Capítulo 8

— Y bien? —dijo Johanna sentándose al lado de Katniss —. ¿Cómo te van las cosas con el señor Mellark?

—Ni mejor ni peor que el primer día que llegó a mi casa —respondió ella con una sonrisa.

Era una sonrisa de circunstancias, no porque realmente estuviera alegre. Desde aquella mañana, hacía ya cuatro semanas, cuando Peeta le había dicho que él no era ningún héroe, habían tratado de ser muy respetuosos el uno con el otro, guardando las distancias y procurando recordar el pacto al que habían llegado.

Y, en cierto sentido, su relación parecía funcionar razonablemente bien. Habían caído en una rutina bastante cómoda para ambos. Cuando ella volvía por la mañana del hospital, de su turno de noche, desayunaban juntos y luego ella le ayudaba a ducharse. Seguían usando el método de las bolsas de basura y la cinta adhesiva que tan buenos resultados había dado. Luego, después de ayudarle a vestirse, ella se iba a la cama a descansar mientras él se quedaba leyendo o jugando con Platón.

El perro había acabado haciendo muy buenas migas con Peeta. Probablemente, porque él tenía la paciencia de quedarse sentado horas y horas en el banco del jardín, tirándole la pelota de tenis para que el animal fuera corriendo a por ella y se la llevara en la boca una y otra vez.

Luego, ella se levantaba y se duchaba, comían juntos y volvía de nuevo a su trabajo.

Todo era así de simple entre ellos.

Katniss seguía, por otra parte, con su plan de tener un bebé.

Se había decidido finalmente por un donante. El número 37892.

Peeta era el único que conocía sus planes hasta el momento, aunque hacía ya varias semanas que no habían vuelto a hablar de ello.

—Vamos —le dijo Johanna, sacándola de sus pensamientos y tratando de sonsacarla—. ¿No me digas que no ha habido nada entre vosotros? Él está soltero y tú también. Estáis viviendo juntos y todo el mundo sabe que os besasteis aquella mañana en la puerta de la sala de radiología.

Eran casi las cinco de la mañana y Katniss estaba a punto de terminar su turno.

—Eso fue hace ya un mes —le recordó ella con una sonrisa forzada.

—Entonces ¿se puede saber qué demonios hacéis tantas horas juntos?

—No pasamos tantas horas juntos —dijo ella encogiéndose de hombros—. Él lee mucho y sé que Marvel va a verle con bastante frecuencia cuando está solo —miró al reloj, pero las manecillas parecían cansadas y se movían muy lentamente—. Le llevaré, dentro de unos días, a la consulta del doctor Homes para que vea si puede quitarle la escayola del brazo.

Eso, suponiendo que Peeta pudiera esperar todo ese tiempo y no se le ocurriese quitársela por sus propios medios. Estaba convencida de que, si él tuviera más destreza con la mano izquierda, ya lo habría intentado.

Ella ya había retirado del garaje cualquier objeto que él pudiera utilizar a tal fin y le había hecho prometer a Marvel que no le proporcionase a Peeta ninguna herramienta aunque se lo pidiese.

—Entonces empezará lo bueno —dijo Johanna con una sonrisa de oreja a oreja—. Sin la escayola, podrá hacer más cosas que ahora.

Katniss se quedó absorta mirando el calendario que tenía en la mesa. Cuando Peeta fuera capaz de valerse por sí mismo, tal vez decidiera marcharse aunque no le hubiesen quitado aún la escayola de la pierna. Tendría alguna dificultad para moverse, pero al menos tendría los dos brazos útiles.

—¿Algún problema con el calendario? —le preguntó Johanna.

—¿Qué…? Ah, no. ¿Por qué?

—Parecías preocupada mirándolo.

—¿Yo? —Katniss se levantó de la silla y se fue a mirar por la ventana—. ¿Crees que nevará en los próximos días?

—Espero que no lo haga antes de Halloween — respondió Johanna—. Annie va a disfrazarse de amazona y se disgustaría mucho si tuviera que ir con el abrigo puesto.

Katniss se echó a reír. Annie, la hija de Johanna, de seis años, estaba muy ilusionada con la fiesta de Halloween.

—En todo caso, queda también el festival del año, que es el día anterior.

El evento, que se celebraba todos los años en el gimnasio del instituto, reunía a toda la comunidad. Había disfraces, juegos, cena y baile.

—¿Vas a ir?

Katniss tenía que estar de guardia la noche de Halloween, pero no la de la fiesta.

—No lo he pensado aún —mintió ella.

La verdad era que sí que había estado pensando en esa fiesta. Y mucho. No se había atrevido a decirle a Peeta aún si quería ir con ella. Y ahora, que quedaba ya menos de una semana, no sabía qué hacer. Aunque ella iría de todos modos. Se lo había prometido a su sobrina Rue.

—Hola —dijo Castor, entrando en la sala y mirándola con curiosidad mientras se quitaba la chaqueta—. ¿Qué haces ahí mirando por la ventana?

—Está suspirando por Peeta —dijo Johanna.

—No es verdad —replicó Katniss, dándose la vuelta.

Su compañero de trabajo sonrió con malicia.

—¿Estás segura? Parece que te has puesto a la defensiva.

—Creo que estáis muy desocupados los dos. Si tuvierais algo que hacer, no os preocuparíais tanto de los demás — dijo Katniss, y luego añadió dirigiéndose a Johanna, pero señalando a Castor con el dedo—: Tal vez harías mejor preguntándole cómo le fue su cita con Twill.

Johanna alzó las cejas sorprendida, a la vez que feliz, de tener un nuevo tema de cotilleo.

—Vaya, vaya. ¿Cuándo ocurrió eso? ¿Y por qué no estaba yo enterada? ¿Adónde fuisteis? ¿Qué estuvisteis haciendo? ¿Habéis quedado para salir otra vez?

Satisfecha de haber conseguido desviar la atención de su compañera hacia el pobre Castor, Katniss volvió a la mesa y firmó en el estadillo de control de presencia. Luego se puso la chaqueta, tomó el bolso y salió rápidamente antes de que Johanna la acosase con más preguntas.

Aún no había amanecido. Hacía un viento frío y cortante. Montó en el coche y se dirigió a casa. La luz de la puerta de entrada estaba encendida. Peeta siempre la dejaba así hasta que ella volvía por la mañana.

Ahora que el clima era más frío, Katniss aparcaba el coche en el garaje que había en la parte de atrás de la casa, junto al jardín, en vez de dejarlo directamente en la entrada.

Entró así por la puerta que daba a la cocina.

Platón estaba ya esperándola para darle la bienvenida.

Dejó el bolso y la chaqueta sobre la mesa y se agachó para rascarle la cabeza al perro. Sabía que una vez que le hubiera hecho algunas caricias, se volvería derecho a la habitación de Peeta. Platón había dormido siempre en la cama de esa habitación antes de que Peeta llegara y tenía querencia por aquel lugar. Además de eso, hacía ya tiempo que parecía estar más a gusto con Peeta que con ella.

—Buen chico —le susurró al perro antes de que se fuese.

Se incorporó y vio entonces un rollo de cinta adhesiva sobre la mesa de la cocina.

No pudo evitar una sonrisa. Era la señal que Peeta había establecido para decirle que quería darse una ducha. Habían perfeccionado el método. Ella se sentaba en una silla, por fuera de la cortina de la ducha, y le echaba en la mano el champú que necesitaba, tratando de no parecer que le estaba ayudando demasiado para no ofenderle.

Cuando acabó de ducharse y de secarse, Katniss se fue a la cocina, desenvolvió un sándwich que había en la mesa y se dirigió con él al cuarto de estar. Se sentó frente al ordenador y seleccionó la página web del banco de semen, mientras daba un bocado al sándwich de mermelada de fresa con mantequilla.

Peeta llevaba ya varios días encargándose de preparar los sándwiches. Lo hacía para demostrarle que era capaz de subsistir sin ella.

Cuando se abrió la página, introdujo una vez más, como de costumbre, el número del donante anónimo que había elegido.

—Hola, 37892 —susurró ella—. ¿Cómo estás esta mañana? Vamos a hacer un bebé muy pronto.

Apoyó la barbilla en la mano y se quedó mirando extasiada la pantalla.

Sintió una emoción indescriptible pensando que allí estaba el germen de su plan con el que iba a tener el bebé que tanto deseaba. Pero, por primera vez, creyó sentir una preocupación que nunca había sentido hasta entonces.

Su fantasía estaba a punto de hacerse realidad, pero con la realidad llegarían también los problemas reales.

Sí, tendría problemas, pero saldría adelante. Lo único importante era que iba a conseguir su sueño de ser madre. El método que utilizase para conseguirlo carecía de importancia. Nada había cambiado desde que había concebido su plan. Nada, salvo Peeta.

Platón entró en el cuarto y apoyó la cabeza en sus rodillas con un ladrido lastimero.

—¿Qué ocurre? —dijo ella, frotándole la cabeza.

El perro se dio la vuelta y se dirigió al pasillo, girando la cabeza hacia atrás, de vez en cuando, para ver si ella le seguía. Al llegar a la habitación de Peeta, se puso a ladrar de nuevo de forma lastimera. Ella comenzó a sentirse preocupada. El cuarto estaba a oscuras.

Encendió la luz del pasillo, pero no fue capaz de ver con esa luz si él estaba en la cama.

—¿Peeta? —exclamó ella en voz baja para no despertarle si estaba dormido—. ¿Estás bien?

Él no contestó. Ella miró a Platón que estaba a su lado y el perro emitió un pequeño gemido.

—Shhhh —susurró ella, agarrando al animal por el collar para llevarle a su dormitorio—. Esta noche puedes quedarte a dormir un rato conmigo.

—Espera —dijo una voz casi inaudible.

Katniss sintió un vuelco en el corazón. Entró corriendo en la habitación de Peeta. Cuando llegó a la cama, pudo ver que tenía los ojos abiertos y los puños cerrados.

—¿Peeta? ¿Te ocurre algo?

—La espalda. Un espasmo.

Ella le tocó el hombro con cuidado. Estaba tan tenso y Ella le tocó el hombro con cuidado. Estaba tan tenso y rígido como un muro de hormigón.

—¿Cuánto tiempo llevas así?

—Desde siempre —contestó él con un rictus de amargura—. ¡Maldita sea! Un par de horas.

—¿Puedes darte la vuelta? Puedo intentar darte un masaje suave, a ver si eso te ayuda.

—Creo que no puedo moverme.

—Yo puedo hacerlo por ti, si me dejas.

—Tal como estoy, puedes darme si quieres con un martillo en la cabeza.

Ella se quitó los zuecos y puso una rodilla encima de la cama, apartando las almohadas con mucho cuidado.

—Voy a subirte los brazos por encima de la cabeza. Lo haré muy despacio, ¿vale? —ella le pasó luego un brazo por debajo de la pierna escayolada y el otro por detrás de los hombros y trató de darle la vuelta, pero vio que no tenía espacio para hacerlo porque Peeta estaba muy cerca del borde de la cama y el otro lado estaba pegado a la pared—. ¿Sigues bien?

—Al menos, no estoy peor —respondió él, con la voz apagada—. Esto es lo que me pasa por haber tirado esas malditas pastillas.

—Esas pastillas no te habrían servido de nada para un espasmo muscular.

—Bueno —dijo él dejando escapar un suspiro profundo

—. Allá vamos —se dio un pequeño impulso y se dio la vuelta en la cama él solo, hasta quedar tumbado boca abajo.

Ella se subió entonces a la cama y se puso a horcajadas sobre él y comenzó a masajearle suavemente por encima de la cintura del pantalón del chándal gris oscuro que llevaba.

—¿Por dónde te duele?

—Por todas partes. O me haces una práctica de vudú o me pegas un tiro en la cabeza.

—Oh, Peeta —dijo ella pasándole las yemas de los dedos por la parte baja de la espalda—. ¿Te importaría que te cortara la camiseta? No quiero hacerte daño tratando de quitártela.

—No, no estoy dispuesto a echar a perder, así como así, una camiseta nueva.

Ella no supo con certeza si lo decía por cuestión de austeridad o si trataba de ocultar algo.

Siguió pasando los dedos suavemente por la espalda, tratando de encontrar los músculos contraídos a través de la camiseta. Sintió que sus manos se deslizaban por una masa de músculos tan duros como una roca.

—Sería todo más fácil sin la camiseta y con un poco de aceite. Tus cicatrices me traen sin cuidado, si es eso lo que te preocupa. Recuerda que soy enfermera.

—También lo era mi ex esposa. Y a ella sí le molestaban. Y mucho.

Katniss se quedó inmóvil durante unos segundos.

Salvo en una ocasión, él nunca había mencionado que estuviera casado ni había dado ningún detalle de su ex esposa. Ella tampoco se había atrevido a preguntarle nada, para no romper su pacto de respetar la intimidad.

Pero le hubiera gustado preguntarle cómo se conocieron, cuánto tiempo estuvieron juntos, si seguía aún enamorado de ella…

¿Era esa la razón por la que trataba de reprimir sus sentimientos?

—Yo no soy tu ex esposa —dijo ella, aplicando un poco más de presión con las manos en las zonas donde iba notando que los músculos se iban relajando de su agarrotamiento previo.

—Ya me estoy dando cuenta.

Ella cerró los ojos un instante, no muy segura de saber interpretar el sentido de sus palabras

—¿Te pasa esto a menudo?

—Siempre que estoy mucho tiempo sin hacer nada o sin hacer suficiente ejercicio.

—¿Qué tipo de ejercicio?

—Cazar a los malos.

Katniss tragó saliva. ¿Cazar a los malos o que los malos le cazasen a él?

—Te he concertado una cita con el médico para pasado mañana, para ver si te puede quitar la escayola del brazo —dijo ella, prefiriendo cambiar de conversación.

—Está bien —respondió él escuetamente.

Ella presionó un poco más los músculos de la espalda, ahora con las palmas de las manos.

—Si te sientes aburrido y quieres salir un poco, Weaver celebra este sábado su festival de otoño. No es tan importante como el carnaval de Halloween, pero habrá comida, música…

—Marv ya me habló de ello.

Parecía lógico que Marvel se lo hubiera dicho. Su esposa era propietaria de uno de los negocios que patrocinaban la fiesta.

—¿Vas a volver a dar besos en una mesa benéfica?

Katniss se alegró de que él estuviera boca abajo y no pudiera verle el rubor de la cara.

—Eso fue sólo esa vez. Y para recaudar fondos para la escuela.

—Recuerdo lo larga que era la cola de tu mesa. Debiste de conseguir mucho dinero.

Sí, y también había conseguido que su familia le gastara un montón de bromas a costa de eso.

—Todo era para la escuela.

—Pero lo de este fin de semana no es para recaudar fondos, ¿verdad?

—No. Es sólo una celebración de la comunidad. La gente que quiere se disfraza. Es una fiesta que se viene celebrando desde que tengo uso de razón.

—¿Y tú? ¿De qué vas a ir disfrazada?

—Aún no lo he pensado.

—Creo que deberías ir disfrazada de ángel —susurró él —. Empiezo a sentirme mucho mejor.

—Eso no me convierte en un ángel.

—Pero el aguantarme a mí, sí.

—A pesar de lo que crees y de las cosas que dices, no eres tan malo, después de todo —dijo ella pasándose la lengua por los labios.

Él no le había dicho si quería o no quería ir a la fiesta, pero ella interpretó eso como un no.

—¿Por qué me invitaste a tu apartamento aquella noche? —preguntó Peeta.

No habría podido sorprenderla más si lo hubiera hecho a propósito.

—¿Por qué fuiste tú? —dijo ella a su vez, mirándole a la nuca.

—Yo soy un hombre —contestó él secamente.

—Y yo una mujer. ¿O es que crees que los hombres son especiales en lo tocante al sexo?

—En términos generales, sí —dijo él girando la cabeza para mirarla—. Sé que en aquella ocasión no tenías intención de quedarte embarazada . Usamos preservativos.

—En lo último que pensaba en ese momento era en tener un bebé.

—Tu hermano estaba desaparecido por entonces, ¿no?

—Mmm… —murmuró ella, concentrándose en el masaje que le estaba dando en la espalda.

—Y luego, cuando él volvió, decidiste tener un bebé de repente.

—No exactamente. Pero tengo que admitir que me ayudó a reafirmar mi creencia de que una persona no debe estar esperando, de forma pasiva, conseguir las cosas que desea.

Con los continuos masajes de ella, la camiseta de Peeta estaba cada vez más arrugada. Ella sintió un deseo irrefrenable de arrancársela. Y no sólo para poder darle mejor el masaje, sino porque se moría de ganas de tocar su piel desnuda.

Como si le hubiera leído el pensamiento, él se giró de repente en la cama y se puso boca arriba. Aparte del trabajo que ella había hecho para controlar su espasmo muscular, él parecía estar ahora mucho más ágil de lo que ella pensaba.

Eso significaba que iba a necesitarla cada vez menos.

—Parece que te sientes ya un poco mejor —ella retiró las manos de su espalda y cambió de postura para bajarse de la cama, pero él la retuvo agarrándola por la muñeca—. ¿Qué te ocurre?

Casi tan de prisa como la había agarrado, volvió a soltarla.

—Nada —respondió él con la voz apagada—. Simplemente… gracias.

Ella se mordió el labio inferior, se bajó de la cama y se puso los zuecos.

—De nada. Para eso estoy aquí.

Peeta clavó en ella sus ojos grises pálidos.

—Tienes pensado poner el cuarto del niño en este dormitorio, cuando yo me vaya, ¿verdad?

—Sí, deseo poner el cuarto del niño en esta habitación, pero no estoy deseando que tú te vayas.

Y antes de que pudiera seguir diciendo alguna palabra inconveniente, se apresuró a salir de la habitación. Se encerró en su cuarto y apoyó la espalda contra la puerta, lamentándose de lo estúpida que había sido. Y entonces vio la caja en la cama.

Era una caja pequeña, envuelta, de forma no muy profesional, con papel de estraza del mismo tipo que el que usaba la tienda de comestibles donde ella compraba.

Se acercó a la caja y la miró. No tenía ninguna etiqueta.

La movió ligeramente para tratar de tener alguna pista de lo que podría contener, pero fue incapaz de adivinarlo.

Quitó finalmente la cinta y desenvolvió el papel. Apareció una caja blanca ante sus ojos. Levantó entonces la tapa y sintió de repente que empezaban a temblarle las piernas y las manos. Dejó la pequeña caja en la cama y se quedó mirando emocionada el sonajero de plata que había dentro, alojado perfectamente en un soporte acolchado de terciopelo. Lo tomó en la mano. Tenía una inscripción grabada: El angelito de mamá.

Le temblaron las manos y el sonajero se puso a sonar levemente.

Con el sonajero en la mano, salió de la habitación, sin pensárselo dos veces, y se fue a la de Peeta. Se sentó en la cama junto a él.

—No sé si esto está bien o no —dijo ella, inclinándose hacia él y besándole en la boca.

Katniss sintió como si una constelación de estrellas hubiera explotado dentro de su corazón. Levantó un poco la cabeza para recuperar el aliento, pero en seguida Peeta hundió la mano en su pelo atrayéndola hacia sí.

El sonajero volvió a sonar entre sus dedos temblorosos cuando él la besó apasionadamente.

—No consigo entenderte, Peeta. Tratas de mantenerme a distancia y luego haces esto… —le susurró al oído, moviendo el sonajero—. Tú, que nunca has estado de acuerdo con mi plan.

—Bueno, pusiste ese sonajero en la lista de los deseos.

Ella se echó a reír, aunque con una sonrisa nerviosa.

—Y, claro está, has estado husmeando en las páginas de Internet que yo estaba viendo. Debería estar enfadada contigo. Nunca habría sospechado que me estuvieses espiando, si no hubieras dejado esa caja en mi cama. ¿Cómo se supone que debo tomarme esto?

—Es sólo un regalo. Y no puedes acusarme de espía cuando tienes la costumbre de no cerrar nunca las ventanas del navegador.

Él seguía con la mano enredada entre su pelo y ella apoyó la frente en su barbilla, suspirando.

—No sé por qué lo has hecho.

—No esperaba nada a cambio.

—¿Nada? —exclamó ella, levantando la cabeza y mirándole fijamente—. ¿Ni siquiera que me volviese a entregar a ti?

—Tú nunca te has entregado a mí.

—¿No? ¿Y cómo llamarías entonces a lo de aquella noche?

Peeta le acarició el cuello con las yemas de los dedos y ella tuvo que hacer un esfuerzo para no soltar un gemido de placer.

—Una noche milagrosa —murmuró él recreándose en las palabras.

—Ten cuidado —le advirtió ella, emocionada—. Eso ha sonado descaradamente romántico.

—Puede ser. Pero la culpa la tuvo una joven enfermera muy atractiva que fue capaz de soportar la cara de un hombre que asustaba a los niños.

—No creo que tu cara pueda asustar a nadie —dijo ella pasándole el dedo dulcemente a lo largo de la cicatriz—. Eres tú el que pones a veces una expresión sombría y negra cuando te lo propones —añadió ella pasándole la mano suavemente por la cara—. Sin embargo, me regalaste una sonrisa maravillosa cuando me diste aquel día el billete de veinte dólares por el beso.

Él no parecía ahora muy sonriente, sino más bien… arrepentido.

—Deberías acostarte —dijo él agarrándole la mano que le había puesto en la cara.

—Supongo que no debo tomarme eso como una invitación, ¿verdad? —exclamó ella de forma irónica, bajándose de la cama y levantando la mano donde tenía el sonajero—. Es un regalo muy bonito, Peeta. Pero tal vez excesivo.

Ella no lo había comprado porque era demasiado caro.

—Es un regalo. No tienes que preocuparte por el precio. Puedo permitírmelo, ¿sabes? El hecho de que no trabaje en este momento no significa que no tenga donde caerme muerto.

—No quería decir eso. Lo último que quisiera sería ofenderte —dijo ella, moviendo el sonajero entre los dedos

—. Gracias, Peeta, por el regalo. Ha sido un detalle que nunca olvidaré.

Y antes de que pudiera decir algo que a él no le gustase, se fue corriendo a su dormitorio, cerró la puerta, suspiró profundamente y abrazó el sonajero contra su pecho.


Perdon nuevamente por la demora en subir los capitulos :( prometo actualizar pronto :)

Gracias por los Reviews

Saludos, Maya