¡OMG! ¡Ya hace casi un mes que escribo este fic! Estoy super contenta de cómo ha ido todo, la verdad, sois todas geniales y si sigo escribiendo es gracias a todo vuestro apoyo. No tenéis ni idea de cuan agradecida estoy ¡Muchísimas gracias!

Que el Ángel os proteja, La Fuerza os acompañe y la Suerte esté siempre de vuestra parte.

¡Os quiero!

Anairafuji: Lo raro sería que Izzy no aceptase la relación, con lo abierta de mente que es. Y Jace... bueno, ya hemos visto que piensa aprovecharse todo lo posible de su profesor jajaja ¡Muchííííííísimas gracias por comentar! :D


Cuando el despertador suena el lunes por la mañana soy incapaz de levantarme de la cama, y no es hasta que recibo un mensaje de Magnus dándome los buenos días que finalmente me decido a empezar a moverme. Todo el cuerpo me pesa y me siento adormecido. Qué raro. Bajo las escaleras con lentitud, intentando aclarar la neblina que inunda mi mente, pero cada vez me encuentro peor.

Max e Izzy están sentados en la cocina, desayunando. Revuelvo el pelo del pequeño y beso a mi hermana en la mejilla antes de sentarme frente al plato que Jace ha preparado para mí: huevos revueltos y bacon. Solo el olor me da náuseas y salgo corriendo hacia el baño.

Mis hermanos insisten en que me quede en casa descansando, pero yo me niego a hacerlo. Isabelle y Max suspiran y se quejan de lo quisquilloso y perfeccionista que soy; Jace, en cambio, me mira enfadado. Él sí ha sido capaz de entender por qué no quiero faltar a clase.

Las dos primeras horas pasan de manera lenta y tortuosa. Antes de salir de casa Izz me ha obligado a tomarme la temperatura y, aunque en ese momento apenas tenía fiebre, cada vez me encuentro peor. A mi lado, Sebastian intenta por todos los medios prestar atención a la clase, pero sus ojos se cierran cada dos por tres y tengo que darle constantes codazos para que no se duerma.

Sebastian Verlac y yo hemos sido amigos prácticamente desde parvulario. No es como si fuésemos "compañeros inseparables" o algo así, pero me siento a gusto en su presencia y de vez en cuando (cuando su trabajo y el mío nos lo permiten) quedamos para ir al cine o hacer algo tranquilo. De cabello negro y ojos oscuros, Sebastian es todo lo contrario a Jem, mi otro único amigo. A James, un año menor que nosotros, lo conocimos cuando nos seleccionaron para entrar en La Clave. Fue Sebastian el que quiso acercarse a aquel recién llegado con aspecto tan extraño y expresión tan melancólica, y le estoy enormemente agradecido. Nunca se me ha dado bien tratar con la gente, así que, aparte de Sebastian, durante mi infancia mis hermanos fueron mi única compañía.

De camino al laboratorio de Química tengo que ir dirigiendo a mi somnoliento amigo para que no se choque con cualquier objeto que se encuentre frente a él. No hemos tenido tiempo de hablar, pero supongo que ha vuelto a quedarse hasta tarde trabajando en el taller. Cuando sus padres murieron, Sebastian fue adoptado por su anciana tía quien, lamentablemente, no poseía demasiados ingresos. Mientras que yo trabajo para poder pagar los caprichos de mis hermanos, él tiene que esforzarse al máximo para poder subsistir. Y nunca se queja. Siempre me ha parecido admirable.

Otra persona admirable es James Carstairs. Él, por su parte, tiene una enfermedad terminal que poco a poco va debilitando su cuerpo y acabando con su vida. Según dicen no llegará a los veinticinco años. Pero en lugar de malgastar su tiempo lamentándose, Jem intenta hacer una vida normal en la medida de lo posible. Hoy él no ha venido, el viernes nos avisó de que tenía que asistir a alguna de las revisiones médicas a las que lo someten periódicamente.

Cuando llegamos al laboratorio y Sebastian va a sentarse en su respectiva mesa maldigo internamente a Jem; las clases teóricas de Ragnor son mortalmente aburridas. Sin él allí, y con aquel malestar que se niega a desaparecer de mi cuerpo, voy a acabar dormido sobre el escritorio.


Cuando entro en aquella clase siento cómo se clavan en mí quince pares de ojos: algunos me miran con curiosidad, otros vuelven a sus asuntos de inmediato y se olvidan de mí, hay uno que incluso ha cerrado los ojos y está dormitando sobre su escritorio. Pero a mí solo me interesan unos ojos azules que se han abierto de forma desmesurada por la sorpresa. No obstante, hay algo mal. Lo miro de arriba abajo, inspeccionándolo. Jace tenía razón: Alexander no tiene buen aspecto. Su piel, que siempre ha sido pálida, ha adquirido un tono blancuzco que lo hace ver enfermizo; tiene los ojos hinchados y enrojecidos, y sus mejillas están completamente coloradas. Por algún motivo eso me molesta: Alexander solo debería sonrojarse por mi causa. Inmediatamente me pego una bofetada mental por ser tan idiota.

— Ejem, bueno, sí. Hola de nuevo— Ragnor se coloca frente a la clase y todos los ojos se dirigen hacia él de inmediato. Todos salvo unos. Le guiño un ojo y él baja la cabeza, avergonzado— Como ya sabéis, nuestra maniática enfermera ha conseguido que el director Starkweather me obligue a dar una clase teórica detallada antes de pasar a hacer cualquier práctica, así que… En fin, abrid vuestros libros por la página 115, por favor.

Carraspeo de forma teatral y de nuevo recupero la atención del aula al completo.

— Oh, sí, claro. Perdona, perdona. Alumnos, este es el profesor Bane, imparte Historia Antigua. Ha llegado nuevo este curso y, al no ser una de las clases obligatorias para vosotros, supongo que la mayoría no lo conoceréis— La mayoría de los alumnos se acercan a estrecharme la mano de forma educada. Otros, sin embargo, me miran con indiferencia y giran la cara. El chico de la segunda fila sigue dormido. Alexander parece estar tratando de conseguir que la tierra se lo trague— Va a quedarse con nosotros en esta clase como espectador, así que espero que lo tratéis con el debido respeto.

Todos los alumnos vuelven a sus sitios. Están colocados por parejas en ocho mesas de laboratorio separadas y distribuidas de forma ordenada por el aula.

— Magnus, toma asiento en la mesa del fondo, junto al señor Lightwood— Me señala sin mucho ánimo la mesa desde la que Alexander no ha dejado de mirarme— Es una suerte que el señor Carstairs se haya ausentado hoy.

— Sí, es una verdadera suerte— Noto cómo Ragnor mira con extrañeza la enorme sonrisa que se ha formado en mi rostro, pero lo ignoro.

Me dirijo hacia el fondo del aula y saludo de manera formal a Alexander, que me mira con una mezcla de pánico y vergüenza extrema. Acerco mi silla lo máximo posible a la suya y me siento despreocupadamente. Él me mira y veo cómo cierra y abre su boca varias veces, sin animarse a decir nada. Finalmente un suspiro de fastidio sale de su boca cuando Ragnor comienza la lección y dirige la vista al frente.

Tras quince minutos de discurso sobre cosas que no sé ni lo que son estoy a punto de seguir el ejemplo del dormilón de más adelante. Es entonces cuando noto su mano buscando la mía y al instante entrelazo nuestros dedos. Le miro de reojo y veo que está sonrojado, pero de nuevo tengo esa sensación extraña y me fijo concienzudamente en su rostro cansado. Inconscientemente, sin recordar dónde estamos, dirijo la mano que tengo entrelazada con la suya hacia su frente para tratar de tomarle la temperatura. Ragnor, que había estado escribiendo nosequé fórmula en la pizarra, se gira hacia nosotros en ese momento y me quedo paralizado. Alexander, sin embargo, reacciona con una rapidez sobrehumana y guía nuestras manos hacia abajo.

Ragnor no se ha dado cuenta de nada y sigue dando su sermón sin inmutarse. Alexander por su parte, suspira aliviado. Yo estoy completamente paralizado, mi mente se ha ido de vacaciones. Estoy seguro de que ha sido un acto inconsciente, él simplemente ha escondido nuestras manos bajo la mesa para que no nos pillen. Me lo confirma cuando se da cuenta de lo que ha hecho y suelta mi mano de inmediato. Supongo que esperaba que yo alejase la mía, pero mi cabeza sigue sin funcionar correctamente, así que, en lugar de alejarla, froto mi mano contra su entrepierna.

Alexander se pone rígido sobre su silla y me mira con incredulidad. No obstante, noto cómo sus ojos vuelven a tener ese brillo que logré vislumbrar hace semanas en el almacén y hace días en su casa. También veo cómo aprieta los labios con fuerza, para tratar de no emitir ningún sonido.

— Presta atención a la clase, Alexander— le susurro con la voz tranquila.

O al menos espero que suene tranquila, porque un volcán ha entrado en erupción en mi interior y todo mi cuerpo está ardiendo en deseo. Es extraño. Desde que descubrí las maravillas del sexo, y durante mis años locos, siempre busqué sentir más y más placer. Las necesidades sexuales de los otros no me importaban en absoluto, si ellos disfrutaban, tanto mejor; pero lo importante allí era mi propia satisfacción. Ahora, mientras acaricio a Alexander de forma lenta y noto cómo se pone duro gracias a mis atenciones, me doy cuenta de que también se puede sentir placer simplemente satisfaciendo a otros.

En algún punto comienzo a necesitar de forma apremiante escuchar aquellos gemiditos saliendo de su boca y bajo la cremallera de su pantalón. Alexander guía su mano hacia la mía, tratando de detenerme. Pero Ragnor es un gran tipo, oh sí. Escoge ese preciso instante para preguntarle algo a Alexander, que ha comenzado a respirar con cierta dificultad. Yo me dedico a mirar hacia adelante, fingiendo un gran interés, mientras mi mano ha desabrochado del todo su pantalón y se cuela dentro de su ropa interior.

Alexander suelta un gemido estrangulado cuando mis dedos acarician con lentitud su erección. Obviamente, el sonido no ha pasado desapercibido para la clase y ahora todos los ojos están fijos en él. Devuelvo mi mano a mi propio regazo y me fijo con curiosidad en la reacción de Alexander. Su cara está completamente roja y tiene la boca abierta, intentando desesperadamente decir algo que lo excuse. Debería darme vergüenza comportarme de este modo, pero hay algo en todo esto que me excita sobremanera. Al final va a resultar que al que le da morbo las relaciones alumno-profesor es a mí…

— El señor Lightwood no se encuentra bien, me lo ha comentado al principio de la clase— Intento ayudarlo.

Ragnor comienza a acercarse hacia nosotros y veo por el rabillo del ojo que Alexander está volviendo a abrocharse el pantalón. Lástima…

— Definitivamente esto no es normal, no. Estás coloradísimo— Ragnor coloca la mano sobre la frente de mi novio y de repente toda mi gratitud hacia él se esfuma. No lo toques— ¡Alexander! ¡Estás hirviendo! Por Dios, Magnus ¿Podrías acompañarle a la enfermería? Catarina se ocupará de él, tranquilo.

Asiento con la cabeza mientras tomo a un desorientado Alexander del brazo y lo guío hacia la salida. Mientras pasamos por delante, el muchacho que había estado durmiendo se queda mirando a mi nephilim con cara de preocupación y le hace una seña que no logro identificar. Antes de salir veo cómo Alexander se la devuelve.


Magnus me tiene agarrado de la mano y me guía por los vacíos pasillos del instituto sin dirigirme la palabra. Me parece extraño, pero con la mezcla de sensaciones que tengo ahora mismo en mi cuerpo creo sinceramente que es mejor que no diga nada. Mi erección, aun palpitante y dolorosa, es un recordatorio bastante fiable de lo que ha sucedido en clase de Química ¿Cómo se le ha ocurrido tal cosa? ¿Y por qué yo me siento tan excitado? ¡Maldita sea! Se supone que yo soy el responsable, el maduro, el que debe guiar a sus hermanos; sin embargo me estoy comportando como un adolescente con las hormonas revolucionadas. Magnus va por delante de mí, por lo que tengo una vista espectacular de su perfecto trasero. Mi entrepierna da un tirón y suelto un imperceptible jadeo. No sé si mi temperatura está subiendo por la fiebre o por la excitación, pero está claro que necesito aliviarme con urgencia.

Entramos en la enfermería y yo me abalanzo sobre la camilla: un minuto más y mis piernas no hubiesen soportado mi peso. Catarina no está aquí, así que Magnus saca su teléfono móvil y marca un número. Escucho la voz de nuestra enfermera desde el otro lado de la línea ¿por qué tiene Magnus su número? Normalmente me hubiese sentido terriblemente celoso, pero ahora mismo no sé ni quién soy. Me acuesto en la camilla buscando la máxima comodidad posible y cierro los ojos intentando que aquel calor infernal se marche de mi cuerpo.


Catarina no está en la enfermería porque al parecer no han llegado los suministros médicos que esperaba y ha tenido que salir a comprarlos ella misma. Nada más decirle que Alexander se encontraba aquí ha soltado un grito alarmado y me ha dicho que tardaría lo menos posible en volver.

Sé que me he comportado como un idiota en el aula de Ragnor. Alexander está enfermo, he notado la temperatura de su piel cundo veníamos hacia aquí. Pero cuando estoy con él no sé qué me pasa y pierdo completamente el control. Me giro para pedirle disculpas y mi corazón se detiene.

Él está tendido sobre la camilla con los ojos cerrados. Tiene la piel perlada de sudor debido a la fiebre, lo que hace que su ropa se pegue a su perfecto cuerpo, y su cabello revuelto se extiende por la almohada de forma desordenada, dándole una apariencia tierna pero al mismo tiempo seductora. Sus mejillas están sonrojadas, y su respiración es agitada, haciendo que su pecho suba y baje de forma irregular.

Si no fuese porque él estaba enfermo, lo hubiese violado en ese mismo momento. O por lo menos eso es lo que debería haber pensado.

Me acerco hacia él como atraído por una fuerza invisible y lo admiro desde cerca: es el ser más hermoso que he visto jamás. Alexander entreabre los ojos cuando nota la presión de mi cuerpo al subirme sobre él en la cama. En ese momento sé que va a tirarme, a decirme que me aparte, porque eso es lo correcto. Estamos en la enfermería, por Dios. Catarina no va a tardar en venir. Así que deseo que me aparte. Apártame, Alexander, porque si no estamos perdidos.

— Magnus…— su voz cargada de deseo es lo último que escucho antes de tomar su boca con violencia. Noto cómo su cuerpo se estremece y aprovecho que abre su boca por la sorpresa para colar mi lengua en ella. Es delicioso, simplemente delicioso.

Alexander levanta sus manos y trata de guiarlas hacia mi cabeza. Sé que le encanta enredar sus dedos en mi pelo cuando nos besamos, y a mí también me enciende que lo haga. Pero ahora no. Ahora necesito someterlo por completo. Lo noto tan indefenso bajo mi cuerpo… apenas opone resistencia cuando tomo sus brazos con una sola mano y los presiono sobre su cabeza. Reuniendo una gran fuerza de voluntad consigo separar nuestras bocas y vuelvo a admirarlo desde arriba: sus mejillas normalmente sonrosadas están completamente rojas, ha vuelto a cerrar los ojos y por su boca abierta salen pequeños jadeos. Eso no me gusta, los jadeos no son suficiente.

Dirijo mi boca hacia su cuello y comienzo a mimar la zona con lentitud, como sé que le gusta. Su boca comienza a emitir ruidosos gemidos y sonrío con suficiencia. Suelto sus manos (que él deja a ambos lados de su cabeza, inertes) y guío las mías bajo su camiseta para acariciar aquellos perfectos abdominales. Alexander gime con fuerza cuando pellizco uno de sus pezones y todo su cuerpo se arquea hacia mí. Cuando su entrepierna choca con la mía es mi momento de gemir.

— Alexander. Alexander, debemos parar— fuerzo a mi boca a pronunciar esas palabras mientras intento que la cordura vuelva a dominar mi mente.

— No… no pares… Magnus— Su voz suena desesperada mientras vuelve a mover sus caderas hacia mí y nuestras erecciones vuelven a frotarse sobre la ropa.

— Mierda, no me hagas esto— Vuelvo a besarlo con dureza mientras mis manos bajan hasta el cierre de sus pantalones y lo abren por segunda vez este día; pero no me detengo ahí— Dime que pare, Alexander. Dímelo y lo haré.

— Por favor, Magnus… no te detengas…

De un tirón bajo tanto sus vaqueros como su ropa interior y Alexander ruje al sentirse libre. Comienzo a acariciarle con urgencia y me doy cuenta de que es enorme. Mierda ¿Este chico tiene algún fallo? El líquido preseminal comienza a escapar de su miembro y mi propia dureza no aguanta más encerrada en mis pantalones.

Beso su boca por última vez antes de bajar y colocarme a la altura de su cadera. Soplo levemente sobre su miembro, intentando provocarlo; pero para aquel entonces Alexander ya está totalmente entregado al placer y solo gime con desesperación mientras sus caderas se mueven de forma involuntaria buscando algo que lo alivie. Lamo su punta lentamente, recogiendo el líquido que se escapa de ella. La boca de Alexander ni siquiera es capaz de emitir un sonido mientras paso lentamente mi lengua por toda su longitud, degustando su sabor.

En cierto modo, que Alexander se haya quedado mudo de repente es una bendición, porque Catarina aporrea la puerta desde fuera. Gracias a Dios que nada más entrar se me ha ocurrido cerrar con pestillo. Levanto la cabeza y miro a Alexander esperando ver la misma expresión de horror que debe tener mi cara, pero lo único que veo es cómo sus ojos nublados por el placer me miran con suplica. Ni siquiera parece que haya escuchado el ruido. Catarina vuelve a aporrear la puerta y Alexander comienza a acariciarse a sí mismo mientras gime mi nombre de forma desesperada.

Cuando engullo por completo su miembro pienso que debería parar, que Alexander está delirando de fiebre y no sabe lo que hace. Pero él sigue moviendo sus caderas y sus manos, que por fin ha conseguido colocar sobre mi cabeza, me marcan un ritmo mucho más rápido. No tarda mucho en correrse en mi boca mientras grita mi nombre. Al otro lado de la puerta, Catarina está desesperada.

— ¡Magnus! ¡Alexander! ¡Por el amor de dios, decidme qué ocurre ahí dentro!

Termino de tragar el semen que ha inundado mi boca y miro a mi nephilim, que ha vuelto a cerrar los ojos y está derrotado sobre la camilla. Me fijo en la puerta del pequeño aseo que hay anexo a la enfermería.

— Espera un momento, Catarina. Alexander estaba vomitando, ya voy a abrirte.

Intento adecentar todo lo posible nuestras ropas, y por suerte el aspecto de Alexander puede tener una justificación. Yo, por otro lado, tengo semen corriéndome por la barbilla y mi erección aún presiona mis pantalones. Mierda.

Abro la puerta para Catarina y me dirijo corriendo hacia el aseo, rogando para que ella no se haya percatado de nada. Catarina está tan preocupada por Alexander que ni siquiera se fija en mi extraña actitud. Cinco minutos después, tras echarme agua por la cara y el cuello y… aliviarme, salgo del diminuto cuartucho y veo a mi compañera sentada en la camilla con cara de preocupación.

— ¿Le ocurre algo grave? — Catarina me mira con sorpresa y me doy cuenta de que se había olvidado por completo de mí. Si no fuese porque eso me ha resultado la mar de conveniente, me habría sentido enormemente ofendido.

— Oh, no. Es solo una simple gripe. Pero conozco a Alexander desde que era pequeño y sé que no soportará tener que faltar a clase.

— ¿Debe marcharse a casa? ¿No puede quedarse aquí?

El timbre del descanso sonó en aquel momento y el ruido de cientos de alumnos saliendo a los jardines de forma desesperada inundó el ambiente. Catarina frunció el ceño.

— No, aquí hay demasiado ruido y lo que él necesita con urgencia es dormir para reponerse. Voy a ir a avisar a Hodge y después yo misma lo acercaré a su casa.

Ni siquiera pensé antes de hablar.

— ¿Y por qué no lo llevo yo?

A Catarina le pareció genial, ya que de ese modo ella podría quedarse por si había otra emergencia. Ragnor, que apareció en ese momento preocupado, me ayudó a llevarlo hasta mi coche.

Cuando Alexander y yo llegamos a mi casa hice que se desnudara hasta quedarse en ropa interior y que se acostase en mi cama. Tuve que desviar la mirada para no volver a excitarme al ver su perfecto cuerpo: ya había estado a punto de fastidiarla hoy y tenía que volver al instituto antes de que empezase mi próxima clase si no quería que alguien comenzase a atar cabos. Besé levemente a Alexander en la boca y le indiqué que me llamase si se encontraba peor. Acto seguido me dirigí de nuevo a St. Raziel.


Cuando me desperté por el ruido de una puerta al ser cerrada con violencia miré a mi alrededor, desorientado. Poco después llegaron a mi mente fragmentos de Magnus y Ragnor ayudándome a subir al coche del primero. Por mucho que intenté forzar a mi mente a recordar algo más, fui incapaz. Reconocí la espantosa colcha amarilla que cubría mi cuerpo semidesnudo y por fin terminé de ubicarme: estaba en la habitación de Magnus ¿Cómo había llegado hasta allí?

Me acerqué al borde de la cama y traté de poner en pie, sin éxito. Volví a desplomarme sobre el colchón e intenté llamar a Magnus, pero de mi boca solo salía un sonido débil y estrangulado. Sentía mi cuerpo cada vez más pesado y mi mente volvía a sumirse en aquel estado de sopor e inconsciencia. La puerta de la habitación se abrió y miré hacia allí aliviado. Pero no era Magnus.


No hacía ni dos segundos que había tocado el timbre y yo ya me encontraba corriendo por los pasillos en dirección al aparcamiento. Durante el segundo descaso, dos horas atrás, había estado llamando con insistencia a Alexander, pero no hubo manera de que cogiera el móvil. Tampoco nadie contestaba al teléfono fijo.

Mientras conducía hacia mi casa a una velocidad del todo insegura, activé el manos libres y llamé a Clarissa. No contestó hasta el tercer tono.

— ¿Diga?

— ¿Clary? Soy Magnus. Escucha, necesito un favor.

— ¿Por qué tienes tú mi número? —Su voz sonaba enfurruñada. En otra situación quizá su comportamiento me hubiese resultado divertido; pero no ahora.

— Clarissa, es por Alexander.

Ella se quedó callada durante unos segundos y, cuando contestó, fui capaz de percibir un gran temor en su voz.

— ¿Alec está bien? ¿Ha pasado algo?

— No es nada grave, tranquila— Aquello es lo que me repetía a mí mismo cada cinco segundos: él está bien, él está bien…— Tiene fiebre y se encuentra mal, nada más. Pero me ha pedido que te lo diga, para que tú avises al Taki's, supongo.

— Oh. Vale. Gracias— Parecía indecisa, y su voz sonó insegura cuando por fin se atrevió a hablar— ¿Está él… en su casa?

— No, está en la mía. Yo me ocuparé de él, tranquila.

— No será esto algún tipo de estratagema para tener más tiempo juntos, ¿No?

— No lo sé, dímelo tú. Conoces a Alexander desde hace más tiempo que yo ¿Él haría eso?

Oí una suave risa al otro lado de la línea y logré relajarme por un segundo. Después volví a recordar que no sabía nada de él desde hacía horas. Mierda.

— No, él nunca haría eso. Y, aunque tú consiguieras convencerlo de seguir tus maquiavélicos planes, Alec no sabe mentir.

Mi casa apareció ante mis ojos y una pequeña sensación de alivio se extendió por mi cuerpo.

—Clarissa, no quiero ser maleducado, pero…

— Sí, sí. Vale— Su voz sonaba de nuevo igual de fría que antes— Dile a Alec que no se preocupe por nada, ¿vale? Estoy viendo a Isabelle, ahora se lo cuento todo.

— Gracias, Clary— Pero ella ya había colgado.

Salí del coche a toda prisa y no me entretuve ni siquiera para cerrarlo. Cuando abrí la puerta lo primero que vi fue a Jocelyn sentada en la mesa del comedor. Estaba rodeada de papeles, para variar, y parecía haber estado absorta en sus cosas, pero levantó la vista nada más entrar yo.

— ¿Jocey? Creí que hoy ibas a estar todo el día en la ciudad.

— Iba a estarlo, pero me olvidé de coger las fotocopias del contrato que hablamos ayer. Me va a tocar ir de nuevo mañana— Parecía realmente abatida.

— ¿Desde cuándo estás aquí?

— ¿Te preocupa que haya visto lo que tienes en tu habitación?

Se me heló la sangre en las venas.

— ¿Alexander está…?

— Está bien, tranquilo— Una sensación de enorme serenidad se adueñó de todos mis sentidos. Después de estar las últimas dos horas al borde del ataque de nervios, por fin podía volver a respirar tranquilo— Cuando llegué estaba hirviendo de fiebre. Le he atendido lo mejor posible y parece haber mejorado. Aunque me temo que sigue bastante indispuesto.

— Eres la mejor— le dije con total sinceridad.

— Sabes que casi le da un ataque cuando me ha visto, ¿No?—me preguntó, divertida, mientras recogía los documentos y se ponía en pie.

— Me lo imaginaba. Y me imagino que para ti también debe haber sido un shock.

— No tanto, no te creas. En estos dos meses me he habituado bastante a tus locuras, ¿por qué no ibas a tener de novio a un menor de edad que es alumno de la escuela en la que trabajas?

— Me lo tomaré como un halago, gracias— Por mucho que me gustase hablar con Jocelyn, en aquellos momentos solo una persona ocupaba todos mis pensamientos. Espera…— Jocelyn, ¿Por qué nadie contestaba al teléfono?

— ¡Ah! ¿Eso? Cuando he llegado lo he visto en tan mal estado que pensé que lo mejor que podía hacer era conseguir que volviera a dormirse. He apagado nuestros móviles y el teléfono— Se quedó pensativa unos instantes— No se me había ocurrido que tú podrías llamar, qué tonta ¿Te has preocupado mucho?

— Casi te quedas en paro: ha estado a punto de darme un infarto— Ella me miró, entre arrepentida y divertida.

— Me alegro de haberte dicho lo que te dije el otro día.

Cuando mi asistente salió al fin de mi casa me dirigí lo más rápido que mi perezoso cuerpo me permitió a la planta de arriba. Intentando hacer el menor ruido posible, abrí la puerta que separaba mi habitación del resto de la casa. Lo que vi hizo que mi corazón estuviese a punto de fallar de nuevo, aunque esta vez de manera distinta.

Mi perfecto novio estaba acostado en mi cama, semidesnudo. Había recuperado su color de piel habitual y a simple vista se le veía mucho mejor. Me acerqué lentamente a la cama y me acosté a su lado. Alexander abrió los ojos lentamente y me dedicó una sonrisa cansada. En ese momento me di cuenta de que ya era definitivo: no podría vivir sin él.


¡No me matéis! Recordad que es mi primer fic y nunca antes había escrito un lime ¡No es culpa mía! ¡Es la falta de experiencia!

Como compensación a este lamentable capítulo intentaré actualizar de nuevo este domingo. Así que... ¡Lo siento!

Si os gusta el fic (el fic, no este capi, que no cuenta lalalala), por favor, darle a seguir, favoritos, escribid un comentario o mandadme un mensaje telepático. Eso sí, intentad que los mensajes telepáticos vengan con la fuerza indicada, que Airic- Been me ha hecho moratones con los suyos X.X