Respuestas a Reviews:

Chibi Taiga: Jajaja, es la verdad.. Ciel dejó a un hombre sensual por otro hombre sensual pero, mmm.. solo será por poco tiempo.. xDD Muchas gracias por el review y no importa que hayas tardado en ponerlo a mí me encanta leerlos.. :DD

Sakura Lawliet Phantomhive: Verdad! Ahora eres Phantomhive.. Y es que ¿cómo no antojarse en este clima tan Kuro que hay por causa de la nueva temporada? XDD Y perdóoon sí me gusta hacerles sufrir un poquito pero, en este capítulo tendrás mucho de lo que quieres ver lo prometo.. XDD Jajaja, nooo no los mates, ellos te aman.. ?) jajaja y espero que te guste el nuevo capítulo.. XDD Gracias por el review.. :DD

AbSe: Noooo! No mueras jajaja.. :DD La verdad es que nunca había hecho nada de esta pareja pero, ha sido genial hacerlo.. XDD Y lo sé! Ciel es un idiota a veces pero, te prometo que en este capítulo se redimirá un poco.. solo un poco.. XDD Y noooo la verdad no muy seguido se puede ver un lemon de UnderXCiel y, no sé si suceda de nuevo.. XDD La línea de la historia comienza a tornarse más compleja a partir de este punto. Bueno en realidad, a partir del próximo capítulo y, seee es posible que veamos algo de SebasXLizzie.. XDD Muchas gracias por el review y cuídate también.. :DD

Guest: Me alegro muchísimo que te gustara el playlist y el lemon.. XDD Y yo también quiero que ese par vuelvan a estar juntos, por más buenas que estén las parejas de Ciel, extraño verlo con Sebastián.. XDD Gracias por el review.. :DD


.

.

.


Era la mitad de la octava entrada y, él se encontraba con el bate entre ambas manos. Mordió su labio inferior e intentó concentrarse en la bola. Giró la cabeza. Undertaker lucía realmente cansado y parecía que no podría llegar a la novena. Sonrió, complacido de su trabajo. Él, en cambio, sentía como si le hubieran renovado las baterías con esa aventura de un par de días atrás.

Llevó el bate hasta tocar su hombro derecho. Sonrió maliciosamente. Esa bola era suya. Esa capitanía también.

"Y Ciel Phantomhive se prepara para batear." Decía el narrador, casi colgándose del balcón donde se encontraba por la emoción. "¡Señoras y señores, los Mets se encuentran arriba sólo por un punto! ¿Podrán los Yankees vencerles?"

Ciel levantó la vista en ese momento, grave error. Apenas pudo creer lo que estaba pasando. Sebastián estaba bajando por las escaleras del estadio, buscando un asiento en una de las filas delanteras. El ojiazul sintió un golpe en el pecho, era como revivir esos días en los que estaban juntos. Tan unidos que solo esperaban el momento de ocultarse de todos y besarse hasta desear terminar en la cama.

El moreno desde lejos centró su mirada en la azulina del menor. Ambos lo sabían, no necesitaban de decirlo o siquiera hacerlo obvio. El ojiazul tragó en seco, devolviendo, todo lo que podía de su concentración, al juego.

El lanzador le mandó una bola rápida y, él apenas tuvo reflejos suficientes para batearla con todas sus fuerzas. Un sacudón recorrió todo su cuerpo, golpeando contra sus músculos. Lanzó el bate al suelo y echó a correr, sin ver ni siquiera la trayectoria de la pelota.

Corrió a primera base y, pudo ver que ya la defensa del equipo contrario tenía la bola. "¡Safe!" Exclamó el narrador. ¡Justo a tiempo había llegado! No había conseguido hacer un cuadrangular como esperaba y, todo era culpa del único que era, en verdad, capaz de hacerle perder la frialdad en los nervios. – Sebastián. - Murmuró para sí. Podía estar molesto por su resultado, también por recordar que el moreno ahora tenía una estúpida novia pero, no pudo evitar tomarse un momento para suspirar. Había llegado a verle y, eso era todo lo que le importaba en ese intante.

Y él, desde las gradas, estaba maldiciéndose internamente. ¡No había podido resistirse a ir a verle! Se había escapado de las clases de Lizzie con una excusa realmente tonta. Se sacudió el cabello, componiéndolo un poco y, sonriendo para sí.

"¿Qué dices, Sebastián?" Había dicho la rubia, mirándole con preocupación.

"Me duele muchísimo el estómago. Creo que me voy a enfermar…" Y corrió hasta el baño presionando una mano contra su abdomen, simulando que vomitaba, mientras reía, sujetándose al lavamanos. "¡Ugh! ¡Ugh!"

"Sebastián, ¡estás grave!" Lizzie consiguió un vaso de agua para él y un efervescente. "Creo que es mejor que te vayas a casa y vuelvas hasta la noche."

"Gracias. Además, ya aprendí bien la rutina de hoy." Su cara era de tanto dolor y pena que él mismo se estaba provocando tristeza.

La chica le acompañó hasta la Dodge y, luego, Sebastián mordió su labio inferior, pisando el acelerador hasta el fondo. Se sentía como todo un idiota pero, no quería faltar a ese juego. Era un deseo que tenía que complacerse a sí mismo.

Sin embargo, una vez estuvo en el estadio y le vio, sintió una verdadera arcada. - ¿Qué estoy haciendo aquí? – Se preguntó a sí mismo. Si se daba la ocasión y veía al ojiazul con el rubio o, quizás, con ese chico Hank con el que salía ahora, ¿cómo se sentiría?

Aunque existía también la mirada que se cruzaron. Estaba tan cargada de emociones que el moreno se tuvo que esforzar para no bajar las escaleras que le separaban del diamante y correr hasta él. Imposibles, claro pero, se vale soñar, ¿no?

"¡Nachos! ¡Nachos!", recitaba un hombre a su lado. Sebastián se giró, deseando matarlo por el simple hecho de haberle interrumpido los pensamientos pero, se encontró con un Claude que estaba a punto de echarse a reír sonoramente. – Lo sabía. – Dijo, sonriendo picarescamente. – ¡A mí no me engañas, Sebastián! – El mayor tomó asiento justo a su lado, en el único asiento que quedaba libre.

-No se lo cuentes a Lizzie, ¿vale? – Y ninguno de los dos pudo contener la risa por más tiempo. – Pero, ¿cómo es que me conoces tan bien?

-Tal vez porque te conozco desde hace un par de años pero, viví contigo seis meses. – Claude puso los ojos en blanco, como si recordar aquello fuera uno de los episodios que formaban parte de la serie "Difícil de creer" en su vida.

-Verdad. Y yo no era mal compañero de apartamento. – Añadió el moreno.

-No. Excepto cuando tú y Ciel llegaban borrachos y cantando canciones rancheras a las tres de la mañana. – Le miró de reojo.

Sebastián le entregó un gesto de inocencia y el mayor rió sonoramente. – Ciel era el culpable.

-Sí, claro. – Respondió Claude. – Pero, dime, ¿qué es exactamente lo que esperas encontrar acá, Sebastián?

-Vine a ver el juego. Eso es todo. – Respondió el moreno. Su tono de voz cambió radicalmente, ensombreciéndose por la verdad.

-¿Y esperaste que hubiese pasado más de la mitad para decidirlo? – Sebastián no supo responderle. – Acéptalo. – Continuó el mayor. – Querías ver a Ciel. – Suspiró. - ¿Hasta cuándo abandonarás ese amor enfermizo?

-No lo sé. – Masculló. Las preguntas de Claude comenzaban a molestarle. – Ciel y yo éramos muy unidos. Comíamos lo mismo, reíamos con lo mismo, nos deseábamos el uno al otro. Comprende Claude que para mí no es fácil simplemente borrarle de mi vida.

-Sebastián, - El mayor suspiró cansinamente. – el Ciel que amabas ya no existe. – Observó al moreno mirar al frente, buscar al ojiazul con la mirada y la expresión de tristeza apareció en su cara. No podía dejarle así, tenía que decir cualquier cosa. – Mira que Lizzie parece muy interesada…

-¡Ah, no! ¡Ya empiezas con eso otra vez! – Sebastián llevó una mano a su cabeza. Había un gesto de enojo en su rostro. – No estoy interesado en Lizzie de esa manera…

-Deberías. No hay por qué quedarse en una sola cosa, ¿cierto? – El moreno no respondió y, él continuó. – Conozco un terapista sexual muy bueno, se llama Kain y… - Nada. Sus palabras se las estaba llevando el viento porque Sebastián tenía la vista en el juego.

La novena entrada había comenzado y, era el turno de los Mets. Ciel estaba a la defensiva y, el moreno no podía evitar perderse en sus movimientos. El ojiazul era como un tigre cuando de jugar o de amar se trataba. Sus movimientos eran felinos y perfectos. Como contemplar una obra de arte en movimiento. Ahí estaba el único tratamiento sexual que necesitaba pero, tenía que aceptarlo, lo suyo ya no tenía regreso.

"Y ahora, Juan Lagares a la posición de bateador." Enunció uno de los narradores.

"La estrella de los Mets, ¡esperemos no nos salga como Phantomhive!" Rió el otro comentarista al micrófono.

"Phantomhive ha estado distraido el día de hoy…"Comentaba el otro con pesar.

Ciel escuchó las palabras que venían hacia él y, apretó el puño que tenía libre, mirando a su guante. – No debo fallar. – Susurró para sí. – Tengo que atrapar esa bola.

El chico trigueño tomó el bate y, Undertaker lanzó la bola. Era un buen tiro. El ojiazul imaginaba que él también lo batearía con facilidad.

"¡Zap!" El sonido de la pelota al ser golpeada por la madera y, la carrera de las zapatillas de Lagares. Finnian, Bard y Ciel corrieron a buscarla pero, el ojiazul dio un salto, atrapándola antes que el chico tocara la tercera base.

"¡Out!" Gritó el ampayer y, Lagares maldijo por lo bajo su atrevimiento de correr a una base más.

-¡Le has jodido! – Exclamó Bard, palmeando el hombro del menor.

-¡Bien, Ciel! – Dijo Finnian con una sonrisa, mientras todos regresaban los guantes y se preparaban para el final. Y eso era lo que al ojiazul le gustaba: Ser el centro de atención. Aun cuando Ash Landers le mirara con odio desde la banca. Hoy no jugaba porque Tanaka no le consideraba lo suficientemente ágil y, Undertaker también estaba siendo motivo de molestia para el entrenador porque no había hecho un trabajo lo suficientemente bueno. Y claro, el albino andaba soñando con follarse a Ciel nuevamente. ¡Era imposible concentrarse!

Los equipos cambiaron posiciones y, esta vez, el menor fue el último en la fila de bateadores. Los demás miembros del equipo le consideraban como la única opción para salvar el marcador que se había convertido en un temible ochenta a sesenta y nueve. Los Mets habían conseguido buenos puntos y, solo el "out" que les concediera el ojiazul.

-¿Qué les pasa? – Protestó Tanaka desde atrás de la fila. - ¡Solo Phantomhive está medio vivo en este encuentro! ¡Quiero carreras! ¡Quiero un homerun!

"Y ahora, Matt Harvey se coloca como lanzador y, ¡aquí se decide todo, señores!" Exclamaba un narrador, emocionado hasta casi gritar.

"Los aficionados de los Yankees se muerden las uñas ahora." Decía el otro. "Y el primero en batear es una de las promesas de los Yankees, Joker."

Sebastián no supo cuándo pero, la siguiente vez que se observó a sí mismo, estaba sentado en la orilla del asiento, tal como hacía siempre. Claude ya mejor no le decía nada. El moreno era caso perdido.

Joker consiguió dos puntos por una carrera y, los que le siguieron, consiguieron buenas carreras pero, ningún cuadrangular y, lo necesitan. ¡Les urgía! Porque de lo contrario, su equipo rival les ganaría por uno o dos puntos a lo sumo.

Finalmente llegó su turno. La multitud se puso de pie y gritaban: - ¡Ciel! ¡Ciel! ¡Ciel!

Sebstián miró a Claude, convencido que éste le detendría o le sacaría a rastras del estadio. – Si te vas a parar hazlo de una vez. – Masculló.

-Gracias, papá. – Respondió el moreno, riendo mientras se ponía de pie. Unos instantes después, el amigo le imitó.

"¡Ciel! ¡Ciel! ¡Ciel!" Continuaba el público y, el ojiazul se lamió los labios, se mordió la lengua ligeramente y colocó un pie más adelantado del otro.

Matt Harvey le miró con recelo, preparando su mejor lanzamiento.

"¡Y lanza!" Gritaron los narradores. Pero sus voces fueron calladas cuando el sonido del bate de Ciel al chocar con la pelota, la cual voló por encima de la barda. "¡Se voló la cerca!"

El ojiazul subió la vista. Sebastián le estaba mirando y, cuando tocó la cuarta base, todo desapareció. El estadio estalló en gritos, los chicos del equipo le levantaron en brazos y, los jugadores de los Mets lanzaron sus guantes con disgusto al suelo. Una lluvia de confeti cayó sobre todos y, Ciel no podía estar más feliz. Su corazón latía deprisa y, sentía que por momentos iba a desmayarse. Con la gente que gritaba, las multitudes de saltaban… Eso era lo suyo.

Sebastián se guardó mucha de la emoción para sí mismo. Quería gritar y saltar igual que todos los demás pero, seguramente Claude se lo reprocharía luego. Y no dejaba de tener razón. Ciel le presentaba al nuevo novio un día y, él, como si le corriera limonada en las venas, ¿iba y le veía ganar para luego ponerse a celebrar? ¡No! Definitivamente, no podía. Aunque poder y querer son dos cosas muy distintas.

-¿Nos vamos? – Preguntó el mayor, mostrándole la llave de su coche.

-Traje la Dodge. – Dijo el moreno, sonriendo. – Pero, vamos, te acompaño y luego, me marcho.


.

.

.


Dejó a Claude en su auto y se dirigía al suyo. ¡Casi una hora para poder salir del estadio y llegar al parqueo! Y comenzaba a creer que aquello había sido una completa equivocación porque se sentía más vacío que antes. Aunque ahora que lo pensaba, podía haber sido mucho peor, podría haberse encontrado al rubio ese, el vendedor de hamburguesas.

Bufó y anduvo miró al frente. Llegar a su camioneta auguraba ser una verdadera hazaña. – Me lleva la puta. – Se apoyó en otro auto, francamente enojado. Su vista se posó en la salida de los jugadores. Todos abandonaban en un grupo, incluido el chico ese albino que conoció el otro día. Todos menos Ciel.

¿Sería que acaso él podía llegar y asomarse? Después de todo, Tanaka le había visto tantas otras veces y no pasaba de regañarle pero, jamás llegó a decir nada más.

Tampoco creía que Ciel les hubiese contado algo.

Anduvo entre las personas. Abriéndose paso entre niños con latas de soda, hombres con cervezas y, mujeres con hot dogs a medio comer en bandejas de cartón. Peinó su cabello con los dedos, avanzando, temiendo que alguien le viera y lo detuviera. Simplemente sabía que si era detenido ahora, no volvería a intentar semejante cosa.

Llegó a la puerta, asomando la mitad del cuerpo y del rostro, temeroso de mostrarse de una vez y que hubiera alguien más adentro. Escuchaba una regadera encendida, el ruido del agua cayendo.

"¿Debería entrar?" Se preguntó mentalmente mientras sus pasos le conducían al interior.


.

.

.


Ciel estaba terminando de enjuagar su cabello. ¡Qué bien se sentía ahora! Lejos de todo ese juego que le había quitado tantos días de sueño. Y no propiamente porque estuviera ocupado, sino por los incesantes entrenamientos de Tanaka.

Terminó y dejó el agua correr por su espalda unos minutos más, apoyando la palmas de sus manos a los lados de la llave de la regadera. Cerró los ojos y respiró profundo, dejando que el vapor le nublara los sentidos.

Entonces sintió sus manos, firmes pero delicadas cuando chocaron contra sus costados. El beso que le concedieron en el cuello, justo desde atrás para provocarle esa descarga eléctrica en la espalda. Conocía esos labios y, también esas manos muy bien. – Sebastián… - Gimió.

El moreno rió contra la piel de su cuello, mordiéndolo con fuerza. El ojiazul tuvo que ahogar un grito. Su cuerpo entero se prendió en fuego al sentir ese contacto. Lo había añorado tanto. – Dime.

-¡Ah! – Jadeó, al sentir el miembro desnudo del moreno contra su trasero. – Golpéame… - Susurró. – Lo merezco por idiota… Nunca debí dejarte ir.

-Cállate. – Sebastián le obligó a girarse. Y lo que vio le dejó sin aliento. El moreno se había quitado la ropa y, estaba completamente desnudo, empapado con el agua de la ducha, presumiendo de un cuerpo todavía mejor de lo que recordaba.

Ciel buscó sus labios nuevamente, besándolo salvajemente. Su corazón nuevamente estaba desbocado y, su cuerpo solo clamaba el enredarse con el del moreno y sentir el calor de éste en su interior. Su miembro se endureció ante ese pensamiento, dejándole sentir las ligeras punzaditas que enviaba de la punta hasta su base.

Sebastián jugueteó con su lengua en la boca del menor mientras deslizaba una mano por la cola de éste hasta tocar su entrada. – Quiero metértela aquí.

-Eres un Marqués de Sade. – Sonrió contra sus labios para luego, buscar la base del cuello del moreno y besarla sensualmente. – Pero quiero que toques hasta el fondo de mis entrañas. – Murmuró, recordando unas líneas de uno de los libros del sujeto en cuestión.

El moreno gruñó suavemente, brindándole una nalgada que sobre ese trasero mojado se hizo sentir como agua en el desierto para el ojiazul. – Haré lo que sea que me pidas. – Susurró Sebastián en su oído, lamiéndolo como si de un caramelo se tratara.

-Quiero que me folles. – Ciel puso los ojos en blanco, echando la cabeza hacia atrás, rasguñando la espalda del único que le encendía de esa forma. Era la lengua del moreno pero, también ese miembro erecto suyo que se rozaba con su entrepierna tan descaradamente lo que le estaba haciendo desearlo aún más.

Le arrastró fuera de la ducha y cayeron en una de las bancas que utilizaban para colocar sus cosas, las cuales se hallaban cubiertas de toallas ahora. Algunas estaban húmedas y otras secas pero, ellos no percibieron eso siquiera.

Sus cuerpos se restregaban uno contra el otro, al compás de los besos y la caricias. Ciel deslizó una mano hasta la entrepierna del moreno, masturbándola. – Esto es mío. – Jadeó.

Sebastián no respondió a eso; en cambio, llevó dos dedos a su entrada, introduciéndolos sin ningún cuidado y simulando pequeñas embestidas que hicieron al ojiazul jadear aún más. - ¿Continuo? – Preguntó, alcanzando con su dedo medio ese punto especial que conocía tan bien.

Ciel sentía oleadas de placer ante esas caricias. - ¡Ah! Sí… Sebastián dámelo. – Gimió, separando sus piernas y rodeando las caderas del moreno.

La humedad provocaba que sus piernas se resbalaran de su posición y, eso solo le provocaba más espasmos. – Esto es tuyo. – Murmuró el moreno, deslizándose por aquella estrecha entrada que le recibió más gustosa de lo acostumbrado. Se sentía hundirse en el abismo del placer al sacarla un poco solo para volverla a meter.

-¡Eso! ¡Ah! Mueve las caderas un poco… - Decía mientras correspondía a las embestidas de Sebastián con sus movimientos.

-Ciel… - Jadeó el moreno, acelerando sus movimientos. No se resistía más. Todas las noches que pasó esperando aquel momento inconscientemente, se veían ahora recompensadas por esa sensación exquisita. - ¿Debería decirlo como tu público? – Broméo, gimiendo y embistiéndolo con pasión.

-No hace falta… - Respondió, rodeando su cuello con ambos brazos, apresándole hacia su cuerpo. – Con escucharlo una vez me basta.

Los meneos, las deliciosas palabras de Ciel, todo le hacía feliz. Sebastián no recordaba haberse sentido más dichoso que en ese momento en el que la esencia del ojiazul se corrió entre sus vientres y, la suya inundó la estrechez del menor.

Le besó una vez más y, aquel beso lo pedía todo, lo quería todo. Quería mantener con él esa parte del menor que era imposible atar. También deseó decirle que le amaba pero, no se atrevía. Ciel, a su vez, sentía lo mismo pero, tampoco lo expresaba.

-Debería irme. – Musitó el moreno, separándose del menor. Su respiración todavía no regresaba a la normalidad pero, aquélla era suficiente debilidad por un día.

-Acéptalo, tienes tantos deseos de quedarte conmigo como yo contigo. – Si alguna vez existieron los demonios, Sebastián estaba seguro que el ojiazul era uno. – Además traigo algo que tal vez te gustaría tomar conmigo.

El moreno se mordió el labio inferior. – ¿Qué es eso?

-Una botella de tequila que me regalaron hace unos días. La traía para celebrar con los chicos pero, se han marchado. ¿Quieres probarla?

Sebastián miró hacia la puerta. – De acuerdo. Vístete y sácala. – Respondió, sin pensarlo demasiado. Aquel día no quería medirse, porque al fin y al caso, para eso se había escapado.

Ambos buscaron rápidamente sus prendas y se vistieron. Ciel temía que el moreno se arrepintiera y, Sebastián a su vez, temía pensarlo demasiado y ya no querer hacerlo. -¿Quieres abrirla mientras acabo aquí? – Preguntó el ojiazul visitiéndose con una sudadera deportiva de su equipo, señalando hacia su maletín con un gesto de sus labios.

El moreno se inclinó y buscó entre sus cosas. Una caja con una botella de tequila Patrón apareció en medio de las cosas del menor. Sebastián la destapó, aspirando su aroma y buscando algo en qué tomarla.

Miró a su alrededor y se encontró con dos frascos de enjuague bucal vacíos. Les quitó las tapaderas y sirvió dos tragos de tequila en ellas. – Lamento lo improvisado del vaso. – Dijo riendo.

-Ah, no importa. – El ojiazul rió. – Al menos es de enjuague bucal. – Chocó su pequeño vaso contra el del moreno, quien lo sostenía en una mano también. - ¡Salud!

-¡Salud! Y por el que brinda y no toma, que se le caiga… - Bebió el licor de un solo trago.

-La paloma… - Dijo Ciel riendo, antes de beber su "shot". – Vamos, sirve otro. – Extendió el vaso al moreno.

Sebastián le obedeció y sirvió otro para él también. - ¡Por el cuadrangular que hiciste! – Exclamó.

-¡Sí! Ah… Creí que no lograría salvar ese partido. – Comentó, bebiendo su vaso.

El moreno sirvió otros dos más. Y después de beberlos, ambos comenzaron a sentirse ligeramente mareados. Bajó la vista a su reloj y se encontró con que eran más de las cuatro de la tarde. – Mira la hora… A las cinco vienen a limpiar esto, ¿no? – Sebastián recordaba que siempre procuraban marcharse antes de las cinco cuando se jugaba un partido al mediodía, porque luego llegaba el conserje y sacaba a todos.

-Tienes razón. – Masculló Ciel, sirviéndose otro "shot". - ¿Vamos a mi casa?

El mayor bebió un trago de la boca de la botella y jadeó. – Pero yo conduzco… - Dijo con voz ligeramente ebria.

Ciel se echó a reír. - ¡Cómo si yo supiera!

-Recoge tus cosas… - Bebió otro trago y comenzó a reír también. – Recoge tus cosas antes que yo te re-coja a ti. – Sacó las llaves de su bolsillo, moviéndolas frente a los ojos del menor.

-Re-cógeme entonces… - Susurró el ojiazul, aproximándose al moreno, robándole la botella por un momento para beber de ella. – Te gusta… ¡Yo sé que te gusta! Te encanta… ¡Yo sé que te encanta! – Comenzó a cantar, tomando su maletín apresuradamente para echárselo al hombro y luego, colgarse de los hombros de Sebastián.

-La gozas… ¡Yo sé que la gozas! La sientes… ¡Yo sé que la sientes! – Continuó cantando el moreno.

-La añoras… ¡Yo sé que la añoras! La pides… ¡Yo sé que la pides! Te agrada… ¡Yo sé que te agrada! – Continuaron cantando ambos al unísono, mientras salían del lugar rumbo a la camioneta de Sebastián. Ciel sentía que hacía demasiado que no reía de esa forma.

Llegaron al auto y el moreno le ayudó a subir. La gente se había marchado ya por completo, por suerte. El único auto era el suyo y, gracias a eso, no tuvieron problemas para encontrarlo en el estado en que estaban. Sebastián buscó a tientas donde encajar la llave porque si veía, estaba seguro que vería doble.

-¡Ay Sebastián, te extrañaba tanto! – Dijo el menor, estirándose en el asiento para luego recostarse en éste y beber otro trago de tequila.

-Yo también te extrañaba. – Respondió él, arrebatándole la botella y bebiendo un poco más. – Extrañaba tus besos, tus caricias… Eso que tienes en medio de las piernas… - Susurró antes de echarse a reír nuevamente.

-Estás loco. – Musitó el ojiazul. – Pero, así es justamente como te amo. – Su aliento alcohólico se chocó con los labios un segundo antes que éstos se presionaran apasionadamente contra los del moreno.

Sebastián correspondió el beso, entrometiendo su lengua en la boca del ojiazul, apenas dejando un ojo abierto para controlar lo que sucedía frente a él mientras conducía. - ¡Agh! ¡Joder! Yo también te amo… Es inevitable. Te he querido siempre…

Ciel asintió, acariciando el rostro del mayor. – Mi Sebastián… - El moreno sonrió, liberándose del agarre suavemente para devolver su mirada al volante. – No quiero que te toque esa rubia rara.

Sebastián rió sonoramente. - ¿Rara? ¿Por qué rara? – Pisando el acelerador a fondo para correr en la calle a gusto.

-Porque le gusta tocar lo que es mío. – Tomó la mano del moreno y lamió sus dedos. Éste se estremeció de placer ante el contacto, sonriendo. – Soy tuyo, Ciel. – La boca del menor era tibia y deliciosa. A su vez, Ciel se entretenía con el sabor a licor que tenía en las manos su amado. - ¿Todo mío?

Sebastián asintió. Ciel le colocó la botella para que pudiera beber otro sorbo y, luego, se echó un trago él. – Sabes, creo que hay alguien que tiene sed.

El moreno presionó el acelerador y, antes que su pie pudiera encontrar el freno, las manos de Ciel habían encontrado el camino a la cremallera de sus pantalones y a su miembro. – Mmm… ¿Piensas que tiene sed?

-Mucha. – Susurró, moviéndose hasta colocar su rostro en medio de las piernas del moreno y haciéndole una felación exquisita.

Sebastián jadeó, apenas era capaz de controlar el auto. La boca de Ciel estaba haciendo de las suyas. Su lengua se paseaba por la piel de su miembro, succionando y dando ligeras mordida pero, sobre todo, concentrándose en su glande. El ojiazul lo lamía como si fuera la copa del enjuague bucal con el tequila. Sus cabellos rozaban sus piernas haciéndole gemir con fuerza. – Mmm… Basta, Ciel… - Suplicaba. Su falo estaba erecto, tanto que dolía y sentía que no podría conducir y correrse a gusto.

-¿Por qué? ¿No te gustaría acabar en mi boca? – Preguntó lascivo el ojiazul, encendiéndolo aún más.

-Eres un demonio, Ciel. – Mirando con ojos de gloria el semáforo en rojo que se encendía para ellos. - ¡Ah! – Sus piernas se contorsionaron por debajo del volante. Los de otros vehículos le miraban con curiosidad, al ver que el moreno se recostaba en el asiento y echaba la cabeza hacia atrás. Se notaba que arqueaba la espalda y que se movía de forma extraña. - ¡Sigue, por favor! ¡No te detengas!

El ojiazul apretó sus testículos, mientras succionaba con rapidez, provocando que el moreno se corriera en su boca. – Ahhh… - Jadeó complacido al sentir el sabor de la esencia de Sebastián en su boca. – Tenía tantas ganas de probarte.

Sebastián le besó con pasión arrancando las últimas gotas de su semen de los labios del menor. – Y yo tenía ganas de esa boca tuya que me enloquece.

-Jóvenes, ¿están ocupados? – Preguntó el oficial de policía de tránsito, tocándoles la ventana con su macana. Aquel sonido interrumpió cualquier intento de continuar con las acciones.

-No, oficial. – Dijeron ambos, intentando cubrirse lo mejor que podían.

-Entonces no les molestará hacerse a la orilla y dejarme revisarlos. – Añadió el hombre.

Ciel miró con cara de susto a Sebastián y, el moreno, solo atinó a lanzar la botella debajo del asiento del ojiazul. – Puedo mostrarle los papeles del auto. – Dijo el mayor. – También los míos.

El hombre refunfuñó, mientras Sebastián se aparcaba en la orilla y sacaba los documentos de la guantera del vehículo. – Parece que todo está en orden.

El moreno reteniendo la respiración lo más posible para evitar golpear con el aliento el rostro del oficial. Ciel se mordió la uña del dedo anular, tomando nota de la bragueta abierta de Sebastián. – Primo, quiero llegar a casa pronto. – Musitó, sacudiéndole por el hombro mientras, su mano se deslizaba cuidadosamente a la cremallera de sus pantalones, subiéndola.

-Ya casi estoy listo, primo. Solo permíteme un momento. Necesito terminar de atender al señor policía. – Eso ni él lo había creído. Sonaba como un perfecto nerd.

-De acuerdo. – Ciel hizo un puchero y se sentó otra vez en su lugar, poniéndose el cinturón de seguridad.

El policía los miró con desconfianza. – Conduzcan con cuidado, jóvenes. – Masculló, dándole una palmada en el hombro a Sebastián, como diciendo "Si te vuelvo a encontrar haciendo algo sospechoso, te voy a llevar unos días a guardar."

-Por supuesto, oficial. – Asintió Sebastián y, Ciel pudo ver cómo se formaba una sonrisa maliciosa en su rostro cuando arrancaba el auto nuevamente. - ¿Así que ahora somos primos? – Inquirió.

-Así es y, tú abusas de mí. – El ojiazul puso una cara de inocencia que Sebastián hubiese querido venderla para un comercial de yogourt. Se echó a reír. Ciel le miró e imitó sus acciones.

Y se besaron. Como si ambos estuviesen coordinados, sus cabezas giraron ligeramente, atrapando sus labios en un beso exquisito. – Te dejo en tu apartamento y me voy a trabajar.

-¿Trabajar? – Preguntó Ciel como si aquello fuese la cosa más estúpida del mundo. - ¿Qué haces? ¿Eh? ¿Modelas?

¡Qué Dios le librara de decir la verdad! Al ojiazul no le parecería para nada. – Soy agente en un centro de llamadas. Ya sabes, donde trabaja Claude. - ¡Rayos! ¡Hasta él se creyó esa mentira!

-Mmm… Aburrido. – Se retorció en el asiento, recostándose y subiendo los pies sobre la guantera. – Quédate conmigo hoy.

-No.

-¿Por qué? – El disgusto se dejó escuchar en su voz. Sus manos se apretaron en puños y el moreno creía que los pucheros de Ciel eran sensuales de alguna forma.

-Porque debo ir a trabajar.

-Pero dijiste que vendrías conmigo. – Insistió.

Sebastián le miró de reojo. El licor había nublado su mente lo suficiente para no recordar bien el porqué peleaba con Ciel y su corazón pedía a gritos el estar con él.- Solo esta noche.

Y Ciel sonrió ampliamente, colgándose de su cuello, besándole apasionadamente y, haciendo que el moreno tuviese dificultades para manejar el auto.


.

.

.


Estaban en el apartamento. Ambos tirados en la alfombra. La ropa había quedado dispersa por toda la sala y, sus cuerpos nuevamente se replegaban en una danza de placer. La espalda de Ciel que se frotaba contra el suelo mientras Sebastián le embestía.

-Eres exquisito, mi amor. – Susurró el moreno. Aquéllas no eran palabras propias de él pero, la última botella de tequila le había dejado volando y, ahora, no veía otra cosa que no fuese el follar a Ciel como le gustaba.

El ojiazul por su parte, solamente podía gemir, mientras su cuerpo era embestido ferozmente. Le gustaba. No, perdón… Le encantaba. – Me fascina como lo haces. – Jadeó, pensando en lo estúpido que había sido al no estar conforme con aquel hombre. Su espalda se arqueó en un orgasmo junto con el moreno.

Sebastián jadeó y rodó sobre su costado, quedando tirado en la alfombra. – Ciel… - Sus mechones cayendo suavemente sobre su mejilla y, la sonrisa característica de Sebastián cuando estaba satisfecho y feliz.

-Sebastián, soy una mierda pero, perdóname. – Murmuró, sentándose y abrazándose contra su pecho.

-Te dije que no habláramos de eso hoy. – Respondió el mayor, correspondiendo el contacto.

Entonces el timbre de la puerta sonó y, los dos se vieron. ¿Quién podría ser? Ciel de inmediato pensó en Lizzie; Sebastián, por el contrario, pensó en Undertaker.

-¡Sebastián, sé que estás ahí dentro así que saca tu trasero donde pueda verlo! ¡No me harás quedar mal en el trabajo nuevamente! – La voz de Claude era todo un gruñido. Ciel y Sebastián se echaron a reír aunque, el moreno sabía bien que se le avecinaba una tormenta en cuanto abriera esa puerta.