededor, bailando, flirteando o simplemente aprovechando la ocasión para besarse. - ¿Cómo te gustaría que empezara?
"Déjenme soñar. Yo soy el poeta de mil penas y tú eres mi condena."
Un mesero pasó ofreciendo bebidas en ese momento y, Ciel, alcanzó dos cervezas Budweiser para ambos. – Puedes empezar bebiendo esto conmigo. – Flirteó el ojiazul, dando un trago a la cerveza y besando al moreno para pasarle un poco de la bebida.
"Déjenme soñar. Que importa que en mi mente sea tu hombre, tú no me correspondes."
Sebastián correspondió el beso, sosteniendo la cerveza con una mano mientras acariciaba la nuca del ojiazul con la otra. – Te amo, Ciel.
"Y que el corazoncito es mío, mío. No le digas a nadie."
-Y yo te amo a ti, Sebastián. – Respondió el ojiazul, sosteniendo su cuerpo contra el del moreno. – Eres la mejor droga de este mundo.
Sebastián deslizó sus labios fríos por el cuello del ojiazul, besándolo hasta dejar una marca morada en él. – Me fascinas, Ciel. Desde el día en que te conocí, me encantas.
Ciel se aferró al cuello del mayor, dejándole más espacio para que marcara con su boca lo que era suyo. Solo suyo. – Sebastián… - Gimió, haciendo que el moreno abandonara su tarea y le mirara de frente.
-Dime. – El moreno retomó el baile, frotando ocasionalmente sus labios con los del ojiazul, encontrándose en un pequeños besos húmedos con sabor a cerveza.
-Nunca besarás a alguien más que a mí. - Dijo el menor contra los belfos de su amante.
-Nunca. – Respondió el moreno. – Pero, quiero que tú también seas solo para mí.
-Soy solo tuyo. – Sus narices se chocaron ligeramente, haciendo que sus labios volvieran a encontrarse. Esa noche no existía nadie más que ellos dos.
