Esta historia titulada ''Cambio de Planes'' es propiedad de la escritora Allison Leigh, los personajes que aparecen a continuación son creación de la escritora Suzanne Collins, yo solo adapto esta maravillosa historia con estos maravillosos personajes, espero que les guste y se animen a leer mas historias de estas autoras :)

Saludos Maya.


Capítulo 6

Aquella noche del viernes, el turno de Katniss en el hospital era de siete de la tarde a siete de la mañana.

Peeta lo supo después.

Las únicas palabras que ella había intercambiado con él, tras salir de su cuarto, habían sido para preguntarle si quería acompañarla a la cena a la que les había invitado su madre.

Peeta, tras algunas dudas y excusas contradictorias, había acabado aceptando.

Había tenido que tragarse su orgullo, accediendo a que ella le ayudara a ponerse los pantalones vaqueros y a entrar luego en el asiento de atrás del coche de ella.

Katniss iba ahora al volante y parecía muy tranquila.

Afortunadamente, él había podido ponerse la camisa por su cuenta y metérsela luego por dentro de los pantalones.

—¿Cuánto queda? —preguntó Peeta cuando el coche circulaba ya por el centro de la ciudad

—¿Para llegar a casa de mis padres? Muy poco.

—¿Y para quedarte preñada?

—Bonita expresión —dijo ella, secamente.

—¿No es acaso correcta?

—Tengo que ir primero al ginecólogo —dijo ella sin responder a su pregunta—. Mi cuñada, Tigris, es de la especialidad. Tendré que hablar con ella para ver si está dispuesta a firmarme todos los papeles que me piden en el banco de semen para iniciar el procedimiento. Con un poco de suerte, estaré embarazada para finales de año.

Él pudo ver su sonrisa de satisfacción a través del espejo retrovisor.

—Me parece estar viendo el futuro. El pequeño Johnny o la pequeña Mary se acerca a su mamá y le pregunta que cómo ha venido al mundo. Y ella le contesta que… por un procedimiento.

—No puedo creer que en pleno siglo XXI te molesten esas cosas.

—No me molestan. Simplemente, estaba jugando a hacer de abogado del diablo. Has encontrado la forma de quedarte embarazada sin estar con ningún hombre. Pero ¿qué pasará después? Criar y educar a un hijo es algo que requiere mucha dedicación y dinero. Y eso me parece que no lo vas a resolver con ningún procedimiento.

—Soy consciente de ello, pero conseguiré sacarlo adelante. Afortunadamente, este trabajo extra que tengo contigo me proporcionará el dinero necesario para los gastos del parto, que no me cubre del todo mi seguro médico.

Peeta hizo una mueca de desagrado. No le gustaba nada lo que estaba escuchando.

—Dejando a un lado el tema del dinero, criar un bebé tú sola no te va resultar nada fácil.

—No estaré sola. Tengo una gran familia que me ayudará en todo momento.

—Sabes muy bien a lo que me refiero. Las estadísticas demuestran que los niños necesitan un padre y una madre para crecer felices y sin complejos.

—No me interesan las estadísticas, Peeta —dijo ella con voz fría y distante—. Por favor, déjalo ya. Y te agradecería que te guardases tus opiniones sobre el asunto para ti, cuando estemos en casa de mis padres. No quiero darles la noticia estando tú allí con cara de juez.

—Pensé que me habías dicho que se pondrían a saltar de alegría cuando se lo dijeses.

—Lo que dije fue que me apoyarían en todo, cuando llegase el momento. Todo lo contrario que tú, que has estado poniéndome mala cara desde que viste esa página de Internet.

—Creo que hay formas mejores de tener un hijo.

Ella se detuvo en un semáforo. Uno de los pocos que había en aquella pequeña ciudad.

—¿Cómo cuál? —preguntó ella mirándole por encima del reposacabezas—. ¿Cómo quedarse embarazada de un hombre con el que no se va a tener una relación estable en el futuro?

—¿No es eso lo que estás planeando hacer con uno de esos inseminadores anónimos?

—¡Qué término más horrible! —exclamó ella volviendo a poner los ojos en la carretera.

—He oído que lo distribuyen congelado, ¿no?

El semáforo volvió a ponerse en verde, y ella arrancó y aceleró el coche dando un tirón.

—¿Estuviste informándote en la página web o es que acaso eres un experto en el tema?

—Eres joven y bella. Tienes un brillante futuro por delante. ¿Por qué demonios quieres pedir esa cosa por Internet?

Ella tomó una desviación de la carretera y entró en una Ella tomó una desviación de la carretera y entró en una calle secundaria bastante estrecha.

—Porque me parece lo más conveniente. Por si no lo sabías, te diré que no hay un banco de semen en Weaver, y yo no puedo estar viajando a Montana todas las semanas a ver su catálogo para elegir el hombre que quiero que sea el padre de mi hijo.

—¿Te has informado de si sería un hijo legítimo?

Ella emitió un gruñido por toda respuesta y pasó frente a la entrada de una elegante mansión rodeada de pinos suficientes para llenar media ciudad de árboles de Navidad.

—Por favor, no soy una irresponsable. Estoy al tanto de todas las legalidades. El banco criogénico que he elegido está muy bien considerado. Está todo muy controlado, no es un mercadillo. Tienes que llevar un informe médico, ¿recuerdas? —dijo ella, aparcando el coche de forma tan brusca que Peeta salió ligeramente impulsado hacia delante—. Lo siento. Ahora, será mejor que dejemos el tema. Vamos a entrar en casa de mis padres.

Y sin esperar una respuesta, se bajó del coche y le abrió la puerta.

—Espera, deja que te ayude —dijo ella, dándole la mano.

—¿Cuándo vas a hacer el pedido de ese semen congelado?

Ella le miró con los dientes apretados, pero luego movió la cabeza y se echó a reír.

—¡Por el amor de Dios, Peeta! ¿Puedes dejarlo ya de una vez?

Peeta se sorprendió al darse cuenta de que él también estaba sonriendo levemente.

Alargó el brazo, se agarró a su mano y se fue luego deslizando poco a poco en el asiento hasta que consiguió apoyar el pie bueno en el suelo y salió del coche.

Katniss le dio entonces las muletas y le ayudó a incorporarse.

—Entraremos por la puerta lateral, no tiene escaleras —dijo ella.

Peeta la siguió caminando lentamente con las muletas.

Cuando ella llegó a la puerta, se volvió hacia él.

—Comienza a refrescar por la noche —dijo ella, tratando de cambiar de conversación—. Se nota que estamos casi ya en octubre.

Él la miró fijamente y Katniss arqueó una ceja como si le estuviera leyendo el pensamiento.

—Supongo que debería haberte avisado de que no iban a estar sólo mis padres en la cena —dijo ella—. Estoy viendo la camioneta de mi abuelo aparcada allí.

Y si no me equivoco, en esos coches que están entrando ahora, vienen mis tíos.

Él siguió su mirada y vio una camioneta de color negro y detrás un coche deportivo.

—No te preocupes. La mayoría son inofensivos —le dijo ella con una sonrisa compasiva.

A lo largo de los años, Peeta había tenido varias ocasiones de conocer a varios miembros de la familia Everdeen. Algunos habían tenido, o seguían teniendo, alguna relación con Finnick.

E inofensivos no habría sido la palabra que él hubiera utilizado para describir a ninguno de ellos. Suspiró hondo y completó los metros que le quedaban para llegar a la puerta.

—Bueno, ánimo y adelante —se dijo él.

Ella abrió la puerta y se echó a un lado para que Peeta pasara. Nada más entrar, se vieron rodeados de un nutrido grupo de gente: los padres de Katniss, Haymitch y Effie; sus abuelos, Cinna y Portia; sus tíos y tías y además sus primos con sus respectivas esposas.

Y los niños.

Peeta ya había visto antes a la familia Everdeen reunida en grupo, por lo que no se sorprendió demasiado. La primera vez que había estado en Weaver, al margen de la célebre noche que había pasado con Katniss, había sido en misión de protección a la mujer que era en la actualidad la esposa de Marvel. En aquella ocasión, había visto a la familia desde la perspectiva de un agente de Hollins-Winword.

Ahora era distinto.

No estaba seguro de cuál era la diferencia, pero la había.

Comenzó a sentirse algo molesto rodeado por toda aquella gente que parecía mirarle como preguntándose qué demonios estaba haciendo él viviendo bajo el mismo techo que Katniss.

Se sentó en un gran sofá de cuero y apoyó la pierna escayolada en una otomana.

Katniss se acercó de repente con un gran plato en la mano en el que había una ración generosa de lasaña humeante, un pan de ajo crujiente y una buena ensalada.

—A mamá no le gusta servir raciones pequeñas, dice que eso es cosa de gente ruin. Así que espero que tengas hambre.

—No estoy quemando últimamente muchas calorías, pero esto tiene muy buena pinta.

Había tanta gente que casi nadie intentaba acercarse a la mesa del centro para poner allí cómodamente el plato, sino que usaba cualquier asiento libre o incluso el propio suelo.

—Supongo que no debe de ser nada divertido tener que estar siempre tumbado sin casi poder moverse —dijo una rubia bajita con muy buen tipo, sentándose con mucha gracia en el suelo junto al sofá—. Y menos aún tener que perder uno su independencia. Hola, soy Delly, la prima de Katniss —dijo la rubita sonriéndole con sus ojos vivarachos de color aguamarina—. Le estrecharía la mano, pero la tengo llena de comida.

En realidad era una excusa muy cortés, porque se había dado cuenta de que él no podía saludarla con el brazo derecho apresado en aquel molde de escayola de color azul oscuro.

—Usted es nueva, ¿verdad?

Peeta era muy buen fisonomista. No se le olvidaba la cara ni el nombre de una persona y estaba seguro de que esa mujer no estaba en Weaver la última vez que él había estado allí.

Katniss se echó a reír. Se había quitado los zuecos de caucho que llevaba en el hospital y se había sentado a su lado con las piernas cruzadas.

—Delly acaba de venir de Nueva York —dijo ella—. Está comprometida desde hace unas semanas. Y hablando de… ¿Dónde están Thom y Leevy?

—Yo estoy aquí —dijo un hombre algo desgarbado de la edad de Peeta, acercándose a ellos con un plato en la mano, lleno hasta arriba—. Leevy va pasar la noche en casa de una amiga —el hombre no tuvo el mismo tacto que su prometida y le tendió la mano a Peeta, frunciendo el ceño al darse cuenta de que tenía el brazo escayolado—. Hola, soy Thom —dijo el hombre, chocando cordialmente los nudillos con los de Peeta.

—Peeta Mellark —dijo él, en respuesta a su saludo—. ¿Quién es Leevy?

—La hija de Thom —respondió Katniss—. Tiene seis años.

Effie, la madre de Katniss, se acercó también al grupo. Iba con unos vaqueros y una sudadera y llevaba a un bebé en los brazos. No se parecía en nada a la doctora de bata blanca que había visto esa misma mañana en el hospital.

—Como puede ver, señor Mellark, nuestra reunión es bastante informal. Es algo habitual en esta familia — dijo ella con una sonrisa, echándose el pelo hacia atrás.

Peeta observó que tenía los mismos ojos que Katniss. Y su misma sonrisa.

—Llámeme, Peeta, por favor.

Katniss dejó a un lado su ensalada, y tendió los brazos hacia el bebé que llevaba su madre.

—Dámelo.

Effie entregó a su hija al pequeño que iba muy tapado con un vestidito de color verde, de tal modo que Peeta no fue capaz de discernir si se trababa de un niño o de una niña.

Katniss abrazó al bebé, acurrucándolo sobre su pecho y besándole en la carita.

—Éste es Titus —dijo ella, subiéndole un poco en el aire.

—El hijo de Marvel, ¿verdad? —exclamó Peeta, mirando ahora al niño más de cerca.

—Mmm… ¿Te han contratado de niñera por esta noche? —preguntó Katniss a su madre.

—No. Titus va a dormir esta noche con Gloss y conmigo —respondió Cecelia, la madre de Marvel, una mujer de pelo largo y castaño que venía también con un plato de de pelo largo y castaño que venía también con un plato de ensalada en la mano—. Me alegra verte de nuevo, Peeta —le dijo a modo de saludo, sentándose junto a él en el brazo del sofá como si fueran viejos amigos, aunque sólo se habían visto un par de veces con motivo de una misión en la que Marvel y Peeta habían coincidido—. Pero come, querido, que se te está enfriando la lasaña. Tienes que alimentarte si quieres curarte pronto.

—Sí, será mucho mejor que escucharla —dijo un hombre alto y fuerte, acercando una silla al sofá—. Es lo que he aprendido después de todos estos años que llevo casado con ella.

—Gloss —dijo Peeta saludándole—. ¿Cómo va ese negocio de cría de caballos?

Gloss era toda una leyenda en el turbio mundo de Hollins-Winword, a pesar de que había salido de la organización hacía ya muchos años.

—No tan bien como el de las reses —respondió otro hombre de pelo plateado, dando un par de golpes en el suelo con la contera de su bastón—. Pero trata de decírselo a mi hijo…

El hombre se acercó también una silla y se sentó junto al grupo cada vez más nutrido que se había arremolinado alrededor del sofá donde Katniss y Peeta estaban sentados.

Katniss sonrió ante el aparente mal genio de su abuelo. Sabía muy bien que tras ese pronto escondía un corazón tan grande como todo el estado de Wyoming.

—Mi abuelo, Cinna Everdeen. Éste es Peeta Mellark — dijo ella presentando a los dos hombres—. Es el paciente al que tengo alquilado el cuarto de invitados.

—Lo recuerdo muy bien, niña —dijo Cinna, levantando la mano—. Aún no estoy senil. Nos conocimos cuando Marvel iba detrás de Clove… y pensaba que no nos dábamos cuenta de lo que estaba pasando — dijo él con una sonrisa de zorro, y añadió luego fijando sus penetrantes ojos grises en los de Peeta—: Estuvo viviendo en su misma casa, haciendo todo tipo de travesuras. ¿Vas a hacer tú lo mismo con mi nieta?

—¡Cinna! —exclamó Katniss con las mejillas encendidas y la voz ahogada.

—Tú no te metas en esto —replicó su abuelo, sin dignarse siquiera a mirarla.

—Señor, si me permite decirlo —dijo Peeta—, me doy con un canto en los dientes si consigo levantarme para ir al cuarto de baño. Créame que no estoy para muchas travesuras.

Cinna soltó una carcajada y volvió a dar un golpe en el suelo con la punta del bastón.

—Siempre me han gustado los hombres que van con la verdad por delante. He oído que consiguió salvar a esa niña de que acabara aplastada.

—¿Esa niña? ¿Qué niña?

—Sí, la hija del tal Catu o Cato o algo parecido —dijo Cecelia moviendo la cabeza—. Leí algo de eso en un artículo de Internet hace unos días.

—Empujó a la pequeña para que no la atropellara un camión —intervino Cinna—. Le salvó la vida, según dicen. Fue un milagro que usted no muriese.

Katniss, con Titus en las rodillas, miró a Peeta, que parecía ajeno a todo, ocupado en acabarse su lasaña.

—¿Quién era esa niña? ¿La conocías?

—Era sólo una pequeña niña despistada que no sabía lo peligroso que podía resultar caminar por una carretera concurrida —respondió Peeta masticando el último bocado de lasaña y apartando el plato a un lado—. ¿Te importaría traerme un poco más?

Dándose cuenta de que quería eludir la pregunta, Katniss tomó el plato y se levantó, llevándose al bebé, que la tenía agarrada del pelo con las manitas. Sabía lo reservado que Peeta podía llegar a ser cuando quería, pero ella podía enterarse fácilmente de toda la historia sin más que consultar el artículo de Internet al que Cecelia se había referido.

Al llegar a la cocina, dejó a Titus en brazos de su madre que estaba charlando animadamente con algunas de sus tías, se arregló el pelo que el niño le había dejado algo revuelto y puso en el plato otra ración de las numerosas bandejas que había sobre la mesa.

—Espera, espera un poco —le dijo su tía Seeder interponiéndose en su camino cuando ya se dirigía con el plato hacia el salón—. ¿Qué es eso que he oído de que te has estado besando esta mañana con un paciente en el hospital?

—¿Qué? —exclamó Katniss sorprendida, mirando instintivamente a Effie que estaba muy distraída jugando a chocar las manos con el niño—. No sé de qué estás hablando —mintió ella.

A la primera oportunidad que tuviese, iría a decirle cuatro cosas bien dichas a Castor.

—Sí, un beso de los de cine —dijo la tía Seeder, con lágrimas en los ojos partiéndose de risa—. Y con el señor Mellark.

—No sé de dónde te ha podido venir esa información — insistió Katniss—. Ya sabes lo chismosa que es la gente en esta ciudad.

Mags, otra de las tías de Katniss, soltó una carcajada.

—Por desgracia, detrás de todo chisme hay siempre algo de verdad.

—Sí, estoy de acuerdo —apostilló Seeder—. Como dice el refrán: cuando el río suena…

A Katniss se le puso la cara más colorada que un tomate y, lo que era peor, no veía forma de ocultar su turbación a los ojos de sus tías, que no paraban de reírse.

—Cuando vea a ese Castor, juro que me las pagará —murmuró ella entre dientes.

—Por suerte para ti, no estabas de servicio —dijo Effie con una sonrisa muy comedida—. De otro modo, me habría visto en la obligación de abrirte un expediente.

—Quién sabe lo que podría pasar si la cosa llegara a oídos de tu abuelo —dijo Portia, la abuela de Katniss, que tenía muy buen sentido del humor—. Ya sabes lo protector que es con todas sus chicas, como él dice.

—Afortunadamente, Cinna se ha moderado un poco con los años —dijo Cecelia que había venido del salón y se había incorporado al grupo de mujeres, atraída por las risas—. Recordad la que montó cuando echó de casa a Gloss por poner los ojos en mí cuando éramos jóvenes.

—Los nietos y los bisnietos le han morigerado mucho —dijo Seeder haciéndole unas cosquillas a Titus debajo de la barbilla.

El que Cinna se hubiera amansado poco o mucho era algo que a Katniss le traía sin cuidado. Lo que ella quería era no estar en boca de nadie. Ni siquiera de su propia familia, por muy amables que fuesen todos.

—Voy a llevar este plato a Peeta y no quiero volver a oír una palabra de esto —dijo Katniss muy seria, mirando a todas las mujeres y levantando un dedo en alto.

Al salir de la cocina, miró un segundo hacia atrás y vio complacida la cara de sorpresa de todas ellas. En realidad, estaban conteniendo la respiración y en cuanto ella salió por la puerta rompieron a reír a carcajada limpia.

Katniss apretó los dientes, furiosa. Castor estaba sentenciado. Era carne muerta.

Se acercó a donde estaba Peeta y le dio el plato, mientras se calzaba los zuecos de caucho.

—Tengo que volver al hospital —dijo ella, buscando con la mirada a su padre que estaba charlando con Blight y Woof, que eran los maridos respectivos de Mags y Seeder.

Se acercó a él y le pidió que llevara a Peeta a su casa cuando acabase la velada.

Su padre asintió con la cabeza.

Katniss tenía miedo de adónde podría derivar la conversación en su ausencia.

Por fortuna, Peeta no parecía tener muchas ganas de hablar. Confió en que no se animara luego y se pusiera a hablar de los «inseminadores anónimos» con su familia.

Volvió de nuevo junto a él, sacó el frasco de los antibióticos de un bolsillo y se lo dio.

—No se te olvide tomarlos.

—Sí, señora —dijo él, con ironía.

—Te veré por la mañana. Procura no romperte nada hasta entonces.

Peeta esbozó una amarga sonrisa. Su cicatriz pareció acentuarse más de lo habitual, y ella sospechó que era porque estaba deseando marcharse de allí.

Se despidió de su familia saludando con la mano. Tenía el tiempo justo para llegar al hospital.

Cuando llegó corriendo hacia el coche, su madre estaba esperándola, apoyada en el capó.

—¿Qué relación tienes con Peeta? —le preguntó Effie muy seria.

—No mucha. Nos conocimos, como tú sabes, de forma casual. Cuando estuvo aquí hace ya unos años haciendo un trabajo con Marvel para proteger a Clove. Hace ya mucho de eso, pero…

—No te andes por las ramas, hija.

—Marvel confía en él, por eso me propuso hacerme cargo de su rehabilitación. Es un trabajo más. Peeta no quiere depender de mí, más de lo estrictamente necesario. Dentro de un mes, poco más o menos, le quitarán la escayola del brazo y poco después la de la pierna, y se marchará.

—Mmm… —murmuró su madre, apartándose del coche

—. Ten cuidado hija, ten mucho cuidado.

—Siempre lo he tenido, mamá, ¿recuerdas?

—Sí —dijo su madre sosteniendo la puerta del coche hasta que ella se sentó al volante y se puso el cinturón de seguridad—. Yo también tuve cuidado cuando conocí a tu padre por primera vez.

—No se qué quieres decir con eso, mamá —dijo ella arqueando las cejas—. Papá y tú lleváis casados más de treinta años.

—Pero nos llevó mucho tiempo llegar a comprendernos. Tu padre y yo cometimos muchos errores antes de darnos cuenta de lo que, de verdad, era importante en nuestras vidas. Sólo te estoy diciendo que… tengas cuidado.

—Sé muy bien lo que quiero y Peeta no va a suponer ningún obstáculo en mi camino.

Effie, no muy convencida de sus palabras, cerró la puerta del coche y se echó a un lado.

—Conduce con cuidado, hija.

Katniss no pudo evitar una sonrisa. El hospital estaba sólo a unos pocos kilómetros.

Lo primero que hizo nada más llegar fue abordar a Castor que estaba saliendo de su turno de guardia.

—Parece que ya no estás tan interesado en salir con Twill como creía, ¿no?

—¿De qué me estás hablando? —dijo él mirándola con cara de sorpresa.

—¡De lo que has ido difundiendo por ahí!

—Yo no he sido. Yo no he dicho una palabra a nadie.

—¿A nadie, nadie?

—Bueno, sólo a Enobaria. Pero ella no se lo diría a nadie, de eso estoy seguro.

—Ya, así es como se propagan los secretos. Le contamos algo a una persona confiando en que no se la va a decir y ésta a su vez se lo cuenta a otra y así sucesivamente —dijo Katniss abriendo su taquilla para guardar las cosas—. Milagro será que no esté ya toda la ciudad enterada. Tal vez mañana hasta me hayan casado y esté ya embarazada.

—¿Quién está embarazada? —dijo Johanna entrando en la sala con una enorme taza de café.

—Nadie —respondió Katniss con un gruñido, saliendo descompuesta de la sala.

La noche prometía ser larga. Y la guardia movida.


Hola, hola! estamos a la mitad de la historia :) espero que les haya gustado este capitulo, no olviden dejarme su opinión,

Gracias especiales a mis fieles lectores X y Natii por sus reviews :*

Un abrazo, Maya.