Quería dedicar este capítulo a Holanda, que ha sido tan adorable por mensajería privada y vía review.
Espero que te guste.
OoOoO
Cuando terminó de hacer las llamadas necesarias y sus miradas conectaron, lo vio volver a sonreír cálidamente.
-Obviemos por un segundo el cuerpo de Martha -apoyó con confianza los codos en la mesa, entrecruzando los dedos entre sí-. Imaginemos que has venido gustosamente y por voluntad propia a pasar el fin de semana en el campo, como mi invitada de honor.
-Sigue sin pegarte el papel de anfitrión encantador-negó alzando una ceja.
Él sonrió mirando los dibujos de la mesa de madera, negando también para sí mismo.
-Eso es porque todavía no me he propuesto ser encantador contigo, Caitlin.
Trató de obviar también por todos los medios las sensación que le recorrió la columna vertebral de arriba abajo cuando volvió a mirarla. Pues para no proponértelo, lo estás haciendo tremendamente bien. Pensó para sí misma.
-Recapitulemos-se obligó a pensar, para no segregar más saliva que el pobre perro de Pavlov-. Eres un agente de la inteligencia hebrea.
El secuestrador y terrorista, ahora supuesto agente, cogió la copa de vino de la mesa y la alzó, brindando por ella, en son de paz.
-Sayanim Haswari, como ya has escuchado-se llevó el chardonett a los labios. Cuando la manzana de Adán volvió a subir, esbozó una sonrisa sincera-. Pero tú puedes llamarme Ari.
-¿Por qué?-preguntó extrañada.
-Bueno, ese es mi nombre- le explicó, sin perder la sonrisa.
-¿Ari?-preguntó sin entenderlo. Él asintió de vuelta, en silencio- ¿Y Sayanim?
Rió entre dientes y la miró con algo cálido en la mirada.
-Perdóname, Caitlin, pero esa ha sido la pregunta más adorable que me han hecho en mucho tiempo- sonrió ampliamente, sirviéndole una copa. Ella se revolvió incómoda en su asiento, intentando ignorar el contenido-. Normalmente, a los agentes de campo se les llama katsa, pero dado que mi condición es… especial, sayanim es posiblemente el término más neutro para designarme, viviendo como ciudadano extranjero fuera de Israel y proporcionando asistencia al Mossad -por un segundo su mirada se perdió en un punto fijo, más allá de sus ojos para añadir, con desgana- voluntariamente.
Kate se sintió estúpida por segundos, pero como él mismo había dicho, no tenía ni por qué ni cómo saberlo. Sabía seis idiomas, pero el hebreo no figuraba entre ellos. Sintió la fuerza de su mirada, de nuevo.
-Me llamo Ari; me gustaría que me llamases por mi nombre.
-Yo no te he dado permiso para llamarme por el mío-dijo seria.
-Me lo he tomado por mi cuenta-se encogió de hombros, despreocupado-. Caitlin es muy bonito para no usarlo cuanto se pueda.
-No me gusta.
No sabía por qué lo había confesado, pero se había escuchado como una niña pequeña, con un puchero. Quería haber sonado imponente, obligarlo a sentirse menos seguro de sí mismo (¡era su puñetero nombre!), pero no lo había logrado.
Desde niña, en casa, siempre había sido Katie para sus hermanos y Kate para sus padres. De hecho, el único que podía llamarla a día de hoy por su nombre sin morir a golpes, era Gibbs. DiNozzo seguía sin atreverse. Ducky, el bueno de Ducky, lo hacía sonar familiar, por eso también se lo permitía. Después de lo de la sala de autopsias, tenían una conexión aún más cercana, no podía negarle nada.
Ari –por fin su cara tenía nombre - la observó muy fijamente.
-¿Puedo preguntar por qué?
Y otra vez, su boca habló más deprisa que su cerebro.
-No lo sé-se obligó a callarse, apartando la mirada.
Ari siguió observándola, analíticamente, durante unos segundos, en silencio.
Suspiró antes de coger otra nuez y abrirla.
-Yo creo que sí que lo sabes, pero no quieres decírmelo-sonrió a medias. Capturó su mirada y añadió, antes de llevarse el fruto seco a la boca- A mí me parece dulce. Muy melódico.
Ella bajó la mirada abochornada. Transcurrieron unos segundos más en silencio hasta que él volvió a hablar:
-Dada la situación, no podía hacerlo, pero supongo que no está de más que me disculpe ahora-ella alzó la mirada sorprendida-. Debería haberte preguntado; si prefieres que no te llame así, no lo haré. También me gusta tu diminutivo.
Se pensaba que iba a disculparse por el brazo de Gerard, por el susto de la Morgue. Pero no, pedía perdón por haber usado su nombre; por haberla llamado así, sin permiso. Cualquier cosa para evitar usar su apellido.
Parpadeó perpleja. Gibbs siempre decía que disculparse mostraba debilidad. Ari, a pesar de lo mucho que se le parecía, no pensaba así. Se humedeció los labios y decidió tomar esa copa, adelantando la mano y sintiéndose avergonzada de su manicura, en comparación de la de Ari.
-No, puedes seguir llamándome así si quieres.
Y bebió para evitar la colisión de sus iris. Sin embargo, y aunque no lo estaba mirando, sí que pudo escuchar la sonrisa en su voz.
-Gracias, Caitlin.
Y de nuevo, no sabía si era por dejarle llamarla como a él le gustaba o por beber con él, pero el ronroneo que imprimió en su nombre, el gusto con el que lo pronunció, la hizo sentirse extrañamente cómoda.
Su teléfono empezó a sonar de nuevo y en la pantalla apareció el apellido de su jefe. Miró a Ari, inconscientemente, preguntándose cómo estaría ahora la situación.
Él sonrió, llevándose otra nuez a la boca, invitándola a contestar con la otra mano.
-Hola, Gibbs.
-¿Estás bien? ¿Puedes hablar? ¿Sigue Ari contigo?
Jamás le había escuchado formular tantas preguntas sin respirar y tan deprisa.
-Sí a todo.
-Me han llamado diciendo que Hamas pensaba abatir al Marine I, que tú les has proporcionado la información.
-Sí. Al parecer, trabaja de encubierto para el Mossad.
Hubo un silencio calculador.
-Voy a ir a buscarte. Dime dónde estás.
Antes de que pudiera contestar, Ari extendió la mano, exigiéndole silenciosamente el teléfono. Kate lo miró seriamente; disfrutaba torturando a Gibbs. Se suponía que ya no era un rehén.
Le pasó el móvil, de todas formas, de mala gana y él sonrió.
-Agente Gibbs…
-¿Por qué?
Ari se rió entre dientes, tomando la copa.
-¿No tiene un déjà vu? Eso debe preguntármelo en persona. Ahora es cuando yo le digo que quiero verlo.
- Y yo que lo estoy deseando. Deme unos segundos más de conversación para que los localice y lo solucionaremos-ordenó.
Ari bebió como si la cosa no fuera con él y alzó ambas cejas, viendo como Kate contenía la respiración. Sonrió, con perversa diversión antes de contestar.
-Antes de vernos, debo llevar a Caitlin a casa, agente Gibbs-fue suave, pero autoritario-. Pero nos veremos donde la última vez, en un par de horas. Y esta vez venga armado.
Y colgó, sin dar tiempo a nada más.
Volvió a mirarla, sin perder la sonrisa:
-Lo estás disfrutando, ¿verdad? ¿Qué te ha hecho Gibbs?
-Existir, simplemente. Me recuerda a alguien.
-¿A ti? ¿Tiene esto algo que ver con tus ansias suicidas?
Ari, sonrió ampliamente. Pero no contestó a la primera pregunta.
-Mi trabajo es peligroso, ¿por qué me crees suicida, pero no ambicioso?
Kate parpadeó.
-Tengo una teoría.
En realidad, era la de Gibbs, pero quería ver si tenía razón. Cuanta menos información le diera sobre su jefe, menos posibilidades de herirlo le ofrecía.
-Oh- se inclinó un poco más hacia ella, desde el otro lado de la mesa, con una sonrisa interesada-. Adelante, por favor. Compártela. Estoy deseando saber qué piensas sobre mí.
Kate se mordió el labio inferior, pensándoselo seriamente.
-Desafías de este modo a la muerte porque necesitas sentirte vivo. Tal vez para sentir algo. Si quisieras reconocimiento… sería distinto. No lo disfrutarías, ni lo buscarías así.
Se rió entre dientes, cuando ella terminó de parafrasear.
-Contrariamente a tu hipótesis, Caitlin, soy capaz de sentir-confesó, de forma ambigua, mirándola muy fijamente-. Sí, me gusta la adrenalina, pero no más que a ti.
-Entonces, ¿es por Gibbs? ¿A quién te recuerda?
Él la miró con apreciación.
-Interesante. Hasta donde recuerdo, no es a Gibbs a quien he invitado a mi casa de campo.
Kate boqueó perpleja, sin pararse a pensar en lo que había dicho. ¿Invitar?
-¡¿Invitado?!- repitió en voz alta- ¿A esto llamas tú "invitar"?
Ari contuvo una carcajada apretando los labios hasta convertirlos en una línea tensa.
-Bueno, nuestra concepción difiere un poco, al parecer.
-No es solo el término, sino los puntos de vista. ¡No me gusta que me inviten encañonándome con una pistola!
Ari alzó una ceja.
-Si te lo hubiera pedido, ¿hubieras venido, sola?
Ella lo contempló seriamente. Debería sentirse indignada, en shock, sin saber qué decir, pero sabía la respuesta. Más que nada porque no dejaba de hacerse preguntas.
Así que trató de volver a controlar la situación.
-¿A quién te recuerda Gibbs?
Ari se rió con ganas, desviando la mirada.
-Me parece sorprendente que sigas insistiendo. ¿No te has parado a pensar en cómo hemos llegado al tema?
-Sí, tu forma de actuar. Ya has dejado claro que no es por mi jefe.
-Pero eres tú la que está sentada enfrente de mí, no él.
Ella frunció el entrecejo.
-Sí, eso también está claro. Y tengo más preguntas, pero primero respóndeme.
Ari le sonrió ampliamente.
-¿Me responderás tú a mí?
-Ya sabes mi respuesta. Aquí estoy.
-Voluntariamente, sin coacciones-insistió, queriendo asegurarse, como si necesitara escuchárselo-. ¿Hubieras venido sola si te hubiera invitado, a tu manera?
Kate se arriesgó. Puede que él no fuera sincero de vuelta… pero bueno. Por intentarlo, nada se pierde.
-Sí. Quería hablar contigo. Ahora responde a mi pregunta.
Ari también parecía evaluarla con la mirada. Entrelazó los dedos de sus manos, apoyando la barbilla sobre ellos, con los codos sobre la mesa de madera.
-A mi padre. A mi jefe. Un poco a mí mismo, también, supongo. Es una mezcla confusa.
Ella lo entendía. Lo atraía y lo repelía igual que él mismo a ella. Era algo idealizado… pero patético, en su máxima expresión.
-Y… ¿qué sientes al respecto?
Ari , que había desviado la mirada mientras confesaba pensativo, volvió a conectar con sus ojos, casi sorprendido.
-¿Tengo derecho después a otra respuesta sincera si contesto a eso?
Kate sonrió, contra su voluntad.
-¿Así va a ser? ¿No deberías sacar algo más fuerte que el Chardonnet, entonces, si vamos a jugar a las confesiones?
Ari le sonrió, también, incorporándose y tomándolo como una invitación.
-¿Alguna preferencia?
Ella lo observó sin entender. Era broma, tenía que ser una broma.
-Supuestamente, hay que conducir de vuelta. Gibbs me espera.
Él la observó, ladeando la cabeza.
-No me trago tu fachada de niña buena, Caitlin-alzó una ceja, sin dejar de recorrerla con la mirada descaradamente-. Si ahora me dices que eres virgen, soy capaz de llamar a Gibbs para posponer nuestra cita y solucionarlo.
Ella jadeó. ¿Qué insinuaba? ¿Acababa de decirle…?
-¡No pienso discutir mi vida sexual contigo! Soy agente especial y no conduzco ebria, ni lo permito. A eso se le llama responsabilidad.
Ari se rió, tendiéndole una mano, para ayudarla a levantarse.
-La responsabilidad es aburrida. ¿Qué hay de emocionante en la imposición de una rutina? Es más divertido hacerte saltar… Pero sigo esperando que caiga esa supuesta perfección tuya, Caitlin-sonrió-. De hecho… me apuesto la cifra que quieras a que has fumado alguna vez y tienes un tatuaje secreto.
No tomó su mano, pero lo imitó, incorporándose.
-Tampoco voy a tratar eso contigo. Lo que yo haga, deje de hacer, tenga o deje de tener no es asunto tuyo.
Ari no dejó de mirarla intensamente, con los extremos de su boca incipientemente curvados hacia arriba.
-Tienes razón. Supongo que, como el irresponsable que soy, me tocará organizar la porra hasta que decidas revelar el lugar en el que lo tienes.
Ella chasqueó la lengua, dándolo por imposible, pero con una sensación extraña en el pecho. Aquello había sonado… paciente. Como si fuera a esperar a que se lo confesara ella misma. Como si supiera que iba a volver a verla, después de aquello. No sabía qué pensar.
Lo siguió hasta el cobertizo y se quedó muerta en el sitio viendo hacia dónde se dirigía. Dónde se apoyaba, en realidad.
-No -se negó con rotundidad.
Ari le pasó un casco, sin dejar de desafiarla con los ojos y la boca. Siguió manteniendo la prenda protectora en alto, viendo que no tenía intención de cogerlo.
-Esto quedará entre nosotros, Caitlin. Puedes contar en tu puritano informe que te pagué un taxi de vuelta, si quieres.
Ella bufó por la nariz. Se cruzó de brazos, obstinada.
-Dame las llaves del coche, puedo volver yo sola. Ya lo recogerás otro día.
Ari se rió como si hubiera contado un chiste tremendamente gracioso. Huellas, claro. Ni de coña, no quería que pudieran tomar más información suya de la que necesariamente debieran. Él no había tocado ese vehículo más que para abrirle la puerta, cuando llegó, porque no era suyo. De pronto, Ari dejó de reír como había empezado y la miró con menos paciencia:
-No. Sube y asegúrate de sujetarte bien.
La obligó a coger el casco, mientras él se ponía otro, y arrancó la moto. Con el rugido en los oídos, Kate se montó en aquel cacharro del infierno, lo más alejada posible de su cuerpo y sujetándose evitando tocarlo en la medida de lo posible.
Ari la miró por encima de su hombro y sonrió, dándole gas y saliendo disparados de allí, dejando una nube de polvo detrás de ellos. Caitlin soltó un gritito, agarrándose con más fuerza a su cuerpo. Olía… olía jodidamente bien.
-¡Loco!-gritó, haciéndose oír por encima del ruido del motor- ¡Estás loco!
-¿Ves? Te dije que cuando me conocieras un poco más dejarías de llamarme terrorista.
OoOoO
N/A: hasta aquí otro capítulo. Había pensado en resumir la escena con Gibbs en la Morgue… y empezar con su historia, pero no sé exactamente qué hacer con ellos.
La verdad es que estoy emocionada por las posibilidades que ofrecen. Los caminos se bifurcan: ¿qué hacer, que Kate acompañe a Ari hasta el aeropuerto, después de recibir atención médica por el balazo y desaparezca o… que se presente a ver el intercambio entre su jefe y su secuestrador? Arg, odio la responsabilidad de tener que elegir, pero adoro escribir sobre ambos.
