Capítulo 9

Parece que Peeta lo está pasando bien —le dijo Clove a Katniss.

Clove, la mujer de su primo Marvel, se había sentado junto a ella en una de las mesas redondas que la familia Everdeen había reservado aquella noche del festival de otoño.

Katniss miró a Peeta, que, apoyado en sus muletas, charlaba animadamente con su hermano y sus primos.

Le habían quitado la escayola del brazo hacía unos días y tenía una cerveza en la mano y una sonrisa en la cara.

—Sí. Está feliz de verse libre de la escayola y parece estar disfrutando —dijo ella sonriendo.

Hasta esa mañana, ella había creído que Peeta no iría con ella a la fiesta. Sin embargo, al volver del hospital, le había encontrado esperándola muy dispuesto y le había preguntado nada más entrar a qué hora iba a ser «la cosa».

Ella se había quedado muy sorprendida y le había contestado casi tartamudeando. Luego se había ido a la habitación a dormir un poco, pero se había quedado despierta mirando al techo.

—Bueno, ahora que parece que tiene ya ganas de salir, podrías llevarle a la cena del domingo.

—Ya veremos —contestó Katniss, ahogando un suspiro y encogiéndose de hombros.

La familia Everdeen daba todos los domingos una cena en su casa para la familia y los invitados. Desde que Peeta había llegado, Katniss sólo había ido una vez con él. Pero había tenido la sensación de que Peeta se había sentido un poco desconectado en aquel ambiente.

—¿Crees que se puede llegar a entender alguna vez a un hombre? —dijo Katniss a Clove, y luego añadió, pensando que quizá sus palabras habían sido sólo una reflexión en voz alta—: Es sólo una pregunta retórica.

—No es fácil —replicó Clove, mirando a los hombres—. Como supongo tampoco lo será para un hombre conseguir entender a una mujer. Creo que deberías hablar más entre vosotros para aclarar lo que sentís.

—Con algunos hombres, eso no resulta nada fácil.

—Y con algunas mujeres tampoco. ¿Me permites que te diga una cosa? Cuando pierdas el miedo a que un hombre diga una cosa, Cuando pierdas el miedo a que un hombre pueda hacerte daño y empieces a confiar en él, quizá a partir de ese momento puedan empezar a suceder cosas maravillosas en tu vida —dijo Clove con una sonrisa—. Incluso llegues a entender lo que es importante para ese hombre y a comprender mejor lo que de verdad es importante para ti.

—Yo sé muy bien lo que es importante para mí —dijo Katniss, muy segura de sí—: la familia.

—Eres una auténtica Everdeen —replicó Clove—. Todos pensáis igual.

—Tú también eres ahora una más de la familia.

Clove volvió a mirar a los hombres. Se dibujó en su cara una expresión de satisfacción.

—Todavía tengo que pellizcarme a veces para darme cuenta de que no estoy soñando. Perdí a mis padres y sólo tengo a mi hermano. Me siento muy a gusto en tu familia. Es muy grande y está muy unida. No sé si sabes apreciar la suerte que tienes teniéndola a tu lado.

—Lo que sí sé es que no puedo imaginarme la vida lejos de mi familia —dijo Katniss a su prima, sin dejar de mirar a Peeta—. Ésa es una de las razones por las que nunca he querido irme de Weaver. Tengo esa suerte, sí —dijo ella, y luego añadió con una sonrisa—: Me gusta mi familia, incluso en esos momentos en que uno desearía tener un poco más de intimidad.

Clove sonrió con los ojos chispeantes. Llevaba un disfraz muy espectacular: una túnica majestuosa de terciopelo azul, que le llegaba hasta el suelo, y una larga espada colgada a la cintura. Parecía un personaje de C.S. Lewis sacado de Las crónicas de Narnia.

—Tengo que reconocer que yo he pensado también lo mismo en alguna ocasión. En particular, cuando los muchachos se presentan de improviso para jugar al billar con Marvel —dijo Clove, empujando hacia atrás la silla donde estaba sentada y poniéndose de pie—. Pero vamos a bailar. No te he visto hacerlo en toda la noche, siendo como eres la reina del baile. Ve y saca a la pista a ese hombre que no has dejado de mirar en toda la noche.

—Estoy segura de que Peeta no querrá bailar con la pierna escayolada.

Tampoco querría, aunque no la tuviera, pensó ella. Si no, ya se lo hubiera pedido.

—Entonces baila con otro —dijo ella muy desenfadada—. Ha venido más de una docena de hombres a pedírtelo.

Era cierto. Pero Katniss había declinado todas las invitaciones porque sólo quería estar en los brazos del misterioso hombre al que había alquilado una habitación de su casa.

—Buena idea —dijo ella, levantándose también de la mesa y recogiéndose un poco el vestido de payaso de color rojo naranja con el que se había disfrazado. Miró a su alrededor. Vio en seguida al hombre propicio y se fue hacia él, andando como un pato con sus enormes zapatos rojos de payaso por entre la multitud.

Castor estaba apoyado en la puerta de entrada.

—Ven a bailar conmigo —le dijo ella, agarrándole de la mano.

—No sé bailar —dijo Castor mirándola horrorizado.

—Me debes un favor —le recordó ella—. Podrás salir huyendo luego.

—No tenía intención de salir huyendo —dijo él, refunfuñando.

—Por favor —le dijo Katniss, tirando de él en dirección a la pista de baile—. Estabas en la puerta a punto de marcharte. Pero tú eliges, puedes bailar conmigo o quedarte ahí alelado como un pasmarote.

Con cara de pánico, Castor agarró con su mano izquierda la mano de Katniss, le pasó luego el brazo derecho por la cintura y comenzaron a moverse al ritmo música, mezclándose con las demás parejas.

Castor iba vestido de forma muy convencional. Su única concesión al baile de disfraces era la pintoresca pajarita de colores chillones que llevaba con una camisa de franela y unos pantalones vaqueros.

—No te preocupes —le dijo Katniss en voz baja—. Twill no te pierde ojo.

—¿Qué dices?

—¿Por qué no la has sacado a bailar?

—Porque no sé —repitió él.

Con mucha naturalidad, Katniss se fue acercando con Castor hacia donde Twill, pero sin dejar de mirar de reojo a Peeta.

—Pues a mí me parece que bailas muy bien —dijo ella para animarle.

—No consigo entender qué es lo que queréis las mujeres.

—Queremos que los hombres que nos gustan se interesen por nosotras.

—¿Cómo es posible que Twill no sepa que estoy interesada por ella? ¡Salimos juntos el otro día!

—¿Le dijiste que querías volver a salir otra vez con ella?

—Ha estado muy ocupada estos días, con tanto trabajo como tiene.

—No importa —dijo Katniss—. Esté ocupada o no, ella quiere saber que tú la deseas. Por el amor de Dios, Castor, no está tan ocupada cuando ha podido venir esta noche a la fiesta. Y puedo asegurarte que no te ha quitado los ojos de encima. Inténtalo por lo menos.

Katniss debía de tener razón porque Twill, celosa de verla bailando con Castor, la miraba ahora con cara de tigresa dispuesta a saltar sobre su presa.

Era una situación curiosa. Katniss estaba aconsejando a Castor que hiciera con Twill justo lo que ella no se atrevía a hacer con Peeta.

La diferencia era que ella conocía a Castor y a Twill desde hacía años y sabía que estaban hechos el uno para el otro. Sin embargo, desconocía lo que Peeta podía sentir por ella. Y además, ¿qué sentido podía tener comprometerse en una relación que tenía los días contados?

Ella tenía sus planes. Y él también. Y no tenían ningún punto en común. Lo único que parecía haber entre ellos era una cierta química. Sexo, hablando llanamente.

Cuando la música se fue apagando, se separó de Castor.

—Vamos, ánimo —insistió ella—. No pierdes nada por intentarlo. En todo caso, será mejor recibir una negativa que quedarte con la duda toda la vida.

Se quedó mirándole unos segundos para cerciorarse de que se dirigía hacia el lado del gimnasio donde Twill estaba sentada. Luego respiró profundamente y se dio la vuelta.

Su mirada se cruzó, en la distancia, con la de Peeta.

Venciendo su angustia, se dirigió hacia allí, caminando por la pista con sus extravagantes zapatos de payaso. Al llegar, dirigió una sonrisa colectiva al grupo de los tres hombres que estaban de pie charlando:

Peeta, su hermano Beetee y su primo Chaff.

—¿Os divertís?

—Sí, sobre todo viéndote caminar con esos zapatos —dijo Chaff arqueando una ceja—. No creo, querida prima, que conquistes a ningún hombre esta noche con esa pinta.

—Tampoco tú creo que consigas seducir a ninguna mujer, a menos que te muerdas un poco esa lengua que tienes —replicó ella, con una mirada llena de cordialidad.

Beetee se echó a reír y le puso a su hermana los brazos en los hombros con un gesto cariñoso.

—Tu primo Chaff te tiene envidia porque sabe que, aun con el traje que llevas esta noche, te bastaría chascar los dedos para que vinieran corriendo todos los hombres de la ciudad a ponerse a tus pies. Sin embargo, ninguna chica guapa se ha fijado en él en toda la noche.

—Las mujeres sólo traen problemas —replicó Chaff, con un gesto lastimero, aunque se veía, por su mirada, que se estaba partiendo por dentro de risa—. En seguida se toman confianzas, les das la mano y te agarran el brazo.

—¡Vaya quién fue a hablar! —exclamó ella, moviendo la cabeza.

Su primo Chaff era un hombre muy atractivo. Tenía veintiocho años pero no tenía intención de sentar la cabeza por el momento. Lo que no significaba que no le gustase estar con mujeres, siempre que fuese sólo por una noche o dos.

Katniss miró a Peeta y, tragándose su orgullo, le señaló la pista de baile.

—¿Quieres probar? Yo puedo ser tus muletas.

—Y yo sería entonces el que haría de payaso — respondió él, con el ceño ligeramente fruncido.

Aunque se esperaba una respuesta parecida, no pudo evitar sentirse decepcionada.

—Bueno, al menos lo intenté —dijo ella resignada—. ¿Y tú , Beetee, qué me dices?

—Teniendo en cuenta que mi esposa me ha abandonado para atender un parto y que mi hija prefiere estar jugando por ahí con los chicos, creo que no tengo otra cosa mejor que hacer.

—Si te quiero tanto, hermanito, es por lo amable y galante que eres conmigo —dijo ella sonriendo irónicamente mientras se dirigían los dos a la pista de baile.

—¿Cómo te va con Mellark? —preguntó él, mientras bailaban al compás de un dos por cuatro.

—Bien.

—Ya —dijo Beetee con una sonrisa burlona—. Bueno, ahora de verdad, ¿cómo te va con Mellark?

—Bien —volvió a decir ella.

—¿Y qué me dices de ese beso de cine que os disteis en el hospital?

—No fue para tanto. En primer lugar, eso pasó hace ya varias semanas. Y en segundo lugar, ya sabes lo exagerada que es la gente de esta ciudad, hacen una montaña de un grano de arena.

—Katniss, soy tu hermano y sé perfectamente cuándo estás mintiendo.

—Está bien. Reconozco que Peeta no es el paciente perfecto, pero lleva camino de serlo.

—¿Pretendes decirme que vives con un hombre bajo tu mismo techo y que la única relación que mantienes con él es la de una enfermera con su paciente?

—Yo no podría haberla definido mejor.

—¿Me puedes decir entonces por qué le pidió ayer a Marvel que le llevara a una farmacia a comprar una caja de preservativos? —le preguntó él en voz baja.

Katniss dio un traspié al escuchar esas palabras.

—No tengo ni idea. Creo que eso deberías preguntárselo a él.

—Tal vez lo haga —replicó Beetee, no muy convencido.

Katniss se aclaró la garganta, deseosa de cambiar de conversación.

—Ah… Una cosa tenía que decirte. El fin de semana pasado, cuando me quedé con Rue, tu hija me dijo que ya iba siendo hora de que su mamá y su papá le trajeran un hermanito.

—Sí, últimamente parece que le ha dado fuerte con eso.

—¿Y…? No sé ti te has dado cuenta, querido hermano, de que ya no eres ningún jovencito.

—No —dijo una voz muy sonriente a sus espaldas—. Pero cada día está mejor.

Cuando Katniss se volvió, vio a su cuñada que acaba de venir directamente del hospital.

—¿Cómo fue el parto?

—Nada, fue sólo una falsa alarma —dijo Wiress que venía «disfrazada» de enfermera, con su uniforme azul cielo—. Sólo eran unas contracciones de Braxton Hicks un poco fuertes, pero la mujer estaba convencida de que estaba de parto y el pobre marido estaba desesperado y angustiado por su esposa. ¿Te importa si te lo quito? — dijo acercándose a su marido.

—Por favor —respondió Katniss soltándose de su hermano—. No sabes el favor que me haces, lleva ya un rato que no hace más que pisarme los pies.

—Es difícil no hacerlo con esos zapatos de payaso que llevas. ¿Qué son? ¿Un cuarenta y ocho? —dijo Beetee en su defensa, mientras se ponía a bailar con su esposa con las mejillas juntas.

Katniss dejó a su hermano y a su cuñada, recogió el bolso de la mesa y se dirigió de nuevo a donde Peeta.

¿Para que habría comprado él unos preservativos?

Por todas partes veía parejas hablando o bailando. La cena ya había terminado y lo único que quedaba eran los juegos infantiles de carnaval y el baile. Pero ella no tenía ni hijos ni pareja.

—¿Quieres quedarte un poco más o prefieres irte? —le dijo a Peeta cuando llegó junto a él.

Peeta dejó en la mesa la copa de cerveza que tenía en la mano y la miró fijamente.

—¿Ocurre algo?

—No, nada. ¿Quieres irte o quedarte?

—Prefiero irme.

—Muy bien. Espérame en la puerta, voy a despedirme de mis padres.

Katniss saludó con un gesto a sus padres, que estaban bailando, y se dirigió a la salida del gimnasio, donde Peeta la estaba esperando.

—Quédate aquí, mientras voy a por el coche —le dijo ella.

—Puedo ir caminando hasta el aparcamiento.

—Como quieras.

Ella trató de acompasar el paso a su ritmo. Al llegar a donde estaba el coche, le abrió la puerta de atrás y esperó a que él se acomodara dentro. Luego le dio las muletas, dio la vuelta al coche, abrió su puerta y se puso al volante.

Minutos después, circulaban ya por las calles de la ciudad, camino de casa.

—¿Estás molesta por algo? —le preguntó él.

Ella miró por el espejo retrovisor, pero sólo pudo ver los faros del coche de atrás.

—No.

—Ya.

Ella tosió un par de veces para aclararse la voz.

—He oído un cierto rumor.

—¿Sobre quién?

Katniss tomó un desvío de la carretera y detuvo el coche junto al parque de la ciudad. Se volvió y miró a Peeta por encima del asiento.

—Sobre ti. ¡Estuviste comprando preservativos!

—¿Eso es por lo que estás tan enojada?

Ella apretó el volante con las manos.

—¿Por qué necesitabas comprar preservativos, si puede saberse?

—Porque no pude encontrarlos en tu casa.

—¿Has estado buscándolos por las habitaciones?

—Sí —dijo él con tanta naturalidad que casi la dejó aturdida.

—¿Con quién piensas usarlos? ¿Quieres que te lleve también al club de alterne de la ciudad a ver si encuentras alguna chica de tu gusto?

—No digas tonterías —dijo él muy serio.

—¿Qué quieres que piense de ti, Peeta? —dijo ella clavando los ojos en él—. Llevas varias semanas sin querer acercarte a mí y esta noche ni siquiera has intentado bailar conmigo. Sé que te resultaría difícil con la escayola, pero…

Peeta se inclinó hacia delante, extendiendo la mano, hasta que consiguió tocarle el cuello.

—Los compré por ti —dijo él sin alterarse, dejándose caer de nuevo en el asiento—. Porque no estoy seguro de poder controlarme en un momento dado. Pero ¿cómo te enteraste? Marvel me dejó justo delante de la farmacia y no pudo saber lo que compré.

—Esto es Weaver. Nadie puede hacer nada en esta ciudad sin que alguien lo vea y propague luego la noticia.

—¡Qué bien! —exclamó él, con una mueca de desagrado.

Katniss sentía la boca seca. Un millón de pensamientos le daban vueltas por la cabeza, pero ninguno salía de sus labios. Vio un resplandor de luces rojas y azules y luego a un agente de policía acercándose con paso seguro al coche.

Ella soltó una pequeña exclamación y luego bajó la ventanilla al reconocer al agente.

—¿Qué tal, Romulus?

—¿Todo bien, Katniss? Supongo que sabes que está prohibido aparcar en esta zona —dijo el agente, metiendo ligeramente la cabeza por la ventanilla.

—Lo siento. Me iré en seguida.

El hombre asintió con la cabeza, y miró a Peeta durante unos segundos.

—Conduce con prudencia —dijo el policía, dando un golpecito en el techo del coche, antes de volver a su vehículo de patrulla.

Katniss subió la ventanilla y puso el coche en marcha.

—Aún no me puedo creer que hayas comprado preservativos —dijo ella con voz temblorosa, incorporándose al tráfico.

—Es mejor estar preparado —dijo él, con indiferencia, como si el asunto careciese de interés.

—Sabes que quiero tener un bebé, y quieres asegurarte de que no es tuyo, ¿verdad?

—Eso no es lo que he dicho.

—Pero es lo que piensas —exclamó ella, apretando de nuevo el volante con las manos.

—No me puedo creer que todo el mundo en esta maldita ciudad esté pendiente de los asuntos de los demás.

No era una respuesta, pero no hacía falta.

—Tal vez yo haya cambiado y no quiera volver a acostarme contigo otra vez.

—En ese caso, no lo haríamos.

Ella se sintió aún más frustrada ante su indiferencia.

Parecía como si le diese igual una cosa que otra. Aunque, tal vez, sólo fueran imaginaciones suyas.

En silencio, sin decir una sola palabra, pero con un nudo en la garganta, condujo el coche hasta casa. Dejó a Peeta en la entrada y ella se fue a aparcar el coche al garaje del jardín. Luego entró por la puerta de atrás.

No había señales de Platón. El perro parecía haber desaparecido.

Se quitó los zapatos de payaso y los dejó en un rincón de la cocina. Descalza, sólo con las medias, se dirigió por el pasillo hacia el cuarto de estar.

Peeta estaba recostado contra la pared, apoyado en una muleta. Platón estaba tumbado a sus pies. Ella trató de eludir su mirada, miró al perro y extendió la mano.

—¿Has olvidado ya quién te compra la comida? —le dijo a Platón.

El animal se incorporó, se acercó a ella meneando la cola y le lamió la mano. Ella se puso en cuclillas y le acarició el lomo. Platón puso los ojos en éxtasis y movió el rabo más deprisa.

—Sí, eres un perro muy guapo, aunque prefieras a otros más que a mí.

—Platón te sigue siendo fiel —intervino Peeta—. Me acepta porque he estado jugando con él un par de veces con la pelota de tenis.

El perro se tumbó entonces boca arriba, esperando que alguien le rascase la tripa.

—Creo que te va a echar mucho de menos cuando te vayas. Yo también llevo la cuenta de los días que te quedan de estar en esta casa. Pero eso no cambia las cosas. Tal vez yo tampoco quiera que cambien y prefiera que te vayas dentro de unos días. Todo será más fácil para los dos si no hay ninguna relación especial, ni ningún tipo de compromiso entre nosotros.

—Apostaría cualquier cosa a que no estás siendo sincera.

Era verdad. Pero ella no podía reconocerlo delante de él. Tenía su orgullo.

—Ya te dije que no estaba buscando un marido. Ni siquiera un padre para mi hijo. Como sabes muy bien, he conseguido resolverlo todo gracias al número 37892.

—¿Qué? —exclamó él, con gesto de sorpresa.

—El número 37892 es el donante que he elegido.

—No puedo creer que sigas pensando aún en eso.

—Ahora eres tú el que no está siendo sincero. ¿Por qué me regalaste si no el sonajero?

—Tal vez no me haya explicado bien. Lo que no logro entender es que quieras tener un bebé a través de un banco de semen.

—¿Vamos a empezar otra vez con eso? ¿Por qué no había de hacerlo? Me considero una persona responsable para criar y educar a un hijo, y tengo además una familia fabulosa a mi lado, para ayudarme si lo necesito. Prefiero hacer esto por mi cuenta que tener que depender de un hombre que luego no quiera comprometerse a tener una relación seria y responsable.

—¿Estás hablando en términos generales o te estás refiriendo a alguien en particular?

—Por el amor de Dios, Peeta. Déjalo ya. Decidí que quería tener un bebé mucho antes de que te conociese aquella noche. He llegado a la conclusión de que, cuando uno desea algo de verdad en la vida, no debe esperar a que venga nadie a traérselo, nunca se sabe lo que puede pasar. Tú mismo eres un buen ejemplo de ello. Podría haberte matado aquella camioneta y entonces ya no habrías podido hacer esas cosas que hubieras querido hacer y no hiciste por falta de decisión… Ah, perdona, olvidaba que tú eres un tipo duro que sabe controlar sus sentimientos y al que lo único que le importa es su trabajo.

—Mi trabajo es la única cosa que sé hacer bien y nunca me ha decepcionado.

—¿Quién te ha decepcionado a ti, Peeta? ¿Tu ex esposa? ¿Ésa a la que no le gustaban tus cicatrices y no tenía fe en que superases tu adicción a los calmantes?

—No pierdas el tiempo psicoanalizándome.

—Y tú tampoco pierdas el tiempo pensando que debería esperar a enamorarme de un hombre que hiciese mis sueños realidad. Esto es Weaver, Peeta. Conozco a todos los hombres de esta ciudad y sé que no me voy a enamorar nunca de ninguno de ellos.

—Weaver no es el único lugar en el mundo.

—¿Crees que no lo sé? Estuve viviendo en Cheyenne mientras estudiaba Enfermería. He viajado con mis mientras estudiaba Enfermería. He viajado con mis padres por casi todo Estados Unidos. He estado también en el extranjero con mis amigas. Pero elegí Weaver. Es donde nací y donde me crié, y es donde quiero que nazca mi hijo. Estoy rodeada de familiares y amigos que han encontrado aquí el amor de su vida. Tienen una familia, unos hijos y una casa con una preciosa valla blanca de madera. Y son felices. Yo no espero tener tanta suerte. Tal vez, tú y yo no seamos tan diferentes, después de todo. Los dos sabemos quiénes somos y lo que queremos ser. El problema es que nos movemos en planos completamente diferentes.

Ella dio un paso atrás, esperando que el corazón recuperase su ritmo normal y que Peeta le dijera algo.

Pero él lo único que hizo fue quedarse allí inmóvil, con el puño apretado sobre la empuñadura de la muleta, con los músculos de la cara contraídos y sin decir una palabra.

—Es tarde —dijo ella finalmente con la voz apagada—. Me voy a la cama.

Sabía que no tenía sentido preguntar a Peeta si necesitaba algo.

Aunque lo necesitase, no se lo pediría.


Gracias por sus Reviews, me anima a seguir adaptando historias, muchas gracias por leer cada actualizacion y por esperar con ansias el siguiente, nos leemos en el proximo capitulo.

Saludos Maya