Respuestas a Reviews:
Charles Grey - Perrible: Hola! Lo sé, jajajaja al principio me pareció un idea de lo más extraña porque Ciel nunca es atlético pero, bah.. aquí está ya hasta el segundo capítulo.. XDD Gracias por el review! :DD
AbSe: Sí! Aquí está ya la continuación.. aunque sé que no es tu historia favorita espero que le des una leída.. xDD Gracias por el review.. :DD
Chibi Taiga: Graciaaaas! :DD Espero no haber tardado mucho la verdad.. XDD Aquí está ya el nuevo capítulo.. Espero que te guste.. Gracias por el review.. :DD
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No sintió venir cuando el ojiazul le detuvo en medio de un beso y susurró. "Vamos a la camioneta."
"¿Para qué?" Preguntó Sebastián, acariciando la cola de Ciel. "¿No estamos bien aquí?"
"Sí, pero yo quiero ir a la camioneta." Le dijo en el oído, apretando su miembro por encima de sus pantalones.
El moreno gimió y, depositó otro beso en los labios del ojiazul, entrometiendo su lengua hasta topar con la del menor. Su boca era exquisita y su aliento con un deje de alcohol le estaba hipnotizando. "Vamos."
Salieron del local y se dirigieron a la camioneta. Sebastián traía colgado del cuello al ojiazul, besándolo sensualmente, mientras él le devolvía esos besos. Había esperado tantos días para hacer eso. Todo el tiempo que Ciel estuvo en su entrenamiento, él solo pensaba en el momento de volver a poseer ese cuerpo que cada día se parecía más a la escultura de David de Miguel Ángel.
Abrió la camioneta a ciegas, apenas palpando la cerradura para meter la llave en ella. Luego, ambos se metieron en el asiento trasero. Sebastián se sentó en él y Ciel se montó en su regazo. El moreno le miró con lascivia, estirando sus brazos y dándose el lujo de admirar lo que tenía encima suyo.
-¿Qué miras? – Preguntó el ojiazul, sacándole la camiseta mientras besaba el cuello, ligeramente sudoroso de Sebastián. - ¿Es que ahora te gusta más verme que tocarme?
El moreno sonrió, cerrando los ojos mientras aceptaba gustoso ese beso húmedo de parte de la boca del menor. – Extrañaba que me consintieras de esta forma. – Resbaló sus manos hacia los bordes de la camisa del ojiazul, sacándosela aprisa solo para deleitarse en lamer sus pezones. Los músculos pectorales ligeramente desarrollados del menor le fascinaban.
Ciel desabrochó los pantalones del moreno, deslizando una mano en medio de sus muslos para acariciar su miembro. – Estás tan bien, Sebastián. – Gimió, sintiendo como una erección crecía en medio de las piernas de su amante.
-Me pones así. – Susurró el moreno, lamiendo el hombro del ojiazul, dándole una ligera mordida mientras lo hacía.
El ojiazul sacó la mano de los pantalones de Sebastián y los bajó como podía. Ya no quería esperar más por sentirlo suyo de nuevo. Luego se separó por un instante, mientras el moreno se deshacía de sus pantalones también y dejaban la ropa interior en el suelo del vehículo.
Tenían años de conocerse y, sin embargo, esas escapadas dentro de la camioneta se seguían dando con la misma espontaneidad. La forma en que sus cuerpos parecían coger la misma temperatura, con sus manos resbalando suavemente por la figura del otro, dibujándola. Así justo estaba sucediendo ahora.
Ciel se inclinó hacia el frente cuando sintió el miembro de Sebastián frotarse contra el suyo. Su cuerpo comenzaba a estar pegajoso. Después de todo, el aire acondicionado de la camioneta no funcionaba y, se encontraban en medio de lo que llamaban un "verano indio", lo que significaba que las temperaturas se tornaban más altas de lo acostumbrado. No obstante, el reporte del clima era lo que menos el importaba a la pareja en ese instante.
-Quiero… sentirte. – Murmuró el ojiazul, besando los labios de Sebastián agresivamente.
-Como ordene, amo. – Respondió el moreno, a modo de broma, recostándose más en el asiento para permitir que Ciel "le montara" como le gustaba llamar a esa postura. - ¿Puedo ser su entrenador de rodeo esta noche? – Preguntó con sorna, colocando ambas manos en las caderas del ojiazul y acariciándolas.
-Nada me gustaría más. – Ciel acarició los costados del moreno, haciéndole gemir suavemente. Luego, su mano fue al miembro de éste, masturbándolo sin ninguna vergüenza. Conocía el cuerpo de su novio. Ese cuerpo que le hacía ponerse de rodillas y succionar sus partes más sensuales, saborear cada gota del líquido que le entragaba.
Sebastián le haló hacia arriba, haciendo que la erección de Ciel chocara contra la suya, impulsándolo una y otra vez, provocando que el líquido preseminal del ojiazul se derramara sobre su miembro. – Toma entonces lo que es tuyo, Ciel. – Dijo.
El ojiazul separó las piernas un poco más, entregando más fuerza a sus rodillas de lo que éstas podían soportar, haciéndolas temblar, tanto por el esfuerzo como por la excitación, mientras el moreno guiaba sus caderas hasta su miembro.
-Págame mis diez dólares. – Gimió el ojiazul, dejando que el moreno le penetrara suave y deliciosamente. Echó la cabeza hacia atrás y sonrió.
-Diez… Nueve… - Jadeaba el moreno, dirigiendo las caderas del menor en suaves embestidas que tocaban el punto más débil de todo su cuerpo. El punto que le hacía explotar y que sacaba los instintos más bajos de su ser.
-Ocho… Siete… - Continuó Ciel, moviendo él mismo sus caderas.
Sebastián llevó sus labios a los del ojiazul, disfrutando de ese peso que sentía en sus piernas cada vez que Ciel bajaba y le permitía penetrarlo como solo él había tenido la oportunidad de hacerlo. – Seis… Cinco…
Después de eso la cuenta se perdió en una lucha cuerpo a cuerpo. La temperatura dentro del auto comenzaba a provocar que los vidrios se empañaran. - ¡Ah! ¡Seb…!
-Ciel… Di mi nombre… - Decía el moreno, mientras lamía el cuello de Ciel, de sabor salado ahora que sus cuerpos estaban sudorosos.
El sonido de la piel húmeda chocando entre sí con cada movimiento, cada sube y baja del ojiazul sobre el chico que le había conquistado cuando tenía dieciséis.
-No puedo… más… Sebastián… - Jadeó el ojiazul, mientras sus movimientos le hacían chocar su miembro contra el vientre del moreno, a la vez que sentía esa corriente en su espalda cada vez que percibía el falo del mayor en su interior.
Sebastián le tomó por las caderas, ayudándole a acelerar las embestidas. Ni siquiera abría los ojos, solo gemía. Ciel le volvía loco y éste lo sabía. – Te amo… - Susurró en el momento en el que el ojiazul culminó, estrechando su entrada alrededor de su miembro, provocando que él también se corriera.
-Yo también… te amo… Sebastián. – Articuló el ojiazul, jadeando, mientras disfrutaba esos últimos instantes de la intromisión del moreno en su cuerpo.
Entonces, Ciel se bajó del regazo del mayor y se recostó a su lado en el asiento de la camioneta. Sebastián alargó un brazo y le rodeó la espalda por los hombros. El ojiazul lo abrazo.
-Felicidades. Fue un gran juego. – Musitó el moreno, mirando al frente.
-Gracias. – Respondió. Luego se enderezó para mirar el rostro de su amado. - ¿Puedo preguntarte algo?
Sebastián le abrazó con más fuerza, suspirando. – Claro.
-¿Quieres vivir conmigo?
El moreno sonrió ante la cuestión. – Me encantaría pero, no quiero ser una carga…
-Cállate. Además te van a echar de tu apartamento en unos cuantos días. – Dijo muy ufano.
-¿Qué? ¿Có-cómo lo sabes? – Sebastián le alejó en ese momento, sorprendido.
-Tengo formas de averiguar algunas cosas. – Sonrió, luego volvió a ponerse serio. – Por eso te lo pregunto, ¿no querrías vivir conmigo?
-Sabes que quiero eso más que nada pero, ¿qué tal si luego te cansas de mí? – El moreno tomó su ropa interior y comenzó a vestirse. Eso era una mala señal, Ciel lo sabía.
-Nunca. – El ojiazul le tomó por el rostro para obligarle a que le viera. – Yo jamás me cansaré de ti, ¿me escuchaste?
Sebastián sonrió pero, permaneció en silencio.
-Entonces, dime, ¿te irás a vivir conmigo?
El moreno se acercó para besarle profundamente. – Mañana estaré ahí. – Musitó contra los labios del ojiazul, quien se entregó fácilmente al beso. Ciel sonrió, complacido. Siempre obtenía lo que quería, aún a costa de pagarle al dueño de un edificio de apartamentos para ordenarle a Sebastián un desalojo pronto. Una pena, ahora que había conseguido que el moreno viviera con él era dinero desperdiciado.
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Al día siguiente, Sebastián apareció en la puerta del apartamento de Ciel con dos maletas enormes y una canasta de cosas en las que era difícil saber que había exactamente. Entre lo que el menor pudo ver, había toda clase de productos masculinos y, algunos que no lo eran tanto y revelaban lo mucho que Sebastián cuidaba de su aspecto. Razuradoras, crema de afeitar, gelatina para el cabello, secador de cabello, cepillos para el cabello, pasta de dientes, un pobre cepillo de dientes mordido y algunos frascos de perfume.
-Vaya, vaya. Traes de todo acá. – Dijo Ciel, echando un vistazo a todo lo que había en la canasta cuando ésta estuvo sobre su mesa. Se picó la cabeza, aún no se había bañado como debía ser. Sebastián le había pillado todavía durmiendo con la camisa que llevaba puesta el día anterior.
-Solo un poco de todo. – Le corrigió el moreno. – Espero no haber llegado demasiado temprano. – Dijo riendo, burlesco como siempre.
-No, para nada. – Respondió el menor con sarcasmo, dejando escapar una risa ahogada. – Me has sacado de mis sueños nada más.
-¿Sueños? – Sebastián avanzó hasta él y le abrazó por la espalda. – Creo que ya vives en uno. – Levantó la vista, admirando el lujo y la modernidad que inundaba cada rincón del lugar.
Ciel sonrió, apoyando la cabeza en el hombro de Sebastián. – No sería nada de esto si no hubieras estado conmigo en cada día.
-¿Todavía te recuerdas? – Ciel asintió. - ¿Cuándo no querías entrar al equipo de béisbol de la escuela porque te daba pena no ser lo suficientemente bueno? ¿O cuándo te ayude a escapar de tu casa para venir a Nueva York?
-Sí. De todo me recuerdo. – Respondió el menor, girándose para encarar al moreno. – Y en cada día estabas tú, Sebastián. Mi éxito te lo debo a ti. – Cerró los ojos mientras pronunciaba esas palabras, besando suavemente los belfos del mayor. – Por eso ahora quiero compartirlo todo contigo.
-Y yo haré todo por conseguir un empleo y… hacer que te… sientas orgulloso de mí. – Decía entre besos.
-Sé que así será. Sino te convertiré en mi mayordomo. – Bromeó.
-Te gusta ser mi amo, ¿no es cierto? – Rió, escondiendo su rostro contra el cuello del ojiazul.
-Mucho. – Ciel deslizó una mano por el pecho del moreno. – Me gusta mucho pensar que solo eres mío.
-Soy solo tuyo. – Respondió, atrayéndolo una vez más y besándolo profundamente.
El resto del día lo pasaron desempacando la ropa de Sebastián, colocándola en algunos cajones o bien, colgándola en los percheros. Ciel no podía quejarse por falta de espacio para guardar su ropa pues, contaba con un guardarropa del tamaño de una habitación.
El moreno llevó una pila de camisas a guardar y no pudo evitar quedarse embobado ante la cantidad de ropa que tenía Ciel. Nunca había entrado en su guardarropa, ni siquiera cuando se quedaba a dormir ahí. Aquel sitio parecía más una tienda que una habitación en un apartamento.
-Está prohibido vender mi ropa, ¿eh? – Dijo, riendo mientras le veía la cara que había puesto Sebastián.
-No te preocupes. Lo más que sucederá es que intente usarla. – Rió.
Ciel dejó lo que llevaba en el suelo y corrió para lanzarse encima de Sebastián. – Eres un demonio. – Susurró al caerle encima.
Sebastián se quejó por el golpe pero, inmediatamente se giró para tomar la mano de Ciel, quien estaba sobre su pecho ahora. – Tu demonio. – Respondió, acariciando el trasero del ojiazul para luego apretarlo con ambas manos.
-Mmm… - Ciel gimió por lo bajo. – Di que me amas.
-Te amo… - Gruñó el moreno, enterrando su rostro en su cuello para morderlo a su gusto. Ciel aún no se bañaba y todavía podía sentir ese aroma dulzón que desprendía la piel del ojiazul después de hacer el amor.
Ciel cerró los ojos, sintiendo los belfos de Sebastián en su cuello. Mordió su labio inferior. – Yo también te amo… sensual Sebastián Michaelis.
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A eso de las tres de la tarde ambos morían de hambre. Ciel no había desayunado siquiera y Sebastián solo había consumido una taza de café y un bagel antes de abandonar su anterior vivienda. Ambos rieron al pensar en la felicidad del dueño del lugar, especialmente por el regalo de Sebastián para el viejo.
-¿Qué hiciste qué? – Ciel se recostó en el asiento del auto, riendo. - ¿Le dijiste que te volverías un gigoló?
Sebastián se echó a reír. – ¡Sí! ¡Y el viejo se lo creyó todo! Me dijo que si no me marchaba en ese mismo instante llamaría a la policía porque yo estaba pervirtiendo a sus inquilinos con mi pecaminoso comportamiento.
El ojiazul volvió a reírse. - ¿Y que le dijiste entonces?
-Que no me podía marchar porque vendía mi cuerpo para pagarle. – Comentaba el moreno su hazaña mientras mantenía las manos en el volante y la vista al frente. Aunque por momentos, se concentraba tanto en lo que decía que giraba el rostro para ver al menor. Ciel no sabía cómo lo hacía pero nunca chocaba.
Llegaron a un restaurante de hamburguesas. Nada demasiado complicado. Ambos tenían ganas de una y ninguno el menor deseo de cocinarla. Las estrellas de béisbol también comían, ¿o no? Y Ciel nunca había sido tan presuntuoso que no se permitiera caer en una tentación de esas de vez en cuando.
Ambos bajaron del auto, aún riendo por las ocurrencias de Sebastián. La canción de "Ignorance" (Ignorancia) de Paramore estaba sonando en el lugar cuando entraron. Ciel se alejó ligeramente de Sebastián y, el moreno ni siquiera se inmutó. Había una única regla entre ellos: Jamás se comportaban como pareja en un lugar donde el ojiazul pudiese ser claramente visto. Esa fue siempre el acuerdo. Al principio, a Sebastián le molestaba en demasía porque nunca eran cuidadosos mientras estaban estudiando la secundaria. No, en aquel entonces había encuentros a escondidas en los pasillos, sexo en los salones de clases abandonados y besos entre clases. Desde que Ciel firmó con los Yankees todo eso se había terminado. "No estamos en California ya, Sebastián", le había dicho y luego, nació la regla.
Al ingresar al local, cualquiera hubiese dicho que se trataba de dos amigos y no de una pareja que llevaba tres años junta. Fueron hasta una mesa y tomaron asiento.
Un chico rubio con el cabello despeinado y una gorra mal puesta en la que se leía "Hamburguesas de Cinco" se acercó para atenderles. Ciel levantó la vista hacia el chico, cosa rara en él. – Buenas tardes, ¿qué les voy a servir? – Preguntó el rubio.
El ojiazul quedó paralizado por un instante. Era hermoso. Tenía los ojos de color turquesa y una sonrisa encantadora. Él nunca era de los que se fijaba en cosas como esas pero, algo había en ese joven que les atendía que llamó tanto su atención. Se fijo de inmediato en el gafete que llevaba en el borde de la gabacha que tenía puesta. "Alois", dijo para sí mismo.
-¿Qué te parece si comemos dos hamburguesas de res de un cuarto de libra? – Preguntó Sebastián en ese momento, sacándolo de su ensoñación.
-¿Ah? – Ciel tuvo trabajo volviendo a concentrarse en lo que se suponía que debía estar haciendo. – Sí. Me encantaría. Una con… con papas grandes.
Sebastián miró de nuevo el menú. – Está muy grande para comer tantas papas. – Dijo, riendo pero, Ciel ni siquiera le prestó atención. – La mía con papas medianas. Y una soda de cola de dieta. – Dijo el moreno, recordando que se había prometido no comer demasiado para no ganar el peso que estaba perdiendo con los ejercicios.
-De acuerdo. – Dijo Alois, anotando en su libreta. - ¿Y la otra bebida? – Preguntó, pero al no recibir respuesta, bajó la vista y se encontró con el rostro anonadado de Ciel. - ¡Pero si es Ciel Phantomhive! – Exclamó el rubio, mirando al ojiazul.
-Sí, soy yo. – Respondió Ciel, saludando al rubio de un apretón de manos. Sebastián ya conocía bien como era toda esa historia. – Un gusto conocer a un admirador.
-Voy al baño. – Dijo, levantándose de la mesa para ahorrarse el tener que estar fastidiándose con los fans de su novio. El ojiazul asintió sin quitar la vista de Alois.
Si Sebastián hubiese podido predecir el futuro, quizás nunca habría hecho eso, justamente ese día.
-El gusto es mío. – Alois sonrió. – Por favor, venga cuando guste. Podría conseguirle que la casa le invite cada vez que gane un partido.
-No me trates de usted. Soy Ciel. – Dijo, sonriendo nuevamente. – Y agradezco mucho eso, aunque no podría aceptarlo. Soy un chico común. – Esa ni él se la había creído.
-¿Me darías tu autógrafo, Ciel? – Preguntó Alois, pasando las hojas usadas de la libreta y dejando una en limpio para el ojiazul.
-Claro. – Respondió Ciel y procedió a tomar la librera y a escribir el autógrafo.
Sin embargo, una cosquilla en su interior le dijo que escribiese su número telefónico después de su firma. Le devolvió la libreta a Alois y le hizo un gesto para que hiciera silencio. – A nadie puedes dárselo, ¿de acuerdo?
El rubio asintió, sonriendo y poniéndose rojo como un tomate. – Gracias. Muchas gracias.
