Los personajes de HTTYD y BRAVE 2012 le pertecen a sus respectivos autores y casas productoras, la autora de este fanfic no tiene derecho sobre nada excepto la trama de este fanfic.


Capitulo III

"Negociación"

POV Hicca

La reina Elinor se nos acercó a Astrid y a mi justo después de anunciar el inicio de la cena, la elegante dama venía a lo máximo de su altura, debía llegarle a la altura de la barbilla a Astrid.

- Perdón por no haber estado mejor preparados para su llegada. – se excusó la reina una vez estuvo frente a nosotras – No pensamos que llegarían tan pronto si consideramos lo que tardaron en llegar las cartas de respuesta. –

- Si bueno… en su defensa, si consideramos la velocidad a la que iba la paloma y la velocidad a la que iban las creaturas que montamos… solo digamos que dos semanas de viaje se acortan bastante. – intente explicar disimuladamente a la reina que nosotras llegamos en dragones.

- Oh. – y a juzgar por su expresión creo que lo entendió – Entonces… ¿Dónde…

- Los dejamos en una cueva no muy lejos, no queríamos que todos se asustaran, creímos que sería más prudente explicar primero las cosas, además a los dragones no les gustan las multitudes enardecidas desconocidas. – intente bromear.

La reina sonrio ante lo que dije. Al fin, alguien que aprecia mi sentido del humor.

- Harold, Willard. – llamo la reina a los dos guardias escandalosos que nos guiaron con sus gritos, el que se había desmayado ya habiendo recuperado la conciencia.

- Sí, mi reina! – exclamaron ambos haciendo una especie de saludo militar.

- Vayan con las mozas y díganles que preparen la habitación con la cama grande y un baño caliente para nuestras invitadas, deben estar exhaustas. – indico la reina a los dos hombres.

- Sí, mi reina! – volvieron a exclamar y salieron corriendo de la sala.

- Por favor, acompáñennos a mí y a mi familia en la cena. – nos indicó la reina mientras se daba media vuelta y comenzaba a acercarse a su familia.

La reina se sentó del lado derecho del rey, yo me senté al lado de ella y Astrid al lado mio, cuando alce mi rostro me di cuenta de que el príncipe Meraud había quedado frente a mí, nuestras miradas chocaron, sus bonitos ojos azules brillaban como un cielo despejado, pero el rápidamente aparto la mirada. Cuando le estaba dando el arco y las flechas paso algo parecido.

Quizás no le agrado.

- Lamentamos no haber anunciado nuestra llegada con antelación. – me disculpe con el rey, no quería que un acto similar al que paso con la reina se repitiese, fue nuestro error no anunciarnos debidamente.

- Oh, no te preocupes querida. Debimos ser nosotros quienes debieron haber previsto su llegada, después de todo fuimos nosotros los que les dijimos que vinieran. – se sacudió el asunto el rey.

El rey me agrada, es como una versión más relajada de mi padre, solo le falta la aparatosa barba.

- Hay algo que pica mi curiosidad desde que entraron, uhm, Hicca. – al menos recordó mi nombre, eso es bueno.

Las tendederas habían entrado a la sala con la comida y comenzaban a ponerla frente a los invitados.

- Exactamente, ¿Qué le paso a tu pierna izquierda? – oh, eso, por supuesto que iba a preguntar por eso, ¿Qué me hizo pensar que no preguntaría por eso?

Pude sentir como todos los demás invitados comenzaban a hablar más quedito para poder escuchar mi respuesta.

También pude ver como el príncipe Meraud fijaba sus ojos en mí de nuevo, brillantes con curiosidad.

- Fergus! – regaño la reina.

- Qué?! – respondió el rey.

- No es molestia reina Elinor, no es la primera vez que me hacen esa pregunta. – todos ya me han hecho esa pregunta, al menos todos los que no conocían la historia completa – Y lo que le paso a mi pierna no es la gran cosa en ver…

- Qué no es la gran cosa?! – interrumpió Astrid mi intento de quitarle importancia al asunto.

Aquí vamos de nuevo.

- Quieren saber qué fue lo que le paso a su pierna?! – empezó mi rubia amiga - Yo les diré lo que le paso a su pierna! – exclamo mientras se ponía de pie.

- Astrid no es necesario…

- Claro que es necesario, Hicca! – me volvió a interrumpir – Esta es la historia de la que más se enorgullece la gente de Berk y tú siempre la haces nada, me gusta que seas humilde amiga mía pero ese rasgo tuyo a veces puede ser contraproducente para ti. – me regaño mientras se colocaba justo en el centro de la sala – Gente de Dunbroch, me parece que a lo que ustedes les interesa es saber cómo nuestro pueblo logro la paz con los dragones. – oh no, su voz de "voy a contar una historia que hará que se les caigan los calzones", eso no es bueno – Pues bien, déjenme decirles que dicha hazaña jamás hubiese sido lograda de no ser por la mujer ahí sentada. – me apunto acusadoramente y todos se giraron a verme con asombro – Hicca Horrendo Haddock III fue quien por primer vez en nuestra historia se atrevió a entrenar a un dragón y a montarlo por los cielos, fue quien se hizo amiga de un furia nocturna, el vástago del rayo y la muerte mismas, el dragón más letal del cual sabíamos en aquel entonces…

- Escuchen chicos. – me dirigí a los trillizos – cuando tengan un mejor amigo asegúrense de que no sea un boca floja, mi padre y yo cometimos ese error y realmente nos arrepentimos. –

- …Y yo les contare como paso eso. – Astrid ya se estaba poniendo dramática, genial.

Conto toda, y me refiero a TODA la historia, no omitió detalle alguno, hasta las tendederas habían dejado de servir y se habían sentado a escuchar la historia, claro hice mis interrupciones para ver si así se callaba pero no, mi amiga siguió hasta el final. Dándole crédito, Astrid es muy buena contando historias. Muchas veces pude ver al príncipe Meraud mirarme de soslayo, un brillo incrédulo y preocupado en su ojos, me sentí algo ofendida, ¿Tan difícil de creer es que yo haya hecho todo eso?

Cuando Astrid llego a la parte en la que caía inconsciente por el aire note que la reina me dedicaba una mirada casi acuosa, yo sonreí intentado tranquilizarla. La reina definitivamente debe ser una madre amorosa.

- Todos pensamos que había muerto, le dio a su padre el susto de su vida y no fue hasta que nos dimos que solo estaba inconsciente que todos, incluso los dragones a los cuales habíamos liberado de la muerte roja, vitoreamos por saber que Hicca estaba sana y salva… en su mayoría. Y fue así como Hicca perdió su pierna izquierda. –

Gracias a Odín! Ya era hora de que acabaras de hablar y volvieras a sentarte!

- No tenías por qué hacer eso. – le susurre molesta a Astrid.

- Por supuesto que sí, míralos, los tenemos en nuestras manos. – me susurro de regreso, su tono victorioso solo molestándome más.

- Eso es mucho mejor que la historia de cómo perdiste tú tu pierna papá. – comento uno de los trillizos, Hamish me parece.

- Qué le paso a su pierna, rey Fergus? – interrogo Astrid con inocente interés, pero yo le conocía, yo podía ver la malicia brillando en sus aniñados ojos azules.

- Meh, se la comió un oso. – fue todo lo que atino a decir el rey, yo mire a Astrid con mi mejor mirada de "lastimaste sus sentimientos", pero ella solo se encogió de hombros.

Cuando las tendederas se dieron cuenta de que debían seguir sirviendo la cena lo hicieron con prisa pues la comida estaba casi fría, y he de admitir que la comida de las tierras altas es bastante interesante.

- Uhm, reina Elinor. – llame – No es mi intensión ser grosera ni mucho menos pero… que es esto? – apunte a lo que había en mi plato.

Astrid miraba su plato con la misma desconfianza que yo miraba el mio.

Era una extraña bola que parecía que iba a explotar en cualquier momento, el aroma que despedía era intenso.

- Es Haggis. – me contesto como si nada la reina.

Claro, por supuesto, obvio que es Haggis.

- Y que es exactamente el Haggis? – volví a cuestionar.

Astrid picaba su Haggis con la pequeña daga que nos dieron para la cena.

- Es mejor si no lo sabes. – la voz profunda del príncipe Meraud me respondió – lo mejor es que simplemente lo comas o no habrá postre. – un toque de humor decoro lo dicho por el príncipe, sus ojos también brillaron divertidos.

- Es correcto, Meraud. – le siguió la corriente su madre, la misma chispa de humor decorando los ojos de la reina.

Por algún motivo no pude evitar sonreír.

Mire a Astrid y ella me miro a mí, ambas nos encogimos de hombros y procedimos a alimentarnos, y la verdad, no sabía tan mal. Si consideramos que todo lo que comemos en Berk por lo general esta frio o desabrido, el Haggis era un cambio bienvenido. Tenía un sabor fuerte, sabia a muchas cosas! Estaba tibio y eso para mí ya es un plus, ¿A quién le importa lo que sea el Haggis? Sabe mucho mejor que pescado regurgitado por un furia nocturna.

- Y cuéntennos, Hicca y Astrid, ¿Cómo es Berk? – cuestiono la reina algo para iniciar una conversación.

- Frio. – respondió Astrid rápido.

- Sin exagerar, nieva nueve meses al año y graniza los otros tres. – complemente la respuesta de mi rubia amiga.

- Vaya, en ese caso nuestro clima debe parecerles bastante cálido en estos momentos del año. – continuo la reina.

Y así se pasó la cena, la reina y el rey preguntaban sobre la vida cotidiana en Berk y nosotras preguntábamos de la vida cotidiana en Dunbroch, ellos muy educadamente se guardaron sus preguntas sobre dragones, posiblemente las harían el día de mañana cuando Astrid y yo seamos bombardeadas por preguntas de todos los presentes. Los lores nos miraban de reojo, podía escuchar sus murmullos curiosos.

En si la cena fue bastante tranquila, demasiado si tenemos en consideración como son las cenas en el gran comedor de Berk, pero fue algo que tanto Astrid como yo agradecimos pues aunque había sido un viaje rápido igual había sido agotador, todo el camino me la pase pensando en los posibles escenarios y vías de escape alternas, el que decir y que no decir, etcétera.

La reina se nos acercó nuevamente, esta vez detrás de ella venia una regordeta y bajita mujer que usaba un vestido en colores beige y gris, una tela cubría su cabeza borrando cualquier atisbo de cabello.

- Hicca, Astrid. – nos llamó a cada una por nombre, eso es bueno ¿verdad? – esta es Maudie. – señalo educadamente a su acompañante, la mujer dio una ligera reverencia en nuestra dirección – Ella las guiara a sus habitaciones. –

- Muchas gracias su majestad, pero no se hubiese molestado. Podemos pasar la noche en la cueva donde…

- Tonterías, niña. – me interrumpió la dama – Han demostrado ser dignas invitadas en nuestras tierras y por ende serán tratadas como tal, mañana lidiaremos con los aposentos de sus creaturas, por ahora vayan a la habitación, tomen un baño y descansen, se lo han ganado. – discurso la reina.

Astrid y yo intercambiamos miradas, ella solo se encogió de hombros dejándome a mí la respuesta final.

- Está bien su majestad, gracias. – di mi brazo a torcer.

La reina sonrio complacida y asintió, luego nos dejó solas con la señora Maudie.

- Síganme queridas, debes estar exhaustas. – nos sonrio maternalmente la mujer y la seguimos fuera de la sala.

No fue hasta que estuvimos unos buenos diez metros de distancia que las fuertes voces de los lores se hicieron escuchar por el pasillo.

- Creo que dejamos toda una impresión ahí atrás. – comento Astrid mientras apuntaba con su pulgar la dirección del salón de banquetes.

- No quieres quedarte? Se lo mucho que te gusta una buena discusión. – señale con malicia.

- No gracias. He estado sentada en Tormentula todo el día, un buen baño y una noche de sueño son lo que necesito. – decía Astrid mientras intentaba hacer tronar sus hombros y su cuello con un movimiento de cabeza.

- Tan sabias y sinceras palabras jamás habían salido de la noble boca de un vikingo. – bromee medio en serio.

La señora Maudie nos guio por los pasillos hasta una enorme puerta de madera que abrió con un ligero empujón, lo que había del otro lado era una amplia habitación con una gran ventana con vista al bosque, y más allá al océano, la luna redonda y llena brillaba en el nocturno cielo blanca y etérea, la cama era tan grande como la de mi padre, pero ellos no ponían madera en sus camas, bueno, la base era de madera, pero en lugar de solo dormir sobre la madera había una tela que parecía estar rellena de algún material esponjoso, posiblemente retazos de tela o heno o incluso podía ser lana, encima de eso estaban las sabanas, se veían gruesas y pesadas teñidas de un bonito color verde, tenía techo y cortinas, ¿Por qué una cama necesita techo y cortinas? Es una cama, no importa que tan grande sea, es solo una cama. Encima de la cabecera, colgando de la pared, había un escudo de madera oscura, tenía tallado el símbolo del reino, tres osos persiguiéndose eternamente. Fuera de eso la habitación era bastante austera.

Entramos a la habitación como temiendo que el piso se esfumara y cayéramos en una trampa, pero no pasó nada malo.

- Ahora por favor, quítense sus ropas. – nos pidió la mujer.

Astrid y yo la volteamos a ver con los ojos como platos.

- Oh vamos, queridas. No me miren así, si no se quitan la ropa como esperan que las bañe? – cuestiono la mujer mientras sacaba de Thor sabe dónde dos paños para higienizarnos.

Entonces note que en la puerta ya había otras dos mozas, cada una cargaba un cuenco de madera grande y lleno de agua.

Con una habilidad de temer las tres mujeres nos despojaron a mí y a Astrid de nuestras ropas, deshicieron nuestras trenzas y comenzaron a tallarnos con los paños húmedos todo el cuerpo.

- Esto no es necesario, señora Maudie! Podemos lavarnos nosotras mismas! – intente reprochar.

- Tonterías, querida. – se sacudió mi suplica la mujer – Además, la reina Elinor ha dado órdenes de dejarlas impecables para el día de mañana. – explico la mujer.

- Que es esto que nos están untando? – cuestiono mi rubia amiga mientras le quitaba de las manos a una moza un cuadrado que olía muy bien y hacia burbujas al contacto con el agua, nos lo estaban untando en todo el cuerpo y el cabello, ciertamente era agradable.

- De que esta hecho? Huele muy bien. – interrogue a la regordeta mujer mientras esta me masajeaba la cabeza con su propio cuadrado.

- Se llama jabón, lo hacemos con grasa de cabra o de oveja, le damos consistencia con cenizas de leña y a veces les ponemos aceites aromáticos para que huelan bien. – me respondió Maudie mientras me enjuagaba con una cuenca de madera más pequeña.

Cuando la mujer llego a mi pierna izquierda se detuvo en seco y me miro con pesar, yo le sonreí para tranquilizarla y me quite la pierna.

- ¿No te duele? – pregunto una de las mozas que había llegado después.

- Hace mucho que no, más que nada te acostumbras. – le respondí sin sentirme incomoda en lo absoluto, muchos niños en Berk me habían hecho la misma pregunta.

Maudie limpio mi muñón con cariño y cuidado.

Una vez las tres mujeres terminaron de manosear mi ser y el de Astrid nos dieron unas batas de tela delgada para cubrirnos, las ropas con las que llegamos estaban dobladas y en los brazos de las tres mozas.

- Nos encargaremos de sus ropas, para mañana en la tarde ya deberían estar listas, y no te preocupes por tu armadura de cuero querida, la trataremos bien. Que pasen buenas noches, bienvenidas a Dunbroch. – y la señora Maudie cerró la puerta.

- Me siento ultrajada. –comento Astrid refiriéndose a como las mozas lavaron todas y cada una de las esquinas de nuestro ser.

- Pero te puedo asegurar que jamás te has sentido así de limpia. – intente animarla.

Nuestro cabello seguía húmedo, así que no podíamos amarrarlo o se enredaría, la señora Maudie nos había dado un cepillo a cada una, así que decidimos que sería mejor cepillar nuestro cabello para que se secara más pronto.

- Sabes, para haber sido nuestros enemigos en el pasado, no son tan malos. – comento casual Astrid mientras tomaba asiento en el lado derecho de la cama.

- Al menos estos no escupen fuego. – bromee mientras tomaba asiento al otro lado de la cama.

- El príncipe no te quitaba los ojos de encima. – me dijo.

- De que hablas? El príncipe ni siquiera me miraba a la cara y cuando lo hacía se volteaba con disgusto. – le respondí.

- No creo que haya sido eso. –

- A que te refieres? – la cuestione.

Que parte me estoy perdiendo? No me gusta quedarme fuera de las cosas, ya me han dejado fuera de ellas por mucho tiempo y no es agradable.

- No es nada, Hicca. Mejor durmamos, mañana será un día difícil. –

Deje ser a Astrid a pesar de que no me dijo lo que quería decir, después de todo tenía razón, mañana seria la negociación con los lores y si todo salía como lo planeado entonces presentaríamos a Chimuelo y Tormentula, es ahí donde las cosas podrían ponerse complicadas.

- No pienses cosas negativas o tendrás pesadillas. – me reprendió Astrid mientras se acomodaba bajo las cobijas.

- Si papá. – le respondí con tono molesto.

- Buenas noches, Hicca. –

- Buenas noches, Astrid. –

Apagamos las velas y nos fuimos a dormir, la luz de la luna llena entrando por la ventana que dejamos abierta para que refrescara el cuarto, pero eso no sirvió de mucho.

- Astrid, ¿No tienes calor? – le pregunte quedito pues no sabía si estaba o no dormida.

- Estoy sudando más que Snotlout en una carrera de dragones! – exclamo en voz baja mi compañera – La cama es demasiado suave, siento que me hundo, y las abanas son muy gruesas, me sobrecalientan. –

Compartía las sensaciones de mi amiga, así que nos descobijamos al mismo tiempo y salimos de la cama. Ahora, no íbamos a sacarle el relleno a la cama para recostarnos en la madera de la base, no importa que Astrid insistiera, así que optamos por la segunda mejor opción. Cada una tomo una almohada y se fue al piso, estaba fresco y sin rastro de polvo, era perfecto.

Cuando volví a abrir mis ojos fue cuando a mi oído llego el primer canto de un gallo, tome asiento en el cómodo piso de la habitación y estire los brazos, tome mi prótesis, que había dejado recargada contra la pared y la puse en su lugar, finalmente me puse en pie y coloque la almohada sobre la cama (donde se supone que Astrid y yo debimos haber dormido).

- Astrid, de pie. Ya amaneció. – le dije en un bostezo a mi rubia amiga.

Escuche como gruñía mientras se estiraba, luego su maraña rubia entro en mi zona de visión cuando se sentó, la almohada firmemente abrazada en su pecho.

- Buenos días. – me dijo en un bostezo mientras se ponía de pie y coloco la almohada sobre la cama.

Tome el cepillo que use la noche anterior y se lo di a Astrid.

- Me harías el favor? Sabes que no soy buena para volverlas a hacer por mí misma. – le dije refiriéndome a mis trenzas.

Soy buena en la herrería y entrenando dragones pero no puedo lidiar con mi cabello, mi cabello es peor que Chimuelo cuando se comió una anguila por accidente.

- Siéntate. – me indico Astrid la única silla que había en la habitación.

En cambio para Astrid lidiar con su cabello, o con el de cualquiera, era tan sencillo como montar en su Tormentula. Ella solo tomaba el cepillo, cepillaba, tomaba mechones de mi cabello y enredaba gentilmente las hebras hasta que tenía una trenza, tomo el trozo de tela con el que había cubierto mi trenza anteriormente y que las mozas de anoche había tenido la amabilidad de dejar en la habitación por si quería volver a amarrarme el cabello, cubrió la trenza y amarro la tela al final evitando que se deshiciera su obra maestra.

- No comprendo, Hicca. ¿Cómo puedes entrenar dragones y mantener la herrería impecable, pero no puedes lidiar con tu cabello? – me cuestiono con algo de humor, ahora ella estaba su propia trenza.

- De la misma forma en que tú puedes lidiar con el cabello de todos pero no puedes ni hervir agua sin hacer explotar el caldero. – le conteste con el mismo toque de humor que ella uso.

TOC-TOC. Tocaron la puerta y prontamente esta misma fue abierta.

- Oh, ya despertaron. Me alegra saber que son aves madrugadoras. – era la señor Maudie que entra cantarían en la habitación, cargaba dos telas dobladas, una de color azul y la otra verde, las coloco sobre la cama.

- Buenas días, señora Maudie. – le salude.

- Que son esas telas? – pregunto Astrid mientras se acercaba y las desdoblaba.

- Son vestidos. Regalos por parte de la reina y el rey en respuesta por los que ustedes les dieron anoche. Y por cierto, querida, puedes decirme solo Maudie, el señora me hace sentir vieja. – me dijo con aire amigable.

- No era necesario. – intente quitarle importancia al asunto.

- Claro que sí. Sus ropas no estarán listas hasta la tarde y dudo que quieran ir solo en camisón a negociar con los lores. –

Tenía un punto. No me gustaría estar en medio de todos esos señores solo usando esta delgada tela casi totalmente transparente y que no ocultaba mucho de mi cuerpo.

- Ahora, ¿Saben cómo ponerse los vestidos? – nos interrogo la mujer.

Astrid y yo nos vimos, luego vimos a Maudie y negamos dos veces.

La mujer nos sonrio y de repente detrás de ella volvieron a aparecer las mozas que nos habían bañado la noche anterior, ¡¿De dónde salieron?!

Sí que nos desnudaran y pasaran paños húmedos por nuestros cuerpos la noche anterior fue humillante, debo decir que nos pusieran esos vestidos fue una tortura. Primero sobre las batas semitransparentes colocaron algo que ellas llamaron "corsé", era una especie de faja con cuerdas en la parte de atrás para poder ajustarlos, y sé que ajustaban, ajustaban tanto que era difícil respirar, luego colocaron los amplios vestidos que parecían cortinas de fina tela.

- Listo! – exclamo Maudie mientras se hacía un poco hacia atrás para contemplarnos, las otras dos mozas imitaron su acción – Se ven preciosas. – canto la mujer.

No me siento preciosa, siento que me estoy poniendo azul por la falta de aire!

- Muy bien, ya que están presentables es hora de desayunar. Sus majestades y los lores no tardaran en bajar al comedor, les sugiero ir bajando también. – aconsejo Maudie, las dos mozas a su lado asintieron en concordancia con la mujer.

Astrid y yo seguimos el consejo de la mujer y bajamos a poner algo en nuestros estómagos antes de que comenzara la negociación, cuando llegamos al comedor los únicos ahí eran el rey, la reina y los trillizos, cuando nos vieron sonrieron complacidos.

- Buenos días, es bueno saber que al fin se ven como las señoritas que son. – comento la reina, se veía contenta consigo misma.

Aah, así que la idea de los vestidos fue de ella.

- Ha! Que Mor´Du tome mi otra pierna! Se ven fantásticas! – elogio el rey mientras con uno de sus puños golpeaba la mesa. Los trillizos asintieron con efusividad, claramente en concordancia con su padre.

Francamente no entiendo porque la ropa es tan importante. Lo que Astrid y yo usábamos al llegar a Dunbroch era versátil y practico, nos permitía movernos con facilidad y montar a los dragones sin mayor lio, por otro lado estoy segura de que si intentara montar a Chimuelo con esta cortina que llevo encima la falda se atoraría con sus alas.

La reina hizo un ademán para que tomáramos asiento en la mesa, nos sentamos a la izquierda del rey, siendo la reina y los trillizos quienes ocupaban los asientos de la derecha, fue entonces que note la falta de alguien.

- ¿Y el príncipe Meraud? – cuestione.

- Meraud tiene esta manía de que todas las mañanas sale a cabalgar en su corcel personal. – respondió la reina mientras tomaba un sorbo de su pequeño tarro de madera.

Yo sé de alguien que estará muy molesto conmigo por no haberle dado su vuelta matutina… oh bueno, le cambie el mecanismo a su cola antes de salir de Berk, supongo que el la dio sin mi… genial, ahora me siento frustrada.

- Que les gustaría desayunar? Necesitaran energía para el día que les espera. - nos dijo la reina.

- Algo de leche y pan bastaran. – respondió Astrid por las dos.

- Nada más? – interrogo con algo de preocupación el rey – Tonterías! Maudie, tráele a nuestras invitadas un buen plato de fruta, otro de avena, leche y pan! Querida, necesitas poner algo de carne en esos huesos si esperas poder dar vida a muchos adorables y pecosos vikingos! – dijo el rey mientras me apuntaba a mí, pude sentir mis mejillas sonrojarse fuertemente – Y tú necesitas energía para poner en buen uso esos músculos! – apunto a Astrid.

- Fergus! – regaño la reina.

- Que?! – exclamo el rey.

Lo más increíble no fue la cantidad de comida que le rey nos hizo ingerir, sino el hecho de que pude acabarme todo lo que la señora Maudie puso frente a mí. Por lo visto me sirvió porciones más pequeñas sabiendo que no terminaría si comía las mismas porciones que Astrid o el rey comieron, que los dioses bendigan a esa mujer.

Después del desayuno la reina nos dijo que podíamos dar una vuelta antes de la reunión con los lores. Astrid y yo salimos a los jardines, eran amplios como una pradera, el viento era fresco y olía a dulce por la madera y flores del bosque.

- No esta tan mal. – menciono Astrid mientras mirábamos al horizonte – Si todo esto sale bien casi puedo imaginar a los dragones sobrevolando estas nuevas tierras. –

- Espero que tengas razón. – le dije.

- Tienes suerte… por lo general la tengo. – me respondió con su siempre molesta sonrisa autosuficiente.

No pude evitar poner mis ojos en blanco.

Quiero a Astrid, es mi mejor amiga humana y mi mano derecha en muchas cosas, pero hay veces en que su exceso de confianza es realmente irritante.

- Mis ladies, el rey y la reina solicitan su presencia. – nos dijo un guardia que se nos acercó corriendo.

Muy bien, llego el momento… solo espero no vomitar.

Volvimos a entrar al palacio, el guardia que nos fue a buscar iba delante de nosotras, guiándonos a donde fuera que fuese a ser la conferencia. Llegamos a otro gran cuarto donde los reyes estaban sentados en una especie de estrado, sus hijos sentados a sus lados de la misma manera que en la cena de anoche, los lores de los tres clanes estaban distribuidos por toda la sala, sus hombres detrás de ellos, Astrid y yo habíamos quedado de pie en medio de un tenso silencio. Mire en dirección de los reyes, ambos de dedicaron una sonrisa, el rey de confianza, la reina de tranquilidad, los trillizos tenían sus pulgares arriba y el príncipe… el príncipe no apartaba su mirada de mí, tenía la boca ligeramente abierta. Volví a sentir mis mejillas arder.

- Hicca Horrendo Haddock III, Astrid Hofferson. Representantes de la tribu vikinga Hooligan en la isla de Berk en los mares del norte, los reyes y lores del reino de los cuatro clanes unidos de Dunbroch les da la bienvenida a este espacio dedicado a la negociación de una alianza entre su pueblo y el nuestro. – hablo solemne la reina mientras se ponía de pie – A continuación los lores les expondrán sus dudas y con respecto a sus respuestas es como se analizara si tener una alianza con su pueblo es factible o no. – explico la reina – El primero en hablar será Lord Macintosh. – apunto la elegante dama a un hombre delgado y de loco cabello oscuro, tenía la cara pintada con azul, pintura de batalla supongo.

- La noche anterior tu amiga no conto acerca del gran sacrificio que tuviste que hacer en orden de seguir tus principios, lo cual no solo llevo a una nueva era para tu pueblo pero para ti misma. – discurso el hombre – Sin embargo ella no nos comentó nada al respecto del primer encuentro que tú y la creatura compartieron, podrías ilustrarnos al respecto, jovencita. –

Oh, así que solo tienen curiosidad. Pudieron haber preguntado anoche durante la cena.

- En Berk, antes, no había nada más importante ni que te diera más estatus que la caza de dragones. – comencé mi relato – Sin embargo, cuando eres un imán para accidentes con forma de pescado con patas, muchas personas, sino es que todas, pasan de ti. – recordé amargamente – No podía sostener una espada por mucho tiempo sin que su peso me tirara junto con el arma, ni siquiera podía levantar un martillo o un hacha, por lo tanto no podía matar dragones. Entonces construí este dispositivo que fuese capaz de lanzar las armas en mi lugar. –

- ¿Construiste? – me interrumpió confundida la reina.

- Tengo esta manía por diseñar y construir armas, mi padre para evitar que me metiera en líos decidió ponerme como aprendiz del herrero de la tribu. – explique.

La reina asintió y volvió a guardar silencio.

- Si bueno, una noche durante uno de los tantos ataques que los dragones hacían a la tribu me escabullí con mi arma, no fue difícil todos intentaban no ser comidos, y espere a que mi presa apareciera. Quería atrapar un furia nocturna, eran de los que más daños hacían pero nunca se llevaban nada, una vez visualice al dragón accione el arma y dispare. Le di, pero nadie me creyó, así que a la mañana siguiente fui en busca del cuerpo y cuando lo encontré estaba forcejeando contra los amarres que le dispare, se retorcía como pescado fuera del agua, tome mi daga y me acerque, debía matarlo. Si quería ser vista, debía matarlo. – relate.

- Pero no lo hiciste. – escuche la voz del príncipe Meraud, mis ojos y los de él se encontraron cuando gire mi rostro, sus ojos se veían tan profundos a pesar de su claro color azul - ¿Por qué? – me interrogo.

- No pude… No quise… Cuando mire sus ojos… cuando mire sus ojos me vi a mi en ellos, el tenia tanto miedo como yo… y me di cuenta de que yo en verdad no quería ser como los demás. – respondí mirando a los ojos de Meraud – Quería ser yo. Lo deje ir… no sin que antes me diera el más grande sus to de mi vida cuando salto sobre mí y me rugía justo en el oído, debes en cuando escucho un zumbido en mi oreja derecha. – intente bromear al final quitándole pesadez al asunto, aunque lo del zumbido es cierto.

- Te arrepientes? – cuestiono alguien a mi derecha.

Rápidamente aleje mi mirada del príncipe y fije mi atención en otro de los lores. Era el más grande de los lores, tenía cabello rubio, creo que su nombre era McGuffin.

- Jamás. – fue la única palabra que dejo mis labios mientras miraba al hombre.

La reina carraspeo para llamar nuestra atención.

- Ahora la palabra la tiene Lord Dingwall. – concedió la dama.

- Que hay de su alimentación? La de los… dragones. – cuestiono el bajito hombre de cabello rubio claro.

Por fin, alguien que puede decir la palabra correcta.

- Carne por supuesto. – respondí tranquila – Pero tranquilo, por lo general es pescado o pollo, o en casos muy especiales otro tipo de material. –

- Y no atacan a las personas? – siguió el Lord.

- Si es un dragón salvaje es muy posible que te reduzca a ceniza, si es dragón entrenado entonces solo te atacara bajo órdenes de su jinete o para defender a su jinete. – explique honesta. Grave error, pude ver como los ojos de todos se llenaban de pánico ante la posibilidad – P-pero si hicieran una alianza con nosotros e-entonces les enseñaríamos a defenderse y a repeler a los dragones salvajes, es una de las ventajas! – repare lo mejor que pude mi error.

Un murmullo se alzó en la sala, mire al suelo y mordí mi labio inferior nerviosa, ya lo había echado a perder.

- Se le concede la palabra a Lord McGuffin. – hablo la reina.

- Ya nos has hablado de suficiente de los… dragones. – muy bien, parece que ya se están haciendo a la idea – Pero que más nos ofrecen en esta alianza? – me interrogo.

- A parte de instrucción con respecto a los dragones también les ofrecemos un mercado armamentista, nuestros diseños han mejorado y nuestro metal es de calidad, como ustedes bien pueden apreciar en sus nuevas espadas, también les ofrecemos un intercambio de guerreros, así se aprenderían nuevas técnicas de combate que beneficiarían a ambos bandos, y por supuesto caballería en caso de invasión. – ofrecí.

Esto último parecer dejar buena impresión en los lores, digo, que tu caballería llegue montada en enormes lagartos lanza llamas… si yo fuera el invasor saldría huyendo.

- Que hay de las técnicas de herrería? Nos enseñarías a hacer piernas como la tuya? – siguió el Lord.

- Claro, no es difícil. – respondí de inmediato.

El gran Lord se sumió en un silencio reflexivo.

- Con eso se cierra las negociaciones. Hicca, Astrid, por favor esperen afuera mientras tomamos una decisión final. – indico la reina.

Astrid y yo hicimos una reverencia y salimos de la sala. Apenas cerramos las puertas detrás de nosotras sentí que el alma se me iba al suelo y el estómago se me revolvió.

- Necesito aire. – dije.

- Yo necesito otro de esos ricos bollos dulces que nos dieron esta mañana. – dijo Astrid.

Así que mientras mi rubia amiga tomaba camino hacia la cocina, solo debía seguir el delicioso aroma, yo salí de nuevo a los jardines, quería quitarme ya el vestido, no ayudaba en nada a mi ansiedad estar atrapada en la ajustada tela, quería saltar en el lomo de Chimuelo y salir volando y olvidar toda este nerviosismo, pero eso debía esperar. Llegue a los jardines y sentí el fresco aire golpearme en la cara, el aroma del bosque llenando mis pulmones, tranquilizándome.

- Mucho mejor. – me dije a mi misma mientras caminaba por los enormes jardines como pradera que rodeaban el castillo.

No sé cuánto tiempo pase ahí acostada en la pradera, solo mirando las nubes pasar como ovejas en prados azules, sintiendo la brisa, casi caigo dormida. Y digo casi de no ser por…

- Hicca. – me llamo una profunda voz sacándome de mi letargo. Rápidamente me senté y dirigí mi atención al dueño de la voz que me llamo – Príncipe Meraud. – reconocí al hombre que se me acercaba.