Esta historia titulada ''Cambio de Planes'' es propiedad de la escritora Allison Leigh, los personajes que aparecen a continuación son creación de la escritora Suzanne Collins, yo solo adapto esta maravillosa historia con estos maravillosos personajes, espero que les guste y se animen a leer mas historias de estas autoras :)

Saludos Maya.


Capítulo 7

Katniss terminó su turno de noche una hora después de lo previsto. Cuando llegó a casa, sin hacer ruido para no despertar a Peeta, le encontró sentado en la mesa del ordenador. Temió que estuviera mirando la página del banco de semen que tenía guardada en la lista de favoritos del navegador.

—Veo que te has levantado muy temprano —dijo ella quitándose los zapatos nada más entrar y sintiéndose más tranquila al ver que sólo estaba mirando una página de noticias.

—Y tú has llegado hoy más tarde del trabajo —replicó él—. No traes muy buena cara.

—No hay nada como un buen piropo cuando una llega a casa —dijo ella con una leve sonrisa.

—¿Qué ha pasado?

Ella negó con la cabeza y se dirigió a la cocina

—Ha sido una noche dura. ¿Te apetecen unos huevos con tostadas? —dijo ella mirando al jardín y viendo a Platón tumbado plácidamente al sol—. Veo que has sacado al perro. Gracias.

—De nada. Pero no tienes por qué cocinar para mí.

—Forma parte del trato —respondió ella abriendo el armario de madera de arce que tenía enfrente—. Hoy es sábado. ¿Qué tal unos crepes? —oyó entonces el sonido sordo de las muletas sobre la tarima, acercándose a la cocina—. ¿O te apetecen más unas torrijas? —dijo ella sacando una barra de pan del armarito.

Sintió, en ese instante, la mano de él en el hombro y le dio un pequeño vuelco al corazón. Peeta le quitó el pan de la mano y lo dejó en la encimera.

—Creo que lo que más necesitas ahora es irte a dormir.

—Ya te dije que, después de venir del trabajo, necesito relajarme antes unos minutos para poder conciliar el sueño. Y tú lo que necesitas es comer —dijo ella volviendo a tomar el pan.

—Ya he comido —replicó él quitándole otra vez el pan y poniéndolo en la estantería más alta del armario donde ella no pudiera alcanzarlo—. Me tomé un buen trozo de lasaña que me dio tu madre anoche al salir.

Katniss echó un vistazo a la cocina, pero no vio el menor rastro de que él hubiera estado haciendo nada allí.

—¿Qué hiciste? ¿Te la tomaste fría?

Katniss le pasó los dedos por el borde inferior de la escayola de su brazo y vio que estaba totalmente seca. Si había lavado los platos que había usado, no se había mojado nada.

—Sí, pero le quité el papel de plata donde venía, antes de comérmela —dijo él, apartando el brazo—. Y antes de que me lo preguntes, te diré que me tomé también los malditos antibióticos. Y ahora vete a dormir antes de que te caigas al suelo de cansancio.

Y sin saber cómo, se vio apartada de la cocina por Peeta.

—Te vi en una página de Internet —dijo ella, pensando que así la soltaría.

—Supuse que lo harías —dijo Peeta sin soltarla.

—¿Por qué? ¿Porque crees que soy una entrometida?

—No, yo diría… curiosa.

—Viene a ser lo mismo —dijo ella cuando estaban ya junto a la mesa del ordenador y la pantalla del monitor estaba llena de figuras de colores que se movían en todas las direcciones—. No me dijiste que la chica que salvaste fuera la hija de Cato, el famoso empresario europeo, magnate del mundo del espectáculo y que tiene tantas propiedades inmobiliarias.

—Tiene también una boca muy grande —le susurró él al oído con una voz suave y cálida.

Ella sintió un estremecimiento y notó como si le flaqueasen las piernas. Respiró hondo.

Percibía el pecho de Peeta detrás de ella como un muro duro pero caliente.

Tenía los mismos vaqueros que había llevado la noche anterior. Se preguntó si habría dormido con ellos puestos, porque dudaba mucho de que hubiera sido capaz de quitárselos y volvérselos a poner luego.

—Según lo que el hombre de la boca grande dijo, el accidente no fue tal. Tú estabas en Barcelona, como guardaespaldas porque alguien le había amenazado de muerte. Pero en cambio, esa persona no fue a por él sino a por su hija. Tú fuiste el único que te diste cuenta de la jugada, aunque ya un poco tarde.

Según el artículo, Peeta había arriesgado su vida por la niña, empujándola fuera del alcance de la camioneta, unas décimas antes de resultar él mismo atropellado y de que el vehículo acabara perdiendo el control y se precipitara por un barranco. Él había conseguido sobrevivir aunque con heridas muy graves, pero el conductor de la camioneta había resultado muerto.

—Veo que ya lo sabes todo, así que espero que no me preguntes más sobre el caso. Ahora me toca a mí. ¿Cómo te las vas a arreglar para cuidar a tu bebé cuando estés de guardia por la noche? ¿O vas a ser una de esas madres que meten a sus hijos todo el día en una guardería?

—No hay nada malo en eso. Hay guarderías muy buenas —replicó ella algo airada—. Cambiaré el turno, si es preciso, cuando llegue el momento.

—¿Crees que te va a resultar tan fácil? ¿Piensas que el hospital va cambiar los turnos de su personal a tu conveniencia? ¿O es que piensas hacer uso de la influencia de tu madre?

Ella se dio la vuelta bruscamente, muy ofendida por sus palabras, y, al hacerlo, su cara se quedó prácticamente pegada a la camiseta de Peeta. Retrocedió unos centímetros, turbada por el vello rizado del pecho que le asomaba ligeramente por la camiseta de cuello en V.

—En primer lugar, mi madre nunca haría favoritismos de esa clase con nadie. Y en segundo lugar, no me conoces si piensas que yo pudiera pedirle una cosa así. Por suerte para mí, hay un montón de ofertas de trabajo para enfermeras en la zona. Si no pudiese encontrar un horario mejor en el hospital, buscaría un empleo en otro. Tal vez, incluso me coloque como enfermera en un colegio de niños. Sería menos estresante. Las únicas urgencias que tendría serían alguna pequeña hemorragia de nariz o algún caso de parásitos en la cabeza.

Se quitó la chaquetilla del uniforme del hospital y se quedó con la camiseta de manga larga que llevaba debajo.

De alguna manera, el gigante de las muletas consiguió llevarla hacia la cama y apartó la colcha de un tirón.

—Se supone que no debes hacer esto —se quejó ella, agotada del trabajo, sin saber qué decir.

Lo único que le pedía el cuerpo era dejarse caer rendida en la cama.

—Tú preocúpate ahora sólo de esos planes que tienes de cuidar niños en un colegio —le dijo él con cierta ironía.

—Yo siempre seré enfermera —dijo ella dejando caer la cabeza de lado sobre la almohada—. Me gusta ayudar a la gente. Es algo de familia. Mi abuela Portia también fue enfermera.

—Sí. Ayer por la noche oí que Cinna y ella se conocieron cuando ella le estaba atendiendo en el hospital donde le habían ingresado por un ataque al corazón

—Más o menos como nosotros —dijo ella de forma espontánea sin pensárselo dos veces—. Bueno, no era eso lo quería decir… Lo que trataba de…

—Sé lo que tratabas de decir, Katniss —dijo Peeta colocándole suavemente la cabeza sobre la almohada—. Pero ahora cierra los ojos y descansa.

Era algo maravilloso sentir la suavidad de la almohada.

Pero aún más maravilloso era oír el sonido de su nombre saliendo de los labios de Peeta.

Cerró los ojos. Llevaba dos días casi sin dormir. Estaba exhausta.

—Se supone que soy yo la que debe cuidar de ti y no al revés —dijo ella.

—Prometo no decírselo a nadie.

Katniss sintió la mano de Peeta por detrás de la cabeza, pasándole suavemente los dedos por el pelo y luego acariciándole el cuello. No pudo evitar un suspiro de placer.

—Peeta… —le dijo con los ojos entornados—. Supongo que habrás visto mucha violencia a lo largo de los años que llevas trabajando en Hollins-Winword, ¿verdad?

—Sí —dijo él mirándola fijamente, sin pestañear.

Ella sintió una extraña desazón por todo el cuerpo. No Ella sintió una extraña desazón por todo el cuerpo. No supo precisar si era por lo escueto de su respuesta, por lo agotada que estaba o, tal vez, porque lo que de verdad le apetecía era que se acostase a su lado, con escayolas y todo, y pudiese sentir su calor y su aliento junto a ella.

—¿Qué tal duermes por la noche?

—Hay noches que no consigo dormir —respondió él, sin dejar de acariciarle el pelo.

—Esta noche, a las dos, entró en urgencias una mujer en muy mal estado a la que su marido le había dado una paliza. Traía un niño con ella. El marido la siguió hasta allí con ánimo de rematar su faena. Los ayudantes del sheriff tuvieron que intervenir para impedírselo.

—¿La conoces?

—No. El matrimonio vive al otro lado de Braden. Al parecer trató de huir del marido con el niño en los brazos y salió corriendo por la carretera. El coche que patrullaba por el lugar la vio y la llevó al hospital. Íbamos a llevarla al quirófano cuando el marido se presentó allí.

—¿Y? —preguntó él, volviendo a apoyar la mano sobre la muleta.

—La mujer no sobrevivió —dijo ella con un profundo suspiro—. Han arrestado al marido y han llevado al bebé a un centro de servicios sociales.

—¿No tiene ningún familiar que se pueda hacer cargo de él?

—No. ¿Qué edad tenías tú cuando perdiste a tus padres?

—Cuatro.

—¿Qué pasó?

—Se dijo que fue un accidente de automóvil, pero con el tiempo supe que mi padre sorprendió a mi madre con otro hombre y la disparó con una pistola —dijo Peeta muy sereno.

—¡Dios mío, Peeta! —exclamó ella horrorizada, sentándose en la cama—. Lo siento mucho.

—Ya ni me acuerdo de ello —replicó él, encogiéndose de hombros.

—Aún no me has dicho quién se hizo cargo de ti.

—Me acogieron en una casa. De hecho, estuve en tantas casas que ya ni me acuerdo. Algunas buenas y otras no tanto. Cuando cumplí los quince años, me lancé a vivir mi propia vida.

—¿Cómo puede un chico de quince años valerse por sí mismo? —dijo ella, arqueando las cejas.

—No muy bien. Pero yo era alto y fuerte y aparentaba más edad. Gracias a eso conseguía trabajar de forma esporádica en alguna tienda o en alguna fábrica.

—¿Y el colegio?

—Eso no me daba de comer. Pero ¿por qué estamos hablando ahora de estas cosas? Es algo ya pasado. Será mejor que te acuestes otra vez y te duermas.

—Para mí es nuevo y me interesa —dijo ella en voz baja —. Me recuerda al niño de esta mañana, que ha quedado virtualmente huérfano de padre y madre. Me gustaría que tuviese una oportunidad en la vida. Tú eres un auténtico héroe, Peeta. Creciste sin padres, llevaste una infancia desgraciada, y en vez de estar resentido con la sociedad, te dedicaste a salvar la vida de otras personas. Luchaste contra una adicción y la venciste.

—No soy ningún héroe —dijo él con una sonrisa de amargura.

Katniss estiró las piernas y se bajó de la cama.

—Cato y su familia no pensarán igual que tú. Ni yo tampoco.

—Tú no sabes nada de mí.

—Sé que Marvel confía en ti, de otro modo no te habría alojado en mi casa.

—Hemos trabajado juntos.

—Sé que pusiste tu vida en peligro para salvar a una niña y que has tenido que superar muchas dificultades, no sólo de pequeño, sino también de adulto —dijo ella pasándole un dedo a lo largo de la cicatriz que le cruzaba la cara—. Y sé que, a pesar de todo, y aunque trates de ocultarlo, hay una gran ternura dentro de ti.

Él le agarró la mano y la apartó de su cara. Pero no la soltó.

—Estuve en la cárcel —dijo él muy serio, apretándole la mano, aunque sin llegar a hacerle daño—. Me pillaron robando en una tienda, propiedad de una de las familias que me habían acogido. Pretendía llevarme el dinero que tenían en la caja, pero acabé entre rejas unos años. Después de salir, me puse a trabajar para Finnick. Él siempre iba buscando la escoria de la sociedad para llevar a cabo los trabajos más difíciles. Yo tenía una rara habilidad para leer el pensamiento de la gente y manejar las situaciones. Pero no fue suficiente. Algunas de las personas a las que se suponía tenía que haber protegido estuvieron a punto de perder la vida y yo terminé así —dijo él señalándose la cicatriz de la cara—. Después de eso, vino mi adicción por los analgésicos, perdí a mi esposa y casi perdí también mi trabajo. Como ves, no soy el héroe que pensabas. Lo único que he hecho en la vida ha sido sobrevivir..

¡Había estado casado!, se dijo ella, muy sorprendida.

—¿Para qué necesitabas el dinero?

—Quería pagarle el billete del autocar a un muchacho que vivía con mi antigua familia de acogida, para que se pudiese ir de aquella maldita casa. Nadie del comité de menores le habría creído si les hubiera dicho que aquellas personas tan respetables y piadosas eran en realidad unos verdaderos monstruos.

—¡Oh, Peeta!

—No tienes por qué apiadarte de mí. Yo era un ladrón.

—¿Qué pasó con ese chico?

—¿Cómo diablos voy a saberlo? Estaba en la cárcel.

—¿Nunca trataste de averiguarlo?

—Se hizo mayor —dijo Peeta tras unos instantes de duda—, se graduó en el instituto y desapareció. Ahora no trates de seguir haciéndome preguntas para querer comprenderme mejor. No tendría sentido. Yo estoy aquí en tu casa porque nos conviene a los dos. Tú podrás permitirte el lujo de tener un bebé de la forma que deseas y yo evitaré que Finnick me despida.

A ella se le encogió el corazón al oír su conclusión final.

—Eh… yo… Sí, creo que tienes razón. Esto es un simple trato. Perdona si te he molestado con mis preguntas. Todo es culpa del sueño que tengo —dijo ella, quitándose la cinta de la coleta y dejándose el pelo suelto.

Katniss no quería pensar en la sensación de sus dedos acariciándole el pelo y el cuello. No quería pensar en aquel chico de quince años que había entrado a robar en una tienda para ayudar a otro chico más desesperado aún que él.

Hizo un gesto señalando la puerta del dormitorio.

—No la cierres del todo al salir. Así podré oírte si me necesitas para algo.

Él la miró extrañado como si estuviera viendo a otra persona.

—¿Hablas en serio?

Ella estaba cansada y triste por los sucesos vividos en el hospital. Y algo dolida porque él pensase que su único interés para tenerle en casa era el económico.

—Sí —contestó ella, volviéndose a la cama—. Es mi trabajo.

Él comprendió lo estúpido que había sido. Se merecía que lo hubiera mandado al infierno.

Con la sensación de ser un elefante en una cacharrería, salió de allí con sus muletas, lo más silenciosamente que pudo, tratando de no romperle nada de lo que tenía en el cuarto.

Lo que ya le había roto era el corazón.

Al llegar a la puerta, se volvió para mirarla de nuevo.

Estaba acostada de lado, de espaldas a él. Se había vuelto a poner la coleta con la cinta, y estaba abrazada a la almohada.

—Te dije que no era un héroe —dijo Peeta, desde el umbral de la puerta.

—Te estaba escuchando cuando lo dijiste —replicó ella con la voz apagada, pero clara.

Peeta suspiró y cerró la puerta al salir. Por su culpa, ella llevaba todo un día sin dormir. No quería que pasara otra noche en blanco. Quería que descansara, aunque para ello tuviera que montar guardia ocho horas a la puerta de su cuarto para velar por su paz y su tranquilidad.

Se dirigió con las muletas a su dormitorio y examinó los libros que tenía en la mesita. Pero parecía como si hubiera perdido el interés por ellos.

Se encaminó hacia el cuarto de estar lo más sigilosamente que pudo.

Se sentó frente al ordenador un rato, consciente de la indiscreción en que estaba incurriendo al visitar las páginas de Internet que Katniss había dejado abiertas en la pantalla.

Todas estaban relacionadas con el mundo de los bebés.

Por supuesto, la página del banco de esperma era una de ellas, pero había otra dedicada a los cuidados del bebé en los primeros años. Y otra llamada Casa y Jardín sobre los elementos de decoración y seguridad necesarios para adecuar una casa tras la llegada de un bebé.

Ella había visitado también una página llamada La boutique del bebé y había seleccionado un sonajero de plata bastante caro, al que se le podía grabar el nombre del bebé, en un icono que aparecía a un lado de la pantalla con el nombre de la lista de los deseos.

Se pasó la mano por la cara un par de veces y apagó la pantalla de ordenador.

Se levantó de la silla y regresó lentamente a la habitación.

Al pasar frente al cuarto de Katniss, se dio cuenta de que la puerta, que él había dejado cerrada al salir, estaba ahora entreabierta. Para que ella pudiera oírle si la necesitaba.

Se quedó mirando por la rendija un buen rato. Luego se fue a su dormitorio y cerró la puerta.

Era lo más sensato e inteligente que podía hacer.

El sonido del agua la despertó.

La luz del sol entraba con fuerza en el dormitorio.

Katniss se frotó los ojos y miró el reloj de la mesita.

Había dormido más de ocho horas. Pero no había descansado realmente. No había conseguido apartar de su pensamiento lo que Peeta le había dicho la noche anterior.

El agua seguía corriendo. Frunció el ceño, se sentó y escuchó más atentamente.

Y entonces se dio cuenta de lo que estaba pasando.

Saltó de la cama y salió al pasillo. La puerta del cuarto de baño de Peeta estaba cerrada, pero salía un hilo de vapor por debajo de la puerta. Llamó suavemente con los nudillos.

—¿Peeta? ¿Qué estás haciendo?

Pero él no respondió. Ella sabía las ganas que él tenía de ducharse, pero no creyó que hubiera cometido la imprudencia de meterse sólo en la ducha con el brazo y la pierna escayolados.

Llamó a la puerta de nuevo. Ahora, un poco más fuerte.

Pero tampoco hubo respuesta.

Imaginó que podría haberse caído al tratar de entrar en la ducha y que estaría ahora tirado en el suelo sin poder moverse o quién sabe si algo peor. Giró el picaporte. La puerta se abrió. Una gran bocanada de vapor inundaba todo el cuarto. Casi no se veía la cortina ni la ducha de época que había comprado en una subasta y que había restaurado en una tienda de Cheyenne.

Sin pensárselo dos veces descorrió la cortina y vio, ante sus ojos, el trasero duro y firme de un hombre con una espalda surcada de cicatrices y una cabeza de pelo rubio chorreando agua. Tenía un brazo y una pierna tapados con unas bolsas de plástico.

—¡Maldita sea, Katniss! —dijo Peeta, tapándose con la cortina al advertir su presencia—. ¿Qué demonios estás haciendo aquí?

¡Por Dios santo! Ella era enfermera. No iba asustarse por ver a un hombre desnudo medio escayolado y envuelto en bolsas de plástico. Aunque ese hombre fuera Peeta.

Tenía la pierna derecha dentro de la ducha y la otra, la que tenía escayolada, apoyada en el suelo por fuera.

—Esa pregunta debería hacértela yo —replicó ella muy seria, agachándose para cerrar el grifo y rozándole, sin querer, el muslo derecho con el brazo—. Si te mojas una escayola tendrás que pasar otra vez por el hospital. Eres peor que un niño. Déjame que te seque en seguida.

Tomó una toalla de baño de una de las estanterías y comenzó a secarle por el pecho y el hombro, hasta el borde del plástico que había pegado a la escayola con cinta adhesiva. Secó el plástico, deseando que no hubiese entrado dentro nada de agua.

—No soy ningún niño —dijo él, muy ofendido, quitándole la toalla.

De eso no cabía la menor duda, se dijo ella, mirando aquel cuerpo desnudo de más de un metro noventa que parecía una torre de acero.

A pesar de que habían dormido juntos una noche, la visión le dejó sin aliento. No sólo por la formidable musculatura de su pecho y de su abdomen plano y duro, sino por la red de pequeñas cicatrices que parecían formar una telaraña sobre sus hombros y su espalda.

Ella no las había visto antes. La noche que habían pasado juntos la tenía grabada en su mente, sin poder olvidarla. Pero recordaba muy bien que ella no había encendido la luz en ningún momento y que él extrañamente tampoco se lo había pedido. Ahora entendía por qué.

Trató de concentrase en lo que era su deber. Le quitó en un momento de descuido la toalla y se la puso alrededor de la cintura.

—Mantenla ahí, si quieres preservar tu dignidad.

—¿Mi dignidad? ¿Qué dignidad? —exclamó él, casi escupiendo las palabras.

Ella fue a por otra toalla a la estantería del baño y le envolvió con ella la pierna escayolada que se había protegido con unas bolsas de basura sujetas con cinta adhesiva.

—Si tenías tantas ganas de darte una ducha, podrías haberme pedido ayuda.

—No quiero ayuda de nadie.

—¿De nadie? ¿O sólo de mí? —preguntó ella agachándose para secarle el pie—. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?

Tenía que llevar bastante, a juzgar por la cantidad de vapor que había en el cuarto, que se iba disipando poco a poco, pero que le había dejado ya la camiseta empapada y pegada al pecho.

Katniss se incorporó y le miró a los ojos para no caer en la tentación de mirarle otras partes del cuerpo. Los ojos azules de Peeta parecían despedir chispas.

—Ya que te las has arreglado para entrar solo en la ducha, supongo que sabrás salir igual.

Ella miró la ropa que había tirada en el suelo, la recogió y la llevó al cesto que había puesto en el dormitorio de Peeta para dejar la ropa sucia. Era el dormitorio que ella pensaba arreglar cuando tuviera el bebé. Abrió un cajón del armario y sacó unos pantalones y una camisa limpios.

Los dejó sobre la cama y se sentó a esperar.

Estuvo esperando diez minutos, durante los cuales tuvo que contener el impulso de ir a ayudarle. Escuchó con atención cualquier posible sonido que pudiese indicar algún problema, pero lo único que oyó fue un par de maldiciones.

Luego oyó cerrarse la puerta del cuarto baño, que ella había dejado abierta, y de nuevo el sonido del agua. Pero no el de la ducha.

Siguió esperando.

Apareció finalmente en la puerta, apoyado en las muletas y con la toalla anudada a la cintura. La miró primero a ella y luego a la ropa que había sobre la cama.

—Sé que no hay nada que odies más que verte obligado a que te ayude —dijo ella sin rodeos—. Pero por ahora, no te queda otra solución. A menos que encuentres a otra persona que pueda cuidarte y que no te resulte tan intolerable como yo.

—Nunca he dicho que me resultes intolerable. ¿Quieres acaso que me vaya? Sé que el dinero que te pago no cubre las molestias que te estoy causando.

—¡No! No te estoy diciendo eso. Peeta, aún queda un mes antes para que te quiten la escayola del brazo, y algunas semanas más para la de la pierna. Si queremos que todo vaya bien, no podemos estar peleándonos a todas horas, si no, esto puede convertirse en un infierno. Sé que, en parte, es culpa mía. A nadie le gusta que los demás se metan en su vida. Lo siento. A partir de ahora, tienes mi palabra de que respetaré tu intimidad. Tenemos que trabajar juntos y eso es más responsabilidad mía que tuya.

—Basta. No sigas. No tienes por qué disculparte con un tipo como yo. Sé que necesito tu ayuda, pero no la quiero. Ni la tuya ni la de nadie. Tú eres para mí una espada de doble filo. Y no pretendas fingir que no sabes por qué lo digo.

—Porque… dormimos juntos.

—No dormimos —dijo él mirando la cama donde ella estaba sentada—. Esa noche, estuvimos uno dentro de la piel del otro. Ya te dije que nunca podría olvidarla. El problema que tengo es que cada día que pasa sigo deseando… que aquella noche se vuelva a repetir — Katniss sintió que le fallaban las piernas—. Pero tú ya tienes tus planes de futuro hechos. Tu bebe y todo eso. Y yo tengo que volver a mi trabajo. Así que parece que vamos a seguir caminos diferentes.

—Sí, creo que tienes razón —dijo ella, con el corazón en un puño, sin saber qué decir.

—Entonces atengámonos a la realidad. Trataré de molestarte lo menos posible.

—Tú no has sido nunca ninguna molestia para mi — replicó ella—. Quizá sólo tengamos que recordar el acuerdo al que llegamos —él asintió con la cabeza—. Bueno, ahora que parece todo resuelto, sólo me queda hacerte una pregunta.

—¿Cuál? —dijo él, alzando las cejas, con mucha expectación.

—¿Has gastado toda la cinta adhesiva y las bolsas de basura que tenía en el garaje?

Peeta pareció sorprendido por la pregunta. Luego sonrió levemente..

—Queda aún algo de cinta en el rollo, pero tendrás que comprar más bolsas.

—Bien —dijo ella, y luego añadió tomando los calzoncillos bóxer con las dos manos—: ¿Listo?

Peeta hizo un gesto de disgusto, pero se sentó en la cama junto a ella y estiró las piernas.


Espero que les gustara el capitulo :) gracias por los Follows/Favs

Gracias ''X'' por tu review

Saludos Maya