Los Comienzos

Arthur suspiró cuando Alfred lo envolvía entre sus brazos. Como le hacía falta. Su dolorosa ausencia, aunque corta fue realmente un infierno. Amaba al americano, lo amaba, lo amaba. —Quiero mostrarte algo…-Susurró el de esmeraldas tomando su mano.

-Yo también…-Alfred le beso con ternura, acariciando el vientre. La criatura inocente dentro suyo se removió emocionada. Arthur le regalo la dulce sonrisa más bella del mundo, de su hermoso, hermoso mundo. —Es mi pequeño héroe…-Susurro. —Es mi bebe…

Arthur lo abrazo aún más muerte. La reunión se reanudaría al día siguiente, lo suficiente como para que ambas naciones se dirigieran a la alcoba del britano. Alfred la observo, asombrado. —Es hermosa…

-Gracias. Pero es demasiado fría. Me has hecho tanta falta, maldito americano emancipado. —Alfred sonrió antes de besarle de nuevo. Se le hizo agua la boca al escuchar el delicioso gemido de Arthur cuando lamió de forma lenta su cuello. Llego con manos tiernas y dedicadas a los botones carmesí de la túnica, y con delicadeza extrema y lentitud admirada los fue botando, uno a uno. Arthur jadeo cuando la bajo por sus hombros. Arthur suspiro un te amo cuando sus labios se volvieron a unir. La mullida cama los recibió cálida y suave. —Eres hermoso…-Susurro admirado ante la visión de aquel cuerpo amado con ese bello bulto ligero en su vientre. Lo delineo con dulzura, haciendo a Arthur reír. —Hagamos el amor…-Susurro en voz sensual y rematadamente seductora.

-¿A-Aùn me lo preguntas?..—Cuestionó enrojecido el britano. Alfred asintió. —Quiero hacerte el amor hoy, ahora mismo…-Arthur le sonrió con tierna confianza, gimiendo en voz queda y deliciosa cuando su esposo beso su pecho con lentitud. —Extrañaba tanto tu sabor… Tú dulzura, tus caricias y tus bellísimos gemidos…-Lo aferro con adoración. —Me haces tanta falta…

A estas alturas, Arthur se echó a llorar. —Y t-tu a mi…-Susurro abrazándolo con fuerza. —Y tú a mi amor...—Alfred lo tomó con suma admiración, y se sumergió en su intimidad que palpitaba de forma dolorosa. La saboreo de forma casi demoniaca, de manera pecaminosamente lujuriosa, de la manera más ardiente posible. Arthur se arqueó. Aferro sus manos, y las mejillas se sonrojaron cuando la lengua del americano se posó sobre su miembro. Gritó cuando lamida tras lamida lo hizo terminar. Alfred lo saboreo casi con lujuria. Los labios unidos, los cuerpos frotándose, y el amor siendo consumado una vez más en aquella habitación.—Te amo...—Susurro Arthur con los ojos verdes clavados en los azules de su esposo.—Bésame..—Dijo Alfred.

-Bésame hasta que me quede sin aire. Bésame hasta saber que eres mío… Quédate conmigo para siempre… Se mío para siempre…

-Tuyo. —Dijo Kirkland abrazándose a su esposo, sintiéndolo acercarse a su entrada.

-Mío...—Gruño Alfred, saboreando cada segundo del tortuoso y delicioso acto.

-Siempre. —

-Déjame entrar… A ti, a tu cuerpo, a tu corazón... A tu alma…-

-Te has convertido en parte de mí...—Declaro Arthur.-¡A-Ahhh..! Mgh…-Aferro sus manos con fervor, mientras entraba en aquel cuerpo amado. Estaba tan estrecho como siempre, tan deliciosamente suyo, tan deliciosamente suyo. Tan bellamente suyo. Acarició su vientre con una mano cuando con la otra abrazo a Arthur por la espalda, y embistió profundamente. Arthur y el gimieron.

Un vaivén divino, un amor eterno, un lazo irrompible, el hilo del destino sonriendo ante su profecía, ante su irremediable culminación. Aquellas dos almas finalmente tan unidas como se pudieron juntar. Tan irrevocablemente fundidas, tan irremediablemente fusionadas. Embestidas, caderas, besos, labios, caricias, manos delineando el contorno del contrario, tres corazones latiendo al unísono, dos creadores y un fruto, labios murmurando verdades universales como una mantra sagrada, como la más bendita de las oraciones, mientras sus cuerpos danzan en el baile más antiguo y profundo de la humanidad.

Recordándose que se amaban, recordándose que se pertenecían, recordándose que a pesar de todo nada los apartaría del lado del contrario. Arthur y Alfred, Alfred y Arthur, dejando de ser naciones, convirtiéndose por aquella eterna y divina noche, en humanos, en dos seres que solo existían para sentirse uno con el contrario, solo para fundirse en uno mismo, solo para juntarse de manera acérrima y eterna.

Finalmente, ambos gritaron el nombre del contrario, y se abrazaron cayendo entre las sabanas y la comodidad del lecho lleno de las esencias. Arthur y Alfred, dos hombres, dos amantes, dos almas se aferraron como si no hubiese mañana, teniendo en medio suyo, guardado como un tesoro, el fruto de su eterno amor.

Mientras dos cuerpos amantes se unían, el ambiente dentro del castillo se hacía demasiado tensó. Los hermanos mexicanos permanecían junto a Lovino, y este solo se dedicaba a observar con seriedad e indiferencia el panorama nocturno de Londres. Era demasiado bello, pensó. Pero demasiado triste. Atrás suyo, estaban María y Darío. Serios, imperturbables. Entonces observaron con resentimiento compartido como un auto llegaba con ciertos individuos ajenos a su afecto. Altos y rubios, se dirigieron por la entrada principal del Buckingham mientras sonreían a los anfitriones. Lovino no expreso nada. Pero por un momento los ojos olivas de la muchacha rubia chocaron con los suyos. Ella no pareció inmutarse, pero el italiano reconoció el sentimiento de abrogación que la invadió. Holanda permanecía imperturbable.-¿Qué hace el jodido tulipán aquí?

María bella y déspota despotrico con furia. Su hermano, Norte se limitó a seguir observándolos desde el balcón. Antonio Fernández Carriedo vagaba por los jardines del palacio ajeno a ese encuentro lleno de chispas de rencor, de dolor, de decepción.

Emma parecía seria, pero aun así dentro suyo crecía con rapidez una sensación de arrepentimiento y culpabilidad brutal. Lovino simplemente la miró, como si mirase algo inferior a él. Inferior a sí mismo. ¿Por qué mirar de igual manera a los insectos bajo los pies de un inmortal? No merecería la pena.

Los dos pelinegros mellizos se acercaron a su figura materna. Con lentitud.—Lovino…-Lo llamó la muchacha.-¿Cuándo se los dirás?

El castaño medito por un segundo.—Pronto.

Sark y Escocia contemplaban como las tropas británicas comenzaban la evacuación masiva de los habitantes de las islas menores en el estrecho. La niña estaba tomada de la mano de su hermano mayor.—Tengo miedo Scott..—

El pelirrojo apretó su agarre.—No tengas miedo. Los leones no tienen miedo, tú eres mi pequeña leona, mi pequeña rosa. No tengas miedo.—Sark atinó a asentir. Tenía miedo por su casa, por su gente, por sí misma. No entendía tantas cosas, y ahora tenía que contemplar las líneas de protección de su hermano en su isla. Arthur, Arthur, tenía que ver a su hermano Arthur. Él le daría valor. O por lo menos a Francia-oniisan.

-Tu estarás a salvo, verdad hermanito..—Scott la izó en brazos y la abrazó.-¿Quién sino te cuidaría mi flor?

Lanna sonrió.—Soy una leona, como Arthur. Y soy una rosa, como las Tudor.. ¡Soy una guerrera! ¡Yo te cuidaré hermanito!..—Scott rodó los ojos. Gracias al mocoso ahora su hermana tenía serios problemas con la heráldica inglesa. Lo que le faltaba. Pero le abrazo. Él también tenía miedo. Por algo su hermano había enviado tropas suyas a la isla. Por algo. Mataría a cualquiera que intentase dañar a su flor. A su Lanna no. No a su Lanna. Peter probablemente estaría con sus padres adoptivos, y ahora él se quedaba con Lanna.-¿Dolerá?

-¿Qué?

-Las bombas. Dicen que es como si te quemasen por dentro. Como si te prendiesen fuego. Tengo miedo al dolor de aquello Scott.

-Tienes que entender, que todos estamos en riesgo mi florecita. Todos, incluso tú. Ahora debes dejar de lado los miedos mi dulce princesa y ver por la seguridad de tu casa. Mi hermano te ama, por eso moviliza tropas para ti. Yo te amo, por eso te cuidaré con lo que pueda, y con lo que no también. Pero ahora hay que ser valientes…

-¡Como leones!..—Exclamo Lanna abrazada a su hermano mayor.

-Si.—Contestó Scott Kirkland.—Como leones.

Se dedicó a arrullar a su dulce florecita, a cuidarla, y a tratar de hacer que ignorase, como las sombras de la muerte se cernían sobre ellos.

Iván reía con suavidad.—Oh, al parecer llaman a la acción…-

Vietnam no contesto.—Hermana, mi hermosa hermana..—Llamo a la platinada.—Mi Bela…-Ella se acercó.—Necesito un enorme favor de tu parte.

-Lo que sea hermano, lo que sea..—Lo observo con sus ojos amatistas llenos de obsesión, del enfermo amor de una hermana hacía un hermano.—Al parecer nuestro querido Arthur moviliza tropas para proteger a su hermanita. Dicen que es una niña demasiado tierna y demasiado dulce. La florecita como la llama Francia.

-Sark, la mocosa menor de la familia Kirkland. ¿Qué hay con ella?

-Empecemos con la fiesta. Hay que incluirlos, desde el más pequeño, hasta el más grande. ¡Qué mejor que empezar con nuestra pequeña florecita!

Vietnam sonrió. Si, si, si… Oh sí. Oh demonios que sí.

-¿Empezaré yo?

-Si hermosa, hermosa Bela. Empezaras tu.—Ambos consanguíneos se sonrieron con lentitud.

-De acuerdo..—Susurro la platinada.—Que empiece la fiesta.

Hermosas Criaturas…

¿Me he tardado en actualizar?

¡Lo siento tanto!

Gracias por sus comentarios. Dios, nunca imginaria que tendría tantos comentarios ¡Tomala zorra! Dedicado este insulto a mi desgraciada consanguínea que se tragara sus palabras. Gracias mis criaturas bellas, bellas como ningunas. Cereal Pascua, y Garu0212… Me han hecho el mes. Me puse a saltar como idiota cuando revise los comentarios. ¿Adivinan que le contara el italiano sureño a la g8?

Oh mis nenes y nenas, yo se que ustedes saben.

¿Lanna, Peter o bebito?

Adivinen, adivinadores.

Una nueva integrante de la sede se hace presente.

Con eterno cariño y afecto…

Elisa.