En primer lugar me gustaría agradecer y dedicar este capítulo a las maravillosas personas que me dejaron un comentario en el capítulo anterior. Sé que no era gran cosa, pero los prólogos se usan para presentar la historia, ¿No?
Mi idea era publicar este capítulo el lunes de la semana que viene, pero me he visto con ánimos y he dicho ¿Por qué no? Con el prólogo es difícil engancharse a una historia, así que poco a poco espero ir mejorando para que resulte un relato entretenido. Tengo planeado actualizar todos los lunes, aunque si me encuentro con ánimos e inspiración puede que actualice otro día de la semana también. Pero los lunes siempre, eso seguro (aunque sea un micro micro capítulo)
Eeeen fin, nada de esto me pertenece porque Cassandra Clare es una mujer egoísta que se niega a regalarme a Alec ¡Maldita! Nah, es broma. Muy maja la mujer, teniéndonos al borde del suicidio con sus adelantos de COHF...
Si os gusta el capítulo, por favor, darle a seguir, favoritos, escribid un comentario o mandadme un mensaje telepático con vuestra opinión ¡Nos vemos el lunes!
Las dos primeras horas no han ido nada mal. Después de presentarme ante mis nuevos y estupefactos alumnos (lo sé, lo sé, queridos ¿Cómo va a ser vuestro profesor este maravilloso dios griego?), la clase ha ido bastante bien. He expuesto las ideas con claridad y he respondido correctamente (y haciendo uso de palabras casi extintas solo para parecer más culto) a todas y cada una de las preguntas que me han realizado. Al terminar la clase un considerable número de alumnas ha venido a interesarse por mí, qué adorables. Aunque había alguna que de "adorable" no tenía nada… Sobre todo la rubia despampanante de ojos marrones y su preciosa amiga castaña. Sí, podríamos decir que su forma de insinuarse ha sido de todo menos inocente. Ahora mismo tengo mi purpurinoso ego por las nubes.
—¡Señor Bane!— Arg, aquí está de nuevo mi maravilloso nuevo jefe. El buen hombre se está acercando hacía mi pupitre con el ceño fruncido, otra vez. ¡Vaya por Dios! ¡Ha hecho huir despavoridas a mis nuevas admiradoras!
—¿Desea algo, letrado Starkweather?— Sonríe, Magnus, sonríe y demuéstrale lo buen empleado que eres. Aunque tengas ganas de cerrarle su grasienta boca y metérsela por el…
—Veo que ha terminado su primer período de clases, ¿Ha salido todo de forma satisfactoria?— Veo cómo me inspecciona con una mirada severa en el rostro. Un escalofrío recorre mi cuerpo y durante unos segundos me siento aterrado; este hombre me recuerda enormemente a mi padre. Mal empezamos…
—Sí, todo ha ido todo estupendamente, gracias por su atención. Y ahora si me disculpa, debo pasar por la sala de profesores a conocer a mis nuevos compañeros. — Me levanto rápidamente y sin esperar su respuesta me encamino hacia la puerta de la sala.
—Tenga cuidado, Señor Bane, le estaré vigilando a partir de ahora.
Los pasillos son un auténtico laberinto lleno de adolescentes, taquillas y algún que otro… ¿caballo? ¿Eso es un caballo?
—¡Isabelle, por el amor de Dios! ¡Bájate de ahí ahora mismo y vuelve a llevar Iglesia a su establo!
—¡De eso nada! ¡Me niego a caer en las garras de la opresión! ¡Soy una mujer hecha y derecha y considero que se me debe respetar allá donde vaya y como vaya! Y cállate ya, Simon, que estás montando un espectáculo. Me haces quedar en ridículo.
—¿Qué yo estoy montando un…? ¡Esto ya es el colmo!
Hay una preciosa muchacha encima de un caballo igualmente hermoso. Ella tiene el pelo larguísimo y negro como el ébano, a juego con sus penetrantes ojos. Me sonríe al pasar junto a mí y guiña un ojo a un grupito de chicos que le silban desde sus respectivas taquillas. A su extraño, y totalmente desprovisto de encanto, compañero no parece hacerle mucha gracia. Empieza a sermonearla de nuevo mientras intenta tirar de las riendas del caballo para que este vuelva por la puerta de la que acaba de surgir, hacia los jardines, supongo. Parece que ella también se ha cansado y le arrea un puntapié al chico aprovechándose de su ventajosa altura. Al pobre Samuel el golpe lo alcanza en el pecho y lo hace caer de culo al suelo, ocasionando una carcajada general mientras siguen vitoreando a la preciosa ¿Isabelle? Sea como sea, dama y corcel desaparecen en una curva y yo sigo mi camino. Esto tiene pinta de ser el mejor empleo del mundo.
Mis sospechas van siendo confirmadas cuando llego a la sala de profesores. Parece un sitio la mar de normal, con sus escritorios, sus sillas, sus profesores discutiendo, su máquina de café, su asquerosamente sudoroso profesor de gimnasia…Esquivo a la parejita con problemas matrimoniales y encuentro mi nuevo y pulcro escritorio. Demasiado pulcro. Esto hay que cambiarlo.
Media hora, dos cafés y cuatro votes de purpurina después esto ya parece algo más decente. Me siento en mi nueva y brillante silla de oficina y me dispongo a esperar tranquilamente a mi próxima clase. ¡Oh! La parejita sigue discutiendo. Perfecto.
—¡…mil veces, Ragnor!¡Mil!¡Y tú no haces más que hacerlo de nuevo. Una y otra vez, una y otra vez! – La enfurecida mujer parece rondar los treinta años y es hermosa de una manera poco convencional. Es decir: tiene una cara extraña, con rasgos muy angulosos, y una piel que parece adquirir un tono azulado cuando le da de lleno la luz. Si la viese pasar por la calle no la miraría dos veces, pero que ahora que me fijo en ella detenidamente me parece la mar de interesante… ¿Estará casada?
—¡No seas exagerada, mujer! No puedes pretender que…
—¡NO! ¡Se acabó! ¡Estoy harta de tu irresponsabilidad! – Acto seguido, mi azulada compañera salió hecha una furia por la puerta, mientras el hombre, de pocos años más que yo y con un pelo blanco la mar de extravagante, se quedó clavado en el suelo. Cinco minutos completos. De reloj. Sin moverse. Cuando estaban a punto de hacer seis minutos y yo estaba empezando a preocuparme seriamente por su salud, sonó la campana y el petrificado volvió a la vida, cogió su maletín y se marchó como si nada mientras silbaba "Like a prayer".
Mi día estaba siendo demasiado perfecto, así que obviamente tenía que pasar algo malo. Y mi "algo malo" resultó llamarse Jace Lightwood. Estaba dando mi clase tranquilamente, de forma amena, y tratando de comportarme como el profesor enrollado que siempre quise tener sin dejar de ser profesional. Pero ese maldito rubio entró quince minutos antes de que sonase el timbre, alegando que se había dormido. Ni siquiera pidió perdón ni permiso, simplemente entró y se sentó en su pupitre mirándome con esos ojos dorados llenos de desafío. Decidido a ignorar al que a todas luces era un estudiante problemático, decidí reanudar mi clase.
No sé exactamente cómo empezó todo, pero a los veinte segundos de entrar él toda la clase estaba revolucionada y gritando como monos en un zoológico. Obviamente, y como no puede ser de otra forma, a mi apreciadísmo jefe no se le ocurrió otro momento para hacerme una visita sorpresa.
Me había fijado en esta cafetería mientras iba esta mañana de camino al trabajo. Taki's es un local medianamente grande y con una asombrosa decoración que parece imitar un bosque en otoño. Las mesas, sillas y todo el mobiliario son de madrea de arce, mientras que por las paredes suben asombrosas enredaderas artificiales que desembocan en forma de flor encima de cada una de las mesas. No me doy cuenta hasta el segundo vistazo de que las "flores" son en realidad lámparas que iluminan lo justo y necesario para que en la mesa todo sea confortable, destilando una luz anaranjada que hace que el local tome cierto aire mágico.
Después de la interminable charla del director sobre cómo debo llevar una clase y de tener que escuchar cómo se quejaba de mi juventud e ineptitud durante hora y media, acabé yendo hecho una furia a la sala de profesores. Maldita sea mi suerte y maldito sea Hodge Starkweather. Y maldito sea de paso Will Herondale, que sin duda se pasaría el resto de su vida recordándome cómo había vuelto a casa con el rabo entre las piernas el primer día de mi independencia. Porque no pensaba quedarme en este lugar. ¡Por el amor de Dios! Si quisiera, podría comprar todo el puñetero instituto y mandar a ese viejo y estúpido director a pastar ovejas de por vida. Pero claro, a tía Tessa eso no le gustaría nada y se pasaría semanas enfurruñada y llamándome crío malcriado y egocéntrico.
Tras recoger mis cosas a la velocidad de la luz, cogí mi deslumbrante Ferrari y me dirigí a casa. O por lo menos mi intención era ir a casa para poder recoger lo justo y marcharme cuanto antes de este pueblucho. Pero, por extraño que parezca, Taki's supuso una gran atracción para mí; era como si me estuviera llamando, como si mi destino fuera entrar ahí antes de volver a Nueva York. Tomé asiento en una de las mesas más alejadas de la puerta y me dispuse a replantearme la situación. Ahora que ya podía pensar con la cabeza y observar la situación con la frialdad adecuada, me di cuenta de lo idiota que era. ¿De verdad iba a dejar que un viejo con demencia senil y un niñato prepotente arruinasen mi proyecto de futuro? No, de eso nada.
Mi plan original consistía en quedarme en este pueblo durante un año completo para demostrar al mundo (y con "mundo" me refiero a mis queridos tíos) que podía ganarme la vida perfectamente y ser un hombre de provecho. Después volvería a Nueva York y, con la ayuda de mi maravillosa fortuna, haría todo lo necesario para convertirme en el diseñador más famoso del mundo. Pero, después de lo visto esta mañana, un año entero en este pueblo de mala muerte…
—Buenas tardes, señor. ¿Ha decidido ya lo que va a tomar?
Aunque claro, cuando alcé la vista y me encontré con esos maravillosos ojos azules, de repente un año no parecía tanto tiempo.
