Respuestas a Reviews:

AbSe: Jajaja, la verdad es que yo a Ciel de seme lo he visto con Sebastián pero, poco con Alois.. XDD o tal vez yo tampoco he leído tantos fics.. jajaja.. Y creo que las mentiras de Ciel seguirán aunque, quizás ya no tanto para con Sebastián.. DD: Exacto! Esa es la idea que quiero dar, Ciel le pone el cuerno a Sebastián en su aniversario pero, ni siquiera quiere a Alois y, aparte, que como dices, se aburrirá pronto de él.. XDD Y tus deducciones van correctas en eso de que no será solo una jajaja. XDD Gracias por el review.. :DD Y conste que sí actualicé "Cosas Necesarias" xDD

PerlhaHale: Sí, es normal que Ciel ame a Sebastián, porque es su "amor verdadero".. :DD Lo que sucede es que con los años han caído en la costumbre y pues, Ciel padece de "calenturas" jajaja.. XDD Y te entiendo si quieres patear a Ciel, jajaja estoy a punto de poner un kiosco donde se pague por hacerlo.. XDD Alois no quiere a Ciel, eso es más que seguro pero, mira conveniente la relación y el ojiazul le parece sexy.. jajajaja y sí, tiene cara de pasivo el rubiecito.. XDD jajaja y te venderé el cable que quieres porque estoy de acuerdo en eso pues, ahí se ve lo mucho que a Ciel le importa su relación actual, tanto que ni siquiera se recordó de su aniversario.. DD: Por cierto, aquí Claude es una "buena persona" entre lo que cabe.. XDD y muchas gracias por eso y por este review.. :DD

Sakura Lawliet Kou: Es mentiroso ese Ciel, es mentirooooso! XDD Sí, lo sé, Ciel no se mide a la hora de mentir.. xDD Y.. mmm.. sí, de hecho Sebastián sí le hará sufrir en algún momento.. :DD Gracias por el review! Espero que te guste este nuevo capítulo.. :DD

LadyRavenCrow: Tienes toda la razón! XDD Aún no sabemos que le pasó y, solo por eso, Ciel tiene permiso de portarse mal con Sebastián hasta nueva orden, jajaja.. y no corras en círculos, créeme todavía hay más.. jajaja ;) Gracias por el review.. :DD

Charles Grey – Perrible: Hola! Y sí, es exactamente eso, a veces puedes querer mucho a alguien pero, tienes que estar consciente que si haces un compromiso debes renunciar a esas tentaciones, cosa que Ciel ahora que se ve famoso, no quiere hacer.. DD: Y pues Sebastián, es un vago a veces jajajaja, pero, bien, tiene también su poquito de justificación.. ya verás en este capítulo, le hace ver a Ciel que de cierta forma "es lo menos que le debe".. XDD Gracias por el review.. :DD Espero que te guste este nuevo capítulo.. :DD

Guest: jajajaja, lo sé, lo sé.. xDD Ciel es terrible pero, prometo que mejorará.. ahh ni yo me creí eso, jajaja.. Y sí, pobré de Sebastián.. DD: Gracias por el review.. :DD

KuroFan: Bueno, la verdad es que Sebastián también se ha acomodado a que Ciel pague todo por él.. Si tú ves, antes vivía solo y pues, se supone que algún trabajo tuvo en algún momento pero, luego de eso, solo vivía de lo que Ciel le daba.. DD: Y yo creo que sí es así, Ciel quiere a Sebastián y viceversa.. XDD Gracias por el review.. :DD


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Aclaraciones del capítulo: Hola! Creo que de momento este capítulo tendrá cierto tono de tristeza.. Tal vez para otros resulte de emoción y para otros sea romántico.. :DD Cada quien le buscará un lado estoy segura.. :DD Gracias por leer y dejar un review.. :DD


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La noche anterior fue la primera que durmieron separados desde que Sebastián se mudara al apartamento de Ciel. El moreno se despertó, abrazado a una almohada en la dureza del sofá de la sala y con los rayos de luz filtrándose por la ventana carente de cortinas. Nunca antes le había rechazado y, de alguna forma, la resistencia perdió sobre sus sentimientos.

Lo recordaba todo como si fuera una película, no algo que le había sucedido a él.

"Ciel…" Él le había rodeado la cintura con sus brazos, ignorando el perfume extraño que percibió unos instantes atrás. "Quiero hacerte el amor." Susurró en su oído, tal como muchas otras veces, esperando que el ojiazul le besara y correspondiera a sus deseos.

"Esta noche no, Sebastián." Y de inmediato se removió en sus brazos, alejándose de él. "Estoy cansado y, mañana tengo entrenamiento." Mentira.

"Pero, es nuestro aniversario…"

"¿Qué pasa, Sebastián?" Repentinamente su carácter cambió, quizás porque en realidad había recordado lo que hizo con Alois esa tarde. "¿Ahora vomitas arcoiris de dulzura sobre todo? En la mañana me rechazaste y, ¿ahora quieres que me vaya contigo como si fuera una zorra?" De esa forma, Ciel salía librado de cualquier cosa y hasta quedaba como el ofendido.

El moreno no alcanzó a decir nada más. Eso último le atacó por sorpresa. Ciel tomó su cena y se marchó a su habitación. "Por lo menos cenemos juntos." Espetó al verle irse pero, el menor no le respondió.

Sebastián había recogido los platos y, luego, decidió que no quería dormir junto al ojiazul esa noche y se mudó al sofá.

La soledad nunca había sido una buena compañera para él. Quizás debería hacerse el desentendido, llegar a la habitación y escurrirse entre las sábanas de Ciel. Después de todo, tal vez el menor solo quería un poco de espacio personal y, él, había pasado esa línea. No lo creía pero, a veces hay que mentirse a sí mismo.

Se levantó, tomó la almohada y fue hasta la recámara. Sin embargo, al entrar se llevó una sorpresa. Ciel ya se había levantado. Dejó la almohada en la cama y fue a buscarle al baño, andando con un poco de dificultad ya que había dormido con la ropa que vistió el día anterior y el cinturón de sus jeans se le había quedado marcado en la espalda, sin mencionar la mala posición en la que estuvo.

-Tengo el culo partido en dos. – Dijo para sí.

Entró al baño y nada. Había marcas en el espejo, seguramente provocadas por el vapor de la ducha. Sebastián hizo una mueca. – El entrenamiento. – Masculló.

En ese momento, el sonido de su celular le interrumpió. – Ni modo. – Dijo para sí, caminando de vuelta a la sala, tomando su celular. Miró la pantalla. Se trataba nada menos que de Claude.

-Claude. – Habló el moreno al contestar la llamada.

-Seb, - Su amigo se escuchaba feliz. Su voz sonaba como si estuviese conteniendo la risa. - ¿listo?

Sebastián miró hacia todos lados, como si alguien pudiera escucharle. – Sí pero, ¿qué pasa si no puedo?

Claude se echó a reír al otro lado de la línea. - ¡No! Me estás jodiendo, ¿cierto? ¡Ja! ¡Ja! ¡Sebastián Michaelis azorado! Eso es algo que tengo que ver.

-¡Cállate! – El moreno no pudo contener la risa y también estalló en carcajadas. - ¡Menudo lío en el que me has debido!

-Y mira que ya me debes lo que te presté ayer. ¿Cómo puedo cobrártelo? – Bromeó el otro chico.

-¿Quieres un baile? – Le retó Sebastián, riendo.

-Pero que sea con el trajecito que te van a dar. – Añadió y, ambos rieron. Aquello había sido lo suficiente para hacerle olvidar al moreno sus problemas. – De acuerdo. Ya en serio, te estaré esperando en el club a las doce.

Sebastián volteó a ver el reloj de la sala. Eran las diez. – Está bien. Pero, ya sabes, de esto ni una palabra a Ciel.


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A las doce en punto, el moreno cruzó las puertas de "13th Street", el famoso club de Nueva York en el que trabajaba su amigo Claude. ¿Alguna vez lo había mencionado? No, así como tampoco había mencionado que el chico era dos años mayor que él, porque era mejor que Ciel no supiera ese tipo de detalles sobre su mejor amigo. Claude era el stripper más famoso de ese bar. Cada noche había un show a las diez de la noche, en el que el mayor participaba.

Aquel día, Sebastián vestía una camisa blanca que tenía remaches en vez de botones y, un pantalón de casimir negro que le quedaba muy ajustado. Quería verse bien para su nuevo "trabajo".

Sin embargo, el club deseaba crear otro espectáculo. Y ahí era donde entraba Sebastián. Su amigo Claude le había recomendado ampliamente. No sabía si tenía que agradecérselo o matarlo por ponerlo en ese tipo de asuntos. De cualquier forma, eso significaría tener un trabajo y, uno que al parecer, sería bastante fácil.

-¡Hasta que llegaste, hombre! – Claude ya le esperaba, sentado en una de las mesas de madera bien pulida que formaban la parte principal del mobiliario del local. Se puso de pie al verle, recibiéndolo con una palmada en la espalda. – El señor Yandel ya te está esperando. – Indicó, señalándole una puerta al final del pasillo, sin darle tiempo al moreno de decir cualquier cosa.

-¿En qué cosas me metes, Claude? – Le miró de reojo y, el mayor se encogió de hombros fingiendo inocencia.

-Querías un trabajo fácil, ¿no? – Le guiñó un ojo. – Créeme, éste lo es.

Sebastián sonrió y se dirigió a la puerta que le habían indicado. Parecía ser la puerta de un baño pero, en un lugar como aquel, seguro eso era lo más cercano a una oficina. Suspiró y llamó un par de veces. Volteó a ver a su amigo y, éste le hizo una mueca para que abriera la puerta de una vez.

El moreno lo hizo y, le recibió una pequeña oficina de estilo "minimalista" por no decir otra cosa. No había nada más allá de un escritorio de madera cruda, una silla atrás y otra al frente, además de una palmera de plástico que se mecía con el aire.

-Pero pasa chico, pasa. – Le dijo una voz de acento latino. El hombre hizo una pausa. El moreno creyó que leía algo porque luego agregó: - Sebastián Michaelis.

El mencionado se asomó y vio a un hombre de unos treinta y cinco años de piel bronceada, llevaba unos lentes oscuros y vestía una chaqueta de cuero color canela. – Buenos días, señor Yandel.

-¿Señor Yandel? – Se echó a reír. - ¿Ha sido tu amigo quien te dijo que me llamaras así? – El moreno asintió. – No, olvídalo. Llámame Yandel. Evitemos tanta formalidad. – Extendió una mano.

Sebastián la estrechó, sonriendo. – Ese Claude… - Murmuró, deseando darle un golpe. – Mi amigo me ha dicho que usted tiene un trabajo en el que podría ayudarle.

-Así es. – Yandel se puso de pie y anduvo hasta el otro lado del escritorio. – A ver, ponte de pie. – Sebastián le obedeció. El hombre le miró de pies a cabeza. El chico no estaba nada mal para ser el nuevo atractivo de su local. – Pues, - Asintió, convencido que realmente era lo que necesitaba. – me parece que estás de buen porte para mi local. Comienzas hoy a las ocho.

-¿A las ocho? Pero… ¿qué tengo que hacer? – Preguntó el moreno confundido.

-Bailar chico, ¡tienes que bailar! – Exclamó el hombre, riendo de nueva cuenta. - ¡Sacude ese trasero que tienes ahí!

Sebastián se sonrojó levemente. Por más experimentado que fuese en el terreno sexual, nunca se imaginó a sí mismo bailando para un público. - ¿Desnudo? – Inquirió con curiosidad.

Yandel le miró serio y luego, estalló en carcajadas una vez más. – No, mira pues, te lo explicaré solo una vez. – Le hizo un además al moreno para que se sentara y, Sebastián lo hizo. – El espectáculo va así: Tú vienes acá a las siete de la noche, te arreglas con la ropa que prefieras del vestuario que tenemos atrás. Luego, vas al escenario y ahí, la asistente te vendará los ojos.

-¿Los ojos? – Ahora las cosas se tornaban más extrañas.

-Claro. El espectáculo trata de eso. A cada una de las chicas y chicos que quieran participar de tu espectáculo se les dará un número al entrar. Ya sabes, como un bingo. Si el número sale elegido, tendrán la oportunidad de subir al escenario y bailar contigo. Podrán quitarte una prenda, esposarte al tubo… -Se levantó y señaló el escenario, el cual tenía un tubo vertical de metal en el medio. – Tocarte. ¡Lo que gusten! ¡Ah, pero créeme, las propinas son excelentes! El espectáculo dura entre media hora y cuarenta y cinco minutos.

Sebastián apoyó el codo en el escritorio y sonrió, escondiendo la mitad de su rostro detrás de su palma. - ¿O sea que no tengo que hacer nada más que bailar?

-Exactamente. – Aseveró Yandel. – Por otra parte, el salario son dos mil dólares mensuales.

El moreno se detuvo ante eso. - ¿Dos mil dólares? – Era muchísimo dinero para tener que trabajar menos de dos horas, en las que incluía hasta el tiempo para arreglarse.

-¿Te parece poco? – Preguntó el hombre. Ahora el moreno lo sabía, tenía el aspecto de esos actores que salían de "capos de los cárteles de droga" en la televisión.

-No. – Respondió Sebastián emocionado. – Quiero quedarme. – Sabía lo que tener ese trabajo significaba. Podría satisfacer a Ciel de tantas formas. Y todos tenemos derecho a tener un secreto, ¿no? El ojiazul podía seguir creyendo que Claude laboraba en un centro de llamadas y, que Sebastián, amablemente le asistía cada noche para ganarse unos cuantos dólares.

-Muy bien, Sebastián. Entonces, quedas contratado. – Y al agitar la mano de ese hombre, Sebastián no imaginaba lo que vendría a continuación.


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Condujo la Dodge hasta el edificio donde vivía con Ciel, la estacionó y de inmediato se dirigió a los elevadores. Necesitaba comer algo y darse una ducha antes de regresar al club. Había pasado tres horas aprendiendo la rutina que hacía Claude y agregándole diferentes pasos a la coreografía. En varias ocasiones, el mayor le había vendado los ojos para que conociese el escenario mejor, así no tendría tanto problema al ejecutar el acto.

Se cayó un par de veces y ahora, todos los huesos le dolían. ¿Quién diría que ser un stripper era algo complicado? Las chicas se colgaban de ese tubo con tanta facilidad y a él, le costaba trabajo hacer hasta los pasos sencillos.

Llevaba pues, dos noticias. Una buena y una mala. La buena era que tenía trabajo, que Yandel le había dado parte de su primer sueldo y que llevaba una cubeta de pollo frito para él y para Ciel. Lo había pedido con doble empanizado como le gustaba al menor. Ahora, la mala noticia es que no podía contarle al ojiazul que se había caído y, menos, pedirle un masaje. Tendría que arreglárselas solo en ese sentido.

Sin embargo, Sebastián había olvidado momentáneamente que Ciel parecía realmente cabreado la noche anterior. Nunca se levantó de la cama para ver cómo se encontraba el moreno, mucho menos decirle que le extrañaba en el cama. Recordarlo le provocó un dolor en el pecho, solo podía esperar que Ciel ya hubiese cambiado de actitud.

Llegó a la puerta del apartamento y, con dificultad, haciendo malabares con la cesta del pollo, logró abrir. Entró en silencio, preguntándose si el menor había regresado ya y, si de alguna forma podría sorprenderle.

El eco de la voz de Ciel llegó a sus oídos en ese instante. Sebastián sonrió, colocando lo que llevaba en la mesa y dirigiéndose a buscar la voz de su amado.

Le encontró en medio de su habitación. Estaba dando vueltas de un lado a otro, como un león enjaulado, mientras discutía con alguien por teléfono. - ¡Eso no estaba en el contrato! – Le escuchó el moreno alegar. La respuesta probablemente no había sido la mejor por lo que Ciel respondió. - ¡Pues que te cojan por el culo, idiota! – Exclamó, colgando el teléfono y lanzando el móvil hasta el otro lado de la habitación con un bufido.

-¿Estás bien? – Le preguntó Sebastián, entrando en la habitación. El ojiazul estaba de espaldas a la puerta, con la camiseta arrugada, seguro por como iba doblada en su maleta esta mañana.

Ciel suspiró con pesadez. – No. – Espetó. – Cambiaron de fecha el juego con los Mets y tendremos que entrenar hasta tarde. – Se giró para enfrentar al moreno. – Eso no estaba en el contrato.

-Ya sabes como es esto. Nunca dicen las cosas como realmente son. – Y hasta él temió que su suerte fuera similar a la de Ciel en cuestiones laborales. Se acercó para besarle. El ojiazul correspondió el ósculo con pereza. – Te extrañé. – Susurró contra sus labios. – Perdóname por haberte hecho enojar anoche.

-No. He sido yo. Me comporté muy mal contigo. – Dijo Ciel, bajando la mirada. Esta mañana se había dicho a sí mismo, al ver al moreno acostado en el sillón, abrazado a esa almohada, que olvidaría a Alois Trancy y, se dedicaría a quien estaba siempre con él. - ¿Me perdonas tú a mí? – Y bien sabía que no lo decía solamente por haberse negado a que sucediera algo entre ellos la noche anterior.

-Yo te perdonaría lo que fuera. – Musitó el moreno, abrazando al ojiazul con todas sus fuerzas.

Ciel tragó en seco. - ¿Lo que fuera? – Preguntó, mirando a Sebastián a los ojos. Se sentía como cuando tenía dieciséis y el moreno siempre le convencía de todo.

-Seguro. Excepto que me traicionaras, sabes que eso siempre ha sido algo que he odiado. – El ojiazul le apretó la cintura con los brazos y él casi lanza un gemido de dolor. Por ahí le había quedado uno de los cardenales que se hizo cuando cayó. Estaba decidido, mejor le contaría la verdad. Si algo tan pequeño como un moretón provocaba que casi se lo dijerse de golpe, era preferible que lo supiera todo como era. Tomó una bocanada de aire. – Sabes, hay algo que me gustaría contarte…

-¿Qué cosa? – Preguntó Ciel y, ya no pudo continuar porque el móvil comenzó a sonar una vez más. – Debe ser el viejo de Tanaka. - Masculló.

-No importa. – Dijo el moreno. – Voy a tomar una ducha.

-De acuerdo. Deja la tina llenando cuando salgas. Necesito un baño. – Respondió el menor picándose la cabeza.

Sebastián asintió y, se metió en el cuarto de baño, escuchando como Ciel discutía con su entrenador. Al moreno le parecía gracioso que se pelearan tanto cuando en realidad, se extrañaban mutuamente cada vez que los juegos cesaban y se tomaban unos días de descanso. Lo sabía por experiencia. Ciel siempre estaba diciendo "Así como Tanaka dice…" y, en una ocasión, se había encontrado con el viejo en el supermercado. De inmediato, el hombre corrió hasta él y le preguntó acerca de Ciel. Además, le agradaba que Tanaka, aunque podía sospechar de su relación, sin embargo, nunca decía una palabra sobre ello.

El agua caliente relajó sus músculos enormemente. Necesitaba sentirse bien para la noche. Terminó de bañarse, dejó el agua correr por el desagüe y, luego, lo tapó y abrió la llave del agua para que la tina se llenara. Tal como Ciel le había pedido.

Caminó hasta el lavamanos y se vio al espejo que se hallaba sobre éste. Afinó el oído y, escuchó que Ciel continuaba discutiendo con alguien pero, no sonaba como si hablara con Tanaka. Se acercó a la puerta.

"Ya te lo dije." Espetó el ojiazul. "No puedo ir contigo. Sebastián está aquí." Y bajó la voz para mencionar su nombre. El moreno se quedó ahí, silencioso y quieto. "Basta, Alois. Vuelve a tus hamburguesas ahora. Mañana hablamos." Le escuchó bufar y el sonido de su cuerpo al desplomarse en la cama.

Se alejó de la puerta y terminó de peinar su cabello. Sin embargo, un gran peso nació en su pecho. ¿Podría el rechazo de Ciel deberse a la presencia de otra persona? El ojiazul nunca le había sido infiel, no al menos que él supiera pero, su comportamiento era tan extraño. Ciel no lo demostraba por completo pero, Sebastián notaba que desde el día de la fiesta, el menor estaba distinto.

Y con todos esos pensamientos, decidió que era momento de abrir la puerta. Después de todo, el ojiazul ya había concluído con su conversación. – El baño está listo. – Dijo Sebastián secamente, mientras cruzaba la habitación con los pies mojados, dejando huellas en la alfombra blanca. – La tina está casi llena.

El mayor se giró. Ciel le sonrió. – Gracias, Seb. – Respondió, sacándose la ropa y dejándola tirada en el suelo. Sebastián suspiró. ¿Qué era lo que realmente estaba pasando?

Ciel se metió al baño, él se vistió rápidamente y decidió que lo mejor era colocar los platos en la mesa y llevar algo para beber. Se dirigió a la cocina y comenzó a buscar lo que necesitaba. El timbre de la puerta le interrumpió en ese instante. – Ah… ¿quién podrá ser? – Se preguntó. No estaba de muy buen humor para recibir visitas y, tenía el tiempo contado si quería estar a tiempo en el club.

Con pasos perezosos se encaminó a la puerta y la abrió. - ¿Sí?

-Buenas tardes, - Saludó un chico que vestía camisa y gorra roja. A juzgar por eso, Sebastián imaginó que se trataba de uno de algún tipo de repartidor o mensajero. – vengo a dejarle su factura al señor… - Leyó el nombre en el sobre. – Ciel Phantomhive.

-Sí, es aquí. – Respondió el moreno. – Pero él está ocupado. ¿Me la puede dejar a mí?

-Claro. – El hombre le extendió un bloque arrugado de recibos. – Solo fírmeme acá, por favor. – El moreno obedeció y el mensajero le entregó la factura en un sobre.

Sebastián cerró la puerta. Iba a dejar el sobre en la mesa del comedor pero, no creyó malo el darle un vistazo. - ¿Una factura de un hotel? – Se preguntó. – Debe ser un error. No hemos estado en ningún hotel. Menos en el Langham Place. – Comenzó a revisar el documento con más detenimiento. Tenía la fecha de ayer, además ya estaba cancelada. Pero, nada lo había preparado para lo que leería a continuación. – Habitación 2012 por tres horas. – La hora en la que él había estado en el apartamento.

Recordó entonces, el extraño olor a perfume que tenía el ojiazul cuando él regresó a su casa. No era el suyo, ni tampoco los de él. – Alois. – Musitó. - ¡Se llama Alois, yo lo sé! – Estrujó el papel con una mano y lo lanzó al bote de la basura. Fue hasta la cocina y se sujetó del contenedor. Quería matarlo por la sola sospecha. - ¡Te burlaste de mí! ¡Por eso me rechazabas! – Masculló, en voz baja para que no pudiera escucharle. – Pero esto no se queda así…

Se impulsó a sí mismo con los brazos, alejándose del mueble. Se encaminó al baño, decidido a pedirle una explicación pero, entonces, se detuvo. No, no le pediría una explicación al ojiazul, sino a quien él creía que era la persona con quien le engañaba. – Ciel. – Dijo secamente, llamando a la puerta. – Tengo que irme. No me esperes.

-¿A dónde vas? – Preguntó el ojiazul, con el eco que provocaban las baldosas de la pared.

Sebastián no le respondió. Simplemente tomó una chaqueta y salió. No tenía ganas de estar más en ese lugar. Estaba asfixiándose. El borgoña de sus ojos estaba relumbrando. Si confirmaba sus sospechas, a Ciel le iba doler esto mucho más que a él.

Tomó el ascensor hasta el sótano y, corrió a su camioneta. Imágenes variadas se le venían a la mente. Imágenes del día de la fiesta. Del momento en el que recordaba haberse puesto de pie, ido a la habitación y… ¿qué era lo que había visto después?

-Se estaba besando con alguien… - Dijo para sí mismo, mientras tomaba la autopista y se dirigía a ese maldito lugar. – Era… ¿rubio? – Apretó las manos en torno al volante. Un auto se le cruzó y, Sebastián lo esquivó, provocando que las llantas de la Dodge rechinaran. -¡Hijo de puta! – Le gritó y hundió el acelerador hasta el fondo. Tenía que controlar esa rabia y, llegar a donde realmente quería.

Estaba tan enojado que por poco no ve un camión que se le echó encima. Jadeó. Si seguía así terminaría muerto y aplastado por algún otro vehículo. Intentó respirar profundamente, contando de uno a diez repetidas veces. No conseguía concentrarse en nada.

Palpó el asiento del copiloto y encontró su celular. Lo llevó hasta su vista y buscó el teléfono de Claude. La línea marcó un par de veces y la voz del mayor respondió. – Alo.

-Claude… - Dijo Sebastián, ligeramente aliviado de poder escuchar la voz de alguien conocido. – Tengo un problema.

-¿Qué es, Seb? ¿Qué te pasa? – Preguntó Claude. Usualmente no se preocupaba por su amigo tanto pero, en esa ocasión, Sebastián sonaba completamente trastornado.

-Nada. – Espetó el moreno. – Solo te pido que le digas a Yandel que no podré llegar hoy aún. Pero que mañana hago lo que me pida con tal de reparar el daño.

-No te preocupes. Mira. – Hizo una pausa para pensar en la mejor solución. – No le diré nada a Yandel, yo te cubriré esta noche. Después de todo, ensayamos esto juntos.

-Gracias, Claude. – Sebastián creía que por momentos no podría resistir más tanta presión. - Te debo una, hermano.

-Ni lo digas. – Respondió Claude. – Pero mañana quiero saber qué te pasa, ¿eh? Eres mi mejor amigo, Sebastián.

El moreno intentó sonreír a eso. – Eres más gay que yo, Claude. – Rió ligeramente. – Pero, eres mi mejor amigo también. – Volteó a ver y, confirmó que había llegado a su destino. – Bien, debo irme. Te hablo luego. – Cortó la comunicación para estacionarse y, una vez lo hubo hecho, se mordió el labio inferior y maldijo por lo bajo lo que le sucedía. – Pero ahora mismo lo sabré. – Se dijo, bajándose de la camioneta.

"Hamburguesas de Cinco" leyó en el cartel de la puerta.

Entró al restaurante y miró hacia todos lados. El lugar continuaba con ese olor que recordaba de la última vez que estuvo ahí. Miró a su alrededor, la mayoría de las mesas estaban ocupadas. Buscó una con la vista y se encaminó a ella.

Tomó asiento y cogió el menú. Si se trataba de quien creía, dentro de poco lo tendría frente a él. Apretó los puños, pretendiendo leer cuando el chico se acercó a él.

-Buenas tardes, ¿puedo tomar su orden? – Preguntó, con esa sonrisa que se le antojaba tan estúpida al moreno.

Sebastián subió la vista y tragó con fuerza, deseando equivocarse con el alma. Ahí estaba la prueba que le faltaba. "Alois" decía el gafete en su solapa. Era el mismo. ¡El mismo que les había atendido ese día! ¡El mismo que se estaba besando con Ciel cuando él estaba idiotizado por el éxtasis! – Quiero una hamburguesa del día con papas medianas y una… bebida de dieta. – Pronunció con algo de dificultad, recordando los muchos placeres que había evadido al comer tantas cosas dietéticas. Todo para ser perfecto para Ciel.

-Enseguida lo traeré. – Respondió Alois, sin fijarse realmente en quien estaba atendiendo. Anotó en su libreta y se marchó hacia la cocina.

Sebastián se tronó los nudillos de una mano y se puso de pie. Bufó y avanzó con pasos seguros hasta la puerta abatible roja y la empujó con fuerza, colándose a la cocina.

El lugar le produjo una sensación repugnante. Tenía un olor a grasa que parecía no acabar nunca y, habían cientos de platos sucios en todas partes. Sin embargo, a él no le importaba eso. Solo tenía una cosa en mente. Los otros dos meseros pasaron a su lado con las órdenes que debían llevar, los cocineros se apartaron para ir por otra carga más de carne y, todo parecía estar en contra del rubio, quien se quedó solo un instante en la habitación.

-Así que tú eres el hijo de puta que me robó a mi novio, ¿no? – Preguntó con voz aterciopelada a espaldas de Alois, agarrándolo por los hombros.

El rubio se estremeció y se giró para enfrentar al moreno. – Yo… eh… yo…

-¡Y una mierda! – Dijo Sebastián, propinándole un rodillazo en la entrepierna y cogiéndolo por el cuello para lanzarlo contra una pila de platos, provocando que se cayeran y un par golpearan la cabeza del rubio.

-¡Ah! – Gritó Alois, incapaz de defenderse por el ataque sorpresa y el dolor en medio de sus piernas.

-¿Creíste que te ibas a coger a mi novio y no te iba a pasar nada? – El puño del moreno golpeó su ojo derecho con fuerza. Sebastián lo sacudía como si fuera una muñeca.

El rubio estiró una mano y alcanzó uno de los cuchillos de los cocineros, intentando clavárselo al moreno. - ¡Él se acostó conmigo porque quiso! – Bramó.

Otro puñetazo por parte de Sebastián le hizo callar. Su boca comenzó a sangrar. El moreno le haló, inclinándolo hacia el frente mientras su rodilla impactaba con el abdomen del rubio.

Alois rió. – Ciel… Ciel dice que no sabes… cogértelo… - Su risa era ahogada. La sangre que le corría de la nariz y de la boca lo provocaban. - ¿O por qué… crees que me buscó… a mí? ¡Tú eres un vago de mierda que vive a sus expensas!

-¡Cállate! – Gritó el moreno, lanzándolo contra un refrigerador.

-¡Ah! ¡Déjelo! – Exclamó la voz de una mujer repentinamente. – ¡Alguien ayúdeme! – Echó a correr hacia adentro, seguramente buscando a los cocineros o tal vez a alguien que pudiera ayudarle a defender al rubio. Sebastián la escuchó y, sabía que le quedaba poco tiempo para darle su merecido a Alois pero, eso no disminuía su furia.

El rubio seguía riendo, posiblemente de nervios, aunque para el moreno representaba un reto el callar esa risa. – Tu Ciel me lo hizo muy duro y muy rico…- Jadeó.

Sebastián le lanzó al suelo y pateó su abdomen varias veces. No sentía nada, solo esa rabia que comenzaba a sentirse liberada con los gemidos de dolor de Alois. Unos hombres se avalanzaron sobre él, alejándolo de su objetivo. - ¡Ya basta! – Exclamó uno y, el moreno cedió al agarre. Miró hacia el suelo. Alois estaba hecho una piltrafa y su mano estaba sangrando copiosamente. Después de todo, el rubio sí había conseguido herirle con el cuchillo que tenía aún en la mano.

-¡Sáquenlo de aquí! – Gritó Alois, mientras los meseros intentaban levantarle.

-Pero, deberíamos llamar a la policía. – Dijo otro hombre que parecía ser simplemente un comensal curioso.

Alois sabía que eso no le convendría en nada porque entonces, su padre se enteraría de lo que había estado haciendo. - ¡No! ¡Qué se vaya! – Cerró los ojos y fingió llorar. - ¡Por favor, que se vaya!

-¡Sáquenlo! – Ordenó un cocinero. Sebastián jadeó, luchando de nueva cuenta contra el agarre. Todavía le quedaba mucho por golpear en el cuerpo del estúpido rubio.

-¡Ya calmado! – Dijeron los hombres que le sujetaban, arrastrándolo hasta la puerta trasera y lanzándolo hacia afuera. El moreno cayó al suelo, justo al lado de los botes de basura.

La mano le dolía como el demonio pero, eso no sería lo último que haría ese día. La noche comenzaba a caer. Tendrían que ser algo así como las seis y media de la tarde. Se apeó de un bote de basura grande y se puso de pie.

Caminó hasta su auto y emprendió el camino de regreso. Pasaría a una farmacia para vendar su mano y continuaría. Tenía algo más que hacer, ¡oh sí que tenía algo más!


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Ciel estaba descansando en el sofá de la sala. Tal como la noche anterior, veía la televisión despreocupadamente cuando el timbre del teléfono le hizo devolverse a la realidad.

Lo dejó sonar un par de veces más y luego, se levantó perezosamente, arrastrando los pies al caminar y maldiciéndose por no haberlo llevado con él hasta el sofá.

-Diga.

-Ciel. – Jadeó la voz del rubio al otro lado del teléfono.

-¿Alois? – El ojiazul hizo una mueca de disgusto. – Te dije que hablaríamos mañana.

-¡No, Ciel! ¡Escucha! – Exclamó su interlocutor. - ¡Sebastián lo sabe todo!

-¿Qué? – Sus ojos se abrieron aún más. - ¿Có-cómo lo sabes?

-Porque estuvo aquí. – Gimió por el dolor que los golpes le provocaban. De inmediato Ciel imaginó lo que había sucedido. – Creo que va para allá… contigo.

-¡Maldito! – Masculló el ojiazul, pensando en la diferencia que existía entre Sebastián y Alois en cuanto a tamaño y fuerza. Sin embargo, cuando escuchó la perilla de la puerta principal abrirse, su primera reacción fue sentir temor del moreno. – Te-tengo que colgarte. – Tartamudeó.

Sebastián azotó la puerta al cerrarla y le miró fríamente. Ciel dejó caer el teléfono al suelo, sin poder apartar la vista de la dureza que había en el rostro del moreno. – Ciel…

El ojiazul retrocedió hasta quedar contra la pared. – Sebastián, ¿qué está pasando?

-Nada. – Respondió el moreno, negando con un gesto. – Creo que ya te llamaron y te lo dijeron. Me creías un estúpido, ¿verdad? – Se acercó hasta donde se encontraba el menor y le tomó por el mentón, dándole un suave beso en los labios. Ciel se estremeció, inseguro de lo que podría venir a continuación pero, sin poder evitar disfrutar el sabor de los labios del moreno. Tenían un sabor distinto, salvaje, demoníaco. Un beso seductor que le hizo recordar quién era el amo de quien. Entonces éste se alejó. – Solo vengo a recoger mis cosas.

-¡No! ¡Espera! – Exclamó, al ver que se dirigía a la habitación. – Por favor, déjame explicarte.

-¿Qué vas a explicarme? – Preguntó el moreno mientras sacaba su maleta y la dejaba caer al suelo, abierta. - ¿Vas a contarme como fue que lo hicieron en uno de los hoteles más costosos de Nueva York? – Subió la vista, sonriendo sarcásticamente. – Ah… o mejor, ¿me dirás cómo es que comenzaste a llamarme mantenido con él?

-Sebastián, yo estaba molesto... – Se defendió Ciel.

-¿Molesto? ¿Y eso por qué? – Sebastián dejó caer una pila de camisas en la maleta y le miró. - ¿Porque no te cogí como querías? ¿Porque dejé de ser tu perro por un instante?

-¡Tú no entiendes! ¡Alois es solo un juego para mí! Sebastián yo… - Se acercó al moreno y le agarró por el brazo. – te quiero a ti.

-¿Me quieres? – El moreno lo alejó. - ¿Y cuándo dejaste de amarme?

Ciel no respondió a eso. Su orgullo no se lo permitía. Él aún amaba a Sebastián pero, admitirlo en ese momento hubiera significado que tendría que humillarse.

-Podrías habérmelo dicho, ¿no crees? Yo hubiera preferido eso. – El moreno intentó contener las lágrimas que amenazaban con salírsele.

El ojiazul lo notó y se sintió terriblemente miserable. – Sebastián, basta. ¡Ni siquiera tienes a dónde ir! – Protestó el menor. Sebastián continuaba metiendo sus cosas en su maleta. - ¡Por lo menos, hablemos!

-¡No hay nada que hablar, Ciel! Me usaste de la manera más cruel que se puede utilizar a alguien. Yo te amo. – Admitió el moreno, negando con la cabeza después de hacerlo. – Dejé a mi familia, dejé la escuela, me rebelé contra mis padres y tomé esa camioneta vieja de la que te avergüenzas y te traje a Nueva York.

-Era nuestro sueño. – Musitó el ojiazul, sintiendo como las lágrimas se deslizaban por sus mejillas.

-Te equivocas. – Sebastián echó el cierre a la maleta y la levantó del suelo. – Era tu sueño pero, yo lo hice mío también. Solo por ti. Yo sí me enamoré de ti, Ciel.

-Sebastián… yo… - Ciel no pudo continuar, sabía que se quebraría frente a él.

-Sé que yo no era la mejor opción. Sobre todo ahora que eres famoso pero, yo quería creer que sí. – Sus ojos se tornaron acuosos y él lo evitó a toda costa. – No puedo llevarme todo pero, vendré por el resto cuando no estés aquí.

El ojiazul lo miró pasar frente a él, jalando la maleta de rodos. - ¡Espera! – Se le abrazó a la espalda, tal como había hecho años atrás en una ocasión en que estaban peleando.

Sebastián no se giró porque las lágrimas fueron más fuertes que él. – Adiós, Ciel. – Dijo, liberándose de los brazos del menor y apresurándose a la puerta.

Se secó el rostro con una mano mientras llevaba la maleta con la otra hasta el ascensor. Aquella sería la noche más larga de su vida.