Esta historia titulada ''Cambio de Planes'' es propiedad de la escritora Allison Leigh, los personajes que aparecen a continuación son creación de la escritora Suzanne Collins, yo solo adapto esta maravillosa historia con estos maravillosos personajes, espero que les guste y se animen a leer mas historias de estas autoras :)

Saludos Maya.


Capítulo 2

—¿Perdón? —exclamó Katniss con un intenso rubor en las mejillas.

—¿Quieres que te lo repita?

Ella abrió los labios como para tratar de decir algo, pero no consiguió pronunciar una sola palabra. Marvel vino a sacarla de apuros, entrando en la habitación y dejando una bolsa de cuero a los pies de la cama. Llevaba también unas muletas que dejó apoyadas contra la pared, al lado de la puerta.

—Me gustaría poder quedarme de palique con vosotros, pero Clove tiene un compromiso esta tarde y tengo que quedarme con Thresh. ¡Hay que ver el trabajo que da un pequeñajo de catorce meses! —exclamó Marvel con una sonrisa, y luego añadió sacando un teléfono móvil extraplano del bolsillo de los pantalones y dándoselo a Peeta—: Toma. Cortesía de Finnick.

Y tras chocar las manos con Peeta, salió corriendo del del cuarto. Dos segundos después, oyeron el sonido de la puerta abriéndose y cerrándose.

Katniss se mordió la lengua y volvió a mirar a Peeta.

—No —dijo por fin, rompiendo el tenso silencio—. El sexo no es una opción. Obviamente.

—¿Por qué? ¿Porque piensas que estoy ahora incapacitado para eso o porque no te llamé aquel día a la mañana siguiente? —dijo él, clavando los ojos en ella.

Ella apretó los puños y los metió en seguida en los bolsillos de la bata. No quería entrar en detalles de lo que él era capaz o incapaz de hacer, y mucho menos volver a darle vueltas a la eterna pregunta de por qué no le había llamado en los veinte meses que habían pasado desde entonces.

—Yo no te pedí que me llamaras —le recordó ella—. Estás aquí porque te estás recuperando de unas lesiones. Punto.

—Sí, es verdad, pero parecías muy preocupada por el asunto del sexo y pensé que la mejor forma de evitar malentendidos sería exponiéndolo abiertamente.

A ella, por lo general, también le gustaban las cosas claras, pero, en ese momento, prefirió comportarse como si nunca hubiera ocurrido nada entre ellos.

—En primer lugar —dijo ella agachándose a recoger la bolsa del suelo—, no estaba preocupada. Y en segundo lugar, eso es algo que pertenece al pasado —dejó la pesada bolsa sobre la cómoda y le miró por encima del hombro—. Sacaré ahora estas cosas, si no te importa.

—¿Me queda acaso otra elección? —preguntó él con una leve sonrisa irónica.

—Sí —dijo ella abriendo la cremallera de la bolsa—. Nadie trata de controlar tu vida, Peeta.

Ella no sabía lo que le resultaba más turbador, su presencia y el sabor que su nombre le dejaba en los labios al pronunciarlo después de tanto tiempo, o la idea de que él se considerase un prisionero en aquella casa.

—Serás la primera enfermera que no lo intente.

Katniss apoyó la cadera en la cómoda y se cruzó de brazos. Peeta la miró de arriba abajo. Sólo habían pasado una noche juntos, pero había sido suficiente para que él se conociese su cuerpo de memoria. Ella, aparte de saber que trabajaba para la misma organización que su hermano, no sabía mucho de Peeta.

—Entonces seré la primera —dijo ella en voz baja—. Mi único objetivo aquí es conseguir que te recuperes cuanto antes y estés lo más cómodo posible. Pero tú eres el que decide lo que hacer con tu vida, no yo.

Peeta la miró con sus ojos azul pálidos ligeramente entornados bajo sus negras pestañas.

—¿Por qué aceptaste este trabajo?

—No sabía que fueras tú el paciente —admitió ella con toda franqueza—. Lo supe después.

—¿Y por qué no rechazaste el trabajo cuando te enteraste? —dijo él arqueando una ceja.

Esa pregunta era ya más difícil de contestar. Ella sabía la respuesta, pero no estaba dispuesta a abrirle el corazón a nadie.

—No sé —replicó ella encogiéndose de hombros—. Bueno —dijo dando unas palmaditas en la bolsa—. ¿Quieres que te saque las cosas o prefieres…?

Él se quedó callado. Se hizo un largo silencio. Ella trató de adivinar lo que podría estar pasando por dentro de su cabeza, pero no fue capaz. Era lo mismo que le había pasado aquella noche que habían estado juntos.

—¡Haz lo que quieras! —dijo él finalmente.

Ella se puso a sacar las cosas, sintiendo una sensación de alivio por poder tener las manos ocupadas en algo.

Había media docena de camisetas de diversos colores, dos o tres pantalones vaqueros y varios pantalones de chándal, todos con una pernera cortada de arriba abajo, igual que el que llevaba puesto en ese momento. Toda la ropa cabía más que de sobra en dos de los seis cajones del armario. Dejó luego las zapatillas de deporte y las botas camperas en un rincón de la parte baja.

Aparte de una pequeña bolsa con los cosas de afeitar y del aseo, lo único que quedaba era un buen lote de libros.

Eso explicaba el peso de la bolsa.

Libros bien encuadernados con tapas duras y libros en rústica. Algunos parecían nuevos y otros daban la impresión de haber pasado por cientos de manos.

Katniss dejó algunos en la mesita de noche que había junto a la cama, donde él pudiera alcanzarlos con facilidad.

—Veo que eres un gran lector.

Y un lector de amplio espectro. Tenía de todos los géneros, desde el último best seller hasta títulos de literatura clásica, pasando por ensayos filosóficos o biografías de políticos.

—¿Y? —exclamó él, con un gesto de amargura en los labios.

—No te pongas a la defensiva. Era sólo una observación—respondió ella dejando el resto de los libros en una de las estanterías del armario—. No quiero parecer pretenciosa, pero yo también tengo una buena colección de libros en el cuarto de estar. Puedes echarlos un vistazo, si quieres. ¿Prefieres ir con las muletas o en la silla de ruedas?

—Con las muletas —dijo él sin pensárselo dos veces—. Puedes dejar esa silla aparcada en algún rincón para siempre.

—Está bien —dijo ella dejando las muletas apoyadas en el borde de la cama, entre la cabecera y la mesilla de noche—. Además de los libros, no dudes en utilizar cualquier cosa que te guste —él alzó la ceja de nuevo—. Me refiero a la comida y a esas cosas —aclaró ella—. Te prepararé algo antes de irme al hospital y te traeré a Platón para que le conozcas. Está muy consentido y se echa a dormir donde le apetece. Pero es un buen chico y muy inteligente. Si te molesta, sólo tienes que decírselo y te dejará en paz.

—¿Platón?

Ella se dio cuenta entonces de que estaba hablando muy deprisa, para ocultar su nerviosismo, y que no le había dicho aún quién era Platón.

—Sí, mi San Bernardo. Está ahora en el jardín.

—Antes no tenías perro.

—Tampoco tenía una casa con un jardín detrás — replicó ella.

—No —dijo él sin dejar de mirarla—. Antes vivías en un apartamento.

Katniss sintió la garganta seca. Cruzó los brazos por delante y los apretó con fuerza contra sus pechos. Luego le miró a los ojos y vio en ellos una expresión de deseo.

Aunque, tal vez, sólo fueran imaginaciones suyas.

Ella también se sentía atraída por él de forma irresistible.

—Y ¿qué te gustaría para comer? —le preguntó ella.

—Cualquier cosa, me gusta todo.

—No me estás ayudando mucho, Peeta —dijo ella, pasándose la lengua por los labios—. ¿Te gustan las coles de Bruselas?

Su expresión se iluminó de repente, y una leve sonrisa se dibujó en sus labios.

—Cariño, mientras yo no tenga que cocinarlas, me parecerán un plato exquisito.

—Hablas como la mayoría de los hombres —dijo ella con una mezcla de ironía y desprecio, saliendo de la habitación con la silla de ruedas.

Al llegar a la cocina tuvo que hacer un esfuerzo para no dejarse caer rendida en una silla. Pero tenía que sobreponerse. Debía ir a hacer su turno en el hospital.

Plegó la silla de ruedas y la metió en un armario. Luego abrió la puerta del frigorífico. Nunca se había esforzado demasiado en la cocina. Cuando le apetecía tomar algo casero, solía dejarse caer por casa de alguna compañera del trabajo o de algún familiar.

Pero había decidido cambiar. Nada de comida basura.

Desde que se había mudado a aquella casa, se había hecho el firme propósito de cocinar y comer cosas sanas. El frigorífico estaba lleno ahora de frutas y verduras. Había también una cazuela con un guiso de pollo y una fuente con unos filetes de carne asada que había hecho el día anterior. Se decidió por los filetes y le preparó dos sándwiches a Peeta. Puso el plato en una bandeja y luego añadió una manzana pelada cortada en trozos, un vaso de agua y un buen trozo de la tarta de melocotón que Beetee le había llevado.

Llevó la bandeja, junto con la mesita plegable, a la habitación de Peeta, no sin antes pasarse por el cuarto de estar para recoger el sobre con sus medicinas.

Cuando entró en la habitación lo encontró muy enfrascado leyendo un libro. Se había puesto unas gafas con montura negra, que le colgaban casi de la punta de su nariz aguileña.

Ella no sabría decir por qué encontraba aquella imagen tan conmovedora.

—¿Qué quieres para beber? Además de agua, puedo ofrecerte un refresco o un té con hielo… o cerveza — añadió recordando que había sido su bebida favorita en otro tiempo—. Aunque no deberías tomar nada de alcohol mientras estés tomando esas medicinas.

Dejó el sobre al pie de la cama y colocó la mesita plegable sobre el regazo de Peeta. Puso luego encima la bandeja.

Peeta la miró con una sonrisa. Había dejado el libro y se había quitado las gafas.

—¿Ocurre algo? —preguntó ella.

—¿Cómo te las has arreglado para traerlo todo sin derramar una sola gota de agua?

—Cuestión de práctica. Bueno… ¿qué quieres beber además de agua?

—Nada, gracias. Agua es lo único que necesito — respondió él, mirando la bandeja—. Esto tiene una pinta excelente. Temí, por un momento, que me fueras a traer las coles de Bruselas

—Mientras te portes bien, no te las traeré —dijo ella con una sonrisa, y añadió luego sacando un frasco de píldoras del sobre—: ¿Cuándo tomaste la última dosis de antibióticos?

—Poco antes de salir de Connecticut —respondió él sin levantar la vista del plato.

Eso significaba que hacía muchas horas que no tomaba su medicación.

—Te perdiste una dosis.

—Sobreviviré —respondió él, dando un gran bocado al sándwich de ternera.

—¿Y el dolor? ¿Cómo va? —le preguntó ella—. En una escala del uno al cinco.

—Doce —respondió él con la boca llena.

—Es bueno que comas —dijo ella quitando la tapa del frasco de los analgésicos—. Así el estómago no se resentirá con los medicamentos.

Peeta levantó la mano al ver que ella iba a darle una de aquellas pastillas.

—Tira esas malditas píldoras a la basura. No las necesito.

—No es un signo de debilidad necesitar…

—He dicho que no.

Katniss volvió a tapar el frasco, sintiendo que su decisión era algo más que la postura machista de un hombre que quería demostrar su valor.

—Está bien —dijo ella volviendo a dejar aquel frasco con los demás—. Pero si quieres que se te regeneren los huesos rotos y se te cure la infección, tendrás que tomarte estas dos píldoras que te he dejado en la bandeja. Ahora iré a buscar a Platón.

Peeta vio a Katniss saliendo de la habitación. No podía comprender que estuviese más interesado por aquel maldito frasco de pastillas que tenía al alcance de la mano que por contemplar su maravilloso cuerpo contoneándose bajo la fina tela de color rosa de su bata.

Masticó el último bocado del primer sándwich, echó la cabeza hacia atrás contra la almohada y cerró los ojos.

Acudió en seguida a su memoria la noche que habían pasado juntos.

Se pellizcó el puente de la nariz y abrió de nuevo los ojos. Su infierno había comenzado desde el mismo momento en que había puesto a salvo a Rue, la hija de Cato. Refugiarse en Weaver no había sido una buena idea.

Katniss no tenía ningún futuro a su lado. Y ella era una mujer que se merecía tenerlo. Era joven y hermosa y provenía de una familia muy unida.

Él, en cambio, ya no era ningún muchacho. Tenía muchas cicatrices tanto en el cuerpo como en el alma, y la única familia que conocía era Hollins-Winword.

No le había resultado muy difícil hacer esas reflexiones tan sensatas cuando estaba a varios miles de kilómetros de ella. Pero ahora, viviendo bajo su mismo techo, no veía las cosas con la misma claridad.

—Platón, ven a conocer Peeta.

Oyó su voz poco antes de verla aparecer en la puerta con un gigantesco San Bernardo al lado.

—¡Maldita sea! ¡Esto no es un perro! —exclamó Peeta mirando al animal—. ¡Es un caballo!

Ella sonrió, muy orgullosa, echándose hacia atrás un mechón de su precioso pelo negro.

—Es como un niño grande —dijo ella acariciando al animal con la mano—. Es muy dócil. Tiene cuatro años — se detuvo junto a la cama y a una señal suya el perro se acostó en el suelo y miró a Peeta con sus ojos castaños, grandes y majestuosos—. Platón, éste es Peeta, un amigo.

Peeta alargó la mano buena y dejó que el animal la oliese y la lamiese un par de veces..

Ella sonrió satisfecha. Miró el reloj y luego tomó el móvil que Marvel le había dejado a Peeta.

—Tengo que irme a trabajar, pero antes te pondré el número del hospital y el mío propio en la agenda de contactos… Te lo dejo aquí en la mesilla de noche. Aunque tengo que advertirte que la cobertura en esta zona deja mucho que desear. Si tienes problemas, usa el teléfono fijo de la cocina. Vamos, Platón, fuera — dijo al animal dándole unas palmaditas en el lomo.

—¿Le gusta a Platón estar fuera de casa?

—No siempre. Pero no quiero que te moleste.

Peeta se inclinó y pasó suavemente la mano izquierda por la enorme cabeza del perro.

—Preferiría que se quedase. Así tendré a alguien con quien hablar.

—Muy bien —dijo ella con una sonrisa—. Te hará compañía. Me acercaré por aquí durante el descanso de la cena, pero no dudes en llamarme si necesitas cualquier cosa.

Salió del cuarto, haciendo un gesto de despedida con la mano.

Peeta la vio desparecer por la puerta. Miró los frascos que había en la mesilla de noche y luego los ojos del perro que parecía contemplarle como si adivinara lo que estaba pasando por su cabeza.

—No te preocupes, Platón. En cuanto me quite estas escayolas, saldré de aquí.

Y así se libraría de las dos tentaciones. Los analgésicos.

Y ella.

.

—Es una oportunidad perfecta para ti —dijo Johanna Mason, la enfermera que compartía con Katniss el turno de noche en la sala de urgencias del hospital—. Tener a tu cargo a un paciente que está «a pensión completa» en tu casa…

Katniss sonrió ante las palabras irónicas de su amiga, sin levantar la vista del historial clínico que estaba actualizando.

—Sí, es una buena oportunidad —dijo ella sólo por seguirle la corriente.

Era una noche tranquila. Apenas habían tenido un par de casos sin importancia.

—No te veo muy entusiasmada. ¿Cuál es el problema? —dijo Johanna—. Debe de ser un hombre soltero. Si tuviera una esposa, no necesitaría una enfermera que le cuidase. ¿Es atractivo?

—¿Y eso qué importa? Es un paciente.

—No te entiendo, chica —dijo Johanna suspirando—. Tienes veintiséis años, eres una mujer muy guapa y sin embargo juraría que llevas una vida de monja. ¿No te parece algo antinatural?

—¿Qué te importa eso a ti? —respondió Katniss con una sonrisa—. Tienes un marido que te adora y una niña encantadora.

—Tienes razón, pero eso no quita para que me interese por ti. Venga, dime, ¿es atractivo?

Katniss suspiró hondo y cerró la carpeta del historial que estaba rellenando.

Peeta no era un hombre atractivo en el verdadero sentido de la palabra. Tenía un aspecto sombrío y una cicatriz que le cruzaba la cara. Pero tenía un magnetismo especial.

—Peeta es… bastante atractivo. Pero lo que es más importante, es mi paciente.

—Está bien. Al menos, espero que te gastes el dinero que vas a ganar en algo más interesante que pintar la casa. Llevas nueve meses sin hablar de otra cosa que de tu casa.

Katniss esbozó una sonrisa. Nueve meses. ¡Qué ironía!

—¿Qué quieres que te diga? Es mi casa. Y me gusta que esté perfecta y bien arreglada… Pero ahora creo que lo mejor que podemos hacer es volver al trabajo, si no queremos que la jefa nos sorprenda y nos lea la cartilla.

Las dos se echaron a reír, porque la jefa que dirigía el hospital de Weaver era la doctora Effie Trinket, la madre de Katniss. Pero las risas no duraron mucho. Las puertas de la sala de urgencias se abrieron bruscamente y entró Wiress, la cuñada de Katniss, muy alterada.

—Viene de camino una madre en estado crítico — dijo a modo de saludo al acercarse al mostrador donde estaban Johanna y Katniss—. Llegará en unos diez minutos.

—Avisaré a todo el equipo —dijo Katniss, siguiendo de inmediato a su cuñada a través de las dobles puertas batientes.

La tranquilidad de la noche se vio rota. A partir de entonces todo fue un continuo ir y venir de batas y camillas hasta que dieron las diez, la hora del descanso para la cena.

Katniss montó en el coche y se dirigió a su casa que estaba bastante cerca del hospital. Al llegar, entró en la cocina y vio que había un vaso de agua en la encimera, señal de que Peeta se había estado moviendo por la casa.

Vio en el pasillo el reflejo de la luz que se filtraba por debajo de la puerta de su habitación. Se dirigió hacia allí en silencio por si estuviera dormido. Abrió la puerta ligeramente y entró de puntillas. Peeta estaba tumbado en la cama, más o menos en la misma posición en que lo había dejado. Había un libro medio abierto junto a él.

Platón, acostado al lado de la cama, la miró fijamente al advertir su presencia, pero no levantó la cabeza. Parecía haberse acomodado para pasar allí la noche. Estaba muy cerca de Peeta. Parecía su guardaespaldas.

Katniss le echó una colcha por encima a Peeta y apagó la luz. Él ni siquiera se movió. Estaba claro que necesitaba dormir. Debía de tener sueño atrasado.

—Buen chico —le dijo a Platón en voz baja, rascándole la cabeza.

Entornó la puerta del cuarto, salió de casa y regresó al hospital para completar su turno. La segunda parte de la guardia se le pasó volando, atendiendo los heridos de un accidente de tráfico que se había producido en la autopista, a las afueras de la ciudad. Eran las tres de la mañana cuando volvió de nuevo a casa.

Se pasó por la habitación de Peeta. Estaba tranquila y en silencio. Sólo se oía el débil sonido de sus ronquidos.

Sonrió para sí y entró en su propio dormitorio, que estaba casi enfrente.

Se quitó la bata y se puso un pijama y una camiseta y se fue al cuarto de estar. Después del trabajo, necesitaba siempre relajarse, haciendo cualquier cosa, para poder dormir. Apenas se había sentado frente al ordenador cuando oyó las pisadas de Platón. Al llegar junto a ella, apoyó la cabeza en sus rodillas, y se puso a menear el rabo.

—Muy bien, Platón. ¿Estás preparado para el bebé?