"Necesitaba enfrentarse a la muerte para sentirse vivo. Tal vez para sentir algo".
Solo podía pensar en esa aura arrogante que lo envolvía, pero las palabras de Gibbs se materializaban una y otra vez en su cabeza, reproduciéndolas como si se tratara de un disco viejo y rayado.
No sabía si era verdad o no, pero tenía sentido. Además, era un genio controlando las emociones de los que le rodeaban.
-Es ella, el amor de mi vida-Tony se limpió con la servilleta y salió corriendo por entre los coches hasta alcanzarla corriendo de espaldas en la acera de enfrente para poder hablar con ella.
-¿Cuándo… cuándo madurará?-preguntó incapaz de creer que había presenciado eso, saliendo de su mundo. Hombres. Bueno, Tony.
-Lo lleva en los genes, querida. En Italia, la mayoría de chicos de su edad aún viven con su mamma-sonrió Ducky.
-Oh, vaya-miró el reloj, componiendo una mueca-. Me voy, tengo una videoconferencia con Gilmore-y cayó en algo-. ¡Argh, le tocaba pagar a Tony!
Maldito cabrón. "El amor de su vida", ¡… y un cuerno! ¡Poco listo era, con tal de escaquearse!
-Ya pagaré yo-sembró la paz el forense escocés.
-No, no, no, no.
-¡En serio!
-No, no está bien-le sabía mal, pero no llevaba suficiente dinero para pagar ella y llegaba tarde.
-Vete, Kate. El invierno ha sido frío y largo. Necesito un poco de sol antes de volver a mi rompecabezas humano. No te lo recomiendo-sonrió.
-Te creo-terminó por aceptar, entendiéndolo un poco. Ella también tenía pesadillas, encerrada en cajones para cadáveres. Abby les parecía haber contagiado la fobia. Nada más salir de la Morgue, no se sentía así. En frío… prefería no acercarse a ese lugar. Debía ser horrible trabajar allí para Ducky, después de aquello.
-Gracias por el almuerzo-le dio un beso en la mejilla. La próxima vez lo invitaría ella y Tony se llevaría un buen tirón de orejas antes de perseguir ninguna falda.
-¡Es un placer!
OoOoO
El semáforo estaba en rojo. A pesar de que no creyera que los botoncitos aceleraran el cambio de color, lo pulsó igualmente, dispuesta a esperar. Escuchó una moto de gran cilindrada detenerse, entre una furgoneta blanca y un coche azul.
El conductor intentaba llamar su atención. Le daba gas y detenía el motor, produciendo unos ruidos realmente escandalosos. Kate sonrió. Qué manera más pobre de lo que quiera que intentara hacer. Había captado su atención, sí, pero comportándose de ese modo solo le hacía sonreír, como si se tratase de un adolescente. En el fondo tenía su encanto.
Esa aura arrogante, de chico malo que lo envolvía. Se preguntó cómo reaccionaría si le sacara la placa por disturbios al orden público y a las restricciones para evitar la contaminación acústica hasta que se levantó la visera del casco rojo, a juego con el conjunto de cuero que llevaba, y le vio.
Esos ojos. De nuevo, sus ojos. Sonreía ampliamente con ellos. ¡Hasta la saludó con la cabeza!
Se bajó de nuevo el cristal protector y le dio gas a la moto. El semáforo cambiaba. Salió despedido a una velocidad vertiginosa, sobre dos ruedas, hasta quedar sobre una haciendo alarde del control del caballete, atravesando dos coches que se cruzaban en la calle contraria.
Kate corrió, six hour en mano –la misma six hour- para detenerlo, pero ella estaba en el paso de cebra y él presumiendo y burlándose de ella con su super moto y Su sonrisa de anuncio de dentífrico, dos calles más allá.
Se dio la vuelta, sin pensar, y subió en el coche azul que más cerca tenía diciendo: "¡agente federal, siga a esa moto!". Se abrochó el cinturón, el hombre moreno que conducía, obedeció sin decir palabra.
Segundos después notó como la encañonaban desde el asiento de detrás. La cara del piloto lo dijo todo.
Serás estúpida- pensó para sí misma, escupiendo el aire por la nariz-. Será cabrón.
Su móvil sonaba. Uno de los dos hombres de atrás trató de rebuscarle con poco disimulo ni decoro. Se revolvió en el sitio, incómoda y asqueada.
-Está la izquierda, en el cinturón.
Para cuando se hizo con el teléfono, este dejó de sonar.
-Han colgado. ¿Quién es Gibbs?
Siguió mirando hacia abajo, sin responder hasta que notó un latigazo en la cara y jadeó por la sorpresa. La había golpeado. El conductor la había abofeteado.
-¿Quién es Gibbs?-volvió a preguntar.
-Mi novio. Me llama cuando sale del trabajo.
-¿Y dónde trabaja?
-En Irak-se burló de él, degustó cada palabra, viendo su reacción. Esta no se hizo esperar. La segunda bofetada le giró la cara, de la fuerza. No tenía nada más que decir.
Poco después llegaron a una casa en el campo. En la entrada, esperándoles, estaba él. Serio, el sol dándole en la cara.
Nada más aparcar, se acercó a abrirle la puerta, como todo un caballero.
-¡Caitlin! ¿Me has echado de menos?
Esa sensación en el estómago no había desaparecido. Habían pasado meses, pero parecía ayer mismo cuando la atrapó contra su cuerpo en la morgue. La jovialidad y la confianza con la que le trató la dejaron momentáneamente descolocada, pero lo miró fijamente, negándose a responder. Se preguntó con qué forzaría él su capacidad comunicativa, ahora que había decidido tutearla.
La mirada del hombre se oscureció en cuanto se percató de su labio sangrante. Ahí estaba, otra vez, esa aura peligrosa con la que lo había conocido en el NCIS.
-¿Quién le ha hecho esto?
No preguntó, exigió. La arrogancia se había transformado en fiera autoridad.
-Es una insolente-se limitó a decir el conductor.
-Te pido disculpas por la brutalidad de Bassam- la ayudó a salir del coche, con delicadeza, sujetándola del codo y la cintura.
-Al menos no se ha cargado mi hombro con una nueve milímetros.
-Bassam, quítale las esposas- ordenó antes de devolverle la pulla con una sonrisa demasiado inocente para sus rasgos- ¿Cómo está Gerard?
-En rehabilitación. Cada día pregunta si ya estás muerto-le sonrió de vuelta, con falsa dulzura.
Él le devolvió la sonrisa y en cuanto se vio libre de las esposas, se giró con rapidez y le asestó un certero puñetazo al tal Bassam en toda la cara.
Con la mano en la boca, este empezó a gritarle en algo que, por su sensibilidad auditiva, prefería no entender. El secuestrador de cuero lo apartó de ella, sin mucho esfuerzo. Mera presencia, no necesitó hacer fuerza para evitar que se le acercara, solo apoyar una mano.
Volteó de nuevo a verla, esta vez con esa sonrisa, casi orgullosa, bailándole en la cara.
-¿Satisfecha?
-No. Me pegó dos veces.
-Que le pegue una mujer es un doble insulto para Bassam-explicó capturando de nuevo su mirada.
-¿Ah, sí? ¿Y que le dispare una?
-¿Por qué le ha pegado?- le preguntó a uno de los hombres de atrás.
¿Por qué no le preguntaba a ella directamente?
-Porque no decía quién llamaba por el móvil.
No preguntó nada más. Cogió el teléfono él mismo y buscó directamente.
-¡Ah, te llamaba Gibbs!
Ella sonrió falsamente afectada de vuelta.
-Tengo que llamarle para decirle dónde estoy, es mi jefe.
Se interrumpió a sí misma cuando notó cómo la mano del hombre había volado con voluntad propia a su labio dolorido, acariciándole suavemente la mejilla, casi con reverencia.
-Por supuesto, pero antes ponte un poco de hielo-le sonrió con algo parecido a la preocupación en los ojos. No apartó la cara, él retiró la mano tan efímeramente como la había acercado, guiándola de nuevo por el codo-. Después podrás llamarle.
Lo obligó a seguirle, sin molestarse en evitar que mirara para atrás cómo cargaban la sorpresa del claro para los tres helicópteros.
OoOoO
Suelo de parqué. Una alfombra. Muebles de maderas cálidas. Parecía una casa de campo, bastante cómoda.
La guió directamente hacia una mesa con manteles individuales. Esperó pacientemente mientras él se disponía a rebuscar por los cajones. Volvió con una pequeña toalla blanca y un plato con agua y cubitos de hielo. Le limpió él mismo la herida sin dejar de mirarla a los ojos durante todo el proceso. Pero no se sentía con más fuerzas como para verlo mantenerse impertérrito sosteniéndole el cubito de hielo, como veía que iba a hacer si no se lo quitaba de las manos.
-Tengo que llamar a Gibbs- rompió el silencio imperante. No era incómodo, por extraño que pareciera. Se llevó el frío al labio partido, sintiendo alivio inmediatamente. Era más frío que él, al menos.
-Con una condición.
-¡JA! Sorpresa, sorpresa…-sonrió para él, notando tirante el labio- ¿Qué tengo que decirle?
Él pareció pensárselo un poco, divertido.
-Que te ha sentado mal la comida, que has ido a urgencias y te han diagnosticado intoxicación. Te han hecho un lavado de estómago y te han mandado a casa-se detuvo un momento y añadió-. Que mañana estarás bien, necesitas descansar-añadió en tono condescendiente.
Pensó en que Gibbs dudaría en cuanto supiera que tenía conferencia con Gilmore, pero dar tantos detalles podría ser peligroso.
-¿Y si no se lo digo?-alzó una ceja, desafiante.
Suspiró como si ya se lo hubiera esperado.
-Martha, cuéntale a nuestra invitada cómo vas a atender al agente DiNozzo esta noche.
Kate olvidó el hielo al verla. La chica rubia por la que Tony había salido corriendo en la comida. "El –nuevo- amor de su vida".
-Le meteré una bala en la cabeza mientras paso mis dedos por su cabello.
Él sonrió, diciéndolo todo sin decir nada más. Dejó el cubito y extendió la mano. Tony estaba en la ecuación, iba a involucrarlo lo mínimo posible.
-Hola, Gibbs: soy Kate-intentó sonar natural-. Perdona por no haber podido responder. Me ha debido de sentar mal la comida porque no me encontraba muy bien. He ido a urgencias y me han dicho que era intoxicación-hizo especial énfasis en la palabra. Eso tenía que ser su especialidad, al parecer; el virus que buscaba cuando la secuestró la primera vez lo demostraba-, me han hecho un lavado de estómago y me han mandado a casa-inspiró profundamente, atreviéndose a ir un poco más allá-. Tony tenía razón… no se pueden comer ostras los meses que no llevan erre. Mañana estaré bien.
Tony la había visto comer ensalada de atún. Gibbs no dejaba las cosas al aire, sino hablaba con Tony lo haría con Ducky, para asegurarse de que ambos no habían resultado también intoxicados.
- Gracias por colaborar, Caitlin.
El placer es todo mío, subnormal.
Nuevamente, la guió- esta vez de la cintura- a la parte exterior de la casa. Una mesa con bancos incorporados de madera, entre sol y sombra por un árbol inmenso. El viento era refrescante. Se dedicó a partir nueces y comiéndolas durante unos minutos en silencio (ella había declinado la oferta con la cabeza), nunca abandonando la conexión con sus ojos. De nuevo, la sorprendió lo cuidado de su físico: la manicura, el corte de peluquería… su todo. La rubia seguía en su mundo, sin levantar la vista de su revista de deportes.
-Es un excelente chardonett. Y está casi helado-sonrió con la voz, insinuante-, me gustaría que lo probaras.
¿Por qué la trataba tan bien? ¿Cómo era capaz de sonar insinuantemente sexy y adorablemente en pucheros de un momento para otro?
-Que lo pruebe ella.
A saber si trataba de envenenarla. Martha se rió, secamente.
-Yo no bebo.
-Es cierto- volvió a observarlo con interés, obviando a la rubia, que dentro de no mucho, sería la muerta más sana de todo el cementerio-. Los musulmanes no beben alcohol.
Él alzó ambas cejas, con la copa en la mano.
-Bueno… en casa, no-le guiñó un ojo, con complicidad-. Pero si consideras esto como una fiesta de fin de semana y a ti nuestra invitada de honor…
-¿Y tú el anfitrión encantador?-el sarcasmo no podía resultar más evidente.
-Muchas me consideran encantador-y esta vez no había más vanidad que de costumbre en la afirmación. Y Caitlin supo que era así porque era verdad. De todas formas, forzó a su lengua a pensar y reaccionar deprisa. No podía dejarlo ganar la batalla con todo el ego inmaculado.
-Debes pagarlas bien.
Martha se rió otra vez sin levantar los ojos de un artículo. El walkie emitió un pitido antes de que una voz masculina sonara opaca.
-Nos vamos. ¿Lo sabes?
Él contestó en hebreo.
-¿Si sabes qué?
La furgoneta blanca arrancó llevándose consigo algo más que la despedida silenciosa de Martha, estaba segura. Igual que el todoterreno negro con el remolque con la barca.
-¿Por eso estoy aquí, no?
Él, parco como siempre, alzó la mano derecha, sujetando entre los dedos pulgar y corazón algo redondo.
-¿Dónde está el guisante?-lo colocó debajo de una de las tres cáscaras de nueces en fila, moviéndolos de forma alternativa- Dime dónde está el guisante y contestaré a tu pregunta.
Kate lo miró intentando descifrar qué se proponía con el jueguecito, pero señaló con el dedo índice la cáscara de la izquierda. Cuando reveló el contenido, Martha bufó.
-Tiene suerte.
-¿Es así?
-No. Contesta a mi pregunta.
-Otra vez, para demostrarle a Martha que no es suerte-tocó el de la derecha-. Te lo dije, Martha. ¿Detectas ligeras diferencias en las cáscaras?-susurró con emoción contenida. Esa pregunta llevaba un trasfondo extraño.
-¿Por qué estoy aquí?
-Para enseñarme tu truco-y al ver su cara, añadió-. Lo digo en serio.
Volvió a moverlas y Kate señaló la del medio, sin dejar de mirarlo fijamente.
-¡Es increíble…!-parecía maravillado-¿Quién te enseñó a ser tan observadora?
-¿Quién?-repitió ella, intentando llegar a su punto. Él le contestó con lo que había estado esperando desde el principio del juego.
-El servicio secreto.
Con la respuesta, la idea se le formó tan deprisa en la mente como él tardó en llevarse una nuez a la boca, con lenta parsimonia.
-Hoy el presidente viajará en helicóptero con Sharon. Quieres saber qué helicóptero es el Marine I para cargártelo.
-Esos misiles son de entrenamiento. En cualquier caso, yo no pretendo abatir al Marine I.
-Eres un bastardo mentiroso.
Otra vez la insufrible risita rubia. Kate estaba segura de que mucha gente habría perdido una mano por hablarle así como ella le había hablado a él. No hizo falta más que una mirada para que Martha se disculpara apresuradamente y volviera a su revista.
-Desgraciadamente, una parte es cierta.
Se preguntó internamente a cuál de los adjetivos se refería. Mentiroso, seguramente.
-Es imposible distinguirlos-confesó, luego se sintió mal consigo misma por ceder ante su mirada y añadió, más satisfecha con su lado rebelde-. Y si no lo fuera, no te lo diría.
-¿Aunque te mataran por ello?-la amenazó, la sueca, apuntándola con la pistola.
-¿No estás dispuesta a morir por lo que crees?-le preguntó a su vez.
-¡Los de Hamas lo demostramos cada día!
-No, vuestros niños-cargó contra ella, pero el secuestrador volvió a impedírselo.
-Martha, dame el arma-ordenó.
-¡Perdemos el tiempo…!
-El arma, Martha -repitió, con la mano extendida-. Por favor. Si hay que matar, lo haré yo.
Sin dejar de mirarla con algo oscuro, le obedeció. Kate no se fijó en si la mataba o no. Él había hecho una oración condicional que no le había gustado nada. "Si hay que matar…" Tragó saliva disimuladamente, intentando ocultar el pinchazo de miedo que se había asentado en la garganta, repitiéndole bilis. Aunque no sabía por qué, la idea de que la matara él le sonaba mucho más tentadora que morir a manos de la preciosa Martha.
-Te creo, Caitlin -asintió, finalmente-. ¡Relájate, tómate una copa de vino!-sonrió, despreocupado- No me gusta beber solo…
¿Cómo? ¿La creía? Entonces, ¿para qué la había secuestrado de nuevo? Y ¿qué era eso de que no le gustaba beber solo, una especie de confesión personal o algo?
-¡Haswari, ¿qué…?!
-Caitlin dice la verdad-aseguró-. Es imposible distinguir al Marine I de los demás.
-Tú dijiste que era posible- la incredulidad y la incomprensión en el rostro y en la voz. Él no dejó de mirar a Kate; lo siguiente que salió de su boca, cambió su concepción de él completamente.
-Mentí- y le acertó en la frente antes de que consiguiera hacerse con el walkie-talkie.
Martha cayó al suelo con los ojos tan llenos de sorpresa como preocupación por la inminente traición. Ahí estaba la parte cierta de la que hablaba antes; mentiroso… y asesino.
Con el sonido, los ojos de la agente especial se desviaron a los azules ya sin vida de la rubia, en shock. El hombre no dejó de observarla con atención un solo instante.
-Las mujeres no deberíais meteros en política. Sois demasiado bellas- y le tendió su teléfono móvil-. Llama a tus amigos del Servicio Secreto. Les diré lo que deban saber. Toma-se lo tendió-. Mis hombres están bien entrenados; capturarán a tu presidente… y al mío.
Otra vez esa mirada. La que vio en la morgue. Kate dudó. No sabía qué pensar.
-¿Tu presidente?-frunció el entrecejo, insegura de qué creer.
-Soy israelí. Del Mossad.
OoOoO
N/A: Ale, ya ha descubierto el pastel. Me lo he planteado tantas veces que pagaría por ver la cara de tonta que se le tuvo que haber quedado a la pobre Kate después de tal revelación.
Bueno, he hecho un trabajo en la Universidad sobre la agencia del Mossad (ya veis hasta donde me llega la obsesión) y no sé exactamente cómo enmarcar a Ari.
Se dan dos tipos de oficiales en la organización, a saber:
-Sayanim;es el término empleado para nombrar al judío que vive fuera de Israel como ciudadano extranjero y que voluntariamente proporciona asistencia al Mossad que incluye cuidados médicos, dinero, logística e incluso recopilación de información.
A cambio sólo reciben una compensación por los gastos que estas tareas le pudieran suponer. Su número oficial es desconocido, pero se estima que el número de sayanim repartidos por el mundo podría ser de miles.
La existencia de este grupo de "voluntarios" es una de las razones por las que el Mossad opera con menos oficiales de Inteligencia que otros servicios de espionaje.
-Katsa; es aquel oficial especializado en operaciones de campo, que recaba información y dirige a los agentes. Los katsas están organizados bajo la cabeza de Operaciones del Mossad, en una división conocida como Tsomet (intersección) o Melucha (reino, pronunciado /Melujá/), por tres ramas geográficas:
Rama Isarelis, que abarca Oriente Medio, Norte de África, España y aquellos katsas "saltadores" (denominados así porque van de una operación a otra).
Rama B, que comprende Alemania, Austria e Italia.
Rama C, que incluye al Reino Unido, Francia, Países Bajos y Escandinavia.
Así que ya veis mi problema. Ari parece ir muy por libre, trabajando a dos bandos. Siendo un Katsa no sabría en cuál de los subgrupos meterlo (a caballo entre EEUU y Europa, por muy "saltador" que fuera), pero dado el ritmo de vida que supuestamente lleva y su situación… no me parece un Sayanim tampoco, por la parte árabe materna.
Es decir, su padre es el líder del Mossad, israelí; qué menos que un buen rango oficial, compensación económica y estatus, entre otros, se diera la situación que se diera entre ellos.
Ari Haswari no es un personaje que daría información sin recibir algo a cambio, sin asegurarse un beneficio. Por eso, me parece que es un tipo especial de agente, un equivalente a los designados de la CIA a operaciones encubiertas no oficiales (NOC), pero no tengo ni idea de cómo llamarlo. Ya veré qué hago en el siguiente capítulo.
