Esta historia titulada ''Cambio de Planes'' es propiedad de la escritora Allison Leigh, los personajes que aparecen a continuación son creación de la escritora Suzanne Collins, yo solo adapto esta maravillosa historia con estos maravillosos personajes, espero que les guste y se animen a leer mas historias de estas autoras :)

Saludos Maya.


Capítulo 3

Katniss apoyó la barbilla en la palma de la mano y se quedó mirando absorta la pantalla del ordenador, como si estuviera viendo en ella el futuro.

—¿Un niño o una niña? Me da igual. Lo único cierto es que el año que viene tendremos un bebé al que cuidar — dijo ella, mirando a Platón con una sonrisa—. ¿Qué te parece?

El animal le devolvió la mirada con sus cálidos ojos castaños y emitió un pequeño gruñido como si estuviera de acuerdo.

Ella sonrió y le pasó la mano por el pelo del lomo, espeso pero sedoso.

Platón respondió a sus caricias meneando el rabo con más brío.

—Sabía que te gustaría la idea.

Platón estaba acostumbrado a convivir con niños. Su dueña anterior regentaba un centro de acogida infantil antes de que le diagnosticaran un cáncer.

Katniss suspiró recordando a aquella mujer que no sólo había sido su profesora en Cheyenne, sino también su amiga. Luego se inclinó y le dio un beso a Platón en la cabeza antes de volver a fijar su atención en la pantalla del ordenador. Ella no iba a terminar como Sae, acogiendo a los niños de otras familias cuando podía tener los suyos propios.

—Todo se lo debo a Marvel —dijo ella sin apartar la mirada del ordenador—. Si no fuera por él, aún tendríamos que seguir esperando.

Cuando su primo le ofreció hacerse cargo de Peeta, él no conocía sus planes. Y aún seguía sin conocerlos. La verdad era que nadie de su familia sabía nada de ellos.

—Tú eres el único que lo sabe —le dijo a Platón mirándole a los ojos.

El San Bernardo de cuatro años le contestó con un leve ladrido.

Katniss tenía veintiséis años. Era una mujer moderna e independiente, que tenía un buen trabajo, y se había comprado una casa, con una hipoteca del banco por supuesto, que se había pasado remodelando los últimos nueve meses. Y ahora quería un bebé.

¿Pero cómo iba a tenerlo si no había ningún hombre en su vida?

Weaver era una pequeña localidad de Wyoming.

Conocía a todos los hombres del pueblo desde que jugaban por la calle en pantalón corto y mocos en la nariz. Sabía de memoria los que estaban casados o comprometidos y los que estaban disponibles.

Ninguno había despertado su interés.

Bueno, ningún hombre de Weaver, se corrigió ella misma, pensando en el hombre que estaba durmiendo ahora al otro lado del pasillo.

Contaba con el apoyo de su familia. Había llevado una vida austera precisamente para conseguir su objetivo y ahora, gracias a lo que Peeta le iba a pagar, tendría el dinero que necesitaba antes de lo que había planeado.

Si había aprendido algo en la vida, era que cuando se deseaba una cosa, había que ponderar sus pros y sus contras, pero no esperar demasiado, porque entonces no se conseguía nada.

Ella había esperado varios meses, consultando en Internet diversos bancos de esperma y las referencias de los donantes. Y por fin se había decidido por el Big Sky Cryobank de Montana. Llevaba en funcionamiento mucho tiempo y sus referencias eran impecables.

Su seguro médico no cubría los costes de una reproducción asistida, pero ahora, gracias al dinero que Peeta le iba a pagar por sus servicios, podría pagar los honorarios del Cryobank y los gastos médicos asociados.

Tenía ahorros suficientes para salir del paso por unos meses, cuando naciese el bebé, sin necesidad de tener que reincorporarse necesariamente al trabajo cuando se le acabase el permiso por maternidad.

—Todo es perfecto —le dijo a Platón.

El perro la miró como si pudiera leerle el pensamiento.

Katniss sonrió con amargura. Por muy moderna e independiente que fuese, sabía que lo perfecto hubiera sido tener un marido y un anillo de bodas en el dedo, y luego el bebé que tanto deseaba. Pero no estaba dispuesta a esperar a que todo eso le cayera del cielo y viniera a llamar a su puerta. Máximo cuando, a excepción de aquella famosa noche con Peeta, su puerta llevaba mucho tiempo en silencio.

—¿Qué es perfecto?

Katniss sintió un sobresalto en el corazón al oír esa voz de repente

—Peeta. ¿Qué haces aquí despierto?

Ella se levantó de la silla, deseando poder tener a mano una bata para ponerse encima del pijama. Por fortuna, el cuarto estaba iluminado sólo por una pequeña lamparilla y por la luz que reflejaba el propio monitor. Él no se daría cuenta de la agitación de su pecho.

—Espero no haberte despertado —dijo Peeta deteniéndose frente a ella, al otro lado de la mesa.

—¿Necesitas algo? Vine a verte hace unas horas, pero estabas dormido y no quise molestarte. ¿Quieres tomar algo?

Era consciente de que estaba nerviosa y de que hablaba demasiado deprisa, pero no podía hacer otra cosa.

Él negó con la cabeza y luego señaló con un gesto al ordenador.

—¿Qué es eso? ¿Una de esas páginas de citas donde a uno le prometen encontrar a su media naranja?

—Algo parecido —respondió ella, tentada de apagar el monitor.

—¿Cómo es el hombre ideal que andas buscando?¿Moreno o rubio? ¿Con los ojos azules o castaños? — preguntó él en tono de burla.

Ella esbozó una sonrisa nerviosa. Tal vez, si le describiera a él, tal como era, ni siquiera se diese cuenta.

Pero no tenía el valor suficiente para averiguarlo.

Como tampoco lo tenía para escuchar los comentarios que él le haría si le contase que estaba buscando un padre para su hijo en un banco de esperma.

Pulsó un par de teclas del ordenador y la pantalla se puso en negro. Luego se levantó de la silla y se dirigió hacia él, sintiendo un calor creciente conforme se acercaba. Algo le dijo que no era producto del sofoco que tenía, sino de la temperatura de Peeta. Le puso la mano en la frente. Estaba ardiendo.

—Peeta —dijo ella chasqueando la lengua—. Tienes mucha fiebre. ¿Te duele algo?

—Ahora no —respondió él, cerrando los ojos al sentir el suave contacto de su mano.

—No te creo —susurró ella, dejando la mano en su frente unos segundos más de los necesarios—. Vamos, no debes estar tanto tiempo de pie —dijo ella apartando una de las muletas apoyadas en la mesa y pasándole el brazo por el hombro para ayudarle a volver a su habitación.

—No quiero volver a la cama. Estoy harto de camas y habitaciones.

—Está bien —dijo ella muy comprensiva—. ¿Qué te parece el sofá?

Él emitió un pequeño gruñido y, apoyándose en la otra muleta y en el brazo de ella, se dirigió hacia el sofá. Llegó casi exhausto y se dejó caer rendido.

—Ahora quédate aquí y descansa —dijo ella, respirando aliviada al verse libre de su peso.

—Eres muy amable, pero odio esto —dijo él, tirando al suelo la muleta que llevaba en la mano.

—Me hago cargo —replicó ella apartando suavemente a Platón que pretendía poner la cabeza junto a Peeta—. Haz unas cuantas respiraciones profundas para recuperarte —añadió mientras le colocaba un par de cojines detrás de la cabeza—. Vuelvo en seguida, no te muevas.

Katniss salió del cuarto y se dirigió a la habitación de él. El perro la siguió con unos ladridos. Luego se subió en la cama de un salto y tras dar un par de vueltas se tumbó en el hueco que Peeta había dejado.

Katniss lo dejó allí, y se llevó la cuña de gomaespuma y el frasco de los antibióticos. Luego entró en la cocina, mojó una toallita bajo el grifo y sacó una botella de agua del frigorífico.

Volvió al sofá donde estaba Peeta y le puso la toallita húmeda en la frente.

—No necesito eso —dijo él muy enfadado, apartándole la mano.

—Deja ya de quejarte —replicó ella muy seria, volviendo a colocarle la toallita en la frente y haciendo sonar el frasco de los antibióticos—. ¿Te tomaste tus pastillas antes de acostarte?

—Sí, enfermera Ratched.

Ella no pudo evitar una sonrisa al oír que la acababa de comparar con la fría y severa enfermera de Atrapados sin salida la película.

—Peeta, no tienes ni idea de lo que es una enfermera. Yo hago el turno de noche en la sala de urgencias del hospital y estoy acostumbrada a poner en su sitio a los tipos más intratables.

—¡Uy, qué miedo me está entrando!

Ella no le hizo el menor caso y, en vez de responderle, se fue al cuarto de baño y sacó de su botiquín un termómetro y una caja de paracetamol.

De vuelta al cuarto de estar, vio que Peeta tenía ahora la toallita húmeda en la mano en vez de en la frente. Era terco como él solo. Pero ella también lo era.

Abrió la botella de agua, le quitó la toallita de un tirón, sacó un par de píldoras de la caja y se las puso en la mano.

—¿Qué es esto?

—Algo inofensivo. Es un antitérmico, pero te calmará también un poco el dolor.

Katniss pensó que no era momento de ponerse a discutir sobre los beneficios o perjuicios de los analgésicos que le habían prescrito. Él había dejado bien claro que no quería tomarlos y estaba en su derecho.

Se tragó las píldoras y se bebió la mitad de la botella de agua. Luego dejó caer la cabeza sobre el cojín. Ella mojó un poco la toallita y volvió a ponérsela en la frente.

—Déjala ahí y gira ahora un poco la cabeza.

—¿Por qué? —preguntó él con gesto receloso.

—Tengo que torturarte aún un poco más —dijo ella mostrándole el termómetro—. Necesito tu oreja unos segundos —él hizo una mueca de disgusto, pero giró ligeramente la cabeza—. Y da gracias, podría ser peor —le tomó rápidamente la temperatura y luego se sentó de cuclillas—. Bueno, no está tan mal como pensaba, pero si no conseguimos que te haya bajado mañana por la mañana, le diré a mi madre que venga a verte.

Peeta se quitó bruscamente la toalla de la frente y la miró con cara de susto.

—¡Tu madre!

—Sí, es médico.

—Ah, claro. Debería haberlo recordado —dijo él moviendo la cabeza a uno y otro lado.

Ella le quitó la toallita de la mano una vez más y volvió a ponérsela en la frente.

—¿Por qué has dicho que deberías haberlo recordado?

—La conocí en cierta ocasión. Se supone que tengo buena memoria para recordar las cosas.

Ella no comprendía por qué, pero estaba algo nerviosa por el hecho de saber que Peeta conocía a su madre. Él había pasado algunas semanas en Weaver después de aquella noche que habían estado juntos.

No era de extrañar que pudiera haber conocido a algún miembro más de su familia, sobre todo teniendo en cuenta que había estado trabajando con Marvel.

—¿Cosas? ¿Qué cosas? ¿Te refieres a algún caso?

—¿Algún caso de qué? —dijo él con gesto adusto.

—De la agencia, naturalmente.

—¿Qué sabes tú de la agencia? —preguntó él muy sorprendido.

—Más de lo que me gustaría. Estuvimos a punto de perder a mi hermano por culpa de Hollins-Winword. Sé que tú también trabajas para ellos.

—Yo nunca te hablé de mi trabajo ni te mencioné el nombre de esa agencia.

—¿Quieres decirme acaso que no trabajas para esa agencia? ¿Que las lesiones que tienes no tienen nada que ver con ellos?

Ella seguía aún de cuclillas en el suelo junto al sofá. Él tenía que hacer un gran esfuerzo para apartar la vista de aquellos brillantes y cálidos ojos dorados que le miraban fijamente.

Podía vislumbrar la textura de su piel a través de la fina tela de la blusa.

Agarró la toallita que tenía en la frente para que ella no viera el temblor de su mano.

—En este momento no estoy trabajando para nadie. Y si me veo en este estado, es porque no tuve los reflejos suficientes cuando más lo necesitaba.

—Mmm… —dijo ella no muy convencida.

Peeta no estaba de humor para discutir con ella sobre el asunto. Sabía que no conduciría a nada bueno. Lo único que tenía que tener bien presente era que ella iba a ser su enfermera mientras durase su recuperación. Una enfermera muy atractiva que olía a azahar.

Ella volvió a arrebatarle la toallita de la mano.

—Voy a la cocina a mojarla un poco más en agua fría, vuelvo en seguida.

Peeta se quedó callado viendo cómo se ponía de pie y daba la vuelta a la mesa del cuarto de estar donde tenía el ordenador y cruzaba la puerta arqueada en dirección a la cocina.

Vio su larga melena meciéndose por detrás de su espalda destacando sobre su fina camiseta de color azul. Y luego vio sus caderas y sus piernas largas, largas…

Era verla y dar rienda suelta a sus fantasías eróticas…

Sólo que la noche que habían pasado juntos había sido real, muy real. Eso nadie podía negárselo. Y sabía bien que la realidad superaba muchas veces a la fantasía.

Escuchó el sonido del agua y luego el ruido de sus pasos acercándose a él, y la vista frontal de ella le pareció tan magnífica o más que la que había visto por detrás.

Se preguntó quién habría estado disfrutando últimamente de la visión de aquel cuerpo tan maravilloso.

Le vino repentinamente un cierto sabor ácido a la boca.

—¿Por qué andas buscando esas páginas de contactos en Internet?

Ella se detuvo, parpadeó un par de veces y luego se encogió de hombros.

—No sé, supongo que por lo mismo que la mayoría de la gente. Por curiosidad, o tal vez por aburrimiento —ella avanzó los pasos que le faltaban para llegar al sofá donde él estaba, y le puso la toallita húmeda y fresca en la frente —. O, tal vez, por soledad o esperanza.

—Así que has estado tratando de encontrar un marido, ¿eh? En la maldita Internet. ¿No sabes acaso los peligros que hay en la red para…?

—Soy una mujer adulta y responsable. No creo que pueda ser más peligroso que conocer a un desconocido en un bar o en una mesa benéfica el día de San Valentín — dijo ella con un tono sarcástico—. Y para que te quede claro, no estoy buscando ningún marido.

—Para que te quede claro —replicó él—. Sé que eres una mujer adulta. Mi memoria no me falla a ese respecto.

—Creo que sería mejor olvidar aquella noche. Como si no hubiera existido.

Peeta se sentía molesto. Estaba incómodo. Le dolía todo el cuerpo y no podía casi moverse. Sentía un ardor abrasándole la piel. Pero no sabía si era fiebre u otra cosa.

—Tú has sido la que lo has mencionado. Desde luego, para mí, fue algo especial.

—¿Por qué? Fue sólo una noche.

—Sí, una noche. Pero una noche inolvidable.

Ella negó con la cabeza y al hacerlo su melena negra se deslizó por sus hombros de porcelana y algunos mechones salieron por delante de sus pechos casi perceptibles a través de la fina tela de su camisa.

—Si sigues por ese camino, sólo conseguirás hacer las cosas más difíciles.

—Me da igual. Esa noche es algo que no puedo ni quiero olvidar —replicó él muy seguro de sí, pasándose el paño húmedo por los ojos—. Y ten mucho cuidado con esos contactos de la red. Hay mucho loco y perturbado tratando de aprovecharse de la situación.

—Por lo que veo, te preocupan más los peligros de Internet que el que yo trate de encontrar un hombre para salir con él.

La voz de Katniss sonaba suave como siempre, pero él creyó advertir por primera vez en ella un cierto tono de reproche.

Si fuera sincero, le diría que sí, que le molestaba mucho la idea de que pudiese salir con otro hombre. Con independencia de dónde o cómo lo hubiera conocido.

Se descomponía sólo de pensar que otro hombre pudiera tocarla.

Pero pensó que con la sinceridad no se iba a ninguna parte.

—Como tú misma has dicho, eres una mujer adulta. Es natural que quieras salir con un hombre y que quieras casarte y tener hijos. Pero pensé que tendrías montones de pretendientes en el hospital sin tener que recurrir a encontrarte con un desconocido en un bar o en una página de contactos por Internet. ¿O es que no hay ningún médico soltero donde trabajas?

Se produjo un silencio largo y tenso. Peeta la miró con los ojos entornados, por debajo de la toallita, tratando de desentrañar sus pensamientos, mientras ella se mordía el labio inferior.

—Deberías estar en la cama —dijo ella finalmente.

—No.

—Está bien. Llámame si necesitas levantarte o hacer algo. Yo te oiré desde mi cuarto.

Peeta se quedó sorprendido de que ella no hubiera querido seguir discutiendo con él.

Pero, en todo caso, lo último que él haría sería llamarla en mitad de la noche para que le ayudara a ir al cuarto de baño.

Otra cosa muy distinta sería si ella le llamara para que fuera a su cama.

Pero eso, dada su situación actual, era poco menos que una broma.

—No te preocupes, gritaré bien alto —mintió él, sin intención de hacer tal cosa—. Buenas noches.

Ella se le quedó mirando unos segundos, algo indecisa.

Luego se dio la vuelta y se dirigió al pasillo. Un instante después, se oyó la cerradura de su habitación y el ruido del agua en el lavabo. La imaginación de Peeta comenzó a dispararse.

Pero le dolía la cabeza, las costillas y la espalda. Y le picaba horriblemente la parte del brazo que tenía debajo de la escayola. Era un verdadero infierno. No consiguió conciliar el sueño hasta casi el amanecer, cuando los primeros rayos del alba comenzaron a entrar por la ventana de la cocina. Cuando cayó dormido, comenzó a revivir ciertas imágenes.

Finnick iba al volante de un coche en busca de la pequeña Rue la hija de Cato. Peeta lo contemplaba todo como un mero espectador, sin poder hacer nada, Sentía las piernas dormidas. No podía correr para salvar a la chica. Hacía un esfuerzo para tratar de moverse y vencer aquella especie de parálisis que le impedía correr y entonces se daba cuenta de que la chica no era Rue. Era Katniss. La bella y joven Katniss.

El coche iba cada vez más deprisa. Podía ver la velocidad en los ojos de Finnick Odair.

Llamó a Rue… o a Katniss.

Pero sabía que era demasiado tarde. Había llegado demasiado tarde…

Estaba muy agitado, el corazón le latía a toda velocidad, estuvo a punto de caerse del sofá.

Pero al menos sabía dónde estaba. Estaba en la casa de Katniss, durmiendo por alguna extraña razón en un sofá de cuero bastante incómodo, mientras el sol entraba a raudales por las ventanas.

La toallita seguía húmeda, pero no le servía de nada porque la tenía a la altura del cuello.

Se agarró al respaldo del sofá con la mano buena y consiguió sentarse. Luego puso la pierna escayolada en el suelo con mucho cuidado y trató de incorporarse como buenamente pudo.

No se oía nada en la casa ni venía ningún ruido de las habitaciones. Sonrió satisfecho pensando que ella estaría durmiendo. No le agradaba la idea de que hubiera sido testigo de los esfuerzos que había tenido que hacer para poder ponerse de pie.

Ella había dejado las muletas apoyadas en la silla y tenía que llegar hasta allí a por ellas, guardando el equilibrio, apoyándose sólo en la pierna buena. Pero, a mitad de camino, sintió un dolor muy agudo en la espalda, como si un ave de presa le hubiera puesto en ella sus garras y, antes de que se diera cuenta, perdió el equilibrio y cayó de bruces en el suelo.

—¡Maldita sea!

Su grito de dolor resonó por todos los rincones de la casa mientras trataba de darse la vuelta en el suelo para ponerse de espaldas e intentar levantarse.

Contempló el techo del cuarto, atravesado por una serie de vigas de madera en rústica.

—¿Peeta?

Oyó la voz de ella viniendo de la habitación y luego sus pasos corriendo hacia él. Al llegar a su lado, se puso de rodillas y le pasó suavemente la mano por la frente.

—La fiebre se ha ido. Pero ¿qué demonios estás haciendo aquí?

Estaba allí de rodillas, con su cuerpo muy cerca del suyo. Olía a cama caliente. Era un olor dulce y cálido. Era una sensación que parecía transportarle más allá de toda realidad.

—¿Estás herido? —le preguntó ella.

—Si te refieres a mi orgullo, la respuesta es sí.

Trató de apoyar las manos en el suelo para incorporarse, pero sintió un dolor atravesándole el brazo derecho y tuvo que desistir. Soltó una nueva maldición.

—No trates de moverte más —dijo ella, inclinándose un poco más hacia él.

A pesar del dolor que tenía por todo el cuerpo, Peeta se sintió como si estuviera a las puertas del paraíso, al percibir el roce suave de sus senos duros y tersos contra su pecho. Sólo cuando ella deslizó el brazo por debajo de su hombro, comprendió que sólo estaba tratando de colocarle un cojín por debajo de la cabeza.

Luego se fue a la cocina y volvió en un instante, hablando con alguien por el móvil.

—No pienso volver al hospital —dijo Peeta a modo de advertencia.

Prefería pudrirse, tirado en el suelo, a que vinieran con una camilla a llevárselo al hospital.

—Ya lo creo que vas a ir, de eso puedes estar seguro —dijo ella muy seria—. Me parece que se te ha roto la escayola.

Levantó de forma instintiva el brazo tratando de comprobar lo que ella decía, pero se detuvo al instante al sentir una punzada horrible. Lanzó una nueva maldición.

—Gracias. Estaremos esperando —dijo Katniss a la persona con la que estaba hablando por teléfono, antes de colgar y dejar el aparato sobre la mesa.

—¿Esperando a quién?

—Puedes estar tranquilo. No va a venir ninguna ambulancia, si es eso lo que te preocupa.

—Entonces, ¿a quién estamos esperando?

—A Marvel. Necesito su ayuda para levantarte del suelo. Además, irás más cómodo en su camioneta que en mi pequeño utilitario.

Ella estaba a sólo unos centímetros de él. Tenía las manos apoyadas en las caderas y el pelo aún revuelto de la cama. A esa hora de la mañana y con la luz que entraba por las ventanas, el pijama que llevaba puesto le pareció aún más transparente que la noche anterior.

Pensó en la felicidad que sería poder quedarse allí tumbado mirando su cuerpo durante horas y horas sin que nadie le molestase.

—No me voy a quedar en el hospital. Pueden arreglarme la escayola si se ha roto, pero no pienso quedarme.

—¿Qué te pasa con los hospitales? ¿Sientes algún tipo de fobia especial por ellos o es que tienes miedo de algo que puedan darte? —dijo ella sacando un frasco del bolsillo del pijama.

Eran los analgésicos que él había tirado a la basura, mientras ella estaba trabajando en el hospital.

Peeta había llegado a abrir el frasco y a ponerse incluso dos píldoras en la palma de la mano. Pero había decidido finalmente meterlos de nuevo en el frasco y tirarlo a la basura.


Gracias por Los reviews y los follow/favs :) Me encanta que les guste la historia.

Mary Malfoy Mellark: Gracias por leer el Fic, me encanta que te encante :) cuando vi tu review estuve buscando el fic por todo el sitio y no lo encontré :( capaz antes lo publicaron y lo eliminaron (leí algunos y cuando quise releerlos no estaban :( ) lo bueno es que como no te acuerdas del final este será sorpresa :)

Espero sus opiniones de este capitulo, un abrazo para todos :* :* :*

Maya