Esta historia titulada ''Cambio de Planes'' es propiedad de la escritora Allison Leigh, los personajes que aparecen a continuación son creación de la escritora Suzanne Collins, yo solo adapto esta maravillosa historia con estos maravillosos personajes, espero que les guste y se animen a leer mas historias de estas autoras :)

Saludos Maya.


Capítulo 4

Katniss creyó adivinar por el temblor de su mirada que había dado en el blanco.

—No conocía esa afición tuya de escarbar en la basura —dijo Peeta con ironía.

—No te esforzaste demasiado en deshacerte del frasco. Me fue muy fácil encontrarlo.

Peeta había dejado el frasco en una pequeña papelera decorativa vacía que había a la entrada del cuarto de baño. Katniss tendría que haber estado ciega para no verlo. También había observado que no había vaciado el frasco ni había tirado las pastillas por la taza del váter.

Quizá no deseaba tenerlas cerca, pero tampoco parecía querer deshacerse de ellas.

Dejó el frasco de los analgésicos en la mesa, junto al teléfono. Marvel se presentaría allí de un momento a otro, y ella necesitaba recoger su uniforme de enfermera y algunas cosas más, antes de ir al hospital.

Sacó, sin embargo, una silla de la mesa y se sentó donde Peeta pudiera verla sin dificultad.

—Tienes un problema de dependencia, ¿verdad? —ella vio cómo Peeta se quedó blanco al oír sus palabras—. No hace falta que me cuentes los detalles, a menos que quieras. Pero sería de mucha utilidad saber si esa adicción es algo reciente o te viene de lejos.

Hasta la cicatriz que le cruzaba la cara se volvió pálida como sus propios labios.

—No —dijo él con la voz apagada.

No era una gran explicación, pero al menos era algo.

Como mujer, tenía un millón de preguntas que hacerle, pero como enfermera sólo tenía un par de ellas.

—¿Te sentirías mejor si las tirase todas por el váter?

—No. Podría conseguir más si quisiese.

—¿Tienes intención de hacerlo?

—Eso nadie puede saberlo, ¿no crees?

Su sinceridad era admirable. Durante sus estudios de enfermería en Cheyenne, había trabajado como voluntaria en un centro de desintoxicación. Había tenido pacientes de todos los tipos: jóvenes y viejos, hombres y mujeres, gente con dinero e indigentes que vivían en la calle.

Algunos habían ido allí por voluntad propia y otros obligados. Había oído todo tipo de explicaciones de cómo y por qué habían llegado allí. Y todos habían hecho promesa de que nunca jamás volverían a verse en esa situación.

Algunos lo consiguieron. Otros no. Pero la mayoría de los que lo lograron fueron aquéllos que habían sido sinceros consigo mismos a lo largo de todo su proceso de desintoxicación.

—Está bien —dijo ella con una voz que le sonó ronca hasta a ella misma—. Trata de aceptar que no es ningún delito ni un signo de debilidad pedir ayuda cuando uno la necesita. Para eso estoy yo aquí, para ayudarte hasta que puedas valerte por ti mismo.

—Lo único que necesito de ti en este momento es que te levantes de la silla, así dejaré de ver esa joya de color rosa que llevas en el ombligo.

Ella se agarró a la silla. Recordó que se había puesto el piercing después de aquella noche que habían pasado juntos. Había ido con Sae a hacérselo. Había sido una de las últimas cosas que habían hecho juntas.

—Lo siento —dijo ella, sintiendo el rubor subiéndole por las mejillas.

—Yo no. Es la única cosa interesante que he visto desde que me caí al suelo.

—Algo que no te habría pasado si hubieras pedido ayuda —le recordó ella.

Katniss se dio la vuelta y se fue corriendo descalza al dormitorio. Sólo se detuvo unos segundos para sacar al perro al jardín y ponerle el plato con la comida y el agua.

Se puso unos pantalones cargo, una camiseta de manga larga y unas sandalias, y se recogió el pelo en la nuca con un prendedor.

Su primo Marvel y su hermano Beetee llegaron justo cuando ella salía del cuarto.

—Me detuve a pedir refuerzos —dijo Marvel al ver la cara de sorpresa de ella al ver a su hermano.

Entre los dos hombres, consiguieron levantar a Peeta del suelo y ponerle de pie con las muletas.

Katniss se quedó mirando a su hermano, sin dar crédito a sus ojos. Hacía ya más de un año que había vuelto, pero a ella le seguía pareciendo un milagro verle vivo.

—¿Qué tal, hermano? —dijo ella con una sonrisa—. ¿Cómo están esas mujeres tan hermosas que tienes la suerte de tener en tu vida?

—Tan maravillosas como siempre —replicó Beetee—. Wiress tuvo que salir de madrugada para atender una urgencia. A Cashmere acabo de dejarla en el colegio. Cressida no sabía si salir esta noche a la bolera con Flavius, que es diez años más joven que ella y vive con su hija y su nieta, o salir con Boggs, que es de su misma edad y tiene aún todos los dientes. Boggs vive solo y lleva una vida independiente y además… no necesita tomar Sintrom. Esto último, juro solemnemente que no me lo he inventado yo, han sido literalmente sus palabras. Cressida es mi suegra y tiene ochenta años —aclaró Beetee mirando a Peeta con sus serenos ojos grises—. Dios se apiade de todos nosotros.

Katniss se echó a reír.

—Todos deberíamos tener su vitalidad y su ilusión por la vida —dijo ella, consciente de que Cressida, a su edad, tenía una vida amorosa más activa que ella misma con sus veintiséis años, y luego añadió dándose cuenta de que se había olvidado por unos instantes de Peeta—: Bueno, me alegro de que hayan conseguido levantarte entre los dos. Vamos ahora al hospital a ver cómo está esa escayola.

Ni siquiera se molestó en preguntarle si quería ir en la silla de ruedas. Sabía que preferiría ir con las muletas aunque fuera mucho más incómodo para él.

Peeta frunció el ceño, se apoyó en las muletas y salió por la puerta muy despacio, pero sin ayuda de nadie.

—Por el amor de Dios, Peet —le recriminó Marvel haciendo uso de su amistad—. Tardaríamos la mitad de tiempo si pusieras el trasero en esa silla de ruedas que te han dado.

Peeta le dijo dónde podía meterse su comentario.

Beetee se quedó con los ojos en blanco al oírle. Katniss permaneció callada. Podía estar, en teoría, de acuerdo con su hermano y con su primo, pero comprendía que Peeta quisiera conservar su dignidad.

Una vez en el porche, Peeta eligió las escaleras en vez de la rampa y ella tuvo que morderse la lengua para no avisarle de los obstáculos con los que podía tropezar en cualquier momento. Sabía, que, llegado el caso, Marvel y su hermano podrían ayudarle si fuera necesario y que Peeta y su orgullo se sentirían más a salvo si ella no estuviera pendiente de él.

Katniss se puso en la parte de atrás de la camioneta de Marvel y esperó paciente sin decir una sola palabra a que Peeta se subiera finalmente por su propio pie.

—Con la silla de ruedas todo habría sido más fácil —dijo él en voz baja, mientras Marvel daba la vuelta por delante del vehículo para sentarse al volante

—Tú fuiste el que preferiste ir con las muletas —le recordó ella.

Marvel arrancó el motor mientras Beetee, que había puesto ya en marcha su todoterreno, le saludaba al pasar con la bocina.

—¿Qué demonios estabas haciendo para darte de cabeza contra el suelo? —preguntó Marvel, poniendo en marcha la camioneta.

—Lo que no debía. Él sabrá lo que pretendía demostrar con eso —se apresuró a contestar Katniss sin poder contenerse.

Peeta giró la cabeza y miró por la ventana como si no hubiera escuchado nada.

Afortunadamente, llegaron al hospital en tan sólo unos minutos. Marvel se detuvo justo en la entrada de la sala de urgencias el tiempo necesario para que Peeta pudiera salir del vehículo.

Katniss entró de prisa en el hospital, saludó a Castor y a Pollux, que hacían el turno de día, y tomó una de las sillas de ruedas que había en la entrada.

—Llamad a Mitchell a radiología y decidle que deje por un momento sus sudokus. Es probable que lo necesitemos dentro de poco. Y mirad a ver si el doctor Homes está por aquí.

Homes era el traumatólogo titular del hospital y ella le había mandado una copia del historial médico de Peeta antes de que él hubiera llegado a la ciudad.

—Homes no está en el hospital en este momento, pero he visto en planta a Gale Hawthorne hace tan sólo unos minutos. ¿Quieres que le avise antes de que se vaya? —le dijo Pollux.

Katniss había hablado sólo una vez con el doctor Hawthorne. Era un médico con muy buena reputación, tenía una clínica privada en Braden y pasaba consulta también en el hospital de Weaver. Hawthorne se había mostrado muy interesado por ella, pero Katniss nunca le había respondido al teléfono porque sabía que era para invitarle a salir con él. Su amiga Johanna no hacía más que repetirle que no encontraría mejor partido que él.

Ella habría preferido que hubiera sido el doctor Homes el que hubiera visto a Peeta, pero tampoco tenía ninguna objeción que poner al doctor Hawthorne, salvo el interés que había demostrado por ella. Pero por encima de todo estaba la salud de Peeta. Por eso asintió con la cabeza a su compañera y empujó la silla de ruedas hacia las puertas de apertura automática

Con la ayuda de Marvel, Peeta consiguió pasar del asiento de la camioneta a la silla de ruedas.

—Volveré si me necesitas, siempre que no sea demasiado tarde —dijo Marvel muy cordial—. Clove y yo vamos a ir a cenar esta noche a Cheyenne.

—¿Cheyenne? —dijo ella, con cara de sorpresa, mirando a su primo.

—Sí, Clove quería ir a ese centro comercial que tanto le gusta para comprar unas cosas para su tienda y pensé aprovechar la ocasión para salir a cenar juntos. Ahora, perdóname, pero tengo que estar en el despacho de Caesar en unos minutos.

Caesar era Caesar Everdeen, uno de sus tíos, el propietario de CeeVid, una empresa de juegos muy popular en Weaver. Katniss no tenía pruebas, pero estaba convencida de que CeeVid era sólo una tapadera de Hollins-Winword.

—Te llamaré cuando esté listo para volver a casa —le dijo ella a su primo—. Gracias por todo.

—De nada —respondió Marvel, dirigiéndose hacia la camioneta.

Katniss adaptó rápidamente el reposapiés de la silla para que Peeta pudiera apoyar cómodamente la pierna escayolada y lo empujó hacia el interior. Recogió la tablilla con el impreso que Pollux le dio y condujo a Peeta hacia las dobles puertas batientes que separaban la sala de espera de la zona de diagnósticos.

Se dio cuenta nada más entrar que era una mañana tranquila. Todas las camas de la zona de boxes estaban vacías. Puso a Peeta en el primer box que vio libre, sacó un bolígrafo y se lo dio junto con la tablilla y el formulario de ingreso.

Peeta echó una ojeada al impreso y suspiró con desgana.

—No me he traído las gafas de ver de cerca.

—Debería haber pensado en eso. En fin, yo lo rellenaré por ti.

Le recogió la tablilla y el bolígrafo y se sentó en uno de los taburetes que había en el box.

—¿Fecha de nacimiento?

Él se la dijo y ella rellenó la casilla sin poder ocultar su sorpresa.

—¡Naciste un quince de febrero! ¡Justo el día después de San Valentín!

—¿Y?

—No, nada. No pensé que tuvieras treinta y nueve

—No sé cómo tomarme tu comentario. En estos momentos, me siento como si tuviera sesenta.

—No aparentas tantos —dijo ella bromeando, sin poder evitar una sonrisa.

Katniss pensó que con tantas bromas no iban a conseguir terminar de rellenar el formulario. Peeta le dio su dirección en Connecticut, pero cuando ella le pidió una persona de contacto en caso de emergencia, él se encogió de hombros.

—Ninguna.

—Peeta —le dijo ella mirándole fijamente—. Debes tener algún familiar. Un amigo. Alguien.

—Finnick Odair —dijo él finalmente con un suspiro—. Es un buen amigo.

Ella había hablado con Finnick Odair en más de una ocasión. Y no porque ella supiera que él tenía un cargo importante en la agencia HW, sino porque era el padre de Claudius, y Claudius estaba casado con su prima Venia.

Venia, por lo que ella sabía, apreciaba a su suegro bastante más que el propio Claudius.

—Así que estás en la agencia —dijo ella mirando su rostro impasible—. ¿Cuál es ese secreto tan grande que rodea todas sus actividades? La mitad de mi familia ha estado involucrada en esa organización o lo están todavía. Bueno, ¿tienes su número de teléfono?

Peeta le dio un número 900.

Cuando terminó de cumplimentar el formulario, él lo firmó poniendo un garabato apenas legible al pie de la hoja.

Katniss dio la vuelta al impreso y pasó a rellenar los datos personales por la cara de atrás.

—Altura. ¿Uno noventa? ¿Uno noventa y tres?

—Uno noventa y tres. Noventa y dos kilos.

Y ni un gramo de grasa. Ella lo sabía por experiencia.

—No eres alérgico a ningún medicamento, ¿verdad?

—Correcto.

—¿Operaciones?

—Se necesitarían varios impresos de ésos para ponerlas todas —respondió él secamente.

—¿Alguna enfermedad cardíaca? ¿Derrame cerebral?¿Diabetes? ¿Patologías por parte de tu madre o de tu padre?

—No tengo ni idea. Los dos murieron cuando yo era niño.

—Lo siento —dijo ella, apretando el bolígrafo entre los dedos—. ¿Quién te cuidó de pequeño?

—¿Viene eso también en el formulario? —preguntó él, arqueando una ceja.

—No, claro que no.

Era sin duda un hombre solitario. Si hubiera tenido algún familiar o persona allegada, no habría dado el nombre de Finnick Odair como persona de contacto.

—Hola, Katniss —dijo Mitchell apareciendo de repente por un lado del box—. ¿Ocurre algo?

Katniss mostró a su compañero la raja que había en un lado de la escayola del brazo.

—Pollux está tratando de localizar al doctor Hawthorne para que le eche un vistazo.

—¿Necesitará hacerse alguna placa? —preguntó Mitchell.

—Probablemente.

—Iré entonces a por la unidad móvil.

Apenas Mitchell se marchó, apareció el doctor Gale Hawthorne, un tipo alto y delgado.

—Katniss —dijo él a modo de saludo—, no sabes cómo me alegra volver a verte.

—Doctor —replicó ella con una sonrisa señalando a Peeta, que miraba muy fijamente al médico con los ojos entornados—. Éste es Peeta Mellark. Estoy a cargo de su recuperación, pero me temo que no he hecho hasta ahora muy bien mi trabajo. Se le ha roto la escayola.

—Bueno, vamos a ver —dijo Hawthorne levantando el brazo de Peeta unos centímetros y examinándolo desde distintos ángulos—. Primero habrá que sacarle una placa. Ya veremos si tenemos que empezar desde cero o si podemos arreglarlo —y luego añadió dirigiéndose directamente a Peeta—: ¿Qué le pasó por encima? ¿Un tren?

—No, fue sólo una camioneta —respondió Peeta—. Aunque a mí me pareció un tren cuando salí despedido por la cuneta de la carretera.

Katniss se quedó sorprendida. Dadas sus lesiones, había supuesto que se habría tratado de una colisión entre dos coches, no que le hubieran atropellado.

—¿Ibas andando por la carretera? —preguntó ella.

—Sí —respondió él, mirando al médico en vez de a ella—. ¿Cuánto va a durar esto?

—Poco. Incluso aunque tengamos que quitarle la escayola y ponerle una nueva, no creo que eso nos lleve mucho tiempo —dijo el doctor mirando a Katniss con una sonrisa llena cordialidad—. Aunque tengo que admitir que, teniendo en cuenta la compañía de la que gozamos, no sería para mí un gran problema si se demorase un poco más.

El doctor Hawthorne estaba flirteando descaradamente con ella y parecía no importarle las personas que estuvieran delante. Katniss esbozó una sonrisa de circunstancias para no ser descortés, pero lo suficientemente fría para no hacerle creer cosas que en realidad no eran. Decidió cortar por lo sano, para evitar que las cosas pudieran ir más lejos.

—Iré a ver si Mitchell tiene algún problema —dijo ella dirigiéndose hacia la sala de radiología.

—Así que, por lo que veo, usted es un buen amigo de nuestra encantadora enfermera Everdeen, ¿no? —dijo el doctor Hawthorne a Peeta tan pronto Katniss desapareció del box.

—No exactamente, pero sí me preocupo por ella — respondió él con intención.

Peeta podía ver fácilmente el interés que el doctor demostraba por Katniss.

No podía echarle la culpa. Era una mujer muy bella y con una sonrisa y una simpatía tan excepcionales que, aunque no tuviera ese cuerpo seductor y esas piernas de infarto, serían más que suficientes para conquistar al hombre más exigente.

—Eso me parece muy bien —dijo el médico con aparente sinceridad.

Tal vez fuera por deformación profesional, pero el hecho era que Peeta tenía un don especial para calar en seguida a las personas. Y aquel tipo no le gustaba demasiado.

—La unidad móvil está fuera de servicio —dijo Katniss entrando en el box—. Tendré que llevarte a la sala de diagnóstico por imagen —añadió, poniéndose detrás de la silla de ruedas.

Hawthorne echó una ojeada al reloj y asintió con la cabeza.

—Tengo que hacer algunas llamadas y visitar a algunos pacientes. Por favor, llámame cuando estén listas las placas —dijo el doctor mirando a Katniss por encima de la cabeza de Peeta, con una sonrisa digna de un anuncio de dentífricos.

Peeta trató de mover, sin éxito, su pierna escayolada para propinarle una patada en…

Katniss asintió con la cabeza a la sugerencia del doctor y empujó la silla de Peeta hasta la sala de diagnóstico por imagen. Al entrar se fijó en la extraña sonrisa que tenía.

—¿Por qué estás tan contento?

—Por nada. Estaré contento realmente cuando salga de aquí. Pero dime, ¿por qué estás recurriendo a lo primero que encuentras, cuando tienes aquí un pretendiente tan prometedor como ese doctor que se muere por tus huesos?

—¿Perdona?

—Se ve a la legua que está interesado por ti.

—Eso no significa que yo esté interesada por él.

—¿Y por qué no? ¿Es acaso uno de esos tipos raros a los que nadie entiende?

—No lo sé, pero a ti, ¿qué te importa? —exclamó ella sin poder evitar una sonrisa, y luego añadió mucho más seria—: ¿Qué estabas haciendo para que te arrollara una camioneta?

—Ponerme en su camino —respondió él—. ¿Está casado?

—No, no lo está. Es evidente por las heridas que estabas en su camino. Pero ¿cómo sucedió? ¿Iba el conductor ebrio o algo parecido?

—Algo parecido. Los médicos se supone que son muy buenos partidos, ¿no es cierto?

—Yo no estoy buscando un buen partido. Y ahora dime, ¿qué significa eso de «algo parecido»?

—Ya te he dicho todo lo que tenía que decirte.

—¿Ibas… digamos, en malas condiciones? —preguntó ella.

—¿Qué? —exclamó Peeta indignado de que ella pudiera insinuar una cosa así—. ¡Maldita sea! No. Llevaba más de diez años sin pensar en eso. Ni una sola vez caí en la tentación.

—Te creo. Tal vez no fue en realidad un accidente. Tal vez aquel vehículo tuviera el propósito de atropellarte intencionadamente.

Peeta miró discretamente hacia la sala de espera.

Estaba vacía.

—No. Él conductor de aquel vehículo no iba a por mí. ¿Cuánto tiempo nos va a llevar esto de los rayos X?

—No lo sé —respondió ella, saliendo del box y volviendo luego al cabo de un par de minutos—. Pasarás en seguida, en cuanto terminen con el paciente que estaba antes.

Katniss se sentó en una silla de plástico y se quitó el prendedor que lleva en el pelo. Cerró los ojos dejando que su melena larga y negra le cayera por los hombros. Luego se pasó la mano varias veces por el pelo antes recogérselo de nuevo con el prendedor y volvió a abrir los ojos. Se le notaba cansada.

—Si no estuviéramos aquí, por mi culpa, estarías ahora en la cama, durmiendo tranquilamente.

—No me importa.

—A mí sí. No tienes por qué quedarte. No necesito una niñera. Ve con Hawthorne. Está deseando salir contigo.

—Viendo la raja que te has hecho en la escayola, no estoy yo tan segura de que no necesites una niñera. En cualquier caso, aunque me fuera ahora a casa, ya no podría volver a dormirme, así que deja de usar eso como excusa para deshacerte de mí. Y en cuanto al doctor Hawthorne, si quisiera salir con él, hace ya tiempo que lo habría hecho. Así que olvídalo. Vuelvo en seguida —dijo ella poniéndose de pie, y luego añadió señalándole con el dedo—: No te muevas.

Ella desapareció de la sala igual que antes, pero ahora tardó más en volver. El tiempo suficiente para que Peeta viera entrar a una mujer de aspecto cansado que llevaba a una niña de pelo castaño con una venda en la muñeca. La mujer miró a Peeta con mucho recelo y se fue a sentar en una de las sillas que había en un extremo de la sala.

Peeta no se extrañó de la reacción de la mujer. Con la cicatriz de la cara, despeinado y sin afeitar desde hacía días, debía de tener el aspecto de un asesino a sueldo.

Dirigió a la mujer una sonrisa e inclinó la cabeza respetuosamente. Pero nada, la mujer siguió mirándole de reojo con cara de miedo.

Peeta estaba deseando que Katniss volviera.

Discutiendo con ella se lo pasaba mejor que allí solo sentado en aquella sala del hospital. Y además, asustar a personas inocentes no era su afición favorita.

Una enfermera apareció y le hizo un gesto a la señora.

Las tres mujeres desaparecieron por la misma puerta y él se quedó de nuevo solo, viendo pasar los minutos del reloj digital de la pared que tenía en frente. Sintió que estaba a punto de perder los nervios.

Se revolvió inquieto en la silla, tratando de olvidar el picor que sentía en la pierna escayolada. Intentó torpemente hacer rodar la silla en dirección a la puerta, pero se le quedó trabada una pierna entre una rueda y el reposapiés, justo en el momento en que entraba Katniss.

Ella se paró en seco al verle, se cruzó de brazos muy digna, como una maestra a punto de reprender a uno de sus alumnos, e inclinó la cabeza hacia un lado.

—Parece que estás entre la espada y la pared, ¿no?¿Necesitas ayuda?

—¿Podrías dejar tus sarcasmos para mejor ocasión?

—Tal vez, si no fueras tan terco e hicieras alguna vez lo que se te dice.

—Está bien. Mira ahora a ver si eres capaz de mover esta maldita silla.

Ella chasqueó la lengua, resignada, se puso detrás de él y empujó la silla hacia atrás unos centímetros hasta que consiguió desatascar la pierna escayolada del reposapiés.

—Ahora voy a llevarte a la sala de rayos —dijo ella con una voz dulce y suave—. Tendrás que esperar unos cinco minutos a que termine Mitchell. Está aún con otra persona. ¿Crees que podrás comportarte como un chico bueno durante ese tiempo?

Tal vez fue el brillo irónico de sus ojos de color ámbar o la proximidad de su cara a la suya. O tal vez fue sólo por el placer de hacerlo. Pero el hecho fue que Peeta le pasó la mano izquierda por el cuello y la miró fijamente.

—No soy ningún chico. Y tú deberías saberlo mejor que nadie.

Entonces él la atrajo hacia sí y la besó en la boca con pasión.


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Maya