Los personajes de HTTYD y BRAVE 2012 le pertecen a sus respectivos autores y casas productoras, la autora de este fanfic no tiene derecho sobre nada excepto la trama de este fanfic.
Capitulo IV
"Dragones"
POV Meraud
Luego de la inocente pregunta de mi padre la vikinga rubia comenzó a contarnos la historia de cómo Hicca había perdido su pierna, y sí que fue una historia. Con cada detalle peligroso no podía evitar dedicarle a la delgada castaña una mirada preocupada, de tan solo imaginarla enfrentándose a la creatura que fue descrita por la rubia, de tan solo imaginarla cayendo desde los dioses saben que altura para caer en la dura tierra, de tan solo imaginarla cuando volvió en sí y se dio cuenta de que su pierna…
Mi padre… yo quiero pensar que mi padre lo tomo bien, pero él ya era un hombre con familia, maduro, un guerrero que ya había peleado en incontables batallas y que estaba listo para lo que la vida le lanzase. Pero Hicca… ella tenía solo quince años, una chiquilla que había estado sola por mucho tiempo, sin la aprobación de nadie en especial, que dio todo lo que tenía que dar y más.
Mire a la mujer sentada frente a mí y no pude sentir otra cosa que respeto y admiración… entonces ¿porque no puedo mirarla a la cara cuando sus ojos entran en mi zona de visión?
Luego de que Astrid volviera a su asiento y de que el orgullo de mi padre fuese lastimado por la increíble historia de cómo Hicca perdió su pierna en las fauces de un dragón tan grande como una montaña la cena fue servida.
- Uhm, reina Elinor. – la suave voz de Hicca llego hasta mis oídos, alce la vista y vi como la pecosa castaña miraba a mi madre con miedo en los ojos y apuntaba acusadoramente el plato frente a ella – No es mi intensión ser grosera ni mucho menos pero… que es esto? –
Una sonrisita divertida se dibujó en mi rostro, por dentro había explotado en carcajadas. Confía en el Haggis para hacer que una valiente vikinga que se enfrentó a uno de los más temibles dragones se convierta en una asustadiza doncella, que bueno que las dos visitantes tenían su atención en mi madre porque si hubiesen visto mi sonrisita burlona seguramente perdería toda oportunidad de acercarme a Hicca… muy bien, estoy empezando a asustarme, ¿Por qué me importa acercarme a la adorable pecosa? Basta!
- Es Haggis. – respondió mi madre con su habitual calma.
La sonrisa en mi rostro se ensancho ligeramente. Por supuesto que mi madre no iba a decirles que el Haggis es vísceras de oveja dentro del estómago de la misma hervidas hasta que quedan blandas, eso por lo general asusta a los comensales no acostumbrados a su sabor.
- Y que es exactamente el Haggis? – volvió a cuestionar Hicca, la preocupación en sus verdes ojos al mirar de reojo el platillo la hizo ver como una niña pequeña.
- Es mejor si no lo sabes. – me auné a la conversación antes de que mi madre realmente les dijera lo que era el Haggis – lo mejor es que simplemente lo comas o no habrá postre. – bromee un poco usando la misma frase que mi madre constantemente usaba conmigo y mis hermanos.
- Es correcto, Meraud. – me siguió el juego mi madre.
Una sonrisita, torcida y divertida, se pintó en el rostro de Hicca, sentí como mi estómago se encogía cuando lo note e intente concentrarme en mi comida. Cuando me di cuenta las dos vikingas estaban engullendo su comida como si nunca hubiesen probado algo con sabor. El resto de la cena mi madre y mi padre se dedicaron a interrogar a las dos visitantes sobre sus vidas cotidianas en los mares del norte, por lo visto el lugar del que vienen es bastante frio, no pude evitar un ligero escalofrío en mi espalda cuando Hicca menciono el tipo de clima de la isla que habitan, el frio y yo nunca nos hemos llevado bien.
Cuando hubo terminado la cena mi madre volvió a llamar a Hicca y a Astrid, Maudie iba justo detrás de ella. Las cuatro mujeres intercambiaron saludos y palabras, luego Maudie abandono la sala junto con las vikingas, pasados unos treinta segundos después de que la castaña y la rubia se hubiesen retirado los lores comenzaron con su ya clásico escandaloso comportamiento, por suerte mi madre ya había vuelto a ser su estricto y amante del orden ser, y mi padre aún estaba en su modo "soy el rey y aquí se hace lo que yo digo."
- CALLENSE! – rugió mi padre haciendo que todos en la sala guardaran silencio, luego hizo un ademan que indico a mi madre que podía proceder en su hablar.
- Gracias, Fergus. – dijo mi madre mientras asentía ligeramente su cabeza en dirección de mi padre – Hermanos de los clanes, creo que nuestras invitadas han demostrado estar a la altura de la situacion, ¿Cuál es su opinión? –
Solo mi madre puede ser tan políticamente correcta en una situacion tan tensa.
Los lores intercambiaron miradas, como ya habían gritado ahora podían concentrarse mejor en sus ideas y dedicar un momento de reflexión a la pregunta de mi madre.
- No parecen tan salvajes ni sedientas de sangre como lo fueron sus ancestros. – inicio Lord McGuffin.
- Sus regalos también fueron bastante halagadores y generosos. Definitivamente quieren dar una buena impresión. – prosiguió Lord Macintosh.
- Y sus ropas eran bastante interesantes. Se veían prácticas para el combate, definitivamente mucho más ligeras que nuestras armaduras. – razono Lord Dingwall.
- Y no olvidemos los a los dragones. – añadió en un tono juguetón mi padre, como queriendo tentar a los lores.
- Pero no los mostraron! – ataco Lord Dingwall.
- Es probable que todo sea una mentira! – señalo acusador Lord Macintosh – La historia de la rubia es simplemente demasiado fantástica! Esperan que creamos que esa jovencita logro semejante hazaña?!
Eso ultimo me hizo sentir muy molesto.
- Y por que habrían de mentir con respecto? – resonó mi voz en la sala, todos inmediatamente guardaron silencio.
Mi voz, y yo en general, había cambiado considerablemente desde que tenía dieciséis años y ocurrió el incidente con mi madre. Mi voz se hizo más gruesa, mi madre decía que incluso sonaba más amenazante y demandante aun cuando hablaba sin ningún tipo de emoción agresiva, mi cabello había crecido y ahora lo usaba amarrado en una coleta de caballo, ya era tan alto como mi padre y mi cuerpo se había marcado debido a mi entrenamiento en el arte de la batalla, me había vuelto más sereno, bueno, solo un poco, y más fuerte.
Los lores sabían que sería el futuro rey, muy a pesar de que no acepte casarme con ninguna de sus hijas. Ya no soy el niño caprichoso de hace cuatro años y no voy a permitir que nuestras invitadas sean insultadas por un trio de viejos que se atreven a dudar de la veracidad del brillo triste y orgulloso en los ojos de Hicca cuando mira su pierna izquierda.
- Solo por el hecho de ser una vikinga debemos de renegar de sus palabras? Lord Macintosh permítanme recordarle que su rey, mi padre, perdió su pierna en un desafortunado encuentro con Mor´Du, el oso demonio, ¿Cómo es eso menos fantástico que un dragón? – cuestione al hombre.
Todos en la sala guardaron silencio sopesando sus respuestas.
- Lo que mi hijo a dicho es correcto. Si quieren intentar desmentirlas deben pensar muy bien sus palabras, mi Lord. – interrumpió mi madre intentando aligerar el humor – Además, si no se presentaron con los dragones fue porque pensaron que sería mejor dejarnos digerir la idea antes de mostrarlos. –
- Y usted como sabe eso, mi Lady? – cuestiono Lord Dingwall a mi madre.
- Ellas mismas me lo han dicho. – respondió mi madre.
Todos miramos a mi madre sin dar crédito a sus palabras, mi padre y mis hermanitos sonreían emocionados ante la idea.
- Y usted les cree, mi Lady? – continuo Lord Dingwall.
- No me han dado motivo para dudar de sus palabras. Mañana sabremos si lo que dijeron es verdad o no y hasta que llegue ese momento ellas son nuestras invitadas, les sugiero mis lores no insultarlas o dejaran en vergüenza a Dunbroch. – reprendió mi madre.
Los lores miraron al suelo avergonzados.
- Si no hay nada más que agregar sugiero que nos retiremos a nuestros correspondientes aposentos, no sé ustedes pero creo que está a sido una noche llena de sorpresas. – despidió mi madre a los lores dando por terminada la noche.
Abrí la puerta de mi habitación con calma, como había dejado la ventana abierta la luz de la luna llena bañaba el interior del cuarto, me deje caer en la cama quedando boca abajo, el aire que entraba por la ventana refrescaba el interior de la habitación.
- Pero que diantres pasa conmigo? – me cuestione, mi voz sonaba apagada pues chocaba contra las sabanas de la cama.
Ahora que estaba en la privacidad de mis aposentos podía darme la libertad de despotricar contra mí mismo. Estire el brazo hasta que con el dorso de mi mano izquierda sentí el mango de la espada que siempre tengo al lado de mi cama.
- Que diantres pasa conmigo?! – me recrimine mientras tomaba de golpe la espada por el mango y con un movimiento rápido le daba vuelta en aire y me ponía de pie blandiéndola.
- Por. Qué. Simplemente. No. Puedo. Mirarla. A. Los. Ojos. Es. Solo. Una. Chica. No. Es. Nada. Nuevo…
Me decía entre cada estocada que le daba al aire mientras imágenes de Hicca llegaban a mi mente. Sinceramente no sé qué es lo que está mal, he visto a cientos de chicas castañas, pero a ninguna le brillaba el cabello como brilla el de Hicca, he visto a chicas con ojos verdes, pero ninguna cuyos ojos verdes parecieran la primavera naciente después del invierno… ¡Qué diantres! Pareciera que estoy hechizado!
- Eso es! – exclamo en un jadeo mientras detengo el ataque a un enemigo invisible – Hicca debió hacer alguna magia rara, apuesto a que intenta matarme, pero no puedo simplemente acusarla a menos de que tenga pruebas. – me convenzo en susurros – Mañana por la mañana iré con la abula y ella me dirá que es lo que me pasa y me curara. – concluyo meintras coloco la espada en el suelo, la punta clavándose en el ya demasiado marcado piso de mi habitación.
Me quite la ropa y avance hasta el cuenco de madera con agua que estaba empotrado en una esquina de mi cuarto, tome un paño y lo sumergí en el agua, luego lo restregué contra mi cuerpo asegurándome que no quedara ni tramo de suciedad, una vez terminado mi baño de esponja me metí a la cama y deje que el sueño me llevase.
Esa noche soñé con preciosos ojos verdes que brillaban como esmeraldas y con dragones.
Cuando volví a abrir mis ojos el sol aun no había bendecido la tierra con su gracia, pero yo sé que no tardara mucho antes de que sus luces pinten con bonitos naranjas y rosados el horizonte en un bello amanecer. Salgo de la cama de un salto y me preparo para el día que tengo por delante.
- Debo salir de aquí antes de toparme con Hicca. – mascullo para mi mientras salgo de mi habitación y me dirijo a los establos.
Angus relincho de gusto al verme, le puse su silla, lo monte y salimos disparados hacia el bosque.
No existe nada mejor que la sensación del viento contra mi rostro cuando cabalgo sobre Angus, el sonido de cada flecha que da justo en el ojo de la diana se lleva cada una de mis preocupaciones, el aroma del bosque llena mis pulmones haciendo que una sensación de pureza me llene, por un instante me olvido de cierta vikinga de ojos verdes.
Angus y yo seguimos el ya conocido camino a la casa de la bruja que hace cuatro años me ayudo a convertir a mi madre en oso. Después de aquel incidente me halle visitando a la anciana con frecuencia, si ponemos de lado el hecho de que esta medio loca y de que tiene una obsesión con las puertas la bruja es de hecho bastante agradable y no pude evitar encariñarme con ella al grado que comencé a llamarle abula. Llegamos a aquella pequeña choza oculta debajo de la colina, una delgada columna de humo blanquecina salía de la chimenea, me baje del lomo de Angus y amarre sus correas a una gruesa rama, luego me acerque a la puerta de la choza y toque dos veces.
TOC-TOC.
- Abula, soy yo. – anuncie mi presencia.
La puerta se abrió por si sola casi al instante y me adentre en aquella choca de pequeño aspecto.
- Meraud! Niño! Pasa, pasa, hay té de moras! – me dijo entusiasta la anciana mientras se acercaba a mí y me daba un gran abrazo.
- Gracias, eso suena bien. – le respondí.
- Pero tú no has venido solo por una taza de té, verdad? – me cuestiono mientras me daba mi té.
Le di un sorbo al té, el dulzor de las moras impregnaba el agua caliente y dejaba una sensación agradable en mi garganta.
- Creo que estoy embrujado. – solté sin miramientos.
Abula me miro confusa, una de sus grises cejas alzada con escepticismo, se me acerco en la velocidad de un parpadeo y comenzó a examinarme, giro mi cabeza a la derecha y a la izquierda, metió uno de sus dedos a mi oreja izquierda y saco un poco de cerilla que luego metió a su boca, abrió mi boca y examino dentro de esta, y finalmente examino mis ojos.
- Hmmmm. – mascullo mientras con su arrugada mano derecha acariciaba su barbilla en gesto pensativo – Que te hace pensar que estas embrujado? – me interrogo.
Entonces le comencé a contar sobre la alianza en la que mis padres trabajaban, le conté de la llegada de las dos vikingas y finalmente le conté sobre Hicca y de la manera en que brilla su cabello, le conté de la manera en que sus ojos brillaban como los árboles en el sol del verano, le conté sobre como sus adorables pecas decoraban su rostro como estrellas en el cielo, de su melódica voz que sonaba como la brisa de primavera…
- Hehehehe! – rio la anciana interrumpiendo mi línea de pensamiento.
- Mi sufrimiento te parece gracioso? – la acuse mientras la miraba molesto.
- Lo siento niño. – se disculpó, aunque le burla seguía intacta en sus ojos – Aunque ciertamente estas embrujado, y vaya que lo estas. –
- Y como rompo el hechizo?! – exclame mientras me ponía de pie.
- Oh querido niño, tu mal no puede ser removido con magia. Lo que tú tienes es la magia más antigua y poderosa que ha visto la humanidad, lo que tú tienes ha destruido civilizaciones, ha ganado batallas, ha trascendido a la muerte…
- Que tengo? – corte su discurso.
- Oh Meraud, niño. Estás enamorado. – me informo con una sonrisa sabelotodo.
Mire a la mujer sin dar crédito a sus palabras, sentí mis mejillas arder ante tal idea, parpadee un par de veces por el asombro, lo dicho por la bruja hacía eco en mi cabeza.
- Que?! – reaccione – Pero si apenas la conozco! – exclame.
- Jamás oíste hablar del amor a primera vista? – su sonrisa de sabelotodo solo se ensancho.
- Y es una vikinga! – continúe.
- Que tiene un cabello castaño que brilla rojizo cuando la luz le ilumina, cuyos ojos verdes brillan como el primer brote de primavera y cuya voz suena como una brisa de primavera. – cito con voz cantarina las palabras con las que yo había descrito a Hicca.
Sentí un tic naciendo en mi ojo derecho y mis mejillas arder aún más.
- Enamorado? – interrogue mientras me apuntaba a mí mismo.
Y ella solo asintió una vez.
Me deje caer en el asiento más cercano, imágenes de la adorable castaña llenaban mi cabeza, la idea de estar enamorado asentándose en mi ser.
- Que le voy a decir a mis papás? – masculle algo asustado.
Cuando volví al palacio faltaba poco para que el sol estuviese en su cenit.
Lleve a Angus su lugar en los establos y le di su avena con trozos de manzana, a veces creo que consiento demasiado a mi caballo.
- Príncipe Meraud. – se me acerco Harold – Sus padres solicitan su presencia, los lores ya están listos para la conferencia con las vikingas y la negociación está por comenzar. – me informo.
- Estaré ahí de inmediato. – respondí y le dedique al guardia un ademan para que se retirara.
Este hizo una especie de saludo militar y se retiró.
- Es hora del show, eh amigo? – le dije a mi Angus.
El caballo me empujo con el hocico el hombro izquierdo como muestra de apoyo.
Entre al palacio y me encamine en dirección del salón de juntas donde mi madre me hace recitar una y mil veces para modular mi voz. En cuanto cruce la puerta mi madre me tomo del brazo.
- Dónde estabas? Apenas y llegaste a tiempo! – me reprendió.
- Pero llegue, tranquila mamá. – le calme.
- Hump. – resoplo ella – Por poco y te pierdes de la sorpresa que te prepare. –
Me dijo antes de hacerme tomar mi clásico asiento al lado izquierdo de mi padre, le dedique a mi padre una mirada pidiendo una explicación ante lo dicho por mi madre.
- Te va a encantar muchacho. – me susurro emocionado mientras frotaba las palmas de sus manos la una con la otra.
- Que entren las representantes. – anuncio solemne mi madre una vez todos estuvimos en nuestros lugares.
Las puertas del salón se abrieron de par en par y mis ojos por poco se salen de sus cuencas. Hicca estaba usando un precioso vestido verde – jamás creí que diría eso sobre un vestido – que hacia resaltar sus ojos de esmeralda, los detalles en dorado estaban colocados estratégicamente para acentuar la cintura y el pecho, la tela del vestido se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, su cintura más estrecha que creí y se unía a sus caderas en una sensual curva, sus senos tenían una forma redonda y eran más grandes de lo que la armadura de cuero permitía apreciar, sus brazos eran gentilmente envueltos en las mangas…
- Preciosa. – me encontré susurrando incrédulo mientras la castaña se postraba al máximo de su altura en el centro del salón.
Si mis padres y mis hermanos escucharon lo que dije decidieron guardarse sus comentarios para otro momento pues casi de inmediato mi madre inicio la negociación.
- Hicca Horrendo Haddock III, Astrid Hofferson. Representantes de la tribu vikinga Hooligan en la isla de Berk en los mares del norte, los reyes y lores del reino de los cuatro clanes unidos de Dunbroch les da la bienvenida a este espacio dedicado a la negociación de una alianza entre su pueblo y el nuestro. - hablo solemne mi madre mientras se ponía de pie - A continuación los lores les expondrán sus dudas y con respecto a sus respuestas es como se analizara si tener una alianza con su pueblo es factible o no. – explico – El primero en hablar será Lord Macintosh. –
- La noche anterior tu amiga no conto acerca del gran sacrificio que tuviste que hacer en orden de seguir tus principios, lo cual no solo llevo a una nueva era para tu pueblo pero para ti misma. Sin embargo ella no nos comentó nada al respecto del primer encuentro que tú y la creatura compartieron, podrías ilustrarnos al respecto, jovencita. – pidió el Lord.
Esa era una buena pregunta.
Mire a Hicca en espera de su respuesta. La castaña se removió algo incomoda en su lugar antes de decidirse a contestar.
- En Berk, antes, no había nada más importante ni que te diera más estatus que la caza de dragones. – comenzó su relato – Sin embargo, cuando eres un imán para accidentes con forma de pescado con patas, muchas personas, sino es que todas, pasan de ti. – un deje de amargura ensombreció sus ojos – No podía sostener una espada por mucho tiempo sin que su peso me tirara junto con el arma, ni siquiera podía levantar un martillo o un hacha, por lo tanto no podía matar dragones. Entonces construí este dispositivo que fuese capaz de lanzar las armas en mi lugar. –
- ¿Construiste? – interrumpió mi madre dominada por la curiosidad.
- Tengo esta manía por diseñar y construir armas, mi padre para evitar que me metiera en líos decidió ponerme como aprendiz del herrero de la tribu. – explico mi ensoñación con algo de incomodidad.
Y exactamente como tener a la mano brazas ardientes, mazos y demás te permite estar lejos de los líos? Pensé confundido por las acciones del padre de Hicca.
Mi madre volvió a tomar asiento.
- Si bueno, una noche durante uno de los tantos ataques que los dragones hacían a la tribu me escabullí con mi arma, no fue difícil todos intentaban no ser comidos, y espere a que mi presa apareciera. Quería atrapar un furia nocturna, eran de los que más daños hacían pero nunca se llevaban nada, una vez visualice al dragón accione el arma y dispare. Le di, pero nadie me creyó, así que a la mañana siguiente fui en busca del cuerpo y cuando lo encontré estaba forcejeando contra los amarres que le dispare, se retorcía como pescado fuera del agua, tome mi daga y me acerque, debía matarlo. Si quería ser vista, debía matarlo. –
- Pero no lo hiciste. – interrumpí el relato de Hicca causando que sus ojos de esmeralda se engancharan con los míos, el hechizo que estos ejercían sobre mí solo intensificándose - ¿Por qué? – cuestiono dominado por la curiosidad.
- No pude… No quise… Cuando mire sus ojos… cuando mire sus ojos me vi a mi en ellos, el tenia tanto miedo como yo… y me di cuenta de que yo en verdad no quería ser como los demás. – respondí mirando a los ojos de Meraud – Quería ser yo. Lo deje ir… no sin que antes me diera el más grande sus to de mi vida cuando salto sobre mí y me rugía justo en el oído, debes en cuando escucho un zumbido en mi oreja derecha. – intento quitarle importancia.
¿Cómo puede reírse de casi haber muerto? Yo mismo he estado a punto de morir y estoy bastante seguro de que no es asunto de risa.
- Te arrepientes? – cuestiono la voz de Lord McGuffin haciendo que los ojos de Hicca me libraran de su embrujo.
- Jamás. – fue la única palabra que dejo los labios de la castaña.
La decisión que exudaba su ser, su voz, hizo que un escalofrió recorriera mi espalda.
Mi madre carraspeo para llamar la atención de todos los presentes.
- Ahora la palabra la tiene Lord Dingwall. – concedió mi madre.
- Que hay de su alimentación? La de los… dragones. – cuestiono temeroso el hombrecito.
- Carne por supuesto. – respondió rápida y tranquila la vikinga – Pero tranquilo, por lo general es pescado o pollo, o en casos muy especiales otro tipo de material. –
- Y no atacan a las personas? – siguió el Lord.
Note como todos los presentes se tensaban.
- Si es un dragón salvaje es muy posible que te reduzca a ceniza, si es dragón entrenado entonces solo te atacara bajo órdenes de su jinete o para defender a su jinete. – explico con demasiada honestidad. Por lo visto se dio rápido cuenta de su error e intento repararlo – P-pero si hicieran una alianza con nosotros e-entonces les enseñaríamos a defenderse y a repeler a los dragones salvajes, es una de las ventajas! –
Un murmullo se alzó en la sala, los lores y sus hombres no estaban muy contentos con esa última respuesta.
- Se le concede la palabra a Lord McGuffin. – interrumpió rápidamente mi madre.
- Ya nos has hablado de suficiente de los… dragones, ¿Pero que más nos ofrecen en esta alianza? – interrogo el Lord en un intento de distraer la atención de los demás lores.
- A parte de instrucción con respecto a los dragones también les ofrecemos un mercado armamentista, nuestros diseños han mejorado y nuestro metal es de calidad, como ustedes bien pueden apreciar en sus nuevas espadas, también les ofrecemos un intercambio de guerreros, así se aprenderían nuevas técnicas de combate que beneficiarían a ambos bandos, y por supuesto caballería en caso de invasión. – ofreció la vikinga.
Ciertamente estas cosas también son importantes, al reino le vendría bien una nueva visión en cuanto al diseño de armas, además nuestros enemigos huirían despavoridos al ver a nuestra caballería llegar montada en enormes lagartos lanzallamas… y podría ver más seguido a Hicca.
- Qué hay de las técnicas de herrería? Nos enseñarías a hacer piernas como la tuya? – siguió el Lord.
Entonces recordé la faltante pierna izquierda de la vikinga. Justo ahora la larga falda del vestido cubría el apéndice de metal.
- Claro, no es difícil. – respondió de inmediato mientras alzaba la falta lo suficiente para mostrar su elaborada pierna de metal.
Pude sentir a mi padre dar saltitos en si asiento, sin duda quiere una de esas piernas en lugar del palo que tiene incrustado en la pierna.
- Con eso se cierra las negociaciones. Hicca, Astrid, por favor esperen afuera mientras tomamos una decisión final. – indico mi madre.
Olvide por completo a la vikinga rubia hasta que mi madre la menciono al final de la negociación.
Las dos hicieron una reverencia y salieron de la sala. He de admitir que esperaba que en cuanto se cerraran las puertas los lores empezarían con su escándalo, pero para mi sorpresa estos estaban sumidos en un reflexivo silencio.
- Sus opiniones mis lores. – hablo mi madre llenando el silencio - ¿Qué les ha parecido la presentación de nuestras invitadas? –
- Me interesan sus técnicas de herrería. – empezó Lord McGuffin – La pierna de la chica tiene un diseño interesante. –
- Sus ropas también eran curiosas, serian buen material para intercambio. – reparo Lord Macintosh.
- A mí me hubiese gustado que mostraran a esos dragones de los que tanto presumen. – reprocho Lord Dingwall.
- Nuestras invitadas no han mostrado a sus bestias por temor a que les atacaremos. – explico mi madre.
He de admitir que esa es una razón bastante valida.
- Entonces… si aceptamos las condiciones discutidas en esta reunión ellas nos mostraran a los dragones? – la voz de Lord McGuffin sonaba como la de un niño que está a punto de recibir un juguete nuevo, su intento por esconder su emoción fútil.
- Eso me atrevo a creer. – respondió mi madre sonriendo comprensiva.
Y por primera vez en mi vida vi a los lores asentir al unísono.
- Harold, Willard. – llamo mi madre – Busquen a nuestras invitadas y tráiganlas de vuelta. – indico.
- Yo puedo ir a buscar a Hicca, madre. – me ofrecí.
¿De dónde salio eso?
Es enserio? Apenas me doy cuenta de que ella me gusta y ya no puedo dejar que cualquier tipo se le acerque?
Tengo problemas.
Mi madre me dedico una mirada de Aaah~ Yo no sabía que ella podía hacer esa mirada.
- Si así te apetece. – dijo mientras asentía.
Me puse de pie y salí de la sala, le pregunte a algunas mozas que venían de la cocina si habían visto a Hicca y me respondieron que la vieron en los jardines del castillo, obviamente retome mi camino en esa dirección. Cuando salí a los jardines gire mi cabeza en varias direcciones buscando una trenza castaña con luces rojizas, al principio no logre vislumbrar nada pero luego le vi, estaba recostada, su rostro hacia arriba encarando al cielo, se veía en paz. Me acerque con sigilo, no quería asustarla.
- Hicca. – le llame.
La sensación de su nombre en mi boca me dejo un cosquilleo agradable.
- Príncipe Meraud. – dijo ella mientras se enderezaba y ponía en pie. Mi nombre siendo pronunciado por su boca fue un delicioso escalofrió que pareció despertar a miles de mariposas en mi estómago – Ocurre algo majestad? – me cuestiono mientras sus ojos verdes volvían a atraparme en su hechizo.
- Eeeh… mi madre… ella… los lores ya dieron su veredicto. – balbucee.
Soy patético.
- Entiendo, muchas gracias. – asintió ella mientras me dedicaba una mirada extrañada.
- Y… con Meraud basta… lo de su majestad es… demasiado. –
Deja de balbucear!
- Como usted diga, Meraud. – asintió ella una vez más mientras nos encaminábamos a la sala donde se había llevado a cabo la negociación.
Muy bien, ahora solo debo hacer que deje el usted. Caminamos en silencio, ella iba justo a mi lado derecho, sentía su calor y eso me daba cosquillas. Di algo, di algo. Me recriminaba en mi mente, más mis suplicas internas no fueron suficientes pues llegamos al salón y no intercambiamos ni una palabra.
Nos adentramos y yo volví a mi lugar al lado de mi padre y ella se quedó al lado de su amiga rubia que había llegado antes que nosotros. Vi como la rubia le decía algo al oído, Hicca la miro como si estuviera loca.
- Los lores han dado su veredicto. – hablo mi madre una vez todos estuvimos en nuestros lugares – Y han expresado que aceptaran las condiciones de esta alianza…
Los rostros de Hicca y su amiga se iluminaron con una sonrisa.
- … Pero antes de eso nos gustaría ver a los dragones. – concluyo mi madre.
Los lores asintieron con decisión.
Hicca y Astrid intercambiaron una mirada cómplice, la sonrisa de emoción sincera de hace unos instantes transformándose en una sonrisita torcida llena de confianza.
- Por su puesto su alteza. – comenzó Hicca.
- Pero antes de llevarles con ellos hay ciertas condiciones a cumplir. – prosiguió Astrid.
- Condiciones? – interrogo Lord Macintosh con desconfianza.
- No debe haber armas inmiscuidas, los dragones, a pesar de estar entrenados, no se sienten cómodos cuando se les apunta con ellas. – explico Hicca.
- Y solo pueden venir los lores y sus majestades. A los dragones no les gustan las multitudes desconocidas, si hay demasiados aromas nuevos pueden asustarse. – continuo Astrid.
- Y que les hace pensar que dejaremos que nuestros lores vayan sin protección?! – recrimino uno de los hombres al fondo.
- Lo haremos. – interrumpió mi padre mientras se ponía en pie. El soy el rey y aquí se hace lo que digo volvió.
- Pero mi rey…
- No hay discusión. Si eso es lo que debemos hacer para ver a los dragones por los dioses que lo hare! – rugió mi padre.
Vaya, en verdad quiere ver a los dragones.
No hubo discusión.
- Y finalmente, nos darían las ropas con las que llegamos? Sería más sencillo para nosotras de esa manera. – pidió Hicca.
- Maudie! – llamo mi padre en un grito que hizo que los presentes no acostumbrados a su cercanía saltaran del susto, asombrosamente las vikingas no reaccionaron ante el grito de mi padre.
De repente la mujer apareció cruzando la puerta con su usual caminar calmado.
- Sí, mi rey? – cuestiono la mujer más que acostumbrada a la actitud de mi padre.
- Las ropas de Hicca y Astrid están listas? – pregunto mi padre.
- Sí, mi rey. – respondió Maudie.
- Pues tráelas mujer! Hay prisa! – pidió mi padre con impaciencia.
- De inmediato. – dijo la mujer mientras hacia una leve reverencia y abandonaba la sala con la misma calma con la que entro.
Caminábamos por el bosque siguiendo a Hicca y Astrid, veníamos los tres lores de Dunbroch, mis padres, mis hermanos y yo, habíamos dejado nuestras armas en el gran salón, al final los hombres si habían venido con nosotros, pero ninguno de ellos iba armado y venían cien pasos detrás de nosotros.
De la nada una paloma descendió y se acomodó en el hombro de Hicca, la vikinga le sonrio y acaricio su mejilla contra la cabecilla del ave.
- Gracias por cuidar de ellos, espero que no hayan sido una molestia. – le dijo Hicca a la paloma y seguimos andando.
Llegamos hasta unas anchas cataratas, nos acercamos por detrás de la pared de agua y descubrimos una cueva escondida detrás de las cataratas.
- Quédense aquí, volveremos pronto. – nos indicó Astrid mientras Hicca ya se estaba adentrando en la cueva, la rubia la siguió de inmediato, poco a poco vimos como la oscuridad de la cueva las engullía.
Las esperamos durante una par de minutos, la ansiedad creciendo en nuestros seres.
- Esto en una mala idea. – escuche murmurar a alguien.
De ahí en adelante todo pasó demasiado rápido.
Primero fue un sonido parecido al viento silbando que salía desde el interior de la cueva, luego el sonido se hizo más fuerte y me di cuenta de que sonaba más como un aleteo, pero era pesado y se acercaba con velocidad y finalmente… WOOSH! Una fuere ráfaga paso justo sobre nosotros.
- Wooooohoooo! – reconocí la voz de Hicca que exudaba emoción.
Todos alzamos nuestros rostros.
Con razón nos pidieron que no trajéramos armas, sin duda alguna muchos de nosotros hubiésemos disparado debido a la impresión que dejaban las creaturas.
Una era alargada y tan negra como la noche, sus enormes alas oscuras eran como las de los murciélagos, la otra era azul y parecía tener algo parecido al pico de un ave, su cuerpo tenia espinas y las garras en sus patas se veían listas para desgarrar.
- Haha! – escuche reír estridente a mi padre, la felicidad de su sonrisa solo comparada por la de mis hermanos.
- No puede ser. – escuche a mi madre susurrar en asombro.
Los lores estaban anonadados, los mismo que los hombres que los seguían, miraban el cielo sin dar crédito a los que sus ojos abiertos como platos les mostraban.
Yo no podía despegar mis ojos del cielo, eran tan majestuosos.
- Dragones. – masculle incrédulo.
