Los personajes de HTTYD y BRAVE 2012 le pertecen a sus respectivos autores y casas productoras, la autora de este fanfic no tiene derecho sobre nada excepto la trama de este fanfic.
Capítulo V
"Everybody loves dragons"
POV Hicca
El príncipe se detuvo frente a mí, se veía contrariado y su rostro tenía un tono rojizo.
- Eeeh… mi madre… ella… los lores ya dieron su veredicto. – balbuceo.
No pude evitar que una de mis cejas se alzara en confusión, ¿Por qué hablaba así el príncipe? ¿Estará enfermo?
- Entiendo, muchas gracias. – asentí una vez y con lentitud.
- Y… con Meraud basta… lo de su majestad es… demasiado. – siguió hablando en balbuceos el príncipe, sus movimientos eran tiesos y cortos.
- Como usted diga, Meraud. – asentí otra vez aceptando su petición y sintiendo algo de empatía por él, no es que no le agrademos, solo es tímido.
Comenzamos a caminar en dirección de la sala de conferencias donde la negociación se estaba llevando a cabo. Caminábamos en silencio, él iba a mi lado izquierdo, yo había puesto toda mi concentración en mi pierna izquierda pues la enorme falda podría enredarse con los ganchos de metal y entonces me caería y rasgaría el vestido que la reina Elinor me regalo, aparte de que haría el total ridículo frente al príncipe Meraud.
Llegamos al salón y retomamos nuestros respectivos puestos, para mi sorpresa Astrid llego antes y me coloque a su lado.
- Oooh~ Veo que alguien está pasando tiempo de calidad con nuestros futuros aliados~ - me susurro en voz cantarina mi rubia amiga, la sonrisa sabelotodo de su rostro se me antojaba algo maniaca y la mire con mi mejor cara de estas loca.
- Los lores han dado su veredicto. – hablo la reina Elinor con solemnidad, reclamando la atención de todos los presentes – Y han expresado que aceptaran las condiciones de esta alianza…
Una sonrisa involuntaria se extendió por mi cara, a mi lado pude sentir a Astrid sonreír también.
- … Pero antes de eso nos gustaría ver a los dragones. – concluyo la reina.
Astrid y yo intercambiamos una mirada cómplice.
Por supuesto que quieren ver los dragones, ¡¿Por qué creen que no se los mostramos desde el comienzo?! Si les mostraba los dragones desde el principio pudieron habernos atacado y una guerra pudo haber comenzado, pero si los escondíamos entonces tantearíamos el terreno y una vez todo estuviese en orden y los lores estuviesen mentalizados, las ansias por ver a los dragones y la curiosidad serían más grandes que el miedo y el pánico.
- Por supuesto su alteza. – acepte las condiciones sin problema, pero ahora era nuestro turno para poner condiciones.
- Pero antes de llevarles con ellos hay ciertas condiciones a cumplir. – siguió Astrid sabiendo exactamente qué hacer.
- Condiciones? – interrogo con desconfianza el Lord que parecía una mala imitación de corazón valiente, creo que su nombre es Macintosh.
- No debe haber armas inmiscuidas, los dragones, a pesar de estar entrenados, no se sienten cómodos cuando se les apunta con ellas. – explique.
- Y solo pueden venir los lores y sus majestades. A los dragones no les gustan las multitudes desconocidas, si hay demasiados aromas nuevos pueden asustarse. – continuo Astrid.
- Y que les hace pensar que dejaremos que nuestros lores vayan sin protección?! – recrimino alguna de las pobres almas a nuestras espaldas.
- Lo haremos. – interrumpió el rey con una severidad tal que me por un instante me pareció ver a mi padre en lugar de al rey Fergus.
Sin duda alguna serían muy buenos amigos una vez se conociesen.
- Pero mi rey… - intento discutir otro de los soldados detrás de nosotros.
- No hay discusión. Si eso es lo que debemos hacer para ver a los dragones por los dioses que lo hare! – arremetió el rey.
Alguien en verdad quiere ver dragones… no lo culpo.
- Y finalmente, nos darían las ropas con las que llegamos? Sería más sencillo para nosotras de esa manera. – pedí en un intento de aligerar el ambiente, aunque era verdad sería mejor que nos dieran nuestras ropas.
- Maudie! – llamo el rey en un grito, su voz resonando como el rugido de una bestia en las paredes.
Con razón le llaman "El rey oso".
Maudie entro al salón con una calma que me recordaba a una mariposa que planeaba a través de los fuertes vientos, solo se dejaba llevar.
- Sí, mi rey? – cuestiono la mujer, debía tener mucho tiempo conociendo al rey para tratarle con tanta calma a pesar de semejante grito que uso para llamarla.
- Las ropas de Hicca y Astrid están listas? – pregunto el rey ansioso.
- Sí, mi rey. – respondió Maudie.
- Pues tráelas mujer! Hay prisa! – pidió mi padre con impaciencia, me recordó mucho a un niño tratando de entrenar por primera vez a un terrible terror.
- De inmediato. – dijo la mujer mientras hacia una leve reverencia y abandonaba la sala con la misma calma con la que entro.
Luego de cambiarnos los bonitos pero realmente aparatosos vestidos y volvernos a poner nuestras cómodas ropas vikingas Astrid y yo, seguidas por los reyes, los príncipes, los lores y sus hombres – porque el final los dejamos seguirnos siempre y cuando dejaran sus armas y estuvieran apartados – avanzábamos por el bosque en dirección de la cueva donde habíamos dejado a Chimuelo y Tormentula.
Escuche el aletear de un par de pequeñas alas en el eco del bosque, acercándose rápidamente a nosotros, la palomita que nos había guiado a Dunbroch se posó en mi hombro y acaricie su suave cabeza con mi mejilla.
- Gracias por cuidar de ellos, espero que no hayan sido una molestia. – le dije y seguimos caminando hasta que nos topamos con las cataratas que escondían la cueva donde estaban los dragones.
La palomita salía volando, adentrándose en la cueva. Mi añoranza por Chimuelo me sobrepaso y seguí a la palomita sin mirar atrás.
- Quédense aquí, volveremos pronto. – escuche decir a Astrid a mis espaldas.
Poco a poco la oscuridad de la cueva se fue concentrando, pero entonces al fondo divise un par de enormes ojos parecidos a los de los gatos, eran de un verde toxico que lograba brillar por sobre la penumbra de la cueva. Al lado de estos había otro par, pero estos estaban más arriba y eran de un tono amarillo chillón. Una sonrisa se expandió por mi rostro cuando aquel par de ojos verde toxico comenzaron a acercarse a mí con rapidez, de repente un gran peso me empujo y una enorme lengua comenzó a lamer mi rostro como si no hubiese un mañana.
- Haha! Basta! Sabes que eso no se lava! Uhg! Chimuelo! Detente! – suplique a mi dragón mientras me llenaba de viscosa baba de dragón.
Astrid estaba recibiendo un trato similar por parte de Tormentula, solo que la Nadder se limitaba a acariciar con su pico el rostro de su jinete y solo con la punta de la lengua le lamia la mejilla.
Cuando por fin mi mejor amigo decidió que ya estaba totalmente cubierto de baba es que me dejo libre.
- Uhg! – exclame mientras intentaba sacudir la baba de dragón – Un abrazo? – me dirigí hacia Astrid mientras aún tenía algo de baba encima.
- Después de que te des un baño, con gusto. – me respondió ella mientras montaba a Tormentula.
- Aww. – me hice la indignada mientras montaba a Chimuelo.
Escuche la risa de Astrid resonar en las húmedas paredes de la cueva.
- Muy bien amigo. – dije mientras me acomodaba en mi – Vamos a hacer una pequeña presentación para nuestros anfitriones, entendido? –
Chimuelo me dedico un gruñido molesto, Claro que lo entiendo, ¿Qué parezco, un pesadilla monstruosa?
- Lo dijiste tú, yo solo lo pensé. – arremetí mordaz.
Mala idea.
Nunca molesten a un dragón que puede usar su cola para golpear tu rostro.
Los dragones se encarreraron por el piso de la cueva y luego alzaron vuelo, planeando velozmente por el viento que se colaba desde la entrada, Astrid y Tormentula justo detrás de Chimuelo y yo, la luz que indicaba la salida/entrada a la cueva se acercaba a nosotros.
WOOSH!
Se escuchó cuando Chimuelo salio de la cueva y comenzaba a ascender a través del cálido aire y despejado cielo de Dunbroch.
- Wooooohoooo! – exclame en éxtasi.
Un día y medio sin montar a Chimuelo y ya sentía que me habían encadenado al suelo.
Gire un poco mi rostro para poder ver las caras de nuestros anfitriones, sonreí complacida cuando note las caras de verdadero asombro e incredulidad que se habían pintado en los lores y sus soldados. Note que el rey y los trillizos saltaban en risas, sus grandes ojos azules brillando como el cielo después de una ventisca, los ojos de la reina estaban tan abiertos que creí que se le saldrían de la cara, el príncipe Meraud no despaga su vista de la figura de Chimuelo, una sonrisa que mostraba todos sus blancos dientes decoraba su rostro y lo hacía ver más joven, sus ojos brillaban como los de un niño que miraba por primera vez la lluvia, curiosos y llenos de vida.
Quién lo diría? Meraud Dunbroch, príncipe heredero y el mejor peleador de su reino, es algo adorable.
Mis ojos buscaron la figura de Astrid, aun estábamos en ascenso, una vez mi mirada choco con la azul de mi amiga ambas asentimos decididas, es hora del show.
- Muy bien, amigo. – me dirigí a Chimuelo mientras acariciaba su cabeza – Deslúmbralos. –
Un gurgujido resonó en la garganta del furia nocturna, Es lo que mejor hago.
Tormentula y Chimuelo se colocaron paralelamente el uno al otro, ambos dándose las barrigas. Luego ambos hicieron la cabeza hacia atrás, ocasionando que diéramos media vuelta en el aire y fuéramos en caída libre, cada vez más rápido, más rápido. Mi corazón latía contra mi caja torácica con fuerza, la adrenalina siendo bombeada con fuerza por mi sistema mientras el piso se acercaba cada vez más. Los dragones comenzaron a girar al mismo tiempo, ocasionando que la resistencia del aire fuera aún menor y que cayéramos más rápido. Cuando el suelo estuvo a penas a unos veinte metros los dragones volvieron a extender sus alas para detener la caída.
Gasp!
Inspiraron todos los que estaban en el suelo cuando la enorme figura de los dragones, apenas unos metros de sus rostros, se mostró, algunos incluso se cayeron de la sorpresa. Los miembros de la familia real, en cambio, se rieron a carcajadas cuando el viento del aleteo de los dragones les golpeo el rostro.
Astrid y yo volvimos a intercambiar miradas, yo le sonreí y alce mi pulgar en su dirección.
Astrid, Tormentula, Chimuelo y yo descendimos hasta quedar a unos doscientos metros de distancia de la multitud que nos aguardaba cerca de la cascada que ocultaba la cueva.
- Hicca! Astrid! –
- Eso fue genial! –
- Ustedes son geniales! –
Atacaron los trillizos mientras corrían los más rápido que sus piernas les permitían, cuando llegaron hasta nosotras se colgaron de nuestras manos y comenzaron a dar brincos como locos.
Chimuelo y Tormentula, sintiéndose curiosos por las pelirrojas bolas de energía que nos rodaron a Astrid y a mí, se acercaron y olfatearon cerca de los trillizos, todos se congelaron por un segundo, este era el momento decisivo.
Chimuelo sonrio de la única manera que el sabia y con su nariz acaricio la mejilla de Hubert, Tormentula por su lado agacho la cabeza y dejo que Harris y Hamish le acariciarán.
Todos dejamos salir un suspiro aliviado.
- Magnificas creaturas! – exclamo feliz el rey mientras se acercaba.
Chimuelo le olfateo curioso y le lamio la mano.
El rey sonrio como niño en la mañana de Snoggletog y miraba a su esposa con los ojos bien abiertos mientras apuntaba a Chimuelo que se restregaba contra la palma de su mano. La reina se acercó con etérea delicadeza y miro curiosa a los dragones. Los trillizos acariciaban a Tormentula mientras reían, el rey acariciaba a Chimuelo con entusiasmo, una de las delicadas cejas de la reina Elinor se alzó mientras una sonrisa satisfecha decoraba su rostro.
- Es este el dragón que creo que es? – cuestiono la reina dirigiéndose a mí.
- Sip. Es el vástago del rayo y la muerte misma, un furia nocturna. – explique con humor – Rey Fergus, reina Elinor, este el Chimuelo, mi compañero y mejor amigo. – presente.
- Chimuelo? – el rostro de la reina se tornó uno de confusión.
- Mira, querida! No tiene dientes! – anuncio el rey cuando noto que las encías de Chimuelo, que se mostraban debido a la ridícula sonrisa de confort que decoraba su rostro debido a las caricias que le proporcionaba el rey.
- Son retractiles. – me apresure a explicar.
- Oh. - la reina asintió en entendimiento – Dado su nombre esperaba un poco más de… furia. – añadió la reina mientras también se acercaba y comenzaba a acariciar a Chimuelo bajo el mentón.
El príncipe estaba a un par de metros de distancia, miraba con asombro a sus padres y a sus hermanos acariciar a los dragones como si fuese la cosa más normal del mundo, detrás de él, a unos veinte metros, estaban los lores y sus soldados, sus mandíbulas desencajadas y sus ojos tan grandes como escudos.
- Son… son… Wow. – escuche balbucear al príncipe Meraud.
- Es correcto. – le dije mientras me colocaba a su lado derecho – Mejor que caballos. – dije orgullosa.
- Ha, admito que eso que hicieron tú y Astrid cuando salieron de la cueva fue impresionante, pero nada es mejor que Angus. – me dijo el príncipe con su propio deje de orgullo.
- Angus? – le cuestione interesada.
Era la primera vez que no balbuceaba al hablar conmigo.
- Mi corcel… y también mi mejor amigo. – admitió el príncipe con una sonrisa cariñosa.
Sonreí junto con él entendiendo por completo a lo que se refería, el azul de sus ojos era cálido mientras miraba a su familia interactuar con los dragones, realmente eran bonitos y su sonrisa por algún motivo me tranquilizaba. No fue hasta que nuestros ojos se encontraron que el aparto la mirada de nuevo, sus mejillas levemente sonrosadas, haciendo que sus pecas se vieran aún más nítidas.
- Podemos montarles también?! – cuestiono entusiasta uno de los trillizos llamando mi atención.
Mire a la reina y ella me miro, ella negó ligeramente para que sus hijos menores no le vieran.
- No creo que sea una buena idea, incluso en Berk no dejamos que los aprendices más jóvenes monten en dragones hasta que reciban una debida instrucción. – explique mientras me apartaba del príncipe y me acercaba a los trillizos… aun así, no era mentira.
- Awwww. – lamentaron a coro los trillizos.
- Pero eso no quiere decir que el rey y la reina no puedan dar un paseo. – añadió Astrid.
El rey miro a su esposa con una sonrisa que casi le parte su rostro, movía sus manos – que había puesto en puños – de arriba a abajo, la reina abrió la boca pero parecía no poder encontrar las palaras adecuadas mientras pasaba su vista de Astrid a su marido y finalmente a mí, finalmente pareció tranquilizarse y volvió a tomar su correcta postura.
- Me temo que no soy mucho de emociones fuertes, pero estoy segura de que a Meraud le fascinaría. – propuso la reina mientras señalaba a su hijo con la mano.
Voltee a ver al príncipe y vi que intercambiaba una mirada con su madre, luego fijo su atención en mí y se sonrojo, volvió a ver a su madre y le volvió a mirar como reprochándole, vi a la reina y ella le miraba como amenazándolo, luego vi a Astrid y ella simplemente se encogió de hombros.
- Claro. – hablo de repente Meraud – Me… gustaría. –
- Decidido entonces! – cerro la disputa Astrid, una sonrisa autosuficiente decorando su rostro – El rey volara conmigo y Tormentula y el príncipe puede volar contigo y Chimuelo. –
- Eh?! – exclamo Meraud escandalizado.
Lo voltee a ver y el rápidamente desvió su rostro a otro lado. Yo solo atine a encogerme de hombros.
- Que les parece si lo hacemos al atardecer? Así tendríamos tiempo para que los dragones descansen y se alimenten apropiadamente. – propuse.
- Magnífica idea! – hablo la reina entusiasta – Así podríamos conocernos mejor y mostrarles un poco de nuestra cultura, ¿Qué opinan lores de los clanes hermanos? –
Los lores, aun algo estupefactos, asintieron ante lo dicho por la reina.
- Les mostraremos de lo que las tierras altas están hechas! – rugió el rey para elevar el ánimo de su gente.
- HEY! – clamaron los lores y sus hombres.
Estábamos en los jardines como pradera del castillo Dunbroch, se habían colocado tiendas donde se habían acomodado los mozos y mozas para servir comida y dar atención médica. Astrid y yo estábamos en la tienda principal junto con la familia real, teníamos la mejor vista a los eventos que se llevarían a cabo a lo largo de la tarde, Chimuelo y Tormentula compartían una tienda cerca de los establos donde les habían llevado mucho pescado y pollo.
Me sentí algo mal por Maudie pues cuando llegamos junto con los dragones la pobre mujer casi sufre un infarto, aunque luego de mostrarle que son inofensivos – bueno… cuando no se les molesta, pero eso es algo que ella no necesitaba saber – se unió junto con los trillizos para repartir caricias a los dragones.
De alguna manera se había armado un mini torneo donde los mejores soldados de cada clan se enfrentaban. Justo ahora estábamos viendo al mejor soldado de Macintosh contra el mejor soldado de Dingwall, dos hombres altos y fornidos, uno de ellos con cabello oscuro y marcas azules pintadas en su severo rostro y parte de su pecho y sus brazos, usaba un kilt – descubrí que es así es como le llaman a aquella pequeña toga que usaban – color rojo y botas de cuero café, su contrincante era un hombre un poca más grande que él, su cabello corto y de color rubio cenizo, usaba un kilt con verdes que iban de oscuro a pálido, algo de rojo podía verse entrelazado, su camisa de manga larga color verde oscuro, sus botas de cuero, de un color ligeramente más claro, su barba canosa y a ras. Las espadas da ambos chocaron en un estruendo, pero fue el soldado del clan Dingwall el que fue más astuto al darle una patada en el estómago a su contrincante haciendo que esta cayera hacia atrás y dejándolo a merced de su espada, la punta de esta jamás cortando la piel, pero era más que obvio quien había sido el ganador.
- Eso! – vitoreo Astrid alzando las manos.
El rey también vitoreo divertido, incluso choco los cinco con Astrid.
La reina se puso en pie y con su solemne y elegante voz anuncio…
- El ganador de la primera justa es Sir Henry del clan Dingwall. – la reina señalo al ganador con una de sus delicadas manos, los miembros de Dingwall vitorearon felices – Por favor, que pasen los campeones de McGuffin y Dunbroch. – pidió.
El campeón de McGuffin era tan grande como el líder del clan, si la memoria no me falla ese es también el yerno del líder, la descripción justa como la había dicho Johann, grande, con una loca melena rubia que intentaba aplacar con una trenza, tenía una cicatriz en la barbilla que era ligeramente cubierta por su corta barba de candado, sus brazos y piernas eran robustos y entrenados, su kilt de colores verdes y cafés, pero mi verdadera sorpresa fue cuando entro el campeón de Dunbroch.
- Eso no me lo esperaba. – escuche comentar a Astrid sentada a mi lado, se escuchaba tan sorprendida como yo.
Parado a tope de su altura, con su loco y largo cabello de fuego pobremente aplacado por una coleta de caballo siendo mecido por el viento, su kilt de colores azules verdosos y entrelazados con purpuras, su ajustada camisa de manga corta color verde oscura, sus botas de cuero oscuro, la espada firmemente sostenida en su mano izquierda, una sonrisa confianzuda decoraba su rostro, la pequeña barba rojiza de su mentón era ligeramente larga, por algún motivo el príncipe Meraud se veía más viejo de lo que realmente era en aquel campo de duelo.
- Comiencen! – rugió el rey.
En un parpadeo las espadas fueron alzadas y un pesado CLASH! retumbo por encima del viento llegando a los oídos de todos los presentes.
- Eso! – exclamo Astrid alzando un puño.
Yo me limite a observar los movimientos de ambos contrincantes. Ambos claramente estaban entrenados, el movimiento de pies de Meraud era más fluido debido a que era menos robusto que su contrincante, pero el yerno de McGuffin parecía estar plantado a la tierra y no daba paso atrás, por lo visto el príncipe se dio cuenta de esto y mientras daba una estocada con su espada, que uso como finta, coloco una de sus piernas detrás de su contrincante y usando una llave en su cuello lo hizo caer, pero el soldado de McGuffin lo jalo junto con él, Meraud entonces giro en el suelo para alejarse lo más posible de su contrincante lo cual fue aprovechado por este para ponerse en pie. Empezaron a rodearse el uno al otro, ninguno menguando la firmeza del agarre de sus armas, la tensión creciendo.
- Aagh! Terminen de una vez! – grito Astrid impaciente, la sangre vikinga explotando dentro de ella y por una vez concuerdo, odio la tensión en las batallas, solo te hace más nervioso.
El grito de mi amiga tomo por sorpresa a todos los presentes que la voltearon a ver sorprendidos, hasta el momento Astrid se había contenido, pero Meraud aprovecho la oportunidad de que su contrincante se distrajo y le golpeo con el mango de la espada en la mandíbula con tal fuerza que su contrincante cayo y ya no se levantó.
- Eso es válido? – cuestione en voz alta mientras con mi mano apuntaba a la escena.
- En las batallas de verdad todo se vale. – argumento Astrid mientras se cruzaba de brazos.
- No dijiste eso cuando te lance arena a los ojos en el duelo que tuvimos. – le recordé.
- Eso es diferente. Eso no fue un duelo, fue una clase, te estaba enseñando como pelear y tú solo me arrojaste arena a los ojos. – defendió mi amiga.
- Tu intentaste aplastarme la cabeza con tu escudo! – exclame.
- Por tu propio bien. – argumentó.
Yo la mire sin darle crédito a sus palabras.
- El ganador es el campeón del clan Dunbroch, el príncipe Meraud. – anuncio la reina.
Los trillizos y el rey vitorearon junto con los miembros de su clan.
Meraud hizo una reverencia a su madre y luego procedió a ayudar a los curanderos a cargar al enorme hombre del clan McGuffin.
- Atino a pensar que ustedes deben de estar más que acostumbradas a ver duelos. – comento casual la reina mientras volvía a su lugar, yo estaba sentada al lado derecho de la reina y Astrid a mi lado derecho, el trono del príncipe Meraud, por ahora vacío, estaba al lado izquierdo de su padre y los trillizos al lado izquierdo de este.
- Somos entrenados desde muy temprana edad en el arte de la batalla. – respondió Astrid – Claro que algunos empezaron mucho después. – añadió mientras me miraba a mí.
- El cuerpo no es lo único que necesita entrenamiento, Astrid. – respondió la reina – Sin una mente fuerte de que te sirve un cuerpo fuerte? – reflexiono la reina.
- Muchas gracias, majestad. – concorde con la reina mientras miraba a Astrid con mi mejor mirada de te lo dije.
- Y cuál es su arma de experticia, Astrid? – pregunto curiosa la reina.
- El hacha y el escudo. – respondió orgullosa mi amiga.
- Aunque sus puños y patadas también podrían contar. – masculle.
La reina se rio ligeramente por mi broma.
- Como puedes causar daño con un escudo? – cuestiono el rey uniéndose a la conversación.
- Oh, se asombraría. – respondí yo por mi amiga, los recuerdos del escudo de Astrid destrozando a los pobres idiotas que la habían subestimado llegando a mi mente.
- Que hay de ti, Hicca? – me cuestiono la reina con una sonrisa interesada.
Me removí algo incomoda en mi asiento.
- No soy mucho del uso de la fuerza, prefiero hacer cosas que disparen por mí. – respondí algo nerviosa.
- Oh, por Thor! – hablo exasperada Astrid.
Aquí vamos de nuevo.
- Hicca es muy buena con el arco y los cuchillos, le estoy enseñando algo de esgrima y aprende rápido, pero su verdadero fuerte es su intelecto. Las estrategias con las que sale siempre funcionan. – hablo Astrid como si yo fuera su hija.
- Eres arquera? No me digas, ese es el fuerte de Meraud. Quizás algún día podrían entrenar juntos. – comento la reina – Y además estratega, dime ¿Alguna vez has jugado ajedrez? – me cuestiono la reina.
- Me temo que no, majestad. – le respondí.
- Bueno, entonces con gusto te enseñare. – la sonrisa de la reina era cálida y maternal.
- Por la manera en la que hablas, imagino que ya han tenido roces con alguna otra tribu vikinga? – hablo interesado el rey.
- Todas derrotadas por las magníficas estrategias de Hicca y el trabajo en equipo de toda la tribu Hooligan junto con los dragones. – respondió orgullosa Astrid, su pecho tan hinchado como el de los pollos que tanto le gustan a su dragón.
- Podríamos dejar de hablar de mí, por favor. – pedí incomoda.
- Por supuesto, querida. Además, es hora de iniciar el último duelo. – acepto la reina mientras volvía a ponerse en pie.
El príncipe Meraud ya había vuelto al campo junto con Sir Henry del clan Dingwall.
- El duelo final de esta celebración será entre el campeón del clan Dingwall, Sir Henry, y el campeón del clan Dunbroch, el príncipe Meraud. Después de esta justa procederemos a comer y culminaremos el día con el primer vuelo del rey y el príncipe sobre los dragones Chimuelo y Tormentula. – explico la reina.
Todos los presentes asintieron ante lo dicho por le reina.
- Sin más preámbulo, guerreros, comiencen! – anuncio la reina y volvió a su lugar.
Meraud y su contrincante se saludaron, ambos tenían vendas que antes no tenían, puedo imaginar las bonitos moretones que tendrán mañana, mientras se enderezaban ambos desenvainaron sus espadas, sweesh! se escuchó como cortaban el viento y Clash! chocaron la una contra la otra.
El duelo acabo rápido. Ambos contrincantes estaban cansados de los duelos anteriores y no tenían muchas fuerzas, el ganador fue Meraud, resulta que después de otros tres impactos la espada de Sir Henry no soporto y se rompió, si mis cálculos no me fallan la espada del príncipe hubiese tenido la misma suerte si recibía otro par de impactos, después de todo de eso de trata una batalla, no importa que tan preparado estés, que tan buena sea tu estrategia, solo se necesita que una pequeña variable este en tu contra para perder, ya sea el clima, una enfermedad o la calidad de tu espada.
La comida fue amena y todos parecían estar ya más tranquilos con la presencia de Astrid y mía. Mi rubia amiga hablaba entusiasta con los campeones de los clanes, felicitándoles por su despliegue de habilidad y poder, el rey comía feliz rodeado de los lores de los clanes, la reina acompañándole, los trillizos se movían tan rápido en las sombras que parecía terribles terrores, estaban haciendo travesuras y desparecían antes de que alguien siquiera notase su loca cabello color de fuego, el príncipe Meraud no estaba a la vista.
La reina me diviso y me hizo una seña para que acercase, por supuesto obedecí.
- Hicca, existe alguna medida antes de que mi marido y mi hijo suban a Chimuelo y Tormentula? – cuestiono la reina.
- Bueno… comer mucho no es recomendable. No sé cómo vayan a responder el rey y el príncipe a la altura y no me gustaría que se enfermaran. – la reina le dio un golpecito al rey en el brazo y le quito la comida, el rey se quejó como niño al que le quitaron su juguete.
- Algo más? – siguió la reina.
- Beber mucho tampoco es recomendable. El aire haya arriba es algo fresco y podrían darle ganas de… bueno… usted sabe… y haya arriba tampoco hay tocadores. – explique.
La reina le quito al rey un enorme tarro que tenía empinado, el líquido goteaba por la barbilla del rey mientras bebía. Cuando su esposa le quito la bebida le dedico una mirada incrédula.
- Si no es molestia, majestad. Me gustaría ir a revisar que todo esté listo para el vuelo. – me excuse.
- Claro, querida. Recuerdas el camino a los establos? – cuestiono la reina.
Yo asentí y me retire.
Camine por los pasillos que guiaban a la tienda que se había colocado para los dragones cerca de los establos, fue sencillo, solo debía seguir el fuerte olor a pescado crudo y pollo. Salí a otro jardín, el sol ya estaba empezando a moverse para dar paso a la luna, el usual azul del cielo se empezaba a combinar con naranjas y rosas, los establos estaban a las vista, y con ellos la figura del príncipe. Meraud estaba removiendo con un trinche* el heno, la paja y el aserrín que riegan en todos los establos que he visto, su única compañía era un enorme caballo de patas gruesas y anchas, el cuerpo oscuro, fornido y firme, el hocico y las patas eran de color blanco mientras que el resto del cuerpo era negro, Meraud le decía algo, pero no pude distinguir que.
- Este es Angus? – cuestione cuando estuve lo suficientemente cerca.
Meraud dio un respingo y se giró a encararme, su rostro parecía salido de una cueva encantada que estaba dentro de un volcán, estaba sonrojada y pálido al mismo tiempo.
- Perdón, no era mi intensión asustarte. – me disculpe.
Meraud tardo un rato en volver a encontrar su voz.
- E-esta b-bien. No… escuchaste nada… verdad? –
- No, dioses, no. No escuche nada de lo que le decías, puedes estar tranquilo. – le asegure.
El príncipe dejo escapar un suspiro cansado y se rasco la nuca en un gesto nervioso.
- Me asustaste. – admitió el príncipe.
- Lo siento. – me disculpe de nuevo.
- Angus, esta es Hicca, Hicca, este es Angus. – nos presentó el uno con el otro.
El enorme caballo me analizo con la mirada y finalmente hizo algo parecido a un asentimiento, como si aceptara mi presencia.
- También es un gusto conocerte, Angus. – asentí en dirección del caballo también.
- Supongo que vienes a preparar a los dragones. – hablo Meraud.
- Sip. Hay que estar seguros de que nadie se caerá… no es como si los fuéramos a dejar caer… digo… no
Meraud alzo la palma de su mano para detener mi balbuceo.
- Confiamos en ustedes. – aseguro el príncipe con la misma solemnidad que su madre.
Yo solo sonreí y asentí.
- Estamos listos? – cuestione cuando el rey y Meraud se postraron frente a Astrid y a mí.
El rey saltaba en su sitio y se frotaba las palmas de las manos.
Meraud tenía una sonrisa nerviosa, dio asentimiento corto y rápido, sus músculos estaban tensos.
La reina y los trillizos estaban detrás de ellos, brindándoles apoyo moral.
Los lores y sus hombres estaban más atrás, mirando ansiosos el desarrollo de la escena.
Astrid y yo nos montamos en nuestros dragones.
- Muy bien, chicos. Los invitados son gente importante y debemos darles una experiencia que jamás olvidaran, pero por lo que más quieran en este mundo, nada de lucirse. – mis palabras hicieron énfasis en el oído de Chimuelo.
Chimuelo gruño ligeramente, Ya entendí.
- Muy bien, su alteza. Recuerde que mientras ascendemos debe tener los brazos agarrados a la correa que le estoy dando, las piernas deben estar firmes a los lados, no mire hacia abajo hasta que le diga que puede hacerlo, entendido? – instruyo Astrid al rey Fergus mientras le ayudaba a acomodarse sobre Tormentula.
- Lo mismo va para usted, Meraud. – le dije al príncipe.
- Claro. – atino a decir el mientras se acomodaba detrás de mí.
- Péguese un poco más o saldrá disparado hacia atrás. – instruí al príncipe.
Su pecho choco contra mi espalda, yo asentí ante el contacto.
- Estamos listos. – dije esta vez con convicción.
La primera en despegar fue Tormentula. Primero acelero en tierra y luego alzo vuelo con suavidad, la risa del rey resonó en el aire y haciendo eco en el bosque mientras se alejaban del suelo.
Eso salio bien. Pensé.
- Muy bien, amigo. Nos toca. –
Pero mi dragón no acelero suavemente en tierra para poder despegar con ligereza, no… él tenía otros planes.
- Chimuelo? – llame angustiada cuando note que las alas del dragón se extendían con lentitud hacia arriba, la cabeza baja, el cuerpo semi-agazapado – Uh-oh. – masculle.
- Como que "uh-oh"? – interrogo asustado Meraud.
- Sujétate. – le dije mientras reafirmaba mi agarre en las riendas.
Chimuelo salio disparado hacia arriba antes de que el príncipe lograra una posición cómoda, así que el pobre quedo arqueado con la cara hacia arriba mientras Chimuelo ascendía a una velocidad vertiginosa.
- AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH! – gritaba el príncipe.
Lagartija buena para nada. Me dije en mis adentros.
Meraud de algún modo logro acomodarse y agarrarse con fuerza de mi cintura, su cabeza gacha mientras ascendíamos a la velocidad que a Chimuelo más le gustaba.
Por un momento me preocupe por el príncipe, pues lo sentí temblar, pero luego me calme cuando me di cuenta de que en verdad estaba riendo.
- Hahahahahahahahahaha! – sonaba su bonita risa a mis espaldas.
Se escuchaba lleno de vida y feliz.
- Más rápido! – pidió mientras sacaba el rostro y dejaba que el viento le diera de lleno, su agarra a mi cintura jamas faltando.
- Ya escuchaste amigo! Más rápido! – pedí a Chimuelo.
Chimuelo complació.
No cabe duda. Todos aman a los dragones.
Trinche*: De donde yo vengo es así como se le llama a la herramienta que parece un tridente y que se usa para remover el heno y la paja, no sé cómo le digan en otros lugares.
