Caitlin inspiró profundamente, tratando de serenarse. El secuestrador abrió dos de los cajones metálicos empotrados en la pared y miró primero a Ducky.

-Caitlin, ayude al bueno del doctor, por favor.

Chasqueó la lengua asqueada por sus modales y su pomposa dicción. El acento británico no ayudaba a que pudiera ser objetiva. Le gustaba su acento. Pero no le gustaba la sangre; Gerard se había terminado desmayando del dolor, a pesar de la inyección de morfina.

Ducky se adelantó un par de pasos hacia el cajón, pero se detuvo en el último momento.

-Señoritas primero.

Kate lo observó sin saber qué pensar. Una mezcla de respeto (¡se estaba burlando en la cara del secuestrador!), incomprensión y pánico se adueñó de su cara. Pero, ¿qué narices…?

El hombre armado ladeó ligeramente la cabeza y sonrió asintiendo. Como si Ducky hubiera contado un chiste interesante, pero no lo suficientemente gracioso.

-Tiene mi palabra de que no le va a pasar nada a Caitlin.

-Disculpe si su palabra no me sirve.

Y entonces ella lo entendió. Ducky temía por lo que pudiera hacerle una vez estuviera él encerrado. Algo cálido se le instaló en el corazón. Pobre y adorable Ducky. Ducky también tenía acento.

-Entre, profesor Mallard- ordenó esta vez con mucho menos tacto y paciencia, apuntándole.

Ducky la miró una última vez y entonces Kate notó como su cuerpo se movía solo. Se dirigió ella misma al cajón, para estupefacción de ambos.

Pero antes de que pudiera meter todo el cuerpo dentro, la tomaron por el codo, evitándoselo.

-No me haga repetírselo, Caitlin. Ese no es su sitio.

La sacó con una mano, sin dejar de apuntar con la otra a Ducky.

-Doctor, adentro.

Kate asintió, tratando de inspirarle tranquilidad, y ayudándole a meterse. Antes de que el hombre se planteara cerrar, cogió su propia chaqueta del escritorio cercano y la dobló, colocándosela a Ducky consigo a modo de almohada.

-Gracias, querida.

-Coloque las extremidades superiores pegadas a ambos lados de su cuerpo, doctor-le indicó el otro hombre, tapándole la boca con cinta. Y cerró el cajón.

Kate tragó saliva, de nuevo, sin dignarse a apartar la mirada.

-¿Cuánto tiempo… se puede estar ahí dentro?

-¿Vivo?-sonrió, divertido- Tranquilícese, Caitlin- abrió el cajón contiguo- tendrá oxígeno más que de sobra. Sus amigos vendrán enseguida.

Tragó en grueso, mirando el otro cajón abierto. No le apetecía en absoluto. Su cara debió reflejarlo.

-¡Es Agente Especial, Caitlin!-Se rió entre dientes- No puedo creerme que tenga claustrofobia.

Notó la ira bullirle en el pecho en un jadeo indignado. ¡Ni que por ser agente dejara de ser humana…!

-No tengo claust…

-Bien. Entonces, adentro.

Ella lo miró fijamente, frunciendo el ceño. Tenía que darle la vuelta a todo. E interrumpirla. Cómo lo detestaba.

-No lo entiendo.

El secuestrador rodó los ojos, exasperado. Se agotaba el tiempo.

-Es bastante simple, ya ha visto cómo lo hacía el doctor Mallard.

-No. No entiendo qué importaba un cajón u otro.

El hombre sonrió, desviando la mirada.

-Era una cuestión de subordinación, Caitlin-ladeó la cabeza-. Quien tiene el arma aquí soy yo. Quien no tiene arma, tiene que tener miedo.

-Yo no le tengo miedo- alzó una ceja, con descarada valentía-. Y tampoco tengo prisa-sonrió triunfante, cruzándose de brazos.

El hombre la miró detenidamente unos segundos, con algo peligroso brillando en los ojos. Sin haber dado ninguna señal antes, se abalanzó hacia ella con una rapidez, fuerza y sigilo impactantes. Parecía un depredador. Kate se hizo para atrás, inconscientemente, topando con el frío metal de la pared.

Una de las manos del hombre la encerraba contra el muro metálico, mientras la otra seguía sosteniendo la pistola, encañonándola hacia el cajón de al lado del que estaba abierto para ella. La prisión temporal de Ducky. La nueve milímetros estaba apuntando directamente a donde estaba la parte superior de su cabeza.

Cabrón. Pensó con toda su alma. El miedo existe en múltiples formas y él sabía que con ella no funcionaba el propio, pero sí el que pudiera causarles a los demás por su culpa.

Otra vez la misma posición. Él mirándola desde arriba y ella sintiéndose pequeñita. La diferencia de alturas se hacía más que evidente en esa posición. Sus respiraciones se hicieron pesadas y notó cómo su nariz rozaba la propia.

-Adentro, Caitlin-ordenó, sin lugar a réplica en la voz, serio-. Cuando volvamos a vernos, no quiero encontrarla con una bala perdida incrustada en el cuerpo.

Y Kate bufó por la nariz de la rabia. Y del fastidio por tener que dar su brazo a torcer. Lo apartó de un empujón, de mala gana y entró como pudo en el depósito de cadáveres, acomodándose en la medida de lo posible y dándole manotazos cuando él intentaba ayudarla a entrar. El secuestrador se rió entre dientes, por su obstinación; a Kate no le hacía ninguna gracia.

-No es muy buena perdedora…- le pasó la chaqueta de Ducky, para que se la pusiera detrás de la cabeza, como una almohada, tal y como ella había hecho con el doctor.

-Espero que cuando nos volvamos a encontrar y sea yo la que lo apunte con un arma, se atreva a decírmelo de nuevo- lo fulminó con la mirada.

Él se limitó a sonreír, poniéndole cinta en la boca para evitar que gritara.

-Lo siento, Caitlin-dolería cuando tuviera que quitársela-. De todas formas, le dejaré su six hour aquí, para que pueda cumplir su amenaza…

La palabrota que le soltó con todas sus ganas se le atragantó por culpa de la cinta, restándole énfasis, así que se revolvió en el espacio. Sonriendo más ampliamente, como si de verdad se estuviera divirtiendo de lo lindo, él se guardó el arma en la parte trasera de su pantalón y empujó el depósito para cerrarlo.

-Hasta pronto.

Y todo se volvió negro.

OoOoO

-Es más viejo de lo que esperaba.

-¿Dónde están los otros rehenes?

-La caja en el suelo. Las manos sobre la cabeza, dese la vuelta y camine hacia la puerta.

-No sin Gerald.

-Gerald no saldrá a menos que deje la caja en el suelo, se dé la vuelta y camine hacia la puerta.

-Camino hacia la puerta-al parecer obedecía-. Viejo no significa sordo.

Que no viera lo que pasaba no significaba que no lo escuchara. Al parecer, el terrorista había contado con eso también. Podía imaginarse a Gibbs dejando la caja y llevándose ambas manos detrás de la nuca.

-¿Quiere salir vivo de aquí?

-Me consta que Gerard quiere...

-Creo que usted también. Por eso ahora, muy despacio, voy a extender el brazo hacia esa caja y con dos dedos voy a sacar exactamente lo que quiere ¡Ah, sorpresa! Ha fracasado. Fin de la misión; el virus está de camino del Centro de Control de Enfermedades. ¿Quiere hablar de si va a vivir o no?

Ignoró completamente la pregunta. La curiosidad se hizo evidente en su voz, cuando resonó por toda la morgue.

-¿A qué distancia estaba de Qassam cuando le disparó?

-No lo sé-escuchó a Gibbs mentir descaradamente.

-La midió para el informe de su incidente.

Una pausa. Podía imaginarse a Gibbs midiendo a su adversario.

-Once metros y unos centímetros, más o menos…

-¡Oh, es usted buen tirador…!

-Me encantaría demostrárselo.

Kate sonrió con ganas como pudo con la cinta en la boca al escuchar a su jefe aguantar con tanto aplomo, pero perdió la sonrisa enseguida, sobrecogida por el déjà vu.

-Curioso. La agente especial Todd ha dicho lo mismo.

-¿Dónde está? ¿Y el doctor?

Por unos segundos no se escuchó nada. Y luego, de nuevo, la voz suave del monstruo que los había encerrado. Divertido, desafiante.

-¿… de verdad desearía demostrármelo?

-Sí.

Algo rodó por el suelo.

-La six hour de la agente Todd está en la caja que hay a su izquierda. El cargador es de la six hour. Intacto, con las cinco balas. Cójalo.

Pero ¡¿qué coño…?! Silencio. A Kate el estómago se le había subido a la garganta de la expectación.

-¿Por qué?-puso en palabras su jefe lo que ella pensaba.

-¿Por qué no?-se burló, arrogantemente.

Y seis disparos que registró su cerebro. De repente, una explosión de ruidos. Gente y disparos por doquier en la sala de autopsias. Notó como hiperventilaba, se sentía muy restringida en su celda. Le pitaban los oídos y se empezaba a marear. La cabeza, le dolía como si se la estuvieran comprimiendo, pero no era claustrofobia, no era claustrofobia… No era claustrof…

-¡Adentro! ¡Venga, venga, venga! ¡Vamos!

-¡Quieto, no se mueva! ¡VAMOS, VAMOS!

-¡HAY UN REHÉN SOBRE LA MESA DE AUTOPSIAS!

-Por aquí. Rápido, venga. ¡Buscad a los otros!

-¡Moveos, objetivo derribado!

Y de pronto, todo sonó con mucha más fuerza. Habían abierto la caja de cadáveres donde ella estaba e inspiró profundamente por la nariz, intentado hacerles llegar aire a sus pulmones. Olía a gas lacrimógeno y enseguida comprobó que se le aguaban los ojos un poco.

-Les tengo. ¡Aquí, aquí están! –Gritó alguien a su lado- Venga conmigo, rápido-la instaron a salir de allí.

OoOoO

-…tenías razón: tenía un cómplice vestido como el equipo de rescate en el ascensor. Disparó a los hombres del equipo antes de que le trincaran. Uno ha muerto, el otro se va a salvar...-escuchó a Tony, que sujetaba a un Gibbs sangrante medio incorporado.

-¿Dónde están Kate y Ducky?

A ella se le encogió el corazón en el pecho. Le acababan de disparar y seguía preocupado por su equipo. Un hombre uniformado les señaló la puerta de salida. Hizo que Ducky apoyara en ella el peso de su cuerpo.

-Aquí mismo. Los metió en los cajones para cadáveres.

Kate miró a Jethro con preocupación evidente mientras ayudaba a Ducky a caminar, dirigiéndose hacia la puerta, en una conversación muda. "¿Estás bien?" "Sobreviviré, Kate. Mala hierba nunca muere."

-¿Cómo le mató, Gibbs?-se escuchó de fondo, rodeando el cuerpo tendido inerte en el suelo. A Caitlin se le encogió el corazón, todavía con el peso de Ducky encima.

Contrariamente a lo que había pensado en un primer momento, cuando escuchó al jefe responder, no se le relajó en el pecho, ni tampoco lo hizo el estómago.

-No lo hice.

Seguía vivo. Seguía vivo.

OoOoO

-Su forma de escapar era el plan alternativo-siguió mirando un punto perdido mientras Tony la ponía al día-. Solo necesitaba a alguien que le disparara para desencadenar el ataque. Gibbs cree que todo el tiempo llevó un chaleco antibalas.

Tragó en grueso, entendiendo la maquinación y la gran estrategia del secuestrador durante toda la hora que duró.

-Así es, lo noté-confirmó, cansada pero todavía tensa.

-¿Lo notaste? –La sorpresa teñía su voz- ¿Y hasta dónde te acercaste para notarlo? ¿Lo bastante como para tocarle con las manos o…?

Le asqueó pensarlo. No por repulsión, sino por cómo había reaccionado y contestó un poco borde.

-Lo bastante como para poder apuñalarle.

-¿Y no lo hiciste?-volvió a preguntar Tony, con incredulidad.

-No-bajó la mirada. Vergüenza, culpabilidad, incomprensión.

Podía derribar a Tony y a McGuee juntos contra ella. Era la más rápida, ágil y flexible de los agentes que iban a entrenar al gimnasio.

Y, sin embargo, Tony no apartó su vista de ella y medio- afirmó en una pregunta educada, con demasiado tacto para ser él:

-Síndrome de Estocolmo.

Kate frunció el ceño y dejó que su parte sabihonda tomara el control del asunto, que empezaba a encauzarse por donde no tocaba, fuera de sus manos.

-No te identificas con tu captor en una hora.

-¡Oh, lo sé! –Asintió, con seguridad- Quizá sea como enamorarse, que puede suceder… -chasqueó los dedos frente a su cara -así.

Kate no respondió nada, pero no apartó la mirada, pensando.

Tony tampoco añadió nada más, encaminándose de nuevo a su escritorio.

Tenían muchas cosas en las que pensar y trabajar antes de descansar. La torre de papeles se burlaba de ella desde su escritorio. Suspiró, estremeciéndose.

Prefería la sala de autopsias, definitivamente. Aunque no lo confesaría ni loca, o terminarían encerrándola y despidiéndola por incapacidad laboral.