Recuerdos

...

Londres, Reino Unido.

El abrigo que llevaba era delgado para compensar el frío que sentía. Estaba a punto de llegar a su antiguo departamento cuando bajo del taxi, y al salir al exterior un escalofrío le recorrió el cuerpo. Anteriormente eso no hubiese sido nada para él. Pero sonrió al darse cuenta que ese ligero cambio en el aguante térmico de su cuerpo era debido a alguien mas.—Sweetheart..—Susurro mientras entraba al lujoso edificio. El portero parecia sorprendido.—Mi señor, ha vuelto...—No cabía en la confusión, pero antes de que se diese tiempo de preguntar, Inglaterra ya estaba en el elevador.—Será mejor que no digas nada, Ray...—El joven asintió al momento que las puertas se cerraban y el rubio desaparecía tras ellas.

El ascenso fue largo y torturoso. Reconoció que el tiempo que había estado en W... Es ese lugar, aprendió a odiar los elevadores. Ahí trato de relajarse, y se puso a escuchar la delicada pieza de piano que sonaba por las bocinas. Cuando llegó a su piso, ta como siempre, estaba desierto. Una sola puerta al finalizar el lujoso pasillo lo aguardaba, tan pulida como cuando se marcho. Avanzo con lentitud, con miedo a no saber que recuerdos le atacarían tan pronto entrase, hasta que finalmente llegó. Estaba el vestibulo iluinado tenuemente por la pálida luz solar a traves de las nubes y los cortinajes de un claro color verde. Todo estaba limpio. Al parecer su señora reina envió a gente para el mantenimiento de su hogar. Había unas cuantas notas pegadas en su frigorifico, y también ciertas cosas sobre el comedor que le extrañaron. Paquetes.

Avanzo con paso lento mientras admiraba su hogar. Su hogar. Por fin había vuelto a su hogr. Estaría a salvo, alejado del dolor. Se negó a seguir pensando en ello. Se negó a seguir llorando. No iba a llorar. Se enjugo las traicioneras gotas salinas, y miro el telefono. Tanto como temía, había mas de 45 mensajes de voz. Sabía a quién pertenecían. Se quitó el abrigo y tras cerrar bien la puerta se sentó en el sillón contiguo a la mesilla de centro donde se ubicaba el aparato. Con temor pero firmeza a la vez, aplano el botón rojo para escuchar su buzón.

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Mensaje 1:

Hola habla Arthur. Por el momento no... ¡No estamos en casa!..—Dió un respingo al identificar la voz de Alfred en el buzón. Ahora lo recordaba. Lo acababa de empezar a grabar cuando el americano sonriente irrumpió y lo hicieron juntos...—Así es Francis o cualquier inadaptado... ¡No estamos en casa! Y como nos amamos y queremos ser gentiles, te haremos el favor de escuchar heroicamente tu mensaje... ¡Callaté! Lo siento, no est- argh... estamos en casa, deja tu mensaje despues del tono...—Sonrió melancolico acariciando su vientre con una mano temblorosa... Alfred, Alfred...

"Iggy... Soy yo. Por favor... Y-Ya no se que decir...—Pues no digas nada...—Masculló cortante.—Solo llamo para saber si estas bien. Por favor, por favor, tenemos que hablar... Iggy yo..—Fin del mensaje.

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Mensaje 2

"Iggy soy yo de uevo. Por favor, llamamé. Por favor tenemos que hablar. Por favor, por favor... Iggy te amo...—Fin del mensaje.

A estas alturas Inglaterra se encontraba derramando silenciosas lagrimas. Los cuarenta y cinco mensajes en la contestadora eran de su esposo. Todos suplicaban una llamada. No podía siquiera pensar en hablar con el. Tenia el corazón roto. Tenía el alma resquebrajada en dolor. En decepción. Silenció el telefono, y se enamino a su dormitorio. Ahí encontro un torrente asesino de recuerdos. En aquella cama, en esa cama enorme, verde con un largo dosel había hecho el amor por primera vez, con su Alfred. Con Alfred. Avergozado recordaba aquella noche entre sonrojos y un corazón desbocado. Ahora solo dolía. Y dolía mucho.

En la mesilla había una foto de él con el americano abrazados y sonrientes. Esa epoca se había quedado tan atrás. Habían pasado casi cincuenta años de que el y Alfred decidieron confesar sus sentimientos. Era su epoca dorada. Ni siquiera la Edad de Oro de su nación se comparaba con aquello. Había debajo de la fotografia la vieja dedicatoria de Alfred. "Se que apenas comenzamos. Pero solo te escribo esto para recordarte que cada mañana, cada tarde y cada noche estaré contigo, a tu lado. Jamas volveré a ser tan idiota. Jamás te dejaré. Te ama, Alfred.

Tomo el portarretratos y lo aferro casi con locura. Alfred, Alfred, oh Alfred... ¿Como pudiste hacer esto? ¿Como, si yo te amaba tanto? Oh Alfred. Se dejo caer en la cama, aun abrazado a aquella vieja foto, y reposo la cabeza en las enormes y mullidas almohadas de pluma blanca. Estaba el olor impregnado de su marido ahí... Recuerdos, más recuerdos...

El britanico aferro los ojos cuando sintió llegar el orgasmo, y se abrazo a la cálidez que le rodeaba. Sentía la semilla de su amado dentro suyo, se sentía uno por fin con alguien. Estaba tan unido a Alfred, como Alfred a él. El americano sonrió cegadoramente al rostro sonrojado y cansado de su amante, y le dio tiernos besos en las mejillas, clara intencion de hacerlo reír. Lo logro. Arthur estaba tan dulce con él. Ni siquiera en su epoca como colonia del britanico, lo recordaba así, tan feliz. Ahora lo tenía con él, sonriente, e irrebocablemente feliz. Ahora estaban juntos.-¿Tan pronto tienes sueño?

-Eres un idiota...—Alfred sonrió.

-Tomaré eso como "No Alfred, continua, hazme todo tuyo..."

Arthur rió de forma repentina, pero jadeo sorprendido cuando el cuerpo suyo fue sentado de espaldas sobre las piernas de Alfred.—Te amo...—Jadeo sin poder contenerse. No podía acallar mas aquel sentimiento. No podía, no podía.—Y yo a ti..—Lo sintió entrar, haciendolo soltar un grito ahogado.—A-Ahh... A-Art... E-Estan t-tan e-estrecho...—Arthur gimió en voz alta.-¡Ahhh...! ¿Q-Que e-esperabas?...—Alfred lo rodeo con un brazo y conel otro aferro su muslo pálido para embestir con lentitud pero profundidad.-¡Ahhh...! ¡Ahhh...! ¡A-Alfred...!

-S-Si, dilo..—Le beso el cuello.—D-Di mi nombre...—Lo estrecho aun mas, empujando su pelvis mas rápido, mas profundo, haciendolo gritar, retorcerse de puro placer, desesperado gritando su nombre y sus sentimientos como en sus sueños mas perfectos.—T-Te ahhh... amo...—Arthur se estrecho contra él, cálido y feliz como nunca, y en aquel momento, cuando sus cuerpos se unieron como jamás, llegaron juntos al nirvana del orgasmo. Cayó con su amado britanico en el regazo, ambos sonrientes, repartienddose besos a diestra y siniestra entre risitas complices y quejidos cariñosos. ¡Dios, todo era tan jodidamente cursi!

Finalmente las manos de ambos se aferraron buscando el calor contrario... Y justo cuando Arthur comenzó a caer dormido, vió a Alfred Jones sonreírle como de antaño. Pero había algo mas en aquella sonrisa. Algo que supo que lo llegaría a enloquecer. A enloquecer de amor, y lugo de dolor...

Con el rostro cubierto en lagrimas sonrió a la oscuridad luego de largas horas sumido en sus memorias. Acarició su vientre con dulzura, y con amor.—Te amo. Y papá también mi pequeño pateador...—Susurro.—Pero tienes que saber..—Sonrió de forma dolorosa.—El es un idiota...—

El niño dentro suyo, que crecía con rapidez escucho su voz y se removió ligeramente. Era un pequeño inquieto. Rodó por la cama, dejando aquella significativa fotografía en el colchón lujoso, y se fue a dar una cálida ducha. Salió y se vistió con unos pantalones holgados de algodón, celeste, y una camisa tambien celese de rayas finas y horizontales color gris, con los botones superiores desabrochados, dandole un aire desmarañado. Pero en su rostro había un sonroso delicado, permanente y suave.-¿Tienes hambre corazón?..—Pregunto a su vientre.—Tendré que pedir comida... No quiero que te mueras estando ahí dentro. No es que cocine mal, pero..—No termino, cuando sonó de uevo el telefono.

Su espina dorsal se estremeció.

Una vez. Y otra vez se repitió que tenía que ser fuerte. Por su bebé. Por él. Por no dejarse derrumbar. Lo abandonó una vez hace siglos, enmedio de la lluvia, y no murió. Lo podría soportar tambien.-¿H-Hola?

Escucho tras la línea un suspiro aliviado.—Dios...—Dijo.—Estas bien.

-¿Porque no habría de estarlo?

-Estaba preocupado porque llegases bien a Londres. No habías llamado...—

Oh no, sarcasmo, no, sarcasmo no.-¿Que esperabas? ¿Que te llamase y feliz de la vida te dijese, Alfred ya estoy en casa, solo avisaba, ahora si me disculpas tengo que seguir llorando una infidelidad tuya? Pero no te preocupes, te mantendré enterado de mi estado..—

-Arthur..—Lo llamo con voz lastimera.—Por favor. Sé que soy un idiota...

-Vaya, conque por fin coincidimos en algo...—Su voz fue firme y se alegro al notar que escondía el miedo detrás de su tono cortante.—Pero necesitamos hablar...

-Si es por la alianza, no te preocupes. Hubo una firma. Sigue y seguirá en pie.

-No, no por eso. Quiero que regreses. Te extraño, me haces falta como nadie, te amo, te amo... Por favor, por el amor a Dios...—Arthur comenzó a temlar ante eso.

-No. No será posible. Deberías llamar a tu puta. Así sería mas facil sobrellevar la soledad.

-¡Basta Arthur, basta de bromas...!—Oh no. La voz se le rompió, y la ira y enojo le creció dentro rápido como un globo.-¿Bromas? ¡Y no bromeó imbécil! No creo qu sea necesario recordarte que el que me traicionó... ¡F-Fuiste tu!—Un sollozo se le escapo, haciendo a Alfred comenzar a sollozar.—Por favor no llores... Por favor, por los dioses que haiga, quiero, necesito hblar contigo...

-L-Lo s-siento...—Le colgó, soltandose a llorar en el suelo,a brazando su vientre completamente destrozado. Comprendió que el dolor no se iría por mas lejos que se marchase. Porque el mismo entendió que la distancia ni el tiempo logaría borrar el imensurable amor que sentía por Alfred. pero tampoco borraría el dolor.

Se recostó en su cama, sollozante, tratando de calmarse, luchando porque aquellos hermosos recuerdos, no se lo tragasen de nuevo.

Lastimosamente, como ya sabía, perdió aquella batalla.

Y los recuerdos volvieron a fluir.

...

Washington, Estados Unidos.

Alfred arrojo con fuerza el telefono sobre la pared de marmol de la habitación. Las inapagables luces de Washington D.C. le iluminaban el rostro surcado en ira y dolor. ¿Que había hecho? ¿Que había hecho? ¿Que había hecho? Dios misericordioso... ¿Que había hecho?

-Arthur...—Susurro, dejandose resbalar por el ñaba tanto a su esposo, amaba tanto a su esposo... Se odiaba, se aborrecía, se asqueaba de si mismo. No se imaginaba como mierdas fue capaz de siquiera ponerle la vista encima a Taiwán. No podía. No era cálida como Arthur, no era timida y deliciosamente tsundere como Arthur. No era Arthur, su sonriente, enojón, cejón y amado Arthur. Su pobre su adorado Arthur.

Iggy, Iggy, Iggy regresa. Iggy vuelve. Iggy te amo...—Susurro aferrandose las rodillas en medio de la penumbra, jadeando desesperado, impotente al ver que el mismo había jodido aquello tan bello con el britanico, y lo había jodido bien. ¿Que haría? ¿Como lo solucionaría? No era un heroé. No, no lo era. Los heroés no traicionaban ni mentían. El era el puñetero villano de la historia. El había dañado a su Arthur, a su Arthur...

Se arranco la ropa superior llorando, desolado, arrojando todo cuanto tuviese al alcance ccontra cualquier superficie que la rompería. Se quedo afonico de tanto llorar y gritar que era un idiota, que era un idiota. Se quedo sin lagrimas tras largas horas de madrugada sollozar completamente destrozado. Era un idiota. Eso era oficial.

Un imbécil.

Se enjugó las interminables lagrimas, antes de sentarse de nuevo, y contemplar la nada. La voz de Arthur le llamaba, le decía que le amaba... Y luego lo veía de nuevo como hace dos noches, lloroso, traicionado. Decepcionado. Se le moría la mente, y se le jodía el corazón con la sola idea de soportar la eternidad solo. Enteramente solo. Sin Arthur, sin Arthur...

Golpeo con fuerza la pared astillando el tapiz, y volviendose a observar la oscuridad.

Las voces de su consciencia lo mataban. Las voces del pasado lo torturaban. Los gritos y llantos de sus hijos de sus amigos y compatriotas apagaron el recuerdo sagrado de su marido, mientras el pasado turbulento y sangriento de su guerra le nubló la mente.

Algo muy malo pasaría.

Eso lo presentía.

Eso lo sabía.

De su voz solo salió el nombre de aquel que solo era capaz de hacerlo sentir feliz. Y la pregunta del millón.—Oh Arthur... ¿Que he hecho?

...

La mujer soltó un grito. No, no era un grito. Era un rugido de ira, de rabia, de odio, de rencor... Ungrito seco, deseoso, sediento como nada de venganza. Sediento de su revancha, sediento de que se padezca el dolor que ella ahora siente. Las lagrimas ardientes le queman los ojos, las pupilas contraídas de color café se deshacen en el mas profundo de los odios. Las manos encrispadas desean golpear, lastimar destrozar...

Se desploma en la cama que compartió con ella alguna vez, y su mirada se pierde en el techo. ¡Cuanto no le amo! ¡Cuanto no le adoró! ¡Cuanto no le quiso! Mentirosa, mil y una veces mentirosa. Maldita, mil y una veces maldita. Ella le amó, ella confió en ella, ella le dio su lastimado corazón... ¿Para que? No solo la engaño. No, claro que no...

Le partió el corazón traicionandola con él. Con ese máldito. Con ese despreciable intento de ser humano, con ese desperdicio de vida inmortal. Con ese maldito desgraciado que le arrebató las vidas de su gente de sus hijos e hijas... Con él la engaño. ¡Con él!

No podía ni moverse del dolor y la rabia que en ese momento la consumían. No podía, no podía. Pero con la pura fuerza que le daba aquel odio cegador se levanto, y miró la oscuridad. Los gritos de sus hijos e hijas, las llamas consumiendolo todo. Obtuvo la victoria, pero no le bastaba ahora... Ahora deseo haber acabado con el muy cabrón cuando lo tuvo en frente. Ahora deseo arrancarle la vida a tajos descarnados. Ahora... Ahora quería una venganza.

A ella.

A él.

Ella se vengaría. Les arrebataría todo cuanto amasen. A ella le mostraría que tan cruel podía ser cunado se le traiciona, cuando se le lastima de aquella manera. Ella no tenía corazón. El corazón se le había extinguido cuando ella le abrió las piernas a ese maldito. Pero a él...

A él...

Acabaría con el tan lento como se le permitiese. Le arrebataría todo lo que quisiese, lo desgarraría del dolor mas abrumador que sintiese. Le hundiría en la miseria. Si era necesario le quitaría la vida a su querido Inglaterra para mostrarle que tan despiadada puede ser. Si, eso mismo. América seguía amando a Inglaterra. Al rubio melancolíco. Al esposo traicionado. Si no era suficiente con lo que planeaba se iría al extremo de arrancarle la vida al ángel de Britania para enseñarselo muerto, frío, pálido sin gota alguna de vitalidad. Ella se vengaría. Ella se vengaría.

Ella se vengaría.

Se encamino a la oscuridad, con las manos hechas puños.

Ahí en la oscuridad solo le quedaba decidir que hacer primero.

Entonces una idea cruzó por su mente, rápida como el rayo y deslumbrante como el sol.

Vietnam sonrió con todo su odio y toda su ira al darse cuenta de algo...

Si, con eso comenzaría.

"La Venganza es un plato que se saborea Helado"

Hermosas Criaturas;

Soundtrack:

IKO.—Heart Of Stone.

Gracias por sus comentarios primeramente, los agradezco un montón. ¿Lea ha gustado? El proximo capítulo hablaran nuestro pequeño Lovino y el Jefe España ¿Les gusta la idea?

¿Ya han visto a la malvada del cuento?

¿Odian a Seychelles?

Por fa, digan que si. Yo personalmente... La aborrezco. Pero en fin. Ojala y les haya gustado. Adivinen quien hará causa comun con la herida y sanguinaria vengadora, y les pondrá a los países el plano del mas terrible futuro que se imaginen.

Adivinen, adivinadores...

Dejen su sincero comentario allá abajo.

Con eterno afecto y cariño,

Elisa.