Esta historia titulada ''Cambio de Planes'' es propiedad de la escritora Allison Leigh, los personajes que aparecen a continuación son creación de la escritora Suzanne Collins, yo solo adapto esta maravillosa historia con estos maravillosos personajes, espero que les guste y se animen a leer mas historias de estas autoras :)
Saludos Maya.
Capítulo 5
Katniss sintió el corazón latiéndole aceleradamente en el pecho, le puso las manos en el cuello y le devolvió el beso con la misma pasión.
—Ejem… ejem…
Katniss se apartó de Peeta y se incorporó como un resorte al oír la voz de Castor. El enfermero, un hombre alto y desgarbado, de barba recortada, la miraba con una sonrisa burlona y un brillo especial en sus ojos grises.
—¿Está Mitchell ya dispuesto? —dijo ella, venciendo su temblor inicial y colocándose de nuevo detrás de la silla de ruedas de Peeta.
—No tanto como vosotros dos, pero sí.
Katniss empujó la silla de Peeta, sin hacer caso al comentario, y entró en la primera de las tres salas de radiología donde Mitchell les estaba esperando junto a la mesa de rayos X. Colocó el brazo de Peeta en el lugar mesa de rayos X. Colocó el brazo de Peeta en el lugar adecuado para realizar las placas, mientras Katniss salía de la sala. Castor estaba en el pasillo y arqueó las cejas al verla.
—Bien, bien, bien —dijo él en tono de broma—. La inaccesible e intocable señorita Everdeen parece que, de vez en cuando, se muestra algo más accesible y tocable.
—Cállate, Castor —dijo ella, pasando junto a él y haciéndole un gesto con el dedo—. Ten cuidado. Si empiezo a oír ciertos rumores, ya sabré a quién echar la culpa.
—¿Te refieres a mí? —dijo él con cara de inocente poniéndose la mano derecha en el pecho—. Yo sólo había venido a avisarte de que Seneca estaba ya libre.
Seneca era el técnico sanitario de guardia en el departamento de traumatología y sería el encargado de escayolar de nuevo el brazo a Peeta, o al menos recomponerlo, si el resultado de las pruebas de rayos X y el doctor Hawthorne así lo aconsejaban.
—Te lo digo en serio, Castor. Mantén la boca cerrada o te aseguro que no conseguirás salir con ninguna chica de esta ciudad en toda tu vida.
No es que Castor no fuera un hombre atractivo, pero era un enfermero diplomado y, aunque sea triste decirlo, los enfermeros del sexo masculino eran una rareza en Weaver. A pocas chicas del lugar les gustaba salir con él y Katniss le había conseguido más de una cita con algunas de sus amigas. Era algo tímido hasta que se le llegaba a conocer, pero luego resultaba muy simpático e ingenioso.
—Yo no voy por ahí contando chismes —dijo él muy digno.
—Todos los habitantes de esta ciudad son unos chismosos —replicó ella.
Después de los festivales de rodeo, el chismorreo era quizá el hobby preferido de la ciudad.
Ella no tenía ningún deseo de que la gente fuera propagando de boca en boca que ella se había besado con un hombre, y menos aún que eso pudiese llegar a oídos de su familia. En particular a su madre, que era la directora del hospital.
—Sólo te estoy pidiendo que te olvides de lo que has visto.
—Consígueme una cita con Twill.
Twill era una maestra de primaria que trabajaba con Bonnie Everdeen, una prima de Katniss.
—¡Por el amor de Dios, Castor!, pídeselo tú mismo. La ves todas las mañanas en la cafetería de Lyme vas a desayunar antes de entrar en el trabajo.
—Siempre la veo coqueteando con alguien.
—También se acercaría a ti, si le dijeras algo amable con una sonrisa, en vez de darle los buenos días entre dientes y quedarte luego mirando la taza del café como un pánfilo. Está bien, le hablaré de ti, ¿de acuerdo? Pero — añadió ella, señalándole con el dedo en la cara— siempre que me prometas tener la boca cerrada.
Él sonrió y cruzó los dedos sobre el corazón.
Ella suspiró aliviada, justo en el momento en que le llegó la voz de Mitchell hablando con Peeta dentro de la sala, señal de que acababan de terminar la prueba.
—Eres un gran tipo, Castor. Me gustaría que tuvieras un poco más de confianza en ti mismo. Conmigo no eres tan tímido como con las otras chicas.
—Sí, contigo todo es mucho más fácil —replicó él, guiñándole un ojo antes de alejarse.
—Me parece que en este hospital hay demasiados tipos interesados por ti.
Katniss se volvió y miró a Peeta. Era evidente que Mitchell había terminado ya con él.
—Castor no está interesado por mí —respondió ella poniéndose detrás de la silla de ruedas y llevándole de nuevo hacia la sala de urgencias.
—Todos los hombres que he visto hasta ahora aquí están locos por ti —dijo él secamente.
Ella desde luego no estaba interesada en todos los hombres que conocía. Salvo en uno. Pero él no parecía querer mantener una relación seria y estable con una mujer.
«Tienes que recordar que sólo estás con él como enfermera para ayudarle en su recuperación», le dijo una voz interior. «No esperes que pueda haber ninguna relación duradera entre vosotros».
—Katniss. ¿Cómo, tú por aquí a estas horas de la mañana?
Ella se sobresaltó al oír inesperadamente la voz de su madre y detuvo la silla de ruedas.
—Mi paciente ha tenido un pequeño accidente — contestó Katniss.
Su madre se acercó a Peeta y le tomó muy afectuosamente la mano buena entre las suyas.
—Señor Mellark. Ha pasado ya más de un año desde la última vez que estuvo en la ciudad. Me alegra mucho verle de nuevo. No le pregunto cómo está porque parecería una pregunta absurda dadas las circunstancias.
Katniss se sintió un tanto nerviosa. Había olvidado que Peeta había conocido a sus padres la vez anterior que había estado en Weaver.
—Peeta se rompió accidentalmente la escayola del brazo y hemos venido a recomponérsela.
—Son cosas que pasan —dijo la madre con una sonrisa, y luego añadió mirando a Peeta—: ¿por qué no viene a cenar esta noche con nosotros? A Haymitch le encantaría volver a verle.
—Tengo una agenda muy apretada estos días, pero haré lo que pueda —dijo él, con ironía.
—Veo que se siente frustrado por la falta de actividad —dijo Effie, echándose a reír y dándole unas palmaditas en la mano—. Conozco cómo se sienten los hombres como usted. Hija, llévale por casa antes de venir al hospital a tu turno de noche. Cenará con nosotros y te lo devolveremos cuando esté ya cansado de oír a unos viejos carcamales.
—Doctora Everdeen —dijo Peeta, recalcando las palabras—. No sé si usted se considerará una vieja carcamal, pero yo la encuentro una mujer muy atractiva.
Effie se echó a reír de nuevo y movió la cabeza con gesto de disgusto al ver que la estaban llamando por el buscapersonas del hospital.
—El deber me reclama. Os veré más tarde —dijo ella marchándose por donde había venido.
Katniss dejó escapar un suspiro. No estaba sorprendida de la amabilidad de su madre con Peeta.
Pero sí se sentía un poco incómoda. Nunca había llevado a cenar a casa de sus padres a un hombre con el que apenas había tenido una relación de una noche.
—¿Vamos a quedarnos aquí en el pasillo? —dijo Peeta —. ¿O tendré yo que tomar la iniciativa?
Katniss, ligeramente ruborizada, empujó la silla hasta la sala de urgencias.
—Será mejor que te guardes tus iniciativas de momento. Ya has visto a lo que conducen: a terminar de bruces en el suelo o con una pierna atascada en el reposapiés de la silla de ruedas.
—Tu padre era el sheriff de la ciudad, ¿no?
Habían llegado a la zona de boxes. Una de ellos estaba ahora ocupado.
—Sí, en efecto. Ahora el sheriff es Darius, el marido de mi prima Mesalla.
—Parece que tienes una familia muy grande.
—Sí. Podría hacerte un croquis con el árbol genealógico, pero nos llevaría toda la tarde —dijo ella, entrando en uno de los boxes libres—. ¿Te apetece tumbarte o prefieres seguir sentado?
—Sentado —respondió el, de inmediato—. Ya he tenido que estar bastante tiempo en cama.
—Desde que te atropelló aquella camioneta de forma tan misteriosa, ¿no? —añadió ella.
Él se encogió de hombros.
Katniss, algo incómoda con aquella situación, decidió, como otras veces, tener las manos ocupadas.
Abrió uno de los cajones del armario de acero inoxidable que había en un rincón y sacó un estetoscopio y un termómetro digital parecido al que ella tenía en casa.
—¿Qué estás haciendo? —exclamó él.
—Aprovechando el tiempo —dijo ella poniéndole el termómetro en el oído antes de que él pudiera quejarse de nada.
Leyó la temperatura y vio que apenas tenía unas décimas de fiebre. Volvió a dejar el termómetro en el cajón y se volvió hacia Peeta con el estetoscopio colgando del cuello.
Peeta le agarró de la muñeca cuando ella se inclinó hacia él.
—Katniss, si vuelves a tocarme de nuevo, tendré que volver a besarte. Tú verás.
Ella sintió un estremecimiento por toda la espalda y un calor muy intenso por dentro. Era una gran tentación.
Peeta besaba como nadie. Pero era su paciente.
Se suponía que debía dar una imagen de enfermera profesional, no de una mujer coqueta y frívola.
Con un movimiento imprevisto, ella se soltó de su mano y luego le agarró por la muñeca con las dos manos, de forma que le dejó inmovilizado. Le miró satisfecha durante unos segundos, viendo su cara de sorpresa, antes de soltarle.
—¿Dónde aprendiste a hacer esa llave?
—Ya te dije que mi padre era el sheriff. He estado rodeada de personas como tú toda la vida y me enseñaron métodos de defensa personal para protegerme.
En ese momento se descorrió la cortina del box y apareció el doctor Hawthorne.
—Tenemos buenas noticias. Las radiografías revelan que no se ha producido ninguna lesión adicional en los huesos del brazo —dijo Hawthorne, sin más preámbulos.
—Muy bien. Cuanto antes salga de aquí, mejor.
—Le comprendo —dijo el doctor con una sonrisa realmente dirigida a Katniss—. Aunque creo que no va estar en ningún sitio mejor que aquí. Lo que sí es cierto es que la escayola ha quedado bastante deteriorada y lo más aconsejable será sustituirla por otra nueva en vez de tratar de recomponerla. Después de eso podrá usted irse, si quiere —dijo el médico a Peeta mientras garabateaba unas notas en la tablilla de su informe clínico—. No dude en llamarme si tiene algún problema. Katniss tiene mi número.
Peeta pensó, mientras observaba al doctor Hawthorne saliendo del box, que preferiría perder el brazo antes que pedir algo a ese tipo.
Katniss estaba en cuclillas frente al armario, tratando de encontrar algo en la estantería inferior. En esa postura, se le había subido un poco la camiseta y dejaba al descubierto unos centímetros de la parte baja de la espalda por encima de los pantalones. Peeta apretó las manos al ver aquella visión tan seductora y tentadora.
Sabía por experiencia lo suave que era su piel. Todo lo contrario que la escayola que llevaba.
Maldita sea. Llevaba en Weaver menos de veinticuatro horas y los recuerdos que creía haber olvidado volvían a revivir con más fuerza que antes.
Se pasó la mano por el pelo con un gesto de contrariedad. Aunque las enfermeras del hospital de Connecticut le habían limpiado con una esponja y le habían lavado el pelo varias veces, no se había dado una ducha en condiciones desde el día del accidente.
Daría cualquier cosa por estar sólo cinco minutos bajo el chorro del agua caliente.
Dirigió ahora la mirada hacia las caderas de Katniss.
Tal vez sería mejor el agua fría, se dijo él.
—¿Qué estás haciendo ahí?
Ella lo miró por encima del hombro. Al girarse se le subió un par de centímetros más la camiseta. Peeta sintió un extraño sudor corriéndole por la columna vertebral.
—Estoy comprobando si está todo lo necesario para que Mitchell pueda hacer la escayola —dijo ella apoyándose con la manos en los muslos para ponerse de pie—. De momento he visto que sólo hay moldes para hacer escayolas de color rosa pálido o rosa fuerte —dijo ella mirándole con una sonrisa maliciosa—. ¿Cuál prefieres?
—No tengo nada en contra del color rosa —replicó él—. Tú ibas de rosa aquella noche.
—Te dije que lo olvidaras —dijo ella con las mejillas encendidas.
—Una bata rosa, un sujetador rosa y unas bragas a juego, con un pequeño lazo a los lados.
Un lazo que él había tenido el placer de desatar, mientras se recreaba viendo su cuerpo desnudo y ella le pedía llena de deseo que se diera un poco más de prisa…
—Peeta —dijo ella con la voz apagada—. No me estás ayudando nada.
Peeta estaba librando una batalla interna. Era consciente de que la deseaba, pero su ego le impedía reconocerlo. Y ella también le deseaba a él. De eso estaba convencido. Lo podía ver en su rostro, en sus ojos de caramelo derretido y en el mohín de sus labios entreabiertos.
Nada había cambiado desde aquel día de San Valentín.
Ella seguía siendo la misma y él también. Un ex drogadicto con una cicatriz en la cara que asustaba a la mayoría de la gente y con una profesión que ninguna mujer querría para su marido.
—Me da igual el color de la escayola —dijo él finalmente.
—Creo que sé dónde podemos conseguir un molde del mismo color azul que el que has tenido hasta ahora. Iré a buscarlo —dijo ella saliendo del box y echando las cortinas
Desde un lugar cercano, se escuchó el llanto de un bebé.
Peeta cerró los ojos y se puso a pensar que tal vez las cosas hubieran ido mejor si se hubiera quedado en el hospital de Connecticut. Al menos allí no habría tenido que tener delante de él, a todas horas, a la única mujer del mundo ante la que se sentía completamente indefenso.
La cosa se prolongó aún unas cuantas horas, pero finalmente Peeta salió del hospital de Weaver con una escayola en el brazo idéntica a la que le habían puesto en Connecticut.
Marvel fue a recogerles y los llevó a casa de Katniss. Era casi mediodía.
—Te prepararé algo de comer —dijo ella nada más entrar.
—No tienes por qué hacer eso por mí.
—Me pagas para eso, entre otras cosas, ¿recuerdas? — replicó ella arqueando las cejas, dirigiéndose a la cocina sin esperar respuesta.
Un momento después, Peeta oyó un ruido en la puerta de atrás, y vio, acto seguido, a Platón entrando en la casa, dirigiéndose derecho a él.
El perro olfateó la escayola fresca, dio media vuelta y se fue a la cocina a ver a su ama.
Peeta, tumbado en el sofá, se quedó pensativo unos minutos. Luego, de repente, agarró las muletas que tenía al lado y se puso en pie con relativa facilidad.
El teléfono móvil de ella seguía en la mesa del comedor, junto al frasco de los analgésicos.
Se quedó mirándolo un buen rato. Luego tomó el frasco y se dirigió al cuarto de baño. Levantó la tapa del inodoro, abrió el frasco y echó todas las píldoras en la palma de la mano derecha. Las pequeñas pastillas ovaladas parecían aún más blancas al lado de su escayola de color azul oscuro. Suspiró profundamente y las dejó caer dentro.
Luego tiró de la cadena y las vio dando vueltas en el remolino del agua, hasta verlas desaparecer por completo.
Se sintió como si se hubiera quitado un gran peso de encima.
De las dos tentaciones que tenía, se acababa de librar de una de ellas.
Pero le quedaba la otra. Katniss. Ésa le iba a resultar más difícil.
Aún tenía otra tentación menor: la ducha. La echó un vistazo con ojos de deseo. Sabía que no debía intentarlo sin la ayuda de Katniss, si no quería correr el riesgo de mojarse la escayola recién puesta o de volver a caerse de nuevo. Aunque, tarde o temprano, tendría que hacerlo si no quería que Katniss le bañase en el jardín con la manguera como hacía con Platón.
Se miró en el espejo. Tenía un aspecto horrible. Buscó su bolsa con las cosas de aseo y consiguió abrir la cremallera. Él era diestro, por lo que afeitarse con la mano izquierda no le resultó nada fácil, pero lo hizo de todos modos para no mojarse la escayola del brazo derecho. Lo último que necesitaba era pasarse otras diez o doce horas en el hospital, donde todos los hombres parecían mirar a Katniss con ojos de cordero.
Consiguió afeitarse razonablemente aunque a costa de hacerse algunos pequeños cortes. Luego se lavó la cara y el pelo, se cepilló los dientes y, tras volverse a mirar en el espejo y verse con un aspecto más humano, se dirigió de nuevo con las muletas al cuarto de estar.
—¿Puedo usar tu ordenador? —dijo en voz alta para que ella pudiera escucharle desde la cocina.
—Es todo tuyo.
Apoyándose en las muletas y en la pierna buena se acercó al escritorio y sacó un poco la silla hacia fuera para poder sentarse dejando la pierna escayolada a un lado.
Tomó el ratón con la mano derecha. Tenía todo el brazo inmovilizado pero podía mover bien los dedos.
Pulsó el botón izquierdo y desapareció al instante el protector de pantalla, apareciendo la página web que ella había estado viendo la noche anterior.
Apretó los labios. Con un solo clic podría cerrar la página. Pero le pudo más la curiosidad.
¿Color de ojos? Cualquiera.
Frunció el ceño al ver la siguiente opción de búsqueda.
¿Tipo sanguíneo?
—Oh, espera un poco —oyó decir a Katniss a su espalda—. Se me olvidó ayer hacer una cosa. Permíteme un momento.
Él se giró para mirarla. Llevaba un cuchillo de cocina en una mano y un trozo de pan en la otra. Peeta volvió a mirar la pantalla y leyó en voz alta la siguiente selección.
—¿Tipo de muestra? ¿Qué clase de página es ésta?
—No es del tipo que te imaginas —dijo ella suspirando resignada al ver que había sido descubierta—. Puedes verlo por ti mismo.
—Sí, ya veo. Big Sky Cryobank. Pero ¿por qué estás consultando un banco de esperma?
Katniss no pudo evitar ruborizarse, pero a pesar de ello alzó la cabeza muy digna.
—¡Por el amor de Dios, Peeta! ¿Qué es lo que estás pensando?
—Que alguien aquí quiere un bebé.
—Alguien no, yo —dijo ella pasándose la lengua por los labios, muy segura de sí, con una mirada casi desafiante—. Quiero tener un bebé.
—¿Por qué?
—¿Y por qué no? —replicó ella, resoplando.
—Eres una mujer joven —dijo él, muy sorprendido—. Tienes mucho tiempo por delante para encontrar a un hombre que te guste y puedas formar una familia con él.
Ella hizo ademán de cruzarse de brazos pero desistió de hacerlo al darse cuenta del cuchillo que tenía en la mano.
—Creo que estás un poco anticuado. Yo no quiero un marido. Sólo quiero tener un bebé.
Él no había pensado nunca que pudiera ser un hombre anticuado, pero tal vez lo fuera cuando se trataba de ciertas cosas. Y de ciertas personas.
—Pide a alguna familia, de las muchas que conoces, que te deje a su bebé una tarde —le sugirió él—. Dios sabe que más de una te lo dejaría con mucho gusto más de una vez.
Ella miró al techo con gesto de desesperación y movió la cabeza con gesto negativo.
—No pienso discutir esto contigo —dijo dirigiéndose de nuevo a la cocina, y añadió luego, una vez dentro—: ¿Quieres mostaza en el sándwich de jamón?
A él le traía sin cuidado que le pusiera o le dejara de poner mostaza en el sándwich.
Volvió a mirar la pantalla del ordenador y se desplazó con el cursor a lo largo de la página. Los criterios de selección que ella había establecido para el donante eran bastante poco restrictivos. No parecía importarle ni la raza ni la religión del donante, ni sus rasgos físicos. Su único requisito había sido que tuviera algún tipo de estudios. Cualquiera.
No hacía falta tampoco que fuera universitario. El padre podría ser cualquier desaprensivo dispuesto a conseguir un poco de dinero a costa de donar su semen a un banco de esperma.
Hizo una mueca de desagrado. Había en todo aquello algo que no le gustaba nada. Nada.
—¿Qué piensa tu familia de todo esto? —dijo él en voz alta.
Oyó un ruido de platos y luego la vio entrar, dejándole un sándwich enorme sobre la mesa.
—No saben nada aún. Te traeré los antibióticos. Tómatelos después del sándwich.
—¿Y por qué no se lo has dicho?
Ella no respondió hasta que volvió con los antibióticos y una botella de agua.
—Porque no había ninguna razón para ello. ¿Necesitas un paracetamol?
—¿Y cuándo piensas decírselo? ¿O estás esperando a que te vean embarazada para contárselo?
—No. Se lo diré cuando tenga los medios para hacerlo. Conozco a mi familia y sé que me apoyará. En todo caso, esto no es asunto tuyo —dijo ella dejando las pastillas y el agua junto al plato y sacando luego una caja de paracetamol del bolsillo y dejándosela al lado—. Cómete el sándwich y tómate luego las pastillas… Por cierto, ¿qué hiciste con los analgésicos que estaban ahí?
—Los tiré al váter. No quiero volver a verlos nunca más.
—Bien hecho —dijo ella con una ternura indescriptible en la mirada—. Bueno, voy a darme una ducha antes de ir contigo a ver a mis padres. Si quieres cambiarte de ropa antes de salir…
Él se quedó en silencio viéndola salir del cuarto. Suspiró con desaliento al comprender que el asunto del bebé era algo en donde él ni entraba ni salía. Cuando oyó el chasquido de la puerta de su dormitorio, se volvió de nuevo hacia el monitor del ordenador.
Él no vivía en las cavernas. Sabía que había muchas razones, algunas muy buenas, por las que ciertas mujeres recurrían a los servicios de un banco de semen. ¿Pero Katniss?
Eso no parecía que fuera con ella. Conocería un hombre algún día. Alguien que fuera lo suficientemente bueno para ella. Alguien que la mereciese.
Se metió la mitad del sándwich en la boca. Le supo a serrín. Se lo tragó con la ayuda de un poco de agua y luego se tomó las píldoras.
Podía oír el rumor del agua de la ducha. Tomó las muletas y se puso de pie. Notó un dolor agudo en la espalda pero prefirió no hacerle caso.
Al llegar a la habitación de ella, llamó con los nudillos. Al ver que no respondía, abrió la puerta. Platón, tumbado en el suelo junto a la cama, levantó la cabeza y le miró con mucha atención, pero él tampoco le hizo caso.
La puerta del cuarto de baño estaba entornada y el vapor salía por la rendija.
—¿Qué querías decir con eso de «los medios»? —dijo él en voz alta a través de la abertura.
Peeta escuchó un pequeño grito, seguido a continuación por un ligero ladrido de Platón.
—¡No te atrevas a entrar aquí!
Él no había pensando en ello pero, tras el grito, le entraron ganas de hacerlo. Apretó la frente contra el marco blanco de la puerta y se recordó a sí mismo que él no era un villano.
—¿A qué clase de medios te referías? —preguntó él de nuevo.
El ruido del agua dejó de oírse y luego se escuchó el sonido de la cortina del baño.
Producto de una ilusión engañosa del cerebro, Peeta creyó ver a través de la puerta, durante unos segundos, el maravilloso cuerpo de Katniss, desnudo y húmedo, saliendo de la ducha con sus piernas de infarto, largas y seductoras.
La puerta se abrió entonces bruscamente, y apareció ella, cubierta de los pies a la cabeza con una bata de color rosa. Estaba despeinada y con el pelo suelto.
Su rostro estaba limpio y resplandeciente y sus ojos Su rostro estaba limpio y resplandeciente y sus ojos color gris tenían un brillo especial bajo las pestañas aún húmedas. Pese al sándwich que acababa de tomar, él sintió un extraño vacío en el estómago.
—A medios financieros —respondió ella secamente—. Pero, gracias a ti, ahora podré permitirme muy pronto el lujo de quedarme embarazada.
Peeta vio cómo le cerraba la puerta en las narices y luego escuchó el clic de la cerradura.
Sintió como si una lápida cayera sobre su tumba.
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Mary Malfoy Mellark: Espero que este capitulo si te llegue :) Me alegra que te guste el Fic y a pesar de que lo conoces de antes quieras volver a leerlo.
Natii y X: Gracias por sus comentarios.
Nos leemos en el proximo cap :)
Saludos Maya :*
