De nuevo, muchísimas gracias a nyaanekito, Airic-Been, EurekaLevill, Odettes3 y martaad96 por tomarse la molestia de dejar reviews en esta historia. Aunque también quiero darle las gracias a todas las personas que leen este fanfic, aunque no dejen comentarios. Así que ¡Muchísimas gracias a todos! ¡Os adoro!
Respondiendo al comentario hecho por martaad96: Tenía planeado desde el principio hacer capítulos más largos, pero primero quería probar para ver si realmente mi historia gustaba. Ahora que sé que por los menos hay algunas personas a las que sí les gusta, voy a hacer todo lo posible porque sean más largos. Aunque me temo que no serán taaaaan largos, por falta de tiempo y eso ¡Pero bueno!. Igualmente muchísimas gracias, si te gustaría leer capítulos más largos significa que realmente te parece interesante ¡Genial!
He decidido actualizar hoy porque el siguiente episodio lo tengo bastante adelantado y sé que a partir de la semana que viene voy a disponer de mucho menos tiempo para escribir, por lo que solo podré actualizar una vez a la semana.
Nada de The Mortal Instruments me pertenece, porque si me perteneciera la historia sería básicamente Malec y Sebastian/Jonathan sería una excelentísima persona, por lo que Max y Ragnor seguirían vivos.
—Buenas tardes, señor. ¿Ha decidido ya lo que va a tomar?
Oh. Dios. Mío.
Reacciona, Magnus, ¡Reacciona! Obligándome a mí mismo a apartar la mirada de esos magnéticos ojos me dispuse a observar mejor al muchacho frente a mí. Mala idea. Alto, de una piel extremadamente blanca, pelo negro y esos penetrantes ojos azules, el chico frente a mí era el ser más hermoso que había visto jamás. Miré su placa identificativa con curiosidad; Alexander. Mierda, hasta su nombre era sexy.
— ¿Estás tú en el menú, querido?
— ¿P-Perdón?
Un intenso rubor cubrió su rostro mientras sus ojos se abrían desmesuradamente debido a la sorpresa. Tan tierno…
—Me preguntaba si sería posible pedirte a ti. Ya sabes: tú, yo, mi casa, una noche inolvidable…
Su cara adquirió diez tonos más de rojo mientras el chico trataba desesperadamente de hacer que su boca dejase de tartamudear. Madre mía, lo que me gustaría a mí usar esa boca para otras cosas… Vale Magnus, retrocede. Como tus pensamientos sigan por ese camino vas a tener un serio problema entre las piernas.
—Por favor, si pudiera ser tan amable de decidir lo que desea comer…
— ¿No he sido lo suficientemente claro, cariño?— Le pregunté mientras le guiñaba un ojo y le dedicaba una de mis típicas sonrisas rompecorazones.
—Eso no es adecuado. Es más, esta conversación no es adecuada en absoluto. Si pudiera hacerme el favor de decidir lo que va a pedir para que pueda seguir con mi trabajo se lo agradecería mucho.
—Está bien, ojos azules, no pretendo hacerte perder el empleo. Tráeme un Macchiato y algún dulce. A ser posible algo tan dulce como tú, por favor.
Los siguientes cuarenta y cinco minutos me dediqué a alargar lo máximo posible mi café para poder observar detenidamente a mi nueva presa. Alexander se movía deprisa entre las mesas, tomando nota de los pedidos y sirviéndolos minutos después. Incluso a veces, entre cliente y cliente, se paraba a descansar tras la barra junto a la camarera que la atendía.
Un intenso pero fugaz ataque de celos me embargó cuando la pequeña pelirroja de la barra le apartó un mechón de pelo juguetonamente y se lo colocó tras la oreja, provocando una tímida sonrisa en la cara de mi ángel.
Había estado sintiendo su mirada sobre mí desde que le atendí, y no pude evitar sentirme nervioso y estar a punto de volcar las bebidas cuando le miré disimuladamente y confirmé mis sospechas. Era un hombre joven, de unos veintipocos, y era asombrosamente atractivo. O lo sería, al menos, si se quitase ese estrafalario maquillaje y usase unas ropas un poco más sencillas. Vestido de ese modo, más que atractivo lo que me resultaba era… sexy, como uno de esos modelos masculinos que salían en las revistas de Isabelle
Clary se dio cuenta enseguida de que algo me pasaba. Esta pequeña pero revoltosa pelirroja había entrado a trabajar al mismo tiempo que yo y, pese a mi irracional odio hacia ella los primeros meses, ahora se ha convertido en mi mejor (y única) amiga. Siempre me asombra lo perceptiva que es con mis cambios de humor; como si yo fuese un libro abierto para ella. Es fácil apoyarse en ella para relajarme y, ahora mismo, con aquel sexy hombre con ojos de gato (eso tenían que ser lentillas, ¿no?) mirándome descaradamente, necesitaba todo el apoyo posible.
Justo cuando me encontraba en la barra ayudando a mi amiga a secar la vajilla, mi "admirador" se acercó y pidió la cuenta con esa sonrisa suya tan irresistible.
—Son 2'80, por favor.
Él no dijo nada, simplemente se dedicó a mirarme a los ojos fijamente mientras se tomaba su tiempo en buscar en su su billetera y acto seguido me sacaba un billete de 100 y me lo tendía.
—Llámame, ¿quieres?—Me dijo guiñándome un ojo.
Acto seguido se dio la vuelta y se marchó sin siquiera esperar por el cambio. Estupefacto, estuve a punto de ir tras él para devolverle su dinero cuando Clary me detuvo agarrándome del brazo.
—Parece que este hombre va a por todas ¿eh?– Dijo poniendo el billete de cien delante de mis ojos. Tenía un número de teléfono escrito en él. Su teléfono. –Yo de ti iría con cuidado. Ese tipo de hombre solo te quieren para tener sexo contigo una o dos veces y después si te he visto no me acuerdo. Te mereces algo mejor, Alec.
¿Dónde narices me he metido?
Entre semana mi turno acaba a las ocho, así que a las ocho y veinte llego a mi casa cansado a más no poder. Lo que más deseaba era poder ducharme y echarme en la cama hasta el día siguiente, pero hoy es lunes.
Cuando nuestros padres decidieron que vivir en Londres era lo mejor para su trabajo y se dieron cuenta de que si nosotros estábamos lejos, mejor que mejor, mis hermanos y yo comenzamos a vivir solos en nuestra casa de toda la vida. En un principio no parece tan malo, eso de vivir sin tus padres: sin que te agobien por los estudios, pudiendo traer a quien quieras a casa, acostarte cuando te dé la gana… Pero claro, mis padres no son idiotas. Así que cada mes nos pasan el dinero justo para poder pagar las facturas y comprar comida y, obviamente, ni hablar de tener servicio doméstico. Así que hicimos una tabla con las tareas que cada cual tendría que hacer para no vivir en un basurero: Max, el pequeño, se ocuparía de la ropa sucia y de que todo estuviese ordenado. Jace se encargaría de limpiar, barrer, fregar… e Isabelle y yo nos encargaríamos de las comidas. Pero pronto nos dimos cuenta de que cualquier cosa que Isabelle cocinase era capaz de matar a un elefante, así que decidimos que ella ocupase el puesto de Jace y viceversa. Yo cocinaría lunes, miércoles y viernes, mientras que Jace pediría comida basura a domicilio los martes, jueves y sábados. La verdad es que nos apañamos bastante bien.
Cuando terminamos de cenar y acostamos a Max, los tres mayores nos quedamos un rato en el salón para poder estar aunque sea un rato en familia. Mientras yo hago los deberes y estudio para el examen de mañana, Jace nos cuenta a Izzy y a mi cómo ha conseguido que le echen la bronca al nuevo profesor en su primer día de clase.
Jace no es mala persona, de verdad que no, pero si no se comporta como un capullo con todo el mundo no es feliz. Es un poco irritante a veces, pero si lo conoces le acabas cogiendo cariño. Mi madre siempre lo compara con ese perro peligroso que tiene tu vecino y que no para de ladrarte hasta que por fin se acostumbra a ti; en el fondo creo que Jace tiene tanto miedo al rechazo como yo.
—…Y entonces coloqué una tarántula que había cogido del laboratorio en el escote de Camille y-
— ¿En qué narices estabas pensando Jace?, podría haberle picado o…
— ¡No, si ahora será culpa mía que vaya con casi todo el pecho fuera, la muy guarra! ¡Eso le ensañará a no volver a meterse con nuestra Isabelle!
—Bien hecho, hermano –le sonrió Isabelle.
—Por Dios Izzy, tú no te metas en esto. He tenido que salir de una de mis clases porque Hodge me ha llamado alteradísimo. ¿Cómo se te ocurre meter a Iglesia dentro del edificio, Isabelle? ¿Cómo? ¿¡Y por qué!?
—Sabes, a veces pienso que en una vida anterior Alec era una anciana con noventa gatos que no hacía más que chillar a los niños del vecindario para que salieran de su césped. ¿A ti no te pasa, Isabelle?
—Constantemente— contestó ella afirmando enérgicamente con la cabeza.
—Los dos a la cama ¡Ahora!
Lamentablemente, otro capi corto. Y encima este ni siquiera me gusta cómo ha quedado. Me siento mal conmigo misma al colgar algo de lo que no estoy cien por cien segura, pero este capítulo es necesario para poder continuar la historia así que...
También quería comentar mi pequeño reajuste horario: al final voy a tener que actualizar los jueves o viernes, y no los lunes como yo quería ¡Lo siento!
